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Augusto Roa
Bastos nace en 1917 en Asunción, Paraguay. Pasa su infancia en
Iturbe, un pequeño pueblo de la región del Guairá, escenario de sus
primeros relatos. Con apenas 15 años se fuga con un grupo de
compañeros de colegio a la guerra del Chaco —guerra que enfrenta al
Paraguay con Bolivia— como asistente de enfermería.
Trabaja en
múltiples oficios y comienza a publicar en l prensa. En 1945,
invitado por el British Council, viaja a Gran Bretaña y
Francia, y sus entrevistas y crónicas del final de la Guerra Mundial
se publican en el diario El País de Asunción.
En el año
1947, apenas regresado a Paraguay, las persecuciones desencadenadas
por la dictadura militar, tras una breve primavera democrática, le
obligan a huir a Buenos Aires iniciando un prolongado exilio.
En
Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios sin abandonar nunca su
actividad literaria. El de cartero fue uno de sus favoritos. Más
tarde, trabajó como guionista de cine, autor teatral, periodista y
profesor de diversas universidades de América Latina.
En 1953
publica El trueno entre las hojas, su primer libro de
relatos, y en 1960 Hijo de hombre, título que iniciaba su
trilogía sobre el monoteísmo del poder. A éste le seguiría Yo el
Supremo, su obra maestra y una de las cumbres de la literatura
castellana contemporánea; en la que narra la historia de José Gaspar
Rodríguez Francia, dictador del Paraguay durante 26 años.
En 1976 se
traslada a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse, y desde
entonces reside en esa ciudad. Nombrado profesor de Literatura
Hispanoamericana, crea el curso de Lengua y Cultura Guaraní y el
Taller de Creación y Práctica Literaria. Es miembro de honor de
varias universidades hispanoamericanas, europeas y norteamericanas.
Ha recibido
prestigiosos premios y condecoraciones entre los que se destaca el
Premio Cervantes, que recibe en 1989. Más de veinte títulos, entre
novelas, cuentos, obras de teatro y poesía, componen su obra, que ha
sido traducida a 25 idiomas. Es uno de los grandes escritores
latinoamericanos de este siglo.
Augusto Roa
Bastos falleció en Asunción el 26 de abril pasado, a los 87 años. |
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Por qué no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya
sabe, don Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer.
Taitá se rió fuerte: Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El
viejo miraba la oscuridad; casi sin mover los labios dijo: No. Tiene
que ser luz del día, y si hay sol, mejor. De no, la comida es de
otro gusto. Taitá lo miró con la boca llena. Enojado. Después le
preguntó, burlón: Gusto a qué, si se puede saber, don. El viejo no
contestó. No dijo nada más. Se levantó y se fue hasta que se
emparejó con la oscuridad. Taitá volvió a masticar, rezongando:
tiene la cabeza más dura que el recado. Capaz que un día va a
enladrillar el río para vadearlo sin mojarse los pies.
Taitá y el maestro
nunca se entendieron. Con el maestro nos pasó que lo empezamos a
conocer cuando se desgració bajo el puente. Y ya para entonces tenía
más de sesenta años. Un poco encorvado el espinazo no más; pero
sabía ponerse derecho cuando quería. Mayormente en la fiesta de la
Natividad, que en Itacuruví empieza un día antes del 24 y se alarga,
a remezones, hasta la Epifanía. Muy guardador. Un hombre de orden,
de trabajo. Flaquito. Inacabado. El redoblante y alférez mayor de la
cofradía de mariscadores. Clavábamos la punta de los pies entre el
gentío para verlo tocar. Despacito al principio. Ciego o dormido en
el susurro del cuero. El cabello negro y lacio, pegado al cráneo con
la goma del tártago. El pecho muy abombado en la figura pequeña.
Reventaba en un tronido el redoble mientras el malón salvaje robaba
al Niño-de-Cabellos-Rojos. Doscientos años después, jinetes de
sudadas camisetas de fútbol lo traían a salvo. Sólo entonces el
redoble paraba. Los mariscadores un rato de piedra sobre los
caballos. Los brazos en alto. Florecidos ramos de
palma.
Por debajo pasaba la imagen. Un cuajito de leche, el pelo teñido de
bermellón como el fleco del niño-azoté. La inmensa bola de polvo y
ruido flotaba sobre el pueblo, y se iba en una nube a llover en otra
parte, hasta el año que viene. Siempre igual.
