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Lucio Victorio
Mansilla, uno de los
escritores fundacionales de la literatura argentina,
nació en Buenos Aires en 1831 y murió en París en 1913. Era el
segundo de los tres
hijos que el general Lucio
Norberto
Mansilla (1792-1881) tuvo en su matrimonio con Agustina
Rozas, la
hermana menor de Juan Manuel de
Rosas
que,
al casarse era una hermosa niña de quince años. El general, viudo
entonces, era un
militar distinguido en las guerras de la Independencia y en la
Campaña del Brasil. Había
sido también político unitario: gobernador de Entre Ríos, y diputado
al Congreso de 1826: su casamiento le hizo ingresar al círculo
oficial más restringido durante el gobierno federal de Rosas
(1830-1852).
De
adolescente
Lucio no demostró gran interés
en
los estudios, ni constancia
en los
trabajos; a los veinte años un amorío le hizo
"perder
la cabeza"
y su padre lo envió con una comisión de negocios a la India; ello le
permitió conocer, además,
el Tíbet,
Egipto y Europa:
estaba en Londres cuando la noticia del pronunciamiento de Urquiza
(1851) lo decidió a regresar. Años después publicaría fragmentos del
diario de ese primer viaje: De Adén a Suez, 1855; y
Recuerdos de Egipto, 1863.
La caída del gobierno de Rosas y la
reacción popular inmediata obligaron al general Mansilla a marcharse
con sus dos hijos mayores a Montevideo, para seguir luego a Europa:
hasta Brasil viajaron en el mismo barco que Sarmiento, que se
marchaba disconforme con la política del general Urquiza, y trataba
de arrastrar a Mansilla con él a Chile (1852).
En España y en Francia el General y
su hijo Lucio Victorio pasaron unos meses inolvidables, en los que
se abrieron para ellos los salones más distinguidos y
exclusivos.
Se casó con su prima Catalina Ortiz de Rozas
(1853) culminando con ello un romántico amor juvenil: de ese primer
matrimonio, de felicidad poco duradera, nacieron cuatro hijos. Vivía
en Buenos Aires cuando,
el 22 de junio de 1856,
fue actor de un escándalo de grandes proporciones, al retar en el
Teatro Argentino al senador José Mármol, por haber agraviado a su
familia en su novela
Amalia.
Después de pasar más de un mes en la
cárcel, la sentencia final lo condenó a salir de Buenos Aires por
más de tres años. Los pasaría en Paraná, sede del gobierno de la
Confederación, de la que la capital estaba segregada, y se dedicó al
periodismo como director del órgano oficial de la Presidencia, El
Nacional Argentino (1857-1859), iniciándose, además, en la vida
política como diputado de un grupito disidente que buscaba la
conciliación con los porteños.
Tuvo entonces la fortuna de vivir en la confianza de los más
notables "hombres
de Paraná",
a quienes muchos años después evocaría en sus Retratos y
recuerdos (1894). De cualquier modo, deseaba volver, y en cuando
transcurrió el tiempo de su condena, se fue a Buenos Aires. Volvió
al periodismo político en los animados debates que siguieron a la
batalla de Cepeda (1859); como consecuencia de ello, Buenos Aires
consintió en revisar el texto de la Constitución que el resto del
país había aprobado. Mansilla reaparece como redactor de un
periódico moderado La Paz, para terciar entre los partidarios
extremos de la causa de Buenos Aires (El Nacional) y de la
Confederación (El Comercio del Plata, La Patria), sosteniendo
la conveniencia de admitir la Constitución a libro cerrado. Para
ayudar a la mayor ilustración de la polémica doctrinaria publica
entonces El Federalista, y las Consideraciones sobre la
naturaleza y tendencias de las instituciones liberales, de
Gederico Grimke (1858). Esa actividad debió sugerir su nombramiento
de secretario de la convención que el 14 de setiembre de 1860 aprobó
la Constitución Nacional.
Intervino en la batalla de Pavón
(1861), como capitán en las tropas de Buenos Aires: su actuación se
destaca en el parte del general vencedor Wenceslao Paunero. Iniciaba
entonces su carrera militar que no abandonaría ya: desde su
guarnición, en la frontera de Rojas, sigue escribiendo
constantemente, alternando reglamentos y proyectos militares con
traducciones (Vigny, Babrac), obras de teatro (Una tía,
comedia; y Altar Gull, drama inspirado en Eugè Sue, 1864).
