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Federico Jeanmaire
nació en Baradero,
provincia de Buenos Aires, en 1957. Ha publicado las novelas Un
profundo vacío en el pie izquierdo (1984), Desatando casi los
nudos (1986), Miguel (1990, finalista del Premio Herralde
de novela), Prólogo anotado (1993), Montevideo (1997),
Los zumitas (1999), Una virgen peronista (2001),
Papá (2003), Países bajos (2004), Una lectura del
Quijote (2004). |
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NOTA PRELIMINAR
Aquella noche fui a ver a Juan Aparicio porque tenía que ir, había
demasiadas cosas sobre las que debíamos hablar. Maldigo la hora
porque fue de noche y no me pude aguantar los ardientes deseos de
acercarme a su casa. De haber esperado, quizás la historia hubiese
sido otra y el desenlace también. Pero así fue y ahora ya no pueden
alterarse los fatídicos hechos que sobrevinieron a mi intempestiva
decisión de visitarlo.
En
la mañana que siguió a aquella noche en la que el profesor no quiso
recibirme lo esperé tranquilamente en la escuela pero no llegó.
Pasaron algunas horas hasta que me decidí a golpear nuevamente a su
puerta. Pero tampoco esta vez obtuve una respuesta. El manuscrito de
su Prólogo a un manual de literatura me llegó unos días después
dentro de un sobre bastante ajado que me acercó la policía porque
estaba escrito en él mi nombre furiosamente subrayado. Así fue.
O
mejor, así comenzó todo para mí. El resto es una sucesión de idas y
venidas de la editorial que le había encargado el trabajo y
posteriormente más idas más venidas hasta la Municipalidad. Hoy,
finalmente, puedo presentar el Prólogo del maestro. Mi tarea no ha
sido fácil por las razones íntimas que el lector sabrá apreciar con
el correr de las páginas. Una labor que exigió de mi parte casi el
mismo coraje del que necesitó don Juan para llevar a cabo su tamaña
empresa literaria. Reconozco que estuve tentada de suprimir varios
párrafos, incluso capítulos enteros, pero no lo hice, me contuve en
las notas a pie de página que acompañan, puntualizando nuestras
diferencias, esta edición del libro. Me determinó a tomar esta
postura una oración del profesor que se convirtió en un látigo para
mi perturbada conciencia: “Los hombres pasan pero los prólogos
quedan”. Fiel a ese precepto y consciente de que el mundo de las
letras no puede seguir por más tiempo huérfano de este texto
masturbatorio fundamental, es que me he animado a presentarlo al
gran público, haciendo, desde luego, todas las anotaciones que
consideré pertinentes.
Una última
aclaración imprescindible: mi apellido también es Aparicio pero eso
no me hace más o menos pariente de don Juan. Después de haber
investigado en álbumes familiares y en recuerdos varios, la
conclusión unívoca a la que he llegado es que no existe el más
mínimo lazo de parentesco entre ambos (yo, María Gabriela, y él,
Juan). Cosas el destino literario, lo verdadero no siempre puede ser
versosímil.
Nada más.
Profesora María
Gabriela Aparicio
PRÓLOGO A UN
MANUAL DE LITERATURA
POR JUAN
APARICIO
PRÓLOGOS DEL
PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA
Comienzo (notable) de los prólogos del prólogo a un manual de
literatura
El sol ardía
como un hombre detrás de la ventana. Del otro lado, el hombre ardía
como un sol.
En
mitad del incendio, los vidrios sucios de la ventana funcionaban a
modo de espejo para el hombre y no sé si para el sol.
El
hombre disfrutaba (vía espejo ventanal) el prodigio indecible de un
profundo escote de mujer. Sus ojos enormes y rojos viajaban
minuciosamente (saltarinamente) por entre los inabarcables pechos
blancos de la mujer ora deteniéndose en una constelación de cuatro o
cinco pecas (el ardor no le permitía contar con exactitud) ubicadas
en el extremo occidental de la visión, ora deteniéndose un poco más
a la derecha, en un lunar bastante gordo y obsceno.
El
hombre (vamos a decirlo con todas las letras) preparaba con esmero,
aunque quizás sin darse demasiada cuenta, alguna lasciva
masturbación futura. Lo hacía con naturalidad infantil, sin ninguna
afectación, casi espontáneamente.
La
dueña de tan prodigioso escote era profesora de lengua (como él) y
su nombre creo que no interesa a nadie, aunque sí interese lo
desatinado de sus pechos.
