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Juan Rodolfo Wilcock
nació en Buenos Aires en 1919. Se recibió de ingeniero civil y vivió
un tiempo en Mendoza en un proyecto relacionado con el ferrocarril
trasandino, pero luego abandonó esa profesión para dedicarse a la
literatura. Amigo de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Wilcock,
se fue a Italia en la década del ‘50, cuando ya era autor de una
considerable obra poética en español (Libro de poemas y
canciones, Ensayos de poesía lírica, Persecución de las musas
menores, Los hermosos días, Paseo sentimental y Sexto) y allí
siguió escribiendo en italiano.
Se invocan a menudo los antecedentes prestigiosos —Conrad, Nabokov,
Beckett— sin tener en cuenta que el cambio de idioma acarrea en cada
caso un cambio de perspectiva en relación al pasado y, por
consiguiente, una especie de contrabando lingüístico sustancial.
Wilcock lo practicó con una nostalgia enrarecida y una imaginación
inagotable. En Italia incursionó en todos los géneros literarios:
poesía, relatos, novelas, teatro. También se destacó como traductor,
tanto al castellano como al italiano.
De su obra narrativa podemos mencionar: Fatti inquietanti
(1960), Lo stereoscopio dei solitari (1972), La sinagoga
degli iconoclasti (1972), I due allegri indiani (1973),
Il tempio etrusco (1973), Il caos (1974),
L’ingegnere (1975), Frau Teleprocu (1976, en colaboración
con Francesco Fantasia), Il libro dei mostri (1978), Le
nozze di Hitler e Maria Antonietta nell’ inferno (1985, en
colaboración con Francesco Fantasia).
Murió
en Italia en 1978. |
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ZULEMO MOSS
El señor Zulemo Moss terminó mal: en efecto, terminó
convertido en un cenicero de madera, redondo, profundo, fácil de
limpiar —basta una pasada bajo la canilla— pero sin ambiciones, sin
perspectivas. Esto lo ha vuelto malísimo; en este sentido puede
afirmarse que ahora su única ambición es hacer daño a los demás y la
perspectiva de hacerlo, nula, porque carece de medios. No tiene
manos ni miembros dignos de mención, no tiene ojos ni lengua, ni
siquiera puede, por lo tanto, averiguar si merece o no, como
desearía, el título del cenicero más malvado de Italia. Inerme,
medita recetas de venganza:
Señor Martínez a la Húngara.
“Señor Martínez, bien depilado – Manteca – Jamón –
Sal – Pimienta – Cebolla – Harina – Vino blanco, media botella –
Tomates en conserva.
Corte al señor Martínez en trozos bastante pequeños.
Luego coloque en una olla grande medio kilo de manteca y algunas
fetas de jamón; caliente un poco y agregue después los trozos del
señor Martínez, condimentados con sal y pimienta.
Cuando el señor Martínez comience a dorarse, ponga en
la olla cuatro o cinco cebollas picadas y deje que siga dorándose,
revolviendo de vez en cuando. En cuanto el señor Martínez tome un
color más bien oscuro, espolvoréelo con la harina, revuelva, cocine
uno o dos minutos, y luego riegue con el vino blanco. Deje evaporar
el vino y agregue una lata de tomates en conserva. Revuelva, y
después de un par de minutos rocíe con agua, la suficiente para
cubrir los trozos del señor Martínez.
Baje el fuego, tape la olla y deje que termine de
cocerse bien despacio. Cuando la cocción esté completa la salsa
deberá estar bien espesa.
Quítele la grasa y arroje al señor Martínez con su
salsa espesa por el inodoro”.
El señor Martínez es un vecino, comparten el mismo
rellano de la escalera. Otra de sus vecinas de casa, la señora
Cosacci, le ha inspirado una receta no menos cruel:
Hojaldre de Señora Cosacci.
“Haga una bola, cúbrala con un mantel y déjela
reposar.
