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Hugo Pretzel vio el punto que se iba agrandando en el camino desde
la torre. No se movió. Sabía que era la bicicleta del viejo Roberts
y que tardaría una buena media hora en llegar. En los primeros meses
era incapaz de distinguirla entre el refulgir de las planchas, pero
ahora sabía con poco margen de error a qué distancia estaba. Lo
había esperado desde la mañana anterior. Con seguridad el tren se
había retrasado, como tantas veces antes. O las revistas se habían
demorado en la Aduana de Gran Ladocta, o en la entrada al Norte.
Rogó que el número de El Tony no hubiera tenido problemas con la
censura: alguna historieta que hiciera referencia directa a la
Guerra, o que socavara los intereses del Norte, o que hiciera la
apología encubierta de República Capital. Lo dudaba: había
demasiados lectores en el antiguo interior como para que
descuidaran esos detalles. Paseó la mirada sobre la extensión de
planchas, una llanura centelleante de células solares. Vio que
varias fallaban en el sector 4, a unos 500 metros de distancia. Era
algo que lo aburría: distinguir los puntos de menor reflejo, marcar
la planilla, pedir línea al atardecer, hacer el reclamo, y esperar
que mandaran células de repuesto desde Salta.
"Pobre viejo, hace calor" pensó. Pero siempre hacía calor. Salvo una
que otra tormenta, como la de cinco años atrás, que había inundado
el páramo en menos de tres horas y lo había dejado otra vez reseco
en medio día de viento fuerte. Bajó despacio los escalones de la
escalerita de metal. Caminó bajo la sombra de las hileras de chapas
más cercanas hasta la casa. Cruzó el breve espacio de sol quemante,
abrió la puerta y entró. La diferencia con el exterior no era
demasiado evidente. Sacó una botella de soda de la heladera y se
sirvió un vaso. Fue hasta el dormitorio y tomó los treinta pesos
norteños para pagar El Tony y dos de propina para el viejo Roberts.
Caminó una vez más bajo las planchas, hasta llegar al límite. Allí
comenzaba el páramo, en el borde mismo de la enorme extensión
centelleante. Un suelo rojizo, duro como piedra, que parecía seguir
liso hasta las montañas lejanas. Había unos cincuenta metros hasta
el alambrado que rodeaba el complejo. Y junto a la entrada los
restos irreconocibles de los carteles que en otros tiempos habían
anunciado con orgullo la planta de energía solar y la prohibición de
entrada a particulares, antes de ser desmenuzados por el sol, el
viento y las tormentas.
Técnicamente el viejo Roberts no tendría que haber pasado del
alambre. Era él quien debería haber caminado hasta la entrada para
recibir la revista y pagarle bajo la cruda luz del sol. Pero, como
siempre, esperó a la sombra, bajo la última hilera de chapas, vio
cómo el viejo desmontaba de la bicicleta con su imperecedera gorra
de cartero, cómo la apoyaba con gestos precisos contra el poste de
entrada, y cómo saltaba ágilmente la cerca, sin molestarse en
abrirla.
A
medio camino sacó el número de El Tony de la gastadísima bolsa de
cuero y lo agitó en el aire, sonriendo. Cuando llegó a él se lo dio
sin una palabra, recibió los treinta y dos pesos y abrió los labios
resecos por primera vez. Escupió un salivazo turbio de coca y le
dijo:
—Se agradece, señor Pretzel. Pero no es todo. Hay una nota de la
muchacha.
Estaba mirando la tapa colorida de El Tony, levantó la cabeza
intrigado. Clarisa nunca le escribía. Lo había hecho en los primeros
meses, cuando la conoció, poco después de llegar a La Rioja a
ocuparse de la central de energía solar. Pero a partir de entonces,
nunca. El viejo Roberts le tendió el sobre prolijo y celeste con
una sonrisa aún mayor, y apenas lo tomó se apartó unos pasos de él
con el mismo respeto por su intimidad con que había dicho "la
muchacha" en vez de "Clarisa", aunque la conociera desde hacía
muchos más años que él. Estuvo a punto de abrirlo allí mismo, pero
lo dejó entre las páginas de El Tony cerrado, y miró cómo el viejo
Roberts llegaba al alambrado, abría calmosamente la tranquera
destartalada en que se había convertido la puerta de la Central con
el paso del tiempo, y apartaba la bicicleta del poste, montaba,
comenzaba a pedalear pausado con sus piernas de alambre, inclinando
un poco el cuerpo hacia adelante, mascando coca.
Mientras caminaba hacia la casa, miró dos o tres veces el sobre
celeste que asomaba entre las páginas de la revista, como tratando
de adivinar sin abrirlo el tono de lo que contenía. A dos años y
medio de iniciada, la relación con Clarisa seguía siendo algo en
suspenso, una especie de pájaro planeando alto sobre la vida de los
dos, sin que pudiera saberse, hasta que se posara, si era inofensivo
y bello o un ave de rapiña. Casi lo habría aliviado que la nota
dijera "lo nuestro ha terminado" o alguna frase igualmente
definitoria. En los últimos metros bajó la mano que sostenía la
revista y fue golpeteándola contra los postes que sostenían las
células solares.
Pero cuando llegó al borde del techo de planchas recalentadas se
detuvo en seco, enfrentando el corto tramo de suelo rojo
achicharrado por el sol. Le parecía una extensión enorme, imposible
de franquear. Y supo que la sensación iba unida al papel que
contenía el sobre. Había llegado al límite de su aparente
indiferencia. Se dejó resbalar contra un poste hasta quedar
sentado, sacó el sobre y apartó la revista, aunque mirándole una vez
más la tapa de brillantes colores, donde el rostro gigantesco de
"Chico" Stevens sonreía al lector sobre un fondo de muchachas en
bikini y tipos pegándose con manoplas y cadenas. Desgarró el borde
del sobre pero no sacó el papel. Levantó la revista y le dio un
vistazo al índice. Sí: traía Historias del Obelisco. Tranquilizado,
extrajo el papel, que era rosado e integraba con el celeste del
sobre una combinación que le hizo recordar los vestidos de Clarisa,
su cuerpo, aunque no la cara. Era pequeño y estaba doblado al
medio. Tenía cuatro líneas escritas con su letra grande y redonda:
"Necesito verte el viernes a las ocho. En la plaza. Besos. Clarisa".
O
sea que el pájaro seguía suspendido, inmóvil. Era lunes, la había
visto hacía apenas dos días, el sábado. Y no creía que en Velázquez
pudiera ocurrir algo que hiciera necesaria su presencia antes del
sábado siguiente. Pero tomó nota y tradujo: las ocho significaba las
ocho de la noche. La plaza no era la plaza central sino la antigua,
que estaba a las afueras del pueblo, abandonada y salvaje, y donde
se encontraban casi siempre para una media hora de caricias y jadeos
en aumento que ella sabía interrumpir con gran precisión sin
ofenderlo, desde hacía dos años y medio, para luego dirigirse juntos
a la plaza grande, a dar el paseo en público. "Ya es casi como ir al
cine" pensó. Estuvo a punto de arrugar el papel y tirarlo, pero no
lo hizo, del mismo modo que había estado a punto en muchas ocasiones
de arrojar a Clarisa de su mente y quedarse uno, dos o diez fines de
semana en la torre, solo, pidiendo las provisiones por intermedio
del viejo Roberts y releyendo viejos números de El Tony, sin
haberse decidido nunca a concretarlo. Cruzó ahora con tranquilidad
los pocos metros de sol y entró a la casa.
