agosto de 2004 

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Humberto Costantini
Un molesto ruidito a sus espaldas

 

 

Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio de 1987.

Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.

Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser  los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.

Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.

De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.  

 

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Mejor morirse antes que verle la cara a “questa putanaccia”, dijo y pedaleó fuerte hasta alcanzar la avenida General Paz y después el parque Saavedra que ahora, de noche, era una tupida arboladura de sombras, agujereada aquí y allá por pequeñas manchas luminosas.

Y era posible que eso mismo lo hubiera dicho antes, en voz alta, después del portazo que retumbó en las paredes, cuando se detuvo un momento para mirar con rabia, con asco, como quien mira a algún bicharraco inmundo, la casa de ladrillos, sin revocar y los yuyos que crecían donde en otro tiempo estaban los surcos de los tomates y de la lechuga, y el perro flaco, mugriento, atado con una deshilachada correa al poste de la luz; un segundo antes de escupir y de montar en la bicicleta para alejarse pronto, pedaleando furioso, de esa “schifosa”, de esa “putanaccia” de su mujer que lo único que estaba buscando era perderlo haciéndose matar de un golpe en la cabeza, o de una cuchillada en el vientre, o ahogada con sus manos, alguna noche de estas en que él volviera a recriminarla por sus salidas, o por la casa, o por su arreglo de puta y ella volviera a reírse descaradamente, provocativamente, como si todo lo que él decía, gruñendo y apretando los puños y amenazando con matarla, fueran pavadas, cosas a las que ni siquiera valía la pena tomar en cuenta y contestar en serio.

Por eso había que pedalear fuerte esa noche, sin mirar las calles, ni los autos, ni la gente, mascullando algo, escupiendo, apretando el manubrio que no era ahora ese camarada silencioso y obediente que lo conducía todas las mañanas al trabajo, sino un mango transpirado de rabia, una empuñadura feroz adonde él debía enterrar los dedos y apretarlos, y mantenerlo así, firme en dirección a Saavedra, para que la empuñadura no diera vuelta y lo llevara hacia atrás, hacia una solitaria calle de tierra, hacia una casa de ladrillos sin revocar, donde su mujer seguía riendo, arreglándose el cabello y riendo, buscando a toda costa que él le quebrara esa risa para siempre.

Quiso entrar al parque y detenerse allí, y tirarse en el pasto a fumar un cigarrillo y mirar la noche y el paso rápido de algunos focos por la avenida General Paz, y esperar en esa forma que la sangre se le apaciguara y el canto de los grillos volviera a distraerlo, o hacerle recordar alguna noche lejana en las colinas de Trivento, cuando tenía veinte años, y los alemanes ya se habían ido, y los americanos también se habían ido, y entonces él salía a veces, de noche, solo, a vagabundear por los alrededores del pueblo, a fumar un cigarrillo y pensar en las cartas del “zio Carlo” y en lo que decían los compañeros acerca de embarcarse para América.

Pero supo que esta vez no iba a detenerse allí, no porque no lo hubiera hecho cientos de veces desde hacía dos años, después del casamiento con Amelia, a medida que ella se iba transformando a ojos vistas, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo, ni con golpes ni con caricias, y entonces se fueron haciendo necesarias, parte de su vida casi, esas huidas frenéticas a cualquier parte, ese desesperado salir a agotar su rabia o su miedo en interminables vueltas, antes que las manos se apretaran en el pescuezo de ésa y se derrumbara para siempre aquello que, a lo mejor, con mucha paciencia, con mucho cuidado, todavía podía resucitarse. Supo que no hubiera podido detenerse y echarse en el pasto, y estarse ahí, quieto, mirando la noche y escuchando el canto de los grillos porque la sangre estaba demasiado caliente y todavía era necesario pedalear un buen rato con fuerza, y apretar el manubrio, y largarse en locas carreras por la avenida General Paz y por el barrio de Saavedra, antes de que el cuerpo fatigado, y el sudor de la espalda y de la nuca, y el corazón golpeándole fuerte en el pecho, le reclamaran un poco de descanso, allí, echado sobre el pasto tierno y fresco, húmedo de luna, removedor de recuerdos, y quizás, como otras noches, la rabia, y el nudo en la garganta, y eso que le quemaba adentro, se irían diluyendo poco a poco junto con los latidos de las sienes y la respiración afanosa y el temblor de las piernas, en una especie de quietud animal, en una calma que vendría como de la tierra, y que le permitiría, entonces sí, escuchar el canto de los grillos y mirar el cielo y seguir con curiosidad el paso vertiginoso de las luces hasta que se perdían detrás de alguna curva, allá en el asfalto.

