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La rata yacía inmóvil, patas arriba, entre las
blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiración
suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa.
—¿Y...? —exclamó Ortiz, ansioso.
Donissoff tardó un rato en contestar. La belleza
angelical de su rostro había adquirido un tono duro, implacable,
como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella
cabeza gentil hubiera traspasado el semblante.
—Nada, todavía —respondió al fin—; no es tiempo aún.
De pronto un centelleo fugaz cruzó por sus pupilas.
—¡La temperatura baja! ¿Qué hacer, Ortiz?
El interpelado salió corriendo, y desde el
laboratorio se pudo oír el golpe seco de las chispas eléctricas en
los conmutadores. La mirada de Donissoff no se apartaba del
termómetro suspendido frente a la mesa.
—¿Sube? —gritó Ortiz desde la pieza contigua.
—Sí... 39... 39° 10...39° 30... ¡Basta!
Ortiz volvió enseguida. Entre tanto, la rata,
preocupación intensa de los tres hombres, continuaba inmóvil. A
ambos lados del grupo, dos grandes mesas ostentaban los más
complejos aparatos de química, anatomía y bacteriología. En el
laboratorio inmenso y casi todo él en penumbra, a excepción de las
ocho lámparas eléctricas con pantalla verde que proyectaban su luz
sobre la mesa, los tres experimentadores ofrecían un aspecto poco
común y aun sombrío, inclinados y con el alma en suspenso, sobre una
simple rata. El calor era asfixiante, pero ellos no parecían darse
cuenta. Doblados sobre el animal, el ansia retratada en sus rostros,
continuaban devorando con los ojos el inmundo animalucho entre las
manos de Donissoff.
—¡Sivel, la jeringa! ¡Ya comienza la reacción!
—exclamó de pronto Donissoff. Sivel dio un salto, recogió de la gran
mesa el objeto pedido, y extendiéndolo al joven sabio, sujetó entre
sus manos la cabeza de la rata. Frío, seguro, a pesar de la inmensa
ebullición de su alma y la de sus compañeros, Donissoff inyectó al
animal el rojo líquido de la jeringa.
Pasaron diez segundos, quince, veinte, un minuto. Lo
que aquellos tres hombres han sentido en ese interminable tiempo no
es fácilmente apreciable. Ni uno habló; ni uno se movió; apenas
pestañearon. Por eso, cuando en el silencio angustioso sonó la voz
de Donissoff, algo como un inmenso suspiro levantó los tres pechos.
—Se mueve... —había dicho Donissoff, cuya mano,
colocada sobre el corazón de la rata, acababa de temblar.
Su voz también temblaba. Sivel y Ortiz, con el rostro
radiante y el cuerpo entero sacudido por la más violenta emoción, se
miraron. ¡Luego era cierto! ¡Ellos, sólo ellos habían hecho eso que
estaba allí! Todos los trabajos, todas las horribles inquietudes de
esos tres años se desvanecían para siempre. ¡Y ellos, nada más que
ellos!
Dobláronse de nuevo sobre la rata, y de nuevo
quedaron inmóviles, mientras la fina mano de Donissoff continuaba
sobre el corazón que había latido.
—Sigue... —murmuró Donissoff después de un largo
rato—. Esperemos más...
Esperaron aún otro interminable minuto. Al fin la
mano de Donissoff se apartó lentamente del corazón de la rata; alzó
el rostro transfigurado de emoción, en que los ojos brillaban con el
más alto orgullo que quepa en mirada humana, y con voz clara dijo a
sus compañeros:
—Han pasado dos minutos... Los glóbulos viven ya...
Ya está viva.
Entonces se vio la cosa más asombrosa, tratándose de
un sabio en la más honda acepción de la palabra.
De un salto trepó sobre la mesa próxima y bailó allí
la más desordenada danza de los mundos posibles e imposibles.
Enseguida se arrojó al suelo y se envolvió en el linóleum, girando
sobre sí mismo. De allí dentro surgió su voz ronca y:
—¡Hurra por Donissoff! ¡Hurra por Sivel! ¡Hurra por
Ortiz!
Al fin se apaciguó aquel loco delirio, y Donissoff
quedó rendido.
Entre tanto, Sivel se había sonreído de aquella
chiquillada. Donissoff, sentado en una mesa con las rodillas entre
los brazos, se mantenía inmóvil, la vista perdida.
Como suele acontecer a menudo, el formidable prodigio
que acababa de realizar, gracias a su genio y con la ayuda de sus
compañeros, acaso el triunfo no hacía sino recordarle todos los
fracasos, todas las amarguras de su vida anterior. Además, sus
nervios, capaces de soportar una altísima tensión, estaban también
expuestos a caer en una extenuación equivalente, y eso era sin duda
lo que le pasaba.
—Bueno, Donissoff —dijo Sivel, poniéndole
cariñosamente la mano en el hombro.
—Estoy rendido; tengo una sed horrible. Vamos a
descansar un rato. ¿Sabe qué hora es?
—¡Las cuatro! Y no nos hemos sentado desde las seis
de la mañana. Y ese personaje —añadió volviéndose de reojo a la rata
tendida de lomo— comienza con un buen sueño su iniciación a la
vida... Pero no tengo hambre; sí sed.
—Yo tomaría té —apoyó Ortiz—. Pero con la condición
de que lo haga Donissoff.
—¿Donissoff...?
—Vamos —repuso simplemente éste, y los tres sujetos
que habían asociado su profunda capacidad científica, los tres magos
a quienes trescientos años antes la Inquisición hubiera quemado sin
perder un segundo, se dejaron caer quebrantados en los divanes del
comedor.
Estos tres individuos que acababan de “hacer” un ser
vivo se llamaban Nicolás Ivanovich Donissoff, Luigi Marco Sivel y
Ricardo Ortiz.
Donissoff era ruso, y último descendiente de una de
las más nobles familias del imperio.
Perdió a sus padres cuando aún era muy niño, y fue
encargado de su educación y la administración de su inmensa fortuna
un viejo amigo de la familia, el príncipe Dolgorouky.
Donissoff se formó en un ambiente de profunda
adhesión al zar. Su familia, desde tiempo inmemorial, había
participado íntimamente en la administración del imperio moscovita,
y entre los baluartes de la reacción contra las agitaciones de los
últimos tiempos, el zarinato contaba al padre de Donissoff. Se
explica así la veneración del niño por todo lo que suponía gobierno
imperial. Su alma se iba formando también en ese ambiente de
autocracia, y esto duró hasta que el joven tuvo dieciocho años. En
aquella época, sus lecturas o, lo que es más posible, ciertos
sentimientos que despertaban en él haciéndole ver de otro modo las
cosas, transformaron completamente su espíritu.
Una noche, ya de madrugada, el príncipe Dolgorouky,
que volvía de una recepción en palacio, se extrañó al ver luz en el
cuarto de su pupilo. Entró en él y encontró a Donissoff tendido en
la cama, vestido aún de frac, leyendo uno de esos libros que cuestan
el cuello a quien los escribe.
Quince días más tarde Donissoff fue sorprendido por
agentes de policía secreta en un café que frecuentaban estudiantes.
Si se hubiera tratado de otro noble cualquiera, el joven hubiera
concluido sus días en Siberia, pero no era posible ese proceder con
el hijo de Alexis Donissoff.
No obstante, las reconvenciones llovieron sobre él, y
aun el gran duque Iván se dignó detenerle una tarde a su salida de
palacio.
—¡Mucho cuidado! —le dijo sonriendo—. Acuérdate de
otro príncipe como tú, que también ha escrito libros como el que
leías.
El gran duque aludía al príncipe Kropotkin.
—Ignoro a qué libro se refiere su alteza —respondió
Donissoff, poniéndose colorado.
El gran duque lo miró atentamente.
—¿Por qué mientes, príncipe? —le dijo.
—Con perdón de su alteza, yo no miento —repuso
Donissoff, mientras el rubor y la indignación le abrasaban el
rostro.
Esta vez el gran duque tuvo compasión de él, y con
una nueva sonrisa le empujó suavemente del hombro.
—Bien, Nicolás Ivanovich. Si no leíste esos libros,
no los leas ni vayas a cafés de estudiantes, aunque “no” hayas ido
nunca. Sigue en paz.
Durante días enteros Donissoff bebió hasta las heces
el remordimiento de su mentira.
Sentíase envilecido, y en especial porque había
mentido por miedo. “He tenido miedo de decírselo; soy un cobarde —se
decía—, un miserable cobarde. ¡Y esto, que a cualquiera de ellos
hubiera costado tanto como ponerse la mano en el bolsillo, ha sido
demasiado para mí! ¡He tenido miedo de decir que había leído aquel
libro!”