Ardeo: ergo sum
El
hombre que ardía era yo. Soy yo.
Soy yo, Juan
Aparicio, de oficio profesor de lengua castellana y prologuista
(aunque en ese momento era mucho más profesor que prologuista).
El sol seguía
ardiendo despechadamente detrás de la ventana mientras el abismo de
un escote no me permitía respirar. Pero, y a pesar de todos aquellos
indicios tan abrumadores como palpables, llamó el teléfono: irrumpió
en el infierno de la sala de profesores sin ningún comedimiento para
con mis muchos ardores.
El hombre,
es decir yo mismo, Juan Aparicio, aceptó estoicamente esta mañana la
durísima tarea de escribir este prólogo; luchando fieramente para
que sus propias palabras no quedasen estranguladas por un sinfín de
tetas blancas espejadas, casi transparentes; luchando denodadamente
contra un ejército de pecas que lo arrinconaban entre una vieja
pared y un teléfono ídem.
Así nacieron
estas páginas, lector, un tanto contra natura.
Ardeo et scribo:
ero sum
EXPLICACIÓN
NECESARIA Y SUFICIENTE DEL COMIENZO (NOTABLE) DE LOS PRÓLOGOS DEL
PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA
Los
comienzos de los libros, de cualquier género que ellos sean, son
fundamentales. Tal fundamentalidad poseen que, a los efectos de
demostrarlo, mi extraordinario trabajo prologal les dedicará (en el
momento oportuno y no antes) un extenso apartado. Y quien diga lo
contrario (que los comienzos de los libros no son fundamentales)
desconoce las más mínimas reglas retóricas (junto a otras muchas
reglas no tan retóricas que desconoce), y si no sonara demasiado
fuerte a esta poca altura de mi prólogo, diría que no merece ese
“quien” continuar con la lectura del mismo aunque alegue que le ha
costado mucho dinero.
Los comienzos
son los comienzos.
Y a riesgo de
caer en la vulgaridad, y de vadear el estricto valor académico que
deseo imprimirle a estas páginas, afirmaría que los comienzos de
cualquier cosa (a saber: la mañana, el parto, la a, los primeros
minutos de un encuentro de balompié, la sopa, el uno, un beso, el
mono, etcétera) son fundamentales. Cómo no lo sería el inicio de una
novela, de un poema, de un cuento o de un prólogo a un manual de
literatura.
Puede que haya
sido diferente (me refiero a la importancia de los comienzos) en
otras épocas, no lo sé; sí sé, en cambio, que en nuestros
vertiginosos tiempos existen ciertas manías lectoras (como la de
otorgarles tan exagerada importancia a los comienzos) que deberían
ser atendidas con mayor cuidado por especialistas.
Aquí va un
humilde aporte mío (de Juan Aparicio) sobre tan espinoso asunto:
Por lo general,
un lector contemporáneo a la escritura de este prólogo se cerciora
desmedidamente del producto que va a comprar (siempre, claro está,
que ese producto sea un libro, no creo que se cerciore con tanta
desmedidez cuando se trata de cualquier otro artefacto muchísimo
menos importante, como puede ser una tostadora, un lavavajillas, un
coche, etcétera). Si el libro que va a adquirir es para él mismo,
nuestro lector perderá al menos tres minutos en la sola
contemplación de la tapa, para luego internarse ansiosamente en la
lectura de la contratapa y de las solapas. Y si el artefacto
literario tiene el extraño designio de sobrevivir a tan abrumador
examen, el hombre (la mujer) del que estamos hablando no se detendrá
pacíficamente allí, no, elegirá algún instante interior del mismo,
instante interior que suele ser el comienzo y casi nunca el final
(por aquello de que no quiere equivocarse pero tampoco desea conocer
de antemano el futuro de su posible compra hasta que, después de
haber pasado la caja registradora y algunos días, el futuro decante
naturalmente en presente de lectura).
Lo antes dicho,
acerca de la inspección que lleva a cabo el comprador de un libro en
nuestra era moderna, es una cuestión lo suficientemente grave como
para hacernos formular una pregunta que creo esencial: ¿por qué el
mismo hombre (o mujer) que suele gastar con extrema liviandad
cantidades exorbitantes de dinero en asuntos como el tarot, el
horóscopo occidental (también en el chino), la lectura de manos, los
mediums y las bolas de cristal, con el simple afán de conocer cuál
será su futuro propio y mediato, es tan celoso defensor del
desconocimiento más absoluto del futuro que les espera a los
personajes de las novelas que acaba de comprar? Y debo reconocer
(modestamente) que no poseo ninguna respuesta saludable que ofrecer.
