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Capítulo V
El fogón.
Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del
Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio
Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de
Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista
con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del
combate. El cabo Gómez muerto.
El fogón
es la delicia del pobre soldado, después de la fatiga. Alrededor de
sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes
superiores y oficiales subalternos conversan fraternalmente y ríen a
sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el
asado, y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cuchara
en la charla general, apoyando o contradiciendo a sus jefes y
oficiales, diciendo alguna agudeza o alguna patochada.
Cuando
Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra con sentimiento de
los que le escuchaban, pues es un pillo de siete suelas, capaz de
hacer reír a carcajadas a un inglés, pidiéronme mis circunstantes mi
cuentito.
Yo estaba
de buen humor, así fue que después de dirigirle algunas bromas a
Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una
revolución en las provincias, para que veas lo que es el país, tomé
a mi turno la palabra.
Y este
cuento me permitirás que se lo dedique a un amigo que ha hecho la
guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia
Nacional.
Se llama
Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la pintura
de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta del
cariño son siempre
lisonjeros
y sospechosos.
Voy a mi
cuento.
El cabo
Gómez era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la
primera invasión de Urquiza, que dio en tierra con la dictadura de
Rosas.
Tendría
Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, y
columpiábase con cierta gracia al caminar; su tez era entre blanca y
amarilla, tenía ese tinte peculiar a las razas tropicales; hablaba
con la tonada guaranítica, mezclando, como es costumbre entre los
correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera
persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.
Marchó
Gómez a la guerra del Paraguay, en el Primer Batallón del Primer
Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes del
Comandante Cobo, si mal no recuerdo, y perteneció a la compañía de
granaderos.
El capitán
de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que después de
haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay, anda ahora
por Entre Ríos al mando de un batallón.
Un día
leíase en la Orden General del 29 Cuerpo de Ejército del Paraguay,
al que yo pertenecía: "Destínase por insubordinación, por el término
de cuatro años, a un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel
Gómez".
Más tarde
presentose un oficial en el reducto que yo mandaba, que lo guarnecía
el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con esta
orden: "Vengo a entregar a usted una alta personal".
Llamé a un
ayudante y la alta personal fue recibida y conducida a la Guardia de
Prevención.
Luego que
me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer a mi presencia al
nuevo destinado para conocerle e interrogarle sobre su falta,
amonestarle, cartabonearle y ver a qué compañía había de ir.
Era Gómez,
y por su talla esbelta fue a la compañía de granaderos.
José
Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así
era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en
mi reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio
Alcorta, aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona
del sexo hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de
recomendar de vez en cuando a las personas que más estima, unos
tipos que no tardan en mostrar sus malas mañas.
¡Cosas de
Maximio Alcorta!
La misma
tarde que destinaron a Gómez, Garmendia comió conmigo.
Durante la
charla de la mesa —ya que en campaña a un tronco de yatay se llama
así— me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía: que era un
buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era
efecto de una borrachera.
Me añadió
que cuando Gómez se embriagaba, perdía la cabeza, hasta el extremo
de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo
mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre
con el mejor éxito.
En una
palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia de los
corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le tratan
con intimidad le quieren.
La varonil
figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia predispusieron
desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.
A mi
turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de
granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.
El tiempo
corrió...
Gómez
cumplía estrictamente sus obligaciones, circunspecto y callado, con
nadie se metía, a nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los
soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban
para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.
En ese
tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea. Todos
los sábados pasaba personalmente una revista general.
Me parece
que lo estoy viendo a Gómez, en las filas, cuadrado a plomo, inmóvil
como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, con
su correaje lustroso, con todo su equipo tan aseado que daba gusto.
Gómez no
tardó en volver a ser cabo.
Habrían
pasado cinco meses.
Un día,
paseábame yo a lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento,
que era una hermosa carreta.
Esto era
en el célebre campamento de Tuyutí, allá por el mes de agosto.
¡En qué
pensaba, cómo saberlo ahora! Pensaría en lo que amaba o en la
gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado.
Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di una voz conocida
me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.
Di media
vuelta, y como a unos seis pasos a retaguardia, vi al cabo Gómez,
cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para
atrás, a derecha e izquierda así como amenazando perder su centro de
gravedad.
Sus ojos
brillaban con un fuego que no les había visto jamás.
En el acto
conocí que estaba ebrio.
Era la
primera vez desde que había entrado en el batallón.
Por cariño
y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la
palabra así:
—¿Qué
quiere, amigo?
