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Gold? Yellow,
glittering, precious gold?
Shakespeare, Timon of Athens
Los primeros síntomas
del mal, los sintió en momentos que vigilaba la labor de los peones
en su lavadero de oro del río de Granadas.
—Me duele mucho el
costao —dijo, llevándose las manos a la cintura.
—¿Por qué no se va pa
la casa, patrón? —contestó el viejo Serapio Choque—. Tá muy helao
aquí ajuera.
—Güeno, vení, ayudame.
El viejo dejó
calmosamente su capacho; tomó a su patrón por un brazo, y comenzaron
a subir lentamente el sendero que conducía desde el lecho del río
hasta el altozano en donde se encontraba el rancho que les servía de
albergue durante sus estadías en el lavadero.
—No hay que chacotiar
con los vientos de agosto, patroncito —comentaba Choque—. Tienen el
diente enconoso, y una vez que muerden...
—¡Hum! ¡Fiero me’stá
doliendo!
—Así ha’i ser,
patrón.
Cuando estuvieron en
el rancho, Zacarías se tumbó sobre un catre de lona que chilló bajo
su peso. Los párpados, pesados como plomo, se le cerraban; la lengua
se le pegaba en el paladar, y aunque volaba en fiebre, un frío
intenso le hacía castañetear los dientes.
—Tengo sé, dame agua
—murmuró.
—¿No quiere que le
haga un tesito’i coca con aguardiente más bien, patrón?
—No me ha’i venir
mal.
A mediodía el enfermo
había empeorado. Un sopor de muerte lo embargaba. Respiraba
trabajosamente, como si le faltara el aire. Apenas si tenía
conciencia de lo que ocurría a su alrededor; en algunos momentos
deliraba. El viejo Choque, haciendo palanca con la cucharita entre
los dientes, logró hacerle tragar algunas gotas de té.
—Mejor es que se vaya
pa Jujuy, patrón. El camión que viene de Pirquitas pasa como a las
dos, y lo puede llevar pa la estación.
Zacarías, haciendo un
esfuerzo supremo, contestó:
—Así va a tener que
ser... Vos te has de hacer cargo de todo... Y has de ver que no se
roben el oro... Ya sabís como son éstos...
—Descuide, patrón.
—¡Hum! ¡hum!
—refunfuñó el enfermo—; lo que no sé es quién te va a cuidar a vos,
que sois otro pícaro... Pero ya’i volver yo...
Después se durmió.
Era una historia
singular la de Zacarías Huanca. Nacido entre los cerros de
Rinconada, hijo de una familia indígena pobrísima, no había recibido
ninguna instrucción. Cercano ya a los treinta años, aprendió a
dibujar su firma, lo que hacía con letras mayúsculas de imprenta que
parecían marcas de fardo. Leer no supo jamás. Estas desventajas no
le impidieron hacer un pequeño capital, y pasar por hombre listo en
las punas jujeñas en donde actuaba.
Un encuentro casual
había decidido su profesión y su destino: cierto día apareció
en las inmediaciones del rancho paterno un gringo alto, colorado y
seco, cuyo oficio, a estar a lo que se veía, era el de partir
piedras a martillazos y mirar los fragmentos con una lupa. Zacarías
andaba entonces por los diecisiete años y, mientras cuidaba del
hato, observaba de lejos las misteriosas operaciones del forastero.
—¿Qué se le habrá perdío, po, que tanto anda buscando?— pensaba. Una
mañana el hombre le hizo señas de que se acercara; pero Zacarías era
desconfiado y arisco como un zorro, y no se movió de su sitio. El
gringo se dirigió hacia el muchacho y éste emprendió la fuga.
—¡Stop! —gritaba el
extranjero—. ¡Mi no quiere hacer nada malo a osté! ¡Mi quiere
conchabar mochacho!
Le dio alcance junto al rancho, donde perseguido
y perseguidor llegaron sudorosos y jadeantes. El desconocido golpeó
las manos y salió el padre de Zacarías, a quien explicó, en su media
lengua, que necesitaba un ayudante y quería emplear al muchacho.
—¿Quién va a cuidar
cabritas, po? —decía el padre—. Yo’stoy solito. La mujer ha muerto
el año pasao. La umilla se ha yuguiao con un maimareño, señor.
—Mi paga bien —aducía
el extranjero.
