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Mario Vargas Llosa
(1936 / ) nació en la ciudad peruana de Arequipa, en 1936. Conoció
a su padre a los diez años y el episodio del reencuentro le impuso
cambiar los amorosos cuidados de su madre por una férrea disciplina.
Esta circunstancia le hace descubrir algo que el escritor considera
un móvil de su existencia: “el ansia de libertad”. Como confiesa en
sus memorias El pez en el agua (1993), la vocación de
escribir surgiría casi como una rebelión contra la autoridad
paterna.
Concluida la etapa escolar, comienza a desempeñarse como columnista
en periódicos locales de Lima y Piura. En 1953 ingresa a la
Universidad de San Marcos para estudiar Letras y Derecho. Al poco
tiempo entabla una relación amorosa con su tía política, Julia
Urquidi, con quien se casa en 1955.
Viaja a España en 1958 con una beca de estudios, pero un año después
se instala en París. Luego de seis años en esta ciudad, y ya
separado de Julia, regresa a Lima donde se casa con su prima
Patricia Llosa. En 1965 emprende con ella un viaje a Europa. París,
Londres y Barcelona son sus lugares de residencia hasta 1974.
Los sucesos biográficos de este autor
contribuyen en gran medida a la creación de los personajes y
argumentos de algunas de sus grandes novelas. La casa verde
(1966), se ambienta en la sórdida atmósfera que circunda un burdel
de Piura; Conversación en La Catedral (1969), recrea la
opresión de la dictadura de Odría en los ámbitos estudiantiles y
La tía Julia y el escribidor (1977) se puede traducir como una
polémica ficción autobiográfica sobre su primer matrimonio.
Asimismo, La ciudad y los perros,
novela con la que obtendría los premios Biblioteca Breve y de la
Crítica Española en 1963, reflejaría los conflictos transcurridos en
el Colegio Militar Leoncio Prado durante su adolescencia.
Vargas Llosa se desempeñó también como crítico literario, columnista
de prensa y autor teatral. Entre sus libros de análisis literario se
encuentran: Gabriel García Márquez: historia de un deicidio
(1971), La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary (1975) y
Carta de batalla por Tirant lo Blanc (1991). Contra viento
y marea y Desafíos a la libertad (1994), reúnen sus
colecciones de artículos.
Tras
su participación como candidato a la presidencia de Perú en 1990, el
autor se dedicó plenamente a la literatura y eventualmente escribe
artículos que publica en El País. |
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Al lado del camino
había una enorme piedra y, en ella, un sapo; David le apuntaba
cuidadosamente.
—No dispares —dijo
Juan.
David bajó el arma y
miró a su hermano, sorprendido.
—Puede oír los tiros
—dijo Juan.
—¿Estás loco? Faltan
cincuenta kilómetros para la cascada.
—A lo mejor no está
en la cascada —insistió Juan—, sino en las grutas.
—No —dijo David—.
Además, aunque estuviera, no pensará nunca que somos nosotros.
El sapo continuaba
allí, respirando calmadamente con su inmensa bocaza abierta, y,
detrás de sus lagañas, observaba a David con cierto aire malsano.
David volvió a levantar el revólver, apuntó con lentitud y disparó.
—No le diste —dijo
Juan
—Sí le di.
Se acercaron a la
piedra. Una manchita verde delataba el lugar donde había estado el
sapo.
—¿No le di?
—Sí —dijo Juan—, sí
le diste.
Caminaron hacia los
caballos. Soplaba el mismo viento frío y punzante que los había
escoltado durante el trayecto, pero el paisaje comenzaba a cambiar,
el sol se hundía tras los cerros, al pie de una montaña una
imprecisa sombra disimulaba los sembríos, las nubes enroscadas en
las cumbres más próximas habían adquirido el color gris oscuro de
las rocas. David echó sobre sus hombros la manta que había extendido
en la tierra para descansar y luego, maquinalmente, reemplazó en su
revólver la bala disparada. A hurtadillas, Juan observó las manos de
David cuando cargaban el arma y la arrojaban a su funda; sus dedos
no parecían obedecer a una voluntad, sino actuar solos.