Al final de esos diez días, Donissoff tuvo una
entrevista con su tutor, a quien quería entrañablemente. Como
consecuencia de la misma, Donissoff renunciaba a las prerrogativas
de su posición y a su inmensa fortuna. Y si un curioso se hubiera
asomado, seis meses más tarde, a una helada buhardilla del más
sórdido barrio de San Petersburgo, hubiera visto a un joven,
tiritando de hambre y escasez de ropa, de codos sobre sus libros de
medicina.
Para vivir había comenzado por cargar baúles en la
estación; meses después limpiaba tubos en un instituto de
bacteriología, y como el genio que debía más tarde llevarlo adonde
sabemos comenzaba ya a flamear en su cabeza, muy pronto pasó a
preparador, y muy pronto llegó a ser la cabeza dirigente del célebre
instituto.
De tarde en tarde iba disfrazado a su ex palacio a
reconfortar su alma filial con aquel puro cariño.
Entre tanto, proseguía sus
estudios académicos, frecuentando al mismo tiempo a los
revolucionarios. Los violentos sentimientos de justicia no tardaron
en llevarlo a las más avanzadas filas, y cuando en enero de 1902 el
Comité Central de la revolución rusa discutió la muerte del príncipe
Dolgorouky, Donissoff denunció como más nefasta la influencia de
otro príncipe. Nadie ignoraba la veneración que Donissoff guardaba,
pura e inmaculada, para el viejo príncipe.
Al oírlo, sus compañeros quedaron un momento
inmóviles; a ninguno escapaba la grandeza de ese sacrificio.
—Creo —dijo alguno después de un momento— que la
influencia de Galitzine es mayor.
—Creo que no —repuso Donissoff.
—Estoy bien informado —arguyó el primero.
—Y yo estoy seguro.
El otro lo miró largamente.
—Pero tú lo quieres mucho...
—Inmensamente —repuso Donissoff, mortalmente pálido.
Sus compañeros bajaron la cabeza para no ver dos
lágrimas, lágrimas de sangre, lágrimas surgidas de lo más hondo de
un alma abrasada en justicia, que rodaron por las mejillas de
Donissoff.
Todos recuerdan los cinco tiros asestados en pleno
pecho al príncipe Dolgorouky, el 11 de enero de 1903, a la salida
del supremo tribunal. Donissoff pasó en su cuarto todo el día del
atentado, sin querer ver a nadie. Fue inmediatamente arrestado y no
quiso responder una palabra, decidido a hundirse para toda su vida
en Siberia. Pero sus compañeros lo obligaron a evadirse, basándose
para ello en las mismas razones por las cuales él mismo había hecho
el sacrificio de su más grande afecto en este mundo.
Donissoff vivió un año en Viena entregado con toda su
alma a sus experimentos científicos. De Viena pasó a París,
permaneciendo en esa capital tres años.
Seguramente su alma no estaba suficientemente
templada para el sacrificio que le había impuesto. Si hubiera tenido
más edad, acaso una nueva explosión de amor a los que sufren hubiera
apagado el dolor de aquella herida. Pero a los veintitrés años falta
en las fibras del corazón espesor suficiente para resistir
vibraciones de esa especie, y de ese modo Donissoff quedó herido
para siempre. Recobró, sí, su voluntad, su indomable energía; pero
no para ser aplicada a aquello, allá en Rusia. Luego, su genio,
maduro ya, absorbía, o por lo menos dirigía, sus demás facultades.
Estudió aún un año en Londres, y a fines de 1905 llegaba a Buenos
Aires.
Stefano Marco Sivel era italiano, de una familia
pobrísima. Su padre, ex bandido calabrés, y que había abandonado su
profesión a causa de un brazo roto, ejercía con su hijo los mismos
hábitos disciplinarios que tuvo con sus satélites. El pequeño Marco
sufrió las más horrendas palizas que es posible recibir sin morir
acto continuo, y conoció lo que es el hambre, encerrado en un sótano
negro como la noche, empapado de agua y acribillado de ratas. Todo
esto, porque era escaso lo que el pequeño obtenía pidiendo limosna
en pleno invierno y con sólo una camisa para excitar más la
compasión.
Más tarde, cuando alcanzó la edad suficiente para
despertar una lástima lucrativa, su padre le hizo instruir por un
viejo bandido como él en la ciencia del cicerone. El pequeño Marco
aprendió en dos o tres horas cuanto sobre ruinas e historia romana
sabía el salteador, y muchísimo más por su propia cuenta. Pero lo
que el minúsculo cicerone no aprendió tan bien fue a ejercer su
profesión. No pedía jamás un centavo de retribución, y se creía el
más feliz de los mortales si algún viajero le regalaba una lira.
En estas ocasiones, como en todas, su padre se
apoderaba del dinero. Pero, cuando la ganancia era nula, el viejo
bandido entraba en sombrío furor y los golpes a puño cerrado llovían
sobre la boca de la criatura.
Como su hijo jamás se quejaba, el padre creyó que no
sentía los golpes y, en consecuencia, tomó el partido eficaz de
mandarle buscar un alambre y, colgándolo del techo, cruzábale el
cuerpo con aquel horrible látigo.
—¿Cuánto? —preguntaba el viejo.
—Una lira.
—Dame —extendía la mano.
Al día siguiente:
—¿Cuánto?
—Nada.
—Está bien: anda a buscar el alambre.
Siempre era un alambre nuevo que la criatura debía ir
a recoger en el arroyo. Volvía al rato con el instrumento de tortura
y comenzaba a quitarse la ropa sin un suspiro ni una mirada a su
padre.
Pasó así el tiempo, y Marco llegó a tener doce años.
Una tarde recomenzó el diálogo de siempre.
—¿Cuánto?
—Nada.
—Está bien: anda a buscar el alambre.
—No —repuso el niño.
Su padre se volvió súbitamente, como si le hubieran
dado una bofetada.
—¿Qué dijiste?
—Nada, que no voy a buscar el alambre.
Lentamente, el viejo se levantó. Su rostro se puso
lívido, mientras un rayo lúgubre cruzaba por sus ojos de viejo
salteador. Paso a paso, se aproximó a su hijo hasta casi tocarle el
rostro.
—¿Dices que no vas a buscar el alambre?
—No —repuso Marco sin moverse, y tan pálido como su
padre. El viejo lo contempló un rato sin mover un solo músculo. Ya
no era un rayo lo que cruzaba por sus ojos, sino un relámpago
siniestro que iba en aumento.
—¡Anda a buscar el alambre! —rugió cárdeno ahora de
furor.
—No —volvió a responder la criatura. Y cerró los
ojos. Cuando volvió a abrirlos, su padre, espantosamente lívido,
había ido a descolgar su gorra.
—Está bien —silbó—; quédate, iré yo.
Y salió.
Cuando volvió, la criatura estaba sentada a la mesa,
la cabeza echada sobre los brazos.
Su padre lo tocó ligeramente en el hombro.
—¡Desnúdate!
—¡No, padre! —repuso Marco sin levantar la cabeza.
—¡Madonna! ¡Ligero, ligero! ¡Desnúdate! —explotó al
fin el viejo, haciendo saltar la mesa de un puñetazo.
—No —contestó aún el niño. Y con los brazos cruzados,
cerró los ojos como en el momento de morir, y pensó en su madre:
“Mamá... mamá querida...”.
Pasó un momento, otro más. No se sentía el menor
ruido. Temblando, Marco levantó la cabeza y vio a su padre, aún de
pie, que lo miraba fijamente. La mano del viejo bandido cayó con
lentitud sobre el hombro del niño.
—Está bien —le dijo con voz ronca, reseca por la
profunda tempestad que bullía en aquel pecho—. Está bien, eres mi
hijo, reconozco mi sangre. Eres digno hijo mío. Pero —añadió
poniéndose aún más lívido— vete de aquí para siempre, porque te
aplastaría la cabeza contra la pared. Nadie en el mundo ha hecho
delante de mí lo que acabas de hacer tú. Eres mi hijo, te reconozco.
¡Pero vete enseguida, enseguida! ¡Jamás vuelvas a poner los pies
aquí!
Y lo arrojó a la calle.
Después de sus primeros meses de libertad —libertad
de criatura hambrienta, sin casa y sin cariño de ninguna especie—,
Sivel tuvo la dicha de que un carpintero lo tomara de aprendiz, y
entre golpe de cepillo y vuelta de taladro fortificó su ansia de
estudio.
