|
Capítulo 1
En los jardines de un
antiguo castillo francés, una mañana fría de neblina baja, un hombre
está por batirse a duelo.
Camina con lenta
cadencia, tiene la mirada fría y el ánimo dispuesto. Posee ese aire
de calculada y distante indignación que distingue a quienes saben
estar a la altura de circunstancias excepcionales y dramáticas.
Hace frío, un frío
terrible; el viento, cargado de traslúcidas gotas de agua, sopla sin
piedad desde el sudoeste. El corazón le palpita, fuerte, dentro del
pecho. El trabajoso laberinto de ligustrinas deja paso por fin a una
meseta de cuidada gramilla verde.
Faltan quince
minutos para las ocho de la mañana. Mientras avanza saca las manos
de su abrigo, necesita que no estén demasiado calientes, pero el
viento hiriente se las hace guardar de inmediato. Llega por fin al
lugar de los hechos, el Otro ya se encuentra, acompañado por sus
hombres. Segundos después aparece el barón
de Restagne que oficiará de árbitro. Su mirada reconoce el lugar y
pasa, sin querer y sin detenerse, por la del Otro.
El barón ha traído, con la solemnidad que impone la ocasión, las dos
cajas de madera oscura y se ubica en un lugar no lejos de él. Abre
las cajas con cuidado y coloca las armas sobre una pequeña mesa
redonda, bajo la mirada atenta de ambos padrinos.
Tiene un fugaz
escalofrío por la baja temperatura y, acaso también, por los
nervios. Pero su valor, probado en tantas batallas en el Chaco
sangriento, lo conduce acertadamente en un momento semejante. Se le
dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe bien, no
obstante, que los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de
suficiencia, de seguridad y de desprecio.
Se ajusta el
sombrero de ancha ala doblada, se acaricia la barba en punta y
dirige su mirada hacia el castillo, cree ver a alguien arriba de la
gris atalaya.
En la mesa redonda
los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el
aire para caer por fin sobre la madera, mostrando la cara que
anuncia al triunfador. Han sorteado los turnos. Su padrino le
informa que el Otro disparará primero. ¿Acaso le ha llegado el
momento?
Espalda contra
espalda escucha al barón que pregunta si alguno tiene a bien
retractarse.
Silencio.
Uno de los dos ha
de morir esa mañana, pero ambos lavarán su honor herido, limpiarán
las ofensas. Podrán, ambos, abrir o cerrar los ojos, según el caso,
sin que les pese la conciencia.
Caminan los veinte
pasos.
Al darse vuelta se
cruzan sus miradas por primera vez. Ya todo es tarde. Tiene los ojos
abiertos, no teme a la muerte.
El Otro dispara.
Escucha la sorda
detonación... Aún está con vida, ¡ha fallado!
Levanta el arma. Se
prepara para disparar.
Cree ver un
destello de horror en el Otro.
—¡Mansilla no
dispare!
Escucha sin dar
crédito a lo que oyen sus oídos.
—No dispare... ¡no
quiero morir!
Baja el arma, mira
a su padrino.
—Le pido disculpas,
Mansilla.
Silencio.
—Por favor, ¡no me
mate! —dice el Otro mientras cae en tierra, de rodillas.
Una mano se posa
sobre su hombro. Él se da vuelta, abre los ojos.
—Señor, ya es hora.
Lucio Victorio
Mansilla despierta de su pesado sueño la mañana en que se batirá a
duelo. Desayuna mate de café dulce, como en campaña. Se baña, se
afeita, se perfuma, se pone las mejores ropas y sale al encuentro de
su destino.
Dos horas después
una barcaza lo deja en el muelle. Es un muelle pequeño, construido
trabajosamente con maderas de la zona, que sufren y resisten el agua
limosa del Paraná y el sol inclemente del verano.
Asciende desde la
pequeña embarcación sin la ayuda de la escalerilla que le tienden.
Las maderas crujen bajo sus botas. Camina con paso perentorio por el
sendero abierto en la espesura vegetal de esa isla del Tigre, lo
hace con movimientos mecánicos, actuándose a sí mismo. Algo no está
debidamente controlado, piensa, no tiene la mirada fría y el
pensamiento tranquilo como hubo soñado. Avanza con la vista en el
suelo y el pensamiento incierto. Posee, eso sí, ese aire de
calculada y distante indignación que suele fingir en circunstancias
excepcionales y dramáticas.
