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Humberto Costantini
nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio
de 1987.
Poeta, narrador y
dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su
casi secreta labor de investigador científico, los más diversos
oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de
comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a
profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas
medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes
enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de
Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini
participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la
década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el
populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando
publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo
expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una
personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos
elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos
interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo
mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar
la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación
del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su
estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite,
exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una
influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás
(1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres
monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una
vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos
y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.
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Una plaza. En un
costado, la estatua de un prócer. En el otro, un banco donde
aparece, sentado, el personaje. Tiene 45 años. A su lado, una
valija, no un portafolios, sino una vieja valija con algún remiendo,
de las que se usan para llevar muestras.
Estimado prócer... (Se levanta.) No, no me
mire así. No he venido a venderle nada...
Ocurre que hasta las dos y media no abren en lo de
Dubcovsky Hermanos. Por aquí no tengo ningún otro cliente... y
espero. ¿Qué voy a hacer?
Son las dos recién.
Todavía faltan treinta minutos...
Mire, hoy, seguro seguro que algo van a comprar. Y
son tipos éstos que del uno al cinco de cada mes... (Señas de
pagar.) ¡Muy buena gente! ¿Usted no los conoce?
¡Pero sí!... ¡Si están aquí, al ladito de la plaza!
¿Tiene que conocerlos! Uno gordo... de campera... ése es José
Dubcovsky. Ése es el que hace las compras. El otro se llama Marcos,
es un petisito, rubio, que está siempre al fondo del negocio. ¡Cómo
no los va a conocer!...
(Pausa.)
Bueno, pero a lo
mejor usted... está pensando en otras cosas. Qué sé yo. Cosas
importantes... la patria... la humanidad... No se interesa por
ellos.
(Señalándose el pecho, casi con un gesto de desafío:)
¡Pero yo sí me
intereso!
Oiga: Dubcovsky Hermanos: Villegas 429; Francisco
Adad: Almafuerte 453; Bazar “La Flor de Lis”, de José Álvarez:
Rondeau 921. Pedro Flores... ¿Eh? ¿Qué me dice? ¿Ve? Todos en la
cabeza los tengo. ¡Y no solamente la dirección! Le puedo dar, nombre
por nombre, ¿sabe?, ¡nombre por nombre!, la fecha de su última
compra, la forma de pago, si son morosos o no son morosos... Todo le
puedo decir. Sí, todo. Hasta si son peronistas, radicales,
socialistas, o lo que sea. Todo.
Sí, son mis clientes. Es el mundo en que yo ando
todos los días, ¿entiende? (Lentamente, pensando lo que dice:)
Todos los días. Uh... si lo conozco...
(Transición brusca.)
Usted no los conoce, ¿verdad? Claro, usted no puede
pensar en ciertas cosas. Sería ridículo. Con esa prestancia que
usted tiene (lo imita), esa barba... esa frente... Esa frente
en donde sólo caben altos pensamientos... No, no puede.
Y sin embargo me gustaría, ¿sabe? Me gustaría verlo a
usted metido en mi mundo. Aunque fuera por una semana...
(Pausa)
Ah... libros (acariciándolos), bonitos
libros... ¿Usted nunca intentó leerlos en el 217? Es ese colectivo
que para ahí, en la esquina de la plaza. Le sugiero que no lo
intente. Es un poco molesto, ¿sabe? En el colectivo no se viaja
solo. En el colectivo hace mucho calor, además. La gente lo empuja,
lo aprieta, lo codea. A veces no hay ni lugar para apoyar los pies y
falta el aire. Es sofocante, ¿sabe?
¡Y la valija! La valija que molesta por todos lados.
¡Y la otra mano que usted tiene que tener prendida ahí para no
caerse! ¿Con qué mano va a tomar los libros entonces? ¿Me quiere
decir?
Además... La cabeza siempre ocupada. ¡Eso, eso, eso,
eso! ¡Siempre ocupada la cabeza! ¡No, qué humanidad ni qué niño
muerto! ¡Cosas concretas! ¡Cosas urgentes, señor! Las ventas que
hizo, por ejemplo. Las que podría hacer. Multiplica y le queda tanto
de comisión. Entonces piensa que la semana es floja. Y que tiene que
verlo a
Fulano. Pero antes de las cinco porque después no atiende a
los corredores. Y piensa que si
Fulano comprara una docena serían...