Para mí es un
enigma, otro de los mucho interrogantes que presentan la relación
autor-lector en nuestro (vertiginoso) tiempo. Un enigma, si se me
permite decirlo, nada insustancial y que ocasiona consecuencias
doblemente funestas para la literatura de hoy en día. Consecuencias
funestas en el lector y consecuencias funestas en el escritor.
El conocer de
antemano el final de una novela, permitiría al lector pasar por
entre sus líneas con total parsimonia, disfrutando como una foca de
aquellas partes que le permitiesen (desde luego) disfrutar de esa
manera un tanto animal ( y al decir animal quiero decir espontánea y
virgen de ulterioridades), o, si no, le permitiría dejar el libro en
el momento mismo en que descubriese, con un incauto resoplido bucal,
que no ha podido disfrutar como una foca ni siquiera con una frase.
Mucha economía de tiempo (elemento tan valioso en nuestra
inquietante época) y tantísimo placer ganaría así el lector.
Pero no lo hace.
Por el otro
lado, estos extraños hábitos de lectura del comprador (para sí
mismo) son perfectamente conocidos por el escritor y este
conocimiento creo que ha influido grandemente (y malamente, si se me
permite la expresión) en dicho escritor. El descuido manifiesto de
algunos autores por sus finales es absolutamente exagerado como
comprensible, dadas las antedichas maneras del tipo de comprador
antes citado. Parecía que a los autores no les interesa elaborar los
finales con la misma finura con que se molestan en los comienzos,
dado que ya han logrado su objetivo primordial: vender el libro y
que el pobre lector tenga que devorárselo entero (esto último dicho
metafóricamente) si es que desea descubrir el final que les aguarda
a sus personajes. La única gran cantidad de insultos finales de
libros excelentes me ha obligado a dedicarle también a este tema un
apartado de mi ambicioso prólogo al manual (en el momento oportuno y
no antes, lógicamente).
El otro
comprador tipo (a quien podríamos denominar “comprador para
regalar”) no difiere del tipo de comprador que he analizado un poco
antes (al que denominé “comprador para sí mismo”), pero debemos
tener en cuenta que su celo en la tarea escrutadora del ejemplar que
tiene ante sí puede pasar de ser mínimo (una ligera mirada a la
tapa, quizás la lectura descuidada del título de la obra y sobre
todo del precio) cuando el sujeto a quien se le va a hacer el
obsequio es poco significativo para él o, simplemente, desconoce sus
gustos más íntimos (a este respecto creo que cabe una reflexión
extraliteraria sobre lo que podríamos llamar el “escaso interés” de
la mujer o del hombre de nuestro tiempo finisecular por conocer los
gustos más recónditos de las personas que comparten con él o con
ella tantas horas de su vida: me estoy refiriendo a compañeros de
trabajo que aun pasándose horas y horas juntos, no llegan a saber
prácticamente nada de sus vecinos más próximos a la hora de elegir
un libro de cumpleaños u otra instancia similar).
En otros casos, el celo de este comprador puede llegar a ser máximo:
es el caso del enamorado, del buen amigo, del padre, del hermano.
Aquí, el arco de posibilidades de dicha compra puede fluctuar desde
el regalar solamente aquel libro que se ha leído previamente hasta
el pedido de informes a personas más lectoras y el posterior estudio
concienzudo de dichas ofertas con referencia al carácter, cultura,
sentimientos y apetencias del ser humano a quien va a ir destinado
el ejemplar, más etcéteras y etcéteras. Esta última posibilidad de
acabamos de analizar creo que debería ser valorada más
convenientemente por aquellos escritores despreocupados de los
finales. No sé, me parece.
Pero dejando ya
de lado estas consideraciones generales e iniciales (aunque desde
luego para nada superfluas),
desearía abocarme al estudio del porqué de comienzo tan notable como
ha sido el que ha tenido este prólogo.
En primer lugar,
creo que salta a la vista del lector que conociendo tan
extraordinariamente bien como conozco sus posibles reacciones
lectoras he tenido sumo cuidado en la elección y escritura del
mismo, así como vigilaré pormenorizardamente el diseño de la tapa y
los dichos de la contratapa de la edición.
Pero no piense deslealmente el lector que sólo me ha motivado el
desmesurado deseo de vender, el desproporcionado afán de lucro (me
referiré en diversos momentos de mi obra al escaso valor monetario
que le encuentra el editor a mi esforzada labor. No, lector, no.