—Aquí te
vengo a ver, che Comandante, pa que me des licencia usted.
—¿Y para
qué quieres licencia?
—Para ir a
Itapirú a visitar a una hermanita que me vino de la Esquina.
—Pero
hijo, si no estás bueno de la cabeza.
—No, che
Comandante, no tengo nada.
—Bien,
entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?
—Sí, sí.
Y esto
diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media
vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los
talones y se retiró.
Pasó ese
día, o mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.
Contele
que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que debía
haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que cuando
estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.
Como él y
yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos a averiguar
cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.
Llamé al
capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas
resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia: que Gómez
había tomado para atreverse a llegar hasta mí.
Empezando
por el sargento primero de su compañía y acabando por el capitán, a
todos los que debía les había pedido la venia para hablar conmigo,
estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían
concedido.
Al otro
día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba a
llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no
quise hacerlo.
Terminado
su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me había
pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.
Su
contestación fue callarse y ponerse rojo de vergüenza.
—¿Por
cuántos días quiere Ud. licencia, cabo? —Por dos días, mi
Comandante.
—Está
bien; vaya Ud., y pasado mañana, al toque de asamblea, está Ud.
aquí.
—Está
bien, mi Comandante.
Y esto
diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha para
Itapirú, y a los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre
asamblea, el cabo Gómez entraba en el, reducto, de regreso de
visitar a su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de
tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos
de armas.
Yo también
tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me mandaba
su hermana, a quien no conocía.
¡En el
mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un soldado!
El tiempo
siguió corriendo.
Marchamos
de los campos de Tuyutí a los de Curuzú para dar el famoso asalto de
Curupaití.
Llegó el
memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de avanzar
sobre las trincheras.
Se cumplió
con lo ordenado.
Aquello
fue un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido y el
que sobrevivía a sus compañeros contaba por minutos la vida. De
todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel
cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como
envueltos en un trueno prolongado porque las detonaciones del cañón
no cesaban.
A los
cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran ya
serias: muchos muertos y heridos yacían envueltos en sangre,
intrépidamente derramada por la bandera de la patria.
Recorriendo de un extremo al otro hallé al cabo Gómez, herido en una
rodilla, pero haciendo fuego hincado.
-Retírese,
cabo —le dije.
—No, mi
Comandante —me contestó—, todavía estoy bueno— y siguió cargando su
fusil y yo mi camino.
Al
regresar de la extrema derecha del batallón a la izquierda, volví a
pasar por donde estaba Gómez.
Ya no
hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de
recibir otro balazo en la otra pierna.
—Pero,
cabo, retírese, hombre, se lo ordeno —dije.
—Cuando Ud.
se retire, mi Comandante, me retiraré repuso, y echando un voto,
agregó:
¡paraguayos, ahora verán!
Y ebrio
con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba su
fusil con la rapidez del rayo, como si estuviese ileso.
Aquel
hombre era bravo y sereno como un león.
Ordené a
algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, y
seguí para la izquierda.
El asalto
se prolongaba...
Yendo yo
con una orden, recibí un casco de metralla en un hombro, y no volví
al fuego de la trinchera.
Pocos
minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre de
sus héroes, pero cubierto de gloria.
Para pasar
el parte, fue menester averiguar la suerte que le había cabido a
cada uno de los compañeros.
Esta
ceremonia militar es una de las más tristes.
Es una
revista en que los vivos contestan por los muertos, los sanos por
los heridos.
¿Quién no
ha sentido oprimiese su pecho después de un combate, durante ese
acto solemne?
—¡Juan
Paredes!
—¡Presente!...
—¡Pedro
Torres!
—¡Herido!
...
—¡Luis
Corro!
—¡Muerto!
...
¡Ah! ese
“¡muerto!" hace un efecto que es necesario sentirlo para comprender
toda su amargura.
Según la
revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente primero D.
Juan Pencienati que fue el oficial más caracterizado que regresó
sano y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones
que se tomaron, conforme a la práctica, resultó que el cabo Gómez
había muerto y por muerto se le dio.
En la
visita que se mandó pasar a los hospitales de sangre no se halló al
cabo Gómez.
Para mí no
cabía duda de que Gómez, si no había muerto, había caído prisionero
herido.
Los
soldados decían:
—No,
señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros le hemos visto echado boca
abajo al retirarnos de la trinchera con la bandera.
Yo sentía
la muerte de todos mis soldados como se siente la separación eterna
de objetos queridos.
