febrero de 2006 

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Federico Jeanmarie

Prólogo anotado

 

 

Federico Jeanmaire
nació en Baradero, provincia de Buenos Aires, en 1957. Ha publicado las novelas Un profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los nudos (1986), Miguel (1990, finalista del Premio Herralde de novela), Prólogo anotado (1993), Montevideo (1997), Los zumitas (1999), Una virgen peronista (2001), Papá (2003), Países bajos (2004), Una lectura del Quijote (2004).

   

 

NOTA PRELIMINAR

Aquella noche fui a ver a Juan Aparicio porque tenía que ir, había demasiadas cosas sobre las que debíamos hablar. Maldigo la hora porque fue de noche y no me pude aguantar los ardientes deseos de acercarme a su casa. De haber esperado, quizás la historia hubiese sido otra y el desenlace también. Pero así fue y ahora ya no pueden alterarse los fatídicos hechos que sobrevinieron a mi intempestiva decisión de visitarlo.

En la mañana que siguió a aquella noche en la que el profesor no quiso recibirme lo esperé tranquilamente en la escuela pero no llegó. Pasaron algunas horas hasta que me decidí a golpear nuevamente a su puerta. Pero tampoco esta vez obtuve una respuesta. El manuscrito de su Prólogo a un manual de literatura me llegó unos días después dentro de un sobre bastante ajado que me acercó la policía porque estaba escrito en él mi nombre furiosamente subrayado. Así fue.

O mejor, así comenzó todo para mí. El resto es una sucesión de idas y venidas de la editorial que le había encargado el trabajo y posteriormente más idas más venidas hasta la Municipalidad. Hoy, finalmente, puedo presentar el Prólogo del maestro. Mi tarea no ha sido fácil por las razones íntimas que el lector sabrá apreciar con el correr de las páginas. Una labor que exigió de mi parte casi el mismo coraje del que necesitó don Juan para llevar a cabo su tamaña empresa literaria. Reconozco que estuve tentada de suprimir varios párrafos, incluso capítulos enteros, pero no lo hice, me contuve en las notas a pie de página que acompañan, puntualizando nuestras diferencias, esta edición del libro. Me determinó a tomar esta postura una oración del profesor que se convirtió en un látigo para mi perturbada conciencia: “Los hombres pasan pero los prólogos quedan”. Fiel a ese precepto y consciente de que el mundo de las letras no puede seguir por más tiempo huérfano de este texto masturbatorio fundamental, es que me he animado a presentarlo al gran público, haciendo, desde luego, todas las anotaciones que consideré pertinentes.

Una última aclaración imprescindible: mi apellido también es Aparicio pero eso no me hace más o menos pariente de don Juan. Después de haber investigado en álbumes familiares y en recuerdos varios, la conclusión unívoca a la que he llegado es que no existe el más mínimo lazo de parentesco entre ambos (yo, María Gabriela, y él, Juan). Cosas el destino literario, lo verdadero no siempre puede ser versosímil.

Nada más.

Profesora María Gabriela Aparicio

 

 

PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA

POR JUAN APARICIO

 

PRÓLOGOS DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA

 

Comienzo (notable) de los prólogos del prólogo a un manual de literatura

 

El sol ardía como un hombre detrás de la ventana. Del otro lado, el hombre ardía como un sol.

En mitad del incendio, los vidrios sucios de la ventana funcionaban a modo de espejo para el hombre y no sé si para el sol.

El hombre disfrutaba (vía espejo ventanal) el prodigio indecible de un profundo escote de mujer. Sus ojos enormes y rojos viajaban minuciosamente (saltarinamente) por entre los inabarcables pechos blancos de la mujer ora deteniéndose en una constelación de cuatro o cinco pecas (el ardor no le permitía contar con exactitud) ubicadas en el extremo occidental de la visión, ora deteniéndose un poco más a la derecha, en un lunar bastante gordo y obsceno.

