| |
Beatriz Guido
nació en Rosario en 1924 y murió en
Madrid en 1988. Realizó
estudios de letras en la Universidad de Buenos Aires. Muchas de sus
obras fueron llevadas al cine por Leopoldo Torre Nilson, con quien
se casó en 1959. Recibió el Diploma al Mérito en novela por la
Fundación Konex y fue agregada cultural en España en 1984. Entre sus
obras, podemos mencionar: La casa del ángel (1954), La
caída (1956), Fin de fiesta (1958), La mano en la
trampa (1961), El incendio y las vísperas (1965),
Piedra libre (1976) y Apasionados (1982).
Representante de la generación del ’55, sus
primeras obras tienen rasgos de la narrativa psicológica tradicional
pero luego va incorporando ciertas preocupaciones políticas y
sociales que acerca su literatura a lo testimonial. Juan Carlos
Portantiero describe en Beatriz Guido una “problemática de raíces
éticas, permaneciendo como una crítica moral de la decadencia de las
clases altas, pero desde el punto de vista de otro sector ideológico
de las mismas clases altas”. |
|
|
"Usurpación" pertenece a
Todos los cuentos el cuento, Editorial Planeta Argentina.
Mi padre
los domingos, arnesaba su caballo blanco con las mejores monturas y
aderezos de plata, la levantaba de su silla de ruedas y, apretándola
junto a su pecho, atravesaba la ciudad de Mercedes hasta la
Catedral. Mi madre y yo los seguíamos detrás, en un coche de capota
baja para no molestar, pienso ahora, su alta cabellera que batían
las criadas durante horas para aumentar su estatura. No me abandona
todavía el perfume a laca barata que defendía sus cabellos del
viento, más bien la brisa, que a veces nos regalaban los calurosos
días de verano.
El
tabacal quedaba a pocas leguas de nuestra casa, y digo "nuestra"
porque allí dormíamos, aunque a veces pernoctábamos en los pisos
altos de los almacenes de Ramos Generales que mi padre poseía todo a
lo largo del noroeste de la provincia. Cuando llegábamos a la
Catedral, los mendigos y algunos empleados suyos corrían a ayudar a
bajar a mi hermana Victoria y fabricaban con lienzos de terciopelo
una silla especial hasta el primer banco de la iglesia. Creo que
también en la sacristía había una silla ortopédica especial para
ella y en las grandes festividades la sentaban con un bolso de raso
y, atravesando el patio principal, pasaba la limosna que gustosos
todos le respondían.
“Un
ángel, es un ángel", "Cada vez más bella", "Una santa", "La otra en
nada se le parece... y se le parece en todo".
No se
equivocaban. Mi hermana gemela Victoria y yo poseíamos un parecido
tal que maravillaba a la peonada. Y no sabían ellos tampoco que
rompíamos el más revolucionario de los inventos argentinos: nuestras
huellas digitales eran idénticas. Sobre todo, la del pulgar derecho,
y la del izquierdo era discutible, porque sólo un poderosísimo lente
de aumento podía identificar una sombra en la línea media, decía mi
padre cuando tenía que ir a buscarme a Bella Vista, adonde solía
escaparme en las épocas de peonada, con algunos misioneros que me
calentaban la sangre. Porque en eso sí; en nada nos parecíamos. Creo
que ni siquiera el primer año de nuestra vida. Contaba mi madre cómo
yo clavaba los dientes en sus pechos y mis primeros dientes
destrozaban cuanto juguete y sonajero nos obsequiaban. Hasta la
granada madura o el carozo de aguacate me sabían a ambrosía.
Pero
después del infortunado accidente, que dejó a mi hermana paralítica
para siempre en una silla —ante nuestros ojos mi padre estacó
crucificado al bastardo tordillo, que la había arrojado entre la
lianas y las hojas de tabaco, y lo dejó morir devorado por los
buitres— y nadie pudo explicarse la fatalidad incuestionable de la
caída. Desde entonces hasta hoy Victoria, cuya risa, cuya ternura no
desaparecieron nunca y el llanto, pienso, fue ofrenda silenciosa, se
convirtió en la más feliz de las mortales y en el único objeto
adorado de mi padre. El no disimulaba ante mí la obligación que
tenían en el pueblo de elegirla reina de los Juegos Florales, y el
premio consistía en un viaje a Buenos Aires para la coronación del
poeta provincial, a quien ella ceñía las sienes con hojas de tabaco.
