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Ciro
Alegría
nació en Marcabal Grande, Perú, en 1909 y falleció en
Lima en 1967. Hizo sus estudios escolares en la región andina de la
que era oriundo (donde tuvo como maestro a César Vallejo) y se
comprometió temprano en la lucha política como miembro de la Alianza
Popular Revolucionaria Americana (APRA). Su militancia le valdrían
dos estancias en prisión (en 1931 y en 1933) y su posterior exilio
en Chile en 1934.
En ese periodo
escribió la parte más significativa de su obra y ganó tres premios
literarios con cendas novelas que lo consagraron. Publicó en 1935
La serpiente de oro, en la que relata la vida de los nativos a
orillas del Marañón. En 1939, Los perros hambrientos, en la
cual entra de lleno en el mundo de la alta sierra peruana y presenta
la lucha del hombre contra la naturaleza hostil. En 1941, El
mundo es ancho y ajeno, también de tema indigenista, un gran
cuadro épico de una arquetípica comunidad indígena contra los
poderes.
En 1948 volvió a
su país después de permanecer en los Estados Unidos desde 1941. Se
dedicó al periodismo y fue elegido diputado tras haber renunciado al
APRA. En esta época publicó un libro de cuentos: Duelo de
caballeros (1963).
La obra de Ciro
Alegría representa, junto con la de su compatriota José María
Arguedas, la expresión artísticamente más madura de la narrativa
regionialista e indigenista nacional en el siglo XX. Tras su muerte,
su esposa, Dora Varona, se dedicó a reimprimir sus obras más
conocidas y a editar todo cuanto había quedado inédito. Publicó dos
novelas inconclusas tituladas Lázaro (1972), de contenido
político, y El dilema de Krause (1979). También se destacan
sus colecciones de relatos: Panki y el guerrero (1968); La
ofrenda de piedra (1969), relatos andinos; Siete cuentos
quirománticos (1978), escritos en Estados Unidos y Puerto Rico;
y El sol de los jaguares (1979), relatos amazónicos. En 1976
aparecieron unas memorias bajo el título Mucha suerte con harto
palo. |
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Voy a contar
una historia verdadera. Se trata de un singular duelo de caballeros
cuyo interés principal reside en que los protagonistas fueron dos
personajes del hampa de Lima, exactamente del barrio de Malambo. El
nombre de resonancia africana abarca un dédalo de casas y callejones
de adobe, colorido emporio del negrerío, del mulataje, de una más
reciente cholada, de toda esa chocolateada mezcolanza racial ante la
cual resalta la blancura de la minoría cuyos antepasados dieron
nombre a la Ciudad de los Reyes.
Otro elemento de interés en la historia es que tal duelo no se llevó
a cabo según las puntillosas reglas del Marqués de Cabriñana. Fue a
la criolla y usando el arma llamada chaveta, larga y delgada hoja de
acero, filuda hasta poder afeitar, con la cual se dan tajos los
pelanderos del pueblo costeño del Perú.
Quizá tenga también interés anotar que mi información es de primera
mano. La historia del duelo me la contó el sobreviviente, mientras
ambos cumplíamos condena en la penitenciaría de Lima. ¿Será
necesario aclarar que yo estaba preso por razones políticas? Fui
sentenciado a diez años de presidio por tomar parte de la revolución
de Trujillo, hecha en 1932.
Cuanto vi, escuché y pasé en ese sombroso antro de altas paredes
lisas y barrotes rechinantes, donde más de una vez, por esos
radiosos milagros del alma humana, afloraba también luz, podría ser
materia de una novela que acaso escriba con el tiempo. Por el
momento, quiero contar la historia del original duelo que, pese a
algunas de sus características arrabaleras, fue considerado por la
Corte de Justicia de Lima como un duelo de caballeros. Para tan
gallarda interpretación mediaron causas que ya aparecerán.
