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Rodolfo Walsh nació en
Río Negro en 1927 y fue asesinado en Buenos Aires en 1977 por un
Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Fue
escritor, periodista, traductor y autor teatral. Fundó en Cuba la
agencia de noticias Prensa Latina, en 1959 y en 1976 creó la Agencia
Clandestina de Noticias (ANCLA)
Magnífico escritor, entre sus obras podemos citar: Diez cuentos
policiales argentinos (1953); Variaciones en rojo (1953,
Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires); Antología del
cuento extraño (1956); Operación masacre, un proceso que no
ha sido clausurado (1958); ¿Quién mató a Rosendo?
(1959); La batalla (1964, teatro); La granada
(1965, segundo premio del certamen La Comedia); Los oficios
terrestres
(1966); Un kilo de oro (1967); Crónica de Cuba
(1969); Caso Satanowsky (1973); Un oscuro día de justicia
(1973) y Carta abierta de un escritor a la Junta Militar
(1977).
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El 16
de febrero de 1945 tropas rusas complementaron la ocupación de
Budapest. El 18 fui arrestado. El 20 me pusieron en libertad y me
restituí a mis funciones en el Departamento Oftalmológico del
Hospital Central. Nunca he sabido la causa de mi detención. Tampoco
supe por qué me pusieron en libertad.
Dos
meses más tarde tuve en mis manos una solicitud firmada por Alajos
Endrey, condenado a muerte, que aguardaba el cumplimiento de la
sentencia. Ofrecía donar sus ojos al Instituto de Recuperación de la
Vista, fundado por mí a comienzos de la guerra, y en el cual realicé
—aunque ahora lo nieguen Istvan Vezer y la camarilla de advenedizos
que me han difamado y obligado a expatriarme— dieciocho injertos de
córnea en pacientes ciegos. De ellos, dieciséis fueron coronados por
el éxito. El paciente número diecisiete se negó tenazmente a
recuperar la vista, aunque la operación fue técnicamente perfecta.
El
caso número dieciocho es el tema de este relato, que escribo para
distraer las horas de mi solitario destierro, a millares de
kilómetros de mi Hungría natal.
Fui a
ver a Endrey. Estaba en una celda pequeña y limpia, que recorría
incesantemente, como una fiera enjaulada. Ningún rasgo notable lo
recomendaba a la atención de un hombre de ciencia. Era un sujeto
pequeño, irritable, con una permanente expresión de acoso en la
mirada. Presentaba huellas evidentes de desnutrición. Un examen
sumario me reveló que tenía la córnea en buen estado. Le comuniqué
que su ofrecimiento estaba aceptado. No indagué sus motivos. Los
conocía de sobra: sentimentalismo de última hora, acaso un oscuro
afán de persistir, aunque fuera en mínima parte, incorporado a la
vida de otro hombre. Me alejé por los corredores de piedra gris,
flanqueado por la mirada indiferente u hostil del guardia.
La
ejecución se realizó el 20 de septiembre de 1945. Recuerdo vagamente
una procesión de hombres silenciosos y semidormidos, un camino
polvoriento que ascendía entre matorrales, un amanecer
intrascendente. Improvisé una mesa de operaciones en una choza con
techo de cinc, a cincuenta pasos del sitio de la ejecución. Pensé,
ociosamente, que el ejecutado podía ser yo, que el destino era
absurdo, que la muerte era una costumbre trivial.
Preparé cuidadosamente al paciente. Era ciego de nacimiento, por
deformación en cono de la córnea, y se llamaba Josef Pongracz. Pasé
por los párpados los hilos destinados a mantenerlos abiertos. En
aquel trámite me sorprendió la fatal descarga.
Dos
soldados trajeron al muerto en unas angarillas. Una cuádruple
estrella de sangre le condecoraba el pecho. Tenía las pupilas
dilatadas en un vago asombro.
Extraje el ojo y recorté el trozo de córnea destinado
al injerto. Luego extraje la zona enferma de la córnea del paciente
y la reemplacé con el injerto.