La vista
de un fajo de billetes que el gringo sacó de la faltriquera, decidió
al padre. Después de regatear, y de tratar de engañar por todos los
medios al forastero, accedió. Y así Zacarías dejó de ser pastor de
cabras y llamas para convertirse en escudero de mister Walter Kennet,
inglés de nacimiento y minero de profesión.
Era Kennet
uno de esos vagabundos que recorren la tierra, incansables y
obcecados, en busca del filón maravilloso. Nada los detiene ni los
descorazona: marchan como sonámbulos en busca de la veta soñada.
Sufren con paciencia miserias sin cuento, la inclemencia de las
cordilleras, el hambre y la sed. La ilusión no los abandona jamás;
se sobreponen a la derrota y al fracaso por la fuerza inquebrantable
de su ensueño. Hay entre ellos verdaderos héroes y mártires. Algunos
—los menos— triunfan y se adueñan de la lámpara de Aladino; otros
mueren desilusionados y vencidos en el cuenco de una peña, en una
cumbre batida por la borrasca, o en la cama solitaria de un
hospital.
Zacarías gustó de aquella vida nómada, y cuando mister Kennet
un buen día partió para Alaska en busca de oro inhallable, el mal ya
no tenía cura. Las minas eran su idea fija. Se pasó la vida en los
cerros durmiendo en cuevas como una alimaña, alimentándose con un
puñado de maíz o de harina tostada; conoció el horror de las
tormentas de rayos que azotan los altiplanos sin que caiga una gota
sobre la tierra reseca; las penurias de la sed en los desiertos, y
las del frío en las cimas nevadas, sacudidas por vendavales
furiosos. Espió durante meses a indios desconfiados y taciturnos que
solían caer al poblado desde quebradas inaccesibles con la chuspa
repleta de pepitas de oro. Cavó y arañó como un topo en los flancos
de las montañas y en el lecho de las corrientes. Ya era cincuentón y
dueño de algún caudal, cuando instaló un lavadero de oro en el río
de Granadas.
Despertó en Jujuy, en
el hospital. Dos médicos, que parecían fantasmas con sus
guardapolvos y casquetes blancos, estaban inclinados sobre él. Una
hermana de la caridad velaba sentada en una silla a unos pasos del
lecho. Zacarías cerró los ojos, y le pareció que se hundía en un mar
de tinieblas; después perdió la conciencia.
—Diagnosticó una
neumonía doble —dijo uno de los Esculapios.
—De pronóstico fatal
—contestó el otro.
El primero asintió
con un movimiento de cabeza.
Aunque parezca
increíble, los galenos acertaron. El enfermo falleció al amanecer.
Antes de que exhalara el último aliento, un franciscano lo absolvió,
y oró largo rato arrodillado junto a su lecho implorando la
clemencia divina para su alma pecadora.
Zacarías sintió como
si alguien le abriera la caja craneana y le arrancara el cerebro;
luego le pareció que subía con rapidez vertiginosa a través de un
medio tan luminoso que lo obligaba a permanecer con los ojos
cerrados; después, lo inundó una sensación de calma infinita, de
dicha sobrehumana.
Abrió los ojos y se
encontró tendido en una nube de colores maravillosos y cambiantes: a
veces parecía una pradera de esmeraldas; otras, un campo azul de
zafiros; tan pronto se encendía en luces doradas, como se erizaba en
ópalos de tenues matices malva, violeta y rubí.
Pasado el primer
momento de sorpresa, advirtió que se hallaba junto a un sendero que
parecía cavado en la nube, y echó a andar por él. Serpeaba por la
ladera de una colina. Cuando llegó a la cumbre vio un valle
magnífico que se extendía a sus pies, en el que se elevaba un
palacio como jamás hubiera podido imaginar. Altas cúpulas se
recortaban en el cielo; arcadas y capiteles refulgían como si fueran
de oro; grandes columnas de jaspe corrían a lo largo del frente, y
una gran escalinata conducía hasta una majestuosa portada construida
de mármol blanco. No se veía un alma por ninguna parte.
Huanca descendió la
colina lentamente y fue aproximándose al palacio. Subió la escalera,
y se encontró ante una puerta de oro engastada de pedrerías. En el
dintel brillaba una cruz, y más arriba, se leía en letras luminosas:
“PORTERÍA”. Como Zacarías era analfabeto, no se percató de ese
detalle, y tal como acostumbraba hacerlo en su vida terrena, se
sentó en cuclillas, se rascó la cabeza, y decidió esperar que
alguien saliera o llegara al palacio. Para entretenerse, echó mano a
los bolsillos en busca de cigarrillos y coca, pero estaban vacíos.