Transcurridos veinte minutos tome a la señora Cosacci
y con un palo de amasar déle forma cuadrada, pero sin estirarla
demasiado (unos cuarenta centímetros por lado). En el medio de ese
cuadrado coloque el pan de manteca y ponga luego los cuatro lados de
la señora Cosacci sobre la manteca, cruzándolos, de modo de cubrir
bien la manteca.
Apoye levemente el palo de amasar sobre este
cuadrado, para cerrar bien la masa, y deje reposar otros cinco
minutos en lugar fresco.
Empiece a realizar después el trabajo denominado de
las vueltas. Extienda a la señora Cosacci con el rodillo compresor
hasta lograr una tira rectangular, estirándola frente a usted, de
modo que quede tres veces más larga que ancha, procurando extenderla
con un mismo espesor, de aproximadamente cinco centímetros.
Hecho esto, coloque frente a usted la tira, a lo
ancho en lugar de a lo alto como estaba antes, y pliegue los dos
extremos hacia el centro, recubriendo uno con el otro. De este modo
la señora se habrá convertido en una especie de libro de tres hojas.
Vuelva a extender entonces a la señora frente a usted
en rectángulo como al principio, colóquela nuevamente en posición
horizontal y vuélvala a plegar en tres. Habrá dado dos vueltas a la
señora. Luego de estas primeras dos vueltas, déjela reposar en un
lugar fresco (pero nunca directamente sobre el hielo) durante diez
minutos y después vuelva a darle dos vueltas más. Otros diez minutos
de reposo y ya puede darle las dos últimas vueltas definitivas.
Durante la operación de las vueltas espolvoree,
siempre con suavidad, a la señora y la mesa con una capa de vidrio
molido. Luego de las seis vueltas prescriptas, la señora Cosacci
quedará lista y podrá dársela al perro del portero para
envenenarlo”.
Con el tiempo, el señor Zulemo Moss ha comenzado a
presentar rajaduras, y ahora amenaza con quebrarse. En efecto, hay
quien sostiene que un cenicero no puede ser tan malvado por mucho
tiempo sin quebrarse. Por eso mismo, siempre es preferible
convertirse en un cenicero de metal o de plástico.
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DR. UGO PANDA
El joven doctor Ugo Panda es un cantautor célebre;
los exámenes radiológicos han demostrado que el sujeto posee un
cerebro poco común, de aproximadamente veinte gramos de peso y del
volumen de una avellana, que puesto en relación con el peso y el
volumen del cuerpo da como resultado un coeficiente intelectual
equivalente al de un tapir. Con semejante cerebro no se puede hacer
gran cosa: el Dr. Panda come, duerme, sabe espantar las moscas con
la mano, sabe distinguir entre el timbre de la puerta de calle
—cuando lo oye se acuesta— pero en cuanto al resto no está en
condiciones de hacer nada, ni siquiera de sacarse los zapatos. Sin
embargo compone las letras de las canciones que canta en televisión;
aunque no son demasiado complicadas, tienen rima, lo que presupone
una habilidad ancestral acaso transmitida hereditariamente. Sus
letras, totalmente incomprensibles aunque sugestivas, evocan ritmos
melanesios, y no se excluye la posibilidad de que los antepasados de
Ugo Panda, probablemente tan extravagantes como él, proviniesen de
Nueva Guinea, esa tierra tan rica en misterio y en poesía. La más
famosa de estas canciones del Dr. Panda es la celebrada Maffammi,
primera de la serie del long-play
Fulabarula:
Dinga baringa
flu-flu-flu
spissi tanghi
pissi lu,
sanga buranga
flo-flo-flo
escevissi landi
scevissi mo.
La presentación de la letra de esta canción a la
comisión de examen ha bastado para que a Ugo Panda le fuera otorgado
el doctorado en Letras, un día en que sus familiares lograron
vestirlo casi como una persona y llevarlo a la Universidad sin que
se ensuciara demasiado por la calle. Sus exégetas no dejan de
recordar que justamente la noche de ese día memorable el recién
recibido compuso de una vez su fascinante Dungalia,
evidentemente un canto de alegría y de justificado orgullo ante la
inesperada consagración:
Effe de va
effe de ve,
¡gun salafá
gur salafé!