El hombre (vamos a decirlo con todas las letras) preparaba con esmero, aunque quizás sin darse demasiada cuenta, alguna lasciva masturbación futura. Lo hacía con naturalidad infantil, sin ninguna afectación, casi espontáneamente.

La dueña de tan prodigioso escote era profesora de lengua (como él) y su nombre creo que no interesa a nadie, aunque sí interese lo desatinado de sus pechos.

Ardeo: ergo sum

El hombre que ardía era yo. Soy yo.

Soy yo, Juan Aparicio, de oficio profesor de lengua castellana y prologuista (aunque en ese momento era mucho más profesor que prologuista).

El sol seguía ardiendo despechadamente detrás de la ventana mientras el abismo de un escote no me permitía respirar. Pero, y a pesar de todos aquellos indicios tan abrumadores como palpables, llamó el teléfono: irrumpió en el infierno de la sala de profesores sin ningún comedimiento para con mis muchos ardores.

El hombre,[1] es decir yo mismo, Juan Aparicio, aceptó estoicamente esta mañana la durísima tarea de escribir este prólogo;  luchando fieramente para que sus propias palabras no quedasen estranguladas por un sinfín de tetas blancas espejadas, casi transparentes; luchando denodadamente contra un ejército de pecas que lo arrinconaban entre una vieja pared y un teléfono ídem.

Así nacieron estas páginas, lector, un tanto contra natura.

Ardeo et scribo: ero sum

 

EXPLICACIÓN NECESARIA Y SUFICIENTE DEL COMIENZO (NOTABLE) DE LOS PRÓLOGOS DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA

 

Los comienzos de los libros, de cualquier género que ellos sean, son fundamentales. Tal fundamentalidad poseen que, a los efectos de demostrarlo, mi extraordinario trabajo prologal les dedicará (en el momento oportuno y no antes) un extenso apartado. Y quien diga lo contrario (que los comienzos de los libros no son fundamentales) desconoce las más mínimas reglas retóricas (junto a otras muchas reglas no tan retóricas que desconoce), y si no sonara demasiado fuerte a esta poca altura de mi prólogo, diría que no merece ese “quien” continuar con la lectura del mismo aunque alegue que le ha costado mucho dinero.

Los comienzos son los comienzos.

Y a riesgo de caer en la vulgaridad, y de vadear el estricto valor académico que deseo imprimirle a estas páginas, afirmaría que los comienzos de cualquier cosa (a saber: la mañana, el parto, la a, los primeros minutos de un encuentro de balompié, la sopa, el uno, un beso, el mono, etcétera) son fundamentales. Cómo no lo sería el inicio de una novela, de un poema, de un cuento o de un prólogo a un manual de literatura.

Puede que haya sido diferente (me refiero a la importancia de los comienzos) en otras épocas, no lo sé; sí sé, en cambio, que en nuestros vertiginosos tiempos existen ciertas manías lectoras (como la de otorgarles tan exagerada importancia a los comienzos) que deberían ser atendidas con mayor cuidado por especialistas.

Aquí va un humilde aporte mío (de Juan Aparicio) sobre tan espinoso asunto:

Por lo general, un lector contemporáneo a la escritura de este prólogo se cerciora desmedidamente del producto que va a comprar (siempre, claro está, que ese producto sea un libro, no creo que se cerciore con tanta desmedidez cuando se trata de cualquier otro artefacto muchísimo menos importante, como puede ser una tostadora, un lavavajillas, un coche, etcétera). Si el libro que va a adquirir es para él mismo, nuestro lector perderá al menos tres minutos en la sola contemplación de la tapa, para luego internarse ansiosamente en la lectura de la contratapa y de las solapas. Y si el artefacto literario tiene el extraño designio de sobrevivir a tan abrumador examen, el hombre (la mujer) del que estamos hablando no se detendrá pacíficamente allí, no, elegirá algún instante interior del mismo, instante interior que suele ser el comienzo y casi nunca el final (por aquello de que no quiere equivocarse pero tampoco desea conocer de antemano el futuro de su posible compra hasta que, después de haber pasado la caja registradora y algunos días, el futuro decante naturalmente en presente de lectura).