—¿Seguimos? —dijo
David.
Juan asintió.
El camino era una
angosta cuesta y los animales trepaban con dificultad, resbalando
constantemente en las piedras, húmedas aún por las lluvias de los
últimos días. Los hermanos iban silenciosos. Una delicada e
invisible garúa les salió al encuentro a poco de partir, pero cesó
pronto. Oscurecía cuando avistaron las grutas, el cerro chato y
estirado como una lombriz que todos conocen con el nombre de Cerro
de los Ojos.
—¿Quieres que veamos
si está ahí? —preguntó Juan.
—No vale la pena.
Estoy seguro que no se ha movido de la cascada. Él sabe que por aquí
podrían verlo, siempre pasa alguien por el camino.
—Como quieras —dijo
Juan.
Y un momento después
preguntó:
—¿Y si hubiera
mentido el tipo ese?
—¿Quién?
—El que nos dijo que
lo vio.
—¿Leandro? No, no se
atrevería a mentirme a mí. Dijo que está escondido en la cascada y
es seguro que ahí está. Ya verás.
Continuaron
avanzando hasta entrada la noche. Una sábana negra los envolvió y,
en la oscuridad, el desamparo de esa solitaria región sin árboles ni
hombres era visible sólo en el silencio que se fue acentuando hasta
convertirse en una presencia semicorpórea. Juan, inclinado sobre el
pescuezo de su cabalgadura, procuraba distinguir la incierta huella
del sendero. Supo que habían alcanzado la cumbre cuando,
inesperadamente, se hallaron en terreno plano. David indicó que
debían continuar a pie. Desmontaron, amarraron— los animales a unas
rocas. El hermano mayor tiró de las crines de su caballo, lo palmeó
varias veces en el lomo y murmuró a su oído:
—Ojalá no te
encuentre helado, mañana.
—¿Vamos a bajar
ahora? —preguntó Juan.
—Sí —repuso David—.
¿No tienes frío? Es preferible esperar el día en el desfiladero.
Allá descansaremos. ¿Te da miedo bajar a oscuras?
—No. Bajemos, si
quieres.
Iniciaron el
descenso de inmediato. David iba adelante, llevaba una pequeña
linterna y la columna de luz oscilaba entre sus pies y los de Juan,
el círculo dorado se detenía un instante en el sitio que debía pisar
el hermano menor. A los pocos minutos, Juan transpiraba
abundantemente y las rocas ásperas de la ladera habían llenado sus
manos de rasguños. Sólo veía el disco iluminado frente a él, pero
sentía la respiración de su hermano y adivinaba sus movimientos:
debía avanzar sobre el resbaladizo declive muy seguro de sí mismo,
sortear los obstáculos sin dificultad. Él, en cambio, antes de cada
paso, tanteaba la solidez del terreno y buscaba un apoyo al que
asirse; aun así, en varias ocasiones estuvo a punto de caer. Cuando
llegaron a la sima, Juan pensó que el descenso tal vez había
demorado varias horas. Estaba exhausto y, ahora, oía muy cerca el
ruido de la cascada. Ésta era una grande y majestuosa cortina de
agua que se precipitaba desde lo alto, retumbando como los truenos,
sobre una laguna que alimentaba un riachuelo. Alrededor de la laguna
había musgo y hierbas todo el año y esa era la única vegetación en
veinte kilómetros a la redonda.
—Aquí podemos
descansar —dijo David.