Después de ingresar en la Penitenciaría, pasé por siete días
reglamentarios de aislamiento y luego entré en contacto con una
treintena de compañeros de lucha que me había precedido en la
entrada, y los presos comunes. Los “políticos” no tardaron en
señalarme a las notabilidades que había entre los “comunes”. Allí se
encontraba Carita, mulato malambino de los que por su retadora
condición de hombre de pelea, reciben el nombre de faites.
Carita era más alto que bajo, de contextura recia; usaba zapatos de
tacón alto, a la andaluza; llevaba arreglado el uniforme a rayas
negras y grises según su medida; se ladeaba sobre la frente la
visera ancha de una gorra de apache y los domingos hacía flotar en
torno al cuello un pañuelo rojo. En su cara cetrina y alargada, un
tanto caballuna, la boca prominente lucía una gran cicatriz; la
nariz era ancha y de trazo enérgico; los ojos oscuros se movían
ágiles, pero a ratos adquirían la fijeza de los de una fiera en
acecho.
Tenía modales sueltos que denotaban aplomo, respondía con una
sobriedad no exenta de distinción a su prestigio legendario y miraba
desdeñosamente a lo que podría llamarse el vulgo del delito. Por el
tiempo en que lo conocí, allá en el año 32, Carita hacía gestiones
para conseguir el indulto y ofrecía en cambio sus servicios de
guardaespaldas a Sánchez Cerro, razón por la cual y muy a su manera,
guardando todo el solapado oportunismo de un tipo de experiencia,
trataba también con cierta indiferencia a los “políticos”, que
estábamos allí por oponernos al régimen. En ese tiempo, cumplía una
segunda condena a quince años de presidio por un crimen vulgar, pero
la nombradía de bravura adquirida en el famoso duelo, le duraba
todavía. De “puro macho” —así comentaban los otros presos— no comía
con los demás, sino que en la mesa de los guardas, tal como suena.
Iba a los talleres cuando le venía en gana y, en general, tenía
hacia el trabajo esa actitud de desdén que es propia de los
delincuentes de vuelo y de los aristócratas. De la Independencia
para acá, éstos han ido arriando bandera y se han puesto a laborar.
Los delincuentes, aquéllos de ley, la levantan en alto aún, y Carita
hacía sólo a regañadientes las concesiones demandadas por la
necesidad. Formaba de mala gana en las filas de presos, pero su
latente indisciplina no llegaba a propasarse. Con los guardas se
llevaba dentro de unas maneras en las que había agazapadas amenazas
revestidas de dignidad. Ni autoridades ni presos tenían conflictos
con él. Las primeras le respetaban los caprichos con los que
afirmaba su espíritu individualista y rebelde, y los segundos a la
vez lo admiraban y le temían, razón por la cual le prodigaban
atenciones o lo eludían. Carita era todo un héroe de la prisión.
Un día lo encontré en el despacho de recetas del hospital y le dije:
—Mire, Carita. Cuando yo era repórter del diario El Norte, de
Trujillo, tropecé en la cárcel con un negro chavetero y ladrón
apodado el Mono. Le hice un reportaje. Afirmó que él fue quién mató
a Tirifilo, cuando la pelea estaba en las últimas pero indecisa, por
salvarlo a usted…
—Mentiras del Mono —replicó Carita, haciendo un gesto de desdén con
la mano, y agregó—: Cierto que el Mono estaba en mi barra, pero
¿cómo se iba a meter si ahí estaba también la barra de Tirifilo? Eso
dice el Mono por darse pisto, por vincularse de algún modo al
asunto… ¡Negro atrevido! Cuando yo salga, le advertiré que diga la
verdad…
Carita me hizo varias preguntas y sonrió con satisfacción al
confirmar yo su fama. Alentado por eso y mi condición de periodista,
me dijo:
—Sentémonos aquí y yo le contaré cómo fueron las cosas. No me gusta
contárselas a todos, ¿me entiendes? ¡Qué va a hablarle uno a
cualquier suche!