Cuando
mi padre volvía borracho a las tres de la mañana de Empedrado o de
Goya, Victoria lo esperaba con candial y leche tibia y él le besaba
los pies y las manos, mientras mi madre dormía sentada por temor de
aplastar su enlacada cabellera. A veces, para los días de Semana
Santa, su fecha de casamiento, vestía a Victoria con su traje de
novia y, para no ofenderme, me disfrazaba de novio y jugábamos a una
falsa ceremonia, donde Victoria era ella y yo mi padre, con un
chaplinesco jaquet y una camisa almidonada, con botones de perlas y
brillantes. Quizá era la única vez que durante el año, veía a mi
madre reír sin temor a que sus arrugas quedaran impresas en su
traslúcida piel de muñeca.
Nosotras
también vivíamos sorprendidas de nuestro parecido que yo no lograba
ocultar con cremas, afeites y pinturas de labios. Muchas veces,
jugábamos a la prueba del espejo y, en la sala principal,
colocábamos un marco veneciano vacío y, vestidas iguales, ella en un
sillón colonial de terciopelo y caoba y yo en el parejo, frente a
las azoradas visitas, durante horas imitábamos los gestos hasta que
Eulalia, la única amiga de mi madre, nos reprendía. No te mires
tanto al espejo, Marina.
Dormíamos en el mismo cuarto, temíamos las estancias vacías,
acechadas siempre por forasteros, chaqueños, misioneros, paraguayos,
a los que el vino, la grapa y la ginebra volvían locos en las
barracas como el sol en el desierto.
Nuestra
casa era el blanco de agresividades: antorchas encendidas, botellas
y piedras de barro que arrojaban. La respuesta era un balazo en la
frente disparado por el guardián que velaba nuestro sueño, entre
balaustradas de mármol o desde el torreón que todavía se conserva.
Cuántas
veces Victoria y yo veíamos recoger el cadáver y encontrar al día
siguiente en cualquier lugar de la selva, la tierra removida y las
dos callábamos porque sabíamos que debajo de ella yacía el cuerpo de
un bracero enloquecido por el vino chinche de nuestros almacenes de
Ramos Generales. Pero yo no les temía.
Desde
los catorce años, cuando un hermano de mi padre me desvirgó debajo
del piano de cola de la sala y después seguimos tomando el té con
huevos kimbos, mojados en anís, y sospeché que la división de
nuestro cuerpo en el feto materno me había dado una absoluta
impunidad para el embarazo comencé a sentir que podía y curiosamente
necesitaba, para no aburrirme del todo, satisfacer como un hombre,
sí, como ellos mismos, la necesidad de conocerlos en sus gritos, en
sus aullidos, en las formas indiscriminadas de sus cuerpos. Jamás
pude eliminar el asco que me producía el olor a alcohol
característico de todos ellos, pero las pastillas Sen-Sen y los
extractos de Myrurgia importados que se vendían en los almacenes, me
ayudaron a sobrellevar esa diversión sin remordimientos, que me
hacía atravesar, bajo el sol caliente, las largas siestas hasta el
extremo del río, para encontrarme con aquel que solamente me había
mirado, o me había ayudado a bajar del caballo, o los trashumantes
de algún circo fortuito, equilibristas de shows, que su efímero paso
por el pueblo me los hacía inmunes a la calumnia.
Recuerdo
a un acróbata húngaro que se encerraba en su cuarto de pensión,
mientras yo me excitaba con sus contorsiones, y su silenciosa
acompañante filipina limpiaba los cordones de la muerte, las víboras
amaestradas.
Sin
mediar la más mínima palabra, me revolcaba entre las antiguas
sábanas de encaje de la pensión Hermana Fratellini, en una cálida
siesta de febrero y los ventiladores del techo refrescaban mi sudada
cabellera y sus envejecidos músculos, tentadores de la muerte.
Sin
diálogo, desaparecía embrujada por la pasión y el éxtasis, siempre
alcanzable, y no me importaba sostener la mirada de un peón o de un
capataz los domingos en Misa o en los grandes asados con que mi
padre festejaba su fortuna, su impiedad y sus dividendos.
