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Eduarda Mansilla de
García nació en Buenos Aires en 1838 y murió en la misma ciudad en
1892.
Hermana de Lucio V.
Mansilla y una de las primeras narradoras argentinas, Eduarda se
casó a los diecisiete años con Manuel J. García, diplomático, con
quien realizara innumerable cantidad de viajes, llegando incluso a
vivir un tiempo fuera de su patria. En Francia escribió y editó gran
parte de su obra. Incluso algunos de sus libros serían escritos en
francés y luego traducidos al español por su hermano. Según la
costumbre de esa época de ocultar el nombre femenino del autor,
publica dos novelas con el nombre de su hijo, Daniel García
Mansilla, El médico de San Luis (1860) y Lucía Miranda
(1860). Con el seudónimo “Alvar” publicó en El Plata Ilustrado,
artículos sobre moda y costumbres. En Creaciones (1883) reúne
diversos relatos de corte fantástico u onírico.
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Eduardo Mansilla de
García publicó esta novela en 1860, bajo el nombre de su hijo Daniel
García Mansilla. Pinta en ella, románticamente, costumbres
campesinas que no parecen corresponder estrictamente,
testimonialmente, a la situación de un interior atormentado por la
guerra civil. No es, por lo tanto, una expresión del desarrollo de
nuestro país como historia, sino del desarrollo de nuestra
literatura como voluntad de constituir un género según los modelos
más prestigiosos en boga, parte de su interés radica en el hecho de
que se trata de una de las primeras escritoras argentinas.
Transcribimos los capítulos VIII, IX y X de la edición de
Eudeba, Buenos Aires, 1962.
Capítulo VIII
CARÁCTER DE NUESTROS AMIGOS – INFLUENCIA DE CIERTOS LIBROS
Después de la oración
y luego que se han dado gracias a Dios al terminarse el día,
pidiéndole igual favor para el siguiente, nos reuníamos todos
nuevamente en la sala para tomar el té.
Las niñas traen las tazas que colocan sobre la mesa
que está en el medio, preparan el agua caliente en una caldera de
cobre que brilla como si fuera de oro, gracias a su constante
prolijidad, acercan sillas a la mesa, cortan el pan en rebanadas que
untan con delicada manteca de cabra y previenen a Aunt Jane que está
todo pronto. El golpe de la muleta de mi hermana que se levanta
gravemente para ir a hacer el té, prerrogativa de que era tan
celosa, como ña Marica de su escoba, me advierte que es tiempo de
dejar mi libro para acercarme a la mesa en donde yo sólo falto, pues
han venido ya todos los tertulianos.
Mi tertulia diaria la componían un pariente de mi
mujer, hombre de cuarenta años con alguna fortuna hecha en las minas
de Copiapó, de carácter jovial aunque algo desigual, susceptible de
veleidades, siempre muy preocupado del atavío de su persona y del
buen efecto de sus chistes.
Dios me perdone el mal juicio: creo que tiene
pretensiones sobre Lía y, si he de ser más explícito, juzgo que
piensa en las dos hermanas con igual terneza.
Trae siempre noticias de los recién llegados y de la
crónica de la ciudad; es no obstante un ser inofensivo, que no hace
mal a nadie y que estaría dispuesto a hacer bien, siempre que no se
tratara de dinero o cosas que lo valgan. Viste a la última moda (de
Mendoza), usa un reloj monumental, y si no fuese por sus
pretensiones de dandy sería candidato para
gobernador: por lo demás,
absolutamente ignorante en toda materia, sólo se precia de buen mozo
y hace bien, porque su cara algo arremolachada ostenta un par de
ojos tan pequeñitos que parecen más bien dos ojales, y una nariz
algo aplastada y
verrugosa; sin embargo, es garboso y bien plantado,
y nadie entra a una sala o saluda a una dama con mayor tiesura y
gracia que don Urbano Díaz; nombre que parece hecho a propósito y
del cual saca él gran provecho.