Sacó carne en conserva y mayonesa de la heladera. Abrió una bolsa de
pan en rebanadas y se preparó un sándwich. Clavó la nota de Clarisa
en la pared de madera de la casa, junto al almanaque y el reloj
despertador, aunque sabía que no olvidaría la cita. Sacó la botella
de soda, se sirvió un vaso grande y se dispuso a leer El Tony Había
algo que lo seguía incomodando, una leve irritación Recordó: las
planchas falladas del sector 4. "Acordarse de llamar al atardecer",
anotó mentalmente. Y buscó las Historias del Obelisco. Siempre
venían en la parte central, en colores.
Le
gustaba más que cualquier otra historieta. Y cuando se interrogaba
por el motivo, reconocía que no era por los personajes o los temas,
sino por la presencia que le daba título: aquella aguja de cemento
que en diversas partes del relato aparecía como fondo. Y que daba
origen a la línea recurrente con que empezaba cada episodio:
"Ocurrió en la época en que el Obelisco aún vivía". Le gustaba la
forma en que estaba escrita, el tratamiento del Obelisco como si
fuera un ser vivo. Ahora, como en todas las ocasiones anteriores,
hizo un recorrido visual previo de los dibujos, asegurándose de que
cada tanto el monumento apareciese al fondo de una calle, o en
primer plano. Después empezó a leerla ordenadamente, con calma. El
tema no era original, y podría haber ocurrido perfectamente en la
República Capital presente, con personas que se desencontraban,
subterráneos, tejidos de sentimientos que se repetían hasta el
hartazgo. Pero la presencia del Obelisco la transformaba, al menos
para él, en una historia extraña, como de un remoto pasado. Para él
el Obelisco era tan lejano y misterioso como las Pirámides o la
Esfinge, con la ventaja adicional de que ya no existía, y uno
podría imaginar más libremente la forma en que lo bañaba la luz del
amanecer o del crepúsculo, su presencia en las mentes de quienes
habían tenido la suerte de vivir cuando aún existía.
Pretzel había nacido cuatro años después de su desaparición, o sea
cuatro años después del fin de la guerra. Y había ido hasta la
plaza, luego de cruzar la ancha avenida, y había observado con sus
ojos de seis o siete años cómo las cuadrillas municipales demolían y
retiraban los últimos restos, la ruina cuadrada y extensa que había
constituido la base. Y había paseado entre la cuidada geometría de
canteros que lo reemplazaron, hasta que en la adolescencia había
comprendido al fin que el Obelisco ya no existía, era imposible
relacionarlo con aquella plaza de flores y arbustos pequeños.
Terminó de leer el episodio, con un cuadro a toda página en que los
dos protagonistas se despedían con la perspectiva majestuosa del
monumento alzándose en escorzo hacia el cielo, y se sirvió más soda.
Hojeó distraído el resto del número. Leyó a los saltos el capítulo
de "Chico" Stevens, que no variaba en nada el tono de los
anteriores. Dejó el resto para más adelante, para ir leyéndolo
durante la semana, en las largas horas de vigilancia en la torre.
Se
fijó en la hora. Eran las dos y media de la tarde. Quedaba sólo una
hora y media de luz ideal para ver con claridad del sector 4. Pensó
en dormir un poco e ir después, pero desechó la idea. A partir de
las cuatro los rayos del sol serían demasiado oblicuos, borroneando
los contornos de las células de silicio falladas. Y a veces un día
de diferencia en la comunicación con La Rioja significaba una semana
de demora en el envío de los repuestos desde Salta. Subió
cansinamente los escalones de metal sintiendo los rayos del sol como
un peso sobre la espalda. La única ventaja de la sequedad absoluta
del páramo era que no hacía transpirar demasiado. Sólo una mancha de
tamaño variable sobre la espalda y las axilas. Recordaba que en
República Capital tenía que limpiarse el sudor de la frente con
frecuencia en los largos meses del verano. Sacó los prismáticos y
fue marcando en una planilla con la representación gráfica de la
extensión de células, las que reflejaban la luz con una intensidad
notablemente inferior a la normal. Eran casi veinte sobre un total
de trescientas.
Cuando recién había comenzado con el trabajo, tres años atrás, tenía
la paciencia de controlarlas yendo por debajo hasta la zona afectada
y probándolas con un téster. Después se había dado cuenta de que no
valía la pena. Desde la torre aparecía como un hueco en un paisaje
llano, como un lago gris en la casi infinita extensión centelleante,
y con los prismáticos podía distinguir con nitidez los bordes. Era
poco común que fallaran planchas aisladas. Casi siempre lo hacían en
grupo, y siempre se trataba de unidades adyacentes. Unos meses atrás
había leído una teoría acerca de que podía tratarse de una especie
de "contagio" o "fatiga" sincrónica del material. Para él la razón
era evidente: mala fabricación, distribución despareja de la capa de
silicio sobre la que incidía la luz solar. Dobló la planilla y la
metió en la carpeta. Apoyó los brazos sobre la baranda, sentado en
la sillita de madera, perdió la mirada en la llanura brillante.
La
torre estaba ubicada en el centro exacto y el panorama que podía
contemplar desde cualquiera de los cuatro lados de la casilla era el
mismo: una extensión cegadora, que se perdía de vista. El tamaño
ideal de la central hubiera sido diez kilómetros cuadrados, pero
tenía solo cinco. Rendía una cantidad escasa de energía que apenas
alcanzaba para Velázquez y sólo en las horas pico de sol: de las
diez y media de la mañana a las cuatro de la tarde, y un par de
horas menos en invierno. Después el pequeño pueblo, que había
surgido junto y a causa de la construcción de la central, pasaba a
depender en un porcentaje cada vez más alto (que alcanzaba el ciento
por ciento al atardecer o en los días nublados) de la energía
procedente de La Rioja.
El
calor y la luz lo adormecían. Empezó a sentir dolor en la parte
posterior del cráneo. Extrajo los anteojos oscuros del bolsillo de
la camisa y se los puso. Se quedó paseando la mirada sobre las
planchas brillantes, pensando en la nota de Clarisa, en el viejo
Roberts, en el Obelisco. Teóricamente, tendría que haber pasado a
controlar desde otro de los costados cada quince minutos. Pero
también teóricamente, de acuerdo con la legislación de Centrales
Solares, la dotación mínima de la Central tendría que haber sido de
cuatro hombres y no de uno. Lo había sido durante los primeros
quince años. Luego el equipo fue reduciéndose hasta llegar a dos
integrantes cuando él tomó el puesto, y a uno sólo seis meses
después.
—Pagar otro sueldo sería antieconómico —le habían dicho en la
austera oficina del Ministerio de Energía, en Velázquez—. Puede
tomarlo o dejarlo.
En
compensación, le asignaron un sobresueldo por "zona peligrosa"
aunque los peligros del páramo eran improbables, salvo una
enfermedad fulminante que lo tendiera lejos del teléfono. "O
quedarse ciego mirando las planchas, en un día de pereza. O dormirse
al aire libre en la única tormenta de la década, y que te reviente
un rayo", había pensado en aquel momento, sabiendo que se trataba de
un simple incentivo pasajero, pronto devorado por la inflación,
sobre todo si tenía la intención de gastarlo en cualquier lugar que
no fuera la República del Norte, donde la vida era barata porque la
vida casi no existía, seguía vegetando en páramos desolados o
ciudades de arquitectura colonial, como antes de la Guerra.
