| |

Enrique Pezzoni
es uno de los más sólidos traductores argentinos, es profesor de
Castellano, Literatura y Latín recibido en el Instituto Nacional
Superior del Profesorado Joaquín V. González. Obtuvo la beca John
Simon Guggenheim para estudiar la poesía y la poética de Octavio Paz
en la Universidad de Harvard, EE.UU., 1965.
Profesor de Teoría y Práctica de la
Traducción Literaria del Inglés del Instituto Nacional del
Profesorado en Lenguas Vivas, 1973. Profesor de Castellano y
Director del Departamento de Castellano del Colegio Nacional Buenos
Aires. Secretario de Redacción de la Revista Sur, 1969-1973. Asesor
Literario de la Editorial Sudamericana, 1974-1989.
Libros y trabajos publicados o
encomendados: Adversos milagros, Antología y estudio
preliminar de la obra de Adolfo Bioy Casares, Editorial Monte
Avila, Caracas, 1969. Antología y estudio preliminar de la obra
poética de Alberto Girri, Editorial Sudamericana, 1970.
Artículos sobre José Bianco, Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo,
Silvina Ocampo y Alberto Girri en la Enciclopedia de la Literatura
Argentina, Editorial Sudamericana, 1970; El texto y sus voces,
Editorial Sudamericana, 1986.

El nombre del escritor norteamericano
Herman Melville (1819-1891), está indefectiblemente ligado a
Moby Dick, su obra maestra. Publicada en 1851, recién fue
reconocida a partir de 1920, en gran medida gracias a la valoración
de D. H. Lawrence y Lawrence de Arabia. Otros títulos del autor son:
Typee: a peep al Polynesian life (1846), Omoo (1847),
La chaqueta blanca (1850), Pierre o las ambigüedades
(1852), Larael Potter (1855), The Piazza Tales (1856)
y Billy Budd (1924). |
|
|
1
ESPEJISMOS
Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años —no importa
cuántos exactamente—, con poco o ningún dinero en mi billetera y
nada en particular que me interesara en la tierra, pensé darme al
mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la
melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me
tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un
noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome,
a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o
sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada
vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo
acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a
la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente,
entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes
posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la
bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su
espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada asombroso en
esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su
condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me
inspira el océano.
Aquí está, pues, la ciudad insular de los manhattoes, rodeada de
muelles como las islas indígenas por los arrecifes de coral. El
comercio la ciñe con su oleaje. A la derecha e izquierda, las calles
llevan hacia el mar. En la punta extrema de la ciudad está el
fuerte, augusta mole refrescada por brisas y bañada por aguas que,
pocas horas antes, eran invisibles desde la tierra. Miren ustedes la
multitud que contempla las olas.
Recorran ustedes la ciudad en la tarde soñolienta de un sábado.
Vayan desde Corlears Jock hasta Coenties Slip y desde allí, pasando
poro Whitehall, hacia el norte. ¿Qué ven ustedes?
Apostados como centinelas silenciosos en torno a la ciudad toda, hay
millares y millares de mortales perdidos en divagaciones oceánicas.
Algunos apoyados contra los pilotes; otros sentados en las
escolleras; otros mirando más allá de las amuradas de naves llegadas
desde China; otros en lo alto de los aparejos, como empeñados en
obtener una vista aun más amplia del mar. Pero todos son hombres de
tierra firme: durante la semana, están encerrados entre cuatro
paredes, atados a mostradores, clavados en bancos, pegados a
escritorios. ¿Qué ha ocurrido? ¿Han desaparecido las verdes
praderas? ¿Qué hacen aquí estos hombres?
Pero ¡miren ustedes! Llega aun más gente. Todos avanzan hacia el
agua y parecen resueltos a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada los
contentaría tanto como el límite extremo de la tierra; no les basta
vagabundear a la sombra de los depósitos que rodean el puerto. No.
Tienen que acercarse todo lo posible al agua, sin caer en ella. Y
ahí se quedan, inmóviles, en una extensión de millas, de leguas.
Todos hombres de tierra adentro: afluyen por sendas y callejas, por
calles y avenidas... Desde el norte, el este, el sur, el oeste. Y
sin embargo, aquí se reúnen todos. Díganme ustedes: ¿acaso los atrae
el poder magnético de la aguja de las brújulas de todas esas naves?
Y
esto no es todo. Supongamos que se encuentren ustedes en algún
paraje elevado, donde abunden los lagos. Tomen cualquier sendero que
se les antoje: casi siempre irán a dar, a través de un valle, a un
estanque formado por la corriente. Hay en ello algo mágico. Elijamos
al más distraído de los hombres sumergido en su más honda
ensoñación; pongámoslo en pie y nos llevará, infaliblemente, hacia
el agua, si hay agua en esa región. Y si alguna vez están ustedes
sedientos en el gran desierto norteamericano, hagan este
experimento, si es que por casualidad hay un profesor de metafísica
en la caravana. En efecto: como todos sabemos, agua y meditación
siempre han estado unidas.