Cariñoso con mi mujer, urbano en extremo con mi
hermana; sólo con las sobrinitas observa una elegante reserva, que
aumenta cada día a medida que las niñas crecen en años y en
encantos: jamás se permite tutearlas, llámalas mis señoritas, y a
pesar de venir todas las noches infaliblemente a recibir su taza de
té repite el eterno “doy a usted las gracias, está delicioso”.
Su compañero es todo
lo más opuesto, tiene por nombre Amancio Ruiz y cuenta sólo
veinticuatro años. Pálido y delgado en extremo, ofrece un contraste
singular con don Urbano; y como si la naturaleza se hubiera
complacido en hacer a estos dos hombres destinados a verse todos los
días, el reverso el uno del otro, dio a éste dos enormes ojos
negros, sombreados de largas pestañas e inclinados siempre al suelo,
como si el peso de ellas le impidiese levantarlos de continuo. Don
Urbano todo lo sabe, todo lo ve, con sus ojitos chicos e inquietos,
mientras Amancio parece vivir ocupado exclusivamente de un
pensamiento oculto. No sabe nunca noticias, habla poquísimo,
descuida su traje con exceso y cuida sólo sus hermosos cabellos
negros que caen ensortijados sobre su frente pálida y desenvuelta.
Pobre y sin más recursos que su trabajo, vive con el mezquino sueldo
de secretario y consejero del señor juez de primera instancia, alias
el Tuerto, sueldo que es tan sólo de cuatro pesos fuertes, teniendo
que mantener con tan módica suma a su madre anciana y a dos hermanas
tan vanas y pretenciosas como enemigas del trabajo.
Amancio viene todas las noches durante una hora y en
seguida se vuelve a trabajar, copiando y escribiendo cuanto se le
presenta para aumentar su escasa renta.
Durante el tiempo que está en casa, si la
conversación es general, él permanece callado, con los ojos bajos
mientras no se le haga alguna pregunta, y muchas veces es necesario
repetirla, porque parece siempre ausente de pensamiento, sin embargo
no hay en su mirada nada de torvo ni empacado, al contrario, cuando
haciendo un esfuerzo, que le cuesta siempre un suspiro, levanta su
hermosa cabeza, demasiado grande para su cuerpo endeble, o su cuello
largo y delicado, sus ojos dejan ver claramente a través de su
pupila inteligente y ancha un no sé qué de misterioso y profundo que
atrae, pero que hace daño y causa miedo, pareciendo que aquella
mirada nos trasmite algún dolor oculto y misterioso.
¡Pobre alma enferma! Desde su entrada en la vida, se
consume presa en la cárcel de sus aspiraciones; su imaginación
ardiente y voraz le pinta sin cesar otro mundo, otro campo a su
vasta inteligencia, mientras que la cruel realidad le oprime entre
sus garras.
Hijo de un soldado que murió combatiendo en tanto
nacía él huérfano, que había participado de todas las angustias que
agitaron a la esposa que llora el marido ausente, y a la madre que
ve a sus hijos sin pan, Amancio vino al mundo entre lágrimas y
escasez: su vida debía continuar del mismo modo.
A los diez años quiso la suerte viniese a
establecerse en San Luis un tío de su madre que era sacerdote, el
cual tomó la familia bajo su protección y se ocupó de la educación
del huérfano. Desgraciadamente este tío murió pocos años después,
legando a su protegido sus libros y algunos papeles de familia por
toda herencia. La madre pensó desde luego deshacerse del legado,
como inútil, por unos pocos reales, junto con los pocos muebles que
le habían tocado a ella en herencia, pero Amancio a pesar de su poca
edad, suplicó con lágrimas, le dejasen sus libros y vendiesen más
bien el armario que los encerraba, que era de buena madera tallada.
Consintió en hora funesta la buena madre, y el hijo
conservó su tesoro. El primero de esos libros que leyó el puntano y
le hizo una extraña impresión, fue un tomo trunco del
Diccionario
Filosófico
que escogió al acaso; en seguida las Ruinas de Palmira
pusieron su espíritu en tortura, y para completar su educación moral
hubo de leer las confesiones de Juan Jacobo Rousseau.