Yo huía
con algún ocasional acompañante hacia las caballerizas o el torreón,
y agudizaba en su ignorancia los terrores con leyendas que corrían
por el pueblo. ¿No sabían, acaso, que el acertijo de tiro al blanco
era algún indio boleado que mi abuelo elegía como blanco y trofeo?
Sus almas en pena vagaban por los corredores y sus lamentos se
escapaban de los armarios si alguien los abría abruptamente y,
durante las tormentas, las brujas del pueblo interpretaban sus
maldiciones.
Yo
notaba en Victoria el terror que le producían mis acompañantes
cuando, en las siestas de los largos almuerzos, llevaba a descansar,
como le decía púdica y procazmente a mi hermana Vicky, a mi
afortunado y temeroso acompañante. Ellos huían mientras su hombría
disimulaba su terror, porque decían escuchar en las paredes de la
trampa de las caballerizas o de las bodegas, los gemidos de las
almas de los innecesarios habitantes e ignorantes indios matacos y
mientras mi éxtasis se avivaba ante el terror y el desprecio,
imaginaba el relato que, poéticamente desvirtuaría, ante los ojos
deslumbrados de Victoria.
—¿Te
gustaría que nos sirvieran esta noche lomo de indio achicharrado?
—Ya no
hay indios —repetía Victoria—. Son todos mestizos
—¡Te
hablo de indios reencarnados, tonta! Como si viviéramos el Juicio
Final y cada uno de ellos se encontrara con su cuerpo y tu Tatita
volviera a asesinarles, porque es el único manjar de su querida
Vicky.
Victoria
me acariciaba los labios y bendecía mi frente y luego añadía:
—No hay
que repetir los malos pensamientos, si no los repetís, desaparecen
por la corriente sanguínea.
—Se van
por las cloacas —responde Marina.
Victoria
apoya su cabeza en mi falda y repite:
—Se los
llevan los ángeles.
Victoria
y yo asistíamos a las mismas clases con profesores que venían desde
Goya y que mi padre mandaba traer y llevar en su Land Rover,
No
faltaron los viajes a Buenos Aires y a Suiza en busca de algún
remedio para un caminar que, pienso yo, Victoria tampoco deseaba.
Un mundo
de criados giraba alrededor de ella. El baño en una piscina cerrada
de mármol de Carrara y espejos, reflejaba mi cuerpo junto al de
ella, que nada había perdido de sus encantos. Las sirvientas
festejaban su inmersión con gritos de Aleluya y secaban piadosamente
su frente, y la gentileza con que pedía las uvas frescas, los
duraznos y las ciruelas, dado que la inmersión debía durar dos o
tres horas, siempre con la esperanza de la imposible mejoría.
Vicky,
como la llamábamos, se hacía arrastrar en su silla de ruedas por las
barracas y arrabales, llevando el piadoso consuelo de la limosna a
los necesitados que veían en ella a la Santa Virgen de Itatí en una
lujosa silla de ruedas. Nunca un gesto de protesta; jamás una
maldición ni una indigna profecía. Sólo aquella vez en que no pensó
que yo ya la espiaba.
Victoria
arrastró su silla por los pasillos. Nuevamente le había parecido oír
un lejano quejido, un llanto de indios que crecía con el andar de su
silla de ruedas, sin imaginar que yo había atrapado un gato en una
trampera de zorrinos. Se acercó hasta la ventana, desde donde
provenían los lastimosos gritos y, de repente, rompió el vidrio en
un rapto de violencia. Afuera, una tormenta muy fuerte se había
abatido sobre la casa y el viento y la lluvia comenzaron a soplar
dentro de la habitación. Me metí en su cama y la cobijé en mis
brazos.
—Si te
dedicaras a la política serías gobernadora —le dije un día, y ella
contestó, mientras peinaba mis cabellos:
—Sería
el único caso de dos gobernadoras... o una; podríamos gobernar las
dos.
—¿Dónde
vas, por las noches? —interrumpió, de pronto—. Tengo miedo por vos.
Eso es lo único que lamento, no poder acompañarte.
—Me
divierto, si no, tendría que abandonar "La Alborada" a la que odio
en lo más profundo de mi ser.
El peón
que manejaba nuestro jeep bajó rápidamente y ayudó a preparar la
silla de ruedas de Victoria. En el medio del campo se veía un
bosquecillo junto a un río y, más allá, un montículo de tierra de
unos treinta por cuarenta metros.
—Fijate
allí le dije—. Allí están los cadáveres de los matacos enterrados.
