| |
Arturo Cancela nació en Buenos Aires
en 1892. Narrador y dramaturgo, abandonó los estudios de medicina e
ingresó en el Instituto del Profesorado Secundario, ejerciendo
después el periodismo. En colaboración con Pilar de Lusarreta
escribió varias piezas teatrales. El carácter más significativo de
la obra de Cancela está dado por el humorismo que resulta casi
siempre de su realidad circundante y consiste en subrayar una parte
de esa realidad que, en apariencia, nada tiene de sobresaliente. De
la misma manera, subrayando una actitud, el comportamiento de un
personaje crea un tipo. El carácter esencial de este humorismo lleva
implícito una crítica en la que se entrevé, en la mayoría de las
veces, una moraleja. Sus Tres relatos porteños (1922)
expresan, aun siendo éste su primer libro, todos los recursos
humorísticos, todas las observaciones que reaparecerán luego en la
obra de Cancela, situadas en un determinado lugar —Buenos Aires—,
elemento fundamental para su punto de observación como narrador y
humorista. La unidad de este libro, más allá de sus procedimientos y
lenguaje, de la descripción de personajes y situaciones de cada uno
de los relatos, se advierte en una parecida actitud para abordar
esos tres momentos que reflejan otros tantos instantes de la
sociedad y el tiempo observados.
En cuanto a la crítica que implica su
humorismo, es evidente también esa misma unidad. En el primero de
los relatos, “El cocobacilo de Herrlin”, ella aparece como denuncia
a instituciones consagradas, a males burocráticos, a actitudes
solemnes cuya ambigüedad el humorista subraya con certeza. En el
segundo relato, “Una semana de holgorio”, que alude a los sucesos de
la Semana Trágica de 1919, crítica y humorismo se unen para mostrar
no sólo aspectos ridículos o absurdos de ese momento, sino que
enfocan, con ángulo preciso, las situaciones trágicas que, desde ese
ángulo, sobresalen con sus aristas grotescas. En el tercer relato,
“El culto de los héroes”, Cancela reitera ese procedimiento para
señalar lo fatuo y vano de ciertas actitudes pretendidamente
aristocráticas, pero esta vez en un tono menor, irónico, adecuado al
tema.
Estos tres relatos inician, por su
mismo carácter, una serie de obras que se continúan con una misma
actitud en el resto de su producción. Así, la Historia
funambulesca del profesor Landormy (1943) encierra en una
estructura novelesca ese desfile de personajes y situaciones
características de Cancela, y todo lo esbozado en sus relatos
aparece en esta novela desarrollado pero sin olvidar la estructura
de relato seriado con carácter independiente. Muchos de los
procedimientos humorísticos de sus relatos están dados a través de
su lengua: las ambigüedades, incertidumbres de personajes o
situaciones, se reflejan también en sus procedimientos expresivos.
Con toda su obra, Cancela da una visión de su país y de su tiempo,
expresada a través de tipos, visión que responde aún a la realidad
observada y que sobrevive gracias a las cualidades de su humorismo.
Murió en 1957.
|
|
|
Capítulo I
Simple introducción a una historia complicada
Cuando Augusto Herrlin,
privat-docent de la facultad
de Upsala, publicó su “Informe sobre algunas observaciones hechas
acerca de una nueva enfermedad infecciosa del conejo silvestre (Lepus
cuniculus vulgaris)”, era todavía lo que en los círculos
científicos de la vieja ciudad universitaria suele llamarse un joven
de porvenir. Acababa de entrar en los cuarenta años, hacía
justamente ocho que estaba de novio con la séptima hija del profesor
Hedenius, titular de su materia, y tenía abiertas ante sí, en todo
sentido, perspectivas envidiables. Su reputación profesional
comenzaba a apuntar, y a no ser por el agrado con que seguía la
práctica de los deportes de invierno en las revistas ilustradas de
Estocolmo, habríasele supuesto en condiciones de sustituir en la
cátedra a su futuro padre político.
La publicación del Informe —cuyo texto era ya
conocido, pues había figurado, a modo de artículo, en la “Revista
del Instituto de Bacteriología” de Lund, se hallaba incluido en los
“Anales de la Real Academia de Upsala” y fuera divulgado en uno de
los últimos números de los “Cuadernos bimensuales de la Sociedad
Escandinava de Agricultura Científica”— no obedecía,
como podría
creerse, a un ansia de popularidad, Augusto Herrlin desdeñaba las
reputaciones demasiado ruidosas que trascienden los medios
académicos y llegan hasta los libreros y los alumnos del gimnasio
real de la localidad. La edición, en folleto, de su interesante
trabajo debíase, por consiguiente, a sentimientos de otro género.
En la primera semana de Mayo, se cumplía el octavo
aniversario de su compromiso con la séptima hija del profesor
Hedenius: ¿qué mejor testimonio de la constancia de su afecto que
ofrecerle, en esa ocasión, el fruto de sus labores juveniles?
Herrlin había encargado, pues, al impresor de la
Universidad, una edición reducida del Informe, que ostentaba, en su
anteportada la siguiente dedicatoria:
A MI PROMETIDA
HAROLDA HEDENIUS
QUE UNE
A SU VIRTUD Y BELLEZA
UN NOMBRE ILUSTRE
EN LAS
CONQUISTAS DE LA FLORA MICROSCÓPICA.
Capítulo II
Un informe consular
Hasta hace algún tiempo, el único argentino
establecido en Estocolmo era M. Johann van der Elst, un holandés
naturalizado que acostumbraba a residir en Rotterdam, lo cual no le
impedía desempeñar con celo y contracción ejemplares las funciones
de vicecónsul de la República de la capital sueca.
La información que enviaba mensualmente al Ministerio
de Relaciones Exteriores era un índice preciso y minucioso del
intercambio comercial sueco argentino, aumentado, a menudo, con
abundantes noticias sobre las invenciones, descubrimientos y nuevos
métodos científicos e industriales que pudiesen interesar a la
agropecuaria sudamericana. Esa contribución de v. der Elst al
progreso de nuestras industrias madres era difundida en todo el
país por el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, que
adquiriría, en tales circunstancias, un volumen considerable.
A veces, el Ministerio de Agricultura reproducía, en
sus publicaciones, parte de la correspondencia del vicecónsul en
Estocolmo, y hasta en cierta oportunidad repartió 10.000 folletos de
propaganda sobre un nuevo procedimiento para la producción de quesos
frescos, transmitido por v. der Elst.
Pero el informe suyo que tuvo mayor fortuna fue el
referente al empleo del marlo del maíz en la fabricación de pasta de
papel. Llegado al país en momentos en que mayor era la escasez de
este producto, fue publicado en el Boletín del Ministerio de R. E.,
reproducido en los Anales del Ministerio de Agricultura, insertado
en síntesis en los grandes diarios de la capital y del Rosario,
incluido en la Revista de la Universidad de Buenos Aires como nota
de un artículo del Dr. Ernesto Quesada, y transcripto, por último,
en el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados acompañando el
proyecto de ley por el cual se mandaba iniciar los estudios
necesarios para el establecimiento de la nueva industria. Así,
por
una paradoja frecuente en la terapéutica social, el primer efecto
del salvador informe de v. der Elst consistió en la agudización de
la crisis papelera.
No es, pues, nada extraño, que al recibirse en Buenos
Aires una correspondencia del viceconsulado en Estocolmo, dando
cuenta de que el profesor Herrlin, de la Universidad de Upsala,
había descubierto un bacilo que determinaba una epizootia fatal
entre los conejos silvestres, la noticia se difundiese rápidamente.
El relato de esa brillante conquista científica y las
consideraciones de van der Elst sobre las consecuencias de su
aplicación a la lucha contra el conejo y la liebre, enemigos
naturales de la agricultura, fueron pronto familiares a los
espíritus porteños.
Este último informe llegaba en momentos en que el
apetito de algunos millares de conejos se satisfacía a costa de los
campos del Sur, y, muy pronto,
el cocobacilo de Herrlin fue bendecido
por muchos corazones como el ángel salvador de los sembrados.
Por aquellos días, al discutirse el presupuesto, un
diputado reprochó a la cancillería no reservara exclusivamente a los
ciudadanos nativos el desempeño de los cargos consulares. Y para
justificar su observación, leyó una lista de los extranjeros y
ciudadanos naturalizados que tenían la representación de nuestros
intereses comerciales en el exterior, en la que figuraba,
naturalmente, el vicecónsul en Estocolmo.
¡Nunca lo hubiera hecho! A la sola mención del activo
colaborador del boletín de su ministerio, el canciller se agitó en
su banca y pidió la palabra con voz trémula. Se la concedieron de
inmediato y comenzó su discurso en medio de la expectativa de la
Cámara. Recogió el último nombre leído por el diputado, el de Johann
van der Elst, como ejemplo de los errores e injusticias a que pueden
conducir los defectos de información y la precipitación en los
juicios. No quería fatigar a la
Cámara, mas para llevar a todos el
convencimiento de que la vigilancia de nuestros intereses
comerciales en el exterior se hallaba en buenas manos, él iba a
ceder la palabra a su colega de agricultura, quien diría en qué
forma los agentes consulares contribuían al desarrollo de las
industrias “cardinales” de la nación...
A tres bancas de distancia del canciller, en el
semicírculo ministerial, el
secretario de Agricultura comenzó a
hablar. Con los ojos fijos en el reloj que corona el estrado de la
presidencia, habló y habló, enumerando todos los beneficios que la
agricultura y la ganadería podrían retirar de las informaciones
transmitidas por el viceconsulado en Estocolmo. Se refirió
especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos
frescos que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de
propaganda y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta
de papel con el marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto
de ley. Pero el momento en que el orador obtuvo efectos de
elocuencia, fue al entrar en el comentario de la última comunicación
de v. der Elst. Los estragos de los conejos que devoraban las
cosechas, trastornaban la topografía de los campos del sur y
arruinaban a los colonos determinando, en consecuencia, el
depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de nuestro
régimen económico, fueron descriptos con trazos pavorosos, para
mostrar, en seguida, al cocobacilo de Herrlin, restituyendo los
campos a su prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el
bienestar a los colonos, provocando la valorización de las tierras,
el acrecentamiento de la riqueza nacional y la restauración de
nuestro crédito exterior...
Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de
una victoria completa sobre los conejos, la
Cámara, poniéndose de
pie, aclamó al
ministro de Agricultura.
Capítulo III
La mancha azul
Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el
prestigio de Johann van der Elst, el
ministro de Agricultura no
había reflexionado seriamente en la realidad de la plaga leporina.
