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Jorge Carman es director
de las editoriales Confluencia, El Calafate y de Ediciones del
Mercosur. Coordina la revista Opinión Pública y es jefe de redacción
de la publicación Ecología & Negocios (representante de Science del
New York Times). Además es representante para el cono sur del Museo
Nazionale della Montagna de Torino y la Regione Piemonte.
Ha sido investigador y compilador de
Obras, de Ramón Lista (Editorial Confluencia, Bs. As., 1997);
realizador de 50 años de historia política argentina, en
colaboración con Eduardo D. Kimal (RR Ediciones, Bs. As. 1995); e
impulsor junto a Pedro L. Barcia de la adaptación idiomática a la
lengua castellana de la Obra Poética de Olegario Víctor Andrade (Ed.
Confluencia, Buenos Aires 1998).
Editor, en colaboración con el Museo
Mitre, de obras facsimilares sobre la Patagonia del siglo XIX, con
mapas en color fuera de texto de Carlos María Moyano, Luis Jorge
Fontana y Ramón Lista. Coordinador editorial en el Paraguay del
trabajo “Sociedad, cultura y dinámica regional: Investigaciones
históricas, socioculturales y arqueológicas en el Área de Itapú”,
compiladas por el ex viceministro de Cultura paraguayo, Gerardo
Fogel (Ed. del Mercosur, Asunción- Buenos Aires, 2002).
Co-autor de Rincón gaucho (Emecé-La
Nación, Bs. As. 2004); coordinador libro Proyectos y Programas de
la Secretaría de Cultura de la Nación (Bs. As. 2004); y ha
tenido colaboraciones con El Ideal Gallego (La Coruña), Punt Diari
(Gerona), Agencia Baires Press
Ha sido asiduo colaborador en
La Nación, La Razón, El Cronista Comercial, Revista El Porteño,
Diario La Voz, El Diario (Santiago de Chile), Revista Dolciniana
(Centro de Estudios Dolcinianos, Novara, Italia) y participó en la
realización de cd-rom sobre Misiones Jesuíticas de la Comisión
Nacional de Monumentos, Museos y Lugares Históricos.
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(El siguiente texto prologa Pablo o la vida en las pampas,
Editorial Confluencia, Buenos Aires, 1999)
El
Restaurador le pide que oficie de intérprete ante el embajador de
Francia, conde Waleski, en medio del conflicto suscitado entre
nuestro país y las tropas invasoras francesas. El aristócrata se
sorprende de que la muchachita hable en su idioma correctamente,
siendo tan joven, además de mujer de un país bárbaro. Eduarda
está impertérrita, es la hija del general Mansilla, quien dos años
antes estuvo al mando de las fuerzas criollas que se batieron contra
la armada franco-británica en la Vuelta de Obligado, y sobrina del
poderoso brigadier rojo punzó. Deberá hablar con precisión, se trata
de una cuestión de Estado en la que se encuentra gustosamente
involucrada.
No
es ficción, el hecho es bien cierto y aconteció, cuando Eduarda
Mansilla y Ortiz de Rosas, años más tarde de García, conectó a dos
hombres en pugna en uno de los tantos episodios que configuran la
historia argentina y su lucha por la soberanía.
Había nacido en Buenos Aires el 11 de
diciembre 1834, hija de Agustina Ortiz de
Rozas
y Lucio Norberto Mansilla, casado éste en segundas nupcias. Su
madre, mujer de belleza excepcional a quien llamaban "la
Agustinita", era una de los veinte hermanos que tuvo el gobernador
de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas, hombre al que siempre le
sobraron consideraciones para con las mujeres de su familia, quizá
por la poderosa influencia de su madre, Agustina López de Osornio,
quien luego de muerto su marido León
a manos de los ranqueles, llevó adelante con un coraje encomiable la
administración de los campos recibidos por éste del Virreinato a
cambio de que se los "limpiara de indios y alimañas", y que más
tarde serían heredados por sus hijos.