Pero tomemos a un pintor. Quiere pintar el paisaje romántico, más
soñador, más umbroso, más apacible, más hechicero de todo el valle
del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Allí están sus
árboles, cada uno con el tronco hueco, como si guardara en su
interior a un ermitaño y un crucifijo; y aquí duerme su pradera,
allí duerme su rebaño. Más allá, desde esa cabaña, serpea un humo
soñoliento. Un sendero se hunde sinuoso entre los bosques distantes
y llega hasta las estribaciones superpuestas de las montañas bañadas
por el azul de sus laderas. Pero aunque la escena esté sumida en
semejante éxtasis y el pino deje caer suspiros, como hojas, sobre la
cabeza del pastor, todo sería inútil si el pastor no tuviera fijos
los ojos en la corriente mágica que pasa frente a él. Visiten
ustedes las praderas en junio, caminen millas y millas hundidos
hasta las rodillas entre lirios atigrados... ¿cuál es el encanto que
falta? El agua: ¡allí no hay una sola gota de agua! Si el Niágara
fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes tantas millas para
verlo? ¿Por qué será que el pobre poeta de Tennessee, al recibir de
improvisto dos puñados de plata, dudó entre comprarse el abrigo que
le hacía tanta falta o invertir su dinero en un viaje a pie a la
playa de Rockaway? ¿Por qué será que cualquier muchacho robusto y
saludable, que tenga dentro de sí un espíritu robusto y saludable,
en un momento dado se enloquece por darse a la mar? ¿Por qué será
que durante el primer viaje que hicieron ustedes como pasajeros,
sintieron un estremecimiento místico al enterarse de que ni el buque
ni ustedes ya no podían ser vistos desde tierra? ¿Por qué será que
los antiguos persas consideraban sagrado al mar? ¿Por qué será que
los griegos le destinaron una deidad especial, un hermano de Jove?
Sin duda, todo eso no carece de sentido. Y es aun más profundo el
significado del mito de Narciso que, al no poder ceñir la imagen
exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se arrojó a ella y
se ahogó. Pero todos nosotros vemos esa misma imagen en nuestros
ríos y en nuestros océanos. Es la imagen del inasible fantasma de la
vida. Y ésta es la clave de todo.
Ahora bien: cuando digo que tengo el hábito de darme al mar cada vez
que siento una niebla ante los ojos y empiezo a preocuparme por mis
pulmones, no hay que deducir que viajo como pasajero. Para viajar
como pasajero debe uno llevar una billetera, y una billetera es sólo
un harapo cuando no contiene nada. Por lo demás, los pasajeros se
marean, se pelean entre sí, no duermen de noche y, por regla
general, no se divierten demasiado... No; nunca viajo como pasajero.
Y aunque en cierto modo soy marinero de agua salada, tampoco voy al
mar como comodoro, capitán o cocinero. Abandono la gloria y la
distinción de esos oficios a quienes gustan de ellos. Por mi parte,
abomino de todos los trabajos, dificultades y tribulaciones honrosas
y respetables, de cualquier clase que sean. Me basta con cuidar de
mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcazas, bergantines, goletas o
lo que fuere. En cuanto a emplearme como cocinero —por más que haya
una gloria considerable en ese oficio, puesto que el cocinero es una
especie de oficial a bordo—, nunca sentí ganas de asar pollos...
aunque una vez asado el pollo, juiciosamente enmantecado y
sabiamente condimentado, nadie será capaz de hablar de él con más
respeto —por no decir con más veneración— que yo. A causa del cariño
idólatra que los antiguos egipcios profesaban a los ibis asados y
los hipopótamos a la parrilla, hoy vemos las momias de esos seres en
esos hornos inmensos que son las pirámides.
No; cuando me doy al mar, lo hago como simple marinero, bien
plantado frente al mástil, bien metido en el castillo, bien
encaramado al palo mayor. Cierto es que me tienen a mal traer con
tantas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como una langosta
en una pradera de mayo. Al principio, es bastante desagradable.
Hiere nuestro sentido del honor, especialmente si descendemos de una
vieja familia establecida en el país, los Van Rensselaers, o los
Randolphs, o los Hardicanutes. Y la cosa es mucho peor aun si poco
antes de meter la mano en el balde de brea hemos sido amos absolutos
en una escuela de campaña, en calidad de maestros, y hemos
atemorizado a los muchachos más altos con nuestra sola presencia.
Les aseguro que es muy brusca la transición de maestro de escuela a
marinero, y se necesita una poderosa ración de Séneca y los estoicos
para sonreír ante ese cambio y sobrellevarlo. Pero también esto se
diluye con el tiempo.