Naturalmente escéptico, no se le había ocurrido, hasta entonces, que
esos animalitos tímidos que veía en las vidrieras de los bazares
siempre en disposición de tocar el tambor, pudiesen destrozar las
viñas y devorar los sembrados. Fue necesario que el fuego de la
elocuencia le poseyera para que, en una súbita revelación,
alcanzase,
al propio tiempo que la comunicaba a su auditorio, la clara visión
del peligro. Y al reflexionar en la soledad sobre su triunfo
oratorio, advirtió que había sido el intérprete inconsciente de una
gran aspiración del alma nacional: la guerra al conejo...
Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la
campaña decisiva contra la plaga, campaña que constituía, según él
mismo había dicho, “una improrrogable e imperiosa urgencia
nacional”.
Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco,
por el gobierno argentino, para dirigir la campaña en contra del
conejo.
Al mismo tiempo, el ministro encargó al doctor Simón
Camilo Sánchez el proyecto de la oficina que se haría cargo de los
trabajos para combatir la plaga, y llevaría a la práctica las
combinaciones científicas del profesor sueco.
El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor
Simón Camilo Sánchez era director general de agricultura, ganadería
y piscicultura, y catedrático de derecho internacional,
procedimiento consular, historia americana, de economía política y
filosofía del derecho.
Este personaje enciclopédico sometió al ministro, a
los pocos días, el plan completo de la nueva repartición que se
llamaría “Departamento de Protección Agrícola”. Por ese proyecto, el
territorio de la república se dividía en veinte zonas, cada una de
las cuales se entregaba a la vigilancia de un comisariato que debía
informar semanalmente sobre los destrozos ocasionados por los
conejos, y los lugares y circunstancias en que se hubiese visto
rondar a los merodeadores de largas orejas. Una oficina central
organizaría todos esos datos a fin de publicar un mapa en que se
evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las
gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término,
éste hallaría
listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.
El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo
incluyó en el presupuesto para el año entrante, destinándole una
suma global de medio millón de pesos. Entretanto, creó, por simple
decreto, el Departamento de Protección Agrícola, y constituyó, con
250 empleados, los cuadros del futuro personal de la repartición.
Esta comenzó a funcionar al poco tiempo, bajo la
dirección del ubicuo y omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte
comisariatos iniciaron su acción con mucho empuje: desde todos los
puntos de la república llegaron telegramas, notas, informes y
comunicaciones, señalando los sitios en que los conejos ejercitaban
su voracidad y haciendo notar la rapidez de movimientos y el
carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con tales datos, el
Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en el que se
representaba con una mancha azul el radio de acción de los conejos.
La ingeniosa carta, que fue reproducida por todos los diarios, llevó
la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo cubría
todo... Parecía que sobre el territorio de la República se hubiera
volcado un frasco de tinta Stephens.
Capítulo IV
Preliminares de la campaña
Los comisariatos de la Protección Agrícola no
tuvieron, al comienzo, función ofensiva alguna. Su labor consistió
en vigilar al enemigo, descubrir sus puntos de concentración, sus
hábitos de vida, el forraje que prefería y las horas que destinaba
al reposo. Esas tareas, justo es reconocerlo, fueron admirablemente
cumplidas por las veinte secciones.
A los cuatro meses de su creación, pudo asegurarse
oficialmente que los conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos,
de unos 45 centímetros de largo, muy veloces y extraordinariamente
fecundos. Apenas agotados tales reconocimientos, comenzaron a llegar
atentas observaciones de algunos comisariatos respecto a la
exigüidad del personal que se les había atribuido. “Para informar a
esa dirección sobre el desarrollo y las proporciones de la plaga en
toda la provincia
—decía, en una nota, Delfín Acuña, el jefe del
comisariato de Mendoza— no bastan los diez empleados que tengo a mis
órdenes. Si el Sr.
ministro quiere que nuestro resumen hebdomadario
se refiera a toda la zona cultivada, es preciso decuplicar, por lo
menos, ese personal”. Y Delfín Acuña entraba en el detalle de la
distribución estratégica que daría a esos cien empleados.
Simón Camilo Sánchez, al informar al
ministro sobre
esas notas, sostuvo el aumento del presupuesto, pero como la
situación económica no lo permitía, las comunicaciones fueron
archivadas.
Delfín Acuña, no era hombre de hacer una observación
en balde. Se había venido junto con la nota a la capital, y había
tenido aquí largas conferencias con los diputados de su provincia.
Así, la primera vez que el
ministro de Agricultura
concurrió a la reunión de la comisión de presupuesto, se vio forzado
a convenir que el personal de los comisariatos era efectivamente
escaso. La comisión propuso en seguida un aumento considerable en
los empleados afectados a la extinción del conejo, aumento que se
distribuiría según la importancia de cada provincia y el grado de
extensión de la plaga. Se instituyeron, de ese modo, comisariatos de
1ra., de 2da., de 3ra., etc., etc. En total: 1.200 ciudadanos
recibieron emolumentos oficiales gracias a la maravillosa eficacia
del cocobacilo de Herrlin.
Semejante acrecentamiento del personal hizo
necesaria la ampliación del organismo administrativo central. Se
crearon, fuera de presupuesto, las oficinas de “dirección del
personal”, “estadística” y “propaganda”: 300 nuevos ciudadanos
cobraron sueldos del Estado.
La oficina de “propaganda” era debida a una
ingeniosa idea de Simón Camilo Sánchez. El director de agricultura,
ganadería y piscicultura, considerando que, para la completa
realización de los fines de la Protección Agrícola, era
imprescindible la buena voluntad de los agricultores, se propuso
ganarla mediante una intensa campaña de vulgarización científica.
Constituyó, pues, esa sección, que comenzó a expedir
millares de folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño,
movilidad, fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos.
Además, inundó el país de carteles con sintéticas leyendas, de
grabados ilustrativos, de mapas de la
República horriblemente
manchados de azul...
La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta
el punto de que un colono del lugar más apartado de la Pampa no
podía recorrer su campo, revuelto y horadado por los conejos, sin
encontrar sobre el camino un cartelón que anunciaba: “El conejo es
el peor enemigo de la agricultura”.
Capítulo V
La primera vuelta
Tres meses después de la ratificación de su contrato,
Herrlin desembarcó en Buenos Aires. Desde que publicara el
“Informe”, en el octavo aniversario de su compromiso matrimonial,
habían
pasado casi dos años, y a no ser porque creyó de corta
duración la nueva empresa, antes de venirse habría entrado en la
familia de su viejo maestro.
Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y
con las mejores ideas sobre nuestro país, que había recogido en su
estudio del castellano y de la historia y geografía argentinas.
Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje
de levita, ajustó en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de
ceremonia, y con el paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes y
sonoros, por la calle Florida en dirección al centro. El privat-docent
advirtió que, tras su paso, la gente, sobre todo las mujeres, se
volvían como para leer algo en su espalda. Supuso que observaban el
corte de su levita, proveniente de la Sastrería Académica de Upsala,
fundada el mismo año que la Universidad, en 1476, y anotó esa
curiosidad como un síntoma favorable a sí mismo y al país.
Cuando llegó al Ministerio de Agricultura, comenzaban
a afluir los empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que
se hallaba junto a un afable postulante, el profesor sueco vio pasar
cientos y cientos de hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos
a los que acababa de ver discurriendo por las aceras y conversando
en los cafés. Admirado del interminable desfile, Herrlin exclamó:
“¡Cuántos empleados!”
—Esto no es nada, repuso el postulante, los otros son
muchos más...
—¿Los de otro turno?
—No: los que no vienen nunca...
Esta respuesta dio a Herrlin la prueba de que su
conocimiento del castellano era todavía deficiente; no se explicó el
sentido de las palabras del postulante, ni la sonrisa irónica con
que las acompañó. Desconcertado por su primera dificultad
idiomática, el privat-docent guardó silencio hasta que, ya bien
entrada la tarde, pudo ver al secretario del ministro.
Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que
se había empeñado en conferirle el gobierno argentino y el objeto de
su primer visita, debió expresarse inapropiadamente, a juzgar por el
estupor que denotó el secretario.
“¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!”,
repetía con pavor, mirando para todos lados, como si quisiese
descubrir un lugar donde ocultarlo...
Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más
inoportuno. El Departamento de Protección Agrícola, por su
monstruoso crecimiento de los últimos meses, había venido a
constituir un peligro para el gobierno. Los diputados socialistas,
apoyados por muchos representantes del
Litoral, hallaban
desproporcionada la suma de 1.500.000 $, que se le asignaba en el
presupuesto para el año entrante. Su oposición fue irreductible, al
punto de que el
ministro se vio obligado a admitir la disminución de
esa partida a 1.450.000 $, aunque no sin prevenir elocuentemente
que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría forzado a
limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en el
gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la
necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el
Departamento diese pocas señales de vida. Además, resolvió
introducir economías en la repartición y a ese objeto dejó sin
proveer una vacante de escribiente que acababa de producirse en el
comisariato de 3ra.
de la Rioja.
El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar
al profesor Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en
evidencia al Departamento que quién sabe si podría resistir el
fuego cruzado de editoriales y discursos que había soportado
recientemente sin mucha gallardía.
No atreviéndose a llevar esta mala noticia al
malhumorado ministro, el secretario creyó conveniente aplazar el
asunto.
Después de recomendarle mucha reserva sobre su arribo
y la misión que traía, hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en
forma de despedida:
—Vea, doctor... Dese una vuelta...
Y se quedó meditando sobre el día conveniente para
una entrevista con el ministro.
Pero Herrlin,
entendiendo la frase en su sentido
directo, creyó que el secretario deseaba admirar el corte de su
levita académica, y con el cuerpo rígido, en posición militar, dio,
en cuatro tiempos, una vuelta completa.
Fue la primera y la más simple que le hizo ejecutar
nuestro mecanismo administrativo. De allí en adelante, siguió dando
vueltas de órbitas cada vez más complicadas e inútiles, girando y
girando en torno de la excelencia ministerial, como un satélite
condenado a presentar siempre al centro del sistema, una faz de
eterno postulante...
Capítulo VI
La máscara de hierro
En los días que siguieron, Herrlin dio repetidas
vueltas por el Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió
asombrado del mucho interés que se concedía a su levita y del
ninguno que se dedicaba a su misión científica.