Allí, en el Rincón de López, junto a la desembocadura del Salado, se
levantó la estancia donde Eduarda Mansilla y su hermano mayor Lucio
Victorio —otro personaje vinculado entrañablemente a la historia y a
las letras del país— pasaban los veranos cuando niños en esa tierra
que había sido un campo de marte cuando el Señor era su
abuelo y en el que las cabezas de los infieles se secaban
clavadas en una pica de cuatro metros de altura, "para que se vieran
de lejos".
Esa dureza rural, que se ajustaba a una realidad incontrastable, no
impidió —como lo prueban los hechos— el desarrollo espiritual de
toda una prosapia enraizada en la cultura y la política de nuestro
país. Lucio V. Mansilla hizo un poco de todo y siempre bien:
militar, periodista, escritor, viajero y hasta duelista; se lo
reconoció por su agudeza, su valor y por sus trabajos literarios, de
entre los cuales Una excursión a los indios ranqueles ha sido
el más divulgado.
En
ese ambiente se crió la niña, ávida de lecturas, dueña de una gran
sensibilidad musical y una sorprendente facilidad para aprender
idiomas, fundamentalmente el francés. Este libro, por cierto, fue
escrito en esa lengua y publicado en París en 1869 por la casa
Lachaud.
Como no podía ser de otro modo, Eduarda se casó bien. El consorte
fue Manuel Rafael García, un intelectual refinado, agudo y de
carácter firme, responsable de misiones diplomáticas gravitantes en
la época.
En
1860 escribe sus dos primeras novelas, El médico de San Luis
y Lucía Miranda. En la primera obra se hacen presentes los
"hijos de la tierra", esos gauchos entrañables de los que se ocupará
nuevamente cuando escriba esta novela, cuyo título original es
Pablo ou la vie dans las pampas, que se reedita con la
traducción de Alicia Mercedes Chiesa, aunque le corresponde a Lucio
V. Mansilla el haber dado a conocer en castellano, por primera vez,
el trabajo de su hermana, pero no como libro sino en entregas,
lamentablemente dispersas en vaya a saberse qué anaqueles.
Su
marido es destinado embajador en Washington en 1861, de donde se
trasladan a Francia al año siguiente luego de los cambios
acontecidos en la Argentina una vez caído el gobierno de la
Confederación. En París residirá hasta 1868 donde escribe esta
novela impresa casi a la par de un nuevo traslado de la escritora a
los Estados Unidos, donde permanecerá seis años.
En
la capital francesa sus contactos son enriquecedores. Es amiga de
Gounod, Massenet, Alejandro Dumas y del propio Alberdi en su
interminable exilio. Eduarda consolida su cosmovisión, es una mujer
de mundo aunque bien alejada del sustrato baladí que puede emerger
de cualquier parnaso de la Tierra.
Su
creación Pablo o la vida en las pampas, es una novela ágil y
sencilla en la que las mujeres, seres oprimidos y condenados a un
soslayamiento perpetuo, se constituyen en las pírricas heroínas de
un medio social agreste, casi feroz, donde el aire es tan puro y
poderoso que tonifica solamente a los fuertes y destruye a los
débiles.
El
personaje es un muchacho bello y solitario, hijo de madre viuda de
militar unitario y único hermano sobreviviente de cuatro que dejaron
sus vidas en la tierra purpúrea, parafraseando a Hudson, pues en la
ficción mueren durante el sitio de Montevideo, conocido como la
Nueva Troya. Es pobre aunque con cierta prosapia, pero la muerte
de su padre lo lleva a constituirse en el soporte de una
querencia a la que mantiene con la venta de lo que allí se
produce.
El
protagonista está enamorado de Dolores, huérfana de madre e hija de
un estanciero algo abstraído aunque amable con su hija, a quien
llaman el Federal por su filiación rosista. De vuelta a su
rancho, semidormido en una carreta tirada por bueyes, una partida lo
sorprende reclutándolo con prepotencia y se lo lleva para pelear
"por la Patria", a pesar de tener en sus manos una papeleta
que lo exime de esa obligación por su condición civil, alejándolo de
su amada para defender una causa que desconoce y que sólo le
recuerda pérdidas.
