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Marco Denevi
(1922-1998) tuvo dos atributos: ingenio y humor. Nacido en Buenos
Aires, estudió la carrera de Derecho, pero nunca ejerció la
abogacía. Su descripción de los ambientes de su ciudad son notables
y tienen ,como máximo exponente, a su novela Rosaura a las diez
(1955), adaptada al cine en 1957 por el director Mario Soffici.
Otras obras suyas son: Falsificaciones (1965) y Un pequeño
café (1968).
Denevi escribió también
numerosos cuentos, uno de ellos trascendental, “Ceremonia secreta”
(1960), adaptado también al cine en 1968 por el director
estadounidense Joseph Losey e interpretado por Robert Mitchum,
Elizabeth Taylor y Mia Farrow. Denevi ha sido, además, dramaturgo,
con piezas como Los expedientes (1957) y El cuarto de la
noche (1962), guionista de cine y televisión, y colaborador del
periódico La Nación con artículos sobre la actualidad
argentina. |
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(Fragmentos))
EL MAESTRO TRAICIONADO
Se celebraba la última cena.
—¡Todos te aman, oh Maestro! –dijo uno de los discípulos.
—Todos no –respondió gravemente el Maestro—. Conozco a alguien que
me tiene envidia y, en la primera oportunidad que se le presente, me
venderá por treinta dineros.
—Ya sé a quién aludes –exclamó el discípulo—. También a mí me habló
mal de ti.
—Y a mí – añadió otro discípulo.
—Y a mí, y a mí –dijeron todos los demás (todos menos uno, que
permanecía silencioso).
—Pero es el único –prosiguió el que había hablado primero—. Y para
probártelo, diremos a coro su nombre.
Los discípulos (todos, menos aquel que se mantenía mudo) se miraron,
contaron hasta tres y gritaron el nombre del traidor.
Las murallas de la ciudad vacilaron con el estrépito, pues los
discípulos eran muchos y cada uno había gritado un nombre distinto.
Entonces el que no había hablado salió a la calle y, libre de
remordimientos, consumó su traición.
(Jordi Liost: El Evangelio herético. Inédito.
Trad. del catalán por M.D.)
LA ANUNCIACIÓN AL TRAIDOR
Desplegué todas las posibilidades del pecado, hasta agotarlas.
Entonces toqué fondo, sentí náuseas. La vida oscila incesantemente
entre la bestia y el ángel. Al tiempo de la carne sucede el tiempo
del espíritu. Hay una hora para rezar, una hora para cantar, otra
para reír y otra para comer y una última para llorar. Pero en el
común de las criaturas esto ocurre alternada y sucesivamente: un
eslabón fundido por el cielo, después un eslabón fundido por el
infierno, y así hasta que la muerte rompe la cadena y ya no se sabe
más. En tanto que en mí todo se dividió en dos mitades: durante la
primera consumí mi parte demoníaca, de modo que en la segunda sólo
sobrevivió mi porción angélica. Antes me había consagrado a la
exaltación del cuerpo. Con el mismo encarnizamiento me dediqué
después a rechazarlo. Hubiese querido que todos se desprendieran de
ese rabo sexual que nos iguala con los animales. Fue inútil. Se
reían de mí o se encolerizaban. Me encontré solo. Entonces me
entregué, en la soledad, a una extraña fantasía.
Me imaginaba a mí mismo muy hermoso. Mi belleza era de un género tal
que instantáneamente suscitaba el amor, en los hombres tanto como en
las mujeres. Pero yo lo buscaba sobre todo en los hombres, porque en
ellos la señal de mi triunfo sobre el sexo era más patente. Pues mi
amor, aunque le usurpaba al otro sus máscaras y sus disfraces, nada
tenía que ver con la bestia de la carne.
Después mi sueño me pareció pobre y añadí violencia y terror. Me
soñaba entrando como un rayo en el cubículo de mi enemigo. Las
prostitutas caían de rodillas y se golpeaban el pecho. Los
hieródulos me miraban, los ojos abiertos y las sienes frías, como
pájaros hipnotizados. Los fornicarios y los adúlteros huían a
esconderse en sus casas, donde de pronto se sentían enfermos y con
los estigmas de un mal desconocido tatuándoles la piel.