Por eso era necesario todavía pensar, y hacer cálculos, y recordar detalles, y maldecir al destino y a Amelia, mientras el viento golpeaba en el rostro y mientras las piernas se hundían rabiosas en los pedales, y los árboles del parque iban quedando atrás, y la cinta ondulada del asfalto era un río, una vertiginosa corriente por donde había que seguir, mirar fijo hacia delante y seguir entre el rugido de algún auto que le pasaba al lado y después se apagaba como un aullido, entre ladridos lejanos y los rumores de la noche y el ronroneo incesante del piñón que allí, enfrente de él, adentro de él, mascullaba los mismos insultos, removía los mismos recuerdos.

Era necesario pedalear y hablar de la casa que había empezado a construir poco antes de casarse y en la que después no había vuelto a colocar un solo ladrillo, una sola cucharada de cal, todo por culpa de esa “cagna schifosa”, de esa “putana”, en la cual no se podía pensar sin recordar sus ojos brillantes y negros, su risa de desprecio, su cuerpo lleno, sensual, incitante, que balanceaba como una puta cada vez que salía a la calle, y en el golpe que le había dado esa noche, fuerte, en medio de la cara, con la mano abierta, para silenciarle la risa, para ver siquiera una lágrima en esos ojos infames, y las palabras que dijo ella, siempre riendo, siempre mirándolo como se mira a un pobre diablo, las palabras que seguramente no eran ciertas pero que en ese momento lo hicieron odiarla más que nunca y temerla como a un animal venenoso. “Tengo quien se va a ocupar de esto”, dijo, acariciándose la mejilla y riendo, y haciéndole entender algo monstruoso, algo que no podía ser cierto de ninguna manera pero que por eso mismo era como un desafío brutal, como un navajazo que ella le había atravesado en la cara nada más que para hacerle sentir su desprecio.

Y todavía le quemaba allí en la cara ese navajazo, todavía el tajo abierto con sus palabras: “tengo quien se va a ocupar de esto” estaba allí, quemando como un hierro al rojo, haciéndole rechinar los dientes, y apretar el manubrio, y pedalear fuerte, y cansarse, y desear que la fatiga, y las ganas de echarse en el pasto, vinieran pronto, como vinieron aquella noche del año 45, en el camino de Bagnoli a Trivento, poco antes de terminar la guerra.

El túnel de avenida del Tejar se le apareció de pronto y le ocultó el cielo por unos segundos. El ruido del piñón y de su respiración fatigosa se escuchaban nítidos allí, y quizá fue eso, ese escucharse a sí mismo pedaleando y jadeando, lo que le hizo sentir los primeros síntomas de cansancio. Por lo cual aminoró la marcha y se recostó sobre un lado del camino, y dio vuelta despacio, en dirección a Saavedra, deseando, ahora sí, llegar al parque y tumbarse en el pasto, y encender un cigarrillo, y esperar que la noche lo calmase o lo adormeciese, para después volver a su casa pedaleando suave, atravesando calles silenciosas y veredas conocidas, y llegar a la puerta, y guardar la bicicleta en el galpón, y entrar en la pieza para encontrarse con Amelia metida en la cama, durmiendo, como olvidada de todo lo que había ocurrido, recibiendo entre sueños sus caricias, y sus estúpidas palabras de perdón: “non so, non so cosa faccio, Amelia, perdonami”, y dejándose besar y acariciar, y desprender la ropa, siempre entre sueños, siempre sonriendo con esa sonrisa extraña ahora, dulce, casi infantil, tan distinta a aquella otra con que lo torturaba durante el día, rodeándole luego el cuello con los brazos y acercándolo a ella, y besándolo, y murmurando palabras tiernas, como una madre, como una novia, como la “putanaccia che sei”, para tenerlo allí, vencido, anhelante, murmurando siempre sus mismas frases de perdón, “non so, non so cosa faccio”, entregándose y poseyéndolo y haciéndolo arrepentir de sus gritos y de sus golpes, obligándolo a creer en ella una vez más, hasta que el sueño caía sobre los dos y lo borraba todo, y la mañana le volvía a mostrar una Amelia desvergonzada, riente, que tomaba el monedero para salir de compras, y golpeaba desdeñosamente la puerta, y caminaba por la calle con ese andar bamboleante, provocativo, como el de una puta.

