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...Dicunt eis:
Domine, veniet vide.
Et animatus est Jesus.
...Quidam autem dixerunt ex ipsis:
Non operat, qui aperuit oculos
Coeci, faceret ut et hic non
Morietur?
Johanen XI, 35-38
Alboreaba. Desde el
morro en que estaba asentada la alquería, columbrábase en la
penumbra temblorosa del amanecer la cinta clara del camino a Jericó,
que ondulaba entre viñedos y olivares. El monte Nebo, inmóvil,
sólido, parecía de zafir; sobre su cima, fulguraba el lucero rodeado
de estrellas, que se iban apagando en la claridad cada vez más
esplendente de la aurora; a sus pies, un poco hacia el austro, la
vislumbre de las aguas del Mar Muerto encendía fugaces reflejos en
las laderas y canchales de las montañas de Moab que comenzaban a
diseñarse sobre el fondo dorado del cielo. Una paz infinita
descendía del firmamento sobre la tierra somnolienta aún en el
silencio del alba. Comenzaba el mes de Nizam, y el aire se henchía
con el aroma del romero, madreselva y verbena y el olor a tierra
mojada que exhalaban los campos recién arados.
Abriose una puerta en
la alquería y una joven apareció bajo el dintel. Era alta, esbelta,
garbosa; miró a su alrededor con sus ojos negros y brillantes;
atravesó luego lentamente el soportal, y tomando hacia su izquierda,
comenzó a descender la pequeña altura en que se levantaba la casa; a
poco andar se le reunió, siguiéndola unos pasos atrás, un muchacho
que llevaba un cántaro sobre el hombro.
En el bajo, a poca
distancia, remontando hacia el norte surgía del flanco de una
barranca un manantial que caía sobre el estanque de forma circular,
en donde se reflejaban, trémulos e invertidos, cipreses de follaje
denso y oscuro, cedros azulados y terebintos de hojas menudas y
trémulas.
A pocos pasos de la
fuente se encontraba el establo; las vacas, que echadas sobre la
paja, rumiaban apaciblemente, levantaron sus cabezas y mugieron
suavemente al sentir entrar a la joven.
—¡Arriba, perezosa!
—exclamó la muchacha, acariciando el ancho lomo de una castaña; el
animal se incorporó pesadamente, y adelantó su hocico húmedo en
dirección a la recién llegada mirándola con sus grandes ojos mansos.
—¡Suelta el becerro,
Goliat! —ordenó ésta al muchacho; fue atado el ternero a una pata
delantera de la vaca, y la joven comenzó a ordeñar; pronto coló una
artesa de leche blanca y espumosa que olía vagamente a pasto e
hinojo.
—¿Tan temprano
ordeñando, Marta? —preguntó una voz muy dulce en la puerta del
establo, y añadió:
—¡Y a buen seguro que
ya habrás encendido el fuego, barrido la casa, y alimentado a las
gallinas! Eres incansable como la hormiga y solícita como la abeja,
hermana.
—Eres muy bondadosa,
María; tus palabras regocijan mis oídos y alegran mi corazón.
—No hago sino
reconocer tus virtudes.
—Tal vez no lo sean;
me ocupo de demasiadas cosas, hermana; bien dice el Maestro que tú
has elegido la mejor parte.
Al oír recordar al
Rabí, los ojos violeta de María se humedecieron de ternura y
miraron, extáticos, al cielo.
—Vamos —dijo Marta—,
es hora de preparar el desayuno.
Tomadas por la
cintura, echaron a andar hacia la casa; pero no subieron hasta ella;
cuando llegaron al estanque sentáronse en un banco de piedra que
había en su orilla, y allí permanecieron pensativas. Cada una de
ellas sabía lo que la otra pensaba. La preocupación era demasiado
habitual y triste para que la ignorasen aunque guardaran silencio;
la sentían presente, dolorosa y tenaz como una espina clavada en la
carne.
—¿No te encontraste
aún con nuestro hermano? —preguntó María.
—Cuando me levanté,
lo oí andar en el huerto.
—¡Pobre Lázaro!
¡Lázaro! Era su
suerte lo que atormentaba a sus hermanas. Mucho mayor que ellas, les
había servido de padre durante los tristes años de una orfandad que
había comenzado casi en la infancia. Ambas sentían por el hermano
hondo cariño y se desvivían por endulzarle la vida. Sabían que
Lázaro era desventurado, y esto era para ellas causa perpetua de
pensar y amargura.
Todo empezó cinco
años atrás con su casamiento. Lázaro, hasta el día de su boda, había
sido un hombre de carácter apacible, y aunque algo reservado,
optimista y alegre; el cultivo de su huerto, y el cuidado de sus
animales y sembradíos, llenaban su pensamiento y sus horas. En un
viaje que hizo a Jerusalem con motivo de la Pascua, conoció a Tamar.