Al volver de Chile con su jefe, el
general Emilio Mitre, se encontró con la Declaración de Guerra al
Paraguay, y marchó al frente: asistió a los combates de Tuyutí,
Boquerón y Sauce; y en el de Curupaití, vio morir a Dominguito
Sarmiento, con quien había anudado gran amistad. Además de
participar en las operaciones de la guerra, enviaba cartas a La
Tribuna de Buenos Aires, con seudónimos varios, en las que
comentaba en tono burlón la guerra, o criticaba los planes que él
mismo ejecutaba. Todo ello, con el natural desagrado de sus jefes.
Lo enviaron a Córdoba, para
participar en la represión de las montoneras de Juan Saa y Felipe
Varela, finalmente derrotados (1867). Entonces hizo pública la
simpatía que un grupo del ejército sentía por la candidatura
presidencial de Sarmiento; curiosa iniciativa, porque siempre había
tenido dificultades con él, y las tendría aún mayores después. Al
volverse del Paraguay, después de intervenir
en
la campaña, era coronel graduado.
El presidente
Sarmiento prefirió alejar de Buenos Aires a Mansilla
y
enviarlo
a Córdoba
como comandante de un
sector de la frontera sur, al mando del general José Miguel
Arredondo: al mismo tiempo se proyectaba un avance general de la
línea divisoria al sur. Mansilla, no contento con cumplir
las
órdenes recibidas,
celebró un tratado de paz con los ranqueles, que el presidente
Sarmiento no aceptó sin algunas reservas; el temor de que fuera
rechazado decidió a Mansilla a marchar a las tolderías para asegurar
los términos convenidos. Al volver de su expedición se encontró
suspendido en su cargo por un sumario militar que concluyó
enviándolo a la plana mayor, en disponibilidad.
Se volvió a Buenos
Aires, publicó sus cartas sobre Una excursión a los indios
ranqueles (1870), enseguida reunidas en libro. En la inactividad
de su carrera militar se conservó en la oposición más o menos activa
contra Sarmiento; participó como vicepresidente en la Comisión
popular con motivo de la epidemia de fiebre amarilla (1871); dirigió
y redactó un periódico, El Mercantil (1872), matutino y
vespertino que sólo duró unos meses; y se contó inmediatamente entre
los más activos partidarios de la candidatura presidencial de su
amigo Nicolás Avellaneda, en la que confiaba para su reparación.
El nuevo gobierno le devolvió a la
actividad: le envió con las tropas destinadas a sofocar la
revolución del general Mitre, finalmente vencida (1874); le contó
como diputado de la mayoría autonomista en el Congreso (1876-1878);
aunque sus actitudes sucesivas hicieron creer lo contrario; él
afirmaba siempre que era consecuente con el grupo inicialmente
alsinista. Por esos años ocupa la gobernación del Chaco; aprovecha,
al mismo tiempo, para intentar la explotación de una mina de oro en
Amambay (1878); y sobre todo, escribe cartas y artículos, menudeando
sus visitas a Buenos Aires, siempre con el temor de quedar olvidado.
La campaña adversa que su conducta política provocó, le arrastró a
un duelo desgraciado, en el que su adversario, Pantaleón Gómez,
resultó muerto (1880).
En 1879 había estado en Europa,
enviado por el gobierno; diversas comisiones que le encargó el
general Roca, le permitieron viajar nuevamente en 1881 y 1883.
Volvió a la Cámara de Diputados hacia el final del gobierno del
general Roca: permaneció allí siete años (1885-1892), y llegó a
ocupar la presidencia del cuerpo; desempeñando ese cargo le
correspondió lugar sobresaliente en los más dramáticos sucesos de
1890: se conservó adicto al presidente Juárez Celman cuando todos lo
abandonaban. Ese período, que se inicia con la aparición de sus
Causeries en el diario Sud América (1888) es el de sus
mayores éxitos mundanos y
literarios.
La suerte cambia bruscamente para él a partir de
1892, cuando comienza la declinación de sus triunfos: muere
Esperanza, la última de sus hijas
que quedaba viva
y su amadísima
hermana, la novelista Eduarda Mansilla.
Se
ve obligado a abandonar su palacio de Belgrano y sus colecciones. En
adelante, seguirá luchando con pausas y magnífico vigor,
esforzándose por ocupar el primer plano de la escena, que nunca ha
alcanzado, como lo advierte a veces melancólicamente. Como turista o
como diplomático viaja continuamente, demorándose cada vez más en el
extranjero, hasta encerrarse cada vez más en París como residencia
permanente de sus últimos años. Desde lejos, sigue colaborando
regularmente en diarios de Buenos Aires, en secciones permanentes
(las Páginas breves de El Diario,1906-1911), con
inagotables comentarios sobre todo lo nuevo que siempre le merece
una glosa sonriente. No deja por ello de intentar el retorno a la
acción pública, y así opina sobre nuestros problemas nacionales en
sus libros En vísperas (1903) y Un país sin ciudadanos
(1908), aunque prefiera cada vez más explotar el filón de sus
recuerdos: en esa línea, que empezó con su libro sobre Rosas
(1898). Que él tituló ambiciosamente
"Ensayo
histórico-psicológico",
alcanzó su tono más personal en las Memorias (1904).
