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Pablo o la vida en las pampas fue
escrita en francés y publicada en París en 1869 por la Casa Lachaud.
La presente traducción es de Alicia Mercedes Chiesa (Editorial
Confluencia, Buenos Aires, 1999)
Capítulo I
La papeleta
Una amplia y abierta
llanura se extiende en vasta sabana hacia los cuatro puntos
cardinales. La mirada abraza un inmenso horizonte cuya línea azulada
se confunde con el color de un cielo diáfano, sin la menor sombra de
nubes en su bóveda gigantesca.
Es la hora del mediodía. Con su poderosa potencia, el
sol del hemisferio austral arroja sus rayos de fuego sobre la
tierra. El calor es agobiante, el silencio absoluto.
La pampa parece descansar; en el inmenso desierto
reina el silencio.
Una hierba corta y dura, reseca por el calor, cubre
el suelo; aquí y allá, enormes y áridos cardos alzan penosamente sus
calvas cabezas.
Ni un soplo de aire agita la masa de copos blancos y
sedosos que se desprenden de los cardos a medida que se van secando,
mientras que la más leve brisa los transporta a grandes distancias
donde se amontonan en capas, como ocurre con la nieve.
El terrible pampero, compañero del invierno, brilla
por su ausencia; el viento del sudoeste tiene aún un largo camino
para recorrer.
No hay un solo árbol bajo cuya sombra el fatigado
viajero pueda disfrutar de un momento de reposo; cada tanto, algún
cactus, con su coloración verde oliva, se eleva orgulloso hacia el
cielo, al que parece desafiar por la rigidez y la altura del tronco
que remata una flor dorada.
Los cactus acentúan la desnudez del paisaje y
patentizan la soledad. Emplazados en ese desierto, hacen las veces
de mojones, facilitándole al hombre apreciar la inmensidad que lo
rodea. Esa misma sensación percibimos en el mar, cuando vemos surgir
en el horizonte el mástil de algún navío.
Se vislumbran también resabios de los orígenes en
esta naturaleza gigantesca y severa, en esta tierra plana y sin
declives, en este suelo suave y desnudo en el que los grandes
árboles no han tenido tiempo para crecer, y donde las aguas
indecisas en su recorrido ya desbordan su cauce anegando regiones
enteras, ya disminuyen su caudal produciendo sequías.
En el tórrido mediodía ningún pájaro surca con su
vuelo rápido la pampa desierta y silenciosa, verdadero océano de
luz. El tero y el chajá se cobijan en la tupida hierba reseca. A
falta de grandes árboles, los pájaros anidan en pajonales, especies
de selvas en miniatura.
A tal hora, todo se acalla en la vasta soledad. La
gacela juguetona se acurruca perezosamente bajo las altas hierbas;
el carpincho reposa al sol a orillas de la laguna y la vaca
atigrada, con su andar discreto, marcha tranquila y desdeñosa junto
al caballo fogoso y coceador, con el que comparte el alimento.
Al mediodía, la pampa se entrega impávida al sol
cuyos abrazos prolongados e implacables resecan la tierra yerma.
En proporción a una llanura tan inmensa, cuyo
horizonte ilimitado se abarca a duras penas, uno imagina mastodontes
gigantes y enormes megaterios, sin embargo en esta tierra no abundan
los animales y los que hay son pequeños, lo que produce un
sorprendente contraste. Y a su pesar, el hombre empequeñecido e
incluso anonadado ante esa inmensidad tiene la sensación de que esa
tierra necesita todavía varios siglos de reposo.
¿Quién sabe...? Tal vez esa gran llanura no esté aún
en condiciones de albergar a seres humanos.
Esa poderosa naturaleza obra de manera extraña en la
organización humana. Su atmósfera excesivamente vivificante —a la
que llaman aire libre— aniquila a los débiles, en tanto que los
seres robustos y verdaderamente superiores, inmersos en ese aire
puro y tonificante que atraviesa la vasta soledad, se sienten
desbordados de vitalidad.