El secretario lo atendía amablemente, le ofrecía té,
cigarros y licores; lo iniciaba en la vida fácil y el lenguaje
reducido y pintoresco de nuestros elegantes, pero no se atrevía a
ponerlo en contacto con el
ministro, ni mucho menos a hacerle
adelanto alguno respecto a sus funciones leporicidas. Se arriesgaba,
todo lo más, a recomendarle mucha discreción, a prevenirle no dejase
sospechar su existencia a los periodistas, y a ser cauto en sus
opiniones sobre la extinción del conejo. Herrlin había llegado en un
momento crítico, y una palabra suya podía comprometer la suerte del
ministro y provocar el aniquilamiento del Departamento de Protección
Agrícola. Era preciso aguardar a que la situación política se
despejase y, entonces, ya podría resignarse a permanecer ignorado e
inactivo y a cobrar todos los meses, en secretaría, la asignación
mensual fijada por contrato.
Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició,
entonces, una vida de ocio y misterio, que llegó a pesarle como un
manto de plomo. Lejos de sus libros, de su mesa de trabajo en el
modesto laboratorio de Upsala, de las amables tertulias familiares
en la vieja casa del profesor Hedenius, los días crudamente
luminosos de Buenos Aires le parecían inmensos y las noches
interminables. El incógnito, que recataba su persona, creaba en
torno suyo una zona infranqueable, y para no traicionarse, debía,
muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso, en esta ciudad de
gentes de fácil trato. Cuando no iba al ministerio, consagraba la
tarde a interminables caminatas por la ciudad, y la noche a
solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único
momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su
secreto, rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en
vengarse sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las
complicaciones políticas del país, y en alfombrar su cuarto con las
pieles de los vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.
Pero al día siguiente, la dura realidad volvía a
dominarlo y tenía, entonces, conciencia de ser una especie de
Hombre de la Máscara de Hierro, libre pero incomunicado, que
paseaba por la ciudad un formidable e insólito secreto de Estado
acerca de los conejos.
Capítulo VII
Donde se entra en contacto con el enemigo
Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida
de hotel. Convencido de que la situación política de la República
le obligaría a permanecer aquí mucho más de lo que había calculado,
escribió a Upsala, recomendando paciencia a la hija del profesor
Hedenius, y tomó alojamiento en una casa de pensión.
Este cambio le fue beneficioso. Gracias al simulacro
de vida de hogar que imperaba en el reducido establecimiento de Da.
Asunción Fragoso, el privat-docent recuperó la alegría y el
sosiego que había perdido desde su arribo a Buenos Aires. Allí
encontró, aparte de los hábitos ordenados y modestos que eran los
suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en casa de Da.
Asunción, dos estudiantes de medicina, un viejo empleado de una casa
de óptica y D. José Ma. de Inclan-Zavaleta, apasionado cultor de la
historia patria.
El profesor sueco intimó prontamente con sus
compañeros de pensión. En torno de la mesa familiar discurrió sobre
bacteriología con los estudiantes de medicina, habló con el óptico
de microscopios y aparatos de investigación, y escuchó atentamente
las adquisiciones de Inclan-Zavaleta.
Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fue estimado
por todos, a los pocos días como un viejo amigo.
Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo
cariño, admirando juntamente en él, la universalidad de su saber y
de su apetito.
En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche
en que la sobremesa se prolongó más de lo de costumbre, porque Da.
Asunción había entablado una larga controversia con los estudiantes
sobre los horrores de la vivisección, el profesor Herrlin estableció
su primer contacto con el enemigo.
Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta
que se abría sobre el jardín, el profesor escuchaba el alegato de la
patrona, cuando el rumor de un roce sobre la alfombra, a sus pies,
atrajo su atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde
arrojaba sobre la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las
tinieblas. A Herrlin le costó discernir el sentido de la forma
blancuzca que se agitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un
par de largas orejas velludas, un hocico movible, dos largos bigotes
y un labio hendido perpendicularmente... Era un conejo de la
variedad “gigantea” (Lepus cuniculus giganteus),
un hermoso
ejemplar de macho, de cabeza larga y fuerte y de robustas
extremidades posteriores.
Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó
inmóvil en su asiento. El conejo, después de husmear
desenfadadamente los botines del profesor, retrocedió unos pasos, se
enderezó sobre las patas y con las manos juntas sobre el pecho,
levantó el hocico al aire. Como en esa posición las orejas tensas
continuaban la línea del cuerpo, el extraño visitante alcanzaba así
casi un metro de altura y llegaba hasta el borde de la mesa. Con sus
ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor verde de la
pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la
fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el
sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer
desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de
ser un genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se
limitó a sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de
los bigotes y,
recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente.
Sus orejas se agitaron desdeñosamente; el rabo ridículamente trunco
osciló de izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un
automóvil que se pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta
del jardín, y se perdió en las sombras de la noche...
La controversia de Da. Asunción con los estudiantes
no se había interrumpido; Herrlin advirtió por ello que,
como Macbeth en el banquete en que se le aparece la sombra de Banquo, él
era el único que se había dado cuenta de la presencia del extraño
visitante. Renunció, pues, a admitir la realidad de la escena, y
creyéndose víctima de una alucinación, se prometió suprimir, desde
el día siguiente, la ración de ponche con que animaba la sobremesa.
Esa noche, a causa de la prolongación de la charla,
había bebido con
exceso. Era preciso imponerse un período de abstinencia, y para
confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A
ése siguió
otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como despedida a
la reunión.
Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala, y
enternecido ante la imagen de la hija del profesor Hedenius que se
presentó patente a su espíritu, solicitó una nueva vuelta, e
improvisó un brindis en honor de la mujer argentina y otro en
homenaje a Da. Asunción. Luego, en una natural gradación de ideas,
levantó su copa por el
ministro de Agricultura y el gobierno de la
República, comprometidos en una siniestra conjuración de conejos,
audaces conspiradores que llegaban en su insolencia hasta penetrar
en las casas a la hora sagrada de la comida familiar... Por último,
entonó una serie de canciones báquicas escandinavas y el tradicional
Gaudeamus igitur de los estudiantes suecos, y pidió que se llenase
de nuevo la ponchera, para aclarar la voz.
Desde hacía tiempo, Da. Asunción y el empleado de la
casa de óptica se habían retirado a descansar.
A las tres de la mañana,
el profesor Herrlin puesto
en cuatro patas buscaba, debajo de la mesa, el reloj que, por
descuido, había guardado en un bolsillo del pantalón.
En esa recorrida cuadrúpeda, encontró sobre la
alfombra, cerca de su silla, una media docena de bolitas obscuras,
suaves al tacto, que no tardó en identificar relacionándolas con la
extraña aparición del conejo.
Nuestro bacteriólogo disfrutaba, por lo general, de
un sueño tranquilo. Sin embargo, aquella madrugada soñó que a medida
que iba avanzando por un interminable camino solitario, de los
matorrales vecinos salían a cada paso conejos de desmesuradas
proporciones, que después de husmearlo de pies a cabeza, partían
veloces como patrullas avanzadas de caballería que acaban de
establecer contacto con el enemigo.
Capítulo VIII
Revista de fuerzas coloniales
Simón Camilo Sánchez había experimentado una
profunda amargura ante los primeros ataques dirigidos a su
Departamento. Su conciencia de patriota, para la cual la extinción
del conejo venía a ser el complemento necesario de la conquista del
desierto, sufría a causa del terreno exclusivamente económico en que
se había planteado el debate. Ordenado y nada derrochador en su vida
privada, el
director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura no
creía aplicable
al manejo de los caudales públicos las reglas del
ahorro individual. Por lo menos, así lo proclamaba en esa ocasión,
citando, a cada paso, como ejemplo de buena contabilidad las cuentas
del Gran Capitán: “Por palas, picos y azadones...”. Y esa
enumeración de instrumentos de cultivo a precios fabulosos, le
producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña de las
ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder
presentar a la contaduría de la
Nación unas cuentas por el estilo.
La amputación del presupuesto del Departamento le
hirió así en sus sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico
desaliento tornose en hosca pesadumbre, cuando el
ministro le indicó
la conveniencia de restringir los signos de actividad de la
Protección Agrícola, y adoptó, entonces, la actitud de todos los
grandes hombres en desgracia: se desterró.
Aceptando una invitación de la Universidad de Río,
partió para el Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las
instituciones jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la
capital carioca, y de San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a
Buenos Aires, agrandado por el entusiasmo de nuestros vecinos y
ennoblecido por la distancia.
Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las
oficinas centrales de la Protección Agrícola. Era la primera vez que
faltaba a su puesto desde la creación del formidable organismo, y
esta ausencia, junto con la decapitación realizada por la Cámara de
Diputados, llevó el desconsuelo a todos los enrolados en el ejército
leporicida. El primero en desertar fue el subdirector; a poco de
haber partido el jefe, pidió una licencia y se refugió en la
estancia de un amigo. Los directores de las diversas secciones de
personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc.,
siguieron ese ejemplo y tras una breve despedida se marcharon con la
impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los
secretarios de sección, prosecretarios, jefes de oficina, segundos
jefes, auxiliares y escribientes de todas las categorías fueron
yéndose en progresión creciente y riguroso orden jerárquico, hasta
que todo el personal se dispersó en la urbe inmensa, como un
cargamento de naranjas en el océano.
El antiguo edificio del Correo,
que se había destinado
para las oficinas de la Protección Agrícola, quedó desierto.
A veces, un empleado iba a escribir una carta o a
pedir prestados algunos pesos al mayordomo, el negro Liborio, para
salir de un apuro. Algunos escribientes, que seguían estudios
universitarios, se reunían allí para preparar sus exámenes. En las
salas vacías, tapizadas de avisos, máximas y prevenciones sobre los
conejos, resonaba, entonces, el eco de las sentencias augustas del
derecho romano, enunciadas en el latín pausado y cantante de los
naturales de nuestras provincias mediterráneas.
Pero ese último vestigio de civilización acabó
también por desaparecer y finalmente las huestes de ordenanzas
capitaneadas por Liborio, quedaron dueñas absolutas del campo.
Un tiempo después, iniciose, en el vasto edificio, un
período de singular actividad. El estrépito ininterrumpido de
cincuenta máquinas de escribir llenó las salas antes silenciosas,
las campanillas de los quince teléfonos y el repiqueteo de los
timbres internos matizó alegre y nerviosamente ese rumor, y el ruido
confuso de puertas, pasos y voces trajo una impresión reconfortante
de vida tumultuosa. Al anochecer salían regueros de luz de todas
las ventanas y esa iluminación se prolongaba muchas veces hasta las
primeras horas de la madrugada. Probablemente, el servicio de
ordenanzas constaba de varios turnos, que se renovaban por
fracciones, porque durante toda la noche no era
si no un constante entrar y salir
de sirvientes negros, por la puerta principal, que tenía sus
batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de estar
sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía
salir a las horas acostumbradas.