Estudió de noche, mientras comía, aún en el taller.
Su aplicación despertó el cariño del maestro y pudo así seguir un
curso regular. Más tarde, ya con otro empleo, hizo el bachillerato,
ingresando con altísimas calificaciones en la Facultad de Medicina.
Al cabo de quince años nadie nombraba a una
celebridad médica sin que el nombre de Sivel surgiera con todo el
brillo de su gran aureola. En esta época su corazón, hasta entonces
dormido, encendiose en vibrante amor por una joven que a su vez le
había entregado su alma entera. El noviazgo corría en la más grande
felicidad, cuando una mañana llegó a su clínica en el hospital una
joven a quien una intensa hemorragia había privado de casi toda la
sangre. De noche contó el caso a su novia.
—Es una pobre muchacha que necesita sangre a oleadas.
Si mañana no ha reaccionado será menester operar una transfusión...
Su novia, que le conocía bien, le hizo jurar entre un
mar de lágrimas que no le entregaría a la muchacha una sola gota de
su sangre.
—¡No te querré más, te lo juro! —sollozaba—. ¡Te juro
que si haces eso no te querré más!
Sivel la adoraba, y ese amor querido era la
recompensa y la consagración de sus sufrimientos y de su gloria.
Pero a la mañana siguiente Sivel entregaba a las
venas de la agónica oleadas de su propia sangre. Cometió un
lamentable descuido en la operación, y Sivel cayó en su lecho, presa
de una terrible infección general.
Esa tarde, su novia, ignorante aún del hecho, le
escribía diciéndole que si le faltaba una sola gota de sangre le
olvidaría para siempre. Sivel le respondió: “Hazlo. Además, me estoy
muriendo”.
Su novia rompió, Sivel estuvo dos meses entre la vida
y la muerte, y cuando se levantó convertido en un espectro,
horriblemente desfigurado por los tumores que le habían devorado el
rostro, una joven vencida por los sollozos cayó de rodillas ante él.
Era la joven del hospital, cuya alma romántica y llena de ternuras
sintió al saberlo un inmenso agradecimiento hacia el pobre gran
hombre que había sacrificado su felicidad por dar vida a una
desconocida. Su agradecimiento había llegado muy pronto al más
extremado amor.
La joven, en una convulsión entera de su cuerpo,
oprimió con su boca la mano de Sivel, pero éste la retiró vivamente.
—¡No, no! ¡Levántese! —le dijo, mientras allá en el
fondo de su corazón la gran herida de su amor se reabría ante
aquella presencia amargamente evocadora...
—¡Perdón! ¡Perdón...! —sollozaba la joven, aún de
rodillas.
—Si no tengo nada que perdonarle —tuvo fuerza Sivel
para sonreírse—. Pero levántese.
—No, no... Yo tengo la culpa...
Sivel tuvo entonces la sensación de que una mano
indiferente, una mano cualquiera, estaba arañando su corazón. Su
dolor era suyo y no de aquella extraña.
—¡Perdón...! ¡Yo tuve la culpa...! Fue por mí...
—¡Ah, no! Le pido perdón a mi vez —exclamó Sivel—. No
lo hice por usted.
Los ojos de la joven se alzaron lentamente hasta
Sivel.
—Sí; no lo hice por usted; me compadecí de su ser, de
una existencia condenada a morir, como la suya, de su vida, en
fin... pero no de usted. ¡Oh, no!
Cuando una esperanza de amor, lógica o no, se
quiebra; cuando caemos de lo alto de un sueño de grandeza, como el
que consiste en habernos creído inspiradores de un gran sacrificio,
la caída es siempre terrible.
La joven, fijos los ojos desmesurados en aquel
espectro, también de su amor, se levantó.
Retrocedió hasta la puerta y antes de que Sivel
pudiera darse plena cuenta de la desesperación que anegaba aquella
alma exaltada, la joven desapareció. Media hora después se hacía
destrozar bajo un automóvil.
Sacudido así en las más hondas fibras de su ser,
Sivel consideró su vida rota para siempre. Pasó quince días
encerrado en el laboratorio, vagando en la semioscuridad de un lado
para otro.
Decidido al fin a olvidarse de aquello, volvió a
atraparle su pasión por la ciencia, esta vez con inmenso ardor.
Parecía que todas sus facultades hubieran renacido violentamente
orientadas hacia los estudios anatómicos. Mas, como a pesar de todo,
su rostro desfigurado tornábale odiosa su permanencia en Roma,
abandonó la Ciudad Eterna, llegando a Buenos Aires en 1904.
Ricardo Ortiz era argentino, y había nacido en la
Capital Federal. Su familia, de cuantiosa fortuna, dedicóle a la
ingeniería eléctrica, para lo cual Ortiz mostraba desde muy pequeño
fuerte inclinación. Hizo sus estudios en Buffalo con brillante
éxito.
Volvió a Buenos Aires, y en vez de ejercer su
profesión, se dedicó al estudio de pilas eléctricas; creía estar en
la pista de un nuevo elemento de intensidad y constancia asombrosas.
Como no frecuentaba el mundo y sus manos solían estar poco menos que
imposibles, su familia consideró que muy poca carrera haría, a pesar
de su ciencia. En consecuencia, el padre le comunicó que, o dejaba
sus ácidos o le privaba de la mensualidad. Ortiz optó por sus ácidos
y súbitamente se encontró en la calle. Como no era en absoluto
hombre de negocios, se ofreció desde el día siguiente como profesor
de inglés y matemáticas. Su familia halló mal esto, y el padre fue a
verlo.
—¿Qué vas a hacer con eso? ¡Es una vergüenza para un
ingeniero como tú!
—Tal vez —repuso tranquilamente Ortiz—. Seguiré
trabajando.
—¿En eso? —señaló desdeñosamente el taller.
—Sí, en eso.
—¡Vamos a ver! Si te propongo...
—No me propongas nada, no aceptaré.
—¿Y vas a hacer eso toda la vida?
—Toda la vida.
—Inventando, ¿eh?
—Sí.
—¡Pero es que nos vas a deshonrar a todos con estas
porquerías! —exclamó el padre indignado.
—Oye —lo miró fijamente Ortiz—: para decirme estas
cosas podrías no haber venido.
—¡Es que me da vergüenza!
—A mí también, pero no de esto...
—¿De qué?
—¡De la vergüenza de ustedes! ¡Se acabó! No les pido
un centavo, y quiero que me dejen en paz.
Su padre, entonces, profundamente irritado, le lanzó
señalando el taller:
—Para tener tanto orgullo podrías abandonar también
esto, que no compraste con tu dinero.
—Perfectamente —repuso Ortiz levantándose—, hiciste
bien en recordármelo. Mañana me voy de aquí.
—Muy bien, es lo que debías haber hecho hace tiempo
—contestó el padre, cada vez más irritado—. ¡Pero que no se te
ocurra...!
—¿Quieres irte, por favor? —saltó Ortiz, lívido.
A la mañana siguiente Ortiz enviaba a su padre, junto
con las llaves, el inventario de todo el taller.
Una semana más tarde, un primo de Ortiz hallaba por
fin el nuevo domicilio de éste.
—¡Por fin te encuentro! Ya no tienes el taller, ¿es
cierto?
—Sí.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé todavía.
—¿Sabes lo que haría yo? Hablaría a tu padre...
Ortiz, que desde el primer momento había imaginado
que el primo venía enviado por el padre, lo detuvo, poniéndole la
mano en el hombro:
—Mira, si fueras otro te habría echado ya. ¡No quiero
cuentos de ninguna especie!
El primo se irguió altivamente.
—¿Eh?¿Qué...?
—Esto, si no fueras también un idiota, te echaría a
bofetadas de aquí. ¡Fuera!
Un año después moría el padre de Ortiz, y el hijo
renunció a todos sus derechos: medio millón de pesos.
Así, estos tres hombres de carácter habían unido sus
energías, asociándolas para prestarse mutua fuerza, y en tales
circunstancias realizaron la más alta obra de genio que cabe en la
humanidad: hacer un ser organizado.
Para el laboratorio, montado con los tipos más
perfectos de máquinas e instrumentos que encargaron expresamente a
Estados Unidos, Sivel había entregado su fortuna entera, Ortiz
cooperó en la obra común con sus conocimientos de química, Sivel con
los suyos de anatomía y Donissoff con su profunda ciencia
enciclopédica y, sobre todo, bacteriológica.
A pesar del magnífico laboratorio y el talento de los
tres asociados, la empresa había sido profundamente desalentadora
por su dificultad, y más de una vez Donissoff, Sivel y Ortiz habían
caído por semanas enteras en el más hondo desaliento.