Lo antes dicho, acerca de la inspección que lleva a cabo el comprador de un libro en nuestra era moderna, es una cuestión lo suficientemente grave como para hacernos formular una pregunta que creo esencial: ¿por qué el mismo hombre (o mujer) que suele gastar con extrema liviandad cantidades exorbitantes de dinero en asuntos como el tarot, el horóscopo occidental (también en el chino), la lectura de manos, los mediums y las bolas de cristal, con el simple afán de conocer cuál será su futuro propio y mediato, es tan celoso defensor del desconocimiento más absoluto del futuro que les espera a los personajes de las novelas que acaba de comprar? Y debo reconocer (modestamente) que no poseo ninguna respuesta saludable que ofrecer.

Para mí es un enigma, otro de los mucho interrogantes que presentan la relación autor-lector en nuestro (vertiginoso) tiempo. Un enigma, si se me permite decirlo, nada insustancial y que ocasiona consecuencias doblemente funestas para la literatura de hoy en día. Consecuencias funestas en el lector y consecuencias funestas en el escritor.

El conocer de antemano el final de una novela, permitiría al lector pasar por entre sus líneas con total parsimonia, disfrutando como una foca de aquellas partes que le permitiesen (desde luego) disfrutar de esa manera un tanto animal ( y al decir animal quiero decir espontánea y virgen de ulterioridades), o, si no, le permitiría dejar el libro en el momento mismo en que descubriese, con un incauto resoplido bucal, que no ha podido disfrutar como una foca ni siquiera con una frase. Mucha economía de tiempo (elemento tan valioso en nuestra inquietante época) y tantísimo placer ganaría así el lector.

Pero no lo hace.

Por el otro lado, estos extraños hábitos de lectura del comprador (para sí mismo) son perfectamente conocidos por el escritor y este conocimiento creo que ha influido grandemente (y malamente, si se me permite la expresión) en dicho escritor. El descuido manifiesto de algunos autores por sus finales es absolutamente exagerado como comprensible, dadas las antedichas maneras del tipo de comprador antes citado. Parecía que a los autores no les interesa elaborar los finales con la misma finura con que se molestan en los comienzos, dado que ya han logrado su objetivo primordial: vender el libro y que el pobre lector tenga que devorárselo entero (esto último dicho metafóricamente) si es que desea descubrir el final que les aguarda a sus personajes. La única gran cantidad de insultos finales de libros excelentes me ha obligado a dedicarle también a este tema un apartado de mi ambicioso prólogo al manual (en el momento oportuno y no antes, lógicamente).

El otro comprador tipo (a quien podríamos denominar “comprador para regalar”) no difiere del tipo de comprador que he analizado un poco antes (al que denominé “comprador para sí mismo”), pero debemos tener en cuenta que su celo en la tarea escrutadora del ejemplar que tiene ante sí puede pasar de ser mínimo (una ligera mirada a la tapa, quizás la lectura descuidada del título de la obra y sobre todo del precio) cuando el sujeto a quien se le va a hacer el obsequio es poco significativo para él o, simplemente, desconoce sus gustos más íntimos (a este respecto creo que cabe una reflexión extraliteraria sobre lo que podríamos llamar el “escaso interés” de la mujer o del hombre de nuestro tiempo finisecular por conocer los gustos más recónditos de las personas que comparten con él o con ella tantas horas de su vida: me estoy refiriendo a compañeros de trabajo que aun pasándose horas y horas juntos, no llegan a saber prácticamente nada de sus vecinos más próximos a la hora de elegir un libro de cumpleaños u otra instancia similar).[2] En otros casos, el celo de este comprador puede llegar a ser máximo: es el caso del enamorado, del buen amigo, del padre, del hermano. Aquí, el arco de posibilidades de dicha compra puede fluctuar desde el regalar solamente aquel libro que se ha leído previamente hasta el pedido de informes a personas más lectoras y el posterior estudio concienzudo de dichas ofertas con referencia al carácter, cultura, sentimientos y apetencias del ser humano a quien va a ir destinado el ejemplar, más etcéteras y etcéteras. Esta última posibilidad de acabamos de analizar creo que debería ser valorada más convenientemente por aquellos escritores despreocupados de los finales. No sé, me parece.