Pero, lo
confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa jornada de
recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el cabo Gómez.
La actitud
de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las dos piernas
y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba impresa
en mí con indelebles caracteres.
Esta
visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de
ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.
Y por hoy
termino aquí, y mañana proseguiré mi cuento.
Hoy te he
narrado sencillamente la muerte de un vivo.
Mañana te
contaré la vida de un muerto.
Si lo de
hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.
A los del
fogón que me escucharon les sucedió así.
Capítulo
VI
Regreso de Curupaití.
Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato.
Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas
filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.
El
ejército volvió a ocupar sus posiciones de Tuyutí: mi batallón su
antiguo reducto.
Durante
algún tiempo fue pan de cada día conversar del asalto de Curupaití,
ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que cayeron
mortalmente heridos aquel día de luto.
La
sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros, iban haciendo
olvidar las nobles víctimas.
Sólo
persistía en el espíritu el recuerdo de los predilectos; de esos
predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el
dolor ni la alegría.
De cuando
en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos
Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas
y mortales heridas.
La
humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y
cruenta, verdaderos milagros.
¡Cuántos
que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no
volvieron a los pocos días a empuñar con mano vigorosa el acero
vengador!
Los que
mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de
confianza a revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos
o heridos respectivos y socorrerles en cuanto cabía.
Yo tenía
frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes.
Los enfermos seguían bien. Día a día esperaba algunas altas.
Pensaba en
esto quizá, cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el
parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente
dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecillo de Yataytí-Corá,
cuando un ayudante vino a anunciarme:
—Señor,
una alta del hospital.
Su
fisonomía traicionaba una sorpresa.
—¿Y quién,
hombre?
—Un
muerto.
—¿Cuál de
ellos?
—El cabo
Gómez.
Al oírle
salté impaciente y alegre del parapeto a la explanada, corriendo en
dirección al rancho de la Mayoría.
La noticia
de la aparición del cabo Gómez, ya había cundido por las cuadras.
Cuando
llegué a la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.
Me
abrieron paso y entré.
El cabo
Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil y llevaba la mochila
terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido,
habíase adelgazado mucho y costaba reconocerle.
Realmente,
parecía un resucitado.
Le di un
abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar
esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del primer
herido.
El
batallón era un barullo. Todos querían ver a un tiempo al cabo; los
unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que
no podían verle bien, se trepaban sobre el mojinete de los ranchos;
nadie se atrevía a dirigirle la palabra interrumpiéndome a mí.
—¿Y cómo
te ha ido, hombre?
—Bien, mi
Comandante.
—¿Dónde
está la alta? —pregunté al oficial encargado de la Mayoría.
Diómela, y
notando que era de un hospital brasilero, me dirigí al cabo.
—¿Qué, has
estado en un hospital brasilero?
—Sí, mi
Comandante.
¿Y cómo te
salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera
ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.
—Mi
Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo
que nadie me recogía, porque no me oían o no me veían, me arrastré
como pude, y me escondí en unas pajas a ver si en la noche me podía
escapar.
—¿Y cómo
te escapaste?
—Cuando
los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y
comenzaron a desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo;
pero muy mal herido, y como vi que mataban a algunos que estaban
penando, me acabé de hacer el muerto a ver si me dejaban. No me
tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Luego
que la noche se puso oscura, hice fuerzas para levantarme y me
levanté y caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi
Comandante.
Un
silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la
respiración, para no perder una palabra de las del cabo.
—¿Y por
dónde saliste?
—Esa noche
no pude salir, porque no era baquiano, y me perdí varias veces, y me
costaba mucho caminar, porque me dolían los balazos. Pero así que
vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oía la diana de
los brasileros. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí a
Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; a mí me
embarcaron con ellos y me llevaron a Corrientes, y allí he estado en
el hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido
porque ya no podía aguantar las ganas de ver el batallón.
—¡Viva el
cabo Gómez, muchachos! —grité yo.
—¡Viva!
—contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando
se les incita al desorden y se les deja la libertad de retozar.
Y se lo
llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su
venida inesperada un motivo de general animación y contento durante
muchas horas.
Estas
escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescriptibles.
Garmendia
vino esa tarde a compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña,
sabiendo ya por uno de los asistentes que el cabo Gómez había
resucitado.
Garmendia
tiene fibra de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; así
fue que la primera cosa que me dijo al verme, fue:
—Conque el
cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me alegro! ¿Y dónde
está, llámelo, vamos a preguntarle cómo se escapó?