—¡No se puede, Donissoff, es imposible! —clamaba
Ortiz, tirando sobre la mesa sus probetas y análisis.
—Trabajemos, Ortiz —contestaba aquél sin levantar la
cabeza.
—¡Es que estamos tentando a Dios o al diablo con
esto! No vamos a conseguir nada.
—Si fuera a Dios nada más no sería mayor trastorno
—explicaba Sivel—. Lo malo sería tentar al diablo.
Ortiz volvía de nuevo a la tarea. Pero otras veces le
tocaba a él dar ánimo a alguno de sus compañeros, y así se sostenían
mutuamente, hasta que los tres, ante nuevas y al parecer
insuperables dificultades, tiraban todo y cerraban el laboratorio.
Su obra duró tres años. Carbono, hidrógeno, oxígeno,
todos los elementos primordiales y constitutivos de la célula
pasaron sucesivamente por la electrólisis de Ortiz, las disecciones
de Sivel y los reactivos de Donissoff. A veces, la conquista de tres
o cuatro elementos fundamentales se realizaba en semanas. Otras, un
solo paso adelante les llevaba hasta un año. De este modo pudieron
obtener la sangre y sus glóbulos en lo que media de mayo a
septiembre, necesitando en cambio para la conquista del bulbo piloso
dieciocho meses. Y por este estilo, facilidades increíbles donde no
se hubieran sospechado y fracasos abrumadores en cosas aparentemente
nimias. Hasta que el 23 de agosto de 1909, a los tres años menos
doce días de haber empezado la rata, ésta surgía a la vida bajo la
inyección de Donissoff.
Y ahora volvamos al comedor, donde los tres
asociados, muertos de satisfacción y fatiga, descansaban.
—Por fin, ya era tiempo —gimió Ortiz, echándose cuan
largo era en un diván—. Si esto demoraba diez días más, me moría,
sencillamente.
—Sí; yo también estaba cansado, mucho más de lo que
daba a conocer —apoyó Donissoff, sirviendo a sus compañeros el té
que él, en su carácter de ruso, preparaba con gran prolijidad.
—Sí, pero hicimos la rata —concluyó Sivel.
—Y ahora que recuerdo —exclamó Ortiz incorporándose
en un codo—, ¿por qué se me ocurrió una rata? Podíamos haber hecho
otra cosa cualquiera.
—Ésas son cosas de Sivel —dijo Donissoff.
—Sí —afirmó Sivel, paladeando su té—, se me ocurrió
por la gran analogía de la sangre humana con la rata. Esto lo
descubrí por casualidad, hace ya muchos años, en un análisis.
—¿De veras, Sivel? —dijo Ortiz, levantando la
cabeza—. ¿Y por qué no igual a la del mosquito?
—Ésa es una pregunta para ser hecha a un mosquito,
sabio electricista. Y usted, que cree que la leche de burra es la
más parecida a la de la mujer, ¿por qué duda de la sangre de la
rata?
—No dudo, profesor; me asombro y me humillo.
—¿Está seguro, Sivel, de sus análisis? —interrumpió
Donissoff, que desde un momento atrás miraba pensativo los vidrios
de la puerta.
—Completamente, ¿por qué?
—Porque se me está ocurriendo —respondió sin apartar
la vista de los vidrios— que podríamos hacer un hombre.
Ortiz se incorporó bruscamente, fijando sus dilatados
ojos en Donissoff. Se rascó largo rato una uña.
—Nos daría más trabajo —prosiguió Donissoff, siempre
con la voz perdida—, pero lo haríamos. No veo por qué se admira
Ortiz.
—¡No, por todos los voltios de mis dínamos! Si de lo
que me admiro es del hombre ese que haremos... ¿Hombre o mujer,
Donissoff?
—Hombre, Ortiz. Si usted no fuera tan inteligente,
parecería una criatura, a veces.
Sivel levantó al fin los ojos y su mirada dio un
fulgor de sombría severidad a aquel rostro deforme y que antes
brillara de belleza varonil.
—Creo que va a ser difícil —murmuró.
—¿Por qué, si se puede...? —le preguntó Ortiz,
sentándose correctamente esta vez.
—No sé... pero se nos va a quebrar la obra. Yo había
pensado ya en eso, cuando empezamos a hacer la rata. No les dije
nada, por el mismo temor que tengo ahora; no vamos a concluir la
obra. Respirará, digerirá, verá, se moverá, pero nada más. Y usted
comprende que hacer eso, únicamente, sería una eterna vergüenza para
nosotros.
—Y pensará —replicó Ortiz.
—No, eso no. Dele usted todos los sentidos que
quiera, buena transmisión de nervios, buen cerebro transformador; y
por más sensaciones que tenga, no tendrá una sola percepción.
—¿Cuestión de alma, entonces? —profirió
socarronamente Ortiz.
—No, electricista; no es cuestión de alma sino de
herencia. Por vivas que sean las sensaciones, le faltará hábito al
cerebro para percibir, primero, y para no confundir las sensaciones,
después. Con sus acumuladores pasa lo mismo, creo. Cuando están
recién hechos acumulan muy escasa electricidad y no devuelven nada.
Toda la corriente se emplea en hacer el acumulador, en afinarlo. Las
cargas y descargas sucesivas lo van modificando, hasta que llega a
almacenar electricidad y devolverla normalmente. Esto pasará con el
hombre que hagamos.
—Pero si forzamos la carga...
—Tardaríamos mil años. Fíjese en el proceso de
afinación de nuestro cerebro; tiene millones de años, toda la edad
de la humanidad. Nuestro hombre se encontraría, en cuanto a la
inteligencia —o percepción, como se la llame—, en el mismo estado
que un recién nacido.
Donissoff, que no había apartado los ojos de los
vidrios, se volvió bruscamente a Sivel:
—Todo esto es perfectamente cierto; y mientras usted
hablaba, iba yo haciendo iguales consideraciones. Pero, por lógico
que sea su razonamiento, no es más que una conjetura. Creo que ésta
es justamente la falla de su razonamiento: estamos juzgando como
seres creados y no como creadores. ¿Quién puede decir qué facultades
tendrá un sistema nervioso hecho en todos sus elementos con idéntica
constitución a la de un hombre en plena edad viril? Su mismo
argumento de los acumuladores eléctricos puede apoyar lo que digo:
los fabricantes, desesperados del tiempo que empleaban las láminas
de plomo en hacerse, cubrieron las láminas con una capa de óxidos,
los mismos que se forman naturalmente en los acumuladores con el
transcurso del tiempo. Es decir: dan a las láminas recién nacidas el
sistema nervioso de un adulto. ¿Por qué nuestro hombre no se
hallaría en las mismas condiciones, Sivel?
—Tal vez, pero creo que no.
En ese momento Donissoff se levantó y colocó los dos
puños sobre la mesa, mirando fijamente a sus asociados. Esta actitud
de conferenciante, que en otra persona cualquiera hubiera chocado,
estuvo lejos de provocar esa impresión tratándose de Donissoff.
Subía a su límpida mirada el temple de diamante de aquella alma. Su
belleza angelical cobraba un tono, no de dureza, mas sí de firmeza
de mármol, en que la voluntad trascendía hasta en la más leve línea
de su rostro, algo, en fin, de la belleza sombría de un arcángel
rebelde.
—Óiganme —les dijo con acentuación clara y cortante—.
Vamos a hacer un hombre. La tentación es demasiado grande para que
no la abordemos. Pero pongo una condición, sin la cual no me
comprometo a nada: que me dejen dirigir el proceso de afinación,
como dice Sivel. No sé aún qué haré, ni mucho menos cómo:
¿consienten?
—¡Sí, Donissoff, consentimos! —respondieron a un
tiempo Sivel y Ortiz, levantándose.
El ardor de un nuevo triunfo había disipado por
completo su cansancio y se hallaban de nuevo dispuestos a luchar con
las sombras de la nada.
—¡Un momento! —les detuvo aún Donissoff—. ¿Confían en
mí?
Entonces Sivel, que sentía por el arcángel profunda
ternura y adoración, le puso la mano en el hombro:
—¡Niño sublime! —le dijo sonriendo, aunque sin poder
ocultar su emoción. Donissoff levantó su bella cabeza:
—¡Bien! Ahora vamos a ver nuestra obra.
Se levantaron frescos y descansados ya, y con sus
potentes cerebros vibrando otra vez ante la perspectiva de una nueva
lucha.