Se produce un paralelismo entre el mundo físico y el
moral: el débil sucumbe; la fuerza, triunfa.
En este mar inmóvil, como en aquél agitado por el
oleaje, los objetos pueden percibirse a gran distancia. No bien
asoma algo por el horizonte, la vista lo capta y, poco a poco, su
forma se va esbozando.
Dos bueyes de color rojizo avanzan lentamente tirando
una carreta. Por la altura, la forma cuadrada y el techo de paja se
parece a una choza ambulante.
Los bueyes caminan lentamente y a la buena de Dios,
deteniéndose aquí y allá con indolencia. No dan la sensación de
haber realizado un largo recorrido, porque, a pesar del calor
agobiante, el pelaje liso y satinado no tiene el más mínimo rastro
de sudor.
A pesar de parecer andar según su voluntad,
deteniéndose negligentemente a cada instante para pacer la hierba
casi reseca, los bueyes saben lo que se espera de ellos: seguir
recorriendo el camino que ha de llevarlos a buen puerto. No hay en
su marcha la menor vacilación; se detienen y luego retoman el paso
lento y mesurado como buenos camaradas, y, seguros de sí mismos,
avanzan sin precipitarse, mirando con sus grandes ojos velados al
saurio que se desliza acariciando la tierra y al tero que descansa
acurrucado en la hierba. A las aves de la pampa no las perturba la
proximidad de los bueyes ni los sonidos agudos y prolongados que
producen al girar las ruedas de la carreta. Como si nada ocurriese,
permanecen en sus nidos o continúan impávidas su camino.
Lánguidamente recostado de espaldas en el interior
del vehículo, parece dormir un hombre, que con el poncho hábilmente
adosado a un extremo de la carreta, se protege de la deslumbrante
claridad.
Sus formas esbeltas y algo menudas y el gracioso
abandono del reposo revelan que se trata de un joven.
Por indumentaria, usa una tela (chiripá) de rayas
rojas y azules, que perfila el talle fino y contorneado, camisa
blanca de tela tosca y pantalón bombacha adornado con una ancha
faja. Sujeta su vestimenta un cinturón de cuero decorado con piezas
de plata. Lleva en los pies, menudos y bien formados, que se
calcinan al sol, calzado de cuero ceñido que destaca los tobillos
finos y bien moldeados.
Dulcemente acunado por el rítmico y cadencioso
movimiento de la carreta, el joven gaucho reposa imperturbable. Se
encuentra en ese estado de agradable sopor en el que la mente
confunde fantasía y realidad, sueño y aspiración.
La carreta continúa su camino...
¿Adónde va?
¿Quién es el joven que reposa en su interior?
¿Qué hace?
¿De dónde viene?
¿Por qué los bueyes parecen andar a la buena de Dios?
La explicación es sencilla: los animales conocen bien
el camino, y el pasajero, como buen gaucho, no tiene apuro. Si en
lugar de andar a paso cansino el joven quisiera apremiar a la
perezosa yunta, sólo tendría que azuzarla con el largo madero
ubicado en la parte anterior de la carreta. Al más mínimo
movimiento, el extremo acerado de la flexible tacuara
podría acicatear alternativamente los flancos de los pacíficos
colorados.
¿Adónde se dirigen?
A la querencia.
Lamentablemente, la palabra querencia no tiene
equivalente ni en francés ni en otro idioma. Literalmente significa
el lugar amado, es decir, la morada, el home de los ingleses,
pero los gauchos emplean este término sólo para referirse al hogar
de los animales, quizá porque la vida nómade los priva de tener
querencia.
¿Quién es?
Es un muchacho vigoroso, radiante de vida y
fortaleza, y que, además, está enamorado.
Se llama Pablo. Es feliz porque viene de ver a la
mujer de sus sueños, la hermosa Dolores, a la que quiere como se
quiere a los dieciocho años al primer amor.
