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I
La casa, al parecer, no había sido habitada ni abiertas sus puertas
y ventanas durante muchos años.
El interior estaba en orden, aunque adecuado al gusto y las
necesidades de los anteriores habitantes —equivalente, para mí, a un
desorden—. Pero, quiero decir, no había objetos tirados en el suelo,
y los muebles, en lugares que si bien podrían no ser los indicados
para mi comodidad, no estorbaban el paso, ni ocupaban posiciones sin
sentido (como suele ocurrir, al encontrar una mesa de luz con la
puerta vuelta hacia la pared, o una remada colocada de tal modo
junto a otro mueble que resulta imposible abrir sus cajones).
Quizás antes de entrar, en el momento de abrir la puerta, noté la
humedad; las paredes y el techo goteaban, todas las cosas estaban
húmedas, como cubiertas de baba, el piso resbaloso. Y el aire
enrarecido, con olor a cerrado y a larga ausencia de seres humanos.
El tiempo no ayudaba; desde hacía unos días no se veía el sol, y
caía sin tregua una fina llovizna y, de vez en cuando, un chaparrón
muy fuerte. La casa no tenía ningún sistema de calefacción; me iba a
ser imposible desalojar la humedad por el momento.
En la cocina había un viejo primus, pero nada de combustible; sólo
unas botellas, con olor a querosene, amontonadas debajo de la
pileta, detrás de una cortina de náilon.
Recordé que, no muy lejos de allí, había un almacén; me pareció que
la primera medida sensata sería salir, aún bajo la lluvia y a pesar
del cansancio, a comprar querosene para tratar de hacer andar el
primus.
Pero luego pensé que quizás no valiera la pena; no podría secar la
humedad ni siquiera de las cosas más necesarias, como la ropa de
cama y la que tenía puesta; si bien me sería útil para preparar
alguna bebida caliente, que necesitaba, esto no parecía compensar la
caminata.
En principio abrí las ventanas, y lentamente comenzó a circular un
aire nuevo, aunque el olor a cerrado persistiría por algún tiempo;
luego comencé a ordenar —o desordenar— las cosas, a fin de poder
habitar aunque en forma precaria, la casa.
Quité los colchones, que estaban doblados sobre las camas, y los
amontoné en el suelo; luego, con algunas ropas que traía en las
valijas, improvisé un lecho, sobre el elástico oxidado de una de las
camas.
La noche se acercaba y tenía que encontrar la manera de pasarla con
un mínimo de comodidad; quizás al día siguiente brillara el sol, y
todo me resultara más fácil.
Finalmente resolví ir al almacén. No se me había ocurrido traer algo
para comer, y empezaba a sentir hambre; y al tratar de encender la
luz —porque en el interior de la casa se veía poco, aunque faltaba
un buen rato para que cayera la noche— encontré que no había
corriente eléctrica. Busqué una llave general, o una caja de
tapones, pero no hallé nada; luego se me ocurrió que era muy
probable que la compañía de electricidad hubiera cortado el
suministro, por falta de pago, quizás mucho tiempo atrás. Al no
encontrar, tampoco, velas o un farol, me puse entonces, más por
costumbre que por protección real, el impermeable que me había
quitado al entrar, y salí, dejando abiertas puertas y ventanas, y
comencé a caminar.
No estaba seguro de la ubicación del almacén; luego me di cuenta de
que más bien no tenía mayor idea del lugar donde podría encontrarse.
Había ido una sola vez, hacía años, y en compañía de otra persona
—sin necesidad de prestarle especial atención al recorrido para
fijarlo en la memoria; y, aunque lo hubiese hecho, probablemente ya
lo habría olvidado.
Con todo, me sentí impulsado a caminar hacia la derecha, y a buscar
con la vista una señal que despertara el recuerdo.
Había pocas casas, y no parecían estar habitables. Paredes
descascaradas e incluso semiderruidas; jardines invadidos por altos
pastos y plantas silvestres, y una desoladora ausencia de signos de
vida humana.
Me sentí desanimado y pensé en volver; tanto los descampados que
bordeaban el camino, como las casas, y las bifurcaciones o los
caminitos laterales, parecían iguales entre sí, sin ninguna
particularidad que me invitara a la esperanza. Sin embargo seguí
caminando, un poco por inercia, y también porque no quería volver,
con el estómago vacío, a pasar una noche angustiosa en aquella casa
húmeda y oscura.