En medio del laboratorio, sobre la mesa de mármol, y
enfocada por la viva luz de las ocho lámparas eléctricas con
pantalla verde, la rata continuaba tendida de espaldas.
Ortiz fue el primero en inclinarse sobre ella, y
después de un momento de hondo examen se incorporó pálido:
—¡Este animal se está muriendo! —le dijo a Donissoff,
mirándole a los ojos.
Donissoff y Sivel se inclinaron bruscamente sobre la
rata y observaron a la negra bestia, con los ojos clavados en el
corazón del animal, cuyos latidos de rapidez vertiginosa hacían
vibrar la piel con una precipitación de timbre eléctrico.
La emoción de los tres asociados era demasiado grande
para permitirles hablar. Allí, ante sus ojos, se iba, volvía a la
nada de que había salido, llevándose consigo el inmenso orgullo de
sus creadores, la rata artificial.
Diez largos minutos pasaron así, hasta que la voz de
Donissoff sonó, clara y helada, en aquel silencio de angustia:
—Este animal se muere envenenado, Sivel, ¿está usted
seguro de sus fórmulas?
—¿La de la sangre, Donissoff?
—Sí.
—Completamente seguro. En el ensayo de prueba no noté
la más ligera disociación de elementos. Recuerdo que duró dos meses
el ensayo.
—Con todo, ¿quiere traer su inventario?
Ortiz había dado el nombre de “Inventario” al
cuaderno de fórmulas que rigieron la creación de la rata. Todas
estaban allí, y cuando Sivel volvió, Donissoff hojeó febrilmente el
cuaderno y se detuvo en las ecuaciones de la sangre.
—Sí... está bien; no, eso no... —murmuró—. Pero esa
sangre está envenenada, sin embargo.
Mientras Sivel y Ortiz analizaban el aire expelido
por los pulmones de la rata, Donissoff extrajo de las venas del
animal unas gotas de sangre y se hundió en su análisis. Durante
largo rato no se oyó en el laboratorio más que el golpe de los tubos
de vidrio sobre el mármol. Al fin sonó la voz de Donissoff.
—¿Hay algo ahí?
—Nada —repuso Ortiz—. El aire está normal. ¿Y ahí?
—Aquí, sí. La sangre está enormemente fosfatada.
Durante meses y meses los tres asociados habían
luchado en la formación del tejido óseo. A pesar del éxito de prueba
obtenido, siempre habían temido que los fosfatos no estuviesen bien
fijados. Más tarde, nuevos triunfos en nuevos elementos habíanles
hecho olvidar aquella preocupación. Pero ahora, ante la confirmación
de sus dudas, la luz surgía clara: los huesos se disolvían; los
fosfatos, arrastrados en el torrente circulatorio, estaban matando a
la rata.
Lentamente, los tres hombres rodearon de nuevo al
animal. Tres años, mil noventa y cinco días de lucha como nunca la
habían tenido, de energía como nunca la habían hallado, de pasión
como nunca la habían sentido, todos esos días de ardiente esperanza
se desmoronaban en trágico silencio, arrastrando con ellos el
orgullo, también en pedazos, de aquellos hombres de genio. Minuto
tras minuto los huesos se disolvían envenenando la sangre. Y cuando
a las nueve y media de la noche la rata quedó por fin inmóvil,
reintegrada después de dos horas de prodigiosa vida con la nada de
que había salido a fuerza de genio humano, los tres asociados no
tuvieron ni una sola palabra. Sin mirarse, sin hacer un gesto,
quebrantados, abrumados de cansancio y fatiga intelectual, se
acostaron.
Sería de creer que en el estado de fatiga en que se
hallaban, el sueño los rindió apenas recostaron la cabeza. Pero a
altas horas de la noche, posiblemente las tres de la mañana, sonó
vibrante la voz de Donissoff:
—¡Sivel! ¡Dos atomicidades más de carbón...!
—¡Una sola alcanzaría, Donissoff! —respondió
instantáneamente la voz de Sivel—. Pero disminuyendo el...
—¡Nitrógeno! ¡Sí había demasiado! —continuó Ortiz.
Los tres asociados, en vez de dormir, habían pasado la noche
resolviendo la fórmula del tejido óseo.
Se durmieron enseguida. El hombre estaba ya hecho:
los huesos no se disolverían más.
Y así, recomenzando las ecuaciones, análisis y
ensayos que fueron casi su única vida durantes tres años, los tres
asociados hicieron un hombre. Elemento por elemento, miligramo por
miligramo, todo había sido prolijamente dosificado, probado y
ejecutado.
De modo que en la madrugada del 11 de junio de 1909,
cuando Donissoff dio su golpe final de émbolo en las venas del
prodigioso engendro, el pecho de los asociados se abrió en un
profundo suspiro, como un gran efluvio de esperanza que esta vez
—¡no!— no se frustraría.
Y no se frustró. La misma decoración que diez meses
atrás había encuadrado la vivificación de la rata presidía ahora la
del maravilloso ser creado. El laboratorio en silencio y a media
luz: la mesa central —mas ahora con gruesas mantas—, vivamente
iluminada por las ocho lámparas de pantalla verde, el vaho
asfixiante de la vez anterior: los tres asociados rodeando el cuerpo
en igual tensión de espíritu.
Donissoff, con el oído sobre el corazón del hombre,
parecía una estatua. Sivel tenía los ojos clavados en el termómetro,
introducido en la boca de aquél. Ortiz oprimía entre sus manos los
pies del hombre, observando la temperatura.
Durante dos eternos minutos ninguno se movió. Al fin,
Donissoff se incorporó, apartando de la frente su cabello rubio.
—Ya está —dijo sencillamente—. Retire el termómetro,
Sivel: no hace falta. Lo mismo, Ortiz... corte la corriente...
Veinticinco grados es suficiente.
Tal increíble perfección habían puesto en los más
insignificantes detalles de su obra; tal mutua fe tenían en el genio
inventivo de Donissoff, escudriñador de Sivel y aplicador de Ortiz,
que los tres asociados no sintieron, ni remotamente, el loco
entusiasmo de la otra vez, cuando vivió la rata. El alma les vibraba
de gloria, sin duda, pero demasiado alta esa gloria para que se
manifestara en turbulencia física. Sentáronse en la mesa próxima,
las piernas colgantes, mirando en silencio su obra.
El ser que yacía de espaldas frente a ellos era un
hombre de mediana estatura, de maravillosa proporción. Representaba
veinticinco años. Las facciones tenían una serenidad sorprendente.
Los ojos estaban cerrados y el pecho subía y bajaba rítmicamente.
Esto era lo que habían hecho Donissoff, Sivel y
Ortiz, pasando de aquella rata, que se había devorado a sí misma a
las dos horas de existencia, a ese maravilloso ser que yacía
desnudo, respirando armoniosamente.
Además tenía nombre. Como desde los primeros momentos
en que se pusieron a la obra, habían sentido la necesidad de llamar
de algún modo a su hombre en formación, Ortiz había propuesto
llamarle Biógeno, esto es: Engendro vida. En verdad, quienes la
engendraron fueron ellos; pero el nombre les había gustado.
Después de un largo rato de muda contemplación de su
obra, que condensaba un millón de torturas cerebrales, Sivel levantó
la voz en aquel silencio:
—Ya hemos concluido nosotros, Donissoff. Ahora le
toca a usted. Si lo despertamos abrirá los ojos y mirará, y si lo
bajamos quedará de pie donde lo dejemos, porque no se le ocurrirá
caminar, y si lo hacemos caminar chocará con todo, porque no tiene
noción de los obstáculos.
—Usted no pretenderá que veamos eso, ¿no? En ese caso
más valdría que nos hubiéramos pegado un tiro nosotros.
Donissoff, la vista fija en la mesa, parecía no haber
oído. Su expresión tenía aquel sello de implacable voluntad de las
ocasiones decisivas.
—¡No! —respondió al fin—. No hemos hecho eso para
deshonra nuestra... ¿Se acuerdan ustedes de la promesa que me
hicieron cuando decidimos los trabajos...? ¡Sivel, Ortiz! Necesito
que me den plenos poderes para animar eso.
—¡Entendido, Donissoff! No necesitaba decírnoslo.
—Sí, necesitaba, porque...
—¿Por qué, Donissoff?
El rostro de éste se contrajo, y un rayo acerado
cruzó por su mirada de arcángel.
—¡Un momento! ¡Nada más que un momento!
Y salió, atravesando el laboratorio.
Un rato después Donissoff entraba, acompañado de un
hombre pobremente vestido, muy flaco y de semblante amarillento.
