agosto de 2004 

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Jorge Carman
Sobre Eduarda

 

 

Jorge Carman es director de las editoriales Confluencia, El Calafate y de Ediciones del Mercosur. Coordina la revista Opinión Pública y es jefe de redacción de la publicación Ecología & Negocios (representante de Science del New York Times). Además es representante para el cono sur del Museo Nazionale della Montagna de Torino y la Regione Piemonte.

Ha sido investigador y compilador de Obras, de Ramón Lista (Editorial Confluencia, Bs. As., 1997); realizador de 50 años de historia política argentina, en colaboración con Eduardo D. Kimal (RR Ediciones, Bs. As. 1995); e impulsor junto a Pedro L. Barcia de la adaptación idiomática a la lengua castellana de la Obra Poética de Olegario Víctor Andrade (Ed. Confluencia, Buenos Aires 1998).

Editor, en colaboración con el Museo Mitre, de obras facsimilares sobre la Patagonia del siglo XIX, con mapas en color fuera de texto de Carlos María Moyano, Luis Jorge Fontana y Ramón Lista. Coordinador editorial en el Paraguay del trabajo “Sociedad, cultura y dinámica regional: Investigaciones históricas, socioculturales y arqueológicas en el Área de Itapú”, compiladas por el ex viceministro de Cultura paraguayo, Gerardo Fogel (Ed. del Mercosur, Asunción- Buenos Aires, 2002).

Co-autor de Rincón gaucho (Emecé-La Nación, Bs. As. 2004); coordinador libro Proyectos y Programas de la Secretaría de Cultura de la Nación (Bs. As. 2004); y ha tenido colaboraciones con El Ideal Gallego (La Coruña), Punt Diari (Gerona), Agencia Baires Press

Ha sido asiduo colaborador en La Nación, La Razón, El Cronista Comercial, Revista El Porteño, Diario La Voz, El Diario (Santiago de Chile), Revista Dolciniana (Centro de Estudios Dolcinianos, Novara, Italia) y participó en la realización de cd-rom sobre Misiones Jesuíticas de la Comisión Nacional de Monumentos, Museos y Lugares Históricos.

   

 

(El siguiente texto prologa Pablo o la vida en las pampas, Editorial Confluencia, Buenos Aires, 1999)

 

El Restaurador le pide que oficie de intérprete ante el embajador de Francia, conde Waleski, en medio del conflicto suscitado entre nuestro país y las tropas invasoras francesas. El aristócrata se sorprende de que la muchachita hable en su idioma correctamente, siendo tan joven, además de mujer de un país bárbaro. Eduarda está impertérrita, es la hija del general Mansilla, quien dos años antes estuvo al mando de las fuerzas criollas que se batieron contra la armada franco-británica en la Vuelta de Obligado, y sobrina del poderoso brigadier rojo punzó. Deberá hablar con precisión, se trata de una cuestión de Estado en la que se encuentra gustosamente involucrada.

No es ficción, el hecho es bien cierto y aconteció, cuando Eduarda Mansilla y Ortiz de Rosas, años más tarde de García, conectó a dos hombres en pugna en uno de los tantos episodios que configuran la historia argentina y su lucha por la soberanía.

Había nacido en Buenos Aires el 11 de diciembre 1834, hija de Agustina Ortiz de Rozas[1] y Lucio Norberto Mansilla, casado éste en segundas nupcias. Su madre, mujer de belleza excepcional a quien llamaban "la Agustinita", era una de los veinte hermanos que tuvo el gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas, hombre al que siempre le sobraron consideraciones para con las mujeres de su familia, quizá por la poderosa influencia de su madre, Agustina López de Osornio, quien luego de muerto su marido León a manos de los ranqueles, llevó adelante con un coraje encomiable la administración de los campos recibidos por éste del Virreinato a cambio de que se los "limpiara de indios y alimañas", y que más tarde serían heredados por sus hijos.