¿Qué importa si un capitán viejo y gruñón me ordena tomar la escoba
y barrer la cubierta? ¿Qué cuenta esa indignidad, pesada, pongamos
por caso, en los platillos del Nuevo Testamento? ¿Creen ustedes que
el Arcángel Gabriel me tendrá en menos por el solo hecho de que
obedecí con prontitud y respeto a ese viejo gruñón en esa ocasión
determinada? ¿Quién no es esclavo? Contéstenme a esto. Bueno, lo
cierto es que por más que los viejos capitanes me den orden tras
orden, por más que me traten a golpes y puñetazos, tengo la
satisfacción de saber que todo anda bien, que todos los hombres, de
un modo u otro, deben servir exactamente de la misma manera (quiero
decir, desde un punto de vista físico o metafísico), y así el
puñetazo universal sigue su ronda y cada uno debería fregarle la
espalda a los demás y sentirse contento.
Además, si siempre me doy al mar como marinero es porque así
consideran que es un deber pagarme por mi trabajo, mientras nunca he
oído que pagaran un solo penique a los pasajeros. Al contrario: son
los pasajeros quienes deben pagar. Y hay una diferencia enorme entre
pagar y ser pagado. El acto de pagar es, acaso, la condena más
fastidiosa que nos legaron los dos ladrones del vergel. Pero ser
pagado: ¿qué puede comparársele en el mundo? La cortés avidez
con que un hombre recibe dinero de los demás es, en verdad,
maravillosa, teniendo en cuenta que estamos profundamente
persuadidos de que el dinero es la raíz de todos los males terrenos
y de que no existe la menor posibilidad de que un hombre rico entre
en el cielo. ¡Ah, con qué alegría nos condenamos a la perdición!
Y
por fin, siempre me doy al mar como marinero a causa del sano
ejercicio y el aire puro que se respira en el puente de proa. Porque
así como en este mundo los vientos contrarios prevalecen
abundantemente sobre los vientos de popa (y esto si no violamos la
máxima pitagórica), el capitán casi siempre recibe en el alcázar una
atmósfera de segunda mano, que le llega a través de los marineros en
el castillo. Él cree ser el primero en respirarla, pero no es así.
De manera semejante, las comunidades guían a sus jefes en muchas
otras cosas, aunque los jefes ni siquiera lo sospechen. Pero ¿por
qué razón, después de haber olido tantas veces el mar como marinero
mercante, se me habrá metido en la cabeza la idea de zarpar en un
ballenero? Esto podrá explicarlo mejor que nadie el invisible
oficial de policía de los Hados, que me vigila sin cesar, me acosa
en secreto e influye sobre mí de modo inexplicable. Y sin duda, este
viaje mío en un ballenero formaba parte del gran programa que la
Providencia organizó hace mucho tiempo. Surgió como una especie de
breve interludio, un solo, entre los números más importantes.
Imagino que esa parte del programa debió de sonar más o menos así:
Gran lucha electoral por la Presidencia de los Estados Unidos
Un
individuo de nombre Ismael viaja en un ballenero
SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN
No
puedo decir el motivo exacto por el cual esos directores de escena
que son los Hados me adjudicaron este papel tan deslucido del viaje
en un ballenero, cuando a otros les dieron papeles magníficos en
grandes tragedias, o papeles breves y fáciles en comedias de salón,
o papeles cómicos en las farsas. Aunque no pueda explicar el motivo
exacto, ahora que recuerdo todas las circunstancias creo discernir
algo entre los móviles y resortes que, hábilmente ocultos bajo
varios disfraces, me indujeron a representar ese papel, además de
engatusarme con la ilusión de que ésa era una elección resultante de
mi libre albedrío y de mi discernimiento.
El
principal de esos móviles era la idea abrumadora de la gran ballena
en carne y hueso. Un monstruo tan portentoso y enigmático despertaba
toda mi curiosidad. Y después, los mares salvajes y distantes donde
el monstruo hacía rodar su masa, gigantesca como una isla; y los
peligros indescriptibles de la ballena: todo eso, sumado a las
maravillas que esperaba descubrir en un millar de paisajes y vientos
patagónicos, contribuyó a alimentar mi deseo. Para otros hombres,
quizá, nada de eso habría sido un incentivo. Pero yo me siento
atormentado por una inagotable ansiedad de cosas remotas. Me gusta
navegar por mares prohibidos y acercarme a costas bárbaras. Sin
ignorar el bien percibo enseguida el horror, y hasta puedo vivir en
buenos términos con él —siempre que el horror me lo permita—, porque
me parece correcto mantenerme en buenas relaciones con los demás
inquilinos del lugar donde vivo.
Por todos estos motivos, di la bienvenida al viaje en el ballenero.
Las grandes compuertas del mundo de las maravillas se abrieron ante
mí y entre las delirantes imaginaciones que me impulsaron hacia mi
propósito, fluctuaron hacia mi espíritu, de a dos en dos,
procesiones interminables de ballenas. En medio de todas ellas pasó
un fantasma gigantesco, encapuchado, como una colina de nieve en el
aire.
ir arriba
|
|