Contele
entonces todo lo que acababa de referirme el cabo, pero como se
empeñase en verle la cara, le hice venir Interrogado por Garmendia,
repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por ejemplo,
que la noche ,que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas,
haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.
Contonos
también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros
momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez Guevara le había
pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado y diciéndole:
—¡Eh!,
haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.
Que él no
había estado asustado ese día, que cuando el alférez le pegó, estaba
limpiando la chimenea de su arma, que recién se asustó un poco
cuando los paraguayos salieron de sus posiciones desnudando y
matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dio miedo que
lo ultimaran sin poder hacerles cara.
Y todo
esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del
temple de ese corazón de acero.
Garmendia
gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me sentía
orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél.
Confieso
que le amaba.
Esa misma
noche, y con motivo de las interminables preguntas de Garmendia,
supe que Gómez había padecido en otro tiempo de alucinaciones que en
Buenos Aires, siendo más joven, había tenido una querida. Que esta
mujer le había sido infiel y que había estado preso por una puñalada
que le diera.
Al
recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al
mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.
La
curiosidad aumentaba el interés de este tipo, crudo, enérgico y
fuerte, tan común en nuestro país.
Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo
correntino, sacamos en limpio que su querida no había faltado a los
compromisos contraídos o a la fe jurada.
Que en
sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un
rival, que él aborrecía mucho, que cuando se despertó, el hombre no
estaba allí, pero que él lo veía patente; que lo hirió en el
corazón, y que, a un grito de su querida, volvió en sí,
despertándose del todo, y viendo recién que estaban los dos solos y
que su cuchillo se había clavado en el pecho de su bien amada.
Este
relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia, porque
esa noche, después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir
aquello.
Yo
entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencia y no lo hice
nunca.
A no ser
mi excursión a Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita,
en el archivo de mis recuerdos.
Creerán
algunos que a medida que corre la pluma voy fraguando cosas
imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de
estas mal zurcidas cartas.
Y sin
embargo todo es cierto.
Los
abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan
profundos.
La visión
puede convertirse en una amable o en una espantosa realidad.
Las ideas
son precursoras de hechos.
Hay más
posibilidad de que lo que yo pienso sea que seguridad de que un
acontecimiento cualquiera se repita. Las viejas escuelas filosóficas
discurrían al revés.
El pasado
no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no.
Pero me
echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en ellos.
Gómez nos
hizo pasar una noche amena.
Al día
siguiente otras impresiones sirvieron de pasto a la conversación;
sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y para el
corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se
cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.
Gómez dejó
de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.
¡Qué
persistencia de personalidad!
Una
mañana, regresando a caballo a mi reducto, pasé como de costumbre
por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.
Jamás lo
hacía sin recibir o dar alguna broma.
Este viejo
en prospecto, para que no enfade, si desconoce su actualidad, tiene
la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le tratan con
intimidad.
Iba a
decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que
en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.
—¿Ud.
paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?
—¡No
embrome, viejo!
—¿Que no
embrome? Vaya y verá.
Piqué el
caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llevando en
un momento a mi reducto.
No tuve
necesidad de interrogar a nadie. Un hombre maniatado que rugía como
una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo de
misterio.
—¡Desaten
ese hombre! —grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza.
Y en el
acto el hombre fue desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:
—Quiero
hablar con mi Comandante.
Vino el
Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.
—¡Han
asesinado a un vivandero que estaba de visita en el rancho del
alférez Guevara!
—¿Quién?
—El cabo
Gómez.
—¿Y quién
lo ha visto?
—Nadie,
señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre
dientes: Había jurado matarlo, ¡un bofetón a mí!...
¡Me quedé
aterrado!
Pasé el
parte sin mentar a Gómez.
Y aquí
termino hoy.
Lo que no
tiene interés en sí mismo, puede llegar a picar la curiosidad del
amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la
relación.
El cabo
Gómez queda preso.
Capítulo
VII
Presentimientos de la
multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle.
Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín
Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas.
Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte.
Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Un hombre
había sido asesinado en pleno día, durante la luz meridiana, en un
recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos
seres humanos, con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en
su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo
penetré en el reducto, y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía
decir, apoyándose en el testimonio inequívoco de sus sentidos: el
asesino es fulano.
Y sin
embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el
cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse a jurar que lo
fuera.
¡Qué
extraño y profético instinto el de las multitudes!
Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo a dar cuenta del
hecho y a pedir permiso para levantar una sumaria, traté de
averiguar lo acontecido.