¿Va a la querencia? No, porque de tener querencia,
sería la casa de Dolores, el lugar de donde viene.
En sus ensueños recrea la singular belleza de la
joven, su mirada embriagadora, el eco de su voz en el corazón... A
veces duda de su amor porque si pudiera, la quebraría en un estrecho
abrazo...
“Y ella, ¿piensa en mí?...? Es tan rica y yo tan
pobre... Su tata es el dueño de una estancia y de más de cuatro mil
cabezas de ganado... Soy un pobre loco... ¡Las cosas que me da por
pensar!”
Su mente deja atrás esas dudas dolorosas para volver
a la hermosa Dolores. “El día que la vi en la puerta de su casa, con
sus palomas. ¡Nunca había visto tan lindo el cielo...!
“Con qué fuerza me latía el corazón cuando se me
acercó para elegir las sandías, tocándolas con esas manos tan
chiquitas. Y cuando me dijo con esa voz de gurisa: ‘Buenos días,
Pablo, ¿y doña Micaela, tu mamá?’
“Yo le contesté que andaba bien, y me quedé
callado... Quería mirarla, nada más... Un vientito, y ahí nomás me
iba al suelo... Morirse debe de ser así...”
El gaucho enamorado suspiró profundamente al recordar
a su amada.
Los bueyes continúan la marcha...
A lo lejos se oyen pasos de caballos. El joven gaucho
se sienta rápidamente y con un movimiento brusco desprende el poncho
que le ocultaba el día. Como la claridad lo enceguece, se pone la
mano en la frente a modo de visera, escrutando a lo lejos con la
mirada.
El hombre de la pampa, como el marino, puede ver con
nitidez a la distancia.
Lo que divisa lo inquieta a tal punto que se endereza
completamente, como impulsado por un resorte, mientras agita con
violencia la cuerda de su aguijón.
La dócil yunta comprende y, al punto, parte al trote.
—Es una partida— se dice nervioso, revisando los
bolsillos del cinturón. No busca un arma: el cuchillo sigue
tranquilo en la vaina colocada de través en la cintura.
No tiene intención de hacerles frente, además tampoco
podría enfrentarse solo con seis hombres. También hay otra razón: el
gaucho no quiere ni entiende a la autoridad, pero, en un primer
momento, la deja hacer.
La carreta trota, gana terreno, mas todo es en vano.
La partida se aproxima; ya se puede oír la voz del
jefe gritando alto. Felizmente Pablo encontró lo que buscaba: un
papel plegado en cuatro. De pie, con un brazo apoyado en la carreta,
se queda quieto. Con los dedos largos y delgados aprieta nervioso el
papel que buscaba. El hallazgo no parece haberlo tranquilizado pues
el rostro refleja inquietud.
A pesar del susto, el joven gaucho tiene un muy buen
aspecto. Unas mechas de su pelo negro mate, largas y ligeramente
onduladas, le cubren la frente pálida. Los ojos rasgados de color
marrón, que conservan el fluido encantador de su ensueño amoroso,
tienen una extraña expresión, mezcla indefinida de inquietud y
ternura. Se diría que esos ojos apenas distinguen lo que ven, apenas
perciben la realidad. A veces, cuando se anuncia tormenta, el aire
se espesa y las nubes se amontonan en negros y espesos torbellinos,
pero un pedazo de cielo conserva su límpida claridad, como si la luz
cediese paso a la sombra a regañadientes.
Seis hombres a caballo rodean la carreta,
deteniéndola con tal brusquedad que Pablo trastabilla y cae. Su
rostro masculino delata terror.
La pintoresca indumentaria de esos hombres es el
producto de una rara combinación del uniforme militar europeo y la
vestimenta gaucha. Llevan chiripá y bombachas americanas, pero,
además, el quepis del soldado francés y unos chaqués medio rotosos.