Su sola vista provocó en su corazón incontenible pasión. La pobreza
de la moza, huérfana de padre, facilitó el matrimonio y abrevió el
noviazgo. La madre, codiciosa, incitó a su hija a no dejar pasar una
oportunidad que las libraba para siempre de la miseria o de cosas
peores. La vieja creía rico a Lázaro porque sabía que era
propietario de un fundo en Bethania, lugar famoso por la feracidad
de sus tierras, la dulzura de sus frutos, la buena calidad de sus
aceites y la excelencia de sus mostos. Los recién casados se
instalaron en la alquería, la suegra se quedó en Jerusalem, en donde
murió un año después.
La pareja fue
desgraciada. La vida del campo aburría a Tamar. Era ambiciosa y
aficionada al lujo. Hubiera deseado habitar en un palacio rodeado de
jardines. Amaba con delirio las joyas; los rubíes color de sangre,
las esmeraldas glaucas y misteriosas como los mares a la luz
matinal; los berilos fulgentes como estrellas; los zafiros azules
como las montañas lejanas; las amatistas que curan la embriaguez y
ahuyentan los malos espíritus. Gustaba de los perfumes que turban
los sentidos e incitan al amor, los ungüentos de nardo de Asiria y
los aceites de Partia que traen los ismaelitas en sus camellos, el
ámbar gris recogido en océanos misteriosos e introducido por los
mercaderes de Diceápolis y Cesárea, las telas suntuosas de Tiro
fabricadas por los tejedores fenicios del lago Tiberíades, las
túnicas de lino de Egipto, las sedas de Shiva transparentes y casi
impalpables... y luego, la vida amplia y fastuosa, los festines, las
danzas, los viajes.
¿Y en qué habían
parado sus ensueños?
Habían sido
aplastados por la realidad sórdida y brutal. Una vida opaca y ruin
de campesina, un esposo ahorrativo, que se acostaba al anochecer y
se levantaba con los pájaros; rudo en los modales, que sólo hablaba
de bestias y labranzas, olía a veces a establo y atesoraba los
ochavos con pertinacia y ardides de avaro. Tamar reconocía que la
amaba y la trataba con bondad, pero jamás puede llenar nuestra vida
un amor no compartido. No lo odiaba; se conformaba con despreciarlo;
reservaba un odio ardiente, mudo, disimulado, feroz para María —a
quien acusaba de holgazana, taimada, hipócrita; irritábale su
inalterable serenidad; su plácida belleza; sus ojos pensativos y
dolorosos; su adhesión al Rabí, según ella un santurrón vagabundo,
compinche de publicanos y prostitutas—. A Marta, sin quererla, la
toleraba porque a menudo le era útil, la peinaba, le lavaba la ropa,
le cocinaba sus manjares favoritos.
En estas cosas
pensaban Marta y María cuando oyeron un tropel en el camino.
Subieron a la casa con el fin de cerciorarse de lo que ocurría;
cuando llegaban al soportal se encontraron con Lázaro.
—¡Los romanos!
—exclamó éste encolerizado—. ¡Es lo único que me faltaba! —Y
continuó, dirigiéndose a Marta, enumerando sus sinsabores de
labriego: el burro de Simón el leproso, un vecino, había abierto un
portillo en el cerco divisorio y estropeado los cebadales; los
pájaros y las avispas dañaban los higos y racimos; uno de los
corderos reservados para la ofrenda pascual había desaparecido; la
acequia del alto se había desbordado e inundado los trigos; y ahora
los romanos...
No se entendían éstos
con los judíos. Ningún conquistador es amado y el desprecio es
siempre gaje del vencido. El estacionamiento de una legión en
tierras hebraicas era considerado como un castigo divino, enviado
por Jehová a su pueblo empedernido en el pecado y reincidente
perpetuo en la infidelidad. La soldadesca hurtaba melones y sandías,
hartábase de higos, dátiles y uvas, apoderábase de huevos, gallinas
y patos, robaban corderos y cabritos, maltrataban a los campesinos
que osaban quejarse o reclamar, y lo que era peor, cortejaban a las
mujeres casadas y requebraban a las mozas; no eran raros los
estupros y violaciones y todos estos desmanes contaban con la
impunidad; el pretorio estaba cerrado a los judíos. Según las
apariencias, César había reemplazado a Jehová.
—No te atormentes,
hermano —dijo Marta, y entró en la casa.
—El Señor te ayudará
—apoyó María—, que la aflicción no inquiete tu corazón.
Las cohortes romanas
fueron alineándose a lo largo del camino desde la frontera de la
Idumea hasta las cercanías de Jericó.
Con ocasión de la
Pascua temíanse disturbios y hasta corrían rumores de sedición.
Decíase que cierto profeta oriundo de Galilea se había proclamado
como el Mesías prometido por los libros sagrados e intentaba
coronarse rey de los judíos. Variadas tendencias, turbios intereses
y solapados propósitos, coligábanse para causar la confusión y la
inquietud, valiéndose de todos los medios, entre los pobladores de
Judea. Los saduceos, nacionalistas exaltados, consideraban
favorables a sus fines todo desorden, motín o tumulto tendiente a
menoscabar la autoridad extranjera; los fariseos, adversarios de
todo cambio que pudiese lesionar sus intereses, odiaban de muerte a
Jesús que con su prédica hacía peligrar sus propiedades, sus
negocios y usuras; Herodes, egoísta y ambicioso, veía la revuelta
como ocasión propicia para ostentar su lealtad ante César y lograr,
por ese medio, mano libre para sus desmanes y rapiñas. Poncio
Pilatos no veía con malos ojos un conato de sedición que le
permitiera saciar su odio a los judíos, ahogándolos en sangre.