En
un lugar así la vejez es larga para cualquiera. No para el maestro.
Con menos que poco se conformaba. Dentro de él encontraría todo lo
que le hacía falta. Quién sabe. Por fuera, siempre ocupado; un
hombre activo como ninguno, de provecho, cumplidor. La escuela. Su
chacra llena de plantíos de muchas clases. El cuidado de los pájaros
y animales silvestres en su casa, a media legua del pueblo, en la
orilla del monte.
Al
rayar el día ya estamos todos los alumnos en el patio, tiroteándonos
con las semillas de los nísperos; los más grandes pelando al
descuido las polleritas rotosas, para mirar debajo. “Guá, el
maestro”. Una vela negra entre el vaho del rocío. Detrás viene
saltando el coatí. Lejísimo todavía, si hasta parece que no se
mueven, que van reculando. De un parpadeo a otro, se ha puesto a
repicar el trozo de riel. El ruido de los bancos se apaga antes que
el fierro. Desde la puerta nos está barajando hace rato; nos mira y
no nos mira. Nosotros, duros; cada uno con su estaca bien tragada.
Sin saber dónde poner las manos y el traste. Los ojos de santitos.
Un ramalazo de escarcha quema de refilón una mano, una pierna. Lo
único que se mueve es la cola de humo del coatí, bajo la mesa del
maestro. El vergajo atado al puño, tiembla un poco todavía. Él mira.
No se oye más que su resuello; un anhelar más aire del que hace
falta para uno solo. ¿En qué momento ha sacado la libreta de tapas
negras donde nos tiene guardados? No precisa abrirla para saber
quién está cazando pájaros en el monte. 0 quiénes están temblando
con el chucho y vaciándose en la diarrea, hasta que les hace tomar a
la fuerza sus remedios de yuyos. Ni la sombra de un pelo se le
escapa. Sabido.
Le
miramos la cara para ver si hace buen tiempo. Entonces salimos a
sacar la paja podrida del techo, a trenzar tientos y bozales; a
tejer sombreros y guayacas, para el mercado. La escuela no le cuesta
al gobierno más que la venida del inspector, que a saber a qué
viene. Nada más que a emborracharse en la fonda del pueblo, a poner
su firma en el registro, como de que todo está en orden. Nos hace
cantar el himno al pie del asta pelada (ni bandera tenemos), y se
va.
El
nublado le dura varios días al maestro. Por cualquier cosa: Suba al
palo, alumno. La voz gruesa en un cuerpo tan ajustado (a veces la
voz más grande que su tamaño). El dedo uñudo apuntando hacia afuera.
El castigo más temido: el palo pelado, alto, y el culpable
ahorquetado en la punta, achicharrándose al sol. Todo el tiempo de
la penitencia debe chirriar allí como una chicharra. Si el ruido
sale bien, más corta la pena: Bájese, alumno. Vuelva a su lugar.
Sudores y temblores, esto de sostener el chirrido entre los dientes.
Los brazos y las piernas se mueren contra el palo, antes que la
voluntad. Con todo el sol y las moscas juntas, el cielo y la tierra
dan vueltas alrededor del asta. Una bandera. ¿De qué patria sería?
Uno cierra la boca para aguantar las arcadas del mareo. Ya está
abajo la manchita brillosa, resonando fuerte en medio del solazo:
Qué le pasa a esa chicharra. Si no canta la van a comer las
hormigas. Señor, me cuesta mucho, agarro y le digo esa mañana. Y él:
Nunca lo mucho costó poco. Meta a cantar pues. Y déjese de
pito-pito-colorito. Me entró un poco de rabia hasta la boca del
estómago. Todo por esa porquería de lagartija que recogí en el
camino y se me escapó de la bolsa cuando andábamos por la Provincia
Gigante de las Indias, para partirse en dos pedazos contra los
dientes del coatí. Me saltó la espuma y oigo que le grito: Creo que
ya estoy muerto, señor. Que me coman no más las hormigas. La voz
abajo: Animal muerto no mueve la cola. Y yo, con el último aliento:
No puedo cantar más. La saliva no me alcanza. Cómo no, dice la
manchita desde más abajo que el suelo: Alcanza el que no se cansa.