Tomamos asiento en dos sillas que había por allí y Carita comenzó a
hablar. Pese a su desdén por los suches, es decir, la gente de poca
monta, siempre lo escucharon varios a los que seguramente
consideraba así, o sea quien despachaba las recetas, un guarda y
varios presos comunes que entraron por remedios y se fueron
añadiendo al auditorio. Ya entusiasmado por el recuerdo de su
hazaña, en pleno relato, Carita aceptaba la admirativa atención de
los suches con ocasionales miradas de condescendencia.
Su voz era gruesa y opaca, pero adquirió emocionadas modulaciones a
medida que avanzaba narrando. Sus palabras y frases tenían color. En
un momento se puso de pie y dio varios pasos, haciendo fintas, para
reproducir los lances de la pelea.
No recuerdo sus palabras exactas. Se nos confinaba desde las seis de
la tarde a las seis de la mañana en una celda parecida a un nicho,
cuyas paredes laterales uno podía tocar abriendo los brazos. Allí,
mientras había luz, o sea hasta las nueve, me entretenía tomando
notas de mis impresiones diarias y escribiendo cuanto se me ocurría.
Una vez, con motivo de que a un compañero le encontraron una revista
que contenía un artículo considerado “subversivo”, hicieron un
registro de celdas “políticas” y se llevaron todos nuestros papeles.
Las notas del relato de Carita estaban entre los míos. No sé a qué
sabias conclusiones llegarían las autoridades después del
concienzudo análisis que practicaron, pero a nadie le devolvieron
una hoja. En muchos casos, los tales papeles eran simplemente esas
cartas que vienen del mundo de afuera, con el mensaje de la familia,
de la novia, de los amigos, y que para el preso constituyen un
tesoro.
Me procuré un grueso fajo de papel de estraza en la cocina, pero no
pude reconstruir cuanto había apuntado y menos re—crear (aquí no hay
nada unamunesco) mi incipiente producción literaria. Con todo, a
modo de revancha, prosé algunos nuevos versos libertarios que fueron
bastante celebrados y, ganando la calle, adquirieron una apreciable
popularidad. También compuse cuentos. Mi instinto de novelista me
decía que lo memorable se quedaría en la memoria para después.
Así, narro la historia del famoso duelo de Carita y Tirifilo sin más
auxilio que el de la memoria. Si hay fallas, que me disculpen los
años trascurridos.
En el barrio de Malambo, antes del año 20, era lo que se llama el
taita un negro apodado Tirifilo. Sería exagerado decir que tal
sujeto no tenía oficio ni beneficio. De oficio era ladrón y como
beneficio, por cierto exclusivamente personal, tenía el de manejar
la chaveta como nadie. Fuera de contar con un corazón bien puesto,
lo ayudaban sus condiciones físicas. Tirifilo levantaba una larga
estatura, según la fama de cerca de dos metros. Esto más que fama
resultaba leyenda para muchos, pero en todo caso era muy alto y
flaco, de una agilidad de puma, a todo lo cual se agregaba que sus
brazos extraordinariamente largos, armado de chaveta el uno, el otro
sirviéndole de defensa mediante la manta arrollada, no dejaban pasar
los tiros del rival y en cambio lo alcanzaban con una facilidad
extrema.
Todo ello hizo que Tirifilo fuera el indiscutible mandamás del hampa
negra y mulata de Malambo, durante un número de años que ya nadie se
encargaba de contar. Los más valientes y diestros chaveteros le
huían. Pero el poder es perecedero y la vida, huidiza. Más si
dependen del filo de la chaveta.