Allí, en el Rincón de López, junto a la desembocadura del Salado, se levantó la estancia donde Eduarda Mansilla y su hermano mayor Lucio Victorio —otro personaje vinculado entrañablemente a la historia y a las letras del país— pasaban los veranos cuando niños en esa tierra que había sido un campo de marte cuando el Señor era su abuelo y en el que las cabezas de los infieles se secaban clavadas en una pica de cuatro metros de altura, "para que se vieran de lejos".

Esa dureza rural, que se ajustaba a una realidad incontrastable, no impidió —como lo prueban los hechos— el desarrollo espiritual de toda una prosapia enraizada en la cultura y la política de nuestro país. Lucio V. Mansilla hizo un poco de todo y siempre bien: militar, periodista, escritor, viajero y hasta duelista; se lo reconoció por su agudeza, su valor y por sus trabajos literarios, de entre los cuales Una excursión a los indios ranqueles ha sido el más divulgado.

En ese ambiente se crió la niña, ávida de lecturas, dueña de una gran sensibilidad musical y una sorprendente facilidad para aprender idiomas, fundamentalmente el francés. Este libro, por cierto, fue escrito en esa lengua y publicado en París en 1869 por la casa Lachaud.

Como no podía ser de otro modo, Eduarda se casó bien. El consorte fue Manuel Rafael García, un intelectual refinado, agudo y de carácter firme, responsable de misiones diplomáticas gravitantes en la época.

En 1860 escribe sus dos primeras novelas, El médico de San Luis y Lucía Miranda. En la primera obra se hacen presentes los "hijos de la tierra", esos gauchos entrañables de los que se ocupará nuevamente cuando escriba esta novela, cuyo título original es Pablo ou la vie dans las pampas, que se reedita con la traducción de Alicia Mercedes Chiesa, aunque le corresponde a Lucio V. Mansilla el haber dado a conocer en castellano, por primera vez, el trabajo de su hermana, pero no como libro sino en entregas, lamentablemente dispersas en vaya a saberse qué anaqueles.

Su marido es destinado embajador en Washington en 1861, de donde se trasladan a Francia al año siguiente luego de los cambios acontecidos en la Argentina una vez caído el gobierno de la Confederación. En París residirá hasta 1868 donde escribe esta novela impresa casi a la par de un nuevo traslado de la escritora a los Estados Unidos, donde permanecerá seis años.

En la capital francesa sus contactos son enriquecedores. Es amiga de Gounod, Massenet, Alejandro Dumas y del propio Alberdi en su interminable exilio. Eduarda consolida su cosmovisión, es una mujer de mundo aunque bien alejada del sustrato baladí que puede emerger de cualquier parnaso de la Tierra.

Su creación Pablo o la vida en las pampas, es una novela ágil y sencilla en la que las mujeres, seres oprimidos y condenados a un soslayamiento perpetuo, se constituyen en las pírricas heroínas de un medio social agreste, casi feroz, donde el aire es tan puro y poderoso que tonifica solamente a los fuertes y destruye a los débiles.

El personaje es un muchacho bello y solitario, hijo de madre viuda de militar unitario y único hermano sobreviviente de cuatro que dejaron sus vidas en la tierra purpúrea, parafraseando a Hudson, pues en la ficción mueren durante el sitio de Montevideo, conocido como la Nueva Troya. Es pobre aunque con cierta prosapia, pero la muerte de su padre lo lleva a constituirse en el soporte de una querencia a la que mantiene con la venta de lo que allí se produce.

El protagonista está enamorado de Dolores, huérfana de madre e hija de un estanciero algo abstraído aunque amable con su hija, a quien llaman el Federal por su filiación rosista. De vuelta a su rancho, semidormido en una carreta tirada por bueyes, una partida lo sorprende reclutándolo con prepotencia y se lo lleva para pelear "por la Patria", a pesar de tener en sus manos una papeleta que lo exime de esa obligación por su condición civil, alejándolo de su amada para defender una causa que desconoce y que sólo le recuerda pérdidas.

