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Bernardo Verbitsky nació en Buenos Aires en 1907. Desde mucho
antes de que en 1941 le otorgaran el primer premio del Concurso
Ricardo Güiraldes (el jurado estuvo compuesto por Norah Lange,
Guillermo de Torre y Jorge Luis Borges) a su obra Es difícil
empezar a vivir, el nombre de Verbitsky había trascendido
ampliamente los círculos literarios. Ya un vasto sector del público
conocía sus penetrantes comentarios bibliográficos que se publicaban
en el diario Noticias Gráficas bajo el título de Los
libros por dentro. Con anterioridad fue redactor de Crítica y de
otros órganos de prensa.
En 1942 apareció su
ensayo Significación de Stefan Zweig; vino después, en 1947,
una extensa novela, En esos años, que fue como una
recopilación de recuerdos de las aberraciones y angustias que el
mundo sufrió desde el instante en que los nazis se adueñaron del
poder en Alemania. En 1950, publicó los cuentos de Café de los
angelitos; en 1951, Una pequeña familia; y en 1953 sus
novelas La esquina y Calles de tango, esta última
trasladada luego al cine. De 1956 es Un noviazgo y de 1957
Villa Miseria también es América. Una narración breve,
Vacaciones, y un ensayo acerca de El teatro de Arthur Miller
se difundieron en 1959, al igual que los poemas incluidos en
Megatón. La tierra es azul, una novela corta y tres
relatos, es de 1961 y Hamlet y Don Quijote de papel de1966.
De Verbitsky ha dicho
Martín Alberto Noel: la deliberada objetividad relativa con que
‘muestra’ al país, brota casi siempre un discreto lirismo, una
suerte de contenida emoción piadosa, elementos que transfiguran en
sustancia artística lo que —de otro modo— sería sólo crónica. Y a
este alto mérito se suma otro que distingue a Verbitsky de muchos de
sus colegas (...): el de la calidad de su prosa que aúna lúcidamente
el decoro formal con las indispensables concesiones al vulgarismo y
el lunfardo.
Pedro Orgambide, por
su parte, nos dice sobre Verbitsky que “es, de manera bien
explícita, el novelista del alud inmigratorio de la Argentina, de
los inmigrantes y de sus hijos, porque en estos prevalece todavía,
por imperio de la sangre, la vital intimidad de los padres.”
Bernardo
Verbitski murió en 1979, cuando en su patria soplaban malos vientos. |
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Viñaver llegó a su casa temeroso pero ya resignado a
que le vieran con su uniforme blanco. Sin embargo, en contra de lo
que suponía, pudo atravesar el patio y aproximarse a su habitación
sin encontrar a ninguno de sus vecinos. Su alivio fue tal cuando en
el último momento esquivó a Don Alí, el encargado, que hacía su
aparición en el patio.
—Clara —dijo a su mujer mientras entraba en la
habitación— caminar también es un trabajo. Pero ahora —agregó,
desenvolviendo el paquete que llevaba— nos va a ir mejor.
Los chicos le preguntaron si no les había traído un
helado. No traía helados pero había comprado un poco de fiambre,
queso y dulce de membrillo pues sabía que les gustaba. La mayor, que
tenía ocho años y estaba haciendo sus deberes, le dijo con seriedad
cerrando su cuaderno:
—Si tenés unas monedas, voy a comprar medio kilo de
pan. No hay en casa ¿no, mamá?
—Claro que tengo —dijo con afiebrado optimismo
Viñaver—. Tengo para pan y ahora va alcanzar para todo.
Contó que había ganado cuatro pesos y que si a las
siete no hubiera comenzado a llover, lo que obligó a suspender la
venta y llevar su carrito al depósito, tal vez hubiera ganado dos
pesos más. Clara pareció animarse ante ese resultado, pero sólo
contestó que el encargado había preguntado por él varias veces.
Viñaver se apretó nerviosamente los puños, haciendo sonar las
articulaciones de los dedos. Fue después de comer que se advirtió
espantosamente cansado.
A las doce del día siguiente debía reiniciar su
caminata. Era domingo y en el patio había más gente que de
costumbre. Sin la suerte de la noche anterior, se encontró con Don
Alí, que visiblemente le esperaba. Se limitó a pedirle que se
mudara. Viñaver con un brillo nervioso en los ojos, le aseguró que
le pagaría, pues tenía trabajo. Pero Don Alí repetía:
—No, no, no. No podemos seguir así. Usted se muda. No
me pague, pero váyase.