Pero dejando ya de lado estas consideraciones generales e iniciales (aunque desde luego para nada superfluas),[3] desearía abocarme al estudio del porqué de comienzo tan notable como ha sido el que ha tenido este prólogo.

En primer lugar, creo que salta a la vista del lector que conociendo tan extraordinariamente bien como conozco sus posibles reacciones lectoras he tenido sumo cuidado en la elección y escritura del mismo, así como vigilaré pormenorizardamente el diseño de la tapa y los dichos de la contratapa de la edición.[4] Pero no piense deslealmente el lector que sólo me ha motivado el desmesurado deseo de vender, el desproporcionado afán de lucro (me referiré en diversos momentos de mi obra al escaso valor monetario que le encuentra el editor a mi esforzada labor. No, lector, no. Comprenderá con la lectura del volumen entero que el mismo cuidado y esmero he puesto en todos y cada uno de los capítulos del libro. No debe, entonces, sentirse estafado (ni mucho menos) por ese embrión tan prometedor pues, como podrá advertir con el presuroso paso de las páginas, tal prometedor germen no ha hecho sino dar la exacta medida de la calidad impresionante del resto del prólogo. Y, como de todas maneras ya lo ha comprado, no debe sentirse timado sino feliz, inmensamente feliz, porque por fin alguien se anima a contarle (de una manera tan franca como bellísima) toda la verdad sobre la literatura.

El lector no podrá negarme que sintió un estremecimiento profundo, desde las extremidades superiores hasta las inferiores (o viceversa), cuando leyó: “El sol ardía como un hombre detrás...”. Recuerdos de Lolita, Lo, Dolores, Dolly Schiller. “El hombre ardía como un sol.” Para luego caer inesperadamente en la imagen velada de la ventana como espejo sucio, borroso; un espejo que detiene cualquier narcisismo al dejar librado todo a la imaginación. ¿Detiene o no detiene el narcisismo? Habría que verlo con un poco más de atención pero no hay tiempo. En seguida, el adelanto contradictorio que supone enterarse desde el principio mismo del libro que el disfrute de cualquier cosa (por ejemplo de un libro) es indecible, incomunicable y, al mismo tiempo, saberse internado en una obra que pretende decirlo todo, contar hasta las más absurdas nimiedades acerca de la literatura. Después, y mediante un giro formal inquietante, el lector se halló inevitablemente frente a frente con la metáfora de su propio retrato a modo de viajero saltarín por lo inabarcable de las letras sobre un fondo completamente blanco, casi transparente: viviendo literariamente la incapacidad lógica de contar el placer desmedido (concretizado hábilmente en unas pocas pecas), experimentando que una detención impracticable es el único sitio posible para el encuentro entre el goce infinito de la lectura y su propia conciencia lectora.

El comienzo (notable) de los prólogos del prólogo al manual introdujo, además, el tema insalvable de la masturbación. Tema tan caro como productivo para la literatura de todos los tiempos. Y si esto no es así, que lo desmienta Friedrich Nietzsche o Jean Jacques Rousseau o Gustave Flaubert o, mucho más contemporáneamente, Carlos Barral. Pero es así, no tema, señor, (señora). La equiparación de un acto tan excitante, al mismo tiempo que mal visto ( por una sociedad tan iletrada como olvidadizamente adulta), como la masturbación con la literatura sólo puede ser entendida en toda su grandeza y complejidad por el buen lector. La masturbación (y no estoy hiperbolizando) es el acto que define más perfectamente la relación del escritor con su obra  y, también, es la representación más adecuada de la exquisita relación que establece el lector con su lectura.