Se sentaron uno
junto al otro. La noche estaba fría, el aire húmedo, el cielo
cubierto. Juan encendió un cigarrillo. Se hallaba fatigado, pero sin
sueño. Sintió a su hermano estirarse y bostezar; poco después dejaba
de moverse, su respiración era más suave y metódica, de cuando en
cuando emitía una especie de murmullo. A su vez, Juan trató de
dormir. Acomodó su cuerpo lo mejor que pudo sobre las piedras e
intentó despejar su cerebro, sin conseguirlo. Encendió otro
cigarrillo. Cuando había llegado a la hacienda, tres meses atrás,
hacía dos años que no veía a sus hermanos. David era el mismo hombre
que aborrecía y admiraba desde niño, pero Leonor había cambiado, ya
no era aquella criatura que se asomaba a las ventanas de La Mugre
para arrojar piedras a los indios castigados, sino una mujer alta,
de gestos primitivos, y su belleza tenía, como la naturaleza que la
rodeaba, algo de brutal. En sus ojos había aparecido un intenso
fulgor. Juan sentía un mareo que empañaba sus ojos, un vacío en el
estómago, cada vez que asociaba la imagen de aquel que buscaban al
recuerdo de su hermana, y como arcadas de furor. En la madrugada de
ese día, sin embargo, cuando vio a Camilo cruzar el descampado que
separaba la casa—hacienda de las cuadras, para alistar los caballos,
había vacilado.
—Salgamos sin hacer
ruido —había dicho David—. No conviene que la pequeña se despierte.
Estuvo con una
extraña sensación de ahogo, como en el punto más alto de la
cordillera, mientras bajaba en puntas de pie las gradas de la
casa—hacienda y en el abandonado camino que flanqueaba los sembríos;
casi no sentía la maraña zumbona de mosquitos que se arrojaban
atrozmente sobre él, y herían, en todos los lugares descubiertos, su
piel de hombre de ciudad. Al iniciar el ascenso de la montaña, el
ahogo desapareció. No era un buen jinete y el precipicio, desplegado
como una tentación terrible al borde del sendero que parecía una
delgada serpentina, lo absorbió. Estuvo todo el tiempo vigilante,
atento a cada paso de su cabalgadura y concentrando su voluntad
contra el vértigo que creía inminente.
—¡Mira!
Juan se estremeció.
—Me has asustado
—dijo—. Creía que dormías.
—¡Cállate! Mira.
—¿Qué?
—Allá. Mira.
A ras de tierra,
allí donde parecía nacer el estruendo de la cascada, había una
lucecita titilante.
—Es una fogata —dijo
David—. Juro que es él. Vamos.
—Esperemos que
amanezca —susurró Juan: de golpe su garganta se había secado y le
ardía—. Si se echa a correr, no lo vamos a alcanzar nunca en estas
tinieblas.
—No puede oírnos con
el ruido salvaje del agua —respondió David, con voz firme, tomando a
su hermano del brazo—. Vamos.
Muy despacio, el
cuerpo inclinado como para saltar, David comenzó a deslizarse pegado
al cerro. Juan iba a su lado, tropezando, los ojos clavados en la
luz que se empequeñecía y agrandaba como si alguien estuviese
abanicando la llama. A medida que los hermanos se acercaban, el
resplandor de la fogata les iba descubriendo el terreno inmediato,
pedruscos, matorrales, el borde de la laguna, pero no una forma
humana. Juan estaba seguro ahora, sin embargo, que aquel que
perseguían estaba allí, hundido en esas sombras, en un lugar muy
próximo a la luz.
—Es él —dijo David—.
¿Ves?
Un instante, las
frágiles lenguas de fuego habían iluminado un perfil oscuro y
huidizo que buscaba calor.
—¿Qué hacemos?
—murmuró Juan, deteniéndose. Pero David no estaba ya a su lado,
corría hacía el lugar donde había surgido ese rostro fugaz.
Juan cerró los ojos,
imaginó al indio en cuclillas, sus manos alargadas hacia el fuego,
sus pupilas irritadas por el chisporroteo de la hoguera: de pronto
algo le caía encima y él atinaba a pensar en un animal, cuando
sentía dos manos violentas cerrándose en su cuello y comprendía.
Debió sentir un infinito terror ante esa agresión inesperada que
provenía de la sombra, seguro que ni siquiera intentó defenderse, a
lo más se encogería como un caracol para hacer menos vulnerable su
cuerpo y abriría mucho los ojos, esforzándose por ver en las
tinieblas al asaltante. Entonces, reconocería su voz: "¿qué has
hecho, caballa?", "¿qué has hecho, perro?". Juan oía a David y se
daba cuenta que lo estaba pateando, a veces sus puntapiés parecían
estrellarse no contra el indio sino en las piedras de la ribera; eso
debía encolerizarlo más. Al principio, hasta Juan llegaba un gruñido
lento, como si el indio hiciera gárgaras, pero después sólo oyó la
voz enfurecida de David, sus amenazas, sus insultos. De pronto, Juan
descubrió en su mano derecha el revólver, su dedo presionaba
ligeramente el gatillo. Con estupor pensó que si disparaba podía
matar también a su hermano, pero no guardó el arma y, al contrario,
mientras avanzaba hacía la fogata, sintió una gran serenidad.