Cuando
vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que
el asesino era el cabo Gómez.
El hombre
que viendo el extranjero amenazar su tierra marcha cantando a las
fronteras de la Patria; que cruza ríos y montañas, que no le
detienen murallas, ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo,
voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita
¡arriba! se levanta, ¡adelante! marcha, ¡muere ahí!,
ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia,
cuando acaba de recibir tiernas cartas, de su madre y de su
prometida que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan
del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no merece que en un
instante solemne de la vida se haga algo por él?
Eso hice
yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el
indicado, le hice comparecer ante mí, e interrogándole con esa
óptica del jefe, me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el
terrible secreto.
El cabo
estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante
fresco para contestar con precisión a todas mis preguntas.
—Gómez —le
dije afectuosamente—, quiero salvarte, pero para conseguirlo
necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba
de visita en el rancho del alférez Guevara.
El cabo no
respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de
esos que dicen: Dejadme meditar y recordar.
Dile
tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:
—Vamos,
hijo, dime la verdad.
—Mi
Comandante —repuso con el aire y el tono de la más perfecta
ingenuidad—, yo no he muerto ese hombre.
—Cabo
—agregué, fingiendo enojo—, ¿por qué me engañas?, ¿a mí me mientes?
—No, mi
Comandante.
—Júralo,
por Dios.
—Lo juro,
mi Comandante.
Esta
escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo
me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente
en la mano izquierda como pidiéndole una idea.
No se me
ocurrió nada.
Le ordené
al cabo que se retirara.
Hizo la
venia, dio media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado
el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.
A pocos
pasos de allí le esperaban dos custodias que lo volvieron a la
guardia de prevención.
Yo llamé
un ayudante y dicté una orden, para que el alférez D. Juan Álvarez
Río procediese sin dilación a levantar la sumaria debida.
Álvarez
era el fiscal menos aparente para descubrir o probar lo acaecido;
por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino
porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable,
inclinados a creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios
o maravillosos.
A pesar
del juramento del cabo yo tenía mis dudas, y estaba resuelto a
salvarle aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que
Álvarez inquiriese.
Volví,
pues, a tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la
verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo
mañosamente el ánimo de algunos.
Por su
parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto
jamás más gordas.
Empezó por
el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se
llenaron las primeras formalidades, vino a mí para hacerme saber que
en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, creo que
doce libras esterlinas, y consultarme qué haría con ellas.
Díjele lo
que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué: —¿No
le decía a Ud. que Gómez no podía ser el asesino?; se habría robado
el dinero.
Esta
vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me
contestó: —Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.
Más tarde
volvió a decirme que se había encontrado un cuchillo ensangrentado
cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos iguales no se
podía saber si era el del cabo Gómez o no; que después lo sabría y
me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el asesino
no podía ser él.
Aunque era
cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría probar algo,
también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que resultase
que el cabo tenía el suyo.
Otro cabo,
Irrazábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi asistente
mucho tiempo, fue de quien me valí para saber si Gómez tenía o no su
cuchillo.
Irrazábal
estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi curiosidad.
Gómez
tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.
Quedeme
perplejo al saberlo.
Voy a
pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca
acabar.
Álvarez
siguió fiscalizando los hechos, enredándose más a medida que tomaba
nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder su
latín, fue la declaración de Gómez, que negó rotundamente haber
asesinado a nadie.
Unas
cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, cerca
del puño, dijo que debían ser de la carneada.
Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército,
con un pelotón de su compañía que salió de fajina.
Y para
mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el
pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.
No
obstante, la conciencia del batallón sin que nadie hubiese afirmado
terminantemente cosa alguna contra Gómez —seguía siendo la
conciencia del primer momento: Gómez es el asesino.
Al fin,
acabó de haber dos partidos: uno de los oficiales y de los soldados
más letrados; otro de los menos avisados, que era el partido de la
mayoría.
La minoría
sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta llegó a
susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una disputa
muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le debía
mucho dinero.
Álvarez
estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, y
sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en
todas las emergencias que sobrevenían a la causa de Gómez.
Los
oficiales más diablos le tenían aterrado zumbándole al oído que
sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón
si sin pruebas ponía una vista contra Gómez.
El pobre
alférez iba y venía en busca de mi inspiración y salía siempre
cabizbajo con esta reflexión mía:
—¡Cuántas
veces no pagan justos por pecadores!
Como era
natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el término
es limitadísimo para estos procedimientos.
