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María Rosa Lojo nació en
Buenos Aires, en1954. Es narradora, ensayista y crítica literaria,
doctorada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, es
Investigadora del CONICET, directora de proyectos de investigación
en la Universidad del Salvador y Coordinadora de equipos de
investigación para la Colección Archivos de la UNESCO.
Publicó los libros de
poesía: Visiones (1984, Primer Premio de Poesía de la Feria
del Libro de Buenos Aires); Forma oculta del mundo (1991,
Segundo Premio Municipal de Poesía) y Esperan la mañana verde
(1998); el libro de cuentos Marginales (1986).
En novela publicó
Canción perdida en Buenos Aires al Oeste (1987); La pasión de
los nómades (1994, Primer Premio Municipal de Buenos Aires y
única Mención Especial del Premio Nacional de Narrativa); La
princesa federal (1998) y Una mujer de fin de siglo
(1999).
En ensayo editó los La
¨barbarie¨ en la narrativa argentina (siglo XIX) (1994, Mención
Especial del Premio Nacional de Ensayo); Sábato: en busca del
original perdido (1997); Cuentistas argentinos de fin de siglo
(1997) y El símbolo: poéticas, teorías, metatextos (1997). Obtuvo el
Premio Joven Literatura de la Fundación Fortabat (1994); ganó además
la Beca de Creación Artística de la Fundación Antorchas en 1991 y la
Beca de Creación Artística del Fondo Nacional de las Artes en 1992.
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1 Género: los hermanos Mansilla. ¿Unos Claudel
hispanoamericanos?
En
la segunda mitad del siglo XIX argentino, que coincide con el ocaso
y caída de Juan Manuel de Rosas, emerge, no sin conflictos, una
Argentina modelada por las fuerzas políticas que se autoconsideraban
como “civilizadas”. Tales fuerzas, representadas por algunos nombres
señeros (en la escena pública destacarán, sobre todo, los de
Sarmiento y Mitre) tienen un proyecto de país (comercialmente
abierto a Europa, modernizado tecnológicamente, poblado por un
pueblo instruido —en lo posible, importado desde Europa misma—), y
por supuesto, un proyecto cultural.
Contra el optimismo triunfalista y a menudo puramente voluntarista,
de tal proyecto ilustrado, surgen, sin embargo, algunas voces
disidentes. Entre ellas sobresalen las de los hermanos Mansilla:
Lucio Victorio (1831-1913) y Eduarda (1834-1892), hijos del general
Lucio Norberto Mansilla, y de la bella Agustina Ortiz de Rozas,
hermana del depuesto Restaurador de las Leyes. Paradójicamente,
estos dos sobrinos de Rosas, el ‘bárbaro’, son acaso los escritores
más cultos y cosmopolitas de su época en la Argentina. Y también,
quienes replantean y sabotean, sistemática e implacablemente, esa
dicotomía ‘civilización/barbarie’ a la que juzgan simplificadora,
y por ende, peligrosa. Ambos comparten —con gradaciones y matices—
cierto ‘estilo’ literario y vital: ironía, independencia de juicio,
inteligencia que no deja de apelar a la erudición de quienes han
viajado por la geografía y por los libros.
No
obstante, existen marcadas asimetrías en la fortuna literaria y
social de estos hermanos cuidadosamente educados que aprendieron
juntos las lenguas extranjeras y el arte de la traducción, y que
supieron seducir como ‘personajes’, más allá de sus obras, tanto por
su brillo intelectual como por su belleza física. La asimetría no es
tan marcada como la que preside los desiguales destinos del exitoso
Paul Claudel y su desdichada hermana Camille —ignorada como artista
y recluida finalmente en un asilo para insanos—. Pero la ‘cuestión
de género’ y las diferencias que ella instaura tanto en la emisión,
como en la recepción de una voz autorizada, no dejan de incidir en
ambos casos. Un dato revelador, hasta el presente, es que, mientras
Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V., es un
texto enseñado y leído en las aulas escolares, muy pocos argentinos
—salvo un reducido puñado de especialistas— saben que Eduarda
Mansilla fue una de las tres escritoras fundamentales (junto con
Juana Manuela Gorriti y Juana Manso) de nuestro siglo XIX.
Entre los cinco hijos del matrimonio Mansilla-Rozas, Lucio V. fue
sin duda el más conocido: militar, aventurero, ‘dandy’, político,
escritor y periodista ingenioso, irreverente, provocativo. Dos de
sus hermanos murieron a temprana edad: primero una niña de meses,
Agustina Martina, y luego Lucio Norberto, que se suicidó, muy joven,
en España.
Sobrevivieron Eduarda y el menor, Carlitos, oscurecido, muy a su
pesar, por la fama de Lucio.
Si bien éste último alentó y protegió los comienzos literarios de
Eduarda, no dejó de poner reparos, en general, a la actividad de las
mujeres como escritoras.