Tal demostración de sobrehumana actividad
sorprendía, naturalmente, a todos los noctámbulos que pasaban por
Corrientes y Reconquista. Entre los periodistas y los clubmen fue
así abriéndose paso la idea de la injusticia de los ataques
dirigidos a la meritoria repartición. Algunos diputados que se
cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de ordenanzas negros
provenientes del Departamento de Protección Agrícola se
reprocharon, en su fuero interno, haber votado por la reducción de
la partida.
Poco a poco, esas impresiones favorables a la joven
institución fueron ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón
Camilo Sánchez regresó del Brasil, cargado de gloria y engrandecido
por los elogios del extranjero, la opinión pública estaba ya de
parte suya. Con la vuelta del
director de Agricultura, Ganadería y
Piscicultura, tales sentimientos se robustecieron, y gracias a las
enérgicas gestiones que Delfín Acuña emprendió cerca de los
representantes de su provincia, pudieron traducirse en hechos que
vinieron a sacar de su marasmo al profesor Herrlin.
Pero antes de historiar el esplendor del Departamento
de Protección Agrícola, debemos relatar la primera visita que el
privat-docent hizo a sus oficinas centrales, cuando aquéllas
causaban el estupor de las gentes con su frenética y misteriosa
actividad nocturna.
Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales
visitas al
secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a
perder su timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar, de
incógnito, las oficinas destinadas a cuartel general de la campaña
contra el conejo. Herrlin se deslizó al través de la puerta
principal, como siempre entornada, y no hallando a nadie
aguardó en
el primer rellano de la escalera a que apareciese algún portero. La
espera fue inútil; Herrlin no divisó a ningún ser viviente. Sin
embargo, toda la casa estaba llena de estrépito de las máquinas de
escribir, el repiqueteo de los timbres internos y de las nerviosas
llamadas de las campanillas telefónicas. A todo esto se unía el eco
de voces y pasos humanos y se hubiera dicho que,
en alguna parte del
edificio, una banda numerosa ejecutaba un lánguido vals vienés...
Después de un largo momento de espera, Herrlin se
lanzó resueltamente escaleras arriba y guiándose por el bullicio de
las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia
con el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de
escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas
ante su respectiva máquina, de espaldas a la puerta, y dominando el
tumulto, se oía una voz que declamaba: “El cuelpo, señolitas, debe
pelmanecel natulalmente elguido...”
Al ruido de la puerta, las cincuenta jóvenes
dactilógrafas volvieron simultáneamente la cabeza, mostrando al
profesor cincuenta rostros de ébano lustroso, en que sólo se
advertía el blanco de la esclerótica y la roja pulpa de los labios
carnosos. Y, ante el gigante rubio, de ojos azules, que las miraba
asombrado, las cincuenta señoritas exclamaron a un tiempo, mostrando
cincuenta dobles hileras de dientes no menos blancos que el blanco
de sus ojos: “¡Qué holol!”
La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta
escena. Herrlin le explicó que era un arquitecto extranjero y que
deseaba, para formarse una idea del sistema argentino de
construcción, conocer la distribución del edificio. El privat-docent
se ruborizó al enunciar esta inocente superchería).
Seguro de que el visitante no investía carácter
oficial alguno, el mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los
honores del caserón. Recorrieron todas las salas y Herrlin pudo
admirar en ellas la profusión de avisos, máximas y sentencias sobre
el conejo, que ocultaba el papel de las paredes. Se detuvo ante un
cuadro sinóptico que representaba compendiosamente la evolución de
su cocobacilo y concibió una idea muy favorable de los trabajos de
la sección de propaganda. Pero no comprendió en qué se ocupaban los
grupos de negros de regocijada fisonomía y aire indolente que
sorprendía recostados en los sillones y sentados sobre las mesas. No
se explicó, tampoco, el sentido de la única alusión que pudo recoger
a su paso por un corrillo estacionado en la biblioteca, en que se
hablaba de “la pula tladition de Isabelino Díaz”. Al llamado del
teléfono, uno del corro, que fue a atenderlo, dijo
autoritariamente: “En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo”...
Durante su recorrido, le persiguió obstinadamente el
eco del vals vienés ejecutado, con toda verosimilitud, por un
robusto gramófono, y hasta le pareció advertir, al través de una
puerta entreabierta, varias parejas que giraban voluptuosamente.
Terminada la visita, Liborio le acompañaba
cortésmente hasta la salida, cuando volvieron a pasar por frente a
la oficina en que trabajaban las cincuenta oscuras dactilógrafas. A
la puerta, estaba una joven que les dirigió una sonrisa
impresionante. Liborio explicó: “Mi soblina Alba, plofesola de
datiloglafía”.
Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar
sin rumbo, indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica
del personal de la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a
que se entregaba. Caminó y caminó,
según su costumbre, hasta que pudo
plantear en hipótesis la solución del enigma. He aquí las
proposiciones que llegó a formularse:
“El empleo exclusivo de negros se impone,
probablemente, por las condiciones climátéricas de los lugares en
que debe desarrollarse la campaña en contra del conejo.
Los ataques al Departamento de Protección Agrícola
no son, en consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en
este país”.
Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con
estas explicaciones, el privat-docent, se encaminó alegremente a
la casa de Da. Asunción.
Capítulo IX
“Don Pepe”
Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la
casa de su patrona.
Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de
memorias las circunstancias más curiosas de la visita que acababa
de
realizar, vio a doña Asunción que corría hacia él llevando apretado
contra el seno un brazado de hojas de coliflor.
—Mister Herrlin, le avisó, entre con cuidado; Don
Pepe se ha metido en su pieza y no quiere salir...
El profesor creyó que Don Pepe era algún borracho, y
se dispuso a hacerle comprender duramente que el domicilio de un
súbdito sueco es inviolable. Penetró en la habitación, dio luz, pero
no vio a nadie.
—Mire debajo de la cama, mister, indicó la patrona,
que había ocupado el vano de la puerta, siempre con el manojo de
hojas de coliflor amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.
Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo
de doña Asunción; se inclinó junto al vasto lecho que ocupaba y a
pesar de que no divisó nada, creyó necesario darle a entender al
intruso que lo había descubierto, porque le dijo con severidad:
—¡Salga de ahí, señor!...
A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un
redoble fuerte y sonoro como el de un revólver que se golpease
contra el piso, y, al propio tiempo, un ronquido nada amable. El
profesor Herrlin se enderezó súbitamente y miró con desconcierto a
la patrona.
—Tírele de las orejas, insinuó ésta amablemente.
Herrlin admiró la despreocupación con que lo
impulsaba a la peligrosa empresa de irritar a un hombre armado y en
pleno delirio alcohólico, pero no cedió a esa sugestión femenina que
hace los héroes. Las incidencias de un pugilato le parecieron
impropias de un profesor universitario.
Su indecisión fue tan evidente que la patrona se
resolvió a obrar por su propia cuenta. En un gesto que le pareció al
sabio sueco el de una madre espartana, encerrándose, para morir,
junto con el enemigo de su patria, dejó el fardo de coliflores en el
umbral y empujó las dos batientes de la puerta. Luego, adelantándose
hasta la cama, se arrodilló y comenzó a dirigirle a Don Pepe
denuestos y expresiones de cariño, todo sin resultado.
El hosco intruso debía haberse dormido en su oscuro
refugio. Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez
sin recelo, y pudo ver, como a un metro de los pies torneados del
lecho, con las orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición
de reposo, un soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la
variedad conocida con el nombre de “gigantea
de Flandes” (Lepus
cuniculus giganteus).
Este descubrimiento despertó los ímpetus bélicos del
profesor. Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus
mantas de viaje, hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó de
bruces sobre el camino de alfombra y dirigió la afilada lámina de
acero contra el pecho del conejo.
Da. Asunción, que proseguía de rodillas su canto
alterno, al ver el relampagueo del arma, lanzó un grito penetrante.
Se puso de pie y sujetando a Herrlin de los hombros,
rompió a sollozar:
—¡Por favor, mister!... ¡No me lo mate!...¡Animalito
de Dios! ¡Si es inocente!
El profesor volviendo la cabeza, accedió a las
súplicas de su patrona. Comprendió que Don Pepe era el animal
tutelar de la casa y que había estado a punto de cometer un
sacrilegio. Envainó el estoque y pidió disculpas a doña Asunción...
Fue así como, contratado para matar conejos, el
profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó
al convenio, por ser grato a una mujer.
Capítulo X
Síntesis De Tres Ejercicios Financieros
Desde que el
ministro de Agricultura obtuvo aquel
triunfo parlamentario a base de los informes de Johann van der Elst
hasta que en el Instituto de Bacteriología pudo abrirse a una vida
efímera el primer esporo de un cocobacilo de Herrlin, pasaron muchos
meses. Las estaciones se sucedieron unas a otras; las vides
brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de savia y los campos
se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y alfalfa. El
presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó
sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas
metropolitanas rebosaron de empleados, los comisariatos se
multiplicaron en todo el país y el servicio de propaganda, que
seguía siendo el predilecto de Simón Camilo Sánchez, llegó a formas
insuperables. Todos los trenes que cruzaban el territorio llevaban
avisos luminosos y en las noches serenas de la Pampa, las lechuzas
doctas y noctámbulas veían ya sin asombro correr por entre la
empalizada de los postes telegráficos esta fúlgida leyenda: “El
conejo es el peor enemigo de la agricultura”.
Indiferentes a esta continua detractación, los
conejos crecían y se multiplicaban sin descanso.
Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las
cañas de azúcar tiernas; devorando, antes
de
que alcanzaran sazón, las espigas de avena y de cebada; talando los
campos de alfalfa; descortezando, en las granjas próximas a los
pueblos, las sandías y los melones; desenterrando y devorando las
patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de
zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y
escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea
de zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo, menos
diligentes que los tres mil empleados del Departamento de Protección
Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva, aquéllos
dejaban siempre algo, con lo que el colono podía sembrar para la
próxima cosecha.