Imaginad a este nuevo mártir del pensamiento
encerrado ocho horas del día en casa de un lomillero, aprendiendo el
oficio, a media ración de pan para venir en seguida a su casa a
devorar la biblioteca de su tío, echado en un mal jergón, con el
estómago vacío, a la luz incierta del crepúsculo.
Cuánto debió sufrir esa alma joven y ardiente, qué
alimento para un espíritu puro y nuevo, sin más guía que su propia
inspiración, sin más ley que los movimientos de su corazón.
Pronto cobró Amancio aversión al trabajo,
pareciéndole corto el tiempo para empapar su espíritu en aquel
veneno sutil, que gastaba tan temprano los resortes de su alma. Dejó
el oficio, engañó a su madre, y por tal de tener mayor libertad para
entregarse a la meditación de sus libros queridos, se pasó días
enteros sin probar alimento. Un día por fin, trajéronselo a la pobre
madre desmayado de la calle: el infeliz tenía fiebre. ¡Quién sabe
desde cuándo no comía ni dormía! Desde ese momento conozco a su
familia. Amancio no me hizo entonces ninguna confidencia, sin
embargo, desde que penetré en su mezquina habitación, sembrada de
libros por todos lados y falta de aquellas comodidades más
indispensables para la vida, todo lo comprendí, no teniendo límites
mi asombro a medida que leía los títulos de esos libros, compañeros
inseparables del infeliz lomillero.
Gracias a mis cuidados, recobró la salud, y desde ese
momento me propuse salvarlo. Le hablé sin rodeos, descubrí sin
piedad una a una las heridas de aquel corazón joven envejecido ya
por una monstruosa experiencia, logrando me confiara sus penas y se
entregase a mí.
¡Pobre niño! ¡Cómo se enterneció mi corazón cuando al
cabo de seis meses de vivir con nosotros, como hijo y siempre a mi
lado, me dijo!:
“Señor, voy a pedir perdón a mi madre y a mis
hermanas, quiero trabajar, conozco que ha llegado la hora de pagar
mi deuda: ¡soy muy culpable!”
Al punto me ocupé de
buscarle una ocupación más adecuada a sus disposiciones
intelectuales, comprendiendo que su organización delicada y
eminentemente nerviosa, no se prestaba a ningún trabajo grosero y
puramente mecánico. De haber tenido yo fortuna le habría desde luego
mandado a Buenos Aires a estudiar, como él ardientemente lo deseaba,
pero esto era irrealizable, pues mi profesión no me daba a ganar
nada, reduciéndose mi clientela casi toda a gente muy pobre a la
cual era necesario las más veces llevar hasta los remedios. Nunca
consentí en recibir el dinero del necesitado.
Difícil era hallar nada mejor que aquel empleo de
secretario del señor juez, y no me costó poco trabajo conseguirlo de
aquél a quien yo no conocía y que a la verdad era personaje poco
accesible.
Cordobés de nacimiento y tuerto por accidente, el
señor Robledo se consideraba una lumbrera capaz de deslumbrar con
sus rayos a todo el continente americano. Habiendo pasado sus
primeros años estudiando la jurisprudencia en su ciudad natal, se
fue en seguida a Mendoza. Así que se graduó el doctor, quiso su mala
suerte tuviera mal éxito en todo cuanto emprendiera, y sobre todo
que la generalidad no participase de su convicción respecto la
propia ciencia y talentos, lo cual contribuyó y no poco a volverle
aún más huraño y descontentadizo de lo que la naturaleza le había
creado.
Lanzado en la política, perdió en ella tiempo, afanes
y uno de los ojos de resultas de una expresiva demostración de parte
de uno de sus contendientes. En fin, llegó el hombre a San Luis.
