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Jorge Dubatti nació en
Buenos Aires en 1963, es historiador,
crítico y profesor universitario especializado en teatro.
Licenciado en Letras y docente en las
universidades de
Buenos Aires y Nacional de Rosario, dirige
desde 2001 la Escuela de Espectadores y el
Centro de Investigación en Historia y Teoría Teatral (CIHTT).
Realiza tareas de investigación teatral desde
1982 y coordina
el Área de Artes Escénicas del Centro
Cultural de la Cooperación.
Para la Secretaría de Investigación de la
Facultad de Ciencias Sociales de la UNLZ dirige el Proyecto
“Historia del Teatro Occidental desde la perspectiva del Teatro
Comparado” desde 2002. Coordina el Área de
Investigación y Publicaciones de la Escuela del Relato (dirección de
A. M. Bovo). Ha publicado alrededor de cuarenta volúmenes de
y sobre teatro (antologías, ediciones, ensayos,
compilaciones de estudios, libros de conversaciones), entre
ellos: Batato Barea y el nuevo teatro argentino (ensayo,
Planeta, 1995); Teatro Comparado. Problemas y conceptos
(ensayo, UNLZ, Facultad Ciencias Sociales,1995); Samuel Beckett
en la Argentina (compilación de estudios de varios autores,
Eudeba/Centro Cultural Ricardo Rojas, UBA, 1998); El teatro
jeroglífico. Herramientas de poética teatral (ensayos, Atuel,
2002); Estudios críticos sobre Harold Pinter (compilación de
estudios de varios autores, Nueva Generación/CIHTT, Col. Temas de
Teatro Universal, 2002); El convivio teatral. Teoría y práctica
del Teatro Comparado (ensayos, Atuel, 2003). Ha publicado más de
trescientos artículos y reseñas en libros y revistas especializadas
de Argentina (Buenos Aires y diversas provincias), Alemania, Canadá,
Colombia, Cuba, Chile, España, Estados Unidos, Holanda, Italia y
México. Actualmente dirige la Biblioteca de Historia del Teatro
Occidental, la Biblioteca del Espectador (Atuel), los Cuadernos
de Historia y Teoría Teatral (UBA), las colecciones de teatro y
dramaturgia para Adriana Hidalgo Editora, Atuel e Interzona.
Conduce País Cultura
(Radio Nacional AM870 y trabaja para
"Canal
a"
en programas especializados sobre teatro.
En 2003 fue distinguido por la
Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires por “sus investigaciones en
el campo de la cultura”.
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Lo
primero que hay que decir con respecto al teatro de Marechal es que
está eclipsado por la producción narrativa. Marechal escribió mucho
teatro, adoraba el teatro, no solamente como dramaturgo sino también
como espectador. En Cuadernos de Navegación habla mucho de
las obras de Charmiello y la admiración que sentía por el Charmiello
de la escena y del radioteatro.
La gente conoce
Adán Buenosayres, conoce Megafón, y conoce la poesía
de Marechal, pero no sabe que Marechal tiene una gran producción
teatral. Algunas obras son conocidas —como Antígona Vélez—,
pero otras como Don Juan, La batalla de José Luna o
Las tres caras de Venus son menos conocidas. Ni hablar de las
piezas pequeñas, piezas fragmentarias como Gregoria Funes,
El superhombre o El Canto de San Martín, que es el primer
texto teatral que escribe Marechal en la década del ‘50 para que lo
estrene en Mendoza un gran músico argentino, Julio Perceval.
Es
interesante ver cómo todos estos años se ha reeditado Adán
Buenosayres, El banquete de Severo Arcángelo y Megafón,
pero recién tenemos una edición del teatro completo con la
publicación de las Obras completas de Editorial Perfil. Yo
pondría también el acento con relación al corpus de teatro de
Marechal, un tema muy misterioso sobre el que se ha vuelto una y
otra vez. Si bien se conocen seis o siete piezas de teatro, en la
década del '60, en una entrevista que le hace Rafael Squirru,
Marechal le dice que está muy enamorado de la escritura del teatro y
que escribió cerca de once obras que estarían terminadas. Podemos
pensar que una de esas obras es, indudablemente, La batalla de
José Luna, porque esas once piezas a las que él hace referencia
son posteriores a los años ‘60; es decir, no son ni Antígona
Vélez, ni Las tres Caras de Venus. Entonces la pregunta
es: de esas once piezas: ¿qué es lo que conocemos? ¿Qué pasó con
esas once obras? La constatación de la existencia de esas obras la
tenemos también en una declaración de Jorge Petraglia del año 1967,
cuando estrena en el teatro Alvear como director La batalla de
José Luna, donde dice: “Cuando lo fui a ver a Marechal para
pedirle una obra, puso ante mis ojos más de una decena de piezas”.
Esto significa que hay un montón de teatro de Marechal que está
perdido o en algún archivo familiar
o muy guardado, y que en algún momento se espera recuperar. Digo
esto para poner el acento en que para Marechal el teatro era algo
muy importante.
Si
uno tiene que definir la singularidad del teatro de Marechal,
aquello que lo identifica, es fundamentalmente un procedimiento en
el que combina o mezcla dos grandes órdenes del ser, dos grandes
órdenes ontológicos o referenciales. Por un lado lo que llamaríamos
el orden de lo arquetípico y por otro lado el orden de lo histórico,
lo accidental, local o concreto. Esto ya está en Adán Buenosayres,
está inscripto incluso en el nombre “Adán” como el primer hombre, el
arquetipo, y “Buenosayres” como la ciudad histórica, el plano de lo
accidental sometido al tiempo profano. Ese procedimiento está en
todo el teatro de Marechal.