En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del
Departamento de Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin
déficit. Rara vez los millones acordados por el Congreso alcanzaron
más allá del mes de octubre. Semejante insuficiencia crónica de
recursos hizo imposible la creación del instituto de bacteriología,
en que debía prepararse el bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin,
sin embargo, fue ocupado algún tiempo en la formulación de un nuevo
plan de campaña, hasta que se incorporó a la repartición en calidad
de asesor técnico. Por espacio de muchos meses el privat-docent,
debió redactar sobre la base de los partes hebdomadarios de los
comisariatos, un largo informe que nadie se tomaba el trabajo de
leer. La conclusión invariable de todos esos documentos consistía
en aconsejar la propagación inmediata del cocobacilo, de acuerdo con
el plan que había formulado. Cuando Herrlin llegó a advertir que sus
informes se archivaban sin ser tomados en consideración, dio en la
costumbre de leer sus conclusiones a Simón Camilo Sánchez y de
enviar por su cuenta una copia al
ministro. Y como, a pesar de todos
los desaires, siguió obstinándose en leer a todo el mundo las
conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fue adquiriendo poco
a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del
Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente;
los empleados no pudieron aludirle sin sonreirse y los ordenanzas no
le vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos
silenciosos accesos de hilaridad propios de los negros.
Capítulo XI
Donde el cocobacilo de Herrlin se apresta a entrar en
acción
Ese año, el cuarto que Augusto Herrlin pasaba en
Buenos Aires, el presupuesto del Departamento de Protección Agrícola
fue acerbamente combatido por la diputación socialista.
“¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo!
¡Que se nos informe sobre los resultados del cocobacilo!”, gritaban
los energúmenos a cada nuevo pedido de fondos.
Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era
vana, y el
ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos,
aún no se había hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía,
pero todo el mundo creyó necesario asombrarse.
Fue así cómo, ese año, se acordaron ocho millones de
pesos para la prosecución de la lucha contra el conejo y se incluyó
en la ley de presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos
para la difusión del germen fatal.
Convertido en hombre de confianza del
ministro, que
había puesto a un lado a Simón Camilo Sánchez, por no haber tenido
éste la previsión de organizar una exposición de cadáveres de
conejos, Herrlin terminó, en pocas semanas, la instalación de un
modesto laboratorio bacteriológico.
La nueva dependencia del Departamento de Protección
Agrícola ocupó una amplia casaquinta en la Floresta.
Se inauguró un día a fines del invierno. El sol
tibio, el cielo de un celeste esplendoroso, los árboles ostentando
el verde claro de las hojas nuevas y el vaho leve de polen que venía
del jardín, anunciaban la primavera.
El profesor Herrlin también la anunciaba por la
verbosidad con que acogía a todos los invitados, por el brillo
inusitado de su levita académica, por el optimismo con que
consideraba el futuro, por su ansia incontenible de consagrarse a la
preparación de caldos de cultivo y a ensayos de la virulencia de sus
bacilos, por la impaciencia con que esperaba la iniciación de la
ceremonia inaugural.
A su alrededor, todo parecía también anunciar la
primavera, las letras de oro del frente del edificio que refulgían
al sol, las banderas que una brisa suave desplegaba amorosamente,
los vistosos tocados de las mujeres que discurrían por el jardín...
A pesar de las prevenciones de sus maestros contra la ilusión
antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese esplendor de la naturaleza a
la buena fortuna de su cocobacilo (cocobacillus cuniculosum)
que iba, por fin, a poder extenderse libremente por el territorio de
la República.
Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a
sus compañeros de pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada
por don José Ma. de Inclan Zabaleta, visitó detenidamente las
dependencias del local, los dos estudiantes de medicina,
que tomaban
por fin en serio las funciones oficiales del profesor, le ayudaron
en sus atenciones sociales y el empleado de Lutz y Schulz,
que
faltaba por primera vez a su trabajo en un día ordinario, pasó la
tarde presa de graves remordimientos.
La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología
Agrícola había sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el
ministro telefoneaba que se disponía a salir junto con el
presidente, a las cuatro mandaba anunciar que se ponía en camino y a
las cinco, envuelta en las sombras del crepúsculo, la comitiva
oficial hacía su entrada en la quinta.
Después de las presentaciones de rigor, Herrlin
mostró al
presidente todas las dependencias del local y tras esta
recorrida los funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había
construido en el parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin
defección alguna, se llevó a cabo el programa concertado por Simón
Camilo Sánchez, que constaba de las siguientes partes:
1° Himno Nacional.
2° Discurso de S. E. el Sr.
ministro de Agricultura.
3° Discurso del presidente de la Comisión de
Agricultura de la H. Cámara de Diputados.
4° Discurso del
director de Agricultura, Ganadería y
Piscicultura.
5° Discurso del presidente de la Sociedad Rural.
6° Discurso del Prof. Dr. Augusto Herrlin,
director
del Instituto Modelo de Bacteriología
Agrícola.
7° Lunch.
La concurrencia se agolpó en torno del estrado y
aguantó a pie firme el formidable chubasco oratorio. Según la
opinión de José M. de Inclan Zabaleta, los cuatro discursos que
precedieron al de su amigo Herrlin no valían la pena de oirse; eran
la reedición de todo cuanto venía diciéndose sobre el conejo desde
que este animalito entrara en el círculo de las preocupaciones
gubernamentales. Y más que nada eran ponderaciones infinitas sobre
su voracidad. El apetito de los conejos arrancaba a los oradores
elocuentes expresiones de reprobativa admiración.
En cambio, la breve peroración del profesor sueco
suscitó el entusiasmo de D. José M. de Inclan-Zavaleta.
Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró en el
terreno de las ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha
constantemente renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al
testimonio de Strabon, recordó que, en tiempos de Augusto, los
habitantes de las islas Baleares y de Lípari y los de la península
ibérica, impetraron el auxilio de las invictas legiones romanas para
combatir la plaga leporina, y que los tenaces roedores habían
derribado, socavando sus cimientos, las murallas ciclópeas de
Tarragona.
Además, señaló con ironía el hecho singular de que
esta fecunda y extendida especie animal había conseguido dar su
nombre a la nación más caballeresca de la historia.
Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra
España significa conejo, porque este animal se llamaba Saphan en
hebreo, término que los fenicios convirtieron en Sphania y los
latinos en Hispania, España.
“Tengamos presente asimismo, agregó, que Cátulo llama
a España Cuniculosa” (conejera),
y que dos medallas acuñadas bajo
el reino de Adriano representan a esta nación en figura de mujer
teniendo a sus pies un conejo pequeño”.
El profesor continuó describiendo las diversas formas
de persecución al conejo a través de las edades y remató encarándose
con el presidente de la república y dirigiéndole las mismas palabras
que el maire de una población rural dedicó a Napoleón III:
“Señor: disponed la inmediata destrucción de todos los conejos y
habréis realizado el acto más grande del reinado de V. M.
Una salva de aplausos acogió esta elocuente
incitación final; el
presidente hizo, a la vez, un ademán de
aquiescencia y de agradecimiento (Herrlin le había dado el
tratamiento de Vuestra Majestad) y la concurrencia, fatigada por
cuatro horas de plantón, se precipitó desenfrenadamente hacia la
sala del lunch.
Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito
formidable de los conejos debían haber despertado en el público una
noble emulación. Sólo quien haya arrojado a la madrugada, en una
conejera populosa,
un brazado de frescas hojas de escarola, puede
formarse una pálida imagen de cómo desaparecieron las pirámides de
dulces, frutas secas y sandwichs
que cubrían de un extremo a otro
la amplia mesa de operaciones del Instituto.
Capítulo XII
Don Juan
Al día siguiente, en la casa de Da. Asunción, se
festejaba con un almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.
La patrona se había propuesto celebrar el
acontecimiento con una comida, el mismo
día
de su feliz realización,
pero hubo que postergarla porque el profesor Herrlin recibió, por
primera vez desde su llegada a Buenos Aires, una invitación de Simón
Camilo Sánchez, e Inclan-Zavaleta, de su lado, se había comprometido
a asistir a la lectura de un drama histórico del Dr. David Peña.
De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a
la mesa para la comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de
comensal único al silencioso empleado de la casa de óptica, gracias
a lo cual pudo reflexionar con detención. Las tareas domésticas no
le dejaban, por lo general, tiempo para hacerlo y no advirtió así,
hasta aquella noche, el lugar que el ilustre profesor sueco había
llegado a ocupar en su casa y en su corazón.
Contemplando el asiento vacío del ausente, se dio a
pensar en lo desierto que serían sus días cuando el profesor,
concluida su misión, retornara a su país. No tendría ya la
preocupación cotidiana de que estuvieran listos, a las ocho en
punto, el tazón de café con leche y crema, las tostadas con
mermelada y la copa de
oporto, que componían su desayuno ordinario.
No debería ya vigilar para que, a las once y media, se sirviera el
almuerzo y para que, a las tres de la tarde, se le enviase el té
con
leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal con
miel junto con la copita de cognac a
que estaba habituado. Recordaría en vano que a las cinco y media
volvía a tomar té solo con bizcochos y que exigía,
regularmente, la
última comida a las ocho de la noche. Y hasta llegaría a olvidar que
las veladas de invierno, en torno de la estufa, se distinguen de las
sobremesas estivales, porque en un caso el ponche debe estar bien
caliente y en el otro, la cerveza bien helada...
Don Augusto –como había acabado la patrona por
llamarle— sabía apreciar la delicadeza de la vida doméstica. Cuando
ella misma arreglaba su habitación, limpiaba el polvo de los libros
y ponía un búcaro de flores sobre la estantería, el sabio, aunque
hubiera estado ausente, reconocía su mano y le daba las gracias con
una efusión infantil.
No; no era como esos ogros de medicina que llenan los
cajones de las mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el
historiador Inclan-Zavaleta que colgaba las medias de las perillas
de la cama.
Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña
Asunción se quedó hasta muy tarde sentada ante la mesa.
Sin embargo, al día siguiente, no eran todavía las
siete de la mañana cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo
entre los trastos de la cocina y traía al trote a la cocinera y a la
sirvienta. El zafarrancho culinario duró hasta media hora antes de
la señalada para el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado
todo dispuesto, se sentó a descansar en el jardín.
Don Pepe, que andaba retozando por allí, fue a
tenderse a sus pies. Así, toda encendida aún por el resplandor de
los fogones, con la arrogante expresión de una dueña de casa que
acaba de imponerse, humillándola, a una cocinera levantisca, la
matinée que señalaba sin destacarlas sus líneas opulentas y el
conejo extendido a sus plantas, le pareció al privat-docent la
figura acuñada en medallas bajo el reinado de Adriano que
representaba, como se sabe, la Hesperia de los latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla “madre de pueblos” y “genio de una raza
voluptuosa y marcial”, pero recordó que era soltera y temió ofender
su pudor.