Caía, en efecto, la noche; los contornos de las cosas, ya un poco
diluidos por el agua, iban perdiendo toda nitidez. Pensé que en
algún momento, debido a la oscuridad que progresaba, se encendería
un foco de luz en alguna parte. Allí encontraría un sitio para
reponer fuerzas.
Pero pronto la oscuridad fue total, y el foco esperado no se
encendió.
II
La situación fue empeorando.
La lluvia, que ya me había obligado a quitarme los lentes, ahora me
entraba en los ojos, después de saturar las cejas. Mi pañuelo
chorreaba agua, y me resultaba imposible continuar secándome los
ojos y la frente.
A menudo salía del camino, o metía los pies en charcos. Resolví
quitarme zapatos y medias, que, empapados, servían sólo de estorbo.
El impermeable tampoco tenía ya ninguna utilidad; el agua, con su
persistencia, se colaba por todas partes, hasta en el interior de
los bolsillos.
Luego intenté el regreso, dejando por completo de lado la idea del
almacén; la única idea que cabía, en esas condiciones, era la de
encontrar un refugio, escapar a la lluvia lo más pronto posible.
Pero la oscuridad, y los resbalones y las caídas —especialmente las
que sufría al salirme del camino— me habían desorientado, y seguía
andando sin saber si me acercaba o me alejaba de la casa.
Anduve mucho tiempo así, no sé cuánto, tropezando y maldiciendo,
moviéndome por la sola voluntad de las piernas, con ganas de
tenderme en el camino y quedarme allí, en desesperada resignación.
De pronto, a lo lejos, divisé un par de luces en movimiento.
A causa de la distancia, de la lluvia, de las ondulaciones del
camino, dudaba de la dirección en que las luces se movían; a veces
parecían alejarse. Pero pronto se hizo evidente que se acercaban y
por fin el vehículo, que resultó ser un viejo camión, estuvo a
pocos metros: La luz de los faros me reveló que yo estaba muy al
costado del camino, y era probable que el conductor no tuviera
posibilidad de verme; corrí, moviendo con dificultad mis piernas
insensibilizadas, y agité los brazos. El camión se detuvo.
Me aproximé a la ventanilla del conductor; no podía ver a quién me
dirigía porque la cabina estaba a oscuras, y en ese momento apagaron
los faros.
—Por favor —exclamé—. Permítame subir, lléveme a alguna parte.
No hubo una respuesta inmediata; me pareció oír una discusión,
aunque el ruido del motor —que el chofer mantenía acelerado— no me
permitía escuchar las palabras. Al fin, se oyó una gruesa voz:
—¡Subal
Sonó como una orden.
Me costó alcanzar la otra puerta; en un principio había pensado en
dar la vuelta por detrás, pero temí que el camión arrancara sin
darme tiempo a subir. Tuve también una duda sobre si debía viajar en
la cabina, donde era posible que no hubiese espacio, ya que además
del conductor viajaba por lo menos otra persona. Pero sin detenerme
a pensarlo di la vuelta por delante y busqué la manija de la
portezuela, que ubiqué con cierta dificultad; desde adentro no se
hizo ningún esfuerzo por ayudarme. Al fin conseguí abrir y trepé
penosamente hasta el asiento demasiado alto.
Como en muchos camiones, no había ningún tipo de estribo y, para
subir, era; necesario apoyar un pie en la rueda.
La voz murmuró algo así como que no tenía toda la noche por delante
y que podía haber subido con mayor rapidez; el camión arrancó antes
de que yo tuviera tiempo de cerrar la portezuela.
Dentro de la cabina, la escasa luz de los focos que reflejaba el
camino permitía ver algo; así me enteré de que junto al conductor
iba una mujer, pero no pude distinguir mucho de las facciones de
ninguno de ellos. El camionero tenía espesos bigotes, y una nariz
bastante grande; el rostro de la mujer estaba más en sombra. Apenas
pude ver el pelo, que le caía sobre la cara.
—¡Está chorreando agua! —exclamó la mujer sin mirarme, después de
un breve silencio que también me resultaba agresivo. Luego habló con
el camionero, en otro tono—. Yo te dije que no debíamos dejarlo
subir.