La legión acampó en
el bajo de la alquería; con pasmosa prontitud eleváronse las tiendas
y comenzaron los soldados a cavar trincheras y levantar palizadas de
circunvalación, de acuerdo a la costumbre romana. Algunos se
dispersaron por los campos vecinos; otros recogían ramas caídas y
formaban haces que depositaban junto a las tiendas; varios hacían
hervir agua sobre grandes calderos colocados sobre trébedes de
hierro o sobre piedras; o bien, llevando sus cascos colgados del
barboquejo, a guisa de cubos, alzaban agua de las acequias; y no
faltaban quienes vagaban sin rumbo contemplando con ojos
indiferentes el maravilloso paisaje que los rodeaba o dormían
tendidos a las sombras de los árboles.
Lázaro recordó que
conocía a un centurión llamado Gallus y decidió visitarlo;
congraciándose con él tal vez pudiese evitar las depredaciones de la
tropa.
Mientras se
entretenía en mirar las idas y venidas de los legionarios desde el
soportal, Marta le llevó el desayuno: un cuenco de leche humeante,
manteca rubia y tierna, miel, higos y almendras, y algunos bollos de
centeno.
—¿Tamar aún no se ha
levantado? —preguntó Lázaro, sintiéndose cohibido sin saber porqué.
—No la he visto
—respondió Marta—. No te aflijas por ella; le serviré el desayuno en
el lecho.
—Hazlo; mi corazón te
lo agradecerá. ¡Es tan delicada la pobrecilla!
Marta cambió una
rápida mirada con María, que acababa de aparecer bajo el dintel; una
sonrisa casi imperceptible vagó en los labios de las hermanas:
¡delicada la pobrecilla! Era la más fuerte y la más sana de todos.
Lázaro trataba, ante sí mismo y ante sus hermanas, de disimular la
holgazanería de su esposa. Siempre tratamos de engañarnos para
excusar las faltas de las personas queridas... Tal vez sin esto no
sea posible amar y vivir.
—Un romano parece
acercarse a nuestra casa —dijo de pronto María.
Marta y Lázaro
volvieron sus ojos hacia el camino. Un hombre alto miraba desde el
bajo, como si vacilara, a la alquería; llevaba el manto rojo de los
centuriones, la espada y el casco, como si fuese a concurrir a un
desfile.
—Es Gallus —dijo
Lázaro—; un romano que conocí en Cesárea; voy a su encuentro.
Sus hermanas se
retiraron.
Lázaro y Gallus se
saludaron a la entrada como buenos amigos.
—Que la paz sea
contigo, Gallus.
—Ave, Lazarus.
Una vez en la casa,
el huésped ofreció a su visitante, leche, fruta y vino. El centurión
devoró, saboreándola, una gran fuente de higos y apuró un vaso de
vino del tipo de los claretes de Engaddi.
—Puedes
congratularte, Lázaro; tu vino es exquisito, pero tus higos superan
a los famosos del Atica o a los no menos célebres de Bethfagé; se ve
que cuidas con esmero de tu huerto.
—Mi corazón se
regocija al oírte; que Dios te otorgue pródigamente sus favores.
Recorrieron el fundo,
Gallus elogiaba cuanto veía y aseguraba que la finca de Lázaro le
recordaba a los vergeles del Tíber. Lázaro, halagado y feliz,
agradecía conmovido.
Se despidieron;
Lázaro entró en la alquería y el romano se encaminó a su tienda.
Esperaba la visita de un compañero de infancia que viajaba por
Oriente. Gallus anhelaba ardientemente oír hablar de la urbe lejana,
en la que le era imposible pensar sin que su corazón se llenara de
nostalgia y tristeza, a la que, hacía ya cinco años, había
abandonado a causa de... Hizo un movimiento con un brazo, como quien
se espanta un insecto. Un legionario le informó que alguien lo
buscaba.
—¿Por asuntos de
servicio? ¿Ha ocurrido algo durante mi ausencia?
—Nada ha ocurrido; la
persona que pregunta por ti viene de Jerusalem y no pertenece a la
legión.
—¿Sabes en dónde se
encuentra?
—En tu tienda.
Cayo Licinius Verus
era el más íntimo amigo de Gallus. Ambos habían nacido en la verde
Umbría; juntos habían ido a Roma en busca de honores; después la
vida los había separado para reunirlos de nuevo bajo la tienda de
campaña de una legión, acampada bajo el inclemente sol de Judea.
El centurión encontró
a Licinius entretenido en curiosear los objetos que había en la
tienda; eran cacharros vulgares y sin valor; sin embargo, algunas
colgaduras de Tiro y una mullida alfombra de Gadara, daban al
interior un viso de elegancia y suntuosidad.
Licinius y Gallus se
abrazaron con efusión; después se miraron en silencio. Por íntima
que sea una amistad, después de una larga separación, el reencuentro
produce cierta cortedad y embarazo; es necesario que transcurran
algunos instantes para que se restablezca la antigua familiaridad.