Y multiplica otra vez, y otra vez hace cálculos...
En fin, usted no puede imaginarse todo lo que piensa
un hombre que está en la calle vendiendo.
Yo le digo que no piensa en otra cosa que no sean las
ventas. Yo se lo digo. (Serio.) Yo, que a veces quiero pensar
en otra cosa y no puedo. (Transición.) ¿Pero usted qué se
cree? ¿Que yo nací con la valija en la mano o qué? ¿Usted no cree
que yo antes era distinto?
Mire, cuando muchacho soñaba que llegaría a ser un
gran hombre. No, no soñaba, estaba seguro. ¿Y todo por qué? Porque
yo tenía una forma distinta de mirar las cosas, de mirar el mundo...
qué se yo... una forma... meditativa. A lo mejor es ésa la palabra.
¿Cómo le podría explicar?...
Uh... ¿me permite? Una hormiga. Estaba por llegar a
un sitio... inconveniente... (La toma y la
deposita en el suelo.)
¿A usted nunca se le
ocurrió preguntarse qué piensa la gente cuando ve esa hormiga, por
ejemplo? A mí sí. Y me daba cuenta de esto: que la mayoría de la
gente, al mirar una hormiga, inmediatamente pensaba en la verdura,
la quinta y el hormiguicida. Tac, tac, tac. Una relación casi
automática. Verdura, quinta, hormiguicida.
Bueno, a mí no me parecía mal que la gente pensara
así. No, de ninguna manera. Yo decía: es la forma simple, la forma
directa de entender las cosas.
¿Sabe en qué pensaba yo?
(Evocando, con absoluta, honda sinceridad:)
Yo
pensaba en el milagro de la vida...
(Pausa. Transición brusca.)
Entonces quedaban dos
posibilidades. O yo era un estúpido, o tenía verdaderamente una
forma distinta de mirar las cosas. Y como un estúpido aparentemente
no era, entonces estaba convencido de que llegaría a ser un gran
hombre. ¿Eh? Razonamiento lógico.
(Pausa.)
No, mi estimado
prócer. Razonamiento nada lógico. Yo no soy un gran hombre. Por lo
tanto era un estúpido. ¿Ha visto cómo cambia la conclusión? Hormiga,
verdura, quinta, hormiguicida... ¡La sabiduría, mi estimado prócer!
Porque habrá de saber que el mundo no está hecho para
la gente meditativa. Está hecho para gente de acción. Y al tipo que
al mirar esa hormiga se le ocurre pensar en el milagro de la vida...
Ese tipo... (lo bendice) está listo. Se lo digo yo.
Por eso yo ahora pienso en Dubcovsky Hermanos,
Villegas 249, abre a las dos y treinta, encargado de compras: José
Dubcovsky, paga del uno al cinco de cada mes. Categoría: muy bueno.
¿Pero usted me comprende? No del todo, ¿verdad?
Claro, ocurre una cosa. Ocurre que a los que les hacen una estatua
no suelen ser tipos meditativos. Todo lo contrario. ¡Todo lo
contrario!
Dígame, ¿qué le sugiere esta hormiga, mi estimado
prócer? A no hacer trampa, ¿eh?
Mmmm... usted, por el aspecto... así, de hombre
inteligente, debe ser de los que piensan en el hormiguicida. Sí sí
sí, estoy seguro. Y eso está bien. Usted es un sabio. Yo lo
felicito.
Si usted no hubiera pensado siempre así, ¿sabe qué
estaría haciendo ahora?
(Toma la valija del banco.)
No, no se asuste.
Esto no es una bomba. ¿Y le parece que yo tengo cara de terrorista?
No...
Además —y me va a disculpar—. Yo no sé ni siquiera
cómo se llama. ¿Para qué demonios le voy a poner una bomba?
No, no. Quería decirle que ahora estaría vendiendo
aparatos de metal para vidriera.
(Gritándole:)
¡Aparatos de metal
para vidriera!
No, no ponga esa cara. Hay trabajos peores, después
de todo.
Es que la vida no le permite elegir mucho ¿sabe?
La vida lo agarra a uno por una oreja y le dice:
¡Vamos! ¡Vamos! ¡Corra! ¡No pierda tiempo!
Porque en cuanto se queda quieto, atrás viene una
cosa tremenda que lo aplasta. Y la vida: ¡Vamos! ¡Hoy, hay que pagar
la olla, no mañana! ¡Hoy, hoy hay que pagarla!