Diez días más tarde retiré los vendajes. Josef se
incorporó y dio un par de pasos indecisos. Observé sus reacciones.
Su cara adquirió una expresión de indecible temor. Veía.
Estaba perdido.
Miró
en torno, buscándome entre los objetos que componían la sala de
operaciones. Cuando le hablé, me reconoció; quiso sonreír. Le ordené
que se dirigiera a la ventana. Vaciló, y entonces yo lo tomé del
brazo y lo guié, como si fuera un niño. Cuando lo puse frente a la
ventana, cerró los ojos, tocó la solera, el marco, los vidrios, una
y otra vez, infinitamente. Después abrió los ojos y miró a lo
lejos.
—Atardece —dijo, y empezó a llorar silenciosamente.
Dos
meses más tarde recibí la visita del doctor Vendel Groesz, del
Instituto de Psiquiatría. Había ido a verlo Josef. Hallábase, según
me dijo, en un estado desastroso, en una honda depresión mental,
agravada por pesadillas y alucinaciones; lo amenazaba la
esquizofrenia.
Dos
días después de la operación (me dijo el doctor Groesz) Josef había
soñado con un vago panorama, casi desnudo de detalles: un cerro, un
camino, una luz gris y espectral. El sueño se había repetido siete
noches seguidas. A pesar del carácter inofensivo de esas
representaciones, Josef se había despertado siempre dominado por un
oscuro e injustificable terror.
El
doctor Groesz consultó sus notas.
“Era como si yo
hubiera estado ahí antes, y fuera a suceder algo terrible”. Son sus
propias palabras.
El doctor Groesz
confesó que en este caso habían fracasado todos los procedimientos
usuales. Cualesquiera fuesen los complejos de Josef, no podían estar
relacionados con sensaciones o recuerdos visuales, pues era ciego de
nacimiento. Desde que recuperara la vista, no había salido de la
ciudad. Ignoraba pues, en rigor, lo que era una colina, lo que era
un camino polvoriento de montaña, a menos que se pudiera llamar
conocimiento al concepto impreciso, adimensional, propio del ciego.
El panorama que inquietaba los sueños de Josef no era, pues, un
recuerdo visual; tampoco un recuerdo visual modificado por la
peculiar simbología onírica, sino un producto inexplicable,
arbitrario, del subconsciente.
—El
sueño —dijo el doctor Groesz— por muy alejado que parezca de la
experiencia, se basa siempre en ella. Donde no hay experiencia
previa, no puede haber sueños correspondientes a esa experiencia.
Por eso los ciegos no sueñan, o al menos sus sueños no están
constituidos por representaciones de orden visual, sino táctil o
auditivo.
En ese caso, sin embargo, había un sueño de carácter
visual (cuya repetición indicaba su importancia), anterior a toda
experiencia visual del mismo orden.
Forzado a buscar una explicación, el doctor Groesz había recurrido a
los arquetipos o imágenes primordiales de Jung —cuyas teorías
rechazaba por fantásticas—, especie de herencia onírica que
recibimos de nuestros antepasados, y que pueden irrumpir
intempestivamente en nuestros sueños y aun en nuestra vida
consciente.
—Yo soy un hombre de ciencia —me aclaró,
innecesariamente, el doctor Groesz—, pero no puedo prescindir de
ninguna hipótesis de trabajo, por opuesta que sea a mi experiencia y
a mi peculiar modo de ver las cosas. Pero también hube de desechar
esa hipótesis. Ya verá usted por qué.
“Una semana después, el panorama escueto y desnudo de
los primeros sueños empezó a completarse, como una fotografía que se
revelara lentamente. Una noche fue una piedra de forma peculiar; la
noche siguiente, una cabaña de techo de cinc, bajo el abrigo de dos
árboles adustos e idénticos; después un amanecer sin sol; un perro
que vagaba entre los árboles... Noche a noche, detalle por detalle,
el cuadro se va completando. Ha llegado a describirme, en media hora
de prolijas disquisiciones, la forma exacta de un árbol, la forma
exacta de algunas ramas de ese árbol, y hasta la forma de algunas
hojas. El cuadro se perfecciona siempre. Ningún detalle previo
desaparece. Lo he probado. Todos los días le hago repetir el sueño
de la noche anterior. Siempre es el mismo, exactamente,
pero con algún detalle más.