Una franja dorada por allí, unos adornos por allá, parecen indicar
la jerarquía militar; pero no hay que fiarse demasiado, ya que esta
gente se viste como puede, no como quiere. Están armados con una
espada corta y oxidada, que llevan de lado; algunos tienen también
una carabina en bandolera. Los escuálidos caballos se ven sucios y
descuidados como sus propios dueños. Sin embargo, si es necesario,
los pobres animales harán en un solo día decenas de leguas sin comer
ni beber. La vida del caballo es tan dura como la de su jinete.
Al verlos arrojarse de imprevisto sobre Pablo, con
actitud amenazadora y soberbia, desatando los bueyes y forzando a su
dueño a que descienda, se los habría tomado por una banda de
forajidos. Al ver su aspecto harapiento y heterogéneo, un europeo se
hubiera creído ante los bravi de las pampas, pero nosotros,
los argentinos, sabemos a qué atenernos. Bajo ese desagradable
aspecto, agravado por el abandono y la pobreza, reconocemos sin
dificultad al habitante de nuestras zonas rurales transformado en
representante oficial de la autoridad.
En nuestras ciudades, en cambio, la autoridad
significa civilización, superioridad, refinamiento y cultura. A su
amparo surgen y se desarrollan teorías políticas que expresan el
ideal del hombre civilizado en materia de gobierno.
Partidos y revoluciones pueden, durante un tiempo,
hacer draconianas las leyes del país para provecho de unos y en
detrimento de otros, pero nunca, ni siquiera durante nuestras más
grandes tempestades sociales, la idea republicana dejó de latir al
unísono en todos los corazones, pues la llevamos arraigada por
tradición, experiencia y, sobre todo, por amor a la igualdad.
Si visitan nuestras ciudades, y después recorren el
campo, donde la única ley es la fuerza, podrán apreciar el
sorprendente contraste entre estas dos realidades.
Y, sin embargo, a pesar de lo que dicen, el gaucho no
es malo por naturaleza, sino agreste e indolente.
—¡Acérquese! —le dijo a Pablo con un vozarrón
aguardentoso el tipo al que le decían el comandante, y que bien
podría serlo, porque llevaba poncho y sombrero de paja, todo un lujo
para nuestro campo.
Sin decir una palabra, Pablo se acercó al comandante,
y le extendió la papeleta.
El oficial la tomó sin decir ni una palabra; fingió
leerla durante unos minutos, y luego la rompió, diciendo
tranquilamente:
—Está muy bien... pero el gobierno los necesita a
todos, ¡qué diablos!... ¡Vamos, suba!
Pablo no se atrevió a protestar ni a hacer el menor
gesto. De haberlo intentado, no hubiera tenido tiempo, pues uno de
los hombres lo agarró del brazo y lo hizo montar en las ancas de su
caballo.
—¡Andando! —le dijo el comandante a su gente—.
Tenemos un nuevo recluta.
Con una mirada Pablo se despidió de la carreta y los
bueyes, pensó en su madre y en Dolores, y desapareció en un remolino
de polvo.
Se lo llevan...
¿Adónde?
A pelear...
¿Contra quién?
No lo sabe... ¡Le da igual!
¿Volverá?
Tal vez nunca.
Perdido en la inmensa pampa, el joven acaba de perder
las esperanzas, ilusiones y penas, el amor y la juventud...
Los bueyes volverán a su querencia, ¿pero y él...?
El sol del crepúsculo incendiaba con sus rayos de
fuego la vasta llanura, la brisa comenzaba a soplar, y los
colorados, libres de la yunta, parecían reflexionar mientras
rumbeaban lentamente hacia el noreste.
Solos llegarían a la querencia.
Desde que tiene uso de razón, el francés sabe que en
determinado momento se debe a la Patria. En nuestro país no ocurre
lo mismo. A pesar de que nuestros legisladores se oponen al servicio
militar obligatorio, no bien “lo requiere” el gobierno, la autoridad
realiza razzias entre los pobres gauchos, apresándolos en
nombre de la ley. Deben ir a combatir en pro de una libertad que
para ellos se termina en el preciso momento en que marchan a
defenderla. Esto explica la idea fija de los gauchos, según la cual
la gente de “la ciudad” tiene dos leyes, una para ellos y otra para
los del campo.