—¡Basta, David!
—gritó—. Tírale un balazo. Ya no le pegues.
No hubo respuesta.
Ahora Juan no los veía, el indio y su hermano, abrazados, habían
rodado fuera del anillo iluminado por la hoguera. No los veía, pero
escuchaba el ruido seco de los golpes y, a ratos, una injuria o un
hondo resuello.
—David —gritó Juan—,
sal de ahí. Voy a disparar.
Presa de intensa
agitación, segundos después repitió
—Suéltalo, David. Te
juro que voy a disparar
Tampoco hubo
respuesta.
Después de disparar
el primer tiro, Juan quedó un instante estupefacto, pero de
inmediato continuó disparando, sin apuntar, hasta sentir la
vibración metálica del percutor al golpear la cacerina vacía.
Permaneció inmóvil, no sintió que el revólver se desprendía de sus
manos y caía a sus pies. El ruido de la cascada había desaparecido,
un temblor recorría todo su cuerpo, su piel estaba bañada de sudor,
apenas respiraba. De pronto gritó:
—¡David!
—Aquí estoy, animal
—contestó a su lado, una voz asustada y colérica—. ¿Te das cuenta
que has podido balearme a mí también? ¿Te has vuelto loco?
Juan giró sobre sus
talones, las manos extendidas y abrazó a su hermano. Pegado a él,
balbuceaba cosas incomprensibles, gemía y no parecía entender las
palabras de David, que trataba de calmarlo. Juan estuvo un rato
largo repitiendo incoherencias, sollozando. Cuando se calmó, recordó
al indio:
—¿Y ese, David?
—¿Ese? —David había
recobrado su aplomo, hablaba con voz firme—. ¿Cómo crees que está?
La hoguera
continuaba encendida, pero alumbraba muy débilmente. Juan cogió el
leño más grande y buscó al indio. Cuando lo encontró, estuvo
observando un momento con ojos fascinados y luego el leño cayó a
tierra y se apagó.
—¿Has visto, David?
—Sí, he visto.
Vámonos de aquí.
Juan estaba rígido y
sordo, como en un sueño sintió que David lo arrastraba hacía el
cerro. La subida les tomó mucho tiempo. David sostenía con una mano
la linterna y con la otra a Juan, que parecía de trapo: resbalaba
aún en las piedras más firmes y se escurría hasta el suelo, sin
reaccionar. En la cima se desplomaron, agotados. Juan hundió la
cabeza en sus brazos y permaneció tendido, respirando a grandes
bocanadas. Cuando se incorporó, vio a su hermano, que lo examinaba a
la luz de la linterna.
—Te has herido —dijo
David—. Voy a vendarte.
Rasgó en dos su
pañuelo y con cada uno de los retazos vendó las rodillas de Juan,
que asomaban a través de los desgarrones del pantalón, bañadas en
sangre.
—Esto es provisional
—dijo David—. Regresemos de una vez. Puede infectarse. No estás
acostumbrado a trepar cerros. Leonor te curará.
Los caballos
tiritaban y sus hocicos estaban cubiertos de espuma azulada. David
los limpió con su mano, los acarició en el lomo y en las ancas,
chasqueó tiernamente la lengua junto a sus orejas. "Ya vamos a
entrar en calor", les susurró.
Cuando montaron,
amanecía. Una claridad débil abarcaba el contorno de los cerros y
una laca blanca se extendía por el entrecortado horizonte, pero los
abismos continuaban sumidos en la oscuridad. Antes de partir, David
tomó un largo trago de su cantimplora y la alcanzó a Juan, que no
quiso beber. Cabalgaron toda la mañana por un paisaje hostil,
dejando a los animales imprimir a su capricho el ritmo de la marcha.