Llegó a traducir, para su publicación en el diario La Tribuna,
una de las novelas de su hermana: Pablo, ou la vie dans les
Pampas, escrita en francés, aunque no se privó de enmendarle la
pluma con acotaciones (a veces groseramente equivocadas), y de
suprimir notas explicativas puestas por la autora.
Si Lucio tuvo actividad política constante, Eduarda
acompañó en sus funciones a su marido, el embajador Manuel García
Aguirre. En tal calidad —como se describe reiteradamente en el
citado libro de memorias de su hijo Daniel, y como se desprende de
los propios Recuerdos de viaje de Eduarda— agregó a
este desempeño su propio brillo, que era excepcional. Daniel la
recuerda en estos términos:
Quiero hablar nuevamente de mi madre. Todo lo sabía. Era bellísima,
y a la vez elocuente, alegre y majestuosa; cantaba como una gran
artista, hablaba muchos idiomas, escribía libros, componía música,
que ejecutaba después con arte consumado.
En ausencia de su marido, llega incluso a desbaratar
un intento de soborno por parte de un contratista naval que aspira a
ser el proveedor de buques de guerra para la Argentina. La tentativa
es presenciada por el almirante Didelot, un antiguo enamorado, quien
sigue visitando a la dama como amigo leal de la familia, después de
haber sido rechazado como aspirante a su mano en la juventud. Daniel
García-Mansilla narra este episodio, que acredita así la fidelidad
de su madre en todos los sentidos –conyugal y patriótico-.
Por cierto, Eduarda también representará a su país de otra manera:
mostrándose a los extranjeros como ‘modelo de argentina’, y
escribiendo políticamente (en Pablo, ou la vie dans les Pampas)
sobre la justa apreciación de la ‘barbarie’ en Hispanoamérica.
Lucio empieza su vida pública ‘abofeteando y
provocando’ al enemigo (el poeta Mármol, convertido en senador) por
los actos deshonrosos atribuidos a su padre en la novela Amalia. Eduarda,
niña prodigio ‘habla’ con el enemigo (supuestamente fue la
traductora de Rosas en sus conversaciones con el conde Walewski), y
luego se casa con otro adversario político: Manuel Rafael García,
que es hijo del ministro rivadaviano Manuel José García, opositor de
Rosas en su segundo gobierno. Por su parte, Lucio se aliará más
tarde con los mismos unitarios (Sarmiento), y con otros
enemigos: los indios.
Eduarda, niña aventajada, es sensata, no hace
preguntas estúpidas, no tiene miedo a la oscuridad ni a los cuentos
de aparecidos. Lucio es más bien apocado, tímido, nadie sabe muy
bien cómo ha de orientarse en la vida (su mayor mérito parece
consistir en una buena caligrafía que le sirve para emplearse en la
tienda de su tío Adolfo Mansilla). Hace preguntas tontas, teme a la
noche y a lo sobrenatural, tiene pesadillas.
Aunque Lucio ejerció profusamente las letras y el
periodismo, su mayor ambición, más que literaria, fue política.
Eduarda tiene dos claras vocaciones públicas: la música y las
letras. Dedicarse profesionalmente a la música y el canto la hubiera
colocado en el borde mismo de la ‘vida airada’ para el estrecho
criterio de la sociedad porteña.
Sin abandonar el cultivo ‘amateur’ del arte lírico, se propone
ingresar en el ámbito intelectualmente prestigioso —y reservado en
su sociedad para los varones— de la prensa y la literatura, aunque
primero se escuda tras un seudónimo (el de Daniel, que utiliza para
firmar sus dos primeras novelas, y que luego será el nombre de su
cuarto hijo). También, lo mismo que otras autoras, suele emplear
seudónimos para sus colaboraciones en las revistas femeninas de
Buenos Aires. Lucio usa varios seudónimos para escribir en La
Tribuna —el periódico de los Varela—: Falstaff, Tourlourou, u
Orión, que compartió con Héctor Varela. No es improbable que bajo
estas máscaras él mismo haya elogiado, sin las reticencias del
pudor, su propia actuación como Comandante de Fronteras en Río
Cuarto.
Si
Lucio es viajero, mero turista o explorador curioso, Eduarda es —en
la justa expresión de Bonnie Frederick— nómade: traslada de un país
a otro su casa y su familia, sin desprenderse de las cargas
domésticas.
Lucio, desde la temprana juventud, se viste como un ‘dandy’, e
introduce —con un sello original y provocativo— modas europeas en la
Argentina. Eduarda va a la vanguardia de la moda, nada menos que en
Europa: “Mi madre fue la primera dama que lanzó en París un sombrero
sin cintas ni lazos sujetos al cuello —bridas—, creación de la casa
Virot: novedad de tal audacia, levantó polvareda, pero hizo fortuna
en seguida; paréceme que aquella tarde mi madre andaba muy nerviosa
y un tanto asustada.”