Usaba anteojos oscuros. El sujeto, evidentemente tímido, miraba con
gran sorpresa a los tres hombres hasta que su vista se fijó en las
lámparas eléctricas, la mesa refulgente y el hombre tendido sobre
ella. Entonces su rostro se demudó.
—Ya le dije —se dirigió Donissoff a él— que se trata
de una operación. Ese hombre está cloroformizado. Necesitamos su
ayuda para... ¡permítame un segundo!
Y volviéndose a Sivel y Ortiz les dijo rápidamente en
inglés:
—Hay que sujetar enseguida a ese hombre. No perdamos
un minuto, porque va a desconfiar.
Tan brusca fue la revelación para los dos asociados
que a pesar del dominio que sobre sí tenían, se quedaron con los
ojos profundamente abiertos.
—¡Vamos! No se olviden de lo prometido... ¡Enseguida!
—repitió Donissoff con la voz ya casi angustiosa a fuerza de ser
imperativa.
—¡Donissoff! —murmuró Ortiz.
—¡Ortiz! —chirrió aquél entre dientes, abrasándolo
con la mirada. Y se volvió al hombre.
Éste, los ojos desmesurados de estupor y de
desconfianza, retrocedió un paso. Pero el otro le puso la mano en el
hombro:
—¡Ortiz...! ¡Sivel...! —llamó a éstos con su voz
clara y cortante. Y en un segundo el sujeto estuvo ceñido entre los
brazos, atado y sentado en una silla. Los anteojos se le habían
caído en la lucha; estaba lívido, el pelo revuelto y el rostro
traspasado de terror.
Los tres asociados, jadeantes, no se tomaron la
molestia de alejarse para hablar.
—¿Y bien...? —preguntaban las miradas de Sivel y
Ortiz, fijas en la de Donissoff.
—¡Y bien! —repuso éste—. Es el elemento definitivo;
ya está hecho.
—Hable en inglés, Donissoff —repuso Sivel. Y agregó—:
¿Qué está hecho? ¿Ese hombre...?
—Sí.
—¿Y vamos a hacer...?
—Torturarlo.
Sivel, que iba a agregar algo, se detuvo y clavó su
mirada profunda en Donissoff. Él lo miraba tranquilo, pero muy
pálido.
—¡Nosotros, Donissoff!
—Sí... Nos es indispensable una intensa producción de
dolor, una sobreaguda corriente de dolor, para provocar en su
sistema nervioso una sensibilidad que sólo los años darían.
Acuérdense de la discusión que tuvimos al principio, comparando
nuestra obra a un acumulador... Ha sido fabricado como acumulador;
pero ahora será una bobina, un carrete... la corriente obrará por
influencia.
Esto exige alguna explicación, que fue la
proporcionada por Ortiz varios días después, en la instrucción del
proceso.
Si se enrolla un alambre aislado en un cilindro de
hierro y se hace pasar por el alambre una corriente eléctrica, el
hierro se imanta. Si ese cilindro así dispuesto se introduce en el
hueco de un carretel, sobre el cual se ha enrollado también otro
alambre perfectamente aislado, sin comunicación alguna con el
cilindro, la corriente eléctrica del cilindro pasa por influencia a
la del carretel, pero centuplicada en energía. Esto es lo que se
llama carrete o bobina de Rumkhorff. Y a este fenómeno de corriente
o sensibilidad, centuplicada sin contacto, es al que aludía
Donissoff.
Esta explicación, necesaria para el juez de
instrucción, no lo fue para Sivel y Ortiz.
Vieron enseguida, con un estremecimiento, adonde iba
Donissoff.
En sus rostros se reflejó la admiración que les
causaba ese audaz golpe de genio o locura. ¡Mas torturar a un
hombre! Horrible era sin duda; pero para aquellos tres hombres que
habían sacrificado a su ideal, uno su cariño de hijo, otro su amor,
otro su fortuna, el tormento aplicado a un pobre ser inocente no
podía ser obstáculo al triunfo de su ideal científico. Nada había
más puro y sencillo que el corazón de aquellos tres hombres, y por
eso, a pesar de todo, aunque su inteligencia decidía inexorablemente
el martirio necesario, sus almas allá adentro lloraban de compasión.
En Donissoff, sobre todo, hacía estremecer el profundo contraste
entre su rostro de arcángel y la terrible voluntad que se sobreponía
a sus sufrimientos, como una sombría bandera de combate clavada
vigorosamente en su propio corazón. Y por esto mismo los ojos del
pobre diablo —lívido de terror— se abrieron espantosamente al ver a
Donissoff que hablaba, sin darse cuenta, en francés.
—¡Decidámonos, Sivel! Cuanto más tiempo ganemos,
mejor. Ortiz: abra un poco la corriente.
—¿Para la tortura...?
Pero no pudo concluir. Un grito de horror, un alarido
desgarrante había partido de la garganta del pobre diablo al oír
tortura. Atemorizado ya al infinito con el lazo que le habían
tendido, aquel laboratorio con su aspecto de infierno, y los tres
demonios devoradores de hombres, su ser todo se había roto en un
alarido al ver lo que le esperaba.
Hizo un esfuerzo terrible para romper las ligaduras y
rodó por el suelo con una convulsión. Lo levantaron, le sentaron de
nuevo, y Donissoff, poniéndole la mano en el brazo, le dijo
fríamente:
—Es inútil que grite: no se oye absolutamente nada
desde la calle. Ahora, si la seguridad de que nosotros sufrimos más
que usted con su propio dolor puede servirle de algo, téngala en un
todo.
El pobre diablo, los ojos desmesuradamente abiertos
y con el rostro surcado por heladas gotas de sudor, quedó inmóvil,
siguiendo a Donissoff con la vista. Desde ese momento no tuvo un
gesto, ni se movió, presa de profundo estupor.
Entonces unieron una mesa con aquella en que yacía
Biógeno y acostaron en ella a la víctima desnuda. Le sujetaron de
los pies y las muñecas a la mesa; y mientras Ortiz abría más la
corriente de su dínamo para levantar la temperatura del laboratorio,
Donissoff fue a buscar al taller mecánico una pequeña herramienta:
un alicate.
El hombre inmovilizado sintió la aproximación de
Donissoff y el contacto de su fina mano en una de las suyas. Durante
cinco segundos el corazón del pobre ser latió desordenadamente,
muerto de angustiosa expectativa. Y de pronto lanzó un grito. Una de
sus uñas, cogida por el borde con el alicate, acababa de ser
arrancada hacia atrás.
Fue un solo grito, pero que llevaba consigo un
delirante paroxismo de dolor. El laboratorio cayó de nuevo en
profundo silencio. Los tres asociados, pálidos como la muerte y con
los ojos fijos en Biógeno, acababan de notar un ligero
estremecimiento en su párpados.
—Ha sentido...—murmuró Ortiz.
Ninguno respondió. Sí, la corriente había pasado; el
ser recién creado, virginalmente puro de sensaciones, acababa de
sentir en su sistema nervioso el primer choque del dolor llevado a
su culminación.
Un momento después, otro alarido resonaba, más
desgarrador aún que el primero; otra uña echada atrás con el alicate
había desaparecido del dedo.
Y con largos intervalos, los alaridos se sucedieron,
pero prolongándose cada vez más en un estertor lamentable.
Los tres asociados, fijos los ojos en Biógeno,
constataban el creciente temblor de sus párpados, mientras la
expresión de serenidad estatuaria comenzaba a desvanecerse. Iba
adquiriendo ese algo cansado, doloroso, serio que caracteriza la
expresión del adulto que ha sentido y sufrido, expresión visible aun
cuando duerme. El acumulador se iba cargando.
Pero, entre tanto, a cada nuevo alarido del pobre ser
torturado, la palidez de los operadores aumentaba. Cuando la sexta
uña hubo sido echada hacia atrás, Ortiz puso la mano en el brazo de
Donissoff y le miró con profunda angustia:
—No puedo más, Donissoff... Me voy.
Donissoff evitó su mirada y sacudió las ondas de sus
cabellos sin responderle.
—Sufro demasiado... —continuó Ortiz en voz baja.
—Yo también —repuso Donissoff, con su rostro blanco y
contraído—. Pero quiero llegar hasta el fin.
Ortiz se retiró. Al octavo alarido Sivel estrelló
contra el suelo una pinza de operaciones que conservaba aún y se
echó de brazos sobre una mesa. Donissoff lo contempló un rato y
yendo hacia él le pasó suavemente la mano sobre la cabeza.
—¡Váyase, Sivel! Yo operaré solo.