Y entonces uno corre, corre para que eso que viene
atrás no lo aplaste, corre desesperado, de cualquier manera, a medio
vestir, con un pedazo de pan en la boca todavía, se cuelga de lo
primero que encuentra...
Vida, ¿me permite un segundo? Yo quisiera recibirme
de ingeniero porque...
—¡Ja,
ja! ¡Ingeniero dice! ¡Corra, corra! ¿No ve que ya la tiene encima a
esa cosa tremenda? ¿No ve que ya le está pisando los talones?
¡Corra! ¡Corra, le digo!
Y claro, tiempo para elegir no hay. Y uno no sabe
cómo pero de pronto se encuentra vendiendo. Agujas para máquina,
sacacorchos, bandejitas de mimbre... Sí sí, todo eso yo he vendido.
Y en carnaval, una vez, caretas, pomos y papel picado, de veras.
(Caviloso:)
Y se
llega a los cuarenta y cinco años y se encuentra vendiendo aparatos
de metal para vidriera.
(Transición.)
Mire, se llega a
vender aparatos de metal para vidriera por muchos motivos. Eso en
apariencia. Pero en realidad hay un solo motivo. Uno solo. Es el de
ponerse a pensar en el milagro de la vida en vez de pensar en el
hormiguicida.
Usted no lo cree, ¿no? Pero es la verdad.
(Pausa.)
En fin...
¿qué hora es? Todavía faltan diez minutos. Seguro seguro que van a
c... ¿A usted qué le parece? ¿Comprarán o no comprarán?
De todas maneras después me voy... (saca una
libreta) me voy... me voy... a lo de Francisco Adad. Después
tomo el colectivo y a eso de las cinco estoy en lo de Cataldi:
Vallejos 2931, un poco duro de pagar pero paga. Me dijo que pasara
más o menos para esta fecha, así que una docenita
le voy a vender... Sí señor...
El colectivo se
toma aquí, en la esquina de la plaza. Usted debe ver la cola
siempre. ¡Uh... si sube gente aquí! A la salida del trabajo esto es
un manicomio. Todos se apuran, reniegan, se apretujan en el
colectivo, se pelean por nada. Parecen enloquecidos. ¿Usted se ha
fijado?
(Pausa.)
¿O no se ha fijado?
¡No no no! Lo que le pregunto es importante. ¿Se ha
fijado o no?
¿Sabe por qué es importante? Porque Buenos Aires es
toda así, mi estimado prócer. Rostros malhumorados, cansancio,
empujones, preocupación, apuro, calor, malabarismos con el sueldo,
¡qué sé yo! Eso es Buenos Aires. Ésa es la ciudad en donde usted
está olímpicamente asentado, elucubrando sus altos pensamientos.
¡Altos pensamientos! Dígame, ¿usted cree, en serio,
que la gente aunque quisiera podría pensar en esas cosas? ¡Por
favor!
Mire, suponga esto. ¿Ve ese árbol? Es un hermoso
árbol, ¿no es cierto? Grande... frondoso... acogedor... Parece el
árbol de aquellas composiciones del colegio, ¿se acuerda? Da la
sombra al caminante, da los frutos, da la madera, etcétera...
(Recitando:)
Es
nuestro mejor amigo
muchas ternuras nos da
se pasa la vida dando
nunca se cansa de dar...
Prócer, ¡he allí un benefactor! Un auténtico
benefactor de los hombres. Reverenciemos al árbol, prócer.
(Lo reverencia.)
Bien, supóngase que
ese árbol, ese magnífico árbol, en vez de crecer allí, libremente,
lo hubieran obligado a crecer en un pedacito así de tierra, junto
con otros cincuenta árboles. Es una suposición, claro.
¿Qué
ocurriría entonces? Ocurriría que los cincuenta árboles estarían
constantemente disputándose ese pedacito de tierra. Estarían
luchando como fieras para vivir, para conquistar un poco de sol,
para no morir aplastados por los otros, ¿entiende? ¿Usted cree
que
darían fruto? ¿Usted cree que podrían dar algo? No, no podrían dar
nada. ¿Sabe por qué? Porque toda su fuerza, toda su rabia, ¿sabe?,
la emplearían para sobrevivir, nada más que para eso.