Capítulo IV
Amor
—Entrá, Pablito... no
tengás miedo... —le decía la negra en voz baja al joven gaucho, que
la seguía tímidamente a poca distancia.
Resulta difícil
relatar las mañas de las que se valió la vieja nodriza para andar
bajo la luz vacilante de la luna velada, entre los hombres acostados
en el suelo y los bultos en desorden, sin tropezar a cada paso y sin
hacer ningún ruido, hasta llegar al enamorado payador. Nos basta con
saber que el éxito había coronado su temeraria empresa. Y digo
temeraria porque si la descubrían, corría el riesgo de que un hombre
de la partida, gente de sueño liviano sobre todo en territorio
enemigo, la mate de un cuchillazo. Pero la música de Pablo tuvo el
efecto de un bálsamo en esos organismos rústicos e impresionables...
Los armoniosos
acentos del inspirado payador parecían haber acallado los impulsos
hostiles y la odiosa desconfianza en los viriles corazones, para
despertar en su lugar, generosidad, confianza y fraternidad, ese
vínculo poderoso y sutil al mismo tiempo que los gauchos aún no
conocen.
Prueba de ello es que
al dejar el fogón, el sargento encargado de vigilar a Pablo le dijo,
con afecto:
—Compañero, me muero
de sueño; lo dejo un rato más a ver si cantando se amainan sus
penas. Sé que me puedo fiar de usted... Voy a acostarme... Hasta
mañana.
Dicho esto, dejó solo
a Pablo sentado junto al fogón. Allí lo encontró la negra, abrazando
la guitarra de Dolores.
En un primer momento
Pablo no entendió lo que se proponía, pero cuando ésta pronunció el
nombre de la muchacha se puso de pie enseguida y siguió en silencio
a la fiel casera.
Los latidos
retumbaban en su corazón creyendo intuir una loca y dulce
esperanza... Mientras avanzaba, se preguntaba ¿para qué lo llamaría?
Cuando Pablo entró en
la sala, la muchacha seguía en la ventana de espaldas a la puerta.
—Acá lo tenés, m’hija
—le dijo la negra al entrar; y tomando a Pablo de la mano lo condujo
junto a la hermosa Dolores, considerando su acción como la cosa más
natural del mundo.
—Estos mozos se
quieren —se dijo— ya me lo sospechaba... Si se quieren se lo tienen
que decir...— Y sin dar más vueltas al tema, la buena Rosa dejó
frente a frente a los enamorados y se fue a sentar tranquilamente,
en el umbral de la puerta. Una vez allí, sacó una pipa del bolsillo,
esa compañera inseparable de una vieja negra... Y mientras golpeaba
el pedernal, murmuraba a media voz:
—¡Pobres mocitos...!
En tanto, Dolores
giró hacia Pablo sin decir una palabra... En silencio y
profundamente conmovido, él la miró de tal modo que ella se sintió
dichosa.
La luna bañaba la
habitación con su luz plateada.
La muchacha suspiró
profundamente y le declaró con voz apagada:
—¡Yo también te
quiero, Pablo...!
Y repitió:
—¡Yo también!
Pablo se sintió morir
de tanta felicidad... y, por toda respuesta estrechó apasionadamente
entre sus brazos el bonito talle de Dolores, cubriendo su cabeza de
ardientes besos.
Ella respondió a sus
caricias, mirándolo con infinita ternura, y, como hablándose a sí
misma, agregó:
—¡Me lo dijiste todo
con tus canciones!
Dueño, al fin, de sus
palabras, Pablo exclamó entre dos besos:
—Dolores... mi
Dolores...
Y abatido de emoción,
el joven ardiente cayó al suelo desfallecido, arrastrando en su
caída el cuerpo flexible de la joven.