—De seguro que me los ha zurdiao el viejo Choque —pensó—, pero ya’i
de volver yo y no mós de ver las caras. —Su ignorancia y su simpleza
le impedían advertir que había muerto y se encontraba ante las
puertas mismas del paraíso.
Las horas pasaban y
nadie llegaba ni salía. El minero, impacientado y hambriento,
decidió llamar. Dio varios aldabazos en la puerta, pero nadie abrió.
Esperó un rato y volvió a llamar. Nadie. Entonces empujó suavemente
una de las hojas y ésta cedió. Se encontró en un largo pasadizo que
remataba en una segunda puerta que parecía de plata. Golpeó con los
nudillos, y como tampoco nadie respondiese, entró.
Grande fue su
sorpresa al encontrarse en el salón donde penetró con Pepe Brulls,
el catalán de Ajedrez. Era Pepe un truchimán de renombre en toda la
Puna. Minero empedernido, cateador furtivo, y trapacista de chapa,
andaba siempre precedido de una recua de mulas cargadas de baratijas
y comestibles que vendía a precios fabulosos a los mineros del
altiplano, los trocaba por minerales robados por los peones en los
veneros, o por pieles de chinchilla que traían, a espaldas de las
autoridades, forajidos chilenos.
—Con que ya estás por
acá, Zacarías —dijo el catalán.
—¿Y ande’stamos, po?
—En el cielo, colla
bárbaro.
—No ha’i ser.
—¡Qué! ¿No lo crees?
—¡De ande te vo’a
creer!
—¿Y por qué?
—¡Qué van admitir
gallegos en el cielo! ¡Y tan luego a vos!
—Pues ya te he dicho
muchas veces que no soy gallego. Entre un catalán nacido al pie
mismo del Monserrat, y un gallego cualquiera, hay más diferencia que
entre un elefante y una hormiga. Y yo me salvé porque en el momento
de morir me encomendé a la Virgen de mi tierra, la Virgen de
Monserrat, que es la más Virgen de todas, por ser catalana.
¿Estamos?
—Ahá.
—Y aquí entre nos,
Zacarías, esto del cielo resulta un cuento del tío. Hace más de dos
horas que estoy “haciendo amansadora”, como dicen en mi tierra, y
nadie sale a atenderme. ¡Como si yo fuera un pobrete! Para mí que
San Pedro está demasiado viejo y sería hora de jubilarlo.
—¡Qué hombre, oh! ¡Ni
en el cielo has de’star conforme!
En aquel momento se
abrió una puerta lateral y entró un anciano de aspecto venerable.
Vestía un hábito de monje, como el de los franciscanos, pero de
color gris. El viejo era alto, un poco encorvado, aguileño; la
cabellera, blanca como los salares de la Puna, le caía hasta los
hombros, y la luenga barba le cubría el pecho. Del cordel de la
cogulla, pendía un pesado manojo de llavones de oro.
—¡San Pedro! —exclamó
el catalán, pálido, poniéndose de pie. Y notando que Zacarías, en su
confusión, no había atinado a sacarse el sombrero, le gritó:
—¡Sácate el ovejón,
colla malcriado!
Zacarías obedeció.
—Ya te estuve oyendo
—dijo San Pedro, dirigiéndose a Pepe Brulls. — ¿Con que estoy
demasiado viejo y hallas conveniente que me jubilen, eh? Parece que
el Altísimo piensa de otra manera, y encuentra indispensables mis
servicios. ¡Pero ni el Todopoderoso se libra de la insolencia
catalana! ¿De modo que te crees autorizado a indicar lo que se ha de
hacer o dejar de hacerse en el cielo, eh? ¡Vamos, contesta!
El catalán temblaba
aterrorizado.
—¡Entra! —prosiguió
San Pedro— ¡Entra lo más pronto posible, que me están viniendo ganas
de largarte derechito al infierno de un pescozón! ¿Y como vengas
aquí a promover una huelga o un movimiento separatista, te mando al
Báratro aunque salga en tu defensa toda la corte celestial! ¡Con que
andando, y cuidado con la lengua!
Pepe, más que de
prisa, obedeció las órdenes del Santo, que desapareció tras él por
la misma puerta por la que había entrado.