Aquí los dados se vuelven y helo hecho un nuevo mecenas, con honores
y prerrogativas de todo
género, pues, según aseguran, el gobernador no le niega nada y no
deshace nunca lo que el tuerto manda.
Vale la pena de serlo, ¿quién sabe si a eso no debe
aquél todo su favor de que saca tan buen partido?
No lo sé, y esto es mera suposición, pero lo que sí
puedo asegurar es que mi protegido debió exclusivamente la posición
que cerca del juez ocupaba, a ese defecto, pues éste se fatigaba
extraordinariamente de escribir con un solo ojo y no hacía sino
poner su complicada firma a todo cuanto dictaba a su inteligente
secretario, con el cual parecía entenderse admirablemente.
CAPÍTULO IX
DON URBANO TIENE UNA BUENA OCURRENCIA Y AMANCIO ME DA QUE PENSAR
Una noche que según costumbre nos hallábamos reunidos
alrededor de la mesa del té, haciendo ya rato que la conversación
había cesado, don Urbano, que generalmente era el que daba la señal
de la retirada, dijo con voz compungida:
“Parece que no hay medio de alegrar esta casa, ya no
hay música, todos están tristes y juzgo que esto no tiene fin.
¿Hasta cuándo, señoritas, ha de durar este estado tan odioso?”
Y como su mirada se dirigiese a las dos hermanas
alternativamente, Lía respondió.
“Mamá está triste, don Urbano, siempre triste, porque
aún no hemos tenido cartas de Juan: por esa razón no tocamos el
arpa. ¿No es cierto, Sara?”
Sara miró a su madre, y viendo que ésta llevaba el
pañuelo a los ojos, se volvió a su hermana con aire de reproche. Mi
hija menor se puso encendida y bajó los ojos tristemente. Yo me
había apercibido de todo y deseaba salir de la penosa situación en
que nos había dejado la partida de mi hijo, dije a la confusa Lía:
“Tiene razón don Urbano, estamos demasiado tristes, y si la tristeza
se prolonga, nuestros amigos huirán de nosotros. Templa tu arpa,
hija mía, y cántanos algo.”
Lía miró a su madre con duda, y me respondió: “No sé
si mamá...”
“Canta, hija mía —díjole suavemente María—, la música
me hará bien pero ven antes cerca de mí.”
Lía se acercó a su madre, y ésta la besó en ambas
mejillas.
Don Urbano, encantado del buen éxito de sus palabras,
acercó el arpa con amable solicitud, ofreció la llave a Lía, colocó
el asiento y permaneció de pie a su lado.
Lía tenía la voz hermosísima, fresca y ágil; yo había
sido su maestro y como mis conocimientos musicales sólo se reducían
a leer la música con facilidad, no pude enseñarle sino lo poco que
yo sabía, sin embargo, como desde sus primeros años se ejercitaba en
imitar el canto de todos los pájaros, llegó a adquirir en este
ejercicio tan asombrosa maestría, que se me ocurrió la idea de
dedicarla al estudio de la vocalización, procurándole ese género de
estudios y siguiendo la inspiración propia. En efecto, en poco
tiempo cantó con gran facilidad los más difíciles ejercicios,
acompañándose ella misma, siendo de notar que prefería siempre
cantar con las menos palabras posibles. Hacía un arpegio, corría las
manos por las cuerdas del arpa, y un torrente de notas cristalinas y
metálicas brotaba de su garganta, sin idea fija, sin regla ni
método, pero con la más encantadora facilidad y gracia.
¡Esa noche estuvo admirable!, ¡qué lujo de
dificultades!, ¡qué trinos! Su voz tenía una pureza de timbre
extraordinaria, las notas parecían gotas de agua. Con la cabeza
echada hacia atrás, con los rubios cabellos agitados por la brisa de
la noche que entraba por las ventanas entreabiertas, Lía parecía el
ángel de la inspiración juvenil y caprichosa desafiando el arte
humano. Por momentos creía verla remontarse al cielo desplegando
ocultas alas, todos estábamos conmovidos, María lloraba, pero sus
lágrimas dulces y abundantes eran un alivio para su corazón.