Al mediodía, se detuvieron y prepararon café. David comió algo del
queso y las habas que Camilo había colocado en las alforjas. Al
anochecer avistaron dos maderos que formaban un aspa. Colgaba de
ellos una tabla donde se leía: La Aurora. Los caballos relincharon:
reconocían la señal que marcaba el límite de la hacienda.
—Vaya —dijo David—.
Ya era hora. Estoy rendido. ¿Cómo van esas rodillas?
Juan no contestó.
—¿Te duelen?
—insistió David.
—Mañana me largo a
Lima —dijo Juan.
—¿Qué cosa?
—No volveré a la
hacienda. Estoy harto de la sierra. Viviré siempre en la ciudad. No
quiero saber nada con el campo.
Juan miraba al
frente, eludía los ojos de David que lo buscaban.
—Ahora estás
nervioso —dijo David—. Es natural. Ya hablaremos después.
—No —dijo Juan—.
Hablaremos ahora.
—Bueno —dijo David,
suavemente—. ¿Qué te pasa?
Juan se volvió hacía
su hermano, tenía el rostro demacrado, la voz hosca.
—¿Qué me pasa? ¿Te
das cuenta de lo que dices? ¿Te has olvidado del tipo de la cascada?
Si me quedo en la hacienda voy a terminar creyendo que es normal
hacer cosas así.
Iba a agregar "como
tú", pero no se atrevió.
—Era un perro
infecto —dijo David—. Tus escrúpulos son absurdos. ¿Acaso te has
olvidado lo que le hizo a tu hermana?
El caballo de Juan
se plantó en ese momento y comenzó a corcovear y alzarse sobre las
patas traseras.
—Se va a desbocar,
David —dijo Juan.
—Suéltale las
riendas. Lo estás ahogando.
Juan aflojó las
riendas y el animal se calmó.
—No me has
respondido —dijo David—. ¿Te has olvidado por qué fuimos a buscarlo?
—No —contestó Juan—.
No me he olvidado.
Dos horas después
llegaban a la cabaña de Camilo, construida sobre un promontorio,
entre la casa—hacienda y las cuadras. Antes que los hermanos se
detuvieran, la puerta de la cabaña se abrió y en el umbral apareció
Camilo. El sombrero de paja en la mano, la cabeza respetuosamente
inclinada, avanzó hacía ellos y se paró entre los dos caballos,
cuyas riendas sujetó.
—¿Todo bien? —dijo
David.
Camilo movió la
cabeza negativamente.
—La niña Leonor...
—¿Que le ha pasado a
Leonor? —lo interrumpió Juan, incorporándose en los estribos.
En su lenguaje
pausado y confuso, Camilo explicó que la niña Leonor, desde la
ventana de su cuarto, había visto partir a los hermanos en la
madrugada y que, cuando ellos se hallaban apenas a unos mil metros
de la casa, había aparecido en el descampado, con botas y pantalón
de montar, ordenando a gritos que le prepararan su caballo. Camilo,
siguiendo las instrucciones de David, se negó a obedecerla. Ella
misma, entonces, entró decididamente a las cuadras y, como un
hombre, alzó con sus brazos la montura, las mantas y los aperos
sobre el Colorado, el más pequeño y nervioso animal de La Aurora que
era su preferido.
Cuando se disponía a
montar, las sirvientas de la casa y el propio Camilo la habían
sujetado; durante mucho rato soportaron los insultos y los golpes de
la niña, que, exasperada, se debatía y suplicaba y exigía que la
dejaran marchar tras sus hermanos.
—¡Ah, me las pagará!
—dijo David—. Fue Jacinta, estoy seguro. Nos oyó hablar esa noche
con Leandro, cuando servía la mesa. Ella ha sido.
La niña había
quedado muy impresionada, continuó Camilo. Luego de injuriar y
arañar a las criadas y a él mismo, comenzó a llorar a grandes voces,
y regresó a la casa. Allí permanecía, desde entonces, encerrada en
su cuarto.