“Hace una semana me mencionó por primera vez cinco
figuras que habían aparecido en el cuadro. Cinco contornos, cinco
siluetas oscuras, recortadas contra el amanecer grisáceo. Cuatro de
ellas están en una misma línea, de frente; la quinta, a un costado,
está de perfil. La noche siguiente las cinco figuras estaban
uniformadas; la figura del costado empuñaba una espada. Al principio
las caras eran borrosas, casi inexistentes; después se fueron
precisando”.
El doctor Groesz consultó una vez más sus notas.
—La figura del costado, que empuña la espada, es un
oficial joven y rubio. El primer soldado de la izquierda es bajo, y
el uniforme le queda chico. El segundo le hace recordar
(fíjese usted bien: recordar) a su hermano menor; Josef me
ha dicho, casi llorando, que él no tiene hermanos, nunca los tuvo,
pero ese soldado le hace recordar a su hermano menor. El tercero
tiene bigote negro y uniforme muy raído; evita mirarlo; tiene la
mirada a un costado... El cuarto es un hombre gigantesco, con una
cicatriz que le cruza el costado izquierdo de la cara, desde la
oreja a la comisura de la boca, como un río tortuoso y violáceo; un
paquete de cigarrillos asoma por el bolsillo de su guerrera.
El doctor Groesz sacó un pañuelo de un bolsillo y se
enjugó la frente.
—Ayer —dijo, y por la forma en que dijo “ayer”
comprendí que se avecinaba algo terrible—,
¡ayer Josef vio el
cuadro completo! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
“Los soldados tenían fusiles y le apuntaban, con el
dedo en el gatillo, listos para hacer fuego.
“Lo
internamos inmediatamente. Se resiste a dormir, porque teme soñar
que está ante un piquete de fusilamiento, teme sentir ese horror
inmediato e inaudito de la muerte. Pero el cuadro, que antes sólo
aparecía en sueños, ahora lo persigue también cuando está despierto.
Le basta con cerrar los ojos, aun en el fugaz instante del parpadeo,
para verlo: el oficial con la espada desenvainada, los cuatro
soldados alineados en posición de hacer fuego, los cuatro fusiles
apuntados al corazón.
“Esta mañana ha pronunciado un nombre extraño. Le
pregunté quién era, y dijo que era él. Cree ser otra persona.
Un caso evidente de esquizofrenia”.
—¿Cuál es el nombre? —pregunté
—Alajos
Endrey —repuso el doctor Groesz.
Mediante la recomendación de un jefe militar —cuyo
nombre, por razones obvias, no menciono— logré entrevistar al
oficial que había dirigido la ejecución de Alajos Endrey. No me
recordaba. Yo, por mi parte, apenas lo había mirado en nuestro fugaz
encuentro anterior. Accedió, con fría cortesía militar, a mi
descabellado pedido.
Un par de minutos más tarde, los cuatro soldados que
habían integrado el piquete de fusilamiento aquella gris y casi
olvidada mañana estaban formados ante mí.
Entonces vi el cuadro que había visto el desventurado Josef con los
ojos del traidor Alajos Endrey.
El primer soldado de la izquierda era bajo y gordo, y
el uniforme le quedaba chico; en el segundo creí percibir una vaga
semejanza con el propio Endrey; el tercero tenía bigote negro y ojos
que evitaban mirar de frente; su uniforme estaba muy gastado.
El
cuarto era un hombre gigantesco, con una cicatriz que le cruzaba el
costado izquierdo de la cara, como un río tortuoso y violáceo...
Creo que en ese caso el factor psicológico ha sido decisivo. El
paciente ve, en realidad, pero no lo reconoce, porque tiene
temor de ver, porque no quiere ver, porque está acostumbrado a
no ver. No hay otra explicación.
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