—Veo que te tratas
como un sibarita —observó el recién llegado.
—O como un filósofo
cínico; poco me falta para emular a Diógenes en su tonel.
Sin proponérselo la
conversación derivó hacia Roma. Gallus se había visto precisado a
huir de ella, acosado por sus acreedores y perseguido por haber
herido a un mercader en un tumulto callejero; suspiró al recordar su
juventud fracasada a causa del juego, los festines, los turbios
amoríos. Licinius le aseguró que ya nadie recordaba sus calaveradas
juveniles.
—Hoy las faltas que
tanto te afligen —dijo Licinius— serían consideradas niñerías.
El viajero habló de
los cambios ocurridos en las costumbres. No eran agradables ni
tranquilizadoras sus noticias. Una corrupción incontenible socavaba
las bases mismas de la sociedad. Las viejas virtudes romanas, no
solamente estaban muertas, sino que su mero recuerdo servía de mofa
y escarnio a las nuevas generaciones afeminadas y escépticas. En
Roma sólo interesaba el dinero, que era buscado y adquirido por los
medios más indecorosos y viles. Tiberio había tratado de poner
límite al lujo, pero el desenfreno de las costumbres venció a la
ley. Todo se depravaba, se pudría. Mujeres patricias cometían toda
clase de adulterios y se prostituían sin pudor ni recato; algunas,
para eludir los deberes que impone la dignidad, se hacían inscribir
como cortesanas. Jóvenes de buena estirpe conseguían de algún
tribunal una declaración de infamia para poder, contra las
prohibiciones del Senado, exhibirse en un teatro o en el circo. Los
ritos judaicos y egipcios amenazaban acabar con la religión del
Estado... El mundo romano se agrietaba, crujía, como si estuviera
próximo a derrumbarse.
—Cuanto me dices me
llena de tristeza —murmuró Gallus.
—No son nuevos estos
males; vienen de lejos; pero ahora crecen con tal rapidez que sólo
los dioses podrán remediarlos.
—¿Los dioses?
—Si es que existen.
—Y ahora háblame de
Judea y los judíos, ¿te entiendes con ellos?
—Me hablas de algo
imposible; para nosotros, hijos del Lacio y herederos de la cultura
griega, los judíos no pueden ser sino bárbaros. Ellos por su parte
nos desprecian y nos llaman go Krim.
—¿Go krim?
—El término significa muchas cosas; extranjero,
enemigo, despreciable, ¡qué sé yo! Ni siquiera nos consideran seres
humanos; los únicos dignos de ese nombre, según su convicción, son
los judíos. Se enorgullecen de ser los elegidos de un dios
vengativo, celoso, sanguinario, único, que llaman Jehová; él les
entregó el país en que viven en épocas pasadas y les librará algún
día el dominio de la tierra. Son huraños, vanidosos, jáctanse de
venerar lo que otros desprecian y blasfemar de lo que el resto de
los hombres reverencian; viven solitarios, hoscos, rencorosos,
odiando a la humanidad en general y a los romanos en particular;
tienen la rebelión y la ferocidad en la masa de la sangre. ¡Ay de
nosotros el día en que confiemos en ellos!
—¿Los temes?
—Personalmente, no,
pero son peligrosos porque son fanáticos. Mal haría Roma si descuida
un instante su vigilancia.
—¿Conoces tú a ese
Mesías que según dicen anda ya en este mundo y pretende el reino de
Judea?
—Sólo una vez lo vi
de lejos.
—Vamos, cuéntame.
Gallus pensó unos
instantes; después dijo:
—Fue a orillas del
Tiberíades. Una gran muchedumbre rodeaba al Mesías, una turba sucia
y andrajosa, en nada superior a la hez de nuestra plebe. Jesús, así
se llama el Mesías, subió por la falda de una montaña hasta un sitio
desde el cual dominaba a la multitud. Comenzó a hablar; su voz era
musical, suave, armónica, a pesar del idioma, más áspero y
rechinante que el de los galos que el divino Julio tenía en su
guardia. No me fue posible entender por completo lo que decía;
hablaba de un reino de los cielos que aseguraba sería dado a los
pobres de espíritu.
—Es decir, a los
tontos.
—Así parece. Después
llamó bienaventurados a quienes mejor sentaría el nombre de
desventurados; añadió que no es necesario que el hombre se afane en
ganarse la vida, porque Dios alimenta a los pájaros y viste a los
lirios silvestres con más suntuosidad de la que pudo usar Salomón...
—¿Salomón?
—El rey que construyó
el templo.
—No demostró un gusto
muy refinado.
—Ni, a pesar de ser
riquísimo, pudo vestir como los lirios del campo.
—Pero, si el Mesías
no predica y no dice sino estas simplezas, no veo motivo para
alarmarse, ni comprendo la inquietud de nuestro Poncio. Si sólo se
trata del reino de los cielos...
—Eso es justamente lo
que los romanos no podemos saber. Los judíos son disimulados,
mañosos, arteros. Sólo los dioses podrían llegar a enterarse de lo
que realmente ocurre y de lo que se trama. No se puede confiar en
los judíos. Tarde o temprano Roma se verá obligada a exterminarlos.