Mi sueño cobraba nuevas formas, nuevos desarrollos. Ya no me
satisfacía la aniquilación de los instintos. Ambicioné el exterminio
de todo sentimiento que no fuese mi amor. Por mí el esposo debía
olvidar a la esposa, el hijo a la madre, el amigo al amigo. Y a
quien más me sacrificaba, más le prometía.
Hay una comarca donde todos los ardores, hasta los del espíritu, se
apagan uno a uno, y su nombre es enfermedad, su nombre es muerte. Yo
debía penetrar en ese país helado y sombrío y limpiarlo de los
monstruos que lo infestan. Mediante prodigios sutilmente
dosificados, debía mostrar que también la enfermedad y la muerte son
males sujetos a remisión y que mis manos sabían administrarlos según
los méritos de cada cual. Atacaría los puntos más sensibles. Unos
pocos milagros, pero terribles. Haría caminar al paralítico, sanaría
al leproso, le devolvería la vida a una jovencita. ¿Y quién,
entonces, me disputaría la presa del amor?
En cuanto a mí, yo estaba libre de todas las miserias de la carne.
Libre de necesidades, libre de apetitos. No podía rebajar la imagen
de mí mismo a la de un hombre que tiene hambre, que eructa, que
bosteza, que excreta humores nauseabundos. Yo vivía sólo por el
espíritu, sólo para el espíritu. En suma: yo era un Dios.
Un día alguien me mataba, no por odio, sino por amor, por exceso y
por celos de su amor. Todos me lloraban, mi asesino se suicidaba.
Pero yo me despojaba de pronto de mi muerte como de un sudario y
resucitaba con una sonrisa benévola, en medio del delirio de la
multitud. Perdonaba a quien me había matado, lo devolvía también a
él a la vida, nos abrazábamos en el éxtasis de la reconciliación.
Otros, ahora celosos de él, copiaban su crimen, yo volvía a morir,
volvía a resucitar, todo se repetía. Y así nuestro amor se avivaba
en aquel juego de epifanías y recesos.
No sé cuánto tiempo me llevó perfeccionar ese sueño obsesivo. Sé que
todos los días y todas las noches lo desenvolvía como un tapiz y me
encerraba en él hasta que las voces y los ruidos del mundo
enmudecían y la realidad se esfumaba. He vivido como un sonámbulo,
ignorando lo que sucedía a mi alrededor.
Así fue hasta hace un momento. Ahora, repentinamente, todo ha
cambiado. Un vecino acaba de traerme noticias de un tal Jesús, y su
relato coincide con mi sueño. No lo he creído. De cualquier manera,
iré a ver, y si todo es como lo soñé, llegado el caso pondré a
prueba a ese hombre, lo mataré, para que resucite como en mi sueño,
y después me suicidaré, para que también a mí me resucite como en mi
sueño y luego nos abracemos en el júbilo de la reconciliación, como
en mi sueño, y así sea yo, Judas Iscariote, el primero que
testimonie por la divinidad de ese hombre.
(Ascanio Baielli: Storie per la sera della domenica.
Serie de relatos leídos en la Radiodifusión Italiana durante el año
1960.)
LOS SILENCIOS DE LANZAROTE Y GINEBRA
Cada noche se entendían a la perfección, sin necesidad de hablar, en
un diálogo mudo que, no obstante, era más rico y más sabio que las
peroratas de todos los sabios de todos los tiempos.
Cada día ella se decía: “¿Cómo se puede soportar a ese bruto que lo
único que sabe hacer es discutir con sus amigotes sobre guerras,
cacerías y torneos de armas?”; y él pensaba: “¿Cómo se puede
aguantar a esa tonta cuyos únicos temas de conversación son los
chismes, la moda y la cocina, cuando no se le da por las cuestiones
de Dios, el amor, la vida y la muerte?”.