Pero si Lucio fue quizá el hombre público argentino
con una iconografía más abundante, profusa y con pretensiones
artísticas (recuérdense las fotos en espejo de Witcomb),
existen, en cambio, escasísimas fotografías de Eduarda difundidas y
publicadas: su hijo Daniel García Mansilla (op cit.) rescata
una tomada en Washington, en 1870, cuando su madre acompañaba allí a
su marido en misión diplomática. Esta misma imagen es la que más se
ha reproducido en otros libros, y en verdad casi la única que se
conoce. Una reciente edición de Recuerdos de viaje
añade otras dos fotografías de la época de madurez, extraídas de un
acervo iconográfico familiar .
Ambos son, en suma, biográficamente “marginales” (en
tanto comparten un “margen” familiar y político, que los coloca, a
partir de su pasado y desde su escritura, en un ángulo social
prestigioso pero excéntrico respecto del oficialismo); ambos son,
también, “transgresores”: dan un paso más allá del umbral de lo
permitido. Pero el tipo de transgresión y sus límites también está
marcado por el género. Si Lucio escandaliza por sus opiniones
inconvenientes, sus ‘boutades’, su manera de vestir, el dandismo
femenino de Eduarda se disuelve en la sofisticación, y su voz es
neutralizada. Se la oye hablar, pero no se la ‘escucha’, salvo por
la deferencia obligada hacia una gran dama que además es hermosa.
Sus opiniones políticas, en tanto mujer, no pueden ser tomadas en
cuenta con el mismo valor y gravitación que si se tratase de
opiniones varoniles. Fuera de algunas reseñas, sus textos no
movilizan, no conmueven a la opinión pública. En cambio, el gran
escándalo pasa por su vida privada. Contemporánea de la decisión de
Nora Helmer, Eduarda viaja a la Argentina en 1879, el mismo año en
que se estrena Casa de muñecas. Viene sola, sin su marido e
hijos, y se quedará en el país casi cinco años, fundamentalmente
para darse a conocer como artista. Tampoco Lucio lleva una vida
encomiable de familia. Para la misma época, su mujer e hijas están
en Europa. Se le conocen aventuras sentimentales, pero la doble
moral de género no problematiza estas cuestiones. El caso de Eduarda
sorprende más aún, porque como Nora Helmer, tampoco se ha escapado
con otro hombre, se ha escapado consigo misma, para hacer algo
diferente con su propio destino individual.
2. La transgresión literaria: nación, ‘barbaries’,
identidades subalternas.
El
área de ‘transgresión’ de los Mansilla supone particularmente el
cruce de ‘dos fronteras’.
1.
La frontera interior: gauchos e indios,
gauchos y mujeres.
2.
La frontera exterior: los ‘yankees’: ¿bárbaros o cultivados? Los
europeos, los artistas. La ‘haute bohême’. Las faunas imperiales.
Gran parte de ese acto transgresor, radica entonces,
en que ambos cruzan la frontera interior, para situarse ‘del lado de
la barbarie’, hacia las identidades consideradas ‘inferiores’,
‘subalternas’, ‘excluidas’, sujetas a la ‘opresión’.
Entre ambos existen, sin embargo, acentuados matices diferenciales.
A Lucio le fascinan dos tipos de ‘bárbaros’, y le fascinan por
aquello en lo que se parecen: los gauchos perseguidos y refugiados
en la frontera, y los aborígenes. A Eduarda también le interesan los
gauchos (no así los indios que caen, en Pablo ou la vie dans les
Pampas, bajo el estereotipo demonizante propio de la época), y
le interesan, sobre todo, las mujeres de esos gauchos. Entre los
varones gauchos y sus mujeres sólo ve en común la pertenencia a una
misma clase desposeída y la extendida ignorancia. Pero no ocurre lo
mismo con sus roles y sus destinos. Mientras el varón, aunque pierda
la vida, tiene en el combate la posibilidad de la realización viril
que le marca su cultura, y puede ejercer esa opción en la libertad
feroz del campo abierto, a las esposas, hijas, hermanas, madres,
sólo les cabe esperar, en el espacio doméstico del duro trabajo o de
la holganza estéril (si es que son hijas, como la ‘Dolores’ de
Pablo, de campesinos ricos). La espera del hombre supone el
progresivo abandono, el vaciamiento de la casa, la carencia de
recursos, y en definitiva, la pérdida del sentido de la vida para
esas hembras confinadas, por el mandato social, al rol fundamental
materno, conservador y reproductivo, que no existen por sí mismas
sino en función de los varones.
Esto no implica que Eduarda ignore o minimice la influencia femenina
en la organización íntima del poder social, dentro de las sociedades
iberoamericanas. Por el contrario, en El médico de San Luis
destaca la “superioridad” de las mujeres como agentes de cambio y de
renovación cultural... pero ¡mientras no sean madres!