No lo había molestado mucho a pesar de su atraso,
pero ahora un paisano le ofrecía diez pesos más por la habitación, y
el pago adelantado. Viñaver insistió que le pagaría y aunque el otro
le repitió terminantemente que prefería perder lo adeudado, creyó
haberle convencido. Su mujer había seguido medrosa desde la puerta
la conversación. No podían irse pues carecían del dinero para la
mudanza y el primer pago en la casa nueva.
Él se fue a mediodía y después de su salida ella
realizó en el barrio una gestión afortunada. Pero a su regreso por
la noche nada bueno pudo la mujer contarle. Su relato hacía asomar
en el rostro flaco y macilento de Viñaver dos parches rojos, signo
de su excitación. Ella había obtenido por la tarde trabajo como
sirvienta en una casa próxima, pero regresaba despedida. Ocurría
esto por sexta o séptima vez en el término de treinta días. La
explicación que le dio fue incoherente, pero Viñaver pareció
entenderla. Los chicos ya habían sido acostados y aunque ella había
traído un peso y monedas que le entregaron al despedirla, ocupados
en discutir la persecución de que se creían víctimas ni pensaron en
comer. La debilidad les hacía desvariar aun más que de costumbre, y
sólo se tranquilizaron al encauzar su alteración en un plan que
concibieron.
Viñaver anotó en una hoja de cuaderno las direcciones
de las casas en que su mujer trabajara en el último mes y luego,
bajo el título de Memorándum, redactó una protesta contra
todas las personas allí enumeradas. Afirmaba que ella había debido
retirarse de esas casas, insultada y ofendida. “Así no debe tratarse
a una lavandera —agregaba— que se ofrece para ayudar el pequeño
jornal de mi marido enfermo. Como padres de dos menores argentinos
nos vimos obligados a firmar la presente nota de acuerdo a través de
nuestra vida dolorosa e histórica para todo momento oportuno”.
Fecharon el documento y debajo firmó ella. Clara J. de Viñaver con
su letra grande y desgarbada.
La verdad es que la despedían porque no sabía cocinar
y no tenía fuerza para lavar la ropa.
Viñaver, con sus mejillas florecidas, sin sacarse su
uniforme que le hacía más esmirriado, se tiró sobre la cama. Desde
la suya que ocupaba con el chico, Lía la mayorcita, todavía
despierta, miraba en silencio.
El lunes y el martes disminuyó la venta de helados y
en las dos jornadas apenas reunió tres con cincuenta. No podía tener
esperanzas de deducir de tales entradas el alquiler que debía. Don
Alí reiteró su exigencia, esta vez violentamente, y cuando en la
discusión recordó que la pieza que su inquilino ocupaba era la mejor
de la casa, su enojo se hizo todavía más agudo, como si recién
entonces comprendiera todo lo que iba perdiendo. Gritaba cada vez
más fuerte, se enardecía a la vista de los vecinos que salían a la
puerta de sus habitaciones. Viñaver repetía:
—Pero yo no puedo mudarme, ¿cómo quiere que me vaya?
Don Alí, cada vez más excitado, corrió a su
habitación y en medio de los chillidos de las mujeres salió
blandiendo un gran cuchillo puntiagudo. No parecía tener ningún
control sobre su enojo y gritaba:
—Es la mejor pieza de la casa. Yo te mato si no te
mudás.
Intervinieron algunos vecinos, desarmaron a Don Alí,
que se mostró sorprendido de su acceso. Viñaver no podía moverse del
lugar. Ríos de angustia atravesaban su pecho. Estaba aterrado por
los gritos, por el escándalo, más aún que del cuchillo. Su mujer
también había gritado y ahora le llevaba a su habitación.
Tranquilizaron a los chicos, que lloraban, y más tarde, entrada ya
la noche, hablaron entre ellos largamente, hicieron cálculos
procurando imaginar algún recurso. Debían mudarse porque el
encargado lo mataría. Pero no encontraba la manera de reunir esos
cincuenta pesos que les permitiría cambiar de pieza. Extenuado como
estaba por las caminatas y estremecido por la pelea, aumentaba la
confusión de su cerebro. En su cabeza no cabían ideas y su mujer,
fiel eco de su perturbación, no padecía su miedo pero se sometía a
su reacción como a sus soluciones.