Comprenderá con la lectura del volumen entero que el mismo cuidado y
esmero he puesto en todos y cada uno de los capítulos del libro. No
debe, entonces, sentirse estafado (ni mucho menos) por ese embrión
tan prometedor pues, como podrá advertir con el presuroso paso de
las páginas, tal prometedor germen no ha hecho sino dar la exacta
medida de la calidad impresionante del resto del prólogo. Y, como de
todas maneras ya lo ha comprado, no debe sentirse timado sino feliz,
inmensamente feliz, porque por fin alguien se anima a contarle (de
una manera tan franca como bellísima) toda la verdad sobre la
literatura.
El lector no
podrá negarme que sintió un estremecimiento profundo, desde las
extremidades superiores hasta las inferiores (o viceversa), cuando
leyó: “El sol ardía como un hombre detrás...”. Recuerdos de Lolita,
Lo, Dolores, Dolly Schiller. “El hombre ardía como un sol.” Para
luego caer inesperadamente en la imagen velada de la ventana como
espejo sucio, borroso; un espejo que detiene cualquier narcisismo al
dejar librado todo a la imaginación. ¿Detiene o no detiene el
narcisismo? Habría que verlo con un poco más de atención pero no hay
tiempo. En seguida, el adelanto contradictorio que supone enterarse
desde el principio mismo del libro que el disfrute de cualquier cosa
(por ejemplo de un libro) es indecible, incomunicable y, al mismo
tiempo, saberse internado en una obra que pretende decirlo todo,
contar hasta las más absurdas nimiedades acerca de la literatura.
Después, y mediante un giro formal inquietante, el lector se halló
inevitablemente frente a frente con la metáfora de su propio retrato
a modo de viajero saltarín por lo inabarcable de las letras sobre un
fondo completamente blanco, casi transparente: viviendo
literariamente la incapacidad lógica de contar el placer desmedido
(concretizado hábilmente en unas pocas pecas), experimentando que
una detención impracticable es el único sitio posible para el
encuentro entre el goce infinito de la lectura y su propia
conciencia lectora.
El comienzo
(notable) de los prólogos del prólogo al manual introdujo, además,
el tema insalvable de la masturbación. Tema tan caro como productivo
para la literatura de todos los tiempos. Y si esto no es así, que lo
desmienta Friedrich Nietzsche o Jean Jacques Rousseau o Gustave
Flaubert o, mucho más contemporáneamente, Carlos Barral. Pero es
así, no tema, señor, (señora). La equiparación de un acto tan
excitante, al mismo tiempo que mal visto ( por una sociedad tan
iletrada como olvidadizamente adulta), como la masturbación con la
literatura sólo puede ser entendida en toda su grandeza y
complejidad por el buen lector. La masturbación (y no estoy
hiperbolizando) es el acto que define más perfectamente la relación
del escritor con su obra y, también, es la representación más
adecuada de la exquisita relación que establece el lector con su
lectura.
La
masturbación... sobre ella se podrían llenar tantas páginas
bellísimas (de hecho se han llenado ya innumerables). Un acto tan
generoso para con uno mismo, tan importante en la vida del gran
literato, tan desmesuradamente determinante en mi propia vida.
Quizás consiga escribir alguna página sobre este tema tan
fundamental para la estética como fundacional para mi historia.
Quizás pueda escribirla, y, si cabe, introducirla en este mi
prólogo.
No sé.
Sigamos con el
estudio del comienzo (notable).
Después de esa
furiosa exaltación manual y lectora, llegó (latinamente) la abrupta
caída de la tercera a la primera persona del singular, una caída
fantástica que sólo puede darse en los libros (esos artefactos en
donde todo está permitido y en donde el paso infranqueable de ser
otro a ser uno mismo ocurre en unas pocas palabras). El yo es
intimista y nos acerca, nos une, nos aprisiona, nos transforma de
míseras criaturas humanas en casi dioses, nos da la ilusión de
conseguir lo que se propone cualquier enamorado: poder existir
(aunque no sea más que momentáneamente) en el otro.
El aviso final
del comienzo: “Así nacieron estas páginas... “, no es más que el
detalle casi pusilánime de cómo las cosas se inician; la
condescendencia del autor (yo, Juan Aparicio) en contar hasta lo
insignificante, sabiendo del agradecimiento tácito y eterno del
lector (aunque eternidad esté usado aquí no en sentido estricto sino
figurado: se entiende que cualquier placer es por sí mismo y por
insociabilidad eterno, que es como decir, aunque parezca
contradictorio, efímero, inexistente).