Nuestro buen profesor no era locuaz, pero estaba
dominado aún por la excitación del día anterior y necesitaba
desahogarla en palabras. Así que fijándose en el animal comenzó a
decir:
—Este conejo de la variedad gigantea apellidado
vulgarmente gigante de Flandes, por su nombre científico lepus cuniculus giganteus y que se distingue de las otras especies
monstruosas por sus orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse
Don Pepe sino Don Juan.
—¿Por qué, Don Augusto? —preguntó suavemente la
patrona.
—Las funciones esenciales de estos seres, continuó el
profesor, son, en efecto, la nutrición y el amor y por ellas debiera
caracterizárseles. Es cierto que ambas son necesidades primordiales
de todas las especies y que el hambre y la pasión sexual (Doña
Asunción se ruborizó) son los instintos primarios del hombre, pero
en pocos animales alcanzan la intensidad que en el conejo, la liebre
y el lepórido. Los antiguos romanos habían consagrado la liebre a
Venus y tenían su carne por un manjar afrodisíaco...
Y el privat-docent de Upsala siguió ensartando con
su ingenuidad de sabio una serie de detalles procaces sobre las
fornicaciones y el régimen poligámico de los conejos y los
románticos torneos amatorios de las liebres.
Doña Asunción, que escuchaba en silencio el escabroso
relato, mientras acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de
su protegido, se levantó precipitadamente al oir el aviso para el
almuerzo. Don Pepe o Don Juan, como se quiera llamarlo, la siguió a
grandes trancos, moviendo cómicamente las orejas y el rabo,
convencido de que aún podía agradar a su dueña con sus morisquetas y
sus gracias infantiles.
Pero desde la sabia disertación del jardín, Don Pepe
fue para la opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y
egoísta, el incestuoso y filicida, el amante insaciable y el
seductor satánico que los poetas han idealizado en el retrato de Don
Juan. No volvió jamás a acariciarlo en público; sólo unas pocas
veces, a escondidas, lo estrechó contra su pecho y besándolo
nerviosamente, le dijo: ¡Monstruo!...
Capítulo
XIII
El honor de los pueblos
El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje
al sabio bacteriólogo debía ser su obra maestra, pero como tantas
otras obras maestras, quedó inconclusa.
A mediados de la comida, dos personas reclamaron
insistentemente entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin
abandonó su asiento de honor y se encerró con los dos visitantes.
—Deben de ser periodistas, dijo la patrona, para
explicarse la inoportunidad de su arribo.
Eran, efectivamente, dos periodistas de la redacción
del León de Castilla, que venían en nombre de su director D. Cátulo Z. Pérez de Manara, a retar a duelo al prof. Dr. Augusto
Herrlin, por las expresiones denigrantes con que, en su discurso de
la víspera, habíase referido a la madre patria. Pérez de Manara, que
continuaba con la tradición combativa del periodismo español en el
Río de la Plata, creía que la sustitución del león heráldico,
emblema de la nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las
medallas de la época de Adriano, y el calificativo de “conejera” (cuniculosa)
dado a la hidalga nación, eran afrentas que sólo podían lavarse con
la sangre del profesor sueco.
—Pero, señores, si no hay ofensa alguna...
—No es usted el indicado para pronunciarse a ese
respecto, replicó severamente uno de los padrinos.
—Si no he hecho más que recoger todos esos datos en
las fuentes históricas...
—Aunque los hubiese bebido Ud. en la Cíbeles, repuso
airadamente el otro padrino.
¿Cree Ud. que cuadra a los héroes de Somorrostro el
pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una
plaga de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo
dijesen Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo...
—No conozco a esos cuatro señores, contestó
pacíficamente el sabio, pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje
del libro III de la Geografía de Strabon en que se refiere el hecho.
Tango a mano la edición de Kramer, Berlín 1844-47 ejecutada sobre el
códice de París, 1393, que si Uds.
quieren pueden confrontar con la
traducción francesa de M. Amédée Tardieu, París 1867-94. Pongo esos
libros a la disposición del Sr. Pérez de Manara...
—Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a
un hombre, no a una biblioteca...
Indiferente a los arrebatos de los dos
representantes, el privat-docent intentó entrar en una larga
disertación para demostrar que el reconocimiento de la veracidad
histórica es compatible con el respeto a las naciones, pero a cada
argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes en el pecho y
exclamaban a coro: “Somos castellanos...”
—Y yo soy sueco, dijo al final ya amoscado el
profesor de Upsala.
—No sólo lo es Ud. si no que se lo hace, enunció el
primer padrino.
Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase tenía un
sentido injurioso. Cortó resueltamente la conferencia y rogándoles a
los enviados de Pérez de Manara que aguardasen un instante, se
dirigió al comedor con las facciones demudadas por la ira. Llamó
aparte a don José Ma. de Inclan-Zavaleta y al mayor de los
estudiantes de medicina y poniéndolos rápidamente al corriente del
asunto, les designó como representantes suyos. Los dos aceptaron,
trasladándose a la sala donde el cuarteto de padrinos comenzó a
deliberar.
Encerrado, mientras tanto, en su habitación, Herrlin
se entregó a un desordenado paseo y terminó arrugando de un puñetazo
el primer volumen de la Geográfica de Strabon en la correcta
edición de Kramer, Berlín, 1844.
—¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para
calentarse los pies en pleno rigor del estío infernal!, dijo
refiriéndose a las ciencias históricas y geográficas. E hizo el voto
de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.
Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e
intervinieron en ellas el
canciller, el
ministro de Agricultura,
Simón Camilo Sánchez y el
jefe de Policía, además de los cuatro
padrinos, Augusto Herrlin salió bien librado. No lo dejaron batirse
y tuvo que contentarse con firmar una declaración pública en la que
enunciaba su afectuoso respeto por la madre patria y en la que
Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres panfletistas que
hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la independencia
americana. A despecho de los usos caballerescos, el profesor sueco
consintió en entregar él mismo aquella nota a los padrinos de su
adversario.
Estos fueron a recogerla al Instituto, en momentos en
que Herrlin, con un ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía
abrirse un esporo de su cocobacilo con el regocijo del que advierte
la primera sonrisa de su primogénito.
Uno de los redactores del León de Castilla,
indignado por los arteros recursos del profesor sueco para vencer a
los conejos, le dijo, a modo de despedida:
—¡Nosotros, los castellanos, señor profesor, matamos
los conejos frente a frente!
Capítulo XIV
La septicemia
de Herrlin
A la inauguración del Instituto Modelo de
Bacteriología Agrícola siguió, pocas semanas después, la creación de
la “Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del
Conejo”, que debía informar sobre las investigaciones científicas
del profesor Herrlin. Componían esa junta el indispensable Simón
Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el Dr. Aníbal Gaona, ex
magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de Educación, ex
embajador, etc., etc.
El Dr. Gaona era la persona de mayor prestigio del
país. Su reputación de integridad no podía ser igualada por nadie,
porque nadie como él había firmado siempre en disidencia en los
acuerdos de las cámaras de apelaciones, ni había renunciado
a
tantos
ministerios a los pocos días de aceptarlos como una solución
nacional, ni había sufrido un número mayor de injustas derrotas en
los comicios. Su designación fue acogida con aplauso por todo el
mundo y señalada como un indicio de que el gobierno estaba
irrevocablemente resuelto a llevar adelante la campaña leporicida.
Por fin, cierto día, pudo exponer, ante la junta en
pleno y en presencia del ministro de agricultura, las virtudes de su
cocobacilo. Su disertación fue escuchada en medio de un silencio
impresionante. El privat-docent, después de explicar
minuciosamente los detalles que diferencian al género bacteria (Bacterium)
del bacilo (Bacillus), confundidos con frecuencia por el
vulgo, señaló todas las excepciones conocidas de esa clasificación
en dos géneros y terminó estableciendo la regla llamada “principio
de Hedenius”, según la cual los bacilos pueden ostentar todos los
caracteres de las bacterias y las bacterias todos los caracteres de
los bacilos. El cocobacilo Herrlin encuadraba, como todos sus
congéneres, en el principio de su sabio maestro de Upsala, y
excepción hecha de la rapidez de su multiplicación y la resistencia
de sus esporos, no ofrecía ningún rasgo extraordinario. Era el
agente de la septicemia cuniculosa de Herrlin, que no debía
confundirse con la septicemia experimental de Koch ni con la
espontánea de Alfort. Inoculado a un conejo, el cocobacilo
determinaba su muerte en menos de 20 horas. Apenas recibían en sus
tejidos al terrible huésped, los pobres roedores se mostraban
abatidos, con signos de decaimiento moral, faltos de apetito, y con
las orejas gachas y el pelo erizado se apelotonaban en el fondo de
sus cuevas.
Allí, después de una serie de trastornos
intestinales, iba a sorprenderles irremediablemente la muerte.
Pero lo maravilloso de los estudios del profesor
sueco residía en el grado de domesticación a que había llevado su
cocobacilo. Este le obedecía con la docilidad de un perro y así, a
su arbitrio, aumentando o disminuyendo su virulencia podía fulminar
a los conejos en menos de dos horas o prolongar su agonía durante
muchos meses, atacar únicamente a las hembras o exterminar sólo a
los machos y hacerlo mortífero en verano e inocuo en invierno, o
viceversa. Además mediante un régimen especial, podía convertir a
ciertos conejos en agentes propagadores del bacilo. Los animales
preparados para esas funciones derrotistas adquirían una vitalidad a
toda prueba y una extraña afición por la sociedad de sus semejantes.
Sin respeto por las castas sociales ni por los usos venerables del
mundo cunicular, se introducían audaz y afablemente en las cuevas
ajenas,
se hacían de la familia, infectaban a todos su miembros y
apenas recogían el último suspiro del último representante de la
tribu, corrían a la cueva más próxima donde se instalaban con el
desenfado de los conejos habituados al trato mundano. Y la
descripción que hacía el profesor
sueco de la afabilidad, el buen humor y el don de gentes de esos
individuos consagrados a llevar la desolación y la muerte a los
hogares, era realmente siniestra.
“Qué formidables
jetattores”, pensó, entre sí, el Dr. Gaona, que era supersticioso.
Simón Camilo Sánchez, burócrata por excelencia, meditó con
melancolía en el porvenir del Departamento, cuando ya no existiesen
conejos a quien vigilar. En cambio, el ministro oía con avidez a Herrlin, soñando voluptuosamente en aplastar a la diputación
socialista bajo una montaña de pestilentos cadáveres de conejos.