Don Urbano parecía petrificado, Sara contemplaba a su
hermana con la expresión con que los niños miran una pintura
sagrada, con esa mezcla de respetuosa admiración, ¡acompañada de
tanto amor! Jane parecía completamente dormida, y sólo la constante
agitación de sus párpados demostraba todo lo contrario. Amancio no
estaba ya en la habitación, nadie había notado su salida.
Cesó el canto, Lía vino nuevamente a abrazar a su
madre y salió de la sala poco después, seguida de su hermana. Don
Urbano sacó el reloj y viendo que eran las nueve, se despidió de
nosotros, asegurándonos que en su vida olvidaría tan deliciosa
noche. Fue entonces que echamos de menos a Amancio; don Urbano
criticó mucho su inoportuna fuga, recomendó con repetición a mi
mujer saludara a las niñas y se marchó diciéndonos el consabido
hasta mañana. No dejó de preocuparme algo la conducta de mi joven
protegido, causándome desvelo gran parte de la noche esa
circunstancia insignificante al parecer, pero que tratándose de
Amancio, a quien tanto quería, tomaba para mí grandes proporciones.
CAPÍTULO X
CARLOS GIFFORD. – SORPRESA. – ES UN DEBER
PERDONAR LAS OFENSAS
Al día siguiente muy de mañana, cuando me preparaba a
montar a caballo para ir a hacer visita a mis enfermos, se me
presentó con una carta un hombre que parecía peón de carretas. Al
momento imaginé sería de mi hijo, y me apresuré a abrirla; pero
viendo que no era su letra, le pregunté quién se la había dado, a lo
cual respondió habérsela entregado el mozo rubio que venía de Buenos
Aires, que estaba en la posta.
No puedo explicar el cúmulo de emociones que agitó mi
alma cuando en mi impaciencia por saber quien me escribía, recurrí a
la firma y leí el nombre de Carlos Gifford.
Después de tantos años, este nombre se me presentaba
como una evocación del pasado. Preocupado con recuerdos dolorosos,
sorprendido mi espíritu por lo inesperado, fijaba los ojos en la
carta sin poder leer una sola palabra, sacándome de este estado la
voz del peón, que me pedía respuesta. No puedo contestar ahora, le
dije, yo mandaré después, más tarde, y me dirigí a mi cuarto con la
carta, sin saber lo que pasaba por mí.
¿Qué podía quererme Carlos Gifford después de treinta
años? ¿qué había ya de común entre el opulento propietario de
Inglaterra y el pobre médico de San Luis?
Carlos a quien tanto había yo amado y que tan ingrato
se había mostrado con el amigo ¿qué podía decirme? Abrí de nuevo la
carta y leí con creciente emoción lo que sigue:
“James:
Si no conociera tu corazón, nunca hubieras recibido
esta carta; sé que al encontrarte con el nombre de Carlos Gifford al
pie de estas líneas, tu alma no sentirá ningún mal movimiento.
Perdóname aunque no lo merezco, porque el camino de la virtud no es
igualmente fácil para todos. Ya no soy rico, James, y éste es el
mejor título que tengo a tu amistad.
Como vino mi fortuna así se ha marchado, he perdido
casi todo en especulaciones descabelladas. Hoy ya viejo y enfermo
cuento apenas con lo necesario para concluir mi vida.
Tengo un hijo, un hijo que es la única criatura que
me ama; por él hubiera dado mi propia existencia, por su felicidad
sacrifico hoy mi orgullo, que sabes cuánto poder tiene sobre mi
corazón; ámale en nombre de lo que fui en otro tiempo para ti,
guíale con tus consejos.
Él nada sabe de mi falta, tú harás a este
respecto lo que halles conveniente, confío en ti y no temo ya la
muerte. Ya no nos volveremos a ver en la tierra. Pobre Jane, sírvale
de consuelo mi vida desgraciada siempre y sin amor. Todo se compra
menos la felicidad.