La mujer eficaz y persuasiva como esposa, como amante y como hija,
queda fijada, en tanto madre, al espacio del atraso, a la rémora de
las convenciones, a la ‘barbarie’ en fin, aunque la palabra no
aparezca en el texto. La propuesta de la narradora es arrancar a la
‘madre’ en tanto tal, de esta paralizadora asociación con “el
atraso, lo estacionario, lo antiguo”, “robustecer la autoridad
maternal” como punto de partida para evitar la anarquía. No son las
guerras civiles, pues, las que dirimirán los conflictos, sino las
señoras desde sus cocinas. Algo muy similar a lo que señala Jane
Tompkins
cuando se refiere al poder revolucionario de cambiar cristianamente
un mundo implacable, que se coloca en las damas cuáqueras de La
cabaña del Tío Tom. Por supuesto, la “autoridad maternal” tendrá
tanto más peso si se arranca a las mujeres de su ignorancia secular
y se educa su inteligencia natural y su talento artístico. La idea
(el ideal) de una mujer educada y educadora se desarrolla con fuerza
en su novela Lucía Miranda —1860— (que cumple el papel de
mediadora cultural con respecto a los aborígenes), y en Pablo...,
(1869) a través de la exposición de un destino trágico: el de las
“parias del pensamiento”, privadas del acceso a la lengua escrita,
al mundo de los libros que haría de ellas seres plenamente humanos,
en tanto que plenamente ‘culturales’.
En la comprensión profunda —desde adentro— de la psicología y la
condición femeninas, Eduarda supera sin duda, tanto en sus novelas
como en sus cuentos, a su hermano Lucio, para quien, si el aborigen
llega a ser visto como ‘el prójimo’, la mujer, sin embargo sigue
siendo un ‘otro’ descripto o aprehendido muchas veces a través de
lugares comunes.
Cabe señalar que en Pablo los lazos entre
mujeres traspasan las barreras políticas (como sucede también con
personajes de Juana M. Gorriti: las amigas Rosa y Aura, de “Juez y
verdugo”): se entablan como vínculos de solidaridad humana y
solidaridad de género. Es que la misma condición de ignorancia y
despojo espirituales atraviesa, tratándose de mujeres —las “parias del
pensamiento”— todas las clases: Dolores, la hija del hacendado, es
analfabeta como la más pobre de las campesinas. Todas ellas son
“almas prisioneras”, inteligencias cautivas: “ces pauvres âmes
prisonnières plus encore que les autres dans cette vallée de larmes;
ces ‘parias’ de la pensée, exclues des jouissances intellectuelles
tout en restant sujettes aux luttes déchirantes des passions
humaines. En véritables déshéritées, elles ont toutes les charges,
sans avoir les soulagements...”
Tanto Eduarda como su hermano Lucio (en Una
excursión a los indios ranqueles) debaten contra el mismo
adversario y amigo: Domingo Faustino Sarmiento, quien creyó, no
menos que Lucio, en el talento literario de Eduarda, y elogió
ampliamente su obra. La amistad con Sarmiento no impide que ella
discuta sus ideas, hasta el punto que Pablo ou la vie dans les
Pampas puede ser considerado una suerte de “anti Facundo”.
Comparte con el Facundo varios rasgos:
- Pretende dar una imagen de la vida argentina rural,
en contraste con la ciudad. Se propone “traducir” o “explicar” para
los extranjeros, para “la Europa”, el mundo hispanoamericano. Y da
un paso más allá que Sarmiento: lo hace en francés. Ello es
entendible porque en esa época Eduarda vive efectivamente en
Francia. Pero también por una necesidad de legitimación cultural
(que pasa por su país de proveniencia, por su género, y por su
filiación política): el afán, acaso, de demostrar que una mujer,
argentina, y sobrina del ‘bárbaro’ Rosas puede escribir para los
franceses, y tan bien como ellos.
- Mantiene los clisés sarmientinos: ciudad/campaña,
bárbaros/ilustrados, federales/unitarios, y partir de allí los
discute y los desarma. Eduarda cuida bien de destacar que la
‘barbarie’ —la que condena a las mujeres al desconocimiento del
mundo y de sí mismas, la que envía a los varones a la crueldad de
una guerra fratricida— no es una cuestión de partido, sino ‘una
práctica social argentina’ que comprende tanto a federales como a
unitarios, a Rosas como a sus enemigos. El primer unitario
decididamente ‘bárbaro’ (sádico y analfabeto, al nivel de cualquier
mazorquero literario) en la literatura nacional, es tal vez el
personaje del ‘Duro’ Moreyra, que representaría, para la autora, lo
que predomina en el ejército argentino regular. Los federales
—apunta— habrían comprendido y tratado mejor al gaucho. En cuanto a
su sistema de represalias mutuas, por otra parte, los dos bandos
actúan exactamente igual: se parecen demasiado el uno al otro.