Y volvían cada noche a reanudar aquel coloquio silencioso, y cada
día a rumiar en silencio sus mutuos agravios.
Pero jamás, mientras vivieron, cruzaron una sola palabra.
(Ambroise L’Hermite: Les amours. Siglo XVIII.)
EL RUISEÑOR
Todas las noches, desde el crepúsculo hasta el alba, resonaba en el
bosque el canto del ruiseñor.
El rey lo oía desde su palacio.
—Más precioso es ese ruiseñor que todos mis tesoros –decía el rey, y
suspiraba.
Todas las noches, desde el crepúsculo hasta el alba, el ruiseñor
cantaba en lo más profundo del bosque.
El rey, insomne, lo escuchaba embelesado.
—A quien me traiga vivo al ruiseñor le regalaré la más hermosa de
mis favoritas –decía el rey—. Le daré veinte guerreros, la mitad de
mis eunucos, todos mis pavos reales blancos, un laúd de madera de la
India con incrustaciones de nácar, tapices de seda bordados con
hilos de oro, aguamaniles de plata labrada, los pebeteros del
templo, el anillo de Chapur.
Los más expertos cazadores, con redes, con ligas y con trampas,
fueron de noche al bosque a cazar al ruiseñor, pero el ruiseñor no
se dejó atrapar.
Y seguía cantando, todas las noches, desde el crepúsculo hasta el
alba, con su maravillosa voz.
Asomado a la ventana de su palacio, el rey lo oía, y su rostro era
del color de la luna, y su corazón, una cisterna seca.
Ejércitos de guerreros y de cortesanos, con arcos y con flechas, con
tambores y estandartes, se dirigieron al bosque y conminaron al
ruiseñor a que se presentase delante del rey, pero el ruiseñor
desobedeció las órdenes.
Y todas las noches el ruiseñor cantaba en la espesura del bosque con
su voz celestial.
El rey enfermó de melancolía. Y desde el lecho escuchaba el canto
del ruiseñor, y su piel se arrugaba como la piel de un fruto
desprendido de la rama.
La más hermosa de las favoritas fue una noche al bosque y
humildemente le rogó al ruiseñor que se apiadase del rey, pero el
ruiseñor no se apiadó.
Y todas las noches, desde el crepúsculo hasta la aurora, el ruiseñor
cantaba en lo más intrincado del bosque.
El rey, oyéndolo, cerraba los ojos y gemía.
Un mago construyó un ruiseñor mecánico que cantaba como el ruiseñor
del bosque, y se lo llevó al rey. Ya a la noche lo hizo cantar en la
alcoba del rey. Pero el rey escuchaba el canto del ruiseñor del
bosque y lloraba en su lecho.
Todas las noches, desde el crepúsculo hasta el alba, el ruiseñor
cantaba en medio del follaje del bosque.
Y el rey murió de pena, en su lecho dorado.
Y cuando el fúnebre cortejo atravesaba el bosque con el cadáver del
rey, en lo más secreto de las frondas, desde el crepúsculo hasta el
alba, cantaba el ruiseñor.
(Nizãm Al—Din Fiaz: El libro del bosque,
Colección de poemas persas del siglo XIV.)
EL
ETERNO MILITAR
Después de la batalla (de Quebracho Herrado) me acuerdo que el
coronel dio orden de enterrar a los muertos. El sargento Saldívar y
ocho soldados se encargaron de la macabra operación. Me acuerdo que
le dije a Saldívar: “Pero oiga, sargento, que algunos no están
muertos y ustedes los entierran lo mismo. Escúcheles quejarse”. Y el
sargento me contestó: “Si usted les va a hacer caso a ellos, ninguno
estaría muerto”. Y siguió, no más, con la tarea. Por esa salida lo
ascendieron a sargento mayor.
(Humberto Menvielle: Memorias de la Guerra Grande.
Buenos Aires, 1872)
EL
DIABLO
Giovanni Papini (Il Diavolo, Florencia, 1958) ha pasado
revista a todas las teorías y a todas las hipótesis sobre el Diablo.