De
allí en más todo es una peripecia en la que una sucesión de
personajes va enriqueciendo la obra en cada capítulo: Micaela, la
madre de Pablo, mujer abnegada y presa de su desesperación; Rosa, la
sirvienta de Dolores, todo un ejemplo de lealtad y gratitud; la
corajuda, aunque algo tránsfuga de doña Marcelina; Anacleto, el
Gaucho Malo, símbolo del espíritu fuerte y ontológicamente
anarquizado del hombre de campo disidente de los
conchabos y el orden establecido;
el gallego de la pulpería, el gauchaje escéptico y también estoico;
el noble coronel Vidal y el despiadado comandante Moreyra, apodado
el Duro, por los mismos duros.
La
autora nos traslada a la pampa de mediados del siglo XIX con
habilidad y sobre ejes conceptuales claros que residen en la
descripción geográfica, los usos y costumbres de sus habitantes y
los valores comunes sobre los que construyen sus existencias.
Eduarda, al escribir en francés se esfuerza para que los europeos
comprendan esencialmente de qué se trata la Argentina rural de
aquella época, ese territorio bárbaro al que defiende con
altura y dignidad, yuxtaponiendo ciertas formas de vida europeas, no
muy diferentes de las vividas en su Patria, aunque reconociendo los
aspectos que hacen a la evolución del Viejo Continente.
La
obra se va haciendo imperdible progresivamente y la autora, aun con
cierta inocencia argumental, le da un ritmo sostenido con un final
in crescendo verdaderamente inesperado.
Eduarda Mansilla nos deja con Pablo o la vida en las pampas,
la primera novela de una mujer argentina escrita en francés, no
habiendo muchas que la precedieran incluso en castellano, menos aún
con trabajos trascendentes de la pluma femenina.
El
valor de la obra reside no solamente en su excelente planteamiento,
nudo y desenlace, sino en la delicada profundización que hace del
país rural, lo que la enaltece como escritora y como argentina hija
de esa Patria Vieja donde todo estaba por hacerse.
De
sus estadías en los Estados Unidos —donde por cierto había
conciliado con los separatistas sureños, básicamente por la afinidad
de éstos con Hispanoamérica— surgirá Recuerdos de viaje, del
que la imprenta porteña de Juan Alsina, en 1882, sólo publicó un
tomo, el que posteriormente fue reeditado en España por Ediciones El
Viso, Madrid, 1996.
Allí reflexiona sobre la vida norteamericana en tiempos de la Guerra
de Secesión, el presidente Lincoln y su tediosa mujer "rechoncha, en
extremo vulgar y antipática", las costumbres austeras, el paisaje
del país y los despertares del Destino Manifiesto que se
sucederían abiertamente luego del triunfo yankee.
Excelente gourmet, no desperdicia su buen humor para
calificar las limitaciones de las artes culinarias en el país del
Norte, de las que se ríe —más bien se apiada— al referirse a la
alimentación en el acelerado way of life neoyorquino y sus
fast-foods, que tarde o temprano producen en sus consumidores
"atroces gastralgias o dispepsias" pues las degluten "pensando en
cosas ingratas y aun crueles". Aguda observación y condena
anticipada para nuestro fin de siglo en todo el Planeta.
En
síntesis, una crónica fresca y entretenida —la única escrita por una
mujer argentina sobre los Estados Unidos del siglo XIX— que refleja
un estilo de vida que le llamó poderosamente la atención y al que
describe con su provebial chispa y la lucidez que la caracterizó
desde siempre.
En
Francia, surgirán algunas complicaciones conyugales que terminarán
por alejarla de su marido, quien había retomado su destino
diplomático en Europa. Para entonces buena parte de sus seis hijos
estudiaba en París y nada indicaba un cambio en esos planes.