Siga pues. Cuando esté muerto del todo se callará solo. El tono
justo vuelve a subir; hay que empezar otra vez. El carapacho vacío
acababa cayendo sobre las tunas. Venían las hormigas y se llevaban
los pedazos bajo tierra, muy apuraditas.
A
ratos, más distraído que ninguno el maestro. Se largaba a mirar la
punta de sus botines de caña alta y elásticos a los costados. Más
viejos que él, de puro remendados. Sin una gota de polvo vil. Todas
las mañanas lustrados con flores de cinesia o con almendra de coco.
La mano en lo negro del pizarrón. Los palotes, los números, los
dibujos (siempre cosas redondas: una naranja, el pimpollo del irupé,
un nido de alonsito, el globo terráqueo con la garrapata del
Paraguay prendida a la verija) se borraban poco a poco bajo su
aliento de asmático, soltando una lloviznita de albayalde sobre la
manga de lustrina. Tan caída la mirada. El hombre se iba cayendo. Se
aplomaba, se achicaba. Desaparecía. Una mota de polvo en el brillo
de las suelas. Los zapatos solos ahí, sobre el piso. El dueño
volando lejos. Y nosotros sin poder saltar ni brincar; nada más que
sudar del antojo. Los pies vacíos rayando el suelo. Los ojos hacia
el trozo de sol que se retorcía en el hueco de la ventana, cargado
de viento, de tierra, de nubes, más allá de los árboles. Cuando
tardaba mucho, nuestra mirada se ponía verde de tanto restregarse
contra el campo.
La
víspera del hecho que hizo bajo el puente, tardó más que otras
veces. Pensamos que ya no iba a volver. Me voy a pescar todos los
dorados que hay en el río, suscitó Epifanio Ortigoza. La mano
espinuda volvía a animarse sobre el pizarrón, el maestro se
levantaba otra vez sobre los zapatos. Esa tarde se largó a hablar
tupido, mezclando todo. Nosotros entendíamos sin entender. Las cosas
que decía no eran de ese momento; habían pasado hacia mucho tiempo.
O estaban por suceder. Él vivía en espera. Dijo: Un día va a llegar
aquí un desconocido. Y no lo van a ver si no están preparados. Le
faltaron las palabras, el resuello. Los rastrojitos de pelo a los
costados de la boca, quietos por un rato. “De la casualidad no se
saca nada”, dijo al salir a flote su respiración de ahogado, tras
una tos. Él mismo se había puesto un plazo, vamos a decir; no hacia
adelante, sino al revés. ¿Sería esa su fuerza? El lento poder
crecido de esperar contra toda esperanza. La paciencia. La fuerza de
su desamparo. Todos los días, desde el principio. Mañana no era un
día para él. Qué tiempo iba a tener para pensar en viajes ni en
zonceras.
Una sola vez bajó a la capital, dicen que a gestionar su jubilación.
Tampoco ese hecho está claro. Algunos calcularon que había ido a
buscar el título del terrenito del fisco, donde vivía. De allá no
trajo más que los bolsillos llenos de unos granos como de pólvora o
pimienta. Los echó en la laguna que forma el río un poco más allá
del puente del ferrocarril. Al verano siguiente (o muchos veranos
después), el agua barrosa se cubrió de unas plantas como cedazos, de
más de una vara de ancho. Del centro salían unas espigas redondas
envueltas en un mechón de seda negra; unas flores lustrosas y
tiernas del color de la garza real. En la atardecida, el maestro
bogaba lentamente en su canoa entre las cunitas flotantes de las
victorias-regias; a cuidar que los pimpollos y las cabecitas de niño
de los frutos se metieran a dormir bajo el agua. Antes de que
comenzaran los ladridos.
Para lo único que sirvió el viaje. Un don no nacido de la
casualidad: esas flores del Río-de-las-Coronas, aclimatadas en esa
mierdita de laguna. Un milagro. Un hecho simple no más. Positivo. El
aroma salía del estero al amanecer cuando los pimpollos despertaban
sobre el agua. La alegría. A esa hora la laguna, hecha una sola ola
de perfume, se metía enterita en la nariz llevándose el olor que los
perros dejaban por la noche.