Sivel levantó su rostro desfigurado, más blanco que
el mármol, y clavó sus ojos en los de Donissoff. Durante largos
segundos se observaron aquellos dos hombres de temple formidable, y
durante esos segundos ambos volvieron al pasado lleno de sangre de
sus propias almas.
Pero esta vez el acero de la voluntad de Sivel se
había quebrado, no podía resistir más.
—Váyase, Sivel —repitió con dulzura Donissoff. Sivel
se fue, y hundido con Ortiz en los divanes del comedor, continuaron
oyendo los lamentos desgarradores del torturado.
Pasó así media hora. Ortiz, con las manos cruzadas
detrás de la nuca, tenía la vista fija en el techo. Sivel, inmóvil
también, fumaba. Pero el cigarro le duraba apenas unos minutos. Y
acabado de tirar el décimo, los alaridos cesaron.
Un momento después entraba Donissoff, pálido como la
muerte.
—¡Me muero de sed! —exclamó con la voz ronca—.
¿Quiere hacer té, Ortiz? Estoy un poco cansado.
Se dejó a su vez caer en el diván, junto a Ortiz,
echando la cabeza atrás, con los ojos cerrados.
Durante un largo rato no dijeron una palabra. El
silencio parecía ahora mucho más profundo.
—¿Concluyó? —le preguntó Sivel al fin, sin mirarle.
—Sí, pero no sé... Me moría de sed.
—¿Y ese desgraciado? —le dijo Ortiz.
—¡Un momento, Ortiz! ¡Déjenme descansar un
momento...! Está desmayado ahora.
Cuando hubieron tomado el té, se levantaron y fueron
al laboratorio. Sobre las mesas, mesas vivamente iluminadas, yacían
los dos cuerpos, uno al lado del otro. El pobre ser torturado
parecía ahora de una flacura cadavérica. Tenía el vientre
horriblemente hundido y las costillas salientes, proyectadas para
arriba por contraste, parecían romperle la piel. Tenía el rostro
lívido y los ojos hundidos en el fondo de las órbitas. De sus fosas
nasales caían dos hilos de sangre que cortaban paralelamente los
labios y se perdían en la barba. No conservaba una sola uña en sus
dedos.
Los tres asociados, después de pulsarlo y
auscultarlo, se inclinaron sobre Biógeno. El temblor de los párpados
había cesado; pero su expresión era otra: la expresión de un hombre
que ha vivido, amado, sufrido. ¡Sí, aquella boca cerrada había
gritado; aquellos ojos habían visto, aquella frente, ya no tersa,
había pensado!
A pesar de las emociones de ese día y de los
terribles choques que acababan de sufrir, los tres experimentadores
sintieron sus almas refrescadas de glorioso orgullo. El corazón de
Biógeno trabajaba con absoluta precisión, los pulmones quemaban su
oxígeno hasta el último átomo y el cerebro, ahora, vivía. No era ya
su sistema nervioso el de un recién nacido: su cerebro había vivido
una existencia entera de sensaciones.
Pero para ello había devorado en dos horas todo
cuanto cabe de dolor en un organismo humano.
La vista de sus creadores se apartó al fin de él,
fijándose en la víctima.
—Ha sufrido horriblemente —murmuró Ortiz, bajándole
el párpado inferior. Urgía levantar su depresión; desprendieron las
ligaduras con exquisito cuidado y lo llevaron en brazos a la cama de
Donissoff. Allí, gracias a una inyección de cafeína y a los cuidados
que le fueron prodigados, el pobre diablo volvió en sí. Los ojos
dilatados de estupor recorrieron lentamente la pieza y se fijaron al
fin en los tres rostros que lo observaban. De pronto su rostro se
contrajo horriblemente. Lanzó un grito desesperado en que iba toda
la defensa que quedaba al pobre ser ante un nuevo martirio: acababa
de reconocer a Donissoff.
—¡Retírese! —dijo Sivel a éste al oído—. Su presencia
acabaría de enloquecerlo.
Donissoff salió; y entonces Sivel y Ortiz tuvieron el
arduo trabajo de tranquilizar al mísero torturado, lográndolo al
cabo de media hora larga. Luego lo dejaron solo, pero cerrando tras
de sí la puerta con llave.
Los tres asociados se encontraron al fin solos ante
su obra.
—Era tiempo de que concluyéramos —exclamó Ortiz,
pasándose la mano por la frente—. Tengo la sensación de que hemos
vivido mil años en este día.
—¡Sí, hemos concluido! —observó Sivel.
—¿Por qué no? Fíjese en esa expresión. Ese hombre
tiene ya cuarenta años de vida cerebral.
—¿Duda, Sivel? —se volvió a él Donissoff mientras
recogía de la mesa próxima su jeringuilla Pravatz.
—No sé... —contestó Sivel, sacudiendo la cabeza—.
Temo mucho, al menos... Pero temo otra cosa.
—¿Qué?
—No sé bien... Inyecte, Donissoff.
Donissoff inyectó su suero excitante en el vientre de
Biógeno, y un momento después éste abría los ojos. Fácil es darse
cuenta de la profunda ansiedad con que los tres experimentadores
observaron aquella primera manifestación de vida real. La mirada de
Biógeno, clara, límpida, pero desprovista en un todo de expresión,
se fijó directamente en el techo.
Pasó un minuto así, en profundo silencio. Donissoff,
Sivel y Ortiz observaban aquella mirada; y la mirada aquella fija en
el techo, sin pestañear. Al fin se oyó un murmullo.
—No sé —había susurrado Ortiz.
Instantáneamente, la cabeza de Biógeno se volvió
hacia donde había sonado la voz, y sus ojos, con expresión de
profunda inquietud, miraron a los tres hombres. Los tres sintieron
al examinar esos ojos un hondo estremecimiento.
—¡Donissoff...! ¡Esa mirada! —murmuró Ortiz.
—Sí —repuso Donissoff, pálido—. Yo también la
conozco.
—Eso es lo que... —iba a agregar Sivel. Pero las
palabras se cortaron en su boca.
Biógeno, con expresión de agudo sufrimiento, acaba de
recoger las manos, tocándose las uñas.
—¡Eso es lo que temía! —reanudó Sivel, con el ceño
contraído—. ¡Ha absorbido todas las torturas del otro! ¡Hemos hecho
un monstruo de dolor, Donissoff!
—¡No! —repuso éste, con su pálido rostro de
arcángel—. El dolor está aún a flor de nervio... Se reabsorberá
enseguida.
Entonces se oyó una voz que no era de ninguno de los
tres experimentadores.
—¡Ay! ¡Las uñas!
El primer movimiento de Donissoff, Sivel y Ortiz fue
volverse vivamente hacia la puerta del cuarto en que yacía el pobre
torturado: habían oído su voz. Era su voz; y sin embargo, había
salido de encima de la mesa: era él quien hablaba.
Los tres hombres se estremecieron violentamente. Esa
sencilla frase demostraba ya sensación, percepción, todo cuanto hace
del adulto un ser superior. ¡Pero la mirada era del otro! ¡La voz
era del otro!
—¡Hemos hecho un horror, Donissoff! —clamó de nuevo
Sivel, pasándose la mano por su frente angustiada—. Ese hombre no
tiene vida propia. Es un maniquí; le hemos transmitido el alma del
otro.
Donissoff se irguió; y mientras su mirada tornaba a
acerarse, como en todos los casos en que irrumpía de su alma una
explosión de voluntad o de genio, puso la mano en el hombro de Sivel.
—¡Sivel! Jamás le he asegurado yo de antemano una
cosa de la cual no estuviera completamente seguro. Ese ser tiene
vida propia, o la tendrá. La influencia del alma del otro persiste
aún, y sería imposible que así no fuera. Pero se disipará en cuanto
vuelva a despertarse. Y entonces...
—¿Entonces qué, Donissoff?
—Entonces —prosiguió Donissoff con un poco de
lentitud y mirando a otra parte. Entonces es posible que sufra mucho
aún. Cuando usted temía esta especie de avatar momentáneo, yo
temía...
Pero no pudo concluir. Biógeno, que después de
aquella frase de sufrimiento había caído en un profundo sopor,
acababa de abrir los ojos y lanzar un grito delirante.
—¡Eso es lo que temía! —exclamó Donissoff, lívido—.
¡Ya empieza!
Sonó un nuevo grito y Biógeno se incorporó
violentamente. Los tres asociados se lanzaron sobre él y apenas el
ser sintió en el cuerpo el contacto de las manos de sus creadores,
prorrumpió en alaridos de espantoso dolor.