A
las cuatro bajó los escalones, con una pereza creciente, sintiendo
un leve ardor en el estómago. A veces dormía tendido bajo las
planchas. No era muy fresco, pero las horas en la torre le habían
creado el hábito de una extensión de superficies que se perdieran de
vista a su alrededor: los postes que sostenían las amplias células
de silicio eran algo intermedio entre la ardiente superficie del
llano colector y el espacio cerrado de la casa. Sin embargo hoy se
sentía abrumado por el calor. Tal vez era la nota de Clarisa, o la
fatiga de tener que hacer la llamada a La Rioja para pedir
repuestos. Cualquiera fuese el motivo, siguió caminando sin
detenerse, cruzó la zona de sol, ahora menos aplastante, levantó El
Tony al pasar por la cocina y entró al dormitorio. No prendió la
luz. El cuarto estaba bañado por un reflejo azulado que entraba por
las junturas de la ventana. Se dejó caer en la cama, vestido. Se
desabrochó la camisa y se durmió en el acto.
Lo
despertó el frío. El resplandor azul de la ventana había
desaparecido. Se estremeció un poco, estornudó. No habían bastado
tres años para acostumbrarse al cambio violento entre el día y la
noche, cuando la temperatura daba un brusco salto del calor a un
frío cortante. Buscó una remera en el ropero y salió del
dormitorio, sin encender la luz. La pequeña repisa de madera con el
teléfono estaba junto a la cocina a gas. Movió la manivela que lo
ponía en contacto con la central telefónica de Velázquez. Como
siempre tardó un poco. Por la puerta abierta entraba el levísimo
resplandor del atardecer. Vio cómo un lagarto cruzaba con rapidez
el espacio entre la casa y las células, una sombra negra contra la
densa penumbra azul. Al fin la voz áspera de la telefonista le
preguntó qué número necesitaba. Repitió de memoria el del
Departamento Energético Solar de La Rioja y le preguntó qué demora
habría, inútilmente: la respuesta de la telefonista siempre guardaba
una relación incoherente con la demora real. Colgó el tubo y sacó el
sillón de paja a la pequeña galería que había ante la casa. El
llamado podía demorar entre una y dos horas. Volvió a entrar y se
puso un pulóver, para no tener que levantarse otra vez. Pensó en
tomar unos mates, pero la idea de encender la luz, la cocina a gas,
colocar el agua y esperar, lo desanimó. Cuando se despertaba entre
el día y la noche, sentía una especie de respeto por la penumbra
creciente. En ocasiones se limitaba a quedarse adentro. Otras
veces, como hoy, prefería sacar el sillón de paja afuera y sentirse
rodeado por el frío y la oscuridad, un verdadero bálsamo después de
las horas centelleantes en la torre.
Se
sentó y estiró las piernas sobre las maderas. Los talones llegaban
casi al borde: era una galería angosta. Cuando había llegado a la
Central fumaba en pipa, y al ver la pequeña galería se había
imaginado sentado, fumando, en los momentos calmos como éste,
haciendo subir una delgada columna de humo en el aire quieto del
páramo. Curiosamente, había dejado de fumar a los pocos meses. Se
había dicho a sí mismo que era por las dificultades para conseguir
buen tabaco en Velázquez, pero sabía que bastaba con traerse una
buena provisión de La Rioja, o en uno de los cuatro viajes que había
hecho a República Capital, a visitar a sus padres.
Nunca se quedaba dormido afuera, en la galería. El aire nocturno
parecía despertarlo, ponerlo más alerta. Trataba de distinguir el
contorno impreciso de las montañas lejanas, o el movimiento de los
lagartos que cruzaban la zona vacía que lo separaba de las primeras
filas de células solares. Habían ido aumentando sus correrías a lo
largo de los tres años, a medida que advertían el escaso interés
que tenía en ellos. Algunos se atrevían a acercarse a menos de un
metro de donde estaba sentado. Por un tiempo había acostumbrado
hablarles en voz baja, diciéndoles cosas sencillas, las cosas que se
le dicen a un perro o a un caballo. Pero una vez se lo había
comentado al viejo Roberts y el viejo le había dicho: "Sí, uno
empieza hablándole a los lagartos". Y dejó de hacerlo.
Se
movió un poco, sentía un leve calambre en el hombro. Pensó en entrar
pero se quedó inmóvil. Le pareció oír el canto o el vuelo de un
pájaro sobre las planchas. Cambió de posición las piernas. Tenía las
manos entrelazadas sobre el pecho, los nudillos fríos y las palmas
cálidas, contra la lana del pulóver. El timbre del teléfono lo sacó
del ensimismamiento. Se levantó con movimientos torpes y entró a la
casa.
Esta vez encendió la luz, para no llevarse nada por delante. Levantó
el tubo cuando sonaba el tercer timbre largo.
—Su llamada, señor —dijo una voz de muchacha, totalmente distinta a
la primera.
—Sí, gracias —dijo, y empezó a oír ruidos extraños, vientos que se
deslizaban sobre arena, el ruido lejano de olas rompiendo contra un
acantilado, como fondo de sonidos más secos: golpes metálicos, leves
estallidos. Se apoyó contra la pared. La comunicación con La Rioja
era siempre problemática. "Hola, hola", dijo por las dudas. La voz
de la muchacha se impuso con nitidez a todos los sonidos.
—Espere un momento más sin cortar, señor. Estamos haciendo lo
posible.
Esperó. Sin soltar el tubo acercó una silla enganchándola con la
punta del pie y se sentó. Se entretuvo en mirar el movimiento del
minutero del reloj despertador que estaba sobre la mesa. Dio dos
vueltas completas, lentas.
—Hola, hola —dijo en voz baja. No obtuvo respuesta. Ya se había
acostumbrado tanto a los ruidos que casi no los sentía. La voz de la
muchacha no apareció—. Hola —dijo más fuerte.
—Sí, señor, por favor cuelgue un momento que ya lo llamamos.
Colgó el receptor sin apuro. Durante el primer año estas
dificultades lo llenaban de ira. Pero aún no podía enfurecerse
siempre por el mismo y pequeño motivo. Ahora se conformaba con
obtener la comunicación a cualquier hora, o con no obtenerla.
Durante el segundo año había encontrado la fórmula mental para lo
que sentía: "Es asunto de ellos".
Leyó una historieta más de El Tony. Transcurría en un pueblito de
Gran Ladocta, en las sierras, al que llegaba un extraño de
movimientos lentos y cara siniestra. La vida del pueblito parecía
detenida, inmóvil. Una muchacha rubia se interesaba en el forastero.
El resto del pueblo lo odiaba, porque había venido a turbar la paz,
sin que la historieta explicara muy bien por qué. Mientras terminaba
de leer con desgano las últimas imágenes, donde el extraño se
baleaba con dos o tres hombres delgados y oscuros que llegaban a
buscarlo, para morir en brazos de la muchacha rubia, se preguntó si
aún quedaría algún pueblito como ése en las sierras, luego del
éxodo masivo de los habitantes a Córdoba, capital de Gran Ladocta,
en la época en que se instalaron las fábricas de cohetes y
colocaron la cúpula climática. Supuso que sí, pero aun así la
historieta resultaba inverosímil, mal dibujada y peor escrita.