Zacarías, impasible,
comentó en voz alta:
—¡Tremendo había sío
el viejito! ¡Pero también el Pepe es muy por demás enteramente!
Como una hora
después, la puerta volvió a abrirse, y San Pedro, serenado ya,
haciendo señas a Zacarías de que pasara, murmuró:
—Entra, hijo.
Penetraron a una
espaciosa cuadra dividida por el centro por un alto mostrador de
madera tallada. Las paredes estaban cubiertas por estantes, en los
que se alineaban pesados librotes forrados en tela, como los que
usan en este mundo los comerciantes para anotar su contabilidad. San
Pedro abrió una puertecilla y pasó detrás del mostrador. Luego se
encaró con Zacarías.
—¿Cómo te llamas?
—Zacarías Huanca,
señor.
—¿Dónde naciste?
—En Coyaguaima,
patrón.
—¿Departamento?
—De Rinconada, señor.
—¿Provincia de Jujuy?
—Sí, señor.
—Muy pocos suelen
llegar aquí desde esos pagos. Todavía andan la Pachamama y otros
demonios haciendo de las suyas por ahí.
—Así ha’i ser,
patrón.
—¿Estado?
—No compriendo,
señor.
—Te pregunto si eres
soltero, casado o viudo.
—Soltero, señor.
—De algo te ha valido
para llegar al cielo. Es difícil que un hombre casado alcance la
eterna bienaventuranza. La virtud requiere paz y serenidad. ¡Y qué
ha de tenerlas un hombre amarrado a una mujer! La buena, aburre; la
mala, desespera; la hermosa, causa inquietudes y celos; la fea,
encalabrina el alma. Y todas son señuelo del demonio, tentación de
la carne, y perdición del género humano.
Zacarías entendió muy
poco el discurso, pero coligió que el Santo despellejaba a las
mujeres, y amenazaba a los que tenían trato con ellas con la pérdida
del cielo. Esto lo afligió porque recordó que, en sus años mozos,
había gustado más de lo debido de las chinitas. Pero, como buen
indio, sabía disimular y jamás contradecía. Después de carraspear,
contestó:
—Así nomás ha’i ser,
señor.
—¿Edad? —prosiguió el
santo.
—Cincuenta y un años
vo’a cumplir pa la Pascua.
—¿Profesión?
—Minero.
—Espera.
San Pedro se encaramó
en una escalera y descendió de ella con uno de los librotes, que
colocó sobre el mostrador. Se trepó a un alto banquillo de tres
patas con asiento de hule, y comenzó a pasar las hojas del libro
humedeciéndose el índice en la lengua, con la nariz pegada a los
folios.
—Con la edad
—murmuró— me estoy poniendo cegatón. ¿En dónde diablos he metido
misi gafas?
Las encontró en un
cajón, debajo de unos papeles. Antes de calárselas sacó de una de
las anchas mangas del hábito un pañuelo que más parecía toalla por
el tamaño, y echando ruidosamente el aliento en ambos cristales, los
restregó vigorosamente con el paño.
—Vamos a ver: sí...
aquí está.
San Pedro leía en
silencio, subrayando las líneas con el índice y frunciendo el
ceño.
—Lo lamento muchísimo
—dijo al fin—, pero no puedes entrar.
—No me diga... ¡Por
Dios, señor!
—Lo dicho, hijo; no
hay sitio.
—Buscando ha’i haber,
patroncito.
—Vamos, no insistas.
Tendrás que esperar en el purgatorio hasta que se terminen las
obras, pues has de saber que se ha venido abajo un ala entera del
departamento destinado a los mineros, y no hay forma de que los
albañiles terminen con las reparaciones. Jamás he visto embrollones
semejantes: que hoy, que mañana, que pasado, que el jueves... Si no
los necesitáramos aquí, te aseguro que no dejaba entrar a ninguno;
peores que ellos, sólo los abogados y los frailes.
Zacarías recordó que, en un sermón de cuaresma,
había oído al cura de Casabindo describir los horrores del
purgatorio: humazos sulfurosos que sofocan; acarreo de enormes
pedrones en una cuesta arriba que tornan a rodar al bajo apenas se
ha alcanzado la cumbre; lagos de pez hirviente en donde diablos
armados de tridentes sumergen y revuelven a los míseros condenados
como si fuesen las “tumbas” de una olla... Tal vea el excelente cura
se había referido al infierno y Zacarías, poco versado en topografía
de ultramundo, confundía los lugares. Para el caso daba lo mismo:
sentía que un escalofrío de horror le corría por las espaldas y
gruesas gotas de sudor afloraban a su frente.