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Al señor doctor don Ramón J. Cárcano
I
Dos cadenas de piedra
caliza, eternamente peladas, que al sur casi se tocan, hasta formar
una garganta de granito, especie de Niágara, por donde, rugiendo con
furia, salta el Nilo en el valle; que al norte se ensanchan y
desaparecen, en una llanura cenagosa, que se extiende hasta las
costas del Mediterráneo; más de doscientas leguas de largo casi
encerradas dentro de límites sempiternamente caldeados por un sol
rojizo —límites, que ora se acercan, ora se retiran, que en invierno
son la imagen de la desolación y de la muerte, y en verano, un
panorama riente de abundancia y de vida, encierran la histórica
tierra de Egipto, cuna prístina de la humanidad para algunos—,
incuestionablemente, emporio de extraordinaria civilización en
épocas que se pierden en la noche de los tiempos.
El Nilo, cuyos
orígenes están en el cielo, porque las nubes, preñadas de aguas,
recogidas en muchos mares, caminando al Ecuador africano, se
deshacen allí en lluvia, durante varios meses, realiza todos los
años un milagro estupendo en esa vasta región: sube poco a poco,
crece gradualmente, se hincha, revienta, se desborda, y baña todas
las comarcas circunvecinas hasta el pie de las montañas, por Oriente
y Occidente; la llanura, vuélvese un lago en el que innumerables
aldeas, construidas sobre terraplenes artificiales, flotan, al
parecer, como islotes, desparramados en fantástico archipiélago; y
esta inundación providencial, es ahora, como en los tiempos
antiguos, saludada con himnos de religiosa gratitud, en medio del
regocijo de las familias que, llenas de júbilo, recorren en festivas
barcas, de pintadas velas, de feria en feria, el alegre país
—triste, desolado, el día anterior.
De las corridas de
toros, de las regatas, de las luchas cuerpo a cuerpo y otros juegos
atléticos de otras edades, casi nada ha quedado. La moderna
civilización todo lo altera, trasformándolo todo. Apenas subsisten
los prestidigitadores tradicionales, los arpistas ciegos y los
ministriles del África central, aunque no con los caracteres típicos
de antaño.
Pero, ahora como
entonces, la entrada del invierno es el momento en que el dueño de
casa lleva regalos para los chiquilines, que alegran el hogar,
amuletos, o aros para las orejas, o collares de cuentas de
porcelana, de plata o de oro, para las concubinas, o para la mujer.
Pero, ahora como entonces, abundan en los puestos, la carne de vaca
y de venado, los patos, los gansos, el pescado, los dátiles, las
tortas de maíz de Guinea, el puerro, los pepinos, las cebollas, los
ajos —todas las especias, en fin, que les dan a los “Bazares” ese
olor peculiar, que no se olvida jamás cuando una vez se ha olido,
porque es un olor sui géneris... Y ¿con qué olor inolvidable
lo compararé, que no sea el del café torrado...?
Pues por allá también
he andado yo. He sido, como ustedes saben, uno de los argentinos más
glotones en materia de viajes: he estado en cuatro de las cinco
partes del mundo; he cruzado, sin el más mínimo accidente, catorce
veces la línea equinoccial, y he visto, entre ciudades y aldeas, más
de dos mil —dándome hasta el placer de comprar, en un mercado de
carne humana, una mujer, para decirle después de ser mi cosa propia,
con sorpresa de todos los circunstantes, excepto mi compañero de
viaje James Foster Rodgers, que pagó la mitad del precio: “Eres
libre, puedes hacer de tu cuerpo lo que quieras.” Y ¿saben ustedes
lo que esa costilla nuestra hizo? Se vendió a sí misma; porque,
según el truchimán nos explicó, prefería ser esclava algún tiempo, y
no libre, sin tener que comer, porque para hacerlo tendría que
traficar con su cuerpo, y era, según ella lo afirmaba, si no pura,
honesta.
Este punto es muy
intrincado; las mujeres que son el mayor embolismo de todo lo
creado, se encargarán de desenmarañarlo.
Yo prosigo...
James Foster Rodgers
era un yankee número uno, con el que nos conocimos en
Calcuta, visitando juntos el interior de la India, Benarés, Lahore,
Delhi, hasta encaramarnos en los picos más accesibles del Himalaya.