No hace frío, ni
sopla, inclemente, el viento del sudoeste; no avanza a través de los
cuidados y suntuosos jardines de un castillo medieval. En estas
tierras meridionales reinan el calor húmedo del verano y una
naturaleza virgen e inculta. El corazón le palpita, nervioso o
asustado, dentro del pecho. Las manos han comenzado a transpirarle,
imagina que de un momento a otro cobrarán vida propia, que no le
harán caso. No camina por un laberinto de cuidadas ligustrinas, no
hay atalaya, ni castillo, ni jardines, ni fuentes de agua que dejen
paso a una meseta de verde gramilla como en su sueño. Pero sí faltan
quince minutos para las ocho de la mañana.
Se preocupa por sus
manos: no deben estar húmedas por ninguna circunstancia.
Llega por fin al
lugar del duelo. Es una abertura de buenas dimensiones en la espesa
vegetación. Está rodeada de árboles vigorosos y alfombrada de ramas
secas, pequeños troncos caídos y malezas. El Otro ya está.
Ramírez, el
director de un pequeño y oscuro periódico litoraleño, hará las veces
de Restagne, el barón francés a quien él conoció en alguna lejana
oportunidad.
Su mirada reconoce
el lugar; pasa sin querer y sin detenerse por la del Otro. Cada
quien se concentra en sus tareas, como soñó en su sueño ya todo se
ha dicho en algún otro momento.
Ramírez abre las
dos cajas de madera, Lucio piensa que tiene el mismo aire solemne
que el barón; ambos padrinos están atentos a la operación. También
Ramírez coloca las armas sobre la pequeña mesa redonda.
¿Qué estará
pensando el Otro?, ¿cómo se llama su padrino?, no puede recordarlo.
Siente que el miedo se apodera de su mente.
Es peligroso tener
miedo, se dice.
Tiene un fugaz
escalofrío.
¡Estás cagado!, se
reta con rabia.
Se le dibuja, como
mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe, no obstante, que, como en el
sueño, los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de
suficiencia, de seguridad y de desprecio. Como en el sueño, se
ajusta el sombrero de ancha ala doblada y se acaricia la barba en
punta. No reza. No llegó hasta allí por Dios; y no es cosa de Dios
que salga o no con vida.
En la mesa redonda
los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el
aire para caer por fin sobre la madera. Pasa por su mente la mirada
diáfana de Agustina, su madre. Se pregunta si morirá en esta tierra
fértil y sedienta, a pocos kilómetros de Buenos Aires; si sus días
terminarán lejos del desierto, el escenario de sus mejores tiempos
militares. ¿Morirá, acaso, lejos de las balas paraguayas?
Su padrino se
acerca con la vista en el piso, caminando despacio, cuando está a su
lado levanta la cabeza y sus miradas se cruzan. Lucio Victorio
Mansilla sabe que ha perdido.
—Él disparará
primero —dice inútilmente su padrino, que quiere darle un abrazo que
él rechaza; no son momentos para flojeras, no para él, que ha de
jugarse la vida. Una vez más.
Espalda contra
espalda escucha la voz de Ramírez que pregunta si alguno de los dos
tiene a bien retractarse.
Silencio.
—¡Uno!
El viejo general de
Maipú e Ituzaingó, el héroe de la Vuelta de Obligado, su padre, lo
está mirando.
—¡Dos!
¿Eduarda estará ya
de vuelta en Buenos Aires?
—¡Cinco!
Sarmiento es un
traidor.
—¡Diez!
Mariano Rosas arma
un cigarrillo con la lentitud prudente del que ya no tiene tiempo.
—¡Quince!
Cualquier momento
es malo para morir.
—¡Veinte!
Tengo frío, mierda.
Se dan vuelta.
Las miradas se
cruzan, por fin.
—¡A su sombrero
Mansilla! —se escucha la voz del Otro, sola y cercana en el
silencio.
Un segundo después
su sombrero vuela por el aire empujado por la certera bala.
Le ha perdonado la
vida.
Siente un calor que
le asciende desde las tripas: ¡le ha perdonado la vida! Sus manos ya
no transpiran, levanta la vista, mira al Otro: hay veces que la
furia se transforma en determinación, en voluntad fría.
—Al botón izquierdo
de su chaqueta —grita.
Los padrinos se
miran.
Ramírez abre la
boca.
El Otro lo observa.
Apenas una brisa
cálida levanta sus cabellos.
(Éste no es lugar
para perdones.)
La bala perfora el
corazón. Ajeno de vida, el Otro cae sobre las hojas secas y la
maleza.
ir arriba
|