El santo comenzó a
liar un cigarrillo de chala que cerró pasando el borde de la hoja
por la lengua; a violentos golpes de eslabón sacó chispas al
pedernal del “yesquero” y encendió el pitillo dándole profundas
chupadas. Estirando los labios lanzaba pequeños círculos de humo
azulado que perfumaron la estancia con un vago aroma de anís.
Mientras tanto miraba atentamente a Zacarías por sobre los
espejuelos.
—Y bien, ¿qué
esperas? ¿Por qué no te marchas?
Huanca se rascaba la
coronilla y arrugaba la frente preocupado. De pronto se dio una
cachetada en la cabeza y exclamó:
—Ya l’hi encontrao la
güelta, señor. Si yo consiguiese que alguno de los que ya ‘stán en
el cielo se juera por su voluntá ¿usté me dejaría dentrar en su
cuenta?
San Pedro lo miró
estupefacto. Desde los remotos tiempos en que desempeñaba las
funciones de portero celestial, no había oído proposición más
extraña y disparatada.
—¿Pero cómo puedes
imaginar, mentecato, que exista tonto tan grande que quiera cambiar
las glorias del paraíso por la triste espera del purgatorio o los
horrores del infierno? ¡Pues tendría gracia!
—Y dejemé hacer la
prueba, señor. De todas maneras, usté en nada se perjudica.
San Pedro, como todos
los viejos, era curioso.
—¿Será posible
—pensó— que ocurra lo que este perillán se propone? Veremos.
Y
luego en alta voz:
—Y bien: te concedo
tres horas para que hagas lo que dices. Pero ha de ser con una
condición: si no lo consigues, no irás al purgatorio, sino al
infierno, y allí esperarás bien calentito el clamor de las trompetas
del juicio final. Conque, piénsalo bien. ¿Aceptas?
—Tá bien, señor.
—Entra, entonces. Y
ojalá no te arrepientas.
Y deslizándose del
taburete, guió a Zacarías hasta una puerta oculta, por donde éste
penetró en los maravillosos prados del cielo.
Su primer cuidado fue
buscar a Pepe Brulls.
Lo encontró trepado
en un montículo de topacios, perorando. El catalán encontraba todo
mal en el paraíso: el alojamiento era incómodo, el almuerzo
incomible, el servicio pésimo. Además, estaba prohibido beber
aguardiente, jugar a los naipes y a la taba.
—En vista de todos
estos abusos, me permito proponer a los señores oyentes el envío de
un pliego de condiciones al Altísimo...
En aquel momento
advirtió que Zacarías le hacía señas desesperadas de que callase.
Pepe, que sólo era valiente de palabra, creyó que algún guardia
celestial se dirigía a disolver el grupo; cortó la peroración y
trató de escabullirse. Huanca se lo llevó a un grupo de palmeras
próximo, en donde fingiendo misterio le dijo:
—Tengo una noticia.
—Suéltala.
—Es secreta.
—No diré nada a
nadie.
—Sos muy estómago
resfriao; no me animo.
—Te repito que no
diré nada a nadie.
—Júralo.
—Juro.
—Por la cruz.
—Por la cruz.
—Bésala —concluyó
Zacarías.— Cruzó el índice sobre el pulgar, y se llevó los dedos a
los labios. Pepe Brulls hizo lo mismo. Entonces Huanca dio algunos
pasos y atisbó entre las palmeras, como si comprobase que nadie los
escuchaba. Después dijo:
—Se ha encontrao un
filón de oro tamaño... Diz que es grueso como el dedo, y no se sabe
ande se corta...
—¡Rayos! ¿En dónde se
encuentra eso?
—En el huaico de un
cerro que está pa’l lao i la casa el diablo, en el medio del
infierno.
—¿No me estás
engañando, colla bandido?
—¿Qué acaso yo soy
como vos? El mismo don San Pegro me lo ha dicho. Así que si te
animáis... Y has de tener cuenta con andar palanganiando por áhi, a
ver si algún otro nos aventaja y nos deja mirando.
—Descuida.
Pero el catalán no
podía estarse quieto. Momentos después se despedía de su camarada
fingiendo una indisposición. Era lo que Zacarías esperaba. Una
sonrisa imperceptible animaba su cara impasible de indio. Aguardó un
rato, y salió de su escondite de entre las palmeras. Los mineros
ofrecían el aspecto de una colmena donde ha entrado una mariposa.