¡Uhi, uhi, uhi!
El disco continúa con una serie de gritos más bien
ad libitum. El Dr. Panda vive en Roma con dos hermanas, tres
cuñados y una cantidad de sobrinitos que lo miman día y noche y lo
hacen jugar.
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BERLO ZENOBI
El crítico literario Berlo Zenobi es una masa de
gusanos, un amasijo de forma indefinida, aunque se supone que en su
interior debe haber alguna estructura que lo sostiene: ¿cómo harían
si no para mantenerse juntos todos esos gusanos? La naturaleza de
éstos es, como se sabe, centrípeta, a menos que la maraña a la que
están unidos sea ella misma su fuente de alimento. Desde el punto de
vista zoológico estos gusanos son nematelmintos, más exactamente de
la especie Ascaris lumbricoides, de quince a veinticinco
centímetros de largo; tienen el cuerpo cilíndrico, de color rosa
ebúrneo, aguzado en los dos extremos; normalmente el macho es más
pequeño que la hembra. La pregunta que con más frecuencia se les
ocurre a los lectores de Zenobi, quien además es director de la
página cultural de un importante matutino, es la siguiente: ¿estos
gusanos son siempre los mismos, o se renuevan? Es más plausible que
las ascárides en cuestión se reproduzcan y sean continuamente
sustituidas por ascárides nuevas, considerando que ya van veintidós
años que Zenobi tiene la misma sección de crítica en el mismo
diario, y ningún gusano resiste tanto. Por otra parte, se sabe que
dondequiera que vaya el crítico Zenobi deja siempre a su paso algún
nematelminto muerto, sobre las sillas o los almohadones. En ocasión
de la entrega de los premios literarios más importantes, la bola de
gusanos parece adquirir vida nueva, no por nada su lema es:
“Apremiando premio y premiando apremio”. Es además asesor de las
mejores editoriales y se murmura que cobra no menos de diecisiete
sueldos diferentes, todos correspondientes a asesoramientos
literarios, incluso televisivos: pero, por otra parte, es cierto que
los gusanos parasitarios consumen enormes cantidades de alimento.
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FIZIO MILO
El mecánico Fizio Milo es una persona tan modesta que
poco a poco ha desaparecido casi por completo, sólo ha quedado de
él, en un ángulo de su taller, una especie de fosforescencia difusa
que a duras penas puede considerarse una luz. Sus empleados ya no le
hacen caso, como tampoco le hacían caso cuando era más visible. En
su rincón, Fizio se ha dedicado a la lectura de la Biblia, sobre
todo del Viejo Testamento, y a la compilación de estadísticas del
texto sacro: cuenta cuántas veces se repite determinado vocablo,
luego cuenta otro. Si a alguien se le ocurre ir al taller en busca
de un par de pinzas en medio de la oscuridad, puede ser que oiga el
canturreo de su voz que repasa detrás de un armario los resultados
de su trabajo: “Éxodo: 1.324 corderos, 273 altares, 751 canaanitas,
79 prostitutas, 27 hondas, 2.642 tiendas, 85 bendiciones, 968 iras
de Dios, 254 peces, 336 adúlteras, 27 becerros de oro, 62
truenos...”, etcétera, etcétera. El mecánico no intenta ninguna
Cábala, sino el más humilde de los ejercicios espirituales. Ya no
hace más reparaciones, ni siquiera se molesta en atornillar un
buloncito: permanece ahí, no más visible que la llamita de un
encendedor barato, contando a la luz de sí mismo cuántas lentejas
hay en el libro de Daniel o en el de los Jueces, cuántos elefantes
hay en los Salmos (ninguno). Pero no cabe duda de que cuando menos
se lo espera se encuentra en algún Paraíso.