Ya
para entonces (desde que me acuerdo) la gente se mandaba mudar. Uno
después de otro, como si los agarrara una enfermedad de la que
solamente se podían curar yéndose. Sin decir nada a nadie; sin
despedirse siquiera. En tren, o a pie por el camino, muchas leguas,
hasta el cruce de la ruta por la que pasan los camiones hacia el
sur. Con lo puesto; como para pegar la vuelta en seguida. No vuelven
más. Y hasta los que se han ido la víspera parece que faltaran hace
mucho tiempo. Si vuelven alguna vez, vienen cambiados. Son otros.
Llegan como extraños que sintieran vergüenza por alguna antigua mala
acción. Todo falso en ellos: el parecido con las caras que llevaron
al salir; la ropa, la tonada nueva que traen. Sólo su olor a lo
lejos es cierto. Cuando el maestro se encuentra con estos lejeños de
paso, ni el saludo. Los mira con desprecio. Y si alguna vez fueron
sus alumnos, menos que mirarlos. Como ya no puede mandarlos de
chicharra al palo, no existen para él. Los más chicos los miramos
con envidia. Esa lejanía que traen escondida en la mirada como una
culpa; las golosinas que se sacan de los bolsillos y reparten por
ahí, para hacerse perdonar. Andamos detrás de ellos, riéndonos con
una risa de plata, los dientes forrados con los papelitos de los
chocolatines. “Les sacamos el molde”, dice Juanchí, mi primo,
inflando en la boca el poronguito transparente de la goma de mascar,
que nos gusta más que todo. Vienen y se van otra vez en seguida,
como escapados. Pero no vemos llegar por ningún lado al desconocido
que nos anunció el maestro.
Llegaron las tropas. De la noche a la mañana el pueblo se llenó de
soldados que bajaron del tren militar. Al norte, hacia Villarrica
del Espíritu Santo, cuando no había viento, se oía el tronar del
cañón y el matraqueo de las ametralladoras. En Itacuruví los
soldados no pelearon. Corridas y patrullajes; nada más que
simulacros de combate. Parecían cuidar al pueblo de algún peligro,
que por momentos se acercaba y por momentos se alejaba. Como una
amenaza de tormenta que únicamente ellos veían. La estación del
ferrocarril era su campamento. Por allí embarcaron en vagones de
carga la hacienda y los hombres que consiguieron arrear. Lo más que
pudieron. Su buen mes les llevó el trabajo. A taitá no lo mandaron
porque él carneaba para las fuerzas. Por la noche, amontonados a la
luz de la luna, tocaban guitarras y cantaban. Desde la sombra de las
casas escuchábamos sus voces y sus gritos. De repente se largaban a
brincar y a zapatear. El retumbo nos hacía tiritar la piel bajo el
relente. Pero no era como el batifondo del gentío en las
procesiones. Capaz porque las cosas que pasan bajo el sol son
diferentes de las que pasan bajo la luna. Mamaíta rezaba por ellos
también.
Aparte de taitá,
entre los de más
edad,
el único que se quedó en el pueblo fue el maestro. No parecía
enterado de nada. Ni que le importara tampoco. Durante el día, en la
escuela como siempre. Por la tardecita, desamarraba su cama y se
metía en la laguna, ya para entonces forrada del todo por los
cedazos de los irupés. Tanto que el maestro daba la impresión de
estar sentado en una de esas coronas que se apagaban poco a poco en
la penumbra del poniente.
Una mañana el comandante visitó la escuela. Lindo hombre el capitán.