Fue
elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera juzgado
en Consejo de Guerra ordinario.
El auditor
del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, que
sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado a la
antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente,
contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el
olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi
particular amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio
Mitre cuando dejé de ser su secretario
Por él
supe lo que contenía la causa de Gómez, que Álvarez, a pesar de su
notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas
de que Gómez era el verdadero autor del crimen.
Nombrado
el consejo y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor empeño
hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo a los vocales,
conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el
acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas
razones le tenía.
Reuniose
el consejo el día y hora indicado, y Gómez fue llevado ante él, con
todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.
La opinión
del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra Gómez.
Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería
fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General
en Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que yo haría
constar, le conmutaría la pena, dado el caso que el consejo le
sentenciara a muerte.
Yo era el
único que no tenía opinión fija.
Parecíame
a veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único que sabía
positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la vida.
A fin de
no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas viendo que
el ánimo de algunos era contrario a mi ahijado, me disgusté
sobremanera y me volví a mi campo sumamente contrariado.
Se leyó la
causa, y cuando llegó el momento de votar, el consejo se encontró
atado. En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía a fallar
condenando o absolviendo.
Entonces,
guiado el consejo por un sentimiento de rectitud y de justicia, e
hizo una cosa indebida.
Remitieron
los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin tardanza, el
Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra verbal, teniendo
el acusado que contestar a una porción de preguntas sugestivas, cuyo
resultado fue la condenación del cabo.
Los que
presenciaron el interrogatorio, me dijeron que el valiente de
Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que a todas
las preguntas contestó con aplomo.
Antes de
que el cabo estuviera de regreso del consejo, ya sabía yo cuál había
sido su suerte en él.
Púseme en
movimiento, pero fue en vano. Nada conseguí. El superior confirmó la
sentencia del consejo, y al día siguiente en la Orden General del
Ejército salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado por
las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de
estilo.
No había
que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos
momentos de aquel valiente infortunado. ¡La clemencia es caprichosa!
Los
preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar al
confesor
Todos
habían acusado a Gómez y todos sentían su muerte.
El cabo
oyó leer su sentencia, sin pestañear, cayendo después en una especie
de letargo. Yo me acerqué varias veces a la carpa en que se le había
confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que
levantara la cabeza.
El
confesor llegó; era el padre Lima.
Gómez era
cristiano y le recibió con esa resignación consoladora que en la
hora angustiosa de la muerte da valor.
El padre
estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo, como para
que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba encantado
de la grandeza de aquel humilde soldado.
Quise
preguntarle si le había confesado algo del crimen que se le
imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un
movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, sin duda
conoció mi intención y me dijo: Queda preparándose.
Yo pasé la
noche en vela junto con el padre. El por sus deberes, y yo por mi
dolor, que era intenso, verdadero, imponderable; no podíamos dormir.
Quería y
no quería hablar por última vez con el cabo.
Me decidí
a hacerlo.
¡Pobre
Gómez! Cuando me vio entrar agachándome en la carpa, intentó
incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la
estrechez.
—No te
muevas, hijo —le dije.
Permaneció
inmóvil.
—Mi
Comandante —murmuró.
Al oír
aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: —Ud.
me deja fusilar.
—He hecho
todo lo posible por salvarte, hijo.
—Ya lo sé,
mi Comandante repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los
míos también, abrazándonos.
Dominando
mi emoción le pregunté:
—¿Cómo
hiciste eso?
—Borracho,
mi Comandante.
—¿Y cómo
me lo negaste el primer día?
—Ud. me
preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al alférez
Guevara.
—¿Esa fue
tu intención?
—Sí, mi
Comandante; me había dado un bofetón el día del asalto de Curupaití,
sin razón alguna.
—¿Y qué
has confesado en el Consejo?
—Mi
Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el alférez. Me
han preguntado tantas cosas que me he perdido.
Salí de
allí...
Hablé con
el padre y le rogué le preguntara a Gómez qué quería.
Contestó
que nada.
Le hice
preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo
haría.
Contestó,
que cuando viniese el Comisario, le recogiese sus sueldos: que le
pagase un peso que le debía al sargento primero de su
compañía y que el resto se lo mandara a su hermana, que vivía en la
Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.
Pasó la
noche tristemente y con lentitud.
El día
amaneció hermoso, el batallón sombrío.
Nadie
hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.
Era la
hora funesta y fatal.
La orden,
que yo presidiera la ejecución.
No lo
hice, porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.
Mi segundo
salió con el batallón y mandó el cuadro.