Durante algún tiempo,
después de que nos separamos, estuvimos en correspondencia. Hace
muchísimos años que nada sé de él: supongo que habrá reventado,
pasando a mejor o peor vida, porque en 1850 tenía ya veinte años
más que yo, mala salud, el fetiquismo de los ojos negros y de los
pies chicos, y yo no soy un nene. Catorce meses vivimos como
hermanos, y sólo dos veces tuvimos desazones.
Primero, en Roma.
En Londres, después.
Lo contaré.
En Roma visitábamos
San Pedro, esa maravilla de la audacia y del arte arquitectónicos.
Entramos, y yo, como
que era lo que mi madre me había hecho, es decir, católico, me saqué
el sombrero con veneración.
Foster Rodgers se lo
dejó encasquetado.
Se lo observé, y su
contestación fue: It is not my religion.
Me mordí los labios,
esperando que algún sacristán viniera a intimarle a aquel impío,
que, en la casa de Dios, se debe ser respetuoso, por más extraño que
a su culto sea el visitante.
Pero nada; son en
Roma, a este respecto, de una benevolencia inaudita, con los
extranjeros.
....................
Estuvimos torcidos
algunos días. Pero la amistad es un colirio admirable, colirio que
todo lo cura; teníamos que componernos y nos compusimos.
Es, sin embargo,
curioso observar cómo después de una gresca, aun entre los que se
quieren bien, queda en el alma humana un sedimento acre que no tarda
en fermentar. Observadlo bien, y veréis que las represalias
inofensivas se imponen con irresistible tenacidad...
Continúo.
En Londres, visitando
San Pablo, yo hice como Foster Rodgers, en Roma.
Visto ello por mi
yankee, como yo a él, en San Pedro, me insinuó:
-Take of your bat.
Yo contesté, dándole
el vuelto:
-No es mi religión.
Foster Rodgers, se
mordió los labios a su vez.
Pero aquí no sucedió
como en Roma, porque un sacristán protestante, “muy liberal”, vino a
intimarme que me quitara el sombrero, intimación que no acepté; que
fue repetida tres veces, hasta amenazarme con llamar al policeman,
lo cual, perfectamente entendido por mí, me sugirió este expediente
de triunfador: giré sobre los talones, me salí del templo, con mi
sombrero puesto, y lo esperé a Foster Rodgers en el atrio, hasta que
se cansó de estar adentro con su San Pablo protestante, y
salió...
Adelante.
No voy a describir
ciudades, ni usos, ni costumbres, ni monumentos, ni a juzgar
instituciones, y mucho menos a referir aventuras. Dejo esto último
para mis memorias, si es que algún día me resuelvo a publicarlas, lo
que es probable. Si lo hago, allí se verán y se sabrán cosas raras.
Entre ellas, ésta; cómo es que siendo uno joven puede viajar algún
tiempo sin saber por qué mano anónima le son saldadas sus cuentas de
hotel, si en ello se entromete una inglesa millonaria,
extravagante...
Ya estoy viendo la
sonrisa de incredulidad del que estas letras lee, y entonces repito:
que es cierto lo dicho, y que no eran sólo mis cuentas las que se
pagaban, sino las de mi compañero.
Hoy por hoy, sólo me
propongo una cosa: contar algo que no creo se haya repetido, que no
me parece posible que se repita; porque en esto, como en un orden de
ideas más elevado, no es filosófico —como dice Edgardo Poe— basar en
lo que ha sido, una visión de lo que debe ser.
Pero ustedes, que me
han oído hablar de que compré una mujer, han de tener curiosidad,
estoy seguro de ello, de saber qué es un mercado de mujeres. Voy a
describirlo, pues, en cuatro plumadas.
Imaginaos un edificio
cuadrangular, con corredores interiores, rodeando un patio así como
los nuestros, de estilo arábigo —nuestras antiguas casas se parecen
a las de Sevilla— y en el medio, una fuente. A un lado, mujeres
negras desnudas, abisinias y nubianas, por lo común, completamente
desnudas; el cuerpo untado con aceite de coco, frotado, hasta darle
el pulimento y la brillantez del jacarandá; el motoso cabello,
dividido en infinidad de crenchas trenzadas, que le dan a la cabeza
la forma de un erizo encrespado, sueltas todas ellas sin poderse
mover más allá de su recinto.
A otro lado, mujeres
blancas, entre ellas algunas georgianas y circasianas, nada limpias,
también desnudas, completamente desnudas; pero, con esta diferencia,
que aquí no están todas sueltas, estando algunas aherrojadas,
porque, siendo feas o contrahechas o viejas o flacas (los musulmanes
prefieren las gordas, ¡qué gusto!) diciéndoles el instinto, o que,
si salen, no será seguramente ni para embellecer el harén, ni para
aumentar el número de las concubinas, sino para desempeñar sucios y
nauseabundos oficios de bestias de carga en las casas de los judíos.