Ella lo creyó
herido... moribundo... El miedo, el amor, la juventud y la piedad
conspiraron en su contra... La enamorada aceptó las caricias del
fogoso gaucho, prodigándole los nombres más dulces que el amor pueda
inspirar...
Pablo tenía dieciocho
años. Los abrazos de la joven le despertaron impulsos desconocidos.
Ardiente de deseos, estrechó entre sus brazos el hermoso cuerpo de
la niña enamorada, hiriendo sus tesoros con el fulgor apasionado de
los sentidos, y Dolores se le entregó sin resistirse y con total
inconsciencia...
¡Momentáneo
resplandor! ¡Desconocida embriaguez...! ¡Fugitiva luz que desvanece
la oscuridad! Los hijos de la naturaleza traspasaron, sin saberlo,
el límite permitido.
Para ciertas
existencias, las crisis supremas son tan rápidas y abruptas que
parecen sustraerse a las leyes que regulan el tiempo.
Al perder a su madre
de niña, Dolores no tuvo una formación moral, por eso se entregó sin
comprender ni lo que daba ni lo que habría podido rechazar. La voz
del pudor ofendido le advirtió demasiado tarde que acababa de
cometer una falta... de infrigir una ley... ¿Pero cuál...? La
muchacha la ignoraba.
Pálida y temblorosa,
con los ojos llenos de lágrimas y el rostro alterado por un dolor
desconocido, se ofreció a los ojos de Pablo bajo la macilenta luz de
la luna en su ocaso.
En el ardor de la
pasión, con la fogosidad propia de la edad, movido por la
desesperación, Pablo osó tomar lo que el amor únicamente consiente a
la majestad de una promesa o al sacrificio de una virtud... aunque,
quizá lo ignorara.
Ella, pobre paloma
blanca de alas rotas, aceptó perder, sin saberlo y casi sin
desearlo, lo que la mujer posee como el don más preciado a los ojos
del hombre.
Y, sin embargo, en el
momento supremo, el ángel de la castidad, velando el rostro con su
ala cándida, se remontó a las regiones celestes para asegurarle a
El, quien conoce de las virtudes del alma de la muchacha, que pecaba
por exceso de inocencia...
Sentados en el suelo
uno junto al otro, unidos fraternalmente de las manos, sumergidos en
una atmósfera de tierna melancolía, los amantes permanecieron un
largo rato en silencio, olvidando ese instante de perdición.
De repente, las
miradas se encontraron, pero no se atrevieron, ni siquiera en voz
baja, a hablar de amor.
Cuando llegó la hora
de las tiernas confesiones, el amante sombrío le habló de sus dudas
y temores, acordándose de sus padecimientos, aun en ese momento.
En su afán por
tranquilizarlo, Dolores no omitió ni el más ingenuo detalle que el
amor atesora, y que las mujeres amantes justamente escatiman... Ella
todo lo recordó, lo explicó, lo comentó... con esa misteriosa
clarividencia típicamente femenina a la que el hombre no puede
aspirar. Las horas se les fueron escapando, rápidas y dulces, a los
enamorados.
Parecían olvidados de
la inexorable separación. ¡Eran tan felices!
Dolores rompió el
silencio, diciendo:
—¿Vas a acordarte de
mí cuando estés lejos?
Por toda respuesta,
el amante silencioso y soñador le estrechó dulcemente la mano.
Pero la joven,
insistente, le pidió con su más tierna voz:
—Contestame, mi amor,
contestame, decime que siempre me vas a querer...
Al escuchar decir
“siempre”, Pablo volvió a sumergirse en sus amargos recuerdos...
—¡Ay!, tener que
irme, Dolores —exclamó, como quien acaba de despertarse— ¡Vaya a
saber cuándo nos vamos a volver a ver...! ¿Por qué me hiciste
acordar...?
—Yo voy a pensar
siempre en vos —respondió dulcemente la muchacha—, siempre...