Capítulo XV
Una campaña electoral
A tiempo que la Junta
Fiscalizadora Honoraria debía expedirse respecto al informe del
profesor Herrlin, las elecciones de renovación presidencial
comenzaban a preocupar a las gentes. Al principio, como no se
conocían aún las candidaturas definitivas, la agitación pública se
manifestaba ardorosa, pero confusamente. Las fuerzas opositoras
habían librado ya, en torno del presupuesto de la Protección
Agrícola, su primer combate con las del gobierno y la propaganda
partidista había convertido aquel organismo burocrático en el
emblema del oficialismo ignaro y corruptor. Algunas elecciones
provinciales, preludio del gran acto comicial, fueron ganadas por
los elementos de Delfín Acuña, empleados todos de los comisariatos
locales y esta derrota enardeció a las oposiciones. El Departamento
de Protección Agrícola fue calificado de “máquina electoral puesta
al servicio del gobierno y alimentada con los dineros del pueblo”, y
estigmatizada en mil manifiestos.
Y cuando la
convención del partido oficial designó como su candidato al Dr. Aníbal Gaona, presidente de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los
Trabajos en contra del Conejo, los grupos opositores arreciaron en
su campaña. El descaro del oficialismo llegaba hasta el extremo de
levantar la candidatura de un empleado de la Protección Agrícola.
En contra de Gaona,
la coalición opositora alzó el nombre del Dr. Juan
Carlos Vértiz, que había sido
intendente de San Luis durante la revolución del año '96, que, como
se sabe, duró 3 horas y 45 minutos.
Entre ambos
candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era indeciso.
Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la opinión:
el del Dr. Gaona proclamaba “libertad de sufragio, reducción del
presupuesto, fomento del comercio y las industrias,” y el de su
antagonista enunciaba: “pureza electoral, disminución de los gastos,
propulsión de las industrias y el comercio.”
Pero el Dr. Gaona
pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que el Dr. Vértiz no
había ocupado jamás un cargo público y por esta sola señal, el
electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada institución
vino, así, a convertirse en el centro de la contienda.
Ya desde los
preliminares de la campaña electoral los grupos opositores tomaron
la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y a
denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del
viejo caserón.
Durante toda la
campaña electoral el Dr. Vértiz no abandonó su quinta de Morón. Su
austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de los
electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una
línea y, a partir del día de la proclamación, negose terminantemente
a recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo
de su candidatura. La única vez que se le oyó decir algo, fue en el
velorio de un ex revolucionario del '96. El Dr. Vértiz, ante el ataúd
de su compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: “El
conejo no existe”... “El conejo no existe”... “El conejo no existe...”
Esa sentencia
recogida por oídos fieles, fue la fórmula mágica de la campaña
electoral. Desde aquella noche, los opositores, diéronse a afirmar
resueltamente: El conejo no existe... El conejo es una invención del
régimen oprobioso...
Con toda la gravedad
de un espíritu jurista el Dr. Gaona preparaba, mientras tanto, el
informe que la J. F. H. debía presentar sobre el método del profesor
Herrlin y la eficacia de su cocobacilo. A mediados de la campaña
electoral la parte ya redactada alcanzaba a 2.480 páginas en papel de
oficio. El candidato gubernista había extractado todas las memorias
y publicaciones del Departamento de Protección Agrícola y había
solicitado, además, infinidad de informes al sabio sueco. Junto con
los tres voluminosos tomos en que el Dr. Gaona creía poder concretar
los varios aspectos de la cuestión, debía aparecer un Atlas con la
colección de todos los mapas sobre repartición de la plaga de
conejos, dados a luz en los últimos cinco años. Esa prueba gráfica y
documental iba dirigida directamente contra el optimismo práctico de
su antagonista al que aludía cuando hablaba del “optimismo del
avestruz que escondiendo la cabeza bajo el ala se niega a reconocer
el peligro”.
El “Informe de la
Junta Fiscalizadora Honoraria de los Trabajos en contra del Conejo”,
en tres tomos y un atlas, apareció editado por la imprenta Coni y
llevando por nombre de autor el del Dr. Aníbal Gaona con todos los
títulos que había alcanzado en su larga vida pública.
Los cuatro volúmenes
eran de unas dimensiones impresionantes y ante ellos nadie se habría
sentido capaz de negar la existencia del conejo. Así, los
partidarios del Dr. Vértiz a la aparición del libro sufrieron un
profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos exclamasen:
"¡El conejo no existe...! ¡Avanti!”, sus correligionarios
contemplaban la mole enorme del Informe y movían la cabeza con
desconsuelo. La obra del Dr. Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se
atrevía con las 4.375 páginas de texto!
Sin embargo la
reacción no tardó en producirse. Los opositores eludieron referirse
al Informe, pero atacaron con más acritud, si cabe, al Departamento.
A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de manifestantes
verticistas quiso llegar hasta el edificio del Departamento, pero
fue duramente rechazada por la policía. Exacerbados por esta
derrota, un grupo de afiliados a un comité de la Floresta apedreó,
al anochecer, el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola.
A esa hora,
sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente. El profesor
estaba ocupado en el transvase de unos cultivos de cocobacilo cuando
oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales que
saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí
procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su
aparición los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de
piedras que se estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote,
que zumbó más vigorosamente que los otros, alcanzó en una sien al
estupefacto Herrlin. Este sintió el choque, advirtió, enseguida, la
tibieza de la sangre que le corría por la cara y asiéndose al
pasamano de la puerta fue doblándose lentamente, hasta que quedó sin
fuerzas en el suelo. Los gritos de los revoltosos le parecieron
mezclarse con el sordo borboteo de la sangre y poco a poco, fue
perdiendo dulcemente la noción de todo, como cuando se quedaba
dormido, frente a la estufa de su cuarto de estudiante, en Upsala.
Capítulo XVI
The rabbit’s march
Cuando el profesor
Herrlin volvió en sí, se halló en una habitación del hospital, toda
blanca e inundada de luz. Por una ventana, divisó una extensión de
parque y a lo lejos la atmósfera fuliginosa de un barrio fabril.
Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de la
estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que
decían. A un movimiento suyo los interlocutores se acercaron al
lecho y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida,
comenzaron a arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El
privat-docent se incorporó en el lecho y después de mirar con
angustia a sus interpelantes, murmuró unas palabras en sueco.
Augusto Herrlin se había olvidado del castellano...
Había olvidado,
asimismo, todo cuanto le aconteciera desde su embarco en Estocolmo.
Las gentes que, esos días, se acercaron a su lecho, no le parecían
extrañas y las palabras incomprensibles que le dirigieron sonaban en
sus oídos como algo muy conocido, pero ni unas ni otras evocaron
recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía a sus
hábitos e impresiones de Upsala. A veces, el paso lento del
practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se
aproximaba para arrancarlo de la extraña pesadilla en que estaba
postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los
estudiantes abandonaban el aula magna borealis de su vieja
universidad.
Ese confinamiento en
el pasado hacía de él una persona dócil e inerte. Seguro de que era
presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin resistencia a
todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita que le hizo
el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.
El diplomático, para
no comprometerse, no hizo la menor alusión al cascotazo y le dirigió
esas vagas preguntas y frases consoladoras que se aplican lo mismo a
un enfermo de cólera morbus que al clausurado en su casa por un
resfrío.
Como a la semana de
su vuelta a la vida, Herrlin fue conducido a casa de doña Asunción.
La patrona, que ya le había visitado en el hospital, le recibió
llorando y esta demostración de sentimiento arrancó, por un
instante, al privat-docent de la inconciencia, a que se había
abandonado.
Satisfecho de darse,
en el mundo de los sueños, con un ente compasivo, le alargó la mano
y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló el llanto y
en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino: “¡Pobrecito!
¡Me ha reconocido!...”
Este estado del
director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola no era
conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había
enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.
Era lo mejor que pudo
ocurrir: el asalto al instituto despertó una emoción tan violenta
que, de alimentarse con cualquier otra noticia, se habría
comprometido el orden público.
Toda la prensa
condenó enérgicamente el vergonzoso atentado y encareció el
prestigio mundial de la víctima. Sólo el León de Castilla se
permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un
castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las
acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable.
Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública,
no pudieron eludir cierta responsabilidad. El comité universitario
de la candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado
del crimen de lesa ciencia al Dr. Vértiz “instigador directo del
ominoso hecho, que es una página de vergüenza en el infolio
inmaculado de la civilización argentina”.
Delfín Acuña, que se
constituyera en manager de la candidatura oficial, tuvo la idea de
ofrecer un banquete de desagravio al profesor Herrlin. Era el golpe
de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó la iniciativa,
comenzaron a llover adhesiones de las asociaciones universitarias,
centros científicos, institutos de cultura y sociedades pedagógicas,
de las 60 cooperativas constituidas por los empleados del
Departamento de Protección Agrícola, de los cientos de comités
gaonistas, de los clubes atléticos escandinavos y de mil
organizaciones de todo carácter. La lista de comensales llegó a una
cifra fabulosa y la comisión organizadora se vio en la necesidad de
cerrar la inscripción cuatro días antes del banquete. Para compensar
a los miles de ciudadanos que no pudieron conseguir cubierto Delfín
Acuña imaginó organizar una manifestación de antorchas que iría a
saludar al privat-docent a la salida del teatro donde se tendería
la mesa.
Llegó la noche del
banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor sueco no
preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido
remediar a todo y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se
presentó, al anochecer, en casa de Doña Asunción y a fuerza de
mímica y con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le
pintó con tintura de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso
cascotazo y metiéndolo en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el
vestíbulo, aguardaba al sabio la comisión organizadora del homenaje.
Forzado por su compañero, el pobre autómata dio la mano a todos y al
penetrar en el inmenso recinto agradeció, con gestos mecánicos, la
estruendosa aclamación que saludó su llegada. Sostenido siempre por
Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo hasta la cabecera del
banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó ubicación Delfín
Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo largo de las
mesas, que parecían perderse en el horizonte y por un momento no se
oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los dos mil
cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el privat-docent
había perdido el apetito: puso los codos sobre la mesa y con la cara
oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín
Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la
derecha: “El profesor está mamado”... Y a los pocos segundos esta
simple observación, pasando de boca en boca, había llegado al
extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la mesa próxima
y corrió por las filas interminables de comensales como un hilo de
agua por las hendiduras de un embaldosado... “¡El profesor está
mamado!”... “El profesor está mamado!”
Y los comensales se
sonrieron conmovidos por ese rasgo de hombría, que ellos
consideraban incompatible con el cultivo de las ciencias naturales.
Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de la
colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.