La masturbación... sobre ella se podrían llenar tantas páginas bellísimas (de hecho se han llenado ya innumerables). Un acto tan generoso para con uno mismo, tan importante en la vida del gran literato, tan desmesuradamente determinante en mi propia vida. Quizás consiga escribir alguna página sobre este tema tan fundamental para la estética como fundacional para mi historia. Quizás pueda escribirla, y, si cabe, introducirla en este mi prólogo.

No sé.[5]

Sigamos con el estudio del comienzo (notable).

Después de esa furiosa exaltación manual y lectora, llegó (latinamente) la abrupta caída de la tercera a la primera persona del singular, una caída fantástica que sólo puede darse en los libros (esos artefactos en donde todo está permitido y en donde el paso infranqueable de ser otro a ser uno mismo ocurre en unas pocas palabras). El yo es intimista y nos acerca, nos une, nos aprisiona, nos transforma de míseras criaturas humanas en casi dioses, nos da la ilusión de conseguir lo que se propone cualquier enamorado: poder existir (aunque no sea más que momentáneamente) en el otro.6

El aviso final del comienzo: “Así nacieron estas páginas... “, no es más que el detalle casi pusilánime de cómo las cosas se inician; la condescendencia del autor (yo, Juan Aparicio) en contar hasta lo insignificante, sabiendo del agradecimiento tácito y eterno del lector (aunque eternidad esté usado aquí no en sentido estricto sino figurado: se entiende que cualquier placer es por sí mismo y por insociabilidad eterno, que es como decir, aunque parezca contradictorio, efímero, inexistente).

Y para el final la autoridad. Una nueva, fácil y espontánea inserción del latín, de ningún modo forzada o fuera de lugar, que cierra el texto de un modo magistral (y pido alguna disculpa por la falta de modestia), dando una clara y definitiva medida de la sabiduría del prologuista (yo, Juan Aparicio) y proporcionando, además, la más absoluta confianza al lector desprevenido, invitándolo a que se adentre sin prejuicios en un oasis de sapiencia y erudición, con la seguridad de que no será defraudado.

Entonces,

DIGO: que las decisiones, por minúsculas que ellas sean, son las máquinas que van transformándonos la vida (aunque no nos demos demasiada cuenta). Seguir o no seguir adelante con la lectura de este prólogo es una decisión que debe ser llevada a cabo con la mayor madurez posible. Nada volverá a ser igual en su vida 7 o, al menos, nada volverá a ser igual en su relación con el misterioso mundo de los libros, lector. Si sigue adelante, siempre habrá referencias constantes y obligadas para con este prólogo, para con este impresionante prólogo.

 

Y AÑADO: que de usted y solamente de usted depende su futuro bibliográfico.

La advertencia está hecha y mi conciencia queda límpida e inmaculada.

Hacia adelante voy en busca de la literatura, que me sigan los valientes de espíritu.

 

 

PRÓLOGO AL LECTOR DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA

Se me hace poco menos que imprescindible el avisarle al lector de una serie de inconvenientes y malentendidos que ha sufrido mi relación de prologuista con el editor, desavenencias que éticamente no puedo pasar por alto.

En primer lugar, desconozco del más oscuro desconocimiento el (ya a esta escasa altura tan mentado) manual de literatura que se me ha pedido con tanta insistencia que prologue. Así también como desconozco en igual medida a quien o a quienes serán sus ejecutores (para ser todavía más preciso, afirmo que no sólo no sé sus méritos profesionales sino que tampoco sé de otras cosas tan elementales como sus nombres y sus apellidos), por lo tanto, aseguro que ignoro su valor (intrínseco o extrínseco) y (otra vez por lo tanto), no podría en ningún caso prologarlo específicamente a él (me estoy refiriendo al manual de literatura que tiene pensado publicar mi editor), ni muchísimo menos podría recomendárselo a nadie.

Creo que éste es uno más de los (tantísimos) errores o graves fallos del editor. Resulta por demás de obvio señalar que lo suyo hubiese sido que el hombre contratase a un prologuista una vez que el manual estuviese ya finiquitado. Creo, además, que es inverosímilmente ocioso el considerar que aunque los prólogos se ubican especialmente antes del asunto al que prologan (como su nombre claramente lo está gritando a voces), suelen escribirse después (posteriormente) de que está escrito el asunto al cual prologan.