De allí en más todo es una peripecia en la que una sucesión de personajes va enriqueciendo la obra en cada capítulo: Micaela, la madre de Pablo, mujer abnegada y presa de su desesperación; Rosa, la sirvienta de Dolores, todo un ejemplo de lealtad y gratitud; la corajuda, aunque algo tránsfuga de doña Marcelina; Anacleto, el Gaucho Malo, símbolo del espíritu fuerte y ontológicamente anarquizado del hombre de campo disidente de los conchabos y el orden establecido; el gallego de la pulpería, el gauchaje escéptico y también estoico; el noble coronel Vidal y el despiadado comandante Moreyra, apodado el Duro, por los mismos duros.

La autora nos traslada a la pampa de mediados del siglo XIX con habilidad y sobre ejes conceptuales claros que residen en la descripción geográfica, los usos y costumbres de sus habitantes y los valores comunes sobre los que construyen sus existencias. Eduarda, al escribir en francés se esfuerza para que los europeos comprendan esencialmente de qué se trata la Argentina rural de aquella época, ese territorio bárbaro al que defiende con altura y dignidad, yuxtaponiendo ciertas formas de vida europeas, no muy diferentes de las vividas en su Patria, aunque reconociendo los aspectos que hacen a la evolución del Viejo Continente.

La obra se va haciendo imperdible progresivamente y la autora, aun con cierta inocencia argumental, le da un ritmo sostenido con un final in crescendo verdaderamente inesperado.

Eduarda Mansilla nos deja con Pablo o la vida en las pampas, la primera novela de una mujer argentina escrita en francés, no habiendo muchas que la precedieran incluso en castellano, menos aún con trabajos trascendentes de la pluma femenina.

El valor de la obra reside no solamente en su excelente planteamiento, nudo y desenlace, sino en la delicada profundización que hace del país rural, lo que la enaltece como escritora y como argentina hija de esa Patria Vieja donde todo estaba por hacerse.

De sus estadías en los Estados Unidos —donde por cierto había conciliado con los separatistas sureños, básicamente por la afinidad de éstos con Hispanoamérica— surgirá Recuerdos de viaje, del que la imprenta porteña de Juan Alsina, en 1882, sólo publicó un tomo, el que posteriormente fue reeditado en España por Ediciones El Viso, Madrid, 1996.

Allí reflexiona sobre la vida norteamericana en tiempos de la Guerra de Secesión, el presidente Lincoln y su tediosa mujer "rechoncha, en extremo vulgar y antipática", las costumbres austeras, el paisaje del país y los despertares del Destino Manifiesto que se sucederían abiertamente luego del triunfo yankee.

Excelente gourmet, no desperdicia su buen humor para calificar las limitaciones de las artes culinarias en el país del Norte, de las que se ríe —más bien se apiada— al referirse a la alimentación en el acelerado way of life neoyorquino y sus fast-foods, que tarde o temprano producen en sus consumidores "atroces gastralgias o dispepsias" pues las degluten "pensando en cosas ingratas y aun crueles". Aguda observación y condena anticipada para nuestro fin de siglo en todo el Planeta.

En síntesis, una crónica fresca y entretenida —la única escrita por una mujer argentina sobre los Estados Unidos del siglo XIX— que refleja un estilo de vida que le llamó poderosamente la atención y al que describe con su provebial chispa y la lucidez que la caracterizó desde siempre.

En Francia, surgirán algunas complicaciones conyugales que terminarán por alejarla de su marido, quien había retomado su destino diplomático en Europa. Para entonces buena parte de sus seis hijos estudiaba en París y nada indicaba un cambio en esos planes.