Bullían y rebullían en todas direcciones; se formaban y se deshacían
corrillos; se cuchicheaba y se discutía. Pepe andaba de un lado para
el otro como azogado. Por fin gritó:
—¡Yo no aguanto más y
me largo con viento fresco!
Y se presentó en el
despacho de San Pedro.
—Me voy, señor San
Pedro.
—¿Adónde? —preguntó
el santo, asombrado.
—Pues, le diré a usté,
o mejor, no le diré nada, porque mire usté, para ser franco... pues
sabe usté...
—¡Yo no sé nada!
—rugió el santo—. ¡Acaba, embrollón!
—Que no estoy
conforme en el cielo.
—¿Cómo dices,
desvergonzado?
—Que no me acostumbro
aquí... Los aliolis que me sirvieron en el almuerzo estaban crudos,
y además...
—¡Pues lárgate ahora
mismo! ¡Se necesita osadía para venir a decir ante mis barbas
venerables que no están en su punto los aliolis celestiales! —E hizo
ademán de coger el tintero; pero ya Pepe Brulls huía en dirección al
infierno como alma que se lleva el diablo.
—Parece increíble
—refunfuñó el santo;— pero Zacarías, por lo visto, se ha salido con
la suya. Estos collas tienen más malicia que el mismísimo demonio.
Felizmente sólo se trata de ese desalmado catalán que no me era
simpático. ¡Habrá descaro semejante! ¿Que estaban crudos los
aliolis! En los años que tengo no he oído tamaña desvergüenza...
Una voz lo
interrumpió:
—Señor...
—¿Otro?
—Me voy, señor...
—¡Largo de aquí!
¡Vete ahora mismo al infierno!
Y luego otro, y otro,
y otro. No quedó en el reino celestial más minero que Zacarías. Unos
pretextaban aburrimiento; otros se quejaban del desayuno; tal, de
que su habitación no tenía suficiente luz; cual, de que no le
planchaban bien la ropa; los ingleses alegaban spleen; los gallegos
morriña; los portugueses saudade... El cielo se había convertido en
lugar insoportable.
Zacarías sonreía
socarronamente. Se encontraba dueño y señor de toda la extensión del
paraíso destinada a los mineros. Se paseaba por bosques encantados,
formados de árboles maravillosos desconocidos en la tierra. Disponía
a su antojo de un palacio de mármol labrado, marfil y pedrerías
rutilantes. Al caer la tarde, escuchaba, a lo lejos, el suavísimo
canto de los coros angelicales. Por la noche, las constelaciones se
reflejaban en el agua azul de las albercas. Manjares exquisitos
aparecían como por encanto apenas los deseaba.
Los primeros días
fueron deliciosos. Después Zacarías comenzó a entristecerse. La
soledad le pesaba como un costal. Ni siquiera estaba allí ese
tarambana de Pepe Brulls que lo entretenía con sus charlas y sus
bellaquerías. ¿Qué andaría haciendo a esas horas el catalán?
Zacarías sintió un estremecimiento de angustia. ¿Y si fuera verdad
lo del filón de oro? ¿No tenía el diablo fama de ricacho? ¿ Y de
dónde sacaba su riqueza a no ser de las minas? ¿No estaría ese
tunante de Pepe acomodándose en los mejores sitios? ¿Y los demás que
se habían ido en pos de él? ¡Y yo que soy el verdadero descubridor,
con las manos vacías! —pensaba—. Tanto caviló, que llegó a
convencerse de la realidad de su propio embuste, lo que suele
ocurrir a los embusteros con más frecuencia de lo que se cree. Un buen
día decidió marcharse.
Cuando se presentó
ante San Pedro, éste se encontraba de pésimo talante.
—¡Ah, eres tú,
bribón! ¿Qué tienes que decirme? ¡Habla!
—Señor, yo...
—Ya lo sé de memoria:
que quieres marcharte. ¡Pues vete inmediatamente! ¡Ahora mismo!
Y el santo, furioso,
aplicó un tremendo puntapié en traseras partes de Zacarías. Y éste
fue dando vueltas y vueltas por el aire hasta que se sumergió de
cabeza en las llamas del infierno.
Y he aquí la razón
por la cual, según la leyenda jujeña, no se encuentran mineros en el
cielo.
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