Alto, de hombros anchos, la cintura muy delgada. Las botas le
llegaban hasta la verija; pistola al cinto y esa especie de
cañoncito negro que se encajaba en los ojos para manguear el monte y
el camino cuando se subía al techo de la estación. Ojos verdes, cara
blanca tostada por el sol. Suave, manso. Demasiado. Nos quedamos sin
saber como sería en él la voz de mando, su furia en el combate. Se
mostró muy amable. Hacía bromas con ojos de risa, la boca moviéndose
en el humo perfumado del cigarrillo, que no era como el humo de
alhucema del maestro que él prendía cuando había peste. Él casi no
tuvo necesidad de decir nada. Más callado que nunca. Estancado en su
inmovilidad. Se pasó mirando las puntas de las botas del militar,
que al mudar el paso soltaban un chillido a cuero nuevo. El capitán
movía las manos y las manchitas de oro del reloj que llevaba en la
muñeca corría por las paredes y el techo. No la podíamos alcanzar
con los ojos, y volvíamos a la figura verdeoliva que nos miraba
desde una ciudad desconocida. Muy grande. Cómo podía él caber ahí
con todo eso. Nos dijo cosas que nunca habíamos oído. Pasamos pronto
del susto a la diversión, y lo empezamos a querer en seguida. Dijo
que nosotros éramos la esperanza de la patria y que el maestro era
el héroe ignorado en la batalla contra la ignorancia. Así como ellos
estaban ahora en lucha contra el bandidaje. Entró de un salto el
coatí plumereando las botas del militar con la cola anillada. Trepó
al hombro del maestro y se puso a mirar con ojitos asustados al
visitante. Guiñando un ojo hacia nosotros, el capitán preguntó:
¿Éste es alumno también? El maestro movió la cabeza: No, dijo. Me
acompaña no más. Y el militar: Ah, es como su perro. Al maestro se
le movió un poco un lado de la cara (a veces le venía ese temblor
que tienen en sueños los animales): Sí, dijo. Es como mi perro. Un
pequeño quejido salió del coatí. El capitán dijo: así un día él
también va a saber leer y escribir. Serio, sin levantar la vista, el
maestro dijo pasando la mano por el lomo sedoso del animal: Lee y
escribe, sí señor, cómo no. El militar lanzó una carcajada. Después
se puso serio, sin fanfarronería. Prometió preocuparse de la
escuela, apenas regresara de la capital: Aquí hay que levantar una
escuela nueva, dijo midiendo con los ojos un espacio como para diez.
Después dijo: Esto es poco para un pueblo como Itacuruví. El maestro
murmuró a las cansadas: Lo poco basta. Lo mucho se gasta. (Su voz
ahora era más chica que su tamaño). El militar no le oyó. Estaba
ocupado con el futuro, haciéndose sonar los huesitos de los dedos: A
cuentas viejas, barajas nuevas, dijo. Ya al irse se volvió al
maestro y le palmeó el hombro que le llegaba a la altura del
talabarte: Y a usted, mi amigo, le vamos a conseguir esa bendita
jubilación. El maestro ladeó la cabeza hacia el coatí, como para
escucharle el ronroneo: Lo que yo quiero, dijo, es un reemplazante.
Y el capitán, retirando la mano: También se lo vamos a mandar.
Mucho después que se fueron las tropas, los que habían ganado los
montes regresaron de a puchos. Flacos, el cuero enllagado por los
huesos de las uras, aqueresados por los moscones. Nada más se venían
pierneando su esqueleto. Taitá los miraba con lástima, y cuando
podía carneaba para ellos. Algunos se fueron rellenando, y apenas
podían se largaban hacia las frontera. Muchos se quedaron no más
detrás de la parecita blanca.
Ahora hay mucha tranquilidad. Pero la gente sigue yéndose. Más que
antes. Por eso en Itacuruví se ven cada vez menos conocidos. Lo que
sobra son los perros sin dueño. Y los recuerdos, que son los perros
flacos de la memoria. Andan desatinados revolviendo las huellas,
husmeando ese restito de los ausentes que ha quedado agarrado al
polvo. Un olor, un hongo venenoso que los enloquece, que los enferma
de tristeza, que les voltea la cabeza a ras del suelo; que los ayuda
a procrearse. A los chicos también nos destetan con eso.
Al
caer la noche, Itacuruví se puebla de aullidos que se responden
desde todas direcciones, brotados de la tierra. Desde las casas a la
estación; desde el río al camino; desde los aserraderos vacíos a los
cañaverales y algodonales abandonados. Y más lejos todavía.
Mayormente no se escuchan al principio y acaban llenando toda la
noche. Cuando hay luna nueva, el olor se vuelve azucarado. Los
perros se echan unos encima de otros. Se atacan a dentelladas. Se
aparean en montón, salvajemente. Un desbordamiento.
La
zafaduría de los perros enoja al maestro. Es lo único que lo enoja
de veras. A guascazos, a patadas, se lanza contra la trenza de
animales cebados. No para hasta apagar los colmillos y ojos que
chispean en ese animalón de tantas cabezas y un cuerpo solo. Una
noche, del montón que se deshacía lo han visto salir completamente
desnudo. Embarrado con la baba de los perros se ha metido en su
casa. De nuevo tranquilo y seguro. Algunos han dicho que lo han
visto entrar en cuatro patas, como los mismos perros. Nunca se ponen
de acuerdo en las cosas del maestro.