Los hermanos
abandonaron los caballos a Camilo y se dirigieron a la casa.
—Leonor no debe
saber una palabra —dijo Juan.
—Claro que no —dijo
David—. Ni una palabra.
Leonor supo que
habían llegado por el ladrido de los perros. Estaba semidormida
cuando un ronco gruñido cortó la noche y bajo su ventana pasó, como
una exhalación, un animal acezante. Era Spoky, advirtió su carrera
frenética y sus inconfundibles aullidos. En seguida escuchó el trote
perezoso y el sordo rugido de Domitila, la perrita preñada. La
agresividad de los perros terminó bruscamente, a los ladridos
sucedió el jadeo afanoso con que recibían siempre a David. Por una
rendija vio a sus hermanos acercarse a la casa y oyó el ruido de la
puerta principal que se abría y cerraba. Esperó que subieran la
escalera y llegaran a su cuarto. Cuando abrió, Juan estiraba la mano
para tocar.
—Hola, pequeña —dijo
David.
Dejó que la
abrazaran y les alcanzó la frente, pero ella no los besó. Juan
encendió la lámpara.
—¿Por qué no me
avisaron? Han debido decirme. Yo quería alcanzarlos, pero Camilo no
me dejó. Tienes que castigarlo, David, si vieras cómo me agarraba,
es un insolente y un bruto. Yo le rogaba que me soltara y él no me
hacía caso.
Había comenzado a
hablar con energía, pero su voz se quebró. Tenía los cabellos
revueltos y estaba descalza. David y Juan trataban de calmarla, le
acariciaban los cabellos, le sonreían, la llamaban pequeñita.
—No queríamos
inquietarte —explicaba David—. Además, decidimos partir a última
hora. Tú dormías ya.
—¿Qué ha pasado?
—dijo Leonor.
Juan cogió una manta
del lecho y con ella cubrió a su hermana. Leonor había dejado de
llorar. Estaba pálida, tenía la boca entreabierta y su mirada era
ansiosa.
—Nada —dijo David—.
No ha pasado nada. No lo encontramos.
La tensión
desapareció del rostro de Leonor, en sus labios hubo una expresión
de alivio.
—Pero lo
encontraremos —dijo David. Con un gesto vago indicó a Leonor que
debía acostarse. Luego dio media vuelta.
—Un momento, no se
vayan —dijo Leonor.
Juan no se había
movido.
—¿Sí? —dijo David—.
¿Qué pasa, chiquita?
—No lo busquen más a
ese.
—No te preocupes
—dijo David—, olvídate de eso. Es un asunto de hombres. Déjanos a
nosotros.
Entonces Leonor
rompió a llorar nuevamente, esta vez con grandes aspavientos. Se
llevaba las manos a la cabeza, todo su cuerpo parecía electrizado, y
sus gritos alarmaron a los perros, que comenzaron a ladrar al pie de
la ventana. David le indicó a Juan con un gesto que interviniera,
pero el hermano menor permaneció silencioso e inmóvil.
—Bueno, chiquita
—dijo David—. No llores. No lo buscaremos.
—Mentira. Lo vas a
matar. Yo te conozco.
—No lo haré —dijo
David—. Si crees que ese miserable no merece un castigo...
—No me hizo nada
—dijo Leonor, muy rápido, mordiéndose los labios.
—No pienses más en
eso —insistió David—. Nos olvidaremos de él. Tranquilízate, pequeña.
Leonor seguía
llorando, sus mejillas y sus labios estaban mojados y la manta había
rodado al suelo.
—No me hizo nada
—repitió—. Era mentira.
—¿Sabes lo que
dices? —dice David.
—Yo no podía
soportar que me siguiera a todas partes —balbuceaba Leonor—. Estaba
tras de mí todo el día, como una sombra.
—Yo tengo la culpa
—dijo David, con amargura—. Es peligroso que una mujer ande suelta
por el campo. Le ordené que te cuidara. No debí fiarme de un indio.
Todos son iguales.
—No me hizo nada,
David —clamó Leonor—. Créeme, te estoy diciendo la verdad.