—¿Exterminarlos?
—¡Sí, exterminarlos!
—¿Y qué piensas de
las judías?
—¡Oh, las judías!...
Los amigos almorzaron
en la quinta; al promediar la tarde, Gallus salió por menesteres de
la legión.
—Espérame aquí —dijo
a su amigo al marcharse— si no prefieres dar un paseo por los
alrededores; pero cuida de no alejarte mucho, es fácil extraviarse.
Licinius leyó un
rato; después salió de la tienda, caminó sin rumbo, y sin saber cómo
fue a dar al estanque del fundo de Lázaro. El sitio le pareció ameno
y acogedor. Se sentó en el banco de la orilla y se entretuvo
observando los animalitos, que atraídos por el agua y la frescura de
la sombra abundaban en aquel lugar. Trataba de no pensar en nada;
sentía su espíritu confundido con la serena quietud del crepúsculo.
Un vago murmullo hacia la izquierda le hizo volver la cabeza en esa
dirección.
Por el sendero que
conducía al estanque, avanzaba una mujer morena de sorprendente
hermosura; sobre la frente algo estrecha, dividíase en dos crenchas
la cabellera endrina, que parecía ondular y retorcerse como las
sierpes que coronan las testas de las medusas; sus ojos negros,
húmedos, insondables, lucían con intermitente fulgor bajo los
párpados pesados, lentos, sombreados por largas pestañas crespas;
bajo el cinto violeta que ceñía la túnica, ensanchábanse las caderas
en línea opulenta y firme de ánfora, como las de esas afroditas
esculpidas por los eximios artífices de la Hélade divina.
Licinius creyó sufrir
una alucinación; se restregó los ojos y concentró sus miradas en la
aparición; tuvo una inmediata y compleja sensación de realidad; el
agua brillaba en la fuente y las libélulas rozaban la superficie del
estanque; chillaban los grillos; una lagartija se refugió bajo una
piedra, y la mujer continuaba acercándose lentamente por la senda,
cimbreante, fascinadora.
El romano no podía
apartar los ojos de ella. Su cuerpo adivinábase perfecto bajo la
túnica sin mangas que dejábala desnuda hasta el arranque del surco
que divide los pechos pequeños y erguidos; hasta los círculos más
oscuros de los pezones entreveíanse bajo la vestimenta sutil de
color verde pálido, hecha de esa seda de Shiba llamada impúdica por
su transparencia.
Cuando la joven
estuvo a pocos pasos de él, Licinius se puso de pie, y levantando la
diestra, saludó:
—¡Ave pulcherrima!
Tamar lo envolvió en
mirada lánguida y por sus labios gruesos y sanguíneos pasó una
sonrisa fugaz.
Pocos días después la
esposa de Lázaro desapareció de su casa. Nadie la vio partir. Cuando
a la hora de la cena fue notada su ausencia, y se trató de
reconstruir sus idas y venidas, averiguose que diariamente al
atardecer bajaba al estanque, en donde solía permanecer hasta ya
entrada la noche.
Lázaro creyó en un
accidente. Tal vez la joven había sido mordida por uno de esos
escorpiones tan abundantes en la Palestina, y al sentirse
emponzoñada, se había arrastrado al bosque en procura de refugio. Y
allí estaría privada de sus sentidos, indefensa entre chacales y
víboras.
—Si un escorpión la
hubiese picado —dijo Marta a su hermano—, Tamar habría venido aquí en
busca de amparo y remedios.
—Olvidas, hermana,
que la picadura de la alimaña ofusca el entendimiento lo mismo que
el vino. El veneno del escorpión enloquece a los hombres... Voy a
buscarla; envíame a Goliat y a los dos esclavos; que traigan
antorchas.
Y partió a la
carrera.
Nadie durmió esa
noche en la alquería. Lázaro, sus dos esclavos y Goliat recorrieron
palmo a palmo el fundo; escudriñaron uno a uno todos los rincones;
recorrieron minuciosamente las acequias, cercos y tapias; indagaron
entre los propietarios vecinos; interrogaron a los legionarios que
velaban junto a las hogueras del campamento. No encontraron, a pesar
de sus esfuerzos, rastros ni noticias de la desaparecida. Y, sin
embargo, Goliat algo había visto; pero reservado por naturaleza, y
dudando de que la escena por él sorprendida tuviese alguna relación con
la ausencia del ama, resolvió callar, hasta pedir consejo a la amita
Marta, quien sin duda resolvería lo mejor.
Lázaro, rendido y
desesperado, se desplomó sobre el lecho cuando amanecía y se sumió
en un pesado letargo interrumpido por sueños terríficos.
Cuando se levantó su
rostro estaba irreconocible. Una palidez de muerte le cubría el
semblante en el que brillaban los ojos, fijos, sin expresión,
afiebrados; parecía envejecido, como si largos años hubieran pasado
sobre su vida; sus manos temblaban; su torso se encorvaba bajo el
agobio de una carga inmensa; caminaba vacilante, inseguro, como los
ciegos. Rechazó el desayuno; tampoco quiso probar el almuerzo.