Aterraba a Viñaver la perspectiva de encontrarse con
Alí y hasta temía abandonar su habitación. No lo encontró al salir
pero se fue monologando su pánico ante la noción ahora más viva del
peligro pasado, el recuerdo del cuchillo.
Su mujer fue, como todos los miércoles, a una
sociedad judía de beneficencia y después de retirar los cinco pesos
que periódicamente le entregaban y que en los últimos tiempos
estiraban el hambre de la familia, solicitó al empleado que siempre
la atendía, un préstamo de cincuenta pesos para mudarse. El hombre,
sorprendido, aseguró que no dependía de él la entrega de semejante
suma y le indicó que se dirigiera en todo caso a la comisión
directiva haciéndole saber sus necesidades. A la mañana siguiente
Viñaver acompañó a su mujer a la sociedad y agitado todavía por la
escalera entregó el Memorándum al empleado que atendía una
ventanilla, quien leyó la protesta contra las personas que despedían
a la señora. Sin saber qué actitud tomar adoptó un tono ceremonioso
y le dijo:
—Mire señor. Esto no puedo resolverlo por mí mismo.
Es necesario que se dirija a la comisión directiva, que considerará
su solicitud.
Viñaver no estaba dispuesto a admitir el fracaso de
su plan, había estado seguro de que el memorándum tendría un efecto
inmediato. Reclamó el dinero con una violencia en él insospechada,
pero el otro se mostró conciliador al ver su rostro alterado, sus
mejillas coloradas y el destello aceitoso de sus ojos.
—¿El dinero acaso es mío? Este documento mándelo a la
comisión y puede ser que le den.
Eso pareció convencerle, y se fueron. Pero ocupados
en comentar la tentativa con su mujer ninguno de los dos recordó en
todo el día que debía ir al depósito de helados a hacerse cargo de
su carrito. Al día siguiente acudió como si nada hubiera pasado pero
se encontró con que lo habían reemplazado. Al principio no pareció
darse cuenta de lo que eso significaba, pero lo entendió mejor a las
pocas horas, pues su mujer apenas pudo preparar algo para cenar, no
para él ni ella, que hacía meses que no tomaban alimento con
regularidad ni hacían completa una comida, sino para los chicos, que
se quedaron con hambre.
Viñaver pareció haber recibido un estímulo
comprendiendo la urgencia de hacer algo pero sólo podía pensar
alternativamente en Don Alí —que no le había vuelto a decir nada— y
el empleado de la sociedad de beneficencia. Sentía encono contra ese
hombre y sin recordar detalles le culpaba de la negativa del dinero.
De sus cavilaciones delirantes surgió de nuevo lo que le pareció una
solución infalible. Ella le dio un trozo de sábana vieja del que
recortó un rectángulo del tamaño de una bandera; improvisó un pincel
y compuso un cartel con grandes letras irregulares que dibujó con
tinta. Los chicos siguieron con interés su trabajo. Su mujer pasó el
tiempo envolviendo en papeles su reducida vajilla de cocina.
En las primeras horas de la mañana Viñaver comunicó a
Don Alí, que asintió en silencio, que se mudaba de inmediato. Buscó
en el barrio un changador y contrató la mudanza. Vistieron a los
chicos, y cuando los pocos pobres muebles fueron cargados, dio al
carrero la dirección de la sociedad de beneficencia.
—Nosotros vamos en tranvía y le vamos a esperar. Allá
cobrará —le dijo, conteniendo un solapado deseo de reír.
El carro arrancó, iniciándose el moderado traqueo del
único caballo.
Viñaver con su mujer y los chicos, también partieron,
pero a pie. Llevaban un rumbo cierto. Empezaron a caminar bajo un
cielo nublado. El aire estaba inmóvil. Vivían en Villa Crespo y
desembocaron en Triunvirato que luego de un buen trecho se
transformaba en Corrientes. Hicieron en conjunto unas treinta y
cinco cuadras, y unas tres o cuatro antes de llegar a Callao,
Viñaver desenvolvió un pequeño paquete que llevaba, y extrajo
doblado como una servilleta el cartel que preparara la víspera. Con
ayuda de su mujer lo desplegó y así lo llevaron, con las manos en
alto. En la primera cuadra la gente que iba en dirección contraria
se daba vuelta para mirarlos y leer el letrero. Después los
siguieron algunos muchachos y luego también algunos hombres. El
cartel decía:
“Queremos que nos deporten para encontrar trabajo. El
superior gobierno de la nación debe alimentar a nuestros hijos
porque son menores argentinos y de lo contrario queremos ir a
Montevideo, donde tenemos un amigo y un tío de mi señora, porque los
chicos tienen hambre”.