Imaginaos todavía dos
retretes destinados a las obscenas inspecciones esotéricas, con unas
como harpías en la puerta, con unos como engendros de Mammón, en
forma de mercaderes, y una multitud de postulantes, viejos
generalmente, todos ellos cuchicheando, mientras en esos retretes se
resuelve el problema más irritante para el pudor... imaginaos todo
eso, repito, y tendréis un cuadro aproximado de esa abominación,
dentro de cuyos dinteles mi compañero de viaje y yo, gastando
ochenta libras esterlinas, pudimos decirle a un ser humano, cuya
condición era peor que la de un perro sarnoso: “¡Eres libre!”
haciendo ella después de su capa un sayo, determinación que dejo a
la fantasía de cada cual apreciar, si fue prudente, o no.
....................
Estamos casi al pie
de las Pirámides, o mejor dicho, vamos llegando a ellas: estamos en
el Cairo, en el Hotel de Russie. Los borricos están listos, cada
dragomán tiene el suyo; subimos, somos buenos jinetes, queremos
hacerlos caminar, no se mueven. Es inútil castigarlos, no se
moverán, hasta que no sientan la baqueta mágica del dragomán en
cierta parte. Se las introducen. Se las sacan. Se repite la
operación acompasadamente. Los borricos se mueven entonces, como si
tuvieran una hélice. Queremos detenerlos, ¡tiempo perdido! No
sienten los tirones del freno, que no es más que un aparato para las
riendas, y éstas, un medio de sostenerse mejor. No se detendrán,
hasta que el dragomán no los deje como clavados en el camino. Esta
educación no permite que el viajero canse los burros, los que, como
fácilmente se concibe, no caminan a voluntad del que los monta, sino
a voluntad del que los alquila, el cual los hace descansar, cuando a
él le place.
Caminemos...
Ahí están a la
vista...; de lejos, y a medida que uno se acerca a ellas, poco
efecto producen. Un kilómetro más por el tórrido arenal, siempre
fija la vista en el mismo punto, y el fantasma va tomando
gradualmente proporciones colosales. Una vez en su base, el viajero
se siente como aplastado por la mole, y si se compara y se mide con
ella, el anonadamiento es completo. Es la sensación de la montaña
para el hombre de la llanura; la de la llanura para el hombre de la
montaña; la de los altos mares para los que no vieron sino la orilla
del arroyuelo; de la inmensidad, de lo finito, comparado con lo
infinito. La reacción no viene sino poco a poco. Pero producida la
reacción física, nuevas emociones se apoderan del alma del viajero
que puede asociar ideas, recuerdos, ligar el pasado con el presente,
contemplar en síntesis elocuente para el espíritu millones de
esclavos, afanados como hormigas industriosas, en darle cima a una
obra estupenda, que, en nuestros días, no sirve sino para recreación
y estudio, dando la medida de lo que fueron aquellos faraones, que,
al morir, parecían decirle al mundo: “te desafiamos a que destruyas
nuestras tumbas antes de que te acabes”; porque, en efecto, tales
monumentos, por su masa y su antigüedad, “más parecen pertenecer al
Universo que al Egipto en particular...”
....................
La famosa Esfinge
muestra ya su cara etíope, cortada en la roca, prolongándose por la
espalda en la dirección del centro de la segunda pirámide, y al
verla, se siente y se concibe fácilmente que sólo a tamaño monstruo
podía confiarse la guarda de las misteriosas catacumbas, donde yacen
sepultados los reyes de tanta grandeza pasada.
El paisaje tiene un
aspecto indescriptible; el sol caliente vibra sus rayos a plomo
sobre la arena movediza; la reverberación de la luz es ideal, hay
algo de caótico y de momento final en aquel horizonte rojizo, como
una puesta de sol argentino en día canicular; la Fata Morgana,
ostenta en lotananza y en el cielo todos los caprichos de su
maravillosa virtud; la imaginación los trastrueca, los embellece,
los completa, si posible es, y los ojos del cuerpo ven, a las
inglesas tourist poniéndose calzones de hombre, que las
abultan por delante y por detrás, como si estuvieran doblemente
in the family way
prepararse para la ascensión.
Ya subiremos...
II
Las Pirámides, como
ustedes saben, quedan yendo del Cairo sobre la margen occidental del
Nilo. Son sesenta y siete, aunque es más propio decir que han sido,
porque de algunas de ellas, de las más pequeñas, no quedan sino
vestigios.