La ‘civilización’, por otra parte, es más una
expresión de deseo que una realidad, y además, cuando se la quiere
imponer como proyecto de vida foráneo, genera, desde arriba, su
propia ‘barbarie’ inicua y homicida (“La liberté fut bien souvent
imposée à coup de sabre, et l’amour de la justice servit presque
toujours à opprimer”).
Por otro lado, ni los gauchos son tan bárbaros como se los ha
descrito, ni los ciudadanos tan cultos. En las ciudades, como lo
experimenta la desdichada Micaela, dominan la impiedad, la ligereza
y la veleidad de juicio, la falta de solidaridad y de verdadero
interés por el prójimo. Ambos hermanos Mansilla comparten esta
visión.
Los gauchos, oprimidos por los “civilizadores”,
enrolados a la fuerza en los ejércitos, maltratados, padecen
injustamente. Los indios, como en la mayoría de la literatura de
época, en Pablo.... —no en Una excursión...— de
Lucio, aparecen demonizados (pero también es verdad que ella
atribuye su degradación a las malas acciones de los blancos).
Incluso se menciona el caso —no tan infrecuente en la época— de una
mujer cautivada (la del jefe de carretas) que ha preferido quedarse
entre los ranqueles.
-
Tanto en Sarmiento como en los libros “pampeanos” de los hermanos
Mansilla, hay un verdadero muestrario de tipos y de ‘tópoi’ locales.
En el caso de Lucio se hace hincapié en el conocimiento minucioso y
de primera mano de un paisaje que otros han descrito sin conocerlo
verdaderamente. En lo que hace a su hermana, destaca una fascinación
incantatoria que se acrecienta en el mundo misterioso de la noche.
- Por fin, podemos decir que la gran audacia de
Eduarda, como mujer que escribe una novela en francés (y en primer
lugar, para franceses)
consiste en señalar que los europeos también han sido bárbaros,
hasta extremos jamás alcanzados por los gauchos vernáculos (“Les
annales de l’ancien monde nous montrent à chaque instant exemples
bien plus terribles”),
y que lo son todavía (“On se bat chez nous, c´est vrai; en Europe on
se bat aussi, et, ici comme là bas, on voit toujours aux prises les
deux courants qui agitent les mondes...Lumière et ombre”).
En definitiva —señala— los numerosos inmigrantes europeos llegan al
país huyendo de males que en Argentina se desconocen.
Los dos: Eduarda y Lucio, se esforzarán por demostrar que, desde la
hipercultura, se puede comprender la “barbarie”, hasta identificarse
parcialmente con ella (Lucio, que juega a ser indio), y
desmitificarla, disolviendo los estereotipos condenatorios del
“ilustrado”. Llama la atención, en Eduarda, el tono claramente
admonitorio, casi de reproche: “Pour eux, nous seront toujours des
sauvages. Il est temps qu’ils apprennent à nous juger autrement.”
La nación, en fin, para los Mansilla, no puede construirse
legítimamente sin el concurso de los ‘bárbaros’, los ‘subalternos’ y
los ‘oprimidos’ (de etnia, de clase, y de género, en el caso de
Eduarda), que la ‘barbarie de la civilización’ preferiría aniquilar,
reemplazar, o relegar a un ámbito de confinamiento “controlable”.
Sólo un lento y necesario proceso transformador no violento podría
eliminar la ‘barbarie’ como miseria física y simbólica, convirtiendo
a los excluidos en ciudadanas y ciudadanos dotados de derechos, y en
seres humanos plenos.
2.
Otro gesto transgresor corresponde al cruce que les depara, tanto a
Lucio como a Eduarda, su experiencia cosmopolita, que es, tal vez,
la más completa entre los escritores argentinos de la época. Ni
Juana Manuela Gorriti, ni Rosa Guerra, ni Juana Manso, vivieron y
viajaron por el extranjero como Eduarda, que hablaba, además, cuatro
idiomas. Ninguna tampoco ‘actuó’ —dentro del decoro— en los
escenarios europeos. La frecuentación de los salones de Europa
coloca a Eduarda en un borde ambiguo: la ‘contamina’ de alta
bohemia, la asocia con afamados personajes de la escena lírica, como
el compositor Rossini, o la gran cantante Alboni, a la que
acompaña al piano. La envuelve en el ambiente dispendioso e
hipersofisticado de la corte de Eugenia de Montijo, aunque sólo ‘en
pequeñas dosis’, debido a la censura conyugal impuesta por el doctor
García.
Todo esto se verá con sospecha en una Buenos Aires pacata donde
todavía la esposa del presidente Juárez Celman (cuñada de Julio A.
Roca) se ruboriza cuando los hijos de Eduarda, acostumbrados a la
etiqueta europea, le besan la mano.