—No puedes continuar
de esta manera —díjole Marta—, es imposible vivir sin comer.
—No quiero vivir.
—Vamos, no te pongas
así; toma un bocado de esta sopa de natas que hice para ti. ¿No
probarás estos bollos con anís que tanto suelen gustarte?
—Déjame —respondió
Lázaro malhumorado y rompió en sollozos.
Sus hermanas,
acongojadas, lloraban en silencio.
—¿Por qué no buscas
al Maestro? —insinuó María—. El, que puede tantas cosas, te
devolverá a tu esposa, y en todo caso, infundirá consuelo en tu
corazón.
—¡Eso nunca! Jamás me
consolaré de la ausencia de Tamar; pero tienes razón María, buscaré
a Jesús. ¿Cómo no lo pensé antes?
Marta, sofocada por
la angustia, abandonó el comedor. Goliat, que la había estado
esperando, le susurró:
—Quisiera hablarte,
amita.
—Habla, pues.
—Yo he visto algo...
—¿Has visto al ama?
—La vi, pero no
ahora. Hace dos días, la señora bajó al estanque; un romano se llegó
a ella...
El muchacho vacilaba,
parecía avergonzado.
—Continúa, Goliat;
tus interrupciones me enfadan.
Se sentaron en el
banco.
—¿Andabas tú
espiándolos?
—No, amita, yo estaba
sobre la barranca, buscando un lechón que se había escapado de la
pocilga.
—Acaba.
—Se abrazaban y... se
besaban... en la boca.
—¿Se fue con él?
—No, cuando oscureció
el ama volvió a la casa.
—¿Por qué no me lo
dijiste inmediatamente?
—No sé... me daba
vergüenza... temía a la señora.
—¿Por qué no lo
hiciste anoche?
—No pude encontrarla
sola, amita.
—¿Has dicho algo a
Lázaro?
—No, a nadie.
—Has procedido bien,
Goliat. Guarda silencio.
—Lo guardaré.
Marta volvió al
comedor. Lázaro, algo animado, hablaba de su viaje en busca del
Rabí.
—Partiré esta misma
tarde, cuando se oculte el sol. La madrugada me encontrará en
Galilea. Jesús debe andar por ahí.
Las hermanas
asintieron.
Lázaro no pudo partir
esa tarde. En el momento en que se disponía a ensillar su mula,
sintió calofríos tan intensos que su cuerpo se sacudía como el de un
endemoniado; era tal el ímpetu de su temblor que tartamudeaba al
hablar y se le escapaban de las manos los objetos, por ligeros que
fuesen. Trató de disimular; quería marcharse de inmediato como si la
mera realización de ese hecho fuese, por arte de encantamiento, a
concluir de una vez por todas con su angustia y su dolor. Tal vez,
sin tener conciencia de ello, deseaba aturdirse con el trajín del
camino y las ocurrencias del viaje; pero le fue imposible continuar
por mucho tiempo el engaño.
Una fiebre tan alta
que le hacía zumbar los oídos y le confundía las ideas se presentó
junto con repentinas punzadas al costado izquierdo, tan dolorosas
que le cortaban la respiración; como no pudiera tenerse en pie sin
ayuda, fue conducido a la cama por sus esclavos. La enfermedad se
presentó muy grave desde el comienzo. Una fiebre violenta y continua
le causó delirio y alucinaciones; accesos de frío le hacían
castañear los dientes y una tos ronca y seca no le daba reposo ni lo
dejaba dormir. En su delirio llamaba a Tamar, le decía ternezas como
cuando eran novios o pedía a Jesús que se apresurase a llegar; su
voz parecía impregnada de amargura, de inconsolable desolación, de
infinita soledad; cuando recobraba la lucidez, lloraba.
Sus hermanas velaban
a su cabecera. A media noche el enfermo se durmió. Marta y María
salieron en puntillas de la habitación.
—Vamos hasta el
estanque a respirar buen aire —propuso Marta.
—Vamos; Lázaro parece
descansar muy tranquilo.
La luna iluminaba los
campos con azulado resplandor; trémulos reflejos llegaban desde el
estanque; una serenidad de ensueño se cernía sobre la noche
maravillosa.
Marta refirió a su
hermana cuanto Goliat le había revelado. Mientras lo hacía, pudo ver
su rostro contraerse en un gesto doloroso y agrandarse sus ojos con
el asombro. María no pronunció ni una palabra.
—¿En qué piensas? —le
preguntó Marta.
—No acabo de creerlo;
parece imposible.
—Eres tan buena que
te resistes a creer el mal de los demás.
—¿No se habrá
equivocado Goliat?
—Imposible, yo
también advertí las sospechosas ausencias de Tamar y las idas y
venidas del nokrin.
—¿Era Gallus, el
amigo de Lázaro?
—No, el que rondaba
la casa era el que vino de Jerusalem y se hospedaba en la tienda del
centurión. No tuve valor para decírselo a Lázaro. Tal vez procedí
mal.
—Procediste bien,
Marta. ¿Quiénes somos nosotras para acusar ni juzgar al prójimo? El
Maestro aprobará tu conducta.