Tomaba vuelo entre los chaveteros de Malambo un mozo al que habían
apodado Carita por la acusada expresión jovial que tenía su faz en
aquellos años. No pasaba mucho más allá de los veintiuno y ya había
puesto fuera de combate, con los puños o por medio de la hoja
filuda, a cuantos se le enfrentaron. Era además medio guitarrista y
cantor, cliente distinguido de los burdeles baratos, bueno para el
trago y amigo de sus amigos. Las nuevas promociones de faites, los
negros y mulatos jóvenes eran partidarios de Carita por esa
solidaridad que hay entre los miembros de la misma generación y sus
colindantes y también porque es un natural impulso de la juventud
perseguir la renovación del liderazgo, aun en el mundo llamado bajo.
Mientras tiraban los dados y bebían pisco en las penumbrosas
cantinas de Malambo, aseguraban que Carita era muy capaz de hacerle
pelea a Tirifilo, aunque pocos osaban afirmar que lo derrotaría.
El poderoso amenazado, por su parte, no tomaba en cuenta las
habladurías. Tirifilo trataba a Carita con la natural superioridad
que va del maestro al discípulo, aunque la verdad era que a usar la
chaveta no le había enseñado. Ni siquiera lo había visto pelear. Lo
que sí quiso enseñarle fue el arte de robar y meterse en
contrabandos y malas aventuras, por todo lo cual andaba siempre
buscando al mozo, quien con su madre ocupaba dos cuartos en un
callejón del barrio.
La señora, madre al fin, mostraba cierta resistencia a que su hijo
entrara en colaboración estrecha con un tipo tan notorio, imaginando
naturalmente que no tardaría en mezclarlo en un lío de gran clase
malambina. Su actitud evasiva y poco amistosa traía molesto a
Tirifilo.
Y sucedió que una mañana, en circunstancias en que el taita hacía
planes para practicar un robo de importancia, llegó al callejón en
busca de Carita. Éste no se encontraba en casa y así se lo dijo la
señora con la frialdad que el otro ya conocía. Tirifilo tronó
afirmando que ella “lo negaba” para impedir que se juntara con él y
le espetó, intercalando entre frase y frase el más selecto conjunto
del repertorio de injurias arrabalero:
—¡Vieja!... ¡Quieres tener al hijo metido entre las polleras!...
¡Déjalo que salga y se haga hombre!...
El vecindario se revolvió al oír los gritos. Las puertas del
callejón enracimaron cabezas aguaitadotas. Corrían voces diciendo:
—¡Es Tirifilo! ¡Es Tirifilo!
Era como si un hálito de malos presagios cruzara por el aire.
Tirifilo siguió gritando para que lo oyeran todos, inclusive Carita,
a quien suponía oculto en el otro cuarto:
—¡Lo vas a hacer un flojo, un cobarde, si es que ya no lo es!...
¡Sácatelo de entre las polleras, vieja!... ¡Que salga ese
cobarde!...
Carita carecía del don de la ubicuidad y naturalmente no salió. Se
fue puertas adentro, entre sollozos, la pobre negra defendelona y
Tirifilo optó también por marcharse, escupiendo desprecio y amenazas
frente al pobrerío amedrentado.
Al poco rato apareció Carita y encontró a su madre llorando. Ella no
le quiso revelar nada de lo que había pasado y Carita salió a
informarse entre los vecinos. Cuando supo lo ocurrido, se le
enrojecieron los ojos y enmudeció, adquiriendo la torva resolución
de una fiera herida. De ahí no más se fue a la calle, a fin de que
“la vieja” no supiera lo que iba a hacer, y buscó a dos miembros de
su barra para que fueran testigos del reto.
En compañía de dos negros, uno de los cuales era el Mono, llegó a
casa de Tirifilo. Éste se encontraba sentado junto a la puerta,
todavía con señas de mal humor.
—¡Negro liso! —le gritó Carita, intercalando con exacta propiedad
otro selecto conjunto de injurias del susodicho repertorio—. ¿Por
qué te has atrevido a insultar a mi madre? Me la vas a pagar…
—¿Qué? —gruñó Tirifilo con una desdeñosa incredulidad—. Lo que he
dicho, ahí se queda…
—¿Se queda? —retrucó Carita—. Vas a ver que pa un hombre hay otro,
negro abusivo… Te reto a pelear esta noche, cuando salga la luna, en
el Jato del Tajamar… ¡Uno de los dos se quedará ahí!...