Por otra parte, así como entablan relaciones con los artistas (Lucio
conoce a Robert de Montesquieou- Fésenzac, modelo del proustiano
Barón de Charlus, a Maurice Barrès, e incluso a Paul Verlaine),
también establecen vínculos —no meramente sociales sino familiares—
con la nobleza europea. Una hija de Lucio y una hija de Eduarda se
casan con aristócratas franceses.
Capítulo aparte merece la estadía de Eduarda en los
Estados Unidos, que le inspira un libro: Recuerdos de viaje
(1882). Su mirada es irónica e irreverente pero también admirativa.
Revela una sociedad quizá grosera, materialista, vulgar, práctica
—‘bárbara’, por qué no— pero pujante, con círculos culturales
exquisitos, y un espacio para el ‘segundo sexo’ del que carece la
sociedad criolla. Allí las damas pueden divorciarse, salir solas, y
hasta ganarse la vida como ‘reporters’.
La novela de la vida de Eduarda no tiene un ‘final
feliz’. Después de su estadía de casi cinco años sola en la
Argentina vuelve a reunirse con su marido e hijos pero para acordar
una separación: Manuel Rafael García se quedará con dos de sus
vástagos: Eduardo, y Carlos. Ella, con Daniel. Los otros tres (Eda,
Manuel José, Rafael) hacían ya una vida independiente. La familia no
volverá a juntarse hasta después de la muerte accidental de Manuel
Rafael García en Viena, en abril de 1887. En junio del mismo año,
Eduarda, sus hijos y sus nietos (los hijos de Eda) emprenderán viaje
a la Argentina para dirimir la sucesión de Manuel García, a pedido
sobre todo, de su yerno: el barón Charles de Lagatinerie. Su nieta
mayor, Guillemette Marrier, escribirá luego un libro de recuerdos
sobre su infancia (Nous n’irons plus au bois)
y este viaje a la Argentina, donde conoce una Pampa domesticada, no
ya la de los grandes debates que se plantean en Pablo.
Después de una serie de viajes por Europa, donde
acompaña básicamente a su hijo Daniel, Eduarda se instala en Buenos
Aires (1890) y aquí fallece —era enferma cardíaca— en 1892. Sus
últimos años son de casi absoluto silencio literario y de actividad
musical
privada, acompañada por algunos músicos notables como Alberto
Williams y Julián Aguirre. Dejó, como última voluntad, el pedido de
que no fuesen reeditadas sus obras.
3 Conclusiones
Los hermanos Mansilla representan acaso, en el mapa de nuestro siglo
XIX, no sólo una mirada diferente sino el modelo posible de una
Argentina ‘que no fue’: una nación capaz de integrar lo arcaico y lo
moderno, lo criollo y lo europeo, lo indígena y lo hispánico. Una
nación donde los marginados y excluidos: las clases populares, las
minorías étnicas, y —traspasando verticalmente los estamentos
sociales— las mujeres en general, podrían aspirar a un lugar propio,
y evitar la aniquilación física (gauchos e indios) o la
desintegración espiritual (las “madres” de Eduarda, condenadas a la
locura cuando el poder les quita sus hijos esto es: la única razón
que las legitima). Mientras otros saludan, exultantes, al Progreso,
los Mansilla nos recuerdan que hay dos ‘barbaries’: la de quienes,
desde una mirada eurocéntrica, son juzgados como ‘primitivos’ e
‘inferiores’, y la barbarie, mucho peor, de la misma civilización.
Probablemente, ambos arrastraron, en sus últimos años, la carga de
un sentimiento de fracaso, vital y literario. Lucio había enterrado
a su primera esposa y a sus cuatro hijos. Nunca ocupó las posiciones
políticas que ambicionaba, a pesar de negociaciones y veleidades,
como la que lo llevó a adherir al roquismo, más allá de su
comprensión del mundo aborigen. No lo olvidó, sin embargo, y nos lo
prueba la anécdota conmovedora de Miguel Ángel Cárcano (h), que
muestra al viejo Mansilla, en su casa de París, llorando sobre los
despojos del poncho pampa que el cacique Mariano Rosas le había
obsequiado en su aventura ranquelina.
Eduarda, por su parte, pagó sin duda un alto costo por su separación
matrimonial y su estadía “de escritora” en Buenos Aires, despegada
del rol materno. Tal como ocurre en el caso de Lucio, su lúcida
visión literaria no fructifica en ningún proyecto de acción concreta
para la reivindicación de los excluidos (como sí ocurre en cambio
con su contemporánea y colega Juana Manso, que instrumenta un vasto
plan educativo)
En
el momento de su muerte, sus contemporáneos los estiman más como
personajes brillantes del gran mundo,
que como los autores de un singular relato de las Pampas capaz de
mostrar las marcas de la negación y del silencio, de la exclusión y
de la opresión, que se están inscribiendo, irreparablemente, en la
perfección falsificada de una Argentina incompleta.