Por más que no sea
una novedad, permítanme ustedes decirles que los anticuarios se han
puesto al fin de acuerdo sobre que, tanto unas como otras, siendo
varias sus dimensiones, estaban destinadas a los diversos miembros
de la familia real. En dos palabras: eran las tumbas de los faraones.
Las que
visitamos ahora son el grupo de las de Ghizeh, y la más alta de
todas, esa a donde vamos a subir, ustedes acompañándome a mí
mentalmente, yo acompañado de mis recuerdos juveniles, es la de
Cheops.
Recuerdos
juveniles, he dicho. ¡Qué lindas palabras! ¿no es verdad? Sí; cuando
podemos asociarlas sin remordimiento, o apartar la memoria de lo que
hemos sufrido “por la invariable variedad y la monotonía del eterno
cambio.”
“Cheops”, leo en mi libro de viaje en la
fecha marzo 14 de 1851, tiene cuatro faces y cada una de ellas mide
en su base, en cifras redondas, doscientos cuarenta metros; la
altura vertical es de ciento cincuenta metros y de ciento ochenta y
tres, sobre la inclinación de 51° 50’ que tienen los lados, lo cual
permite que, fácilmente, nos demos cuenta de la prodigiosa masa
resultante de tamañas dimensiones, multiplicadas las unas por las
otras.
Y, para no vestirme,
en esta parte, con las plumas del grajo, no siendo, como no soy,
anticuario, aunque ya frise en lo antiguo, me referiré para algo de
lo que sigue, a la obra del coronel Vyse intitulada The Pyramides
of Ghizeh (Londres 1839-1842)
Simple eco de la
tradición, Herodoto refiere que Cheops empleó 30 años en construir
la gran pirámide, y evalúa en trescientos setenta mil el número de
obreros que trabajaban a la vez, siendo reemplazados cada tres
meses.
Ahora bien,
suponiendo que esos obreros sólo comieran cebollas y legumbres,
resulta que su alimentación debió costar cinco millones de francos.
Pero como ni en
Egipto mismo se vive sólo de cebollas y de legumbres, sobre todo
cuando se arrastran piedras como las de las Pirámides, se puede
juzgar por este solo artículo, lo que ha debido ser el conjunto de
las demás. Porque a esos gastos hay que añadir el salario de los
obreros, por mínimo que fuera, y la mano de obra, aunque costara
casi nada; así como es menester tener en cuenta el valor de los
materiales empleados: calcáreo, granito, mármol, pórfido y otros que
se traían del alto Egipto, por el Nilo, de una distancia de más de
ochenta miriámetros.
Todas las Pirámides
presentan sus lienzos muy exactamente orientados hacia los cuatro
puntos cardinales; la mayor parte están construidas con piedra,
algunas con ladrillo negro, proveniente del Nilo; pero todas, una
vez terminadas, eran revestidas de piedra lisa y pulida, y la de
Cheops se supone que estaba revestida de mármol. Los siglos lo han
hecho desaparecer.
Tengo barruntos de
que todo esto no lo entretiene mucho que digamos al lector.
Me apresuro entonces
a decir cómo están construidas las Pirámides.
Ayudadme.
Ved con los ojos de
la imaginación una base o asiento cuadrangular, como si dijéramos un
perímetro mayor que el de la plaza “11 de Setiembre” (o sea 57.600
metros cuadrados) de un metro de espesor, poco más o menos. Ved,
sobre esa base o asiento, otra casi del mismo espesor, pero que sea
menos ancha, para emplear términos vulgares, y tendréis un escalón.
Continuad el procedimiento, hasta elevaros ciento cincuenta metros,
por la superposición de bases o asientos que se van achicando a
medida que la pirámide va creciendo, y llegaréis hasta encontraros
en la cúspide o plataforma de Cheops, a donde en breve estaremos
todos juntos.
Y para que esta
sucinta descripción quede completa, ved todavía una sucesión de
planos inclinados inmensos por donde son empujados hacia arriba
enormes monolitos, muchos de los cuales no tienen menos de veintidós
pies de largo, siete de ancho y nueve de espesor, que fue toda la
mecánica que se debió emplear, y como yo, exclamaréis: ¡cuántos
sudores! ¡cuánta miseria! ¡cuántos esfuerzos!
¡Ah! Sin las agonías
del pasado no tendríamos la prosperidad del presente. Habrá siempre
señores y esclavos, pobres y ricos, quien sufra y quien goce. Somos
impotentes para hacer exclusivamente lo bueno. Toda conquista ha de
ser una catástrofe. “La genre humain, n’est pas placé entre le
bien et le mal, mais entre le mal et le pire.”