En 1878, después de dieciocho años de ausencia, volvió sola a Buenos Aires para iniciar un período fecundo donde descolló por su participación activa en la prensa literaria porteña, fundamentalmente en El Plata Ilustrado, en cuyas páginas, bajo el seudónimo de Alvar, se regodeó con su refinada agudeza en la crítica a ciertas costumbres y valoraciones morales que le resultarían algo más que pacatas a este personaje que tuvo la suerte de escapar de muy joven, por obra de las circunstancias, de una sociedad poco contemplativa para las reflexiones femeninas y mucho menos para aceptar los juicios de valor del sexo débil, de por sí un despropósito como definición de mujer. Cabe destacar que Alvar no fue el único seudónimo adoptado por Eduarda. Ya en 1860, su opera prima El Médico de San Luis la firmaría con el nombre Daniel, hecho que se conoció públicamente recién en este siglo a través de una investigación de Néstor Tomás Auza, quien comenta en La literatura periodística porteña del siglo XIX (Editorial Confluencia, Buenos Aires 1999) los seudónimos y los aportes trascendentes a nuestra cultura dejados por la escritora que: "Si de El Plata Ilustrado se quitaran los escritos de Alvear, desaparecerían del mismo las páginas más ilustrativas de las costumbres y los gustos de la sociedad porteña de su época".

También colaboró con La Gaceta Musical, otra publicación de la época en la que demostró su sensibilidad por este género para el que compuso algunas piezas como la romanza La larme (La lágrima), basada en estrofas del poeta Lamartine.

En 1880, la Imprenta de la República le publica Cuentos infantiles, una selección de narraciones breves, delicadas e imaginativas, orientadas al mundo mágico de los niños. Nuevamente le cabe el rol de innovadora, pues la obra es la primera en su género publicada en nuestro país.

Inagotable, elegante, mundana, aristocrática y discreta, fue una protagonista esencial en la tertulia de aquel tiempo en que se perfilaba una nueva nación, colaborando con su gracia y precisión expositiva en dar a conocer sus experiencias viajeras a los argentinos y la Argentina a los extranjeros, en todos sus viajes. Aprovechó bien su tiempo en la Tierra, prerrogativa asignada a pocos mortales.

Creaciones (1883) será su último libro publicado. En el mismo despliega su romanticismo exacerbado — fiel reflejo de la estética de su tiempo— y aborda el tema de la locura femenina en alguno de sus relatos. Locura por fatiga, por desamor, locura al fin y siempre trágica de las mujeres de vidas estériles, que como cita María Rosa Lojo en su nota Eduarda Mansilla. Al rescate de las "Parias del Pensamiento" (revista Fundación, Año VI, Nro.14, diciembre 1998) "parece ofrecerles la liberación de las almas prisioneras".

Fiel a su estilo de no perpetuarse en ninguna parte y quizá dando por finalizada otra etapa luego del reencuentro con su país, el espíritu viajero le hizo arriar las velas trasladándose nuevamente a Europa en 1884. Residió en París, Florencia y Viena. Allí acompañó a Daniel, su hijo, —bautizado así bajo la inspiración de ese nombre furtivo utilizado en su primera novela— quien tenía un cargo en la diplomacia criolla con designación ante el imperio austro-húngaro y de quien su madre no podría haber sido mejor asesora y anfitriona.

En 1887 muere Manuel García, y tres años más tarde la escritora volverá a la Argentina para quedarse definitivamente en Buenos Aires, donde murió el 20 de diciembre de 1892 de una afección al corazón.

Junto a su marido y sus hijos descansa en la bóveda de la familia García en el Cementerio de la Recoleta. Apenas se lee su nombre sobre la lápida de mármol.

Cartas, documentos, escritos, partituras musicales y originales de sus libros se perdieron en uno de los interminables viajes familiares. Su legado no está completo, aunque sí tenemos la posibilidad de reconstruir en nuestra imaginación a esa mujer enormemente atractiva, transgresora distinguida, de estampa criolla y mirada inteligente, para quien Víctor Hugo reservó un juicio muy ajustado sobre este libro que nos enorgullece editar: "Usted me ha mostrado un mundo desconocido... Hay en su novela un drama y un paisaje. El paisaje es grandioso. El drama es conmovedor".

 


[1] Juan Manuel de Rosas modificó su apellido cambiando la zeta por ese, de allí que sus familiares sean Rozas.

 

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