Me llama la atención que omita (o ignore) el librito de Ecumenio de
Tracia (317?-circa 390) titulado De natura Diaboli.
Se trata, no obstante, de un estudio de demonología cuya concisión
no obsta a su originalidad y a su riqueza de conceptos. Ecumenio
atribuye sus ideas a un tal Sidonio de Egipto, de la secta de los
esenios. Pero como en toda la literatura de los siglos I—V nadie,
sino él, cita a ese Sidonio, ni este nombre aparece en ninguno de
los autores rabínicos y cristianos que se ocuparon de los esenios,
es casi seguro que el verdadero padre de la teoría sea el propio
Ecumenio, quien echó mano a un recurso muy en boga en su época,
cuando la amenaza del anatema por herejía ya empezaba a amordazar la
libertad del pensamiento cristiano.
Resumiré en pocas palabras el tratadito de Ecumenio:
De distintos pasajes de la Biblia (Libro de Job, 1, 6—7; Zacarías,
3, 1; I Reyes, 22, 19 y ss.; I Paralipómenos, 21, 1) se deduce que
las funciones de Satán eran las de espiar a los hombres y luego
informar a Dios, acusarlos delante de Dios a la manera de un fiscal,
e inducirlos a una determinada conducta.
Según Sidonio (es decir, según Ecumenio), cuando Dios decidió que
uno de sus hijos (= ángeles) se encarnase en carne de hombre, se
hiciera hombre y, después de enseñar la Ley en su prístino
esplendor, oscurecido y maleado por las interpretaciones capciosas y
acomodaticias, sufriese pasión y muerte y redimiera al género humano
de sus pecados, eligió, naturalmente, a Satán.
Así Satán fue el primer Mesías, el primer Cristo.
Pero Satán, en cuanto se transformó en hombre, se alió a los hombres
e hizo causa común con ellos.
En esto consiste la rebelión de Satán: en haberse puesto del lado de
los hombres y no del lado de Dios.
Que lo haya hecho por maldad, por piedad, por amor a los hombres o
por odio hacia Dios es lo que Ecumenio analiza con un detallismo
casuístico digno de santo Tomás de Aquino o del padre Suárez.
Esa parte de su tratado no me interesa: me interesa y me fascina
únicamente la hipótesis, de una increíble audacia, de que Satán,
antiguo fiscal y espía de los hombres, apenas se hizo hombre se
desplegó a los designios de los hombres y desobedeció los planes
divinos, obligando a Dios, en la segunda elección del Mesías, a
elegirse a sí mismo en la persona del Hijo, para no correr el riego
de una nueva desobediencia que, luego de la de Adán y de la de
Lucifer, le parecía inevitable.
SCHEHRASAD EN LA NOCHE 1002
De noche, contar cuentos. De día, imaginarlos. Así vivió Schehrasad
los tres primeros años de su matrimonio con el rey Schariar. Al cabo
de esos tres años se la veía macilenta, ojerosa, hacina. Tenía los
ojos enrojecidos. Sus pechos eran como pasas de uva. Sus caderas,
semejantes otrora a dos alfaques, parecían un par de papiros
egipcios negligentemente arrollados. Había envejecido en forma
prematura. En cambio, su hermana menor, Dunyasad, estaba más hermosa
que una grácil rama de bambú, más que un esbelto tallo de arrayán, y
su cara brillaba como la luna en el mes de Radamán, cuando luce más
clara y más redonda. De modo que en la noche 1002 el rey despreció a
Schehrasad y amó a Dunyasad.
(Mân-ibn-Nyam: Diwan. Alejandría, 1757.)
THE
MALE ANIMAL
Sentada a la sombra de un sicomoro, Rukmini, la hermosa, espera a
Krishna, el fuerte.
Se oyen los pasos de Krishna.
Rukmini dice: Krishna es un dios pero prefiere ser mi amante.
Krishna podría, si quisiese, recorrer los confines del mundo, pero
viene hacia mí. Krishna sabe tensar la cuerda del arco y con sus
flechas mata a quien ose atacarlo, pero se arrodillará a mis pies y
me suplicará una mirada de mis ojos, una sonrisa de mis labios.