María Rosa Lojo (CONICET, Argentina)
Bibliografía
De
Eduarda Mansilla
El médico de San
Luis,
Buenos Aires, Eudeba, 21962 (1ª ed 1860).
Pablo, ou la vie
dans les Pampas,
Paris, Lachaud, 1869.
Pablo, o la vida en
las Pampas,
Traducción de Alicia M. Chiesa, Buenos Aires, Confluencia, 1999.
Lucía Miranda,
Buenos Aires, Imprenta Alsina, 21882 (1ª ed 1860).
Recuerdos de viaje
(tomo 1),
Buenos Aires, El Viso, 21996 (1ª ed
1882),.
Cuentos,
Buenos Aires, Imprenta de la República, 1880.
Creaciones,
Buenos Aires, Imprenta Alsina, 1883.
Un amor,
sin mención de editor y lugar, 1885.
De
Lucio V. Mansilla
Una excursión a los indios ranqueles,
Estudio Preliminar y Notas de Guillermo Ara, Buenos Aires, Kapelusz,
1966 (1ª ed 1870). — Buenos Aires, Emecé, 1989,
Estudio Post-liminar de Julio Caillet-Bois.
Mis memorias,
Buenos Aires, Hachette, 1954. (1ª ed 1904).
Entre-Nos o Causeries del jueves, Buenos Aires,
Hachette,
1973. (1ª ed 1889-90)
“La odisea de una
vocal”. En: Entre Nos, Causeries del jueves, t. IV, Selección
de J.L. Lanuza, Buenos Aires, Eudeba.
Retratos y recuerdos,
Buenos Aires, Jackson, s/f. (1ª ed 1894)
Rozas,
Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1925. (1ª ed 1897)
El diario de mi vida,
o sea, Estudios Morales, Buenos Aires, Imprenta de la Tribuna
Nacional, 1888.
En vísperas,
París, Garnier, 1903.
Un país sin ciudadanos,
Paris, Garnier, 1908.
Bibliografía documental y crítica
Auza, Néstor T.:
Lucio V. Mansilla. La Confederación, Buenos Aires, Plus Ultra,
1978, Cap. I, pp. 7-17.
Cárcano, Miguel
Angel: El estilo de vida argentino,
Buenos Aires, Eudeba, 1987, Cap. I, pp. 5-29.
Dómine, Marcela:
“Autobiografía bárbara”. En Letrados/Iletrados (Ana María
Zubieta comp.), Buenos Aires, Eudeba, 1999.
Frederick, Bonnie:
“El viajero y la nómada: los recuerdos de viaje de Eduarda y Lucio
Mansilla”. En: Mujeres y cultura en la Argentina del siglo XIX,
Buenos Aires, Feminaria, 1994, pp. 246-252.
Galán, Ana Silvia:
Catalina Ortiz de Rozas y Lucio V. Mansilla. La esquiva fortuna
del amor, Buenos Aires, Planeta, 2000.
García-Mansilla,
Daniel: Visto, oído y recordado, Buenos Aires, Guillermo
Kraft, 1950, pp. 284-285.
Lagarde, Marcela:
Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y
locas, México, Universidad Nacional Autónoma de México,1997.
Lewkowicz, Lidia:
Juana Manso (1819-1875). Una mujer del siglo XXI, Buenos Aires,
Corregidor, 2000.
Lojo, María Rosa: “Facundo:
la ‘barbarie’ como poesía de lo original/originario”, y “Una
excursión a los indios ranqueles: la ‘barbarie’ en un viaje al
‘más acá’”. En: La ‘barbarie’ en la narrativa argentina (siglo
XIX), Buenos Aires, Corregidor, 1994, pp. 47-78 y 131-162.
Lojo,
María Rosa: “Eduarda Mansilla: al rescate de las parias del
pensamiento”. En: Fundación. Política y Letras, Año VI, Nº 14
(Diciembre 1998), pp. 108-113
Lojo,
María Rosa: “El imaginario de las Pampas en francés: de Eduarda
Mansilla a Guillemette Marrier”. En: La función narrativa y sus
nuevas dimensiones, Buenos Aires, 1999, pp. 339-347.
Lojo, María Rosa:
“El indio como prójimo, la mujer como el ‘otro’ en Una excursión
a los indios ranqueles, de Lucio Victorio Mansilla”. En: Alba
de América 26 y 27, Vol. 14 (1996) pp. 131-137.
Lojo, María Rosa:
La pasión de los nómades, Buenos Aires, Atlántida, 1994.
Lojo, María Rosa:
Una mujer de fin de siglo, Buenos Aires, Planeta, 1999, que la
tiene como protagonista.
Lojo. María Rosa:
“Eduarda Mansilla: entre la ‘barbarie’ yankee y la utopía de la
mujer profesional”, en prensa en Actas de las VI Jornadas de
Historia de las Mujeres y I Congreso Iberoamericano de Estudios de
las Mujeres y de Género, (Universidad de Buenos Aires, 2 al 5 de
agosto de 2000)
Marrier, Guillemette:
Nous n’irons plus au bois. (Extraits). Fotocopia del libro
(en encuadernación doméstica) de la familia Marrier de Lagatinerie.