Adiós.
Carlos Gifford”
Londres, 27 de Marzo de 185...
Cuando acabé de leer esta carta mi cara estaba bañada
en lágrimas, el corazón me latía con violencia; mi primer movimiento
fue correr en busca del hijo de Carlos. ¡Joven, en tierra extraña,
lejos de su padre! Pensé en mi hijo y me dirigí a la puerta.
El recuerdo de Jane clavó mis pies al suelo. ¿Cómo
recibiría ella al hijo del culpable Gifford? ¿Cómo anunciarle
aquella extraña noticia? La idea de renovar tan amargos recuerdos en
su corazón me hacía daño. Decidí consultar a María. ¿Quién mejor que
una mujer podía fallar en cuestiones de sentimiento? ¿No son ellas
la parte sensible del universo? Mi mujer oyó leer aquella carta con
extraordinaria emoción, y con una confianza verdaderamente sublime
exclamó:
“Si Jane amó a este hombre, recibirá bien a su hijo,
no lo dudes, ¡pobre Carlos! ¡pobre Jane! Yo le hablaré, amigo mío;
ve en busca de ese joven, no podemos cerrarle nuestros brazos. Anda,
Dios me inspirará.”
Poco rato después me
dirigía yo en mi tordillo a la posta, avivando cuanto podía su andar
que nunca me había parecido más lento y acompasado; a mi llegada vi
un grupo de personas de diversos trajes y edades examinando un
avestruz de clase rara, que hacía esfuerzos por salirse de un
pequeño corral en que estaba encerrado. En el momento reconocí entre
ellas al hijo de Carlos Gifford, la semejanza con su padre era
completa, la misma belleza de formas, el mismo rostro, le hubiera
reconocido entre mil. Al punto me dirigí a él, y aún me conmuevo al
recordar la expresión de sus bellas facciones al tenderme la mano
diciéndome:
“Yo soy el que usted busca, porque usted debe ser
amigo de mi padre, el doctor Wilson, a quien vengo procurando desde
Inglaterra.” Le abrí mis brazos y le besé como a mi hijo.
Bien hubiera querido volverme con él al instante,
pero aunque había sólo media legua de la posta a mi hacienda, él
insistió con tierna solicitud en que descansase, y yo juzgué muy
conveniente dar tiempo a mi buena María para preparar a mi hermana.
A medida que hablaba con el joven Gifford, le cobraba
más afecto, apreciando por su conversación sensata y franca las
prendas de su corazón. Me habló con enternecimiento de su padre,
aunque, según me dijo, hacía poco tiempo que le había conocido,
habiéndose él educado en Escocia al lado de una hermana de su madre,
que había muerto hacía dos años, dejándole heredero de su pequeña
fortuna.
Con una delicadeza que acabó de ganarle mi corazón,
me dijo que habiéndose arruinado su padre en sus especulaciones en
la India, él le había propuesto venirse a América a buscar fortuna,
debiendo el padre anciano disfrutar de aquella herencia que él le
cedía sin reserva, tomando estrictamente lo necesario para el viaje.
Tan noble rasgo debió conmover el corazón del
ambicioso Gifford, recordándole los buenos días de su pasado. La
virtud del hijo inspirole sin duda esa carta: ¡dichoso padre!
Jorge Gifford era un hijo modelo: más respeto, más
desinterés no era posible tener. Durante el camino me dijo que su
padre le había hablado de nuestra antigua amistad y que la pintura
que le hacía de mi carácter le había decidido completamente a venir
a América. Me pidió noticias de mi familia, y yo, que en llegando a
ese punto me siento flaquear, creo que pasé más de la mitad del
camino hablándole de mis puntanitas. También le hablé de mi hermana
exagerando casi sin darme cuenta la esquivez de su genio; temía
extraordinariamente hiciese mala acogida a mi nuevo amigo, en cuya
grata compañía hallé corto y ameno el camino.
Eudeba, Buenos Aires, 1962
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