Decía que las
inglesas tourist, hechas el diablo con sus polleras metidas
dentro de masculinos pantalones, se aprestaban a subir, Foster
Rodgers y yo nos preparábamos ídem, ídem, para la ascensión.
....................
Aquellos escalones, o
no los habéis visto, eran unos señores escalones. Pues es nada, un
escalón de sesenta centímetros, y algunos tienen un metro cincuenta.
Los mirábamos,
mirábamos la cima, y si no nos decíamos como la zorra “están
verdes”, pensábamos que aquello tenía bemoles. A ver, nos decíamos
con Foster Rodgers, cómo suben las inglesas primero.
—No, subamos nosotros
antes, y les veremos las caras de arriba para abajo, que siempre es
mejor ver lo de adelante que lo de atrás, aunque estas inglesas (y
nos reíamos que daba gusto) lo mismo son por delante que por detrás,
con sus bultos a vanguardia y retaguardia.
—Bueno, me dijo
Foster Rodgers, ¡Let us go!
Y, haciéndoles una
seña a los beduinos, que ya habían intentado apoderarse de nuestras
respectivas humanidades, nos entregamos completamente a ellos.
La disposición era
ésta: tres beduinos por barba; el uno nos tenía por la mano derecha;
el otro por la izquierda; nosotros teníamos las narices frente al
plano inclinado de la pirámide; el tercero estaba detrás.
De repente oímos un
¡alahá! Archi-gutural y junto con él sentimos dos tirones en
ambos brazos, y un empellón en la “parte posterior de atrás” —como
decía un ayudante de mi padre, muy bárbaro— y nos hicieron subir un
escalón, como si fuéramos bultos. Y los ¡alahá! se repetían,
y el subir como bultos continuaba, y sudábamos la gota gorda, y ya
no teníamos articulación en su lugar, así nos parecía. Los mirábamos
a los beduinos con caras que decían ¡por caridad! nada; ¡alahá!
viene, ¡alahá! va; Foster Rodgers y yo rodábamos como masas
informes, impelidas por una fuerza brutal, hasta que la divina
Providencia, si es que ella se mete en estas cosas, apiadándose de
nosotros nos hizo descansar en un escalón, en el que había un
socavón, que los beduinos decían tenía virtudes singulares,
resultando que la única virtud real que le descubrimos fue que nos
pidieron boxees (debe leerse boc-shichs) vulgo, “por la buena
mano, para la copa.”
¡Y eran doscientos
tres los escalones, y estábamos apenas a medio camino!
Descansamos; y antes
de que se enfriara la transpiración y sin decir oste ni moste,
nos agarraron de nuevo nuestros ágiles coadjutores, y a la voz de ¡alahá!
otra vez, nos dieron otro empellón y otro, y otro, y los empellones
se repetían, y detrás de nosotros, resonaba el ¡alahá!
de los
otros que nos pisaban los talones, por decirlo así, pretendiendo
llegar primero a la enhiesta cumbre, que en todo se mezcla la
emulación, tratándose particularmente de fatiga o de destreza. ¡Pero
qué! les llevábamos la delantera y éramos varones en realidad, y ya
nos habíamos entusiasmado, y ya también gritábamos nosotros ¡alahá!
para darnos unos bríos que no teníamos, pues íbamos más muertos que
vivos.
Finalmente, llegamos
maltrechos... estábamos arriba, en la plataforma, que es una
piedrita en la que caben, de pie, ochenta personas, por lo menos.
Allí nos encontramos con veinte y tres prójimos, rodeados de setenta
y seis demonios que se habían quedado en el último escalón.
Foster Rodgers oyó
hablar en inglés. Vio en el acto que no era inglés de ingleses sino
de yankees, e incontinenti se puso en contacto con ellos, y
presentándome como a un americano del sud, como quien dice a un
colega, prorrumpimos con ímpetu ¡hurra! Y sacándonos los
sombreros y agitándolos hasta arrojarlos al viento, creyendo que
llegarían a la base de la pirámide, mientras que ahí cerca no más se
quedaron, todos a una, gritamos con orgullo, ni más ni menos que si
hubiéramos hecho la conquista de otro Nuevo Mundo: ¡All Americans!
¡Americanos todos! ¡Long life to America! ¡Viva América!
Y nos dábamos las manos con efusión, y el ¡viva América! atronaba
los aires. Y como si estuviéramos en un balcón, mirábamos las
inglesas, con su barriga por partida doble, pujando por llegar,
llenas de curiosidad, porque no entendían jota de aquellos gritos
desaforados de ¡viva América!...
Entre nosotros los
americanos —los veinticinco— ¡oh! sorpresa, y ¡oh! contrariedad,
descubrimos un musulmán.