Resulta que en un pueblo chico, uno está muy cerca de otro, todo el
santo día. Pero de repente entre uno y otro hay millones de años.
Taitá y el maestro, por ejemplo. Las gentes no son según la cara que
ponen, sino según su laya. Grande forzudo, comilón, la ropa y el
tirador siempre llenos de sangre, de sebo, era taitá. Toda la vida
en el matadero municipal, faenando él solo tres o cuatro reses.
Después se iba a capar toros y caballos en las estancias de Maciel y
Caazapá. Llegaba los sábados al mediodía con un medio costillar
atado al tiento. Seguido por una tolvanera de moscas, que se oían
hasta el cerro. Él mismo hacía el asado. Partía la carne con el
cuchillo manchado por la queresa de las castraciones. Mientras comía
con mucho ruido se iba llenando de sueño. Antes de acostarse a
dormir la siesta, enterraba el cuchillo hasta el mango en el tronco
de un guayabo. Llamaba a mamá y se encerraban en el cuarto. Al
despertarse a media tarde, mamá le cebaba mate. Él arrancaba el
cuchillo y olía la hoja cubierta de orín. Iba raspando con la uña la
costra fermentada. Y las hilachitas caían en la espuma del mate
mientras chupaba la bombilla. De esas raspaduras fuimos naciendo yo
y mis hermanos. Una hilera.
Me
había puesto una tarde a mirar el cuchillo. En la hoja herrumbrada,
los ojos espantados de los caballos se apagaban en el cardenillo.
Entre los relinchos lejanos, hinchados de dolor, la voz de taitá: A
éste lo voy a curar. Siempre dormido. A usted lo que le hace falta
no es escuela sino candela. Hasta cuándo va a andar así, hasta que
se ponga a mear la gallina, o qué. Me mandó que me bajara el
calzoncillo, delante de todos. Una gran risa. Me puso el cuchillo
entre las piernas, por seguir la broma seguro. “Para que seas un
buen padrillo, mi hijo”, me aturdió su voz en el oído. Me agarré al
cuchillo con las dos manos. Ni un arañazo, pero un frío de muerte me
peló la sangre por dentro. Desde entonces me dura el susto. Una
especie de vacío en esa parte del cuerpo. Me escapé al monte; crucé
al otro lado del río. Estoy tendido en la arena, boca arriba, para
que el sol me coma los ojos. El aliento del coatí en la cara, la
mano del maestro lavándome los ojos enllagados, hasta el seso me
araña la quemadura del agua de llantén. La voz de taitá en la
oscuridad, muy achicado, servil como un perro: No sé por qué ha
hecho eso. Al niño lo tratamos muy bien. La voz del maestro yéndose:
Claro, cómo no, don Chiquito. A cada uno le güele bien su pedo.
Días y días para que me retoñaran los ojos. Una telaraña enrollada
en la cabeza al principio. Después se me destapó adentro otra
mirada, y en los ojos entraban más cosas que antes. De una manera
diferente. Ver era desear y desear era recordar. Volví a la escuela.
El maestro también distinto: él mismo, pero una persona diferente.
Lo estaba empezando a conocer. Más fuerza que taitá tenía, en todo y
por todo; a pesar de lo quebradizo de su condición. Entonces supe
también por qué no podía comer él si la luz no caía sobre su comida:
el gusto de cualquier cosa en lo oscuro recuerda a la muerte. Pero
ahora todo era muy claro; el día y la noche. Por la tarde me quedaba
a barrer el aula. Me sentía liviano. Dispuesto a volar como un
pájaro.
Con el gajo de cepacaballo esa tarde barrí hasta el último pedacito
de escuela. Sobre la mesa estaba la libreta. Más sobada que la
baraja de la fonda. Parpadeaba al vientito caliente. Me fui
corriendo al borde de la laguna. A contraluz del poniente, el
maestro caminaba muy derecho sobre las victorias-regias, y se perdía
a saltos en la oscuridad.
Cuando todos dormían y los ladridos aumentaban la noche, me senté
despacito en el larguero del catre. Traté de no pensar en nada; en
nada más que en ese desconocido que un día iba a llegar al pueblo.