—Pero yo no te voy a
ver más, no voy a poder estrecharte en mis brazos, mi hermosa
Dolores... —agregó el gaucho enamorado abrazando a su amante— Ahora
soy un soldado; estoy muerto para siempre —terminó diciendo sombrío.
—Pero, ¿vas a pensar
en mí, Pablo...? ¿Me vas a querer a la distancia como me querés
ahora...?
—¡Qué desgracia...!
—exclamó el gaucho incorporándose con violencia— ...No los voy a
seguir; me voy a quedar... me voy a esconder, aunque digan que soy
un cobarde... Por vos, mi Lola —agregó volviendo su mirada enamorada
hacia la muchacha— ...por vos, ¡mi vida...!
—¡Oh, no, mi amor!
—dijo Dolores aterrorizada—. No. Tengo miedo; te van a matar. No...
no... Pablo... andate, andate... y volvé... ¡Voy a ser tan feliz el
día que te vuelva a ver...! —y se interrumpió ahogada en llanto.
Pero el joven gaucho,
con los ojos fuera de las órbitas, el ceño fruncido, los cabellos en
desorden y odio en su corazón, hizo oídos sordos a los consejos de
su amante...
—Ya va a amanecer
—dijo, dirigiéndose hacia la puerta— me vas a volver a ver; ahora
tengo que irme...
—¡Qué desgracia...!
—exclamó la joven, reteniéndolo por el chiripá que flotaba en
desorden— Pablo... escuchame...
—No... —le contestó
malhumorado— está amaneciendo... adiós...
Iba a franquear la
puerta, dejando a su amante presa de la desesperación, cuando la
negra, que acababa de despertarse, le cortó el paso:
—Se están
despertando, Pablito —le advirtió—, todavía tenés un ratito para
tomarte unos mates... el agua está lista.
—¡Cómo...! ¿Ya se
despertaron...? —murmuró Pablo entre dientes— Entonces no tengo
tiempo... ¡Estoy perdido! —Y se dejó caer en una silla,
descorazonado...
—¡Qué suerte!
—exclamó Dolores aproximándose a tía Rosa—; se iba a escapar...
—¡Cómo! ¡Escapar!
—replicó la negra— ¿Estás loco...? ¡Ay! ¡los mocitos! Esperá,
Pablito, esperá, cuando estés un poco más lejos... por allá... ¡Eh!
Ya sabés... —y la vieja, con complicidad, le señaló el norte—, si
rumbeás pa’ donde te digo te vas a poder juntar con los nuestros, y,
con ellos, estás salvado.
—Usted está loca
—objetó el gaucho—; no pienso mezclarme con esa gente.
—Pero si son buena
gente, de veras —le insistió tía Rosa—. Estos unitarios no tienen
arreglo... Despreciás a los nuestros y los tuyos te tratan como a un
forajido... Te lo merecés, entonces...
—Rosa, madre —observó
Dolores dulcemente—. ¡Está tan triste...! dejalo... ¿por qué?
—¡Sí...!, soy un
desgraciado —exclamó Pablo tristemente, siempre dispuesto a pasar de
un estado de ánimo a otro—, ¡soy un maldito desgraciado!
Dolores se le acercó
y lo rodeó con los brazos como protegiéndolo. En contraste con el
cuerpo menudo de la muchacha se destacaban las formas robustas de su
amante.
—¡Mal nacidos...!
—murmuró la negra entre dientes echando una mirada hacia la puerta.
No bien dijo estas
palabras, escucharon un vozarrón que venía del exterior:
—Sargento Benito...
el pájaro voló.
—Están hablando de
vos —le dijo Rosa—; me da lástima, pero no podemos esconderte.
—¿No...? —preguntó
Dolores mirándola con lágrimas en los ojos.
No, m’hija; nos lo
harán pagar muy caro.
—¿Qué me importa?
—respondió con valentía la muchacha aferrándose a Pablo.
—Al patrón sí que le
importa...