Abajo venían las firmas de Viñaver y su mujer. Se
detuvieron en Callao y Corrientes con el cartel siempre enarbolado.
Tanta gente había ya a su alrededor que los chicos cansados y con
susto, comenzaron a llorar. Llegó un vigilante para averiguar el
motivo de la aglomeración. Llegó otro agente. Interrogaron a Viñaver,
quien, cuando le preguntaban qué hacía allí, sólo atinaba a
responder:
—Porque nos mudamos esta mañana.
Finalmente los llevaron a la comisaría más próxima,
donde un sargento les dio bizcochos de grasa a los chicos, pues el
menorcito pedía de comer. A otras preguntas, Viñaver respondía que
la mudanza la iba a pagar el empleado de la sociedad de
beneficencia.
Cuando a la sede de ésta llegó el carrero, no
encontró quien supiera decirle nada ni quien se hiciera cargo de los
muebles. Averiguó en la cuadra si había alguna pieza desocupada,
pero si bien encontró un cartel le aseguraron que nadie había
alquilado. Volvió a la sociedad, pero el empleado se había ido a
almorzar. El carrero, furioso y desconcertado, habló por teléfono a
un almacén de su barrio, pidió que le averiguaran sobre lo ocurrido
en casa de Don Alí, y se dispuso a almorzar a su vez en un boliche,
hasta tanto pudiera volver a llamar.
Telefoneó más tarde pero no le supieron decir nada.
No habían vuelto a ver a Viñaver. El carrero se allegó una vez más a
la ventanilla, pero allí le atendió otro empleado quien no le pudo
identificar, por la descripción que le hizo, al hombre que le diera
esa dirección como la de su nuevo domicilio, y le aconsejó que
avisara a la policía. El carrero, muy irritado, subió a su vehículo,
y cuando a tres cuadras de allí vio un baldío entre dos casas,
comenzó a descargar el moblaje de Viñaver. Crecían en ese espacio
yuyos, y había desparramadas latas de conserva, oxidadas.
Contra la pared amontonó el pequeño ropero, el
lavatorio sin espejo, dos camas, separados los elásticos del
respaldo, tres sillas, un tacho de lavar lleno de las cosas de la
cocina, y encima el colchón y un bulto con las cobijas. Se iba a ir
cuando advirtió un grupo de chicos; le estaban mirando, y simuló
acomodar los bultos. Se dio cuenta entonces que había empezado a
caer una garúa finita. Era apenas perceptible su guión oblicuo. El
carrero se encaró con uno de los muchachos:
—A ver vos, andá a buscar un vigilante. ¿Hay parada
por acá?
Había tomado ya una resolución. Dos de los chicos
salieron corriendo. Tardaron en regresar. Detrás llegaba, calmoso,
un agente a quien hizo no sin dificultad el relato minucioso de lo
ocurrido desde que convino con Viñaver el traslado de los muebles,
hasta ese momento. La llovizna que no molestaba aún, se había hecho
imperceptiblemente más densa.
—Bueno —dijo el vigilante— le va a traer alguna
molestia. Tendrá que venir conmigo a la comisaría. Y con esto ¿qué
hacemos? —dijo por los muebles—. Esta garúa de porquería —agregó—.
¿Quién de ustedes va al almacén del gallego de la media cuadra y le
dice de mi parte, que mande unas bolsas, una lona, algo para tapar
todo?
Unos chicos salieron corriendo. Algunas personas se
habían acercado a la entrada del baldío, un hueco en una pared baja,
y contemplaban la escena. Los muebles parecían unos cachivaches
enanos, adosados contra la gran pared. Llegó un dependiente del
almacenero para averiguar qué ocurría y ya enterado se fue, para
regresar con unas bolsas de azúcar, de arpillera tupida. Sobre el
respaldo curvo de las sillas, sobre la madera ordinaria del ropero,
gotitas muy pequeñas formaban como un exudado. El agente, después de
una corta indecisión comenzó a acomodar las bolsas sobre el colchón
y el bulto de las frazadas. No se habían mojado mucho, pero se veían
húmedas, ablandadas.
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