También lo
encontramos, por ejemplo, en Antígona Vélez inscripto ya
desde el nombre del mito de “Antígona”, y “Vélez” como el anclaje de
una Antígona localizada en una estancia Argentina, “La Postrera”.
Asimismo lo vemos en Las tres caras de Venus, donde
aparece el mito de Venus vinculado con el personaje de Rosaura. Y en
La batalla de José Luna, donde se podría decir
—simplificando un poco— que se trata de Adán Buenosayres
llevado al teatro, convertido en una especie de sainete angélico o
metafísico, como lo llamaba Marechal. Con Don Juan tenemos el
mito del Don Juan de raigambre española —o más profundamente de
raigambre europea—, que funciona como arquetipo pero anclado
melancólicamente, nostálgicamente, en un Don Juan enamorado de la
provincia de Santa Fe, bajado al folklore y la realidad nativista, o
regional argentina.
Todo esto aparece de una manera muy interesante en los nombres de
los personajes, en los nombres de las obras y también en las
historias que cuentan las obras. Respecto de ese cruce de órdenes
referenciales entre lo arquetípico y lo local, si uno se pregunta de
dónde viene este modelo, la respuesta estaría en el interés que
tenía Marechal por las poéticas del llamado teatro cristiano, y más
específicamente por el teatro medieval, por las moralidades, los
misterios, las alegorías y los autos sacramentales. El gran interés
por los autos sacramentales —no tanto de los autos religiosos— se ve
fundamentalmente en un procedimiento medieval proveniente de una
estética típicamente cristiana llamada humilitas-sublimitas,
la humildad y lo sublime. Esta
poética se ve ya en el teatro europeo, en un misterio llamado el
Misterio de Adán del siglo XII, en el que se ven a Adán y Eva en los
personajes de dos pobres campesinos franceses encarnando al primer
hombre y a la primera mujer, y no en los arquetipos del paraíso.
¿Con qué lógica se identifica a Adán y Eva con dos campesinos
franceses? Con la lógica cristiana de que en lo humilde está lo
sublime, lógica que está en algunos de los principios fundamentales
del cristianismo, como el de derribar a los poderosos de sus
pedestales y exaltar a los humildes. Esta es la lógica de la
estética cristiana de la poesía de San Francisco de Asís, una figura
que Marechal tiene muy presente.
Pero además de la humilitas-sublimitas, por la cual el hombre
aparece encarnado en un muchacho de un conventillo de Villa Crespo,
en La batalla de José Luna este orden aparece mezclado con
otro orden de representación del teatro medieval que es el de los
personajes angélicos y los personajes diabólicos; la batalla de los
ángeles y de los diablos y, por sobre todo, el principio de la
alegoría. La alegoría es la abstracción encarnada en un personaje.
Tampoco podemos decir que Marechal se limitó a hacer teatro medieval
en el siglo XX. Lo que hizo fue utilizar procedimientos del teatro
medieval mezclados con procedimientos del llamado teatro profesional
de la década del '50 y, además, le agregó ingredientes del teatro
popular argentino, del sainete y del grotesco criollo. Cuando toda
la intelectualidad del teatro nacional le daba la espalda a las
producciones populares, Marechal estaba muy atento a esta
producción, pues tenía verdadera devoción por Charmiello, por el
sainete criollo y por la pieza radiofónica y todo lo que llamaríamos
el teatro tosco argentino.
Entonces La batalla de José Luna, por ejemplo, es un sainete
en un conventillo, pero un sainete metafísico, un sainete angélico,
como lo llamaba el propio Marechal.
Yo
agregaría dos cosas más, una tiene que ver con que Marechal
consideraba que, a diferencia de la literatura, el teatro podía
tener tres dimensiones en el espacio: altura, ancho y profundidad,
cuando era un mero teatro, pero cuando era un gran teatro tenía una
cuarta dimensión: la del esplendor de la verdad, el splendor
veritatis, o la belleza, idea que vincula a Marechal con lo que
sería un teatro “hierofánico”, donde se manifiesta lo sagrado.
Esto es una gran novedad dentro de la historia del teatro argentino
que, como sabemos, es un teatro eminentemente materialista, más
vinculado a la historia de la izquierda y a lo social. Marechal, por
el contrario, creía en un teatro donde en un espacio tridimensional
se manifestara esa cuarta dimensión de lo sagrado, encarnado en el
esplendor de verdad de la belleza.
Lo último que
quería decir es que si bien a Marechal durante muchos años, por ser
considerado peronista y católico, no se le dio lugar en el campo
teatral, hoy se lo está releyendo; y no solamente se lo está
releyendo sino que la productividad de sus obras aparece en algunos
dramaturgos, por ejemplo en Mauricio Kartun con Salto al
cielo, o Bernardo Carey con Florita, la niña perseguida o
en Patricia Zangaro. También en las puestas en escena que se hacen
de sus cuentos y de su teatro. Y, por sobre todo, en uno de los más
grandes deudores de Marechal, Alejandro Dolina —excelente dramaturgo
del teatro nacional, además—, tanto en las piezas de lo que él llama
cine radio como en las operetas, especialmente en Lo que me costó
el amor de Laura, profundamente ligado a ese Marechal que mezcla
los dos órdenes referenciales, de lo arquetípico y de lo accidental,
lo mítico y lo profano, el tiempo eterno y el tiempo mortal.
Siento que el teatro de Marechal hoy está sujeto a una profunda
relectura y reconsideración que lo libera de los lugares comunes, a
los que durante tanto tiempo se le tuvo miedo dentro del campo
teatral: me refiero al Marechal católico y al Marechal peronista.
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