Tirifilo miró a Carita, midiéndole despectivamente, y respondió:
—Ahí estaré…
La noticia del próximo duelo corrió sigilosamente de calle en calle,
de casa en casa, de callejón en callejón, de cuartucho en cuartucho,
convocando lo más granado del hampa de Malambo. Cada bando reclutó
una barra de unos veinte chaveteros escogidos. Y ya no se hizo nada
más, salvo que los contrincantes afilaron bien sus mejores chavetas
y todos esperaron.
Llegó la noche a Malambo.
La luna debía surgir tarde. A eso de las dos salieron Carita, el
Mono y otro más, rumbo a las afueras del barrio y por las callejas
soledosas, brotando de la oscuridad de los callejones; llamándose y
respondiendo con rápidos y peculiares silbidos, avanzaron también
los miembros de las barras.
Carita y sus acompañantes, todos los cuales se le juntaron en un
lugar convenido, fueron los primeros en llegar al Jato de Tajamar,
sitio llano, cubierto de basura y latas viejas.
Pese a la oscuridad, unos cuantos limpiaron un ancho espacio,
librándolo de latas y lo que pudiera servir para tropezar. A poco,
llegaron varios del bando de Tirifilo y revisaron el trabajo hecho,
ampliando todavía más el espacio sin obstáculos. Corrió un rumor
entre las barras cuando Tirifilo arribó, seguido de algunos más,
delineando su alta silueta entre las sombras. Al ser rodeado por
toda su gente, dijo algo hablando sobre las cabezas.
De nuevo, ya no quedaba sino esperar.
Los duelistas y sus barras sentáronse en fila, a un lado y otro del
espacio señalado. Sus rostros y vestidos oscuros, apenas se veían en
la sombra. Sí fulgía la luz de los cigarrillos. Y hablaban una que
otra vez, en voz baja, como se habla siempre en tales horas, que son
de un anticipado respeto a la muerte.
No lejos pasaba el silencioso Rimac, que separa a Lima de Malambo.
El barrio negro se aplastaba a un lado, chato bajo la noche, entre
un débil reflejo de luces rojizas. Al otro lado del río, la ciudad
alzaba hacia el cielo un pálido resplandor. Pero la sombra del Jato
del Tajamar envolvía a los duelistas y sus barras y había que seguir
en espera de la luna.
La espera se hacía tensa. En el silencio de la noche, no se oía ya
ni una palabra. Algunos masticaban coca, la hoja india que amansa
los nervios. La luz de los cigarrillos continuaba brillando.
Cuando el reloj de la catedral marcó las tres y media, comenzó a
surgir la luna. Hubo que esperar un rato más, hasta que saliera de
una espesa mancha de nubes. Carita bebió medio vaso de pisco
mezclado con tabaco. Tirifilo hizo otro tanto. Una voz surgió desde
la barra de éste, diciendo:
—Vamos.
La luz de la luna había llegado al Jato del Tajamar.
Los contendores, seguidos de dos ayudantes, avanzaron a paso lento,
en mangas de camisa, hacia el centro del campo. Detuviéronse a corta
distancia uno del otro y lentamente, casi ritualmente, envolvieron
una manta en el antebrazo izquierdo. Debía quedar bien ceñida, como
una paca de chafar puntazos. Con la diestra empuñaron la chaveta.
Las hojas de acero y los ojos buidos refulgieron a la luz de la
luna.
—¡Ya!... ¡Déjenlos solos! —gritó alguien.
Los ayudantes se apartaron.
Tirifilo y Carita se quedaron solos y frente a frente, como dos
hitos. La muerte parecía estar entre ellos, reclamando otra
calavera. Eran muy pocos los que pensaban que no sería la de Carita.