Pero al menos podía pensar ahora porque estaba cansado y andaba despacio mientras volvía a atravesar el túnel, y buscaba el atado de cigarrillos, y, sin bajarse de la bicicleta, se detenía para encender uno, y después seguía pedaleando sin apuro, fumando y mirando el asfalto brillante, las ondulaciones del césped a los costados, y oyendo por primera vez a sus espaldas ese ligero ruidito que seguramente sería el eco de algún ruido de la bicicleta contra las paredes del puente y que era un chillido insignificante como el de un grillo pequeño, o como el quejido de un viejo elástico de carro o de coche al balancearse suavemente con el peso de un cuerpo.

Siguió pedaleando despacio y ni siquiera se inclinó para mirar hacia atrás porque estaba en la Argentina, en el camino hacia el parque Saavedra, y no había razón para mirar los autos que, de vez en cuando, pasaban y que proyectaban hacia delante las enormes sombras de su cuerpo y de la bicicleta y que luego las arrancaban de en medio del camino cuando rugían a su lado y lo sacudían agradablemente con el ligero viento que producían al correr; porque estaba en la Argentina, en el año 1962, mirando las luces del barrio de Saavedra y pensando en Amelia, y no en la carretera de Bagnoli a Trivento una noche del año 45, cuando tenía dieciocho años, y Lucía, la hija del herrero que vivía en Bagnoli era dulce y cariñosa, y lo esperaba los sábados y los domingos a la entrada del pueblo.

Pero el ruidito lo seguía teniendo a sus espaldas, no en Bagnoli, sino aquí, en la avenida General Paz, casi a la entrada del barrio de Saavedra, a pesar de que el puente había quedado lejos y el eco no podía ser, por lo cual se dio vuelta y vio el auto, detenido, inmóvil a un costado del camino, lo que era un poco extraño porque hacía un minuto, cuando él había pasado por allí, no estaba, y que ahora, cuando él volvía a pedalear, arrancaba despaciosamente y que con sus elásticos viejos producía ese ruidito como el de un pequeño grillo cantando monótono a sus espaldas.

No hay por qué tener miedo, pensó o dijo entonces en voz alta, y siguió pedaleando, pero aún no con la misma velocidad ni con la misma desesperación de aquella noche, en que se había demorado mucho en brazos de Lucía, cuando todavía tenía delante de sí un trecho de siete kilómetros encajonado entre las colinas, flanqueado por esos muros de piedra, y el P. K. W. con los alemanes lo seguía a unos doscientos metros, sin acortar distancia lo enfocaba cuidadosamente con el reflector, y le dejaba oír los gritos y las risas de los que viajaban en el auto, borrachos, y el jadeo entrecortado del motor, y los disparos de pistola que periódicamente le hacían, sin precipitación, con grandes pausas entre disparo y disparo, porque iban tirando uno por vez, por turno, y se tomaban el tiempo necesario para apuntar bien y ganar de esa manera la apuesta.

Pero este auto no era aquél, Amelia no lo había esperado a la entrada del pueblo, Amelia había encendido la radio y lo había mirado como se mira a un pobre cristo, riéndose y acariciándose la mejilla, y no estaba tripulado por alemanes aquel auto, y seguramente no lo estaba siguiendo como le había parecido al principio, sino que casualmente había demorado la marcha a causa del motor, o de alguna bujía, o de los frenos, porque ella no había hablado en serio, simplemente un insulto, un navajazo para hacerle entender que lo despreciaba, aunque le hubiera dicho “ti amazzo” apretándole las muñecas y rechinando los dientes, y seguramente se desviaría hacia las luces de Saavedra ni se pondría a correr a toda velocidad por ese camino curvo, como él lo estaba haciendo ahora, la “cagna schifosa” que balanceaba el cuerpo como una puta, sino que seguiría derecho por la avenida General Paz, y dentro de unos minutos lo vería llegar a la rotonda de Constituyentes, y doblar a la derecha antes de perderlo de vista, “perdonami Amelia”.