Yo me
quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.
Yo me tapé
los oídos con ambas manos.
No quería
oír la fatídica detonación.
Después me
refirieron cómo murió Gómez.
Desfiló
marcialmente por delante del batallón repitiendo el rezo del
sacerdote.
Se
arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de
tristeza.
Le leyeron
la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío o a sus camaradas,
dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:
—¡Compañeros: así paga la Patria a los que saben morir por ella!
Textuales
palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán.
Quisieron
vendarle los ojos y no quiso.
Se
hincó... Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyóse
un solo estampido... Gómez había pasado al otro mundo.
El
batallón volvió a sus cuadras y los demás piquetes del ejército a
las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando
todos al cabo Gómez.
A los
pocos días tuve una aparición... Decididamente hay vidas inmortales.
Capítulo
VIII
El palmar de Yataití.
Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El
rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión
realizada. Fanatismo.
A
inmediaciones de mi reducto estaba el palmar de Yataití, donde
tantos y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron
lugar.
Allí fue
enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una tosca
cruz de pino con esta inscripción:
“Manuel
Gómez, cabo del 12 de línea.”
Durante
algunas horas, su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis
buenos soldados. Y, poco a poco, el olvido, el dulce olvido fue
borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su
nombre volvió a ser mentado, no fue ya a impulsos del dolor sufrido.
Así es la
vida, y así es la humanidad. Todo pasa, felizmente, en una sucesión
constante, pero interrumpida, de emociones tiernas o desagradables,
profundas y superficiales.
Ni el
amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría absorben por completo
la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.
La
muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.
Yo me
dispuse a cumplir sus últimas voluntades.
Llamé al
sargento primero de la compañía de Granaderos, y con esa
preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los
caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué el peso
que le debía el cabo.
Confieso
que después de hacerlo, sentía un consuelo inefable.
¡Cuesta
tanto a veces cumplir las pequeñeces!
Es por eso
que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no
por sus obras grandes.
En el
cumplimiento de las últimas, está interesado generalmente el honor y
el crédito, el amor propio y el orgullo, el egoísmo y la ambición.
En el
cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos
resortes del alma humana, sino la conciencia.
Cancelada
la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión prometida
de los haberes devengados de Gómez a la Esquina.
Esperar al
Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, ¿estaría
yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El
Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en
el campo de batalla, por él mismo, o por la libertad de la Patria, o
por su honor ultrajado?
¿No es ésa
la consecuencia del odioso e imperfecto sistema administrativo
militar que tenemos?
Gómez no
era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, ver si
recogía sus sueldos de Guardia Nacional, resolví mandarle a su
hermana los seis u ocho que se le debían como soldado de línea.
Simbad,
el corresponsal del
Standard, a la sazón en el teatro de la guerra, era vecino de la
Esquina y mi antiguo amigo.
Debo a él
la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del Cosmos, ese
monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.
Simbad
iba a velarme para remitir a
su destino la pequeña herencia.
Habrían
pasado cincuenta y dos horas desde el instante en que el cabo
Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas
de sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más
terrible de los deberes.
Yo había
ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento del
jefe de Estado Mayor.
Tenía éste
dos puertas. Una que daba al naciente y otra al poniente. La última
estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa metódica,
que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba según las
horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se hallaba
colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una silla
de baqueta paraguaya, dándole la espalda.
¿En qué
pensaba?
Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia
de San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su estancia.
—Aquí me
lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el
corredor, que dominaba una vasta campiña, pensando...
pensando...
Y tú,
interrumpiéndole, con tu sorna característica: —En qué...
en qué...
Y el pobre
hombre contestaba: —En nada... en nada...
El General
era distraído de su escritura a cada paso, por oficiales que se
presentaban con distintas solicitudes, dirigiéndole la palabra desde
el dintel de la puerta.
Yo seguía
pensando...
En el
instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué nebulosa,
un eco del otro mundo, con tonada correntina, resonó en mis oídos.
—Aquí te
vengo a ver, V. E., para que...
Mi sangre
se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta,
¡imposible!
—Estoy
ocupado —murmuró el General, y el ruido del rasguear de su pluma que
no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante
al que produce el rechinar estruendoso de los dientes de un
moribundo.
—Haceme,
che, V.E., el favor...
—Estoy
ocupado —repitió el General.
Yo sentí
algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible
nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las
águilas.
Debía
estar pálido, como la cera más blanca.