Entonces oí la voz de los que se habían ido y de los que se habían
muerto. Los ladridos se apagaron. Un gusto a herrumbre me llenó de
saliva la boca. Se me curaron las llagas, pensé, pero se me están
enfermando las cicatrices. Así y todo, la felicidad. Me mordí la
lengua hasta sentir el gustito tibio a sangre. Los ladridos no
volvieron y el pueblo amaneció lleno de gente.
Mamá, taitá y todos mis hermanos están detrás de la parecita blanca,
en medio del campo. También la tía Emerenciana, que me llevó a vivir
con ella cuando me quedé solo.
Al
maestro le prohibieron tocar en las procesiones. Capaz que él mismo
se cansó de redoblar para ese pueblo cada vez más vacío. El último
año ya ni un triste puñadito de brazos se pudo juntar para sacar las
andas. Y de los jinetes, el polvo del galope era barro. El malón
anda creciendo por otros lugares. El maestro más callado que nunca;
alunado todo el tiempo. Envejeció de un día para otro. Los cabellos
se le llenaron de canas. Unas motas de lana manchadas por el
excremento de los loros. Se le arrugó el cuero; la ropa. Todo él se
iba achicando, achicando. Apretado, atorado en un agujero, pujando
por salir. Pujaba y se atoraba. Solo, en el profundo agujero. Nadie
lo podía ayudar. A trueque de su encogimiento, la abertura se
angostaba, lo estrujaba. Lo que saliera de allí (si algo salía), no
iba a ser más que una despellejadura. Algo de nada. No bogaba más en
la laguna. No se lo veía por ninguna parte. Fui a espiar la casa. Un
agrio humo de alhucema salía por la ventana. Adentro, el rumor del
maestro leyendo en voz alta, o hablando solo. Un poco después, la
voz carrasposa se quebró en la voz de un chico que hablaba a una
mujer; como un chico malcriado puede hablar a su madre: resentido,
porfiado, apenas con respeto. Me recosté contra la tapia, junto al
cuadrado de sombra de la ventana; me metí entre la enredadera, los
ojos lagrimeando por el humo. Las voces del chico y la mujer seguían
discutiendo. Podían ser los loritos del maestro. Vino el coatí.
Medio desconfiado, lento empezó a lamerme los pies. Gruñía un poco;
capaz quería avisarme algo. Todos los animales se fueron
alborotando. Después vi que no estaban: la selva había venido a
buscarlos. Bejucos y ramas habían roto las jaulas, los corrales
hacía mucho; se enredaban por todas partes, seguían avanzando sobre
la casa. Pronto irían a caer y cerrarse sobre ella para siempre. El
coatí dio un respingo. En eso salió el maestro con el tambor. Pasó
junto a mí, sin verme; muy derecho, como enojado, golpeando el
cuero, hasta que desapareció en la cueva del barranco. El redoble
hacía tiritar la piel, metía bajo los huesos una especie de dentera.
Entré en la casa. Nadie. No había nadie. Nada más que las sombras
recostadas contra la pared. Un tiempo largo todo eso; demasiado,
porque se terminaba de repente. Atravesando el yuyal que cubría los
plantíos, regresé al pueblo. “Voy a volver mañana”, oigo que me digo
sin sentirme la voz; nada más que este gusto a cardenillo en la
boca. Y encuentro que una montonera de años ha pasado desde
entonces. Tengo la misma edad del maestro cuando se desgració bajo
el puente, esa mañana en que todos los alumnos fuimos en fila a ver
su cara bajo el agua barrosa. De golpe había volado hacia atrás,
hacia el principio.
Lo
que vimos desde el puente, entre el olor de las victorias-regias
(que también ahora tenían el olor de los perros), era la cara
arrugada de un chico. Menos que eso: la de un recién nacido. El agua
turbia seguro engañaba un poco. Alguien venía tambaleándose por el
camino, entre los reflejos. En el primer momento se nos antojó que
era el inspector. Nos entró un poco de susto. Sin saber qué hacer,
alguien se puso a cantar el himno. Al rato todos lo seguíamos. Un
coro fuerte, desentonado, como si hubiéramos estado cantando al pie
mismo del palo. Los ojos vueltos hacia el que se venía acercando.
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