Lo que acabo de decir sobre la manera en que suelen funcionar los prólogos como una primera y privilegiada lectura de lo que va inmediatamente después de ellos, creo que se ha constituido en la más grande contribución a que la inmensa mayoría de los textos prologales no sean más que fiascos o, por lo menos, una lectura demasiado interesada y cómplice (generalmente sobrevaloradora) del libro al que “amistosamente” están anticipando. Por supuesto que hay honrosas excepciones: en algunos casos, los prólogos resultan  ser tantísimo mejores que los dichos asuntos a los que prologan (recuerdo en  este momento el célebre “Prólogo de prólogos” de Jorge Luis Borges).8

De cualquier manera, no pienso que el editor haya supuesto (al asignarme la difícil tarea de componer estas páginas) que yo, Juan Aparicio, me prestaría dócilmente a la complicidad de argumentar en favor de una obra que desconociese o que no mereciese mi más absoluta aprobación. Tampoco quiero suponer que mi editor (después de una tan extensa como cualificada trayectoria) ignore infantilmente que los prólogos se escriben una vez leídos los asuntos a los que deben prologar (a pesar de lo que dice la palabra, claro está).

Estos interrogantes tienen (creo) solamente dos respuestas posibles (como habrá sobradamente comprendido el lector si es que sigue con algún entusiasmo mi intenso razonamiento):

 

a)       Que al editor no le interese en lo más mínimo el prólogo al manual; que lo considere algo así como una necesidad ineludible de cualquier manual, un mal imprescindible, y que, entonces, el haberme elegido a mí o a cualquier otro para la tarea le tenga completamente sin cuidado, como le tiene igualmente sin cuidado el que yo (Juan Aparicio) haya leído el manual o no.

b)       Que el editor, conociendo tan perfectamente bien como conoce que los prólogos “amiguistas” no poseen ningún valor científico, éticamente haya querido e impuesto mi total ignorancia de él (del prólogo, por supuesto).

 

Evidentemente, la solución b es la única probable (además de la única aceptable para mí) y, en ese caso, creo que el editor, después de mucho buscar, ha encontrado en mi persona a su “gemelo” ético: el hombre indicado para llevar adelante tan magna empresa. 9

Atento, entonces, a la solución b y a que debo seguir prologando el prólogo, quiero para terminar, lector, hacer una escueta referencia a que está en presencia de un caso evidente de lo que escribí un poco antes: un prólogo enormemente más valioso que la materia a la cual prologa; un prólogo de los que no abundan en nuestra tan mercantil como escasamente virtuosa vida literaria. Y lo digo aun a sabiendas de que no he tenido ocasión de leer el manual previamente a mi esforzada y sublime labor.

Así son las cosas.

 

 

PRÓLOGO AL EDITOR DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA

Así como en el parágrafo anterior he tratado de avisarle al lector sobre mi problemática relación con el editor, quiero utilizar este parágrafo para hablarle (de buen corazón) a mi editor acerca de algunos temas que creo le interesan. ¿Por qué lo hago de esta manera tan pública y no de otra un poco más privada? No lo sé. No creo que sea exhibicionismo irrespetuoso sabiendo de la mirada tácita y de la presencia muda a modo de testigo del lector. No. Prefiero pensar que nada puedo hacer sin el lector, destinatario natural de todos mis afanes. Nada más que eso.10

No creo equivocarme (ni un poquito) al afirmar que mi prólogo es muchísimo más valioso que una simple enumeración de nimiedades (no otra cosa constituyen, por lo general, los manuales de cualquier materia). Quisiera ir todavía más lejos y asegurarle al editor que usted, lector insatisfecho, quedará harto de satisfacción literaria con la sola lectura de este mi trabajo y que ya nunca necesitará ni deseará leer dicho manual (o, incluso, cualquier otro libro). Para ser claros: no es cuestión de andar gastando el dinero en manuales obviables habiendo (como creo fehacientemente que lo hay) un prólogo de tan excepcional factura como es éste.