Porque estaba en el camino circular del barrio de Saavedra y en el auto no había nadie que disparara minuciosamente sobre su cuerpo, y lo que tenía al costado era un enorme espacio sin edificar y no las paredes blancuzcas de las colinas donde, de vez en cuando, golpeaba una bala y hacía saltar pedacitos de piedra blanca sobre el camino. No había que correr furiosamente como aquella noche cuando Amelia no existía, ni se pintaba los ojos para salir a hacer compras, ni cantaba fuerte cuando él amenazaba con matarla, y todavía faltaban varios kilómetros antes de encontrar la primera viña, y las piernas no le respondían, y el pecho era un fuelle ruidoso y maltrecho, y el miedo de que llegara a reventar una goma lo hacía clavar la vista en el suelo y desentenderse de las balas que, una tras otra, sin apuro, le silbaban los oídos.

No como ahora cuando miró hacia atrás y vio cómo el automóvil viraba hacia el camino circular y que no era un automóvil en realidad, sino un pequeño camión Chevrolet, modelo 28 ó 29, y que había aumentado bastante la velocidad porque se le iba acercando, a pesar de que él corría ahora, corría tanto que todo el cuerpo se le había bañado en sudor.

Entonces, sin dejar de correr, giró una vez más la cabeza para observar ese camión que inexplicablemente se empecinaba en seguirlo y que hacía un ruidito insoportable con sus elásticos oxidados, pero apenas pudo echarle una ojeada a la cabina, y a la capota atada con alambre, y al paragolpes flojo o torcido, porque el camión aumentaba cada vez más la velocidad y entonces él tenía que aumentarla también a pesar de su cansancio si no quería que en pocos segundos se le viniera encima.

Por eso no volvió a mirar hacia atrás sino que siguió corriendo, inclinando el cuerpo hacia delante y corriendo, por ese camino curvo del barrio de Saavedra, oyendo a sus espaldas el quejido insoportable del elástico, cada vez más cercano, cada vez más nítido en medio de los otros ruidos de la noche.

Y no se preguntó más el porqué lo estaban siguiendo porque, de pronto, las palabras de Amelia, “tengo quien se va a ocupar de esto”, y más que las palabras, la manera de reírse y de acariciarse la mejilla mientras le decía aquello, le clavaron en medio de la nuca una certeza horrible, una pavorosa, quemante, nítida certeza, como aquel ruidito que ahora oía solo a pocos metros de él, y del cual había que huir, huir como loco, sin preguntar nada, sin intentar siquiera una absurda defensa, porque seguramente todo lo había previsto ella, la “maledetta”, y por lo tanto no había otra posibilidad que ese correr desenfrenado por ese camino curvo del barrio de Saavedra, pedaleando todo lo que podía, transpirando de cansancio y de miedo, diciendo “non so cosa faccio, Amelia”, “putanaccia schifosa” que debía haber matado esa misma noche, que debía haber agarrado del pescuezo y apretado fuerte para borrarle para siempre esa risa, “perdonami Amelia”, que ya nunca volvería a acariciar ni a sentir sus brazos rodeándole el cuello, no volvería a ver su sonrisa casi infantil cuando lo besaba somnolienta con la boca abierta, húmeda como la de una puta que era. Porque los alemanes estaban borrachos y por eso pudo llegar al final del camino y arrojar la bicicleta al costado y ocultarse en una viña, pero el ruidito no estaba borracho, corría en cambio a todo correr a sus espaldas, buscando atropellarlo quizás y dejarlo tendido, allí, junto a la bicicleta destrozada, lejos de los brazos y de los ojos de Amelia, entre el canto de los grillos y las luces indiferentes que pasaban allá lejos, o se pondría a su lado quizás, y dispararía, no con calma como hacían los otros, sino con furia, vaciando todos los cargadores al mismo tiempo en la nuca, que por eso estaba húmeda, y por eso lo mandaba seguir corriendo, corriendo aunque las piernas se le endurecían cada vez más, y el pecho a punto de estallar le dolía terriblemente, y la boca abierta aspiraba con dificultad el aire, y los ojos no veían otra cosa que ese pequeño trecho de camino gris, corriendo hacia atrás, debajo de las ruedas, yendo a encontrarse con un viejo camión Chevrolet de elásticos oxidados para avisarle que allí adelante, había un hombre, un pobre cristo, que no podía más, que ninguna parte del cuerpo le respondía ya, y que la noche lo estaba recibiendo como un lecho de sombras o como unos brazos tibios que le rodeaban suavemente, amorosamente el cuello.

 

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