Ortiz levantó la cabeza y miró fijamente a Donissoff.
—¿Y para comer, Donissoff... ?
Se hizo un mortal silencio. Evidentemente el sentido
del gusto debía tener la misma espantosa irritabilidad del de la
vista, del oído, del tacto...
—¡Eso es! —dijo Sivel—. No podrá comer. Preferirá la
muerte, antes que los terribles dolores que le ocasionaría un simple
trago de agua.... ¡Donissoffl —exclamó después de un rato de
silencio, levantándose—. ¡Donissoffl —repitió mirándolo fijamente—:
¡Matemos eso!
Ortiz, que a horcajadas en la silla tenía la cabeza
apoyada sobre los brazos cruzados en el respaldo, levantó lentamente
su rostro pálido. No se oía sino la respiración de Biógeno.
—¡Hemos hecho un monstruo, Donissoffl —repitió Sivel
con la voz ronca—. ¡Matemos eso! Es más misericordioso.
Donissoff, que hasta ese momento no había hecho un
solo gesto, se levantó. Fue a la cama, pulsó aquellas arterias,
auscultó aquellos pulmones, y se volvió al fin con los ojos húmedos.
—¡Compañeros! Ustedes saben con cuánto cariño y
energía hemos trabajado juntos cuatro años. ¡Cuatro años trabajando
juntos...! ¡Les pido un día, nada más que un día de tiempo! Si
mañana a esta hora su sistema nervioso no está aplacado,
destruiremos nuestra obra... ¡Pero un día, por favor, Sivel!
Y sentándose al pie de la cama, dejó caer la cabeza
en el respaldo.
Ahora bien; para Sivel y Ortiz, que conocían hasta el
fondo el temple de aquel alma, esa exclamación de un héroe de la
voluntad era más temible que cualquier honda protesta de desaliento.
¡Qué agudas y profundas debían haber sido las emociones de ese día
para quebrantar como un diamante los nervios de aquel arcángel! La
obra era común, sin duda, y a ella habían aportado la sustancia
íntima de sus almas, transformada en talento y energía. Pero ni
Sivel ni Ortiz ignoraban que aquello era obra de Donissoff. Las
angustias habían sido, por lo tanto, triples que las de sus
compañeros, y ahí ese derrumbe de su energía, que, como el de una
montaña, arrastra junto con lo que halla a su paso a la montaña
misma.
Ortiz quiso ir hacia Donissoff, pero Sivel lo contuvo
con un gesto. Quedaron inmóviles.
Un momento después Donissoff se levantaba. No quedaba
la más leve huella del desaliento sufrido. Su frente, sus ojos, su
expresión entera tenían la limpidez acostumbrada.
—Creo que podríamos acostarnos —dijo sencillamente.
Sivel y Ortiz asintieron de muy buena gana. Cerraron
antes herméticamente ventanas y puertas del cuarto a fin de evitar
en lo posible impresiones a los sentidos de Biógeno, y salieron.
Sivel y Donissoff durmieron en el laboratorio sobre una simple
manta.
Al día siguiente los tres asociados se levantaron
muy temprano. Se sentían molidos, quebrantados por las emociones de
las últimas veinticuatro horas en que habían visto la realización,
el fracaso y el resurgimiento de su sueño de tres años. Fueron al
comedor, pero como no tenían hambre alguna desayunaron con naranjas.
El ácido jugo fue un gran calmante para sus gargantas resecas; y
luego, un poco más reconfortados ya, pasaron al cuarto de Sivel,
donde el torturado, con las dos manos vendadas, dormía aún.
Sólo se despertó cuando los tres experimentadores
estuvieron a su lado. Sus ojos dilatados en un profundo círculo
negro, ojeras de sufrimiento y de terror pasados, vagaron apagados
por el techo.
—Buen día —le dijo Sivel poniéndole la mano en la
cabeza—. ¿Cómo se encuentra?
La mirada del mísero, que iba pesadamente de uno a
otro, concluyó por fijarse en la de Sivel. Y lentamente, como una
lámpara eléctrica que comienza a encenderse poco a poco, aquélla
revivió.
—Bien... bien... —repuso al rato, con una voz que
surgía rota del fondo de su naturaleza, trémula todavía por el
sufrimiento pasado.
—¿Mucho dolor ahí? —prosiguió Sivel.
—No... nada... no me duele...
—¡Cómo...! Pero fíjese bien: ¿dolor, no? ¿No le duele
nada, nada?
El otro cerró los ojos y sus labios temblaron un
rato.
—No, nada...
Sivel y Ortiz se miraron intensamente. Donissoff, con
la vista fija en los muñones vendados, no movió un solo músculo.
Entonces Sivel salió, volviendo enseguida con una aguja de coser
heridas. Inclinóse sobre él y, oprimiéndole fuertemente la muñeca,
le preguntó:
—¿Siente?
—No.
Entonces Sivel hundió la aguja entera en el
antebrazo.
—¿Siente?
—No.
Sivel, pálido, se incorporó. Volvió a cubrir al
desvalido y, seguido por sus compañeros, abandonó la pieza.
—Este hombre se muere —dijo sencillamente, cuando
estuvieron solos en el laboratorio. Donissoff no respondió en los
primeros momentos.
—Sí —contestó—. Lo hemos matado. Sus nervios están
quebrados para siempre. Son incapaces ya de la menor reacción
sensitiva. Mañana no verá más, pasado no oirá y luego no respirará.
—Hemos descargado demasiado la pila —observó
sordamente Ortiz.
—Y el acumulador, en cambio, se ha sobrecargado
—apoyó Sivel, quedando un momento con la vista perdida. Cuando la
alzó ya no estaba allí Donissoff.
—¿Y Doni...? —iba a preguntar. Y un grito terrible,
un verdadero aullido de dolor llevado a su paroxismo, le heló las
palabras. Lanzáronse de un salto al cuarto de aquél, pero Donissoff
cerraba en ese instante la puerta por fuera.
—¿Qué, Donissoff? ¿Qué hay? —exclamó Ortiz.
—Nada —repuso aquél—. Entré y estaba en medio del
cuarto...
—¿Y ese grito?
—En cuanto vio la luz... ¡Todavía!
Otro grito de dolor, efectivamente, acababa de oírse.
Era Biógeno, a cuyo vibrante sistema nervioso la menor sensación
arrancaba gritos de agudo dolor. Un pequeño rayo de luz hacíale el
efecto de un deslumbrante fulgor en plena pupila. Si tocaba un
objeto recibía una violenta quemadura. Y el gusto, el oído, el
olfato, todos los órganos de la sensación, puestos en un grado de
terrible excitabilidad por sus creadores, mantenían a aquel
desgraciado en medio de la pieza, tembloroso, angustiado, empapado
en frío sudor de tormento.
¡Sí! Había robado, absorbiendo hasta la última
vibración, toda la potencia nerviosa que surge de una persona a la
que se tortura. La absorción había sido completa, decisiva y fatal:
mientras el uno sentía demasiado, hasta aullar de dolor por la
impresión de un leve rayo de luz, el otro, con los nervios vaciados
y muertos, iba a perder la vida por no sentir nada...
Los tres hombres habían quedado inmóviles ante la
puerta cerrada. Al segundo grito había seguido un tercero y luego de
nuevo el silencio.
—¡Quién sabe! —murmuró Sivel—. Tal vez cuando pierda
un poco de excitabilidad... Entremos de nuevo, Donissoff.
Pero apenas hubieron hecho girar la llave, un
angustioso grito les probó que el ligero ruido de la llave había
torturado el tímpano de aquél. Retrocedieron, con sus esperanzas
hechas pedazos, mientras en el cuarto los gritos continuaban: esta
vez de mucha más intensidad y duración que la primera vez.
Así, durante dos días enteros, los tres asociados
vinieron sintiendo sin la menor tregua el grito aquel que surgía del
cuarto cerrado. Ya no era menester el chirriar de una puerta, la luz
que entrara por ella: los ruidos apagados de la calle, las casi
invisibles filtraciones de luz, el solo contacto de los pies en el
suelo eran para aquella naturaleza que había cobrado vida por medio
de alaridos de dolor un manantial inagotable de tormentos. No habían
pretendido los experimentadores someterlo ni por un instante a la
tortura de la alimentación. Aparte del dolor irresistible que le
hubiera ocasionado un simple trago de agua, habría sido menester
poner sus manos encima de él, violentarlo, exponiéndolo por
consiguiente a que el sufrimiento paroxístico rompiera de una vez
sus nervios, ya tirantes hasta lo indecible.
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