El General
Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción
misteriosa de que era presa, preguntome con inquietud:
—¿Qué
tiene Ud.?
No
contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.
El General
estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.
—¡Mansilla! —dijo.
—General
—repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza y miré
a la puerta.
Si hubiese
sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.
Mis labios
callaron, pero como suspendido por un resorte y a la manera de esos
maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena
teatral, fuime levantando poco a poco de la silla y como queriendo
retroceder.
—Che, V.
E., hacé vos el favor —volvió a oírse.
El General
Gelly se puso de pie, y dirigiéndose a la voz que venía de la
puerta, contestó:
—¿Qué
quieres?
Yo sentí
un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano a ella y como
queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos o hacerlos converger
a un solo foco, miré al General y exclamé con pavor:
—¡El cabo
Gómez!
Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del
General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última
vez.
Sólo su
traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un
traje talar negro. . Mis ojos estuvieron fijos en él un instante,
que me pareció una eternidad.
El General
Gelly volvió a repetir:
—Vamos,
¿qué quieres? —y dirigiéndose a mí— ¿Está usted enfermo?
La
aparición contestó:
—Quiero
que me dejes velar la crucecita de mi hermano.
—¿La
crucecita de tu hermano? —repuso el General, con aire de no entender
bien.
—Sí, pues,
Manuel Gómez, que ya murió...
Y esto
diciendo, echó a llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del
pañuelo negro que cubría sus hombros.
Mientras
se cambiaron esas palabras, yo volví en mí. —¿Y dónde está la
crucecita de tu hermano? —dijo el General.
—En el
cementerio de la Legión Paraguaya. Entonces, tomando yo la palabra,
como aquella desdichada mujer no podía dejar de interesarme, le
dije:
—No, estás
equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.
—Yo sé
—murmuró.
Queriendo
convencerla, le dije:
—Yo soy el
jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.
—Yo sé
—murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.
—Yo tengo
los sueldos de tu hermano para ti, ven a mi batallón, que está en el
reducto de la derecha, y te los daré y te haré enseñar dónde está su
cruz.
—Yo sé
—murmuró.
Un largo
diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera a mi reducto
para darle los sueldos de su hermano e indicarle el sitio de su
sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: Yo sé.
El General
Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, al
parecer, le hizo varias preguntas:
—¿De dónde
vienes?
—De la
Esquina.
—¿Cuándo
saliste de allí?
—Antes de
ayer.
—¿Dónde
supiste la muerte de tu hermano?
—En
ninguna, parte.
—¡Cómo en
ninguna parte!
—En
ninguna parte, pues.
—¿Te la
han dado en Itapirú, o aquí en el campamento?
—En
ninguna parte.
—¿Y
entonces, cómo la has sabido?
La hermana
de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños había visto
a su hermano que lo llevaban a fusilar; que como sus sueños siempre
le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que tomando
el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido a velar su
crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea que
era fija en ella.
A las
interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.
El sueño
de la hermana de Gómez había tenido lugar, precisamente en el
momento en que éste estaba en capilla, recibiendo los auxilios
espirituales.
Un hilo
invisible y magnético une la existencia de los seres amantes que
viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.
Y como ha
dicho un gran poeta inglés: Hay más cosas en el cielo y en la tierra
de las que ha soñado la filosofía.
Empeñeme
con la mujer cuanto pude, a fin de que fuera a mi reducto,
intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.
¡Fue en
vano!
El General
la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.
Y después
de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño
realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, a mis solas me
volví a mi campo.
Mandé
llamar a Garmendia en el acto y le relaté todo lo sucedido.
Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.
Halláronla,
pero fue inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no
verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no
estaba en el cementerio que ella decía.
Esa noche
hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi
batallón prevenidos por mí.
Por ellos
supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba
a mí su muerte, y, asimismo, que en la Esquina tenía algunos medios
de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del
fusilamiento se la dio Dios en sueños.
Al día
siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que
nadie pudiera darme de ella razón.
El único
mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es ser
cierto.
No todas
las historias pueden reivindicar ese crédito. ¿Si será verdad que el
público no se ha dormido leyéndolo?
A los del
fogón les pasaron distintas cosas.
Cuando yo
terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte) dormían.
Se oían
sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya alguna
claridad.
—¡A
caballo, cordobeses! —grité—, ¡se acabaron los cuentos!
Y todo el
mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después rumbeábamos
en dirección a un oasis denominado Monte de la Vieja.
¡Buenas
noches!, por no decir buenos días, o salud, lector paciente.
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