Pero todos admiraban al mozo, por atreverse a hacer lo que nadie. El
negro Tirifilo, el as de la chaveta, estaba allí ante un contendor
al que aventajaba claramente en estatura y largo de brazos. Además,
doblaba en edad al novato, y nadie consideraba la pérdida del vigor,
sino una mayor experiencia decisiva. A Carita no parecía quedarle
otra cosa que morir, salvo que Tirifilo, después de cortarlo a su
gusto por vía de distracción y ejemplo, le perdonara la vida. En
realidad, esto es lo que pensaba hacer Tirifilo; ya así se lo había
confiado a dos de sus íntimos, como se supo después. A última hora
había dudado de que Carita aceptara el perdón, recordando la forma
resuelta en que lo retó. El combate diría…
Tirifilo inició la pelea dando un salto hacia atrás y poniéndose en
guardia. Agazapado para hurtar el vientre a los puntazos, los
hombros inclinados hacia delante, el enorme brazo izquierdo
arqueando el antebrazo protector, con la chaveta en la diestra,
jugándola a golpe de muñeca, parecía un gigantesco puma de zarpas
prontas. Y más lo pareció cuando, una vez que Carita entró en
guardia, se puso a dar agilísimos saltos en redondo, como si
quisiera aturdirlo, caerle por sorpresa, burlarse de él o todo
junto. Carita, dándole la cara siempre, lo medía y aguardaba sin
moverse casi del sitio en que se plantó al comenzar.
—¡Entra, hijo de puta! —gritó Tirifilo.
Carita continuó en su sitio, sin mostrar intenciones de atacar. Que
no era cobarde lo probaba el hecho mismo de encontrarse allí. Él
sabría lo que iba a hacer. Para Tirifilo, entre tanto, la tarea de
darle vueltas a saltos había pasado a ser incómoda. No podía estarse
así todo el tiempo. Se decidió a atacar dando un formidable salto
hacia delante, como para cortar a Carita en el hombro, pero éste se
hizo a un lado a su vez, con otro salto muy liviano, y dejó pasar al
gigantesco puma limpiamente.
—¡Así! —gritaron en la barra del mozo.
Tirifilo volviose con rapidez y repitió el ataque, esta vez al
rostro, y Carita lo eludió con un salto hacia atrás, perdiéndose el
chavetazo en el aire. Tirifilo repitió su reto:
—¡Entra, carajo!
Carita no atacó. Estaba visto que se guardaba. El maestro de siempre
comenzó a sospechar que tenía un rival de vuelo. Volvió a la carga
una y otra vez, y una y otra vez fue eludido. Si bien Tirifilo
aventajaba a Carita en estatura, no le llevaba nada en astucia. El
muchacho había resuelto pelearle de lejos. Tirifilo alcanzó luego a
clavarle varios puntazos en la manta arrollada. Mientras más se
esforzaba, menos parecía lograr. Carita comenzó a tantearlo.
Confiado en el largo de sus brazos, Tirifilo se descuidaba un tanto
después de saltar hacia adelante. En una de esas, Carita contraatacó
logrando cortarle el brazo izquierdo, cerca del hombro. La primera
sangre, sangre de Tirifilo, comenzó a chorrear. Algunas gotas
brillaron en el suelo. Las barras, cada una por razón contraria,
miraban la sangre con sorpresa.
Tirifilo se enfureció, lanzando más injurias que ataques. Carita se
le escapaba con una agilidad felina. Luego, Tirifilo calló. Los
contrincantes comenzaron a jadear. El resuello de Tirifilo era
violento. Producía un ruido ronco y agudo. Por poco rugía. Carita
logró darle otro tajo en el antebrazo derecho, devolviéndole un
chavetazo que falló. Las barras aullaron. Sólo la luna lucía
impasible.
