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Bernardo Kordon nació el 12 de
noviembre de 1915. Escritor y periodista, es uno de los exponentes
literarios de la década del 50. Sus relatos describen la
problemática de la gran ciudad, Buenos Aires, protagonizada por
quienes intentan sobrevivir a ella. Entre sus obras se destacan:
Vuelta de Rocha (1936), Un horizonte de cemento (1940),
La reina del Plata (1946) y Domingo en el río (1960).
Con Historias de sobrevivientes (1983) ganó el primer Premio
Municipal. Sus cuentos fueron traducidos al francés, inglés, alemán,
ruso y chino. Murió el 2 de febrero de 2002. |
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La
luz resplandeciente y cálida inundó el ámbito de un mundo perdido y
al fin recuperado. La playa y la línea de vegetación se extendían
hasta perderse en el horizonte del sur. Inmediatamente reconocí el
río de mi infancia. Allí me esperaba mi hermano Sam, y como fue
nuestra costumbre apenas nos saludamos con un breve “qué tal”.
Me
pareció más alto que antes. Con ademán desganado me señaló los
árboles de la costa y allá fuimos. Andando detrás de él lo observé
ágil y huesudo. Solamente vestía un pantaloncito de baño, y como
siempre que tomaba sol se veía colorado, los hombros ampollados y la
nariz descascarada (nunca alcanzó a broncearse como fue su deseo).
De
pronto recordé que mi hermano había fallecido. En consecuencia yo
también estaba muerto, puesto que transitaba por su mundo. Hace años
que mi hermano murió, y ahora me dejaba conducir por él. Tuve
entonces la revelación de que mi muerte era reciente. En ese momento
no recordaba cuándo, ni cómo se produjo el hecho, señalándome la
poca trascendencia que tienen las circunstancias de una muerte. En
cambio valía esa luz vibrante y el río cobrizo que marcó mi vida y
volvía a encontrar ya muerto.
—Ahí
se deja la ropa.
Había
varios montículos de ropa: así la dejábamos cuando íbamos a bañarnos
en el río. Me quité los zapatos, los pantalones, la camisa, y quedé
con el pantalón de baño.
—¿Corremos? —propuse.
Echamos a trotar por la playa, sintiendo en los pies la elasticidad
de la arena barrosa y las delicadas ondulaciones que dejan las
crecientes. Ráfagas de alegría me sacudían el cuerpo desnudo como
golpes de viento que hinchan el velamen de una fragata. De pronto
dejé de correr.
—¿Qué
te pasa? — me preguntó mi hermano.
Volví
sobre mis pasos, pero ya sin alegría, con la angustia de llegar
tarde. Me detuve otra vez bajo los sauces. Me tranquilizó ver que
todos los montículos de ropa seguían en su lugar.
—¿De
qué tenés miedo? —me reprochó Sam—, ¡Aquí nadie roba nada!
Busqué mi ropa y solamente me tranquilicé del todo al palpar el
dinero en el bolsillo del pantalón, y los documentos —la cédula de
identidad y el registro de conductor— en el bolsillo de la camisa de
sport. Después me vestí apresuradamente.
—¿Seguimos corriendo? —invitó mi hermano.
—Bueno —acepté—. ¿Pero dejás todo tirado de este modo?
Sin
esperar respuesta revisé su ropa. Sólo le encontré la cédula de
identidad otorgada por la Policía Federal.
—Te
la llevo —le dije. Tomé su cédula, revestida de material plástico, y
la guardé en el bolsillito delantero del pantalón.
Echamos a correr, esta vez directamente hacia el agua. Ya iba a
meterme en el río cuando recordé que ahora estaba vestido, y en un
esfuerzo desesperado endurecí los músculos para detener mi carrera.
Entonces desperté. Salí al corredor de la vieja casa. Mi madre
preparaba la mesa para almorzar. Le conté que terminaba de soñar con
Sam. ¿Pero fue sólo un sueño? Me dominó la duda. Metí los dedos en
el bolsillito delantero del pantalón y allí encontré una cédula de
identidad. Lentamente la llevé hasta mis ojos y vi el nombre de mi
hermano y su foto. Entonces sí: la revelación me llenó el pecho con
una esperanza infinita. Contuve un grito de horror y alegría al
comprobar que había vuelto con un testimonio del más allá.
Me
prometí guardar el secreto para siempre. Lo juré de mil modos,
sabiendo que la menor flaqueza rompería el sortilegio. Lo importante
era aguantar ese grito que crecía en el pecho. Apreté los dientes,
pero todo resultó inútil: finalmente grité el secreto y entonces
desperté por segunda vez. Estaba solo en la cama y comenzaba un
nuevo día. No estaba mi hermano, ni la playa, ni la vieja casa.
Solamente un día menos de vida, y ningún golpe de viento para
henchir la vela de una esperanza.
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