En
realidad El Tony era una revista mediocre, y debía reconocer que
sus sentimientos respecto a las Historias del Obelisco tenían más
que ver con motivos personales que con valores reales. La dejó a un
lado y fue hasta la heladera, sacó el último pedazo de carne fría
que quedaba y lo cortó en tiras largas, las puso entre dos
rebanadas de pan y empezó a masticar mecánicamente. Sin saber por
qué, el sabor de la carne le recordó a Clarisa, los labios de
Clarisa. Eran lo que mejor conocía de ella. Los había mordido en la
plaza antigua de Velázquez muchas veces, y unas pocas en la media
cuadra que separaba la plaza mayor de la casa de ella, cuando
regresaban del cine en una noche fría. Y también le había apretado
los brazos, los hombros, aunque siempre cubiertos por las delgadas
blusas que ella usaba, o había apoyado sus rodillas contra las de
Clarisa, en ocasiones aun más escasas. El resto era territorio
desconocido. Cada vez que se despedían volvía a asombrarlo la
habilidad y firmeza con que le había impedido pasar a mayores sin
hablarle, simplemente moviéndose, escurriéndose. El timbre del
teléfono disolvió los labios de Clarisa.
Esta vez la comunicación fue inmediata. Lo atendió un tal Fernández,
al que nunca había visto, pero que por la voz, tantas veces oída,
imaginaba alto, preciso, formal, de bigote recortado, alguien que se
sentía obligado siempre a asombrarse de la cantidad de células
falladas.
—¿Dieciocho unidades, señor Pretzel? —se asombró Fernández.
—Sí —contestó tranquilo, sin sentirse obligado a dar explicaciones.
Si el lejano encargado nocturno del Departamento Energético Solar de
La Rioja tenía ganas de irritarlo con una insinuación de robo, era
cosa de él. Todo el mundo conocía el escaso valor de las células
solares dentro del Norte, y la imposibilidad de pasarlas de
contrabando, por su tamaño. Le preguntó cuánto tardarían en
enviarlas.
—Entre cuatro y ocho días —contestó Fernández con voz nítida. Lo que
quería decir: "depende de que las despachemos antes o después del
fin de semana". Las células recorrían el trayecto más largo desde
Salta, la capital del Norte, hasta La Rioja. Pero a veces el corto
tramo a Velázquez resultaba más problemático y dilatado, y hasta el
transporte en camión a la Central podía demorar uno o dos días.
Colgó, hizo girar la manivela para avisar a la telefonista que la
línea quedaba desocupada. Pensó en volver a la angosta galería pero
ya era tarde, hacía demasiado frío.
No
pudo dormir. Daba vueltas una y otra vez entre las sábanas, sin
encontrar una posición cómoda, sin poder relajar los músculos de la
espalda y la nuca. Por si era el frío, se volvió a poner el pulóver.
Al fin encendió la luz, paseó sin interés la vista sobre una
historieta de El Tony, una especie de versión desteñida de "Chico"
Stevens, y al fin se levantó.
Como en otras noches de insomnio, se preparó un termo de agua
caliente y se fue con el mate a la torre. Mientras caminaba bajo el
interminable techo de chapas, sintiendo el frío en la cara y las
manos, le pareció, como en tantas noches anteriores, que oía un
débil siseo entre las planchas. Toda la teoría sobre la producción
fotovoltaica de las células, que había aprendido en los años de
estudio en República Capital, formaban un amasijo confuso, en el que
apenas si retenía la noción de que el sol excitaba electrones en la
capa de silicio tratado especialmente, y que estos recorrían un
trayecto determinado descargando energía, que era recolectada y
pasaba a aumentar el caudal eléctrico de Velázquez. Pero se trataba
de una idea difusa, casi mágica, tanto como ese sonido débil,
cercano al umbral de lo imperceptible, que tal vez existiera sólo en
su cerebro, aun cuando hubiese dejado de hablar con los lagartos.
Aunque estaba bien abrigado, sacó una de las mantas que guardaba por
cualquier emergencia en la casilla de la torre y se envolvió las
piernas con ella al sentarse. Tomó un mate, dos. Le gustaba el
silencio del páramo, tan intenso que a veces le permitía distinguir
el movimiento de un animal pequeño a más de cien metros de
distancia, o el golpeteo de los restos de los carteles, a casi
trescientos, cuando soplaba un poco de viento.
Una hora después salió la luna llena. A las doce y media, puntual
como un cronómetro, pasó el satélite hindú, atravesando el cielo
como una luciérnaga lenta pero decidida. Poco después la luz de la
luna pegó contra las planchas, arrancándoles un resplandor frío,
lechoso, muy distinto al del sol. Abstraído en ellas, como si
contemplara el mar, se preguntó si el claro de luna despertaría
algún tipo de actividad en las células, si el electrón no se movería
más lentamente, perezoso, hasta recorrer su camino, sin llegar a
producir energía eléctrica sino algo distinto, desconocido. Sonrió.
Realmente debía andar mal de la cabeza.
Unos veinte minutos después tomó el tercer mate. Le pareció
distinguir una nube etérea, muy tenue, sobre las planchas. En el
páramo no podía tratarse de humedad. Era el cansancio, la falta de
sueño, pensó, frotándose los párpados. Aunque, como en todas las
noches de insomnio, mirar las células en vez de adormecerlo lo
mantenía despierto. Sólo cuando atravesara el recorrido inverso y
entrara a la casa sentiría las horas pasadas en la torre y se
desplomaría, tal vez vestido, sobre la cama.
No
se quedó mucho tiempo. Había pensado en esperar que desapareciera la
luna, pero se sintió aburrido mucho antes. Tenía frío en los huesos,
y un dolor creciente en el hombro. El agua del termo se había
terminado. En vez de dejar la manta en la casilla se la puso sobre
los hombros, como un poncho, y regresó caminando bajo las planchas.
En una o dos ocasiones se detuvo para precisar si el sonido real o
imaginario había cambiado en algo ahora que la luna daba sobre el
llano colector. Pero no pudo captarlo bien, y menos aun el probable
cambio.
Al
acostarse se le presentó la imagen de Clarisa. Trató de excitarse,
al menos de recordar la consistencia de sus labios, pero se durmió.
II
El
martes fue como todos. Con un resoplido de irritación, le pareció
ver a eso de la una que otra zona de las planchas comenzaba a
debilitarse, pero no pudo distinguirla con claridad, y después de
comer un par de sándwiches caminó hasta el sitio aproximado, las
controló una por una con un téster y comprobó que funcionaban bien.
A la tarde terminó de leer El Tony. Un número promedio, con alto
porcentaje de historietas malas o mediocres, un par de dibujantes
pasables y las Historias del Obelisco que releyó sin disfrutarla
como la primera vez. "La releí demasiado pronto", pensó.