Como una delicada
atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú del
banquete se componía todo de platos alusivos: “Salpicon de p’tit lapin”, “Soupe de liévre”, “Oreilles de lapin a la Hindenburg”,
“Civet de liévre”, “Queue de petit lapin a la Sainte Menehould”,“Welsh-Rabbit”, etc., etc. Delfín Acuña había contratado con destino a la comida
la provisión de 4000 conejos, cuyas pieles, después de sacrificados,
fueron distribuidas a los elementos de los comités gaonistas que
debían formar en la manifestación de antorchas.
El Dr. Gaona ofreció
la demostración. Cuando, al retirarse el último plato de conejo, se
puso de pie, estalló en la sala una ovación ensordecedora. El
candidato a la presidencia se inclinó conmovido y encarándose con el
privat-docent, le expuso cuánta admiración tenía por su
talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales, y
cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado
al país... Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos,
el aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el
plafond del teatro. En el preciso instante en que terminó la
peroración del candidato, Delfín Acuña aplicó al privat-docent un
puñetazo en el estómago que le obligó a doblarse sobre la mesa, en
señal de agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el
Dr. Gaona lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en
medio de las ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la
escena del abrazo, la banda del maestro Malvagni atacó los primeros
compases de “The Rabbits March” (La marcha del Conejo), que había
venido a ser el himno oficial de los “gaonistas”. ¡Qué entusiasmo,
entonces! ¡Con que profunda unción se elevaron las primeras palabras
de la canción partidista!:
Combatimos al conejo
Desde el norte del
Bermejo
Hasta el cabo Santa
Cruz (bis)
El eco de la canción
llegó hasta la multitud que con las antorchas encendidas y
tremolando 4000 pieles de conejo, daba un aspecto fantástico a la
plaza Libertad. Y 10.000 voces trémulas de cívica emoción entonaron
el himno augusto:
Combatimos al conejo
Desde el norte del
Bermejo
Hasta el cabo Santa
Cruz (bis)
Los soldados del escuadrón hicieron la venia...
Capítulo XVII
“¡El conejo no
existe!”
El Dr. Gaona
triunfaba. La publicación del Informe había inclinado la opinión a
favor suyo y el desfile subsecuente al banquete del Coliseo puso la
victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles de conejos,
que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad, impresionó a los
electores que, desde esa noche, acotaron con leyendas sarcásticas e
injuriosas las proclamas de los verticistas: “¡El conejo no
existe!...”
A dos meses de las
elecciones, el candidato oficial podía considerarse ungido
presidente de la república. En el Departamento de Protección
Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba
una enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos y Simón Camilo
Sánchez estaba estudiando la posibilidad de contratar un empréstito
de cien millones de pesos para llevar adelante la campaña.
Convencidos de su
derrota irremediable, los opositores dejaron de dar señales de vida.
Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con su táctica,
habían repartido la lectura de los tres tomos del Informe de la J.
F. H. entre los 20 secretarios de los comités de la capital,
reservándose ellos el trabajo de coordinar los informes y hacer el
resumen de toda la labor. A los noventa días de acometer esa empresa
ciclópea, los quince legisladores conocían al dedillo la vida y
milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que se había
gastado en la primera semana del primer año en el subcomisariato de
los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límites cuando advirtieron
que los mapas reproducidos en el formidable Atlas eran falsos. Todas
las cartas levantadas mensualmente, durante cinco años, por la
sección de cartografía del Departamento, señalando la repartición de
la plaga leporina, habían sido construidos de cabo a rabo con datos
absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se
habían conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los
carteles de propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso
desaparecían en los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia.
La mistificación alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de
la región de Cuyo trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las
dos provincias vitivinícolas parecían un mar inmenso, ¡tan uniforme
y constante era el añil que las cubría!
Es de imaginarse el
escándalo que en torno de este asunto promovió la diputación
socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo de los
fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que
había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo,
produjeron en todo el país una sensación de estupor.
El presidente de la
República declaró que ayudaría con todo su poder al esclarecimiento
del affaire y dio en efecto órdenes al Jefe de Policía para que se
pusiera al servicio de la comisión investigadora parlamentaria.
Esta inició la
instrucción del sumario en medio de una gran expectativa pública;
los taquígrafos de la prensa asistían a las sesiones y a cada
reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la
aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al
ministro de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al Dr. Gaona y en
fin a todos los que habían tenido alguna participación en la campaña
contra el conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña, se
anunció que acababa de partir para Montevideo y, en su lugar, la
comisión investigadora hizo traer a su seno al profesor Herrlin. Los
taquígrafos de la prensa no pudieron recoger ni una sola palabra de
las pocas pronunciadas en sueco por el sabio. Después de una serie
de tentativas para entender al privat-docent, la comisión
dictaminó que ese individuo no podía ser autor de los brillantes
trabajos que figuraban en el Informe, y que éstos, con toda
seguridad, eran fraguados, como los mapas. Augusto Herrlin fue
devuelto a casa de doña Asunción y exonerado, en el día, por el
superior gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y
los boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y
Mendoza se organizaron espontáneamente grandes manifestaciones
populares. El doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia y
el ministro de Agricultura presentó su dimisión, que le fue
aceptada. En cuanto a Simón Camilo Sánchez emprendió discretamente
un viaje al Brasil, con la intención de renunciar a la vuelta.
El Dr. Juan Carlos
Vértiz fue elegido presidente sin oposición. El día de su asunción
del mando, después de prestar juramento ante el Congreso, se
encaminó a su quinta de Morón, para meditar sobre los hombres que
debían compartir con él la pesada carga del gobierno.
Al salir, fue
aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza del
Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para
conducirlo a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de
carga, pues el Dr. Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo el
pueblo llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a
pulso el vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es
incapaz de mover un vagón de ferrocarril...
Capítulo XVIII
Donde se revela por
fin la singular eficacia del cocobacilo de Herrlin
Simón Camilo Sánchez
retornó al país cuando el Dr. Vértiz se hallaba en plena luna de
miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la presidencia, los
halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los partidos
políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto
que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así,
cuando Simón Camilo Sánchez fue a verlo para ofrecerle personalmente,
con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del
Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con
los brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus
servicios al país. “Es cierto, le dijo, que el conejo carece de
existencia real, pero en cambio los empleados de la Protección
Agrícola son una realidad tangible. Yo no puedo abandonarlos a su
suerte y he pensado en utilizar esa institución para la propaganda
del optimismo renovador, entre las clases rurales”.
Después de eso, Simón
Camilo Sánchez tuvo una serie de largas conferencias con el primer
magistrado y al cabo de algunas semanas le presentó un proyecto de
reorganización del Departamento de Protección Agrícola. La reforma
estaba inspirada en el concepto de que era necesario llevar a la
mente de todos los agricultores del país la convicción de que sin
sembrar no es posible cosechar y que en consecuencia debían sembrar
y sembrar sin descanso. Por una ley de la nación se instituyó el
“Día de la Siembra”, solemne festividad en que todos los niños de
las escuelas de la República debieron sembrar semillas simbólicas en
las plazas, parques y lugares abiertos de las ciudades. Para dar
ejemplo, el Dr. Vértiz, rodeado de todos sus ministros, plantó unas
semillas de alpiste en el rond-point de la calle Florida y
Diagonal Norte y regaló al cacique Chepaleufú, jefe de una tribu de
fueguinos que había venido a visitarlo, una reproducción en
terracota del Sembrador de Meunier.
Las macetas subieron
de precio, los azadones de juguete para niño se agotaron en plaza,
la tierra extraída de las construcciones urbanas se cotizó en la
Bolsa y un furioso delirio de sembrar de todo se apoderó de los que
no tenían tierra alguna en que sembrar.
La propaganda del
Departamento de Protección Agrícola alcanzó en este sentido el
summun de la perfección. No podía abrirse una caja de fósforos, sin
encontrar las leyendas: “Siembre, si quiere cosechar”. “No deje
pasar su oportunidad de sembrar”, “¿Por qué permite Ud. que los
cardos invadan su campo?”, etc., etc. El interior de los tranvías
estaba plagado de esos letreros sintéticos, y los trenes habían
reemplazado sus letreros luminosos sobre los conejos con sentencias
sobre el cultivo intenso. La oficina de cartografía del
Departamento volvió a publicar mensualmente mapas de toda la
República con la indicación de las zonas sometidas a la benéfica
acción del arado, y todos los carteles sobre la plaga leporina se
sustituyeron con affiches optimistas. El presupuesto del
Departamento de Protección Agrícola subió a quince millones.
Augusto Herrlin fue
poco a poco, gracias a los cuidados de doña Asunción, recobrando la
memoria y el apetito. Pero a medida que se le iban presentando los
recuerdos de sus cinco años de vida bonaerense, se desvanecían todas
las impresiones de su existencia anterior. Y cuando pudo
reconstruir, detalle por detalle, el proceso de la actuación del cocobacilo, notó sin melancolía que acababa de olvidarse de la
última palabra sueca. Junto con ella desaparecieron las imágenes del
profesor Hedenius y de su séptima hija y no volvieron ya nunca más a
conmoverlo los vestigios de su hipóstasis europea.
De toda su aventura
sólo sacó una cariñosa simpatía por Don Pepe, que había sido el
compañero de su larga convalecencia, y un tierno afecto por su
patrona.
Cierta vez, el conejo
de Flandes, revolviendo entre los trastos de la habitación del
profesor, halló un tubo de cristal cerrado en un extremo con un
tapón de madera. Don Pepe, asegurando el tubo con sus dos manitas,
comenzó a roer el tapón hasta que hizo estallar el vidrio de la
embocadura. Del tubo salió un líquido espeso e incoloro que Don Pepe
husmeó con detención. Después, inquieto por la incorrección que había
cometido, fue a esconderse a un rincón del jardín.
Allí le acometieron
al poco rato unos escalofríos, se le erizó el pelo y dio los signos
del decaimiento más desesperante.
Cuando doña Asunción
extrañada por su ausencia salió en su busca, le halló ya en la
terrible agonía característica de la septicemia de Herrlin. Don Pepe
murió a los pocos minutos en los brazos de su patrona. Su cadáver
ofrecía un aspecto tan espantoso que el consejo de pensionistas
decidió proceder de inmediato a su inhumación. Don Pepe fue
enterrado en el mismo jardín que había sido durante tantos años
escenario de sus correrías y de sus gracias infantiles.
Pocos días después el
profesor Herrlin depositaba sobre su tumba una lápida que decía:
A
DON PEPE
PRIMERA Y ÚNICA
VICTIMA AMERICANA DEL
COCOBACILO DE HERRLIN
MCMXVIII
Y para compensar de su pérdida a doña Asunción se
casó con ella.
ir arriba
|
|