Krishna contrae el entrecejo, y los más feroces guerreros palidecen
y se echan a temblar, como Krishna se vuelve pálido y tiembla cuando
me desnudo para él en el lecho. Siendo la amada de Krishna soy una
diosa y me igualo a Parvati.
Los pasos de Krishna se acercan.
Rukmini dice: Los príncipes llaman a Krishna, pero Krishna no acude
a su llamado. Los sacerdotes rezan a Krishna, pero Krishna no los
escucha. Las viudas, los huérfanos, los mendigos, los débiles, los
hambrientos, los enfermos y los desheredados invocan a Krishna, pero
Krishna los desdeña. Arjuna, su amigo, le envía un mensajero, pero
Krishna lo despide sin recibirlo. Krishna sólo posee ojos y oídos
para mí, para Rukmini, su amada.
Los pasos de Krishna se detienen junto a Rukmini.
Rukmini alza los párpados: no hay nadie. Krishna se ha ido a cazar
tigres en la montaña. Krishna está danzando en los siete Gopi en el
bosque. Krishna guerrea codo con codo con Arjuna y los Pandava
contra los malvados Kurus.
Rukmini, sola en el jardín, llora.
(Sahwamy Rao: La fiesta de los inmortales.
Alrededores del siglo XI.)
OTRA VERSIÓN
Ninguno, entre los discípulos, amó a Jesús con la devoción, con el
fanatismo, con la fidelidad de perro con que lo amó Judas. Pero ahí
estaba precisamente la mácula de su amor: en la falta de vuelo. Lo
amaba con amor burgués, doméstico, de rienda corta. Nada de
aventuras, nada de peligros, nada de correr riesgos inútiles. Judas,
privado de coraje o quizá de imaginación, habría preferido un Jesús
que se dedicase a la carpintería, desposase a una doncella de buena
familia, tuviese hijos, concurriese puntualmente a la sinagoga y
cada tanto hiciese una visita de cortesía a Caifás. Pero Jesús se le
escapa de las manos, profetiza, opera milagros, habla mal de la
autoridad, pronuncia discursos. Terminará en la cruz, piensa
Judas con desesperación. ¿Qué hacer para salvarlo? Judas apela a un
remedio heroico: denunciarlo antes de que sea demasiado tarde y las
transgresiones de Jesús de hagan cada vez más serias. Denunciarlo y
hacerlo tomar preso: según la ley, los delitos de Jesús no merecen
sino una veintena de azotes. ¿Qué se iba a imaginar, el pobre Judas,
que sus planes quedarían desbaratados por el episodio de Barrabás?
Cuando ve que todo se ha ido al diablo y que Jesús cuelga,
efectivamente, de un leño, se suicida.
(Matías Abellán: “Proskinesis”.
En Anales de la Sociedad Elcesaíta, año II, Nº 12.)
LA SOLEDAD
Dispuesto a convertirse en el primer orador de la ciudad, se encerró
en su casa y a solas, durante muchos años, practicó el arte de la
oratoria. Pulía cada frase, cada inflexión de la voz, cada silencio.
Ensayaba ademanes, gestos, pasos. Era capaz de repetir una y mil
veces un vocablo hasta que el sonido alcanzase la perfección. Y
entretanto se negó a recibir a nadie, a conversar con nadie. Temía
que los demás le corrompiesen el estilo, le contagiasen sus
trivialidades, sus torpezas de dicción, esas rústicas modulaciones
con que habla el pueblo. Cuando, finalmente, decidió que no le
quedaba nada por aprender, salió de su casa, se encaminó al ágora y
en presencia de la multitud pronunció su primer discurso. Nadie
entendió una palabra. “¿Qué idioma es ese?”, preguntaban los
curiosos. Algunos se rieron, otros le arrojaron piedras, la mayoría
se fue a presenciar las exhibiciones de los cómicos.
(Aglaofón: Epístolas.)
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