A
la noche se sentó en la galería, bien abrigado, y mientras seguía
por reflejo con los ojos los movimientos epilépticos de los
lagartos, empezó a crecer en él, a hacer crecer en él, la necesidad
de que el encuentro del viernes con Clarisa diera algún tipo de
vuelco definitivo a la relación que estaban llevando. Empezó a
pensar frases, a imaginar actitudes. Ella le salía al encuentro, a
abrazarlo y permitir que le mordiera los labios, y él la mantenía a
distancia, la detenía con los brazos tendidos. Se imaginaba
diciendo: "No podemos seguir así, Clarisa" y se reía sin poder
evitarlo. Era una idea forzada, sin sentido.
Más tarde, otra vez insomne, recurrió a la atmósfera, la imagen de
Bar de los Veteranos como calmante, como refugio. Las sillas de
madera y el largo mostrador de chapa se fueron superponiendo a la
imagen de Clarisa. Acostumbraba entrar a tomar algo, una copita de
caña si era de noche, o un desayuno por la mañana. Como a veces el
viejo Roberts estaba jugando a los naipes en una de las mesas y lo
saludaba efusivamente, lo habían aceptado como otro parroquiano,
aunque la edad promedio superaba los setenta años. Eran casi todos
veteranos de la Guerra, y como todos los veteranos de guerra, en
especial de guerras como aquélla, se sentían hasta cierto punto
frustrados, engañados. Sin embargo el clima del norte les permitía
soportar ese fracaso que era, a su vez, el fracaso del Norte mismo
con cierto estoicismo.
Cuando viajó a Córdoba para tratar de conseguir trabajo en alguna de
las Centrales de Gran Ladocta, había visto otro tipo de veteranos,
completamente destruidos, mutilados, ciegos, mudos, que recorrían
las calles estridentes y húmedas de la ciudad, bajo la inmensa
cúpula climática, mendigando. Los del bar, en cambio, eran criollos
que no levantaban demasiado la voz, que llevaban las cicatrices o
los rastros atroces de la guerra como un elemento más del cuerpo,
sin exhibirlos, y que estiraban las minúsculas pensiones de guerra
hasta lograr el milagro de poder jugarse unos centavos a las
barajas. Tampoco se ocupaban mucho de recordar la Guerra, aunque de
vez en cuando se trenzaban en un intercambio apasionado de datos
discordantes sobre alguna escaramuza en especial, o en lo que podría
haber pasado con el Norte si Velázquez no hubiera muerto tan joven,
dejando sólo su nombre en un pueblo muerto como aquél en vez de
seguir actuando. Era el único protagonista de aquella época lejana
sobre quien no había discusión: el que los había guiado, el que se
había negado a integrar la carga suicida de Campana, el que siempre
participaba en la batalla y había terminado cayendo en una
escaramuza sin importancia, dos días antes de que las tropas del
Litoral entraran a República Capital, un tanquista desconocido
derribara el Obelisco y la guerra terminara.
En
algunas discusiones participaba un personaje respetado, el viejo
Antúnez, uno de los tres sobrevivientes de la catástrofe de Campana,
donde las tropas del Norte habían hecho una carga de caballería
contra tanques que superaba en heroísmo ridículo a la de los polacos
de la Segunda Guerra Mundial. El viejo hablaba poco, ya debía haber
pasado los noventa, pero lo que decía tenía sentido, nunca divagaba,
ni se entusiasmaba. En realidad era como alguien llegado del otro
lado de la muerte y rengueaba un poco, de la pierna que había
quedado atrapada bajo el caballo. Hasta Incayu, el curandero indio
impenetrable que vivía en las afueras, cerca de la antigua plaza, lo
consultaba a veces con respeto, y se tocaba siempre el ala del
sombrero cuando se cruzaba con él o lo veía en el bar.
Las imágenes del bar, de los viejos, del indio Incayu, pasaron sin
que pudiera dormirse. Se resignó a una nueva vigilia nocturna en la
torre. Se preparó café amargo en vez de mate, y lo metió en el
termo.
Se
sirvió dos o tres veces en la tapa de plástico, otra vez absorto en
el frío brillo de la luna sobre las planchas. Volvió a captar una
especie de nube tenue formándose encima de ellas, a unos ciento
cincuenta metros de la torre: no se disipó cuando sacudió la cabeza
y se frotó los párpados. Lo más extraño era que se veía más alta que
ancha, lo que descartaba la posibilidad más lógica: vapor flotando
sobre las células solares, hipótesis que ya sería bastante extraña
teniendo en cuenta la sequedad del páramo. No llegó a sentirse
alarmado por su propio estado mental. Contempló un rato la nube,
viendo cómo se desplazaba a veces unos metros a uno y otro lado, y
pensó que tal vez se debiera a un efecto particular de la luz de la
luna, en condiciones climáticas especiales, sobre las planchas de
silicio tratado.
Empezó a imaginar escenas, como había hecho a la tarde con el futuro
encuentro con Clarisa: descubría las bases físicas del fenómeno,
escribía un artículo (Acerca de los Efectos de la Luz Lunar sobre
Células Solares), lo enviaba a Ciencia total (hacía años que no
la leía, tendría que revisar algunos números nuevos para adaptar el
estilo), el descubrimiento se veía confirmado por otros
investigadores que hasta entonces habían mantenido en secreto sus
hallazgos por temor al ridículo, la vida vegetativa en la central se
convertía en una vorágine de éxitos y congresos científicos,
rechazaba a Clarisa con un gesto displicente...
A
pesar de que las imágenes se habían vuelto grotescas (recibía el ya
vetusto Premio Nobel, en Bruselas) no consiguió sonreír. Se dio
cuenta de que se sentía simplemente triste. No era una sensación
desagradable, pero dolía un poco. Siempre que le ocurría, recordaba
automáticamente unas líneas perdidas de un poema leído en una
antología de autores del Siglo XX:
Pulpo maldito, ¿y mis ganas de enterrarme
en la arena para siempre
sin ninguna genealogía?
No
recordaba el nombre del autor, pero las palabras le habían quedado
grabadas como una melodía, aunque el páramo era de piedra rojiza,
dura, y enterrarse le costaría un poco. "Y mi genealogía", pensó.
"Mis padres en República Capital, llevando una vida sin sobresaltos,
con una pensión segura, escribiéndome una carta mensual traída
puntualmente por el viejo Roberts que nunca se olvida de enviarles
saludos antes de subir a la bicicleta".
Las líneas del poema, con la aparente invitación a la fuga total,
consiguieron, como siempre, sacarlo de la tristeza, abrirlo a otras
imágenes. Se preguntó por qué leía tan poco últimamente, y tan mal:
había dejado de interesarse por completo en los artículos
científicos que antes le atraían tanto, la poesía o la literatura
habían quedado atrás, como vicios de adolescente. En realidad casi
lo único que leía era El Tony. "Señor Hugo Pretzel: su vida es una
vida sin horizontes", se dijo, cambiando de posición en la silla.
Ahora la nube tenue parecía haberse alejado sobre las planchas,
hacia los cartelones en ruinas.
"Y
tal vez lo sea", pensó poco después. No había podido soportar la
violencia y la frustración latentes que habían quedado en República
Capital después de la Guerra, ni conseguir un trabajo estable en
Cuyo Unido o los Estados del Litoral, las dos zonas de posguerra
más prósperas, si se exceptuaba la Nación de la Santa Cruz, donde
era necesario ser un católico con tres generaciones previas de
creyentes fervorosos y comprobados para conseguir al menos
residencia transitoria. Al principio había vagado por la zona
pampeana, casi un protectorado, que ejercía sobre él una atracción
casi tan fuerte e ilógica como el Norte. Después había hecho un
intento infructuoso, terriblemente agotador, de quedarse al menos
una semana en Córdoba, que le pareció aún más violenta y deprimente
que República Capital, y al fin un amigo le había hablado de aquel
puesto en un pueblo perdido de La Rioja, un poco en broma,
aclarándole que la principal diversión era contar lagartos. Había
enviado la solicitud y cumplido con los trámites de radicación sin
vacilar.