Mizraje, María
Gabriela: “Eduarda Mansilla o la familiaridad del triunfo”. En:
Argentinas de Rosas a Perón, Buenos Aires, Biblos, 1999, pp.
128-151.
Popolizio, Enrique:
Vida de Lucio V. Mansilla, Buenos Aires, Peuser, 1954.
Rosas, Manuela y
Reyes, Antonino. Manuelita Rosas y Antonino Reyes. El olvidado
epistolario (1889-1897), Buenos Aires, Archivo General de la
Nación, 1998.
Svampa, Maristella:
Civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista,
Buenos Aires, El cielo por asalto, 1994.
Tompkins, Jane:
“Sentimental Power: Uncle Tom’s Cabin and the Politics of
Literary History”. En: Sensational Designs, New York-Oxford,
Oxford University Press, 1985, pp. 123-146.
Veniard, Juan María:
Los García, los Mansilla y la música, Buenos Aires, Instituto
Nacional de Musicología “Carlos Vega”, Ministerio de Educación y
Justicia, 1986.
La simplificación no se opera en el texto sarmientino mismo: su
célebre Facundo o Civilización y barbarie, sino a partir
de dicho texto como herramienta política de exclusión y
anulación del elemento llamado bárbaro. Sobre las complejidades
de la obra de Sarmiento, y su manipulación posterior, ver Lojo,
María Rosa: “Facundo: la ‘barbarie’ como poesía de lo
original/originario”. En: La ‘barbarie´en la narrativa
argentina (siglo XIX), Buenos Aires, Corregidor, 1994, pp.
47-78, y Svampa, Maristella:
Civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista,
Buenos Aires, El cielo por asalto, 1994.
Frederick, Bonnie: “El viajero y la nómada: los recuerdos de
viaje de Eduarda y Lucio Mansilla”. En: Mujeres y cultura en
la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Feminaria, 1994,
pp. 246-252.
Sus fotos están dispersas y a mano en todos los libros que
hablan de él. Un buen ejemplo puede verse en la biografía de
Popolizio, así como en la
reciente, ya citada, de Ana Silvia Galán. No faltan en los
museos (el Museo Histórico Provincial de Río Cuarto, el Museo
Roca, en Buenos Aires).
Se trata de una edición financiada por María Rosa Bemberg:
Recuerdos de Viaje, Buenos Aires, Ediciones del Viso, 1993.
Una de las fotos que contiene el libro es reproducida en la
edición y traducción argentina de Pablo ou la vie dans les
Pampas, Buenos Aires, Confluencia, 1999; también en el libro
de Veniard, Juan María: Los García, los Mansilla y la música,
Buenos Aires, Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega”,
Ministerio de Educación y Justicia, 1986.
Me he ocupado del tema en dos trabajos,
Lojo, María Rosa, “Eduarda Mansilla: al rescate de las parias
del pensamiento”. En: Fundación. Política y Letras, Año
VI, Nº 14 (Diciembre 1998), pp. 108-113, y “El imaginario de las
Pampas en francés: de Eduarda Mansilla a Guillemette Marrier”.
En: La función narrativa y sus nuevas dimensiones, Buenos
Aires, 1999, pp. 339-347.
Cfr. Lojo, María Rosa: “El indio como prójimo, la mujer como el
“otro” en Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio
Victorio Mansilla”. En: Alba de América 26 y 27, Vol. 14
(1996) pp. 131-137.
Sobre su larga y constante relación con la música, ver el citado
libro de Veniard.
Según su hijo Daniel, muchas de las obras de Eduarda, así como
correspondencia personal, se hallaban guardadas en un baúl que
se extravió en uno de los viajes familiares. Escribió, en
narrativa, los siguientes textos: El médico de San Luis
(1ª ed 1860), Pablo, ou la vie dans les Pampas, Paris,
Lachaud, 1869, Lucía Miranda, Buenos Aires, Imprenta
Alsina, 1882 (1ª ed 1860), Recuerdos de viaje (tomo 1, 1ª
ed 1882), (2ª ed)., Cuentos,, Buenos Aires, Imprenta de
la República, 1880; Creaciones, Buenos Aires, Imprenta
Alsina, 1883; Un amor, sin mención de editor y lugar,
1885. Fue autora, además, de varias piezas teatrales.
Contra su último mandato, en 1962 comenzó
la reedición de su obra: El médico de San Luis, por
Eudeba, a la que ahora se agregan los títulos de Recuerdos
de viaje, Buenos Aires, El Viso, 1996,
y de Pablo, Buenos Aires, Confluencia, 1999.
Cárcano, Miguel Angel: El estilo de vida
argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1987, pp. 28-29.
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