Ha crecido el pasto y la tierra se ha resecado pero es lo mismo.
Vení —nos acercamos y llegamos hasta el montículo—. Debe haber cien,
doscientos cuerpos. Niños, hombres, viejos. Cualquiera que molestara
venía a parar acá y son los que ahora rondan borrachos por las
noches. Y aunque nadie hable en el pueblo, todo el mundo se acuerda
de esto.
Ambas
permanecimos en silencio, envueltas por el viento que soplaba desde
el río.
Pero mi
curiosidad tal vez comenzó en ese instante. ¿Cuál era la vida de
Vicky cuando las sábanas cubrían su cuerpo desnudo; cuando las Nanas
untaban con aceites su cuerpo...?
Su única
amistad viril era la de Pablo Fuentes, un muchacho que vivía a la
entrada de la ciudad de Mercedes con su madre, cuyo padre fue muerto
en una refriega en una de las barracas. Pablo creció con nosotros en
bondad y sabiduría porque todos los días viajaba a la ciudad de
Corrientes para terminar sus estudios de medicina, que penosamente
solventaba con el oficio de enfermero, aplicando inyecciones en la
farmacia de Santa Lucía y conduciendo una ambulancia, tal vez la
única del pueblo, que mi padre había regalado al Municipio y, como
no había quién la manejara, pasó a ser propiedad exclusiva de él,
entonces apenas un adolescente.
Y debo
decir que su único placer era hacer sonar la sirena como si
viviéramos en una gran ciudad, y cuando llegaba a la puerta de la
estancia, sabíamos de su presencia. El rostro de Victoria se
transfiguraba y me obligaba a arrastrar su silla hasta su encuentro.
Las dos subíamos a la ambulancia y repetíamos casi siempre el mismo
juego. Yo era la accidentada:
—¡Me
muero! ¡Me muero! ¡Me asesinaron por el corazón! —Y obligaba a Pablo
a auscultarme. El, pudorosamente, entreabría mi blusa, me colocaba
una máscara que simulaba ser de oxígeno y corríamos a campo
traviesa, haciendo sonar la sirena como si fuera un potro desbocado.
Pablo
era alto, robusto, con una pequeña desviación en los ojos. Había
sido monaguillo de niño hasta que mis primos, los de Resistencia y
yo, le pusimos un petardo debajo de la sotana un domingo de Ramos.
Además, no soportó ni pudo soportar el escarnio y las risas en las
procesiones hasta que nos confesó que llevaba el palio y ayudaba a
dar Misa por un simple plato de feixoada o de arroz o una planta de
tabaco.
Entonces, a mi madre se le ocurrió que podía ser un buen carretero
para arrastrar la silla de Victoria.
Pero
Vicky y él tenían un mundo muy particular. Un oficio de bondad que
crecía con el tiempo, una ayuda al prójimo que me repugnaba: no
había incendio en el que él no se pusiera un casco de bombero para
ayudar a evacuar gente en las quemas provocadas en los campos cuando
la temperatura pasaba de los 40º C a la sombra.
Y yo,
para provocarlos tal vez, ejercitaba mi crueldad dejando morir de
sed a los perros domésticos de la casa o a alguna gata que acababa
de parir. Pensaba que así sus aullidos en la noche, justificaban las
leyendas despiadadas que corrían por el pueblo.
Pablo se
convirtió en uno más de nosotros, y mi padre agradecido, lo
favoreció con una humilde casita a la entrada del feudo. Al morir su
madre, se apretó más a nosotros, se hizo taciturno y sólo sonreía
cuando arrastraba la silla de Victoria y corrían por los patios y
los parques, se internaban en la selva, merendaban entre las
plantaciones de tabaco y volvían muy caída la noche.
Mi
intención no fue ser cruel, pero le dije:
—Y vos,
¿qué hacés con Pablo? ¿Me vas a decir que ni siquiera te ha besado?
—Comprendí que había abierto las compuertas y sus ojos respondieron
buscando, no sé aún, mi piedad o mi silencio.
Entonces
decidí espiarles.
Una
tarde, hacía varios días que no paraba de llover, como venía de
Corrientes, me detuve en su casa, a la entrada del atajo de Alma
Muerta.
A través
de los postigos, comprendí, pude ver y aprendí cómo hacen el amor
los reyes. Mi hermana, tal vez yo misma, estaba encima de una tarima
cubierta por una cortina roja de raso de la estancia.