Ahora tomaba café en la torre, rodeado por el llano colector
plateado, recobrado ya del ataque de tristeza, el mismo ataque que
se había vuelto crónico en la pampa, que lo había obligado a huir de
Tandil para no irse apagando en pocos años. Aquí al menos la
sensación de desarraigo se veía atenuada por la parquedad del
paisaje, que la transformaba en algo tan sofrenado e interno como el
fracaso decente y humilde de los viejos del Bar de Veteranos.
"Y
está Clarisa" pensó, mientras se paraba y se envolvía en la manta,
para regresar, sin esperar el paso del satélite hindú. "Mal rayo la
parta".
III
El
miércoles se fue arrastrando lento. A las seis de la tarde se
descubrió esperando con curiosidad el paso del ómnibus de las siete,
que hacía el trayecto Sarmiento— Velázquez tres veces por semana:
miércoles, sábados y domingos. Y a medida que se acercaba la hora
empezó a sentir cierta inquietud, una impaciencia que descargaba
tamborileando con los dedos sobre la baranda de la torre de
control, haciendo dibujos sin sentido en la planilla que tenía
sobre las rodillas. A las seis y media bajó con rapidez la
escalerita, caminó a paso firme hasta la casa, cruzó el espacio de
sol ya medio invadido por la sombra y entró a la cocina, descolgó
el bolso de lona de un clavo, entró a la pieza y metió
apresuradamente un par de pulóveres, ropa interior, el cepillo y la
pasta de dientes. A último momento, cuando paseó una mirada por la
cocina para ver si olvidaba algo, sacó un Tony de la alta pila que
se acumulaba en un estante, junto a la heladera. Debía ser de un
año atrás, y tal vez no recordara con precisión el capítulo de
Historias del Obelisco.
Cuando llegó al camino eran las siete en punto, pero el ómnibus se
atrasaba casi siempre, de diez minutos a una hora. Cuando vio la
nube de polvo acercándose, ya la luz iba virando al azul y el sol
acababa de perderse tras las montañas. Se sentía cargado de energía,
iba y venía junto al poste que en otros tiempos había sostenido una
flecha que indicaba el desvío hacia la Central. Cuando ya percibía
la forma cuadrada del ómnibus hamacándose a menos de un kilómetro
se dio vuelta. Desde allí la central se recortaba como una chata
hilera de postes y chapas, con la forma desvencijada de la torre
alzándose en el centro. Era imposible imaginar su extensión, y más
bien parecía algo de poca importancia, una hilera de panales de
abejas. El ruido del motor acercándose lo volvió en sí.
El
viaje a Velázquez duraba un par de horas sobre el camino de tierra.
Siempre que tomaba el ómnibus los sábados, día en que pasaba a las
cinco, aprovechaba para dormir. Pero ahora que era un viaje
desacostumbrado (el conductor le había preguntado con alarma si
pasaba algo, cómo estaban sus padres) no podía pegar los ojos. Los
mantenía concentrados en el camino, fijándose en cada detalle, cada
piedra, cada planta reseca, como si hubieran podido variar por
tratarse de un miércoles en vez de un sábado.
Cuando se acercaron al pueblo los cambios fueron externos,
evidentes. Había menos luces encendidas. Muchos de los bares siempre
abiertos en sábado ahora tenían las persianas bajas. Había menos
gente en la calle, menos movimiento. Aunque costara creerlo, varios
pueblos aun menores que Velázquez, dispersos en cincuenta
kilómetros a la redonda, lo consideraban un centro importante y
volcaban en los fines de semana grupos de muchachos que iban a
divertirse, o gente de paso hacia La Rioja.
Cuando bajó en la plaza principal empezó a caminar sin darse cuenta
hacia el Bar de los Veteranos. Algunas personas lo saludaron más o
menos sorprendidas en la plaza y en las dos cortas cuadras hasta el
bar, a veces repitiendo la pregunta del conductor del ómnibus.
Recién al sentarse y estirar las piernas bajo la mesa de madera y
hacer un gesto para llamar al mozo se preguntó: "¿A qué vine?".
Estaba terminando de tomar la copita de caña cuando entró el viejo
Roberts. Curiosamente, fue el único para el que la sorpresa parecía
bienvenida. Mostró los dientes desparejos en una sonrisa ancha y se
acercó a la mesa. Le preguntó si podía sentarse. Eran los dos únicos
parroquianos. No le preguntó directamente a qué había venido:
—¿Estirando las piernas? —dijo, y cuando él asintió, también
sonriendo sin saber por qué, agregó—: Me parece muy bien. Uno se
oxida si está mucho tiempo rodeado de chapas.
El
mozo había traído una ginebra sin necesidad de que el viejo se la
pidiera, y ahora la alzó.
—A
su salud —dijo.
Después quedaron en silencio. El viejo Roberts se había acomodado
de una manera rara en la silla. Era como si supiera algo y no
pudiera decirlo, y ese suspenso lo mantenía tenso, suspendido en el
aire. De vez en cuando le dirigía una mirada sonriente y le hacía un
comentario sin importancia, relacionado con el clima, o con la
rutina imperturbable de la Central, y en el momento mismo en que lo
decía, la mirada parecía estar hablando de otra cosa, algo a la vez
más importante y más entretenido, que era necesario seguir
manteniendo oculto.
El
viejo Roberts, sentado ante él, ahora de perfil, con las piernas
estiradas hacia afuera, era como un espejo oscuro ante el que volvió
a preguntarse para qué había ido. La respuesta se deslizó nítida
como un rayo de sol: "A ver qué hace Clarisa". La claridad de la
respuesta, que lo denunciaba como una especie de espía, lo hizo
sonreír. Y en ese mismo instante el viejo Roberts lo miró de reojo
y también sonrió, estuvo a punto de empezar una nueva frase trivial
y la guardó, como si no hiciera falta.
Afuera pasó el diariero, gritando con voz aflautada. Eran los
diarios de la mañana de La Rioja, que llegaban al atardecer. El
viejo Roberts lo llamó y le compró uno. Lo abrió aparatosamente.
Cuando Pretzele preguntó qué noticias había, le dijo que nada en
especial. Seguían produciéndose escaramuzas entre el Gobierno y los
irregulares en Brasil, único país del continente que seguía con la
misma superficie mastodóntica de hacía cien años: habían inaugurado
una subcúpula climática en la capital de Gran Ladocta, que abarcaba
los nuevos barrios de inmigrantes; y se había registrado un brote
de torturas inquisitoriales en la Nación de la Santa Cruz, sobre
todo en la región cordillerana. Con voz resignada le informó además
una nueva caída del peso Norteño, registrada en la última página.
Hubo un momento brevísimo de silencio, mientras el viejo doblaba el
diario, y cuando iba a reanudar esa especie de silencio brillante en
que habían estado hasta la compra del diario, entró el indio Incayu.