Y para el final
la autoridad. Una nueva, fácil y espontánea inserción del latín, de
ningún modo forzada o fuera de lugar, que cierra el texto de un modo
magistral (y pido alguna disculpa por la falta de modestia), dando
una clara y definitiva medida de la sabiduría del prologuista (yo,
Juan Aparicio) y proporcionando, además, la más absoluta confianza
al lector desprevenido, invitándolo a que se adentre sin prejuicios
en un oasis de sapiencia y erudición, con la seguridad de que no
será defraudado.
Entonces,
DIGO: que las
decisiones, por minúsculas que ellas sean, son las máquinas que van
transformándonos la vida (aunque no nos demos demasiada cuenta).
Seguir o no seguir adelante con la lectura de este prólogo es una
decisión que debe ser llevada a cabo con la mayor madurez posible.
Nada volverá a ser igual en su vida
o, al menos, nada volverá a ser igual en su relación con el
misterioso mundo de los libros, lector. Si sigue adelante, siempre
habrá referencias constantes y obligadas para con este prólogo, para
con este impresionante prólogo.
Y AÑADO: que de
usted y solamente de usted depende su futuro bibliográfico.
La advertencia
está hecha y mi conciencia queda límpida e inmaculada.
Hacia adelante
voy en busca de la literatura, que me sigan los valientes de
espíritu.
PRÓLOGO AL
LECTOR DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE LITERATURA
Se me hace poco
menos que imprescindible el avisarle al lector de una serie de
inconvenientes y malentendidos que ha sufrido mi relación de
prologuista con el editor, desavenencias que éticamente no puedo
pasar por alto.
En primer lugar,
desconozco del más oscuro desconocimiento el (ya a esta escasa
altura tan mentado) manual de literatura que se me ha pedido con
tanta insistencia que prologue. Así también como desconozco en igual
medida a quien o a quienes serán sus ejecutores (para ser todavía
más preciso, afirmo que no sólo no sé sus méritos profesionales sino
que tampoco sé de otras cosas tan elementales como sus nombres y sus
apellidos), por lo tanto, aseguro que ignoro su valor (intrínseco o
extrínseco) y (otra vez por lo tanto), no podría en ningún caso
prologarlo específicamente a él (me estoy refiriendo al manual de
literatura que tiene pensado publicar mi editor), ni muchísimo menos
podría recomendárselo a nadie.
Creo que éste es
uno más de los (tantísimos) errores o graves fallos del editor.
Resulta por demás de obvio señalar que lo suyo hubiese sido que el
hombre contratase a un prologuista una vez que el manual estuviese
ya finiquitado. Creo, además, que es inverosímilmente ocioso el
considerar que aunque los prólogos se ubican especialmente antes del
asunto al que prologan (como su nombre claramente lo está gritando a
voces), suelen escribirse después (posteriormente) de que está
escrito el asunto al cual prologan.
Lo que acabo de
decir sobre la manera en que suelen funcionar los prólogos como una
primera y privilegiada lectura de lo que va inmediatamente después
de ellos, creo que se ha constituido en la más grande contribución a
que la inmensa mayoría de los textos prologales no sean más que
fiascos o, por lo menos, una lectura demasiado interesada y cómplice
(generalmente sobrevaloradora) del libro al que “amistosamente”
están anticipando. Por supuesto que hay honrosas excepciones: en
algunos casos, los prólogos resultan ser tantísimo mejores que los
dichos asuntos a los que prologan (recuerdo en este momento el
célebre “Prólogo de prólogos” de Jorge Luis Borges).
De cualquier
manera, no pienso que el editor haya supuesto (al asignarme la
difícil tarea de componer estas páginas) que yo, Juan Aparicio, me
prestaría dócilmente a la complicidad de argumentar en favor de una
obra que desconociese o que no mereciese mi más absoluta aprobación.
Tampoco quiero suponer que mi editor (después de una tan extensa
como cualificada trayectoria) ignore infantilmente que los prólogos
se escriben una vez leídos los asuntos a los que deben prologar (a
pesar de lo que dice la palabra, claro está).