Vicky no
estaba sentada en silla de ruedas; Pablo la había colocado sobre la
tarima imperial.
Entonces, comenzó a besar todo su cuerpo durante más de una hora
mientras ella acariciaba su desnudez. Con un oficio de cirujano
separaba sus cabellos, entreabría sus labios y dibujaba con sus
dedos sus facciones y, mientras una música de Vivaldi se escuchaba
desde un destartalado fonógrafo, realizaban el ritual del amor como
si fuera el ritual de la consagración de la Eucaristía entre las
manos de un santo.
La
palidez de Victoria sobre la cortina de raso carmesí, reflejaba el
éxtasis y el placer; casi el canto o el trino de la despiadada
belleza.
El
ritual y posesión se prolongaron hasta muy entrado el crepúsculo, y
para castigarme, asistí a sus postres, mientras mis rodillas se
negaban a sostenerme. Sentí que la cara me ardía y me vi en el
espejo de la sala, no pudiendo imitar jamás los movimientos y el
ritual del amor.
Tal vez
desde ese día, me sentí impotente y quebrada, y tan sola en el mundo
como ese rincón de la provincia que sólo me había dado violencia y
hastío, y ya no fui la misma.
Victoria
fue mi enemiga. No disimulaba mi agresividad, y mis largas ausencias
fueron aún más frecuentes. Intentaba en todo momento demostrarle a
mi padre, ante la presencia de Victoria, mi vida promiscua, sin
encontrar mayor eco en sus reproches, obsesionado solamente en su
ambición y en su vida prostibularia, ante el silencio y la continua
preocupación de mi madre por su melena enlacada.
Fue un
miércoles de Ceniza, con máscaras y cabezotas. Pedí a Victoria que
me acompañara a una fiesta en la barraca, ya que mi padre había
conseguido hacerla elegir reina de la belleza en la ciudad de
Corrientes. Los braceros volvían a su provincia y la niña Vicky
debía estar entre ellos. Arrastré su silla bajo la luz de la luna,
vestidas las dos con trajes de gasas y encajes, y nos dirigimos al
entierro de Carnaval.
El
remedo de la comparsa Copacabana en el triste e improvisado
Carnaval, que todas las barracas de braceros festejaban como
pretexto para emborracharse, nos salió al encuentro. Cabezotas
hechas con vainas, encapuchados con lonas y arpilleras, donde los
dibujos de las caras parecían más bien penitentes en su procesión de
Semana Santa. Otros cubrían sus cabezas con medias elásticas de
color blanco, fantasmas delirantes con disfraces improvisados, donde
las ollas que servían para hervir las hojas de tabaco, eran tambores
infernales.
Yo había
bebido desde temprano y llevé en el bolso que colgaba de su silla,
una botella de brandy. No la obligué a beber, fue ella que me pidió,
como si fuera un brebaje para enfrentar a los braceros chaqueños y
paraguayos. Llegamos avanzada la noche y no podía decir que estaban
todos borrachos. Yo busqué mi elección y abandoné a Victoria entre
ellos.
Mi
conciencia adujo que también había mujeres y niños pero ellos
estaban borrachos.
Entre
los fardos de tabaco, me desnudé varias veces y digo varias veces,
porque me vestía para volver a la barraca, pero era más fuerte el
deseo y la necesidad que el tiempo cumpliera su vaticinio.
Cuando
el silencio fue total, crucé la cara de mi poseedor con un latigazo
y lo dejé dormido entre las hojas de tabaco.
Entré a
la barraca.
Me costó
descubrirla porque todos la habían abandonado en el suelo, dejando
las máscaras y cabezotas de vainas de tabaco. Junto a su silla
yacía, muerta y violada varias veces, mi hermana Victoria. No dudé
un instante. Disimulé sus ropas; pinté los labios y los ojos
yacentes, me senté en su silla y comencé a gimotear hasta que a la
mañana siguiente nos encontró la peonada, mi padre que no deja de
besarme, Pablo Fuentes, quien arrastra desde hoy mi silla, consuela
mi llanto, me acompaña al cementerio y, me pasea en su ambulancia, y
yo, Victoria, he aprendido que un cuerpo puede, a veces, pertenecer
solo a otro cuerpo.
ir arriba
|
|