Llevaba el pequeño morral de hierbas atado a la espalda. Los saludó
con una inclinación de cabeza, se acercó al mostrador y pidió un té.
Una vez que se lo sirvieron, sacó con un gesto breve dos pequeños
tallos resecos del morral, y un cortaplumas del bolsillo
deshilachado del pantalón. Cortó un trozo pequeño de cada uno, los
subdividió varias veces y los agregó al té. Después, dejó la taza a
un lado y se apoyó en el mostrador. Paseó la mirada por los dos
ventanales que daban a la calle, se concentró en la puerta de doble
hoja, siguió moviendo la cabeza, observando cada una de las mesas
vacías. Sintieron cómo los ojos del indio pasaban sobre ellos, y al
fin lo vieron mover el brazo, acercar la mano a la taza y revolver
lenta, pausadamente el té con el dedo índice, indiferente al calor.
Después, increíblemente, alzó el platito con la taza y se dirigió a
la mesa de ellos. Pretzel no recordaba haberlo visto sentado con
alguno de los parroquianos, y a juzgar por el gesto torpe del viejo
Roberts, que corrió la silla para hacerle sitio, casi derramando
las dos copitas, él tampoco.
Incayu se sentó apoyándose en el bastón que llevaba siempre, y con
el que se había acercado a la mesa. Durante un segundo temieron que
se quedara con la vista fija en la pared de madera, como un
convidado de piedra, pero los miró a uno y otro con una sonrisa de
saludo, y comentó que felizmente había refrescado al caer el sol.
Confirmaron su opinión con palabras intrascendentes, el viejo
Roberts estiró las piernas, y Pretzel, otra vez cómodo, trató de
pensar en Clarisa. Lo distrajo la entrada de tres parroquianos. El
reloj marcaba las diez y diez, y si quería ver a Clarisa, o al
menos espiarla, debía irse. Aunque nunca había entrado a la casa de
los padres —una de las tres únicas construcciones de dos pisos del
pueblo—, sospechaba que se acostaban temprano. Pero se quedó en la
silla y saludó a los recién llegados con un movimiento de cabeza. El
indio Incayu tomaba el té a sorbitos, y un olor agradable,
balsámico, salía de la taza. Recordó que el viejo Roberts le había
contado que no se llamaba Incayu, que en realidad nadie le sabía el
nombre correcto en' el pueblo, y que le habían puesto el de una
marca de yuyos medicinales que se vendía antes de la Guerra.
A
las diez y media decidió que lo único que podía hacer a esa altura
era tratar de espiar a Clarisa, pero siguió sin pararse, sin hacer
un gesto para llamar al mozo. Ahora el bar estaba ocupado por diez
o doce veteranos, que hablaban en voz baja, levantándola a veces
para pedirle al mozo un café, una cafia o una baraja. Se distrajo
mirando los retratos de Velázquez y Flores que estaban sobre la
maciza heladera, colgados en ángulo, para enmarcar la bandera
nacional del Norte, que a esa altura del año ya estaba prolijamente
percudida de polvo. La lavarían un mes más tarde, al festejarse el
día de Velázquez. No recordaba bien si habían pasado treinta y cinco
o cuarenta años desde el día de su muerte. Desechó el cálculo,
molesto. El clima del bar parecía haberlo convertido en un veterano
más, preocupado por la muerte y el tiempo. Con un gesto decidido
intentó llamar al mozo, pero se encontraba de espaldas a él,
conversando animadamente con los que jugaban a las cartas, y no lo
vio. Levantó un poco la voz. El viejo Roberts se dio vuelta hacia
él, como despertando.
—¿Qué apuro tiene? Total, ómnibus ya no hay.
Tenía razón: eran las once. Al mirar al viejo Roberts se dio cuenta
de que Incayu se había ido. Se preguntó si las tres copitas de cafia
lo habrían mareado, pero prefirió atribuir la distracción a los
movimientos silenciosos del indio. No pudo determinar, sin embargo,
si cuando el mozo había traído la tercera copita el Indio estaba o
ya se había ido.
El
mozo se acercó, le cobró. Cuando estaba por apartarse el viejo
Roberts le dijo que le anotara lo suyo, porque también se iba. Había
hecho durar casi dos horas la copita de ginebra, y tomó el resto
microscópico con un exagerado movimiento de cabeza, como si fuera
un gran trago.
Mientras caminaban rumbo a la plaza, el viejo le preguntó cuánto
hacia que no le escribían los padres. A Pretzel le pareció una
pregunta absurda, porque era él quien le llevaba las cartas, pero le
contestó de todos modos que la demora no era exagerada. Ahora no
había autos en las calles, y un viento fresco soplaba desde la
plaza. Se preguntó por qué se dejaba acompañar por el viejo Roberts
en vez de hacer algo que justificara haber venido al pueblo. Le iba
a preguntar hasta dónde iba, pero el viejo le ganó de mano.
—¿Se va a quedar en la fonda?
Demoró en contestar. Lo único que podía intentar a esa hora era
pescar a algún comisionista o visitante que regresara en la
madrugada a Sarmiento. Si no, tenía que esperar el ómnibus de la
mañana, que salía a las siete.
—Todavía no sé bien. De todos modos, si quiero irme con algún
comisionista, también tengo que ir a la fonda.
El
viejo Roberts asintió. Caminaban los dos despacio, él con el bolso
hamacándose liviano en la mano izquierda, y el viejo con el gastado
saco negro de delgadas rayas blancas, casi grises por el tiempo,
sacudiéndose al viento, que los embistió con más fuerza cuando
llegaron al espacio abierto de la plaza.
Mientras cruzaban el desparramo de árboles y focos de absurdo
estilo futurista, sintiendo el crujir de la grava bajo los zapatos,
Pretzel dijo de pronto:
—Creo que me voy a quedar a tomar un poco de fresco, para ver qué
hago.
—Muy bien —dijo el viejo Roberts.
Y
sin darle la mano, ni decir otras palabras, ni demorar en nada la
separación, siguió caminando con el mismo paso tranquilo, cruzó los
círculos de luz de dos focos, y se perdió de vista tras un arbusto,
aunque Pretzel siguió sintiendo los pasos que se alejaban, hasta
perderse.
Cambió de dirección y se dirigió al centro de la plaza, donde estaba
la fuente. Había algo que lo molestaba, y al fin advirtió que era la
falta de sonido a agua, el silencio excesivo. Recordó entonces que
los patos de bronce soltaban agua por el pico sólo los fines de
semana. No quiso acercarse al oscuro borde de cemento para ver si
la fuente tenía agua o estaba seca. Se dejó caer en uno de los
bancos que la rodeaban. Después se cambió a uno con más luz, y con
un gesto mecánico sacó El Tony del bolso. Las páginas en colores
eran más gruesas que las comunes, y lo abrió automáticamente en las
Historias del Obelisco, tal vez porque las hojas ya habían quedado
vencidas, acostumbradas por las numerosas lecturas anteriores. No
pudo seguirle bien el hilo, en ese capítulo se trataba de una
historia de corte policial, contrabandistas que se reunían como por
casualidad en la rotonda que rodeaba la alta aguja blanca, y que en
las últimas páginas eran desbaratados por la policía. Pudo deducirlo
sobre todo por las imágenes, porque casi no leyó el texto. Además le
pareció que la idea de los contrabandistas reuniéndose en semejante
sitio era un poco ridícula, pero no le importó demasiado. Ni
siquiera se fijó mucho en las imágenes del Obelisco, salvo la
última, que como siempre era la más detallada, la más amplia, en
este caso una doble página completa.