Pregúntale a Camilo, él sabe que no pasó nada. Por eso lo ayudó a
escaparse. ¿No sabías eso? Sí, él fue. Yo se lo dije. Sólo quería
librarme de él, por eso inventé esa historia. Camilo sabe todo,
pregúntale.
Leonor se secó las
mejillas con el dorso de la mano. Levantó la manta y la echó sobre
sus hombros. Parecía haberse librado de una pesadilla.
—Mañana hablaremos
de eso —dijo David—. Ahora estamos cansados. Hay que dormir.
—No —dijo Juan.
Leonor descubrió a
su hermano muy cerca de ella: había olvidado que Juan también se
hallaba allí. Tenía la frente llena de arrugas, las aletas de su
nariz palpitaban como el hociquito de Spoky.
—Vas a repetir ahora
mismo lo que has dicho —le decía Juan, de un modo extraño—. Vas a
repetir cómo nos mentiste.
—Juan —dijo David—.
Supongo que no vas a creerle. Ahora es que trata de engañarnos.
—He dicho la verdad
—rugió Leonor; miraba alternativamente a los hermanos—. Ese día le
ordené que me dejara sola y no quiso. Fui hasta el río y él detrás
de mí. Ni siquiera podía bañarme tranquila. Se quedaba parado,
mirándome torcido, como los animales. Entonces vine y les conté eso.
—Espera, Juan —dijo
David—. ¿Dónde vas? Espera.
Juan había dado
media vuelta y se dirigía hacía la puerta; cuando David trató de
detenerlo, estalló. Como un endemoniado comenzó a proferir
improperios: trató de puta a su hermana y a su hermano de caballa y
de déspota, dio un violento empujón a David que quería cerrarle el
paso, y abandonó la casa a saltos, dejando un reguero de injurias.
Desde la ventana, Leonor y David lo vieron atravesar el descampado a
toda carrera, vociferando como un loco, y lo vieron entrar a las
cuadras y salir poco después montando a pelo el Colorado. El mañoso
caballo de Leonor siguió dócilmente la dirección que le indicaban
los inexpertos puños que tenían sus riendas; caracoleando con
elegancia, cambiando de paso y agitando las crines rubias de la cola
como un abanico, llegó hasta el borde del camino que conducía, entre
montañas, desfiladeros y extensos arenales, a la ciudad. Allí se
rebeló. Se irguió de golpe en las patas traseras relinchando, giró
como una bailarina y regresó al descampado, velozmente.
—Lo va a tirar —dijo
Leonor.
—No —dijo David, a
su lado—. Fíjate. Se sostiene.
Muchos indios habían
salido a las puertas de las cuadras y contemplaban, asombrados, al
hermano menor que se mantenía increíblemente seguro sobre el caballo
y a la vez taconeaba con ferocidad sus ijares y le golpeaba la
cabeza con uno de sus puños. Exasperado por los golpes, el Colorado
iba de un lado a otro, encabritado, brincaba, emprendía vertiginosas
y brevísimas carreras y se plantaba de golpe, pero el jinete parecía
soldado a su lomo. Leonor y David lo veían aparecer y desaparecer,
firme como el más avezado de los domadores, y estaban mudos,
pasmados. De pronto, el Colorado se rindió: su esbelta cabeza
colgando hacía el suelo, como avergonzado, se quedó quieto,
respirando fatigosamente. En ese momento creyeron que regresaba;
Juan dirigió el animal hacía la casa y se detuvo ante la puerta,
pero no desmontó. Como si recordara algo, dio media vuelta y a trote
corto marchó derechamente hacía esa construcción que llamaban La
Mugre. Allí bajó de un brinco. La puerta estaba cerraba y Juan hizo
volar el candado a puntapiés. Luego indicó a gritos a los indios que
estaban adentro, que salieran, que había terminado el castigo para
todos. Después volvió a la casa, caminando lentamente. En la puerta
lo esperaba David. Juan parecía sereno; estaba empapado de sudor y
sus ojos mostraban orgullo. David se aproximó a él y lo llevó al
interior tomado del hombro.
—Vamos —le decía—.
Tomaremos un trago mientras Leonor te cura las rodillas.
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