—Es necesario hacerle
saber la enfermedad de Lázaro y rogarle que venga.
—Enviaremos a Goliat.
—Espérame aquí, voy a
ver a nuestro hermano —dijo Marta y se dirigió a la casa.
Lázaro continuaba
durmiendo pero su sueño no era tranquilo, revolvíase en la cama y
balbuceaba palabras incomprensibles. Marta, después de un rato,
volvió a reunirse con su hermana; la encontró paseándose al frente
de la casa.
Goliat, acicalado con
sus mejores ropas, y provisto de buena cantidad de hogazas y harina,
partió al mediodía en busca de Jesús; lo encontró al siguiente
día en Gilboé, rodeado de sus discípulos.
—Señor —le dijo
Goliat prosternándose ante él— Lázaro, tu amigo, está muy enfermo y
clama por verte; sus hermanas te ruegan que vayas.
—Su enfermedad
—contestó Jesús— no servirá a la muerte, sino a la mayor gloria de
Dios y para que su hijo sea glorificado por ella. Puedes regresar.
La respuesta
desconcertó a las hermanas. Marta, sin ocultar su decepción,
murmuró:
—Hubiera preferido
que venga. Lázaro espera a cada instante su llegada. ¿Nos habrá
abandonado el Maestro?
—¡Calla, hermana!
¡Que tus labios no vuelvan a pronunciar esas palabras! ¡Que no se
cierre tu corazón a la esperanza!
—Perdona, María. Mi
alma está tan triste que mi boca pronuncia palabras necias.
—¿No ha dicho el Rabí
que la enfermedad de Lázaro no servirá a la muerte, sino a la
glorificación del Padre y del Hijo? Lázaro vivirá, pues. No le digas
que Goliat ha regresado.
—Ya lo había decidido
así.
Ambas se dirigieron
al aposento del enfermo.
Era indudable que el
mal se agravaba. La desfiguración del rostro se pronunciaba; la piel
se pegaba a los pómulos; el pelo, húmedo de sudor, adhería a las
sienes hundidas, sombras trágicas cruzaban por la frente
atormentada; jadeaba continuamente; pasaba la mayor parte del tiempo
amodorrado; cuando despertaba, preguntaba, lleno de angustia por
Jesús; con frecuencia, lloraba.
Vecinos y conocidos
comenzaron a llegar. Las desgracias y el escándalo despiertan
malsanas curiosidades en el alma del hombre y excitan, bajo formas
hipócritas, murmuraciones envenenadas y conjeturas perversas.
Vinieron personas nunca vistas en la alquería, que se decían deudos
del enfermo, oscuros personajes que presumían de sabios en el arte
de curar; viejas que aseguraban conocer yerbas y triacas de efecto
infalible; una de estas brujas recetó una pócima preparada con hojas
de amapola maceradas en el famoso vino de pasas de Shiló; Lázaro se
interesó en el remedio; se lo dieron; no lo probó bien ni mal, sólo
aumentó su somnolencia y la nebulosidad de su entendimiento.
Pasaron cuatro días
con sus noches sin que llegara ni se supiera nada de Jesús. Marta no
podía ocultar su ansiedad; le era imposible estarse quieta; corría
una y otra vez a atisbar el camino y volvía siempre triste y
desalentada. Lázaro no mejoraba; cada vez más extenuado, parecía
próximo a expirar.
María, soñadora,
esperaba...
Al quinto día Lázaro
mejoró. La fiebre fue menos violenta; su mente se mantuvo lúcida; la
fatiga fue menor; hasta tomó una taza de caldo; el rostro, aunque
enflaquecido, iba recobrando su expresión habitual; hizo que Goliat
lo informara de cuánto había ocurrido en el cortijo en esos días;
después se durmió apaciblemente. Todos se regocijaron con la
esperanza de verlo restablecido en poco tiempo. Pero no duró mucho
el contento; pronto se hizo patente que el alivio era pasajero;
volvió la fiebre con redoblada furia; aumentaron la fatiga, el
delirio, los accesos de tos. A medida que se acercaba la noche, el
enfermo desfallecía; sus fuerzas menguaban; su resistencia se
quebraba.
Murió al amanecer.
No bien se supo el
deceso la alquería se llenó de gente. La muerte es siempre pretexto
de reunión para los vivos. Créense éstos obligados a presentar sus
más o menos sinceras condolencias a los deudos y a prodigarles
inútiles consuelos.
Uno de los primeros
en llegar fue Joas, el maestro de escuela de Bethania; lo siguieron
labriegos amigos de Lázaro, viejos holgazanes, jóvenes conocidas y
relaciones de las hermanas, visitantes anónimos y mendigos. Gallus,
el centurión, dio su pésame a Marta, la única que conocía
personalmente, le ofreció sus servicios y se retiró.
Los concurrentes,
según era costumbre, se reunieron en el comedor; en la larga mesa
que ocupaba por completo uno de sus costados se sirvieron frutas,
vino y confituras. Joas con gesto majestuoso y voz solemne, como si
dijera algo muy nuevo afirmó:
—Todos vamos a morir.
—Sin duda— apoyó la
voz trémula de un viejo.