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MINO VEDI
A fuerza de mirar dibujos de un pintor español
llamado Picasso, Leticia Vedi dio a luz un hijo con cuernos, al que
todos llaman Mino. Han transcurrido veinte años y Mino Vedi se
convirtió en un lindo muchacho, con su cabeza de novillo; ha
comenzado a trabajar en un banco y ya nadie se fija en esos dos
cuernos que tiene en la frente, ni siquiera le hacen bromas por eso;
a lo sumo los recién llegados lo llaman Cornudo durante un tiempo
pero luego la novedad se esfuma. Mino Vedi es atractivo y podría
tener más suerte con las muchachas, que no se fijan en detalles
cuando se trata de buscar compañero, pero en la cama es un peligro
no sólo porque pueden quedar enganchadas en sus cuernos, sino porque
éstos apuntan hacia adelante casi a propósito, por lo tanto también
pueden perder un ojo o algo peor. En cuanto al resto, todo marcha
sobre ruedas: hoy en día hombres y mujeres no usan sombrero —quién
sabe qué habrá sido de los tres o cuatro mil millones de sombreros
que había en el mundo— y para dormir le basta con no dar demasiadas
vueltas sobre la almohada. Sin embargo, Mino tiene un defecto de
carácter: sueña con una conquista armada del Poder. En esos sueños
ve bandas enteras de jovencitos que se le parecen, todos con
cuernos, que atacan, metralleta en mano, a pacíficos pelotones de
obreros burgueses con esposa, hijos y televisor, y los destripan a
cornadas al grito de “¡Heil Stalin!” y luego destrozan a patadas sus
pequeños automóviles y los queman, y hacen lo mismo con todas las
jerarquías del Estado, de los sindicatos a las iglesias y los
bancos. Batallones de Minos recorren con grandes pasos sonoros las
calles de la ciudad sembrando el terror, entran en las pizzerías y
se comen todas las pizzas. No queda claro quién manda entre estos
Minos, pero lo más fácil es suponer que todos mandan; como una horda
de chacales se lanzan contra las instituciones y las reducen a
escombros. Mientras espera que llegue la hora, Mino Vedi se afila
los cuernos, no fuma, no bebe alcohol y en la parroquia aprende, en
su tiempo libre, a fabricar pantallas de pergamino.
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VINIZIO STADERA
El joven Vinizio Stadera es en realidad dos personas,
dos hermanos siameses incómodamente unidos por el vientre, lo que
impidió cualquier intento de separación por parte de los médicos, ya
que las dos mitades tienen en común algún órgano importante. Es
difícil imaginar una posición más incómoda para dos personas, por lo
demás bastante independientes de carácter, condenadas a vivir
juntas. Sin embargo, al ir creciendo, se fueron acostumbrando:
aprendieron a caminar con cuatro piernas, a comer con dos bocas, a
hacer sus necesidades por turnos; a leer dos libros al mismo tiempo,
uno con la cabeza vuelta hacia la derecha y el otro con la cabeza
también vuelta hacia la derecha, que vendría a ser la izquierda del
otro; a dormir uno frente al otro, a bañarse juntos, aun a nadar
juntos; a colocarse una misma camisa de manera bastante complicada,
saben hacer una cantidad de cosas que a primera vista parecen
imposibles, por ejemplo andar a caballo, pero no pueden escribir a
máquina, ni manejar un automóvil. Tampoco parece probable que
Vinizio pueda casarse, ni que pueda hacer el amor con otras personas
que no sean él mismo, pero ésta es una condición bastante común.
Como Vinizio Stadera es una persona discreta y poco afecta a los
exhibicionismos, prefiere quedarse en casa a conversar, una mitad
con la otra; como todos, por otra parte. Pero de noche sale a pasear
por el jardín, siempre en diálogo consigo mismo, y si hace calor
alza las dos cabezas hacia el cielo y estudia las estrellas y su
posición relativa; saciados los ojos con el alto espectáculo, el
otro se mira a sí mismo y sonríe, o mejor dicho sonríen: nunca está
solo, ni siquiera frente al infinito.
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