Y pronunciando estas
palabras, la negra se acercó a la puerta y dijo con brusquedad:
—¡Eh! ¡Eh!, sargento,
¡qué tanto espamento! El mozo está acá, vino a despedirse.
—Bueno... bueno...
—respondió el sargento—; los caballos están listos; que el muchacho
se apronte. Tenemos que estar en Rojas antes del mediodía.
—¡Banda de forajidos!
¿A mí qué me cuentan? —musitó la negra saliendo de la sala para ir a
prepararle el mate a Pablo.
Despuntaba el día;
hacia Oriente el horizonte empezaba a revestirse con ese tinte
encendido que, en esas regiones, precede al amanecer. El aire era
fresco y penetrante; el rocío de la víspera había humedecido la
hierba.
Los caballos de la
partida relinchaban aguda y prolongadamente mientras los preparaban
para el viaje. Los pobres animales habían pasado la noche al aire
libre, recibiendo la humedad en su escuálida carcasa. Apenas habían
podido alimentarse pues los pastos estaban resecos por el ardor del
verano y, además, porque la posibilidad de llegar a los mejores
pastos, dependía del largo de la soga.
Los gauchos, que
parecían comprender lo que significaban los relinchos de la famélica
caballada, les hablaban y los palmeaban.
—Panaché, en cuanto
hayamos llegado, te voy a dar una buena ración, te lo prometo —le
decía el comandante a su caballo, mientras le palmeaba las ancas. El
caballo parecía responderle relinchando con fuerza y enfilando hacia
la querencia. A veces uno de los animales se resistía a que lo
ensillen, entablándose una lucha tenaz entre caballo y jinete.
Entonces, los otros gauchos dejaban su trabajo para presenciar la
pelea, apostando al ganador.
—Apuesto a que le va
a jugar una mala pasada —gritaba uno.
—Buen caballo
—agregaba otro.
—Valiente, el mozo
—respondía un tercero.
Mientras algunos
gauchos se jugaban por el animal y otros, por el hombre, el jinete,
en silencio, luchaba pacientemente por dominar al caballo con una
destreza digna de un buen espectáculo. Una vez que el hombre
conseguía ponerle las caronas y la cincha, lo montaba a horcajadas
y, a rebencazos, lo obligaba a dar una vuelta alrededor del palenque.
Los compañeros festejaban ruidosamente la victoria del jinete.
Cuando la vieja mujer
le ofreció a Pablo un mate amargo, el más adecuado para un largo
viaje, Dolores le rogó con tanta ternura que lo aceptara, que el
joven no pudo resistirse.
—Me lo tomo por vos,
paloma mía —le dijo con afecto a la muchacha.
—Llevate también este
poncho, m’hijo —le aconsejó la negra—, y pensá lo que te dije...
—¡Andando! —gritó el
comandante. Y Pablo tuvo el terrible coraje de desprenderse de los
brazos cariñosos que querían retenerlo en un último abrazo.
Sin pronunciar una
palabra, el joven gaucho abandonó la sala, dejando a la muchacha
abatida de desesperación. La tía Rosa, que lo seguía a cierta
distancia, le puso en las manos un viejo sombrero de paja y unos
pesos.
Esta vez Pablo no
tuvo que compartir el caballo: la partida se había llevado un animal
de la estancia.
Ya el sol se dejaba
ver en el horizonte. Las cuerdas de la guitarra de Dolores, que
Pablo había dejado la noche anterior cerca de los restos del fogón,
brillaban con los primeros rayos.
Los ojos del gaucho
se clavaron en la guitarra de su amada y se nublaron al recordar la
embriagadora y dolorosa noche de amor.
Sintió una especie de
vértigo, pero no cayó del caballo gracias a su destreza.
A la voz del jefe la
partida se alejó al galope envuelta en una nube de polvo.
Cuando creyeron que
estaba suficientemente lejos, los peones volvieron para apreciar las
pérdidas.
La partida había
matado un novillo y se había llevado el caballo gris tordo del
patrón.
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