—La esencia de la
vida humana —continuó Joas—, es su fugacidad. Pasamos como las nubes,
como los vientos, como los pájaros por el aire, sin dejar detrás de
nosotros más que un puñado de polvo y cenizas.
Tosió cavernosamente
para dar mayor importancia a sus palabras.
—¿No creéis en la
inmortalidad del alma? —preguntó un joven que vestía la blanca
túnica de los esenios.
—¿La inmortalidad del
alma? Vana y ridícula presunción de este ser abyecto y miserable que
llamamos hombre. La inmortalidad sólo a Dios pertenece.
El joven calló.
Zacarías el fariseo,
el propietario más rico de Bethania que acababa de entrar, respondió
con voz altanera:
—Precisamente, porque
el hombre es abyecto y su vida terrena miserable es necesario que
su alma sobreviva, a fin de que se purifique y alcance la
bienaventuranza.
Joas, que respetaba
más a la fortuna ajena que a las creencias propias, guardó silencio.
Se oyó el murmullo de
las conversaciones.
—¡Sacan al muerto!
—dijo alguien.
Los concurrentes se
pusieron en pie.
Lázaro fue llevado a
una cueva abierta en la barranca de una loma e introducido en ella;
una enorme piedra se colocó para cerrar la entrada.
El cadáver reposó
allí cuatro días; entonces llegó Jesús.
Cuando Marta se
enteró de la presencia del Maestro, corrió en su busca; María
permaneció en la casa.
Jesús estaba inmóvil,
en pie junto al estanque; su actitud demostraba su congoja. La
cabeza inclinada hacia delante; la barbilla sobre el pecho, cruzado
de brazos, parecía meditar.
—Maestro —dijo Marta
prosternándose ante él. Jesús la miró con sus grandes ojos claros,
anegados de ternura infinita, cargados de dolor y fatalidad.
—Si hubieses llegado
antes —prosiguió la joven— mi hermano no habría muerto, pero yo sé
que cuanto pidas al Padre, te será acordado.
—Tu hermano
resucitará.
—Lo sé; el día de la
resurrección de los muertos.
—Yo soy la
resurrección y la vida. El que crea en mí vivirá eternamente; ¿lo
crees tú?
—Lo creo, y sé que tú
eres el Cristo, el hijo de Dios que debía descender a este mundo —y
fue a llamar a María.
—El Maestro ha
llegado y desea verte —le dijo.
María corrió hasta el
sitio en donde permanecía el Rabí.
Los judíos que
estaban en la casa la siguieron, en la creencia de que iba a llorar
junto a la tumba del hermano.
Apenas María vio al
Maestro, cayó a sus plantas y le dijo:
—Señor, si hubieses
venido Lázaro estaría vivo.
Jesús, al verla
llorar, preguntó conmovido:
—¿En dónde lo habéis
puesto?
—Señor —le
respondieron— ven y ve.
Jesús lloró.
—¡Ved cuánto lo
amaba! —dijo uno de los presentes.
—Tú que haces
recobrar la vista a los ciegos —dijo otro dirigiéndose al Rabí— ¿no
podrías restituir la vida a Lázaro?
El Maestro se
aproximó a la sepultura.
—¡Quitad esa piedra!
—ordenó.
Jesús levantó sus
ojos al cielo como si rezara después gritó:
—¡Lázaro, sal!
Y el muerto salió;
caminaba lentamente, ligado por las vendas fúnebres; tenía el rostro
desencajado y verdoso, mancillado por las inmundicias de la
descomposición; su cuerpo exhalaba la fetidez horrible del sepulcro;
cerraba los ojos, como encandilado.
—Quitadle esas
ligaduras y dejadle solo conmigo —dijo Jesús.
Los judíos
obedecieron presurosos. Zacarías el fariseo murmuró para sí:
—Esto lo sabrá el
Sanhedrin.
Ni Lázaro ni Jesús
hablaron durante algún tiempo, por fin éste preguntó:
—¿Te sientes bien,
Lázaro? ¿Puedes hablar?
—Sí.
—Habla, pues.
—Desearía hacerte un
pedido.
—Puedes hacerlo.
—Temo que te enfades.
—Bien sabes que no me
enfado jamás.
—¿Por qué me has
vuelto a la vida? ¡Era tan dulce no pensar, no sentir en el seno de
la nada! Dormir... dormir... ¡y qué triste en cambio es la vida! El
sólo respirar cuesta un esfuerzo, un afán, un sufrimiento. ¡Y cómo
tortura el deseo y engaña la esperanza! ¡Vuélveme, Jesús, a la nada,
a la nada clemente y eterna; te lo ruego, Maestro!
—¿A la nada dices?
—Sí; a la nada.
—¿No existe,
entonces, una vida más allá de la muerte?
—No; la muerte es el
acabamiento definitivo, el anonadamiento absoluto.
—¿Estás seguro de lo
que dices, Lázaro?
—Si no lo estuviera,
nada te diría; jamás me atrevería a engañarte.
Jesús calló largo
tiempo; de pronto dijo:
—Perdóname, Lázaro,
que la paz sea contigo.
Y se alejó pensativo
por el camino a Jerusalem.
La Quinteja, febrero
18 de 1957
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