Tirifilo trató de serenarse y de tomar las cosas verdaderamente en
serio. Estaba visto que ya no podría lucirse cortando a su placer a
Carita y menos perdonándole. Jugó los brazos simulando
contradictorios ataques y luego entró a fondo, logrando cortar a
Carita en la boca.
—¡Ése es tajo que vale! —gritó uno de la barra adicta al maestro. Y
agregó más fuerte—: ¡Ríndete, Carita! ¡Te va a matar!
Carita comenzó a beber su propia sangre, que del labio superior
partido le chorreaba a la boca. El sabor de su sangre lo enfureció
más, aturdiéndolo un poco, circunstancia que aprovechó Tirifilo para
lanzarle nuevos chavetazos que lo hirieron en los hombros.
—¡Ríndete, Carita! —conminó de nuevo la voz.
La respuesta fue agacharse, saltar a un lado y otro, desviar la
diestra armada de Tirifilo entrando de costado y darle un formidable
puntazo en el rostro. Carita sintió el hueso del pómulo. Tirifilo
rugió de dolor y las barras se excitaron a tal punto que alguien
demandó calma a gritos.
El novato volvió al ataque pero el maestro, ya prevenido, lo paró en
seco. Carita sintió que le desgarraba la camisa, a la altura del
pecho. La chaveta cruzó de costado. Un poco más y lo habría muerto.
Carita se puso a dar saltos en torno a su enemigo, rehuyendo un
entrevero. Trataba, mientras tanto, de pensar con claridad. La
intimación al rendimiento le pareció un indicio de que la pelea
estaba indecisa. Si bien la segunda vez lo había indignado, atacando
como lo hizo, ahora veía que si continuaba entrando, Tirifilo
acabaría por ganarle a pura dimensión de brazo, encajándole un
chavetazo mortal. Entonces, debía volver a su táctica de pelearle de
lejos, haciéndole el mayor número de tajos, cansándolo y
desangrándolo hasta debilitarlo en tal forma que la tarea de rematar
sería cuestión de tiempo. Tirifilo, con toda su experiencia de
luchador, entendió bien lo que Carita se proponía. Desde el
principio, trató de indignarlo para que entrara. Luego vio que no le
hizo caso, pero más tarde se arrebató en forma que podía aprovechar.
Ahora, que Carita volvía a escurrírsele, entendió que llevaba las de
perder si no terminaba pronto con el “vivo” y se lanzó al ataque. Lo
perseguía de un lado a otro del campo, hasta tropezar con los
miembros de las barras o alguna lata vieja. Carita retrocedía a
saltos, lo esquivaba, no sin lanzarle un chavetazo alguna vez. Los
brazos de Tirifilo se iban llenando de heridas. Y parecía que Carita
siempre le iba a quedar lejos.
—¡No corras, hijo de puta! —gritó Tirifilo.
En su voz había un acento de contenida desesperación.
Le daba rabia no poder acabar con ese rival novato, de sorprendente
agilidad, que no sólo iba a dar al traste con su prestigio de
chavetero sino que le podía quitar la vida. Habiendo abandonado la
idea de lucirse con él y perdonarlo hacía mucho rato, resultaba que
ahora tampoco podía matarlo. El gigantesco puma bufaba lanzando
chavetazos de frente y de costado, sin lograr herir a Carita. Había
sangre en los aceros y en los cuerpos, pero la sangre de Tirifilo
corría más. En un momento en que éste se tiró a fondo como para
atravesar a Carita, fue esquivado en forma tal, que la chaveta del
muchacho, quien hizo un quite agachado y lanzóse hacia delante, le
partió un muslo. Tirifilo volvióse rápido para encontrar que Carita
le pasaba por un lado, cortándole el molledo del brazo izquierdo. El
maestro se detuvo, como si para él todo eso constituyera el colmo de
la sorpresa. Luego reinició la terca persecución, resollando
angustiadamente.