Estos
interrogantes tienen (creo) solamente dos respuestas posibles (como
habrá sobradamente comprendido el lector si es que sigue con algún
entusiasmo mi intenso razonamiento):
a)
Que al editor no le interese en lo más mínimo el prólogo al manual;
que lo considere algo así como una necesidad ineludible de cualquier
manual, un mal imprescindible, y que, entonces, el haberme elegido a
mí o a cualquier otro para la tarea le tenga completamente sin
cuidado, como le tiene igualmente sin cuidado el que yo (Juan
Aparicio) haya leído el manual o no.
b)
Que el editor, conociendo tan perfectamente bien como conoce que los
prólogos “amiguistas” no poseen ningún valor científico, éticamente
haya querido e impuesto mi total ignorancia de él (del prólogo, por
supuesto).
Evidentemente,
la solución b es la única probable (además de la única aceptable
para mí) y, en ese caso, creo que el editor, después de mucho
buscar, ha encontrado en mi persona a su “gemelo” ético: el hombre
indicado para llevar adelante tan magna empresa.
Atento, entonces, a la solución b y a que debo seguir prologando el
prólogo, quiero para terminar, lector, hacer una escueta referencia
a que está en presencia de un caso evidente de lo que escribí un
poco antes: un prólogo enormemente más valioso que la materia a la
cual prologa; un prólogo de los que no abundan en nuestra tan
mercantil como escasamente virtuosa vida literaria. Y lo digo aun a
sabiendas de que no he tenido ocasión de leer el manual previamente
a mi esforzada y sublime labor.
Así
son las cosas.
PRÓLOGO AL EDITOR DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE
LITERATURA
Así
como en el parágrafo anterior he tratado de avisarle al lector sobre
mi problemática relación con el editor, quiero utilizar este
parágrafo para hablarle (de buen corazón) a mi editor acerca de
algunos temas que creo le interesan. ¿Por qué lo hago de esta manera
tan pública y no de otra un poco más privada? No lo sé. No creo que
sea exhibicionismo irrespetuoso sabiendo de la mirada tácita y de la
presencia muda a modo de testigo del lector. No. Prefiero pensar que
nada puedo hacer sin el lector, destinatario natural de todos mis
afanes. Nada más que eso.
No
creo equivocarme (ni un poquito) al afirmar que mi prólogo es
muchísimo más valioso que una simple enumeración de nimiedades (no
otra cosa constituyen, por lo general, los manuales de cualquier
materia). Quisiera ir todavía más lejos y asegurarle al editor que
usted, lector insatisfecho, quedará harto de satisfacción literaria
con la sola lectura de este mi trabajo y que ya nunca necesitará ni
deseará leer dicho manual (o, incluso, cualquier otro libro). Para
ser claros: no es cuestión de andar gastando el dinero en manuales
obviables habiendo (como creo fehacientemente que lo hay) un prólogo
de tan excepcional factura como es éste.
Conociendo como conozco al editor y su irracional y descomedidamente
ínfimo pago que me ha prometido por mi maravilloso trabajo,
y conociendo como conozco, además, su extrema inteligencia y tacto
para con los difíciles negocios editoriales (sin ir más lejos, el
hecho sobresaliente de haberme elegido a mí, Juan Aparicio, para la
redacción de esta obra), es que me permito hacerle la sugerencia de
que el tan referido manual de literatura no tiene ninguna necesidad
de ver la luz pública.
Señor editor: ese manual de literatura que debía acompañar a estas
mis páginas se ha convertido, por obra y gracia de estas mismas
páginas, en un manual superfluo, y lo superfluo no es literatura. En
sus manos queda la decisión última de lo que hacer con él, pero sepa
que ni el lector ni yo (Juan Aparicio) necesitamos de su
publicación.
Usted dirá.
ÚLTIMO PRÓLOGO ANTES DEL PRÓLOGO A UN MANUAL DE
LITERATURA
Quizás me haya apartado un tanto (o un mucho) de mi estricta labor
académica, abordando temas que a primera vista puedan llegar a
considerarse poco relevantes, pero sepa el lector que hay asuntos
que aunque parezcan nimios y hasta vacuos, adquieren una importancia
catastrófica si no son comunicados a tiempo. Cualquier lector (o
lectora) que viva en pareja (o haya vivido en tal situación alguna
vez) sabe muy bien a lo que me estoy refiriendo.
Tal
vez estas cuestiones aparentemente irrelevantes en este momento
adquieran su relevancia para el lector (como para el editor, que en
el fondo no es más que un lector anterior y poderoso) con el
descorrer cauteloso de las páginas.
Pero vayamos ya adonde debemos ir.
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