Conociendo como conozco al editor y su irracional y descomedidamente ínfimo pago que me ha prometido por mi maravilloso trabajo,11 y conociendo como conozco, además, su extrema inteligencia y tacto para con los difíciles negocios editoriales (sin ir más lejos, el hecho sobresaliente de haberme elegido a mí, Juan Aparicio, para la redacción de esta obra), es que me permito hacerle la sugerencia de que el tan referido manual de literatura no tiene ninguna necesidad de ver la luz pública.

Señor editor: ese manual de literatura que debía acompañar a estas mis páginas se ha convertido, por obra y gracia de estas mismas páginas, en un manual superfluo, y lo superfluo no es literatura. En sus manos queda la decisión última de lo que hacer con él, pero sepa que ni el lector ni yo (Juan Aparicio) necesitamos de su publicación.12 Usted dirá.

 

 

ÚLTIMO PRÓLOGO ANTES DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA

Quizás me haya apartado un tanto (o un mucho) de mi estricta labor académica, abordando temas que a primera vista puedan llegar a considerarse poco relevantes, pero sepa el lector que hay asuntos que aunque parezcan nimios y hasta vacuos, adquieren una importancia catastrófica si no son comunicados a tiempo. Cualquier lector (o lectora) que viva en pareja (o haya vivido en tal situación alguna vez) sabe muy bien a lo que me estoy refiriendo.13

Tal vez estas cuestiones aparentemente irrelevantes en este momento adquieran su relevancia para el lector (como para el editor, que en el fondo no es más que un lector anterior y poderoso) con el descorrer cauteloso de las páginas.

Pero vayamos ya adonde debemos ir.


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1 Repetir siete veces el sustantivo “hombre” en un texto tan corto, y que además se asume desde su autoría como económico (véanse páginas subsiguientes), parece, por lo menos, inconveniente desde lo literario. Desde un punto de vista psicológico los interrogantes son aun mayores: ¿machismo lacerante?, ¿homosexualidad reprimida?, ¿desconfianza genérica?

2 Incomprensible falta de autocrítica. Pasé junto al maestro Aparicio más de diez años enseñando en la misma institución educacional y no recuerdo ningún cambio de palabras entre nosotros que haya excedido el austero “Buenos días” al entrar o el mísero “Hasta mañana” a la salida del establecimiento. En realidad, creo que lo de “Hasta mañana” no deja de ser una deformación cariñosa de mis oídos, don Juan nunca fue más lejos del “ñana”.

3  Para mí absolutamente superfluas.

4 Desgraciadamente estas tareas han quedado ahora a mi cargo y no estoy tan segura de poder llevarlas a cabo con el cuidado y el esmero que promete aquí el autor. Mil disculpas.

5 Me parece que el maestro no ha sido del todo sincero en este párrafo. Creo que él sabía perfectamente que iba a escribir extensamente sobre la masturbación. Creo que él sabía que era de lo único que quería escribir.

6 Un pasaje hermosísimo, realmente.

7 Tampoco nada volvió a ser igual en la vida del maestro.

8 Creo que mis notas también constituyen otra de las “honrosas excepciones” a las que se refiere don Juan.

9 Conversaciones que he mantenido con el editor luego de aquella desgraciada noche hacen imprescindible el aclarar que este buen hombre estaba a punto de enviarle el Manual a nuestro querido protagonista.

10 Nada más que eso no. Su ansiedad y su incapacidad manifiesta para el diálogo son las únicas responsables del malentendido.

11 No es así. Al menos yo (María Gabriela) jamás podría decir lo mismo

12 El Manual sí verá la luz. El editor me ha encargado a mi finalmente ese “prólogo” y pienso que aunque Juan Aparicio no lo necesitase sí puede ser necesario para el lector.

13 Esta afirmación me parece absolutamente injustificada: el maestro jamás vivió en pareja.

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