En
1878, después de dieciocho años de ausencia, volvió sola a Buenos
Aires para iniciar un período fecundo donde descolló por su
participación activa en la prensa literaria porteña,
fundamentalmente en El Plata Ilustrado, en cuyas
páginas, bajo el seudónimo de Alvar, se regodeó con su refinada
agudeza en la crítica a ciertas costumbres y valoraciones morales
que le resultarían algo más que pacatas a este personaje que tuvo la
suerte de escapar de muy joven, por obra de las circunstancias, de
una sociedad poco contemplativa para las reflexiones femeninas y
mucho menos para aceptar los juicios de valor del sexo débil,
de por sí un despropósito como definición de mujer. Cabe destacar
que Alvar no fue el único seudónimo adoptado por Eduarda. Ya en
1860, su opera prima El Médico de San Luis la firmaría
con el nombre Daniel, hecho que se conoció públicamente recién en
este siglo a través de una investigación de Néstor Tomás Auza, quien
comenta en La literatura periodística porteña del siglo XIX
(Editorial Confluencia, Buenos Aires 1999) los seudónimos y los
aportes trascendentes a nuestra cultura dejados por la escritora
que: "Si de El Plata Ilustrado se quitaran los escritos de
Alvear, desaparecerían del mismo las páginas más ilustrativas de las
costumbres y los gustos de la sociedad porteña de su época".
También colaboró con La Gaceta Musical, otra publicación de
la época en la que demostró su sensibilidad por este género para el
que compuso algunas piezas como la romanza La larme (La
lágrima), basada en estrofas del poeta Lamartine.
En
1880, la Imprenta de la República le publica Cuentos infantiles,
una selección de narraciones breves, delicadas e imaginativas,
orientadas al mundo mágico de los niños. Nuevamente le cabe el rol
de innovadora, pues la obra es la primera en su género publicada en
nuestro país.
Inagotable, elegante, mundana, aristocrática y discreta, fue una
protagonista esencial en la tertulia de aquel tiempo en que se
perfilaba una nueva nación, colaborando con su gracia y precisión
expositiva en dar a conocer sus experiencias viajeras a los
argentinos y la Argentina a los extranjeros, en todos sus viajes.
Aprovechó bien su tiempo en la Tierra, prerrogativa asignada a pocos
mortales.
Creaciones
(1883)
será su último libro publicado. En el mismo despliega su
romanticismo exacerbado — fiel reflejo de la estética de su tiempo—
y aborda el tema de la locura femenina en alguno de sus relatos.
Locura por fatiga, por desamor, locura al fin y siempre trágica de
las mujeres de vidas estériles, que como cita María Rosa Lojo en su
nota Eduarda Mansilla. Al rescate de las "Parias del Pensamiento"
(revista Fundación, Año VI, Nro.14, diciembre 1998) "parece
ofrecerles la liberación de las almas prisioneras".
Fiel a su estilo de no perpetuarse en ninguna parte y quizá dando
por finalizada otra etapa luego del reencuentro con su país, el
espíritu viajero le hizo arriar las velas trasladándose nuevamente a
Europa en 1884. Residió en París, Florencia y Viena. Allí acompañó a
Daniel, su hijo, —bautizado así bajo la inspiración de ese nombre
furtivo utilizado en su primera novela— quien tenía un cargo en la
diplomacia criolla con designación ante el imperio austro-húngaro y
de quien su madre no podría haber sido mejor asesora y anfitriona.
En
1887 muere Manuel García, y tres años más tarde la escritora volverá
a la Argentina para quedarse definitivamente en Buenos Aires, donde
murió el 20 de diciembre de 1892 de una afección al corazón.
Junto a su marido y sus hijos descansa en la bóveda de la familia
García en el Cementerio de la Recoleta. Apenas se lee su nombre
sobre la lápida de mármol.
Cartas, documentos, escritos, partituras musicales y originales de
sus libros se perdieron en uno de los interminables viajes
familiares. Su legado no está completo, aunque sí tenemos la
posibilidad de reconstruir en nuestra imaginación a esa mujer
enormemente atractiva, transgresora distinguida, de estampa criolla
y mirada inteligente, para quien Víctor Hugo reservó un juicio muy
ajustado sobre este libro que nos enorgullece editar: "Usted me ha
mostrado un mundo desconocido... Hay en su novela un drama y un
paisaje. El paisaje es grandioso. El drama es conmovedor".
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