Comenzaba a clarear el día. Carita vio la congestionada faz de
Tirifilo. De los ojos rabiosos salían lágrimas que dejaban un trazo
brillante en una mejilla. En la otra, mal herida, las lágrimas se
confundían con la sangre. Carita vio también que en esos ojos estaba
grabada la muerte, a fuego de odio y orgullo. Querían la muerte para
Carita o Tirifilo mismo, pero nada menos.
Las barras se habían callado. El final ya parecía anunciarse, pero
la derrota de Tirifilo se tenía aún por cosa increíble. Muchos
esperaban que acertara haciendo un último esfuerzo. De algo habrían
de servirle su gran valor, sus brazos larguísimos, su experiencia de
años. Acaso terminaría por matar a Carita, pese a las malas
condiciones en que estaba. Se había desangrado mucho, pero ninguna
de sus heridas parecía mortal. La cuestión consistía en que
resistiera. Aún podría atacar…
Es lo que trató de hacer Tirifilo. Pero no pudo persistir en el
esfuerzo. Dio visibles muestras de debilidad. Sus saltos eran menos
ágiles. El brazo de la manta aflojó mucho. Se hubiera dicho que
perdía la guardia. El otro, se movía con poca agilidad al lanzar los
chavetazos.
Confundido ya, insultó de nuevo a Carita, a la loca, como se vio
luego:
—Entra, hijo de puta.
Carita saltó de un lado a otro, confundiendo más a su rival y
midiendo la situación. De repente entró a fondo. Con el antebrazo
enmantado, hizo a un lado el arma de Tirifilo y como la defensa de
éste era floja, le clavó la chaveta en el pecho, empujándola con la
palma de la mano ahuecada y sacándola luego inmediatamente, de modo
que todo aquello pareció suerte de torería. Tirifilo derrumbose
largo a largo y murió dando un rápido estertor.
Viendo las camisas blancas enrojecidas a trechos, uno comentó:
—Se han pintao la bandera peruana.
Carita se marchó hacia Malambo solo, la manta ensangrentada en una
mano, la chaveta en la otra. Llegando al poblado, echó a andar por
media calle, el paso vacilante, por poco sin fuerzas.
Cuando pasaba frente a la casa de Tirifilo, encontró a la mujer de
éste, esperando a su marido en la puerta. Díjole entonces:
—Anda, recoge a tu negro, que no se levantará más…
Calle adelante, tropezó con dos policías. Pese a que caminaba con
dificultad, llevaba en el rostro tal expresión de fiereza, y todo su
continente rezumaba tanta disposición de lucha, así con la manta
chorreando sangre y la chaveta lista, que los policías lo dejaron
pasar, limitándose a seguirlo. Carita llegó por fin a la puerta de
una botica, donde se desplomó gritando:
—Cúrenme.
La noticia fue recibida con incredulidad por los cronistas
policiales. ¿Muerto a chaveta Tirifilo, el as de Malambo? Luego que
la confirmaron viendo el cadáver en la morgue y entrevistando a
Carita en el hospital, los diarios lucieron crónicas y reportajes a
grandes titulares, durante muchos días.
El alma del pueblo vibró. Carita tenía en su favor, más allá de toda
consideración de valor y victoria sobre el temible Tirifilo, el
hecho de haber defendido a su madre. Valses criollos y marineras
cantaron la hazaña. Un nuevo héroe popular había surgido. A la larga
fue envuelto en una aureola de leyenda.
Cuando la Corte de Justicia vio el caso, Carita tenía ganada su
causa en la opinión. Los magistrados consideraron la reyerta entre
un negro y un mulato de Malambo como una clara cuestión de honor, un
duelo de caballeros, y dictaron la sentencia correspondiente: tres
años de prisión.
Los negros y mulatos de Malambo, de ordinario arrogantes, abombaron
un tanto más el pecho al pasar por las calles de la Ciudad de los
Reyes.
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