El hombre permaneció mudo; ella, en cambio, siguió murmurando,
aunque sin dirigirse a ninguno de nosotros en particular. Pensé que
debía decir algo, y aproveché un respiro de la mujer para explicar
que no conocía la zona, que había salido a hacer una compra y que la
noche me había sorprendido sin haber podido encontrar el almacén;
pero mi historia no pareció despertar el menor interés, y la dejé
morir, haciéndose más agresivo el silencio.
Pronto mi atención fue reclamada por un extraño movimiento de la
mujer, lento y continuo. Con sorpresa tuve que reconocer que se
estaba deslizando, pacientemente, hacia mi lado.
En un principio creí que trataba de acomodarse, y me apreté todo lo
que pude contra la portezuela. Como respuesta obtuve, de inmediato,
un violento y agudo pellizcón en el brazo derecho, que me hizo
retorcer en silencio.
Mientras tanto, seguía parloteando contra mí, describiendo todos
los daños que mi ropa mojada le causaba al tapizado del asiento
(que, por otra parte, me pareció en muy malas condiciones; un
resorte se me clavaba en la espalda y otro en una nalga, y cuando
trataba de cambiar de posición siempre aparecía un nuevo resorte
para mortificarme).
Y mientras hablaba arrimó su pierna desnuda contra la mía y la
frotó levemente, a pesar de que mis pantalones estaban empapados. Yo
la observé de reojo, pero ella aparentaba mantener su actitud
agresiva, murmurando y sin mirar hacia mi lado.
Aparte de causarme asombro, y una cierta inquietud, este
comportamiento me llevaba a una primera actitud de rechazo hacia
ella; me vi sin saber qué hacer. Por un lado creía que mi respuesta
a sus provocaciones (una aproximación, una caricia), significaba
una falta de respeto por el camionero, quien, según ella misma,
había resuelto admitirme en el camión. Por otro lado, un franco
rechazo podría llevar su mal humor, aparente o no, a un grado tal
que el hombre se viera obligado a hacerme bajar, para complacerla, o
para no tener que soportarla más.
Por un instante, se me ocurrió que la relación entre ellos podría no
ser, como uno tendía a suponer en un primer momento, de índole
amorosa; sin embargo, de no existir ésta —o una relación meramente
conyugal no veía motivo para que el camión fuera propiedad común
—como parecía serlo, por el hecho de que el camionero podía decidir
mi presencia en él, y la mujer protestar por la misma causa (aparte
de su preocupación por el tapizado)—; pensé incluso en una relación
laboral, pero me pareció una idea estúpida.
Ella proseguía sus manejos; ahora me apretaba, de vez en cuando, la
rodilla con la mano, e insistía en pegarse contra mi costado. En
otras condiciones, se me habría despertado el deseo; en ese momento,
por el contrario, comenzaron a dominarme el temor y la angustia.
Busqué excusas para mantener la indiferencia; surgió la idea de que
la mujer debía de ser fea, desagradable (la voz, sin embargo,
sonaba cálida y joven); me dije que una mujer hermosa no necesitaría
la dependencia que significa viajar en su camión para entablar
relación con un hombre; a menos que el camionero —si era en verdad
su marido— fuera tan celoso que no la abandonara en ningún momento,
y ella estuviera obligada a aprovechar determinadas situaciones.
Sin querer resolví el conflicto, o al menos lo postergué,
refugiándome en el sueño. Me dio tan buen resultado —quiero decir
que cesaron las provocaciones, y también las ofensas— que cada vez
que despertaba fingía continuar durmiendo, hasta que me volvía a
dormir realmente.
Al despertar atendía, esperando escuchar alguna cosa de importancia
para mí; pero creo que en ningún momento despegaron los labios.
El agotamiento, y la tensión nerviosa —presente y pasada— hacían que
en mi mente se mezclaran pensamientos e imágenes en desorden; y
esta mezcla que reinaba en el sueño se prolongaba, en forma confusa,
al despertar.
Soñaba que estaba en la casa; pero era mucho más grande y tenía
infinidad de piezas, todas habitadas por extraños. Había gran
bullicio, y un interminable ir y venir por los corredores. Pasaban
junto a mí, ignorándome; yo estaba convencido de que me había vuelto
invisible. Me ponía a veces en el camino de alguien, pero no me
llevaban por delante, sino que me sorteaban, aunque haciendo parecer
el rodeo casual, o distraído, sin fijar nunca la vista en mí.
En forma paralela seguía pensando en el problema de la mujer y el
camionero; se me ocurría que ese sentimiento de respeto, o gratitud,
que me impedía responder a los reclamos eróticos de