¿Y sabe cómo mirarían esos cincuenta árboles,
apiñados, raquíticos, a ese árbol frondoso, solitario, magnífico?
¿Sabe cómo lo mirarían?
Como yo lo estoy mirando a usted ahora.
Pensarían: claro, a él le hacen las composiciones, él
da, él siempre da, da la sombra, da el fruto, da la madera...
¡Ah... qué generoso...!
¿Y nosotros? ¿Qué somos? Somos pobres diablos, ¿no?,
somos raquíticos, ¿no?, somos egoístas, ¿no? ¡Que venga ése a vivir
aquí a ver si le siguen haciendo composiciones!
Vida, ¿me permite? Yo quisiera ser un árbol generoso.
Sí, sí, quisiera dar mi sombra al caminante, dar mis frutos, dar mi
madera a los hombres para... ¡Ja, ja! ¡Generoso! ¡Dice generoso!
¡Vamos, vamos! ¡Hay que robar un poco de agua para vivir!, ¡hay que
abrirse camino aplastando!, ¡hay que quitar el sol a los otros!
¡Vamos, vamos!
Porque eso somos nosotros, estimado prócer. Eso somos,
los pobres tipos, los egoístas, los que pensamos en Dubcovsky
Hermanos en vez de pensar en la humanidad.
Vida, ¿me permite? Yo quisiera ser un benefactor de
la humanidad...
(Ríe inconteniblemente.)
(Serio, de pronto:)
Pero se necesita ser
caradura para estarse ahí representando su papel de prócer, ¿eh? ¡Es
algo increíble!
La gente corre, se afana, se desespera por vivir,
piensa en las deudas, en el sueldo, en los zapatos, en la familia,
en los clientes, ¡qué sé yo! ¡Y usted allí, por encima de todo!
¿Sabe qué es eso? ¡Eso es una insolencia, señor! ¡Sí
sí sí, no me lo vaya a negar! Ser prócer es una insolencia. Ser un
gran hombre es una insolencia. Es un insulto. Es como decir a la
gente: ¿ven?, yo soy un prócer. Yo soy un gran hombre. Un benefactor
de la humanidad. Yo estoy más allá de todas esas pequeñas cosas
absurdas que a ustedes les preocupan y me doy el lujo de tener altos
pensamientos. ¡Fíjense!
Porque es así señor. ¡Sus altos pensamientos son un
lujo! ¡Un Cadillac último modelo! ¡Eso son sus altos pensamientos!
Un lujo que se puede dar usted. ¡No nosotros, los pobres tipos que
estamos aquí peleando por el tiempo y por el centavo!
¡Un lujo, señor! ¡Un insulto!
¡Váyase a bañar!
¡Abajo los próceres!
(Gritando:)
¡¡Abajo los
próceres!!
(Le vuelve la espalda.)
(Pausa. Volviéndose para mirarlo detenidamente:)
Y mire que después de
todo es una figura ridícula usted, ¿eh? Ese paso al frente... esa
barba... esa mirada por las nubes... esa pila de libros... Yo no me
explico cómo la gente no se detiene, lo mira un segundo y no lo hace
pedazos. No me explico.
Porque usted está provocando, ¿no? Usted se está
riendo de millones y millones de pobres tipos, ¿no?
¿Sabe? Ahora me
gustaría tener una bomba en la valija. Le juro que se la arrimaría
al pedestal, así, despacito despacito, encendería la mecha y... ¡bum!,
lo haría saltar en pedazos con toda el alma.
O si no, ¿sabe qué haría? Lo obligaría a bajar de
allí y vender aparatos de metal para vidriera.
¡Bájese! ¡Tome! ¡Aquí tiene mi valija! ¡Vaya! ¡Vaya a
lo de Dubcovsky Hermanos! ¡Vaya!
Ah, se queda ahí, ¿eh? ¡Se está cómodo! Es lindo ser
prócer, ¿eh? ¡Poca vergüenza! ¡Eso es lo que usted tiene!
(Pausa)
¡Huy, ya es la hora! Sí sí, ya están levantando la
vidriera. ¡Adiós prócer! (Mientras se retira:) Me voy a lo de
Dubcovsky Hermanos. Villegas 249. Paga del uno al cinco de cada mes.
Categoría: muy bueno. Encargado de compras: José Dubcovsky. Vamos a
ver qué pasa... vamos a ver... vamos a ver...
(Sale.)
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