¿Qué hacía allí aquel
intruso? ¿En virtud de qué derecho estaba con nosotros?
Foster Rodgers y yo
nos dijimos:
¿Pero este beduino,
por qué ha subido a la plataforma? ¿por qué no se ha quedado con los
otros? Creyendo que era uno de tantos, de esos que nos habían hecho
rodar hasta arriba.
Indagamos, y resultó
que era un yankee disfrazado de musulmán; un yankee que se había
hecho mahometano, engaña-pichanga, para de esa manera poder
acaparar antigüedades con más facilidad. La extracción estaba
prohibida. Tenía como unos cuarenta años, era retacón, panzudo,
rubio, pecoso y doctor en medicina. Se llamaba Abbot, y él fue,
querido Cárcano, el que me dio el facsímile del grueso sello
que le he regalado a usted, sello simbólico que, en forma de anillo,
de oro finísimo, encontró en el dedo de una momia, que había sido
uno de los faraones.
El tal musulmán
interlope llevaba una vida curiosa: habíase hecho querer, la
medicina lo ayudaba; vivía como Salomón en medio de un ajuar de
mujeres de todos pelos, sin tener precisamente harén. Negociaba en
ese momento con el cónsul norteamericano la venta de su colección,
formada a costa de inmensos sacrificios, y no esperaba para hacerle
un corte de manga a Mahoma, sino que estuviera concluido el negocio
con su cónsul, el que, a la sazón, se encontraba entre el grupo de
los veinte y cinco.
Otros viajeros habrán
visto más maravillas que yo; pero apuesto que a ninguno le ha pasado
en las Pirámides de Egipto lo que a mí: encontrase en la cúspide de
la de Cheops, en un momento dado, con veinte y cuatro conciudadanos,
por decirlo así.
Descendamos: llegan
las inglesas jadeantes, sudadas, con sus barrigas descompuestas,
pero festivas, y tenemos que recoger nuestros sombreros que la brisa
arrastra de escalón en escalón sin conseguir llevarlos hasta el
suelo, ¡tanta es la altura del monumento e inclinado el plano!
Y qué diré en
conclusión, como quien le pone marco al cuadro.
Diré como Napoleón,
lectoras y lectores que habéis subido conmigo hasta arriba:
De lo alto de esas
pirámides, cuarenta siglos nos contemplan.
O como el veterano,
al oír aquella figura de retórica, a su cabo:
—¿Y adónde están los
cuarenta siglos, que yo no los veo?
A lo que el cabo
contestó:
-¡Imbécil! El general
los ve con su anteojo.
¡Oh! aquel general
para el cual, según Emerson, todo obstáculo parecía desaparecer en
presencia de sus recursos, que dijo: no habrá Alpes, y no los hubo,
y que según Kléber, era grande como el mundo, podía ver, con o sin
anteojo, esos cuarenta siglos... ustedes y yo —permítanme la
confianza— quién sabe si los columbramos siquiera!
....................
Ver bien el pasado,
ligarlo sabiamente con el presente, hasta tener la intuición del
porvenir, cuando apenas alcanzamos a divisar la punta de nuestras
narices, ¡no es para todos!
Por lo que a mí
respecta, me declaro opa en esta parte; confieso que las
Pirámides nada me dijeron, cuando las vi por primera vez.
Sólo mirándolas
retrospectivamente, algo me revelaron después.
¿Qué sabía yo
entonces del sistema curvilíneo del cono, que en la antigua
simbología era un emblema del fallum y de la generación, y un
endulzamiento del sistema piramidal, más vetusto e igualmente
expresivo del teocosmos?
Menos que ustedes,
ahora.
¡Era yo tan
ignorante!
Pero en el camino se
hacen bueyes, y ahora... los hago a ustedes jueces del vigor con que
arrastro mi carreta.
¡Respetables padres
de familia! permitidme daros un consejo: no mandéis vuestros hijos a
viajar, sino cuando estén enfermos, que es también cuando el médico,
no sabiendo qué recetar, aconseja generalmente “cambio de aire”.
Mandadlos recién cuando estén preparados para poder ver los cuarenta
siglos esos de las pirámides de Egipto, sin ayuda de vecino, sin
anteojo, con sus propios ojos.
La mejor nodriza es
la patria. Sólo ella nos da la estructura y el aliento necesarios
para aspirar con anchos pulmones el aire ambiente. Sólo así podremos
llegar algún día a ser hombres representativos de la tierra;
mientras que, por más que parezca paradójico, los que se
desenvuelven en el extranjero apenas realizan un tipo híbrido.
Llegarán a ser originales, puede ser; populares, jamás.
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