Se
sentía cansado: relajó un poco los músculos de la espalda, y al
aflojar también la presión de las manos sobre la revista el viento
dio vuelta las hojas. Casi hubiera dejado que la revolcara sobre el
banco y se la llevara, pero con otro gesto automático la dejó caer
en el bolso. Sacó el reloj pulsera del bolsillo. Las once y media.
Paseó la vista por la plaza, la fachada iluminada de la
Municipalidad, el frente oscuro de la iglesia y un poco más allá, a
sólo veinte metros de una esquina, la parte superior de la casa de
Clarisa, o más bien de los padres de Clarisa. Nunca había entrado, y
solo les había dado la mano una vez, un sábado en que se cruzaron
con ellos: una mujer de rostro caballuno, un hombre más bajo,
cortés, que se había interesado gentilmente por su trabajo en la
Central, por el funcionamiento de las chapas. Para él Clarisa vivía
al aire libre, vivía sobre todo en la plaza vieja, donde le
permitía morderle los labios.
El
sueño lo golpeó como un mazazo. Se estiró al máximo, bostezó y
sacudió la cabeza. Le lagrimeaban un poco los ojos, por el viento y
el sueño, y vio la plaza rodeada de un halo iridiscente, hasta que
se los frotó. Se preguntó si en la Central estaría la nube flotando
sobre las chapas. Tal vez justo esa noche adquiriera una forma más
precisa, que le permitiera deducir su origen, o tal vez la venida a
Velázquez le permitiera librarse de ella para siempre.
Si
se quedaba en el banco iba a dormirse. Se paró y empezó a caminar.
Al llegar al borde de la plaza, advirtió que estaba en la esquina
que llevaba a la casa de los padres de Clarisa. Por inercia, como
cumpliendo con un deber no muy agradable, cruzó y caminó los veinte
metros que lo separaban de la construcción alta, pintada de rosa,
con una gruesa puerta de madera oscura y dos enormes ventanales.
Frente a la casa un foco de mercurio le daba una claridad extraña a
la fachada, como si se tratara de un decorado teatral.
Miró hacia atrás, como si estuviera haciendo algo secreto, y se
acercó. El ventanal más próximo a la esquina estaba cerrado. La
pesada puerta también. Pero el otro, un poco más lejos, que daba
sobre el pequeño tramo de tierra enrejado que separaba la casa de
la calle, estaba abierto de par en par.
La
habitación inmediata se encontraba a oscuras, pero un cuarto interno
de la casa desconocida estaba iluminado, y pudo ver primero su
propio reflejo lejanísimo enmarcado en un espejo enorme que colgaba
de una pared, y luego tres personas alrededor de una mesa,
moviéndose, más cercanas. Eran la madre de Clarisa, una criada de
piel oscura y por fin Clarisa misma, entrando en el rectángulo de
luz. Estaban concentradas alrededor de algo que había sobre la
mesa. Muy a su pesar sintió que se le aceleraba la respiración y se
acercó a la reja de hierro forjado. Lo que había sobre la mesa era
una valija, y allá lejos las tres mujeres iban metiendo en ella
ropas, frasquitos, potes, cinturones, con gestos precisos,
tranquilos. Trató de oír lo que decían, pero el cuarto debía estar a
unos diez metros de la ventana, a catorce o quince metros de sus
oídos, y el viento borraba los sonidos de la casa por completo.
Lo
lógico era ir hasta la puerta, llamar, hablar con Clarisa, hacer de
cuenta que no había visto la valija y ver qué decía eIla. Pero se
quedó observando la escena, muda y luminosa como una pantaIla de
cine remota. Al fin bajaron la valija de la mesa. Estaba a punto de
ponerse en movimiento cuando vio que subían otra valija de cuero,
nueva, un poco más chica, y empezaban a llenarla. Esta vez metían
algunos discos, distintos paquetes envueltos en papel de regalo. No
esperó a que terminaran. Se apartó de la reja, de la ventana, de
Clarisa, la madre y la criada y empezó a caminar alejándose de la
plaza, sin darse vuelta.
Recorrió zonas del pueblo que no conocía. Se perdió en caIles de
tierra, con prolijas acequias por las que corría un hilo de agua,
vio casas distintas, siempre entre el rosa, el celeste y el blanco,
se cruzó con dos personas y un perro, y a las doce y cuarto
desembocó otra vez en la plaza. Lo supo sin mirar el reloj porque
desde lejos había oído las doce campanadas de la iglesia. Lo
sorprendió el ritmo con que avanzaba, parecía caminar sabiendo
adónde iba. Giró alrededor de la Municipalidad y diez minutos
después estaba en la fonda.
La
dueña había dejado encendidas sólo dos luces en el restaurante, y
apenas entró vio destacarse al fondo la figura nítida de Félix, un
viajante de Sarmiento que lo llevaba con frecuencia en el auto.
Parecía recién despierto, perfectamente peinado y afeitado, con un
bigotito recortado a lo Errol Flynn. Lo saludó con el brazo en alto
y le preguntó gritando si volvía a la Central, porque en quince
minutos se iba a Sarmiento.
—Sí, lo espero aquí nomás —dijo, inmensamente aliviado, dejándose
caer en uno de los sillones desvencijados del vestíbulo.
Mientras esperaba en la penumbra supo que no había llamado a la
puerta de Clarisa porque aqueIlas valijas indicaban una partida, y
la cita para un día antes del acostumbrado una despedida. Si
hubiera venido el viernes, la despedida habría sido al estilo de
Clarisa: le habría mordido los labios en la plaza vieja, habrían
paseado por la plaza nueva, eIla habría demorado la explicación de
la cita adelantada, y al fin habría hablado en la esquina de la
casa, palabras cortas, temblorosas, que dieran pie a la fuga, al
refugio tras la cercana reja de hierro. No pudo evitar un suspiro
prolongado, la sensación de desvalimiento, aunque al mismo tiempo
una parte de sí mismo sonreía, sin rencor: como un niño. La
despedida había sido a su estilo: una imagen muda y lejana,
luminosa. Ahora que había cumplido con su misión en Velázquez el
sueño lo invadió como un agua reparadora. Poco después sintió los
pasos de Félix acercándose sobre el piso de tablas flojas de la
fonda, y manoteó el bolso.
Mientras caminaban hasta donde el viajante había dejado el auto,
éste le fue contando chistes, chimentos, datos sobre negocios, en
un flujo ininterrumpido, de tono agudo. Como siempre, Pretzel temió
que el desfile incansable de palabras continuara cuando entraran al
auto, y durante todo el camino a la Central. Pero también como
siempre, la voz de Félix se fue haciendo más parca, menos invasora a
medida que se acercaban a los límites del pueblo, y se apagó por
completo cuando aceleró sobre el camino a la Central, encendiendo
la radio con una mano, y bajando el volumen para que él pudiera
dormir si quería. Era una emisora de La Rioja que transmitía la
"Zamba de Velázquez" en versión orquestal. Buena canción de cuna,
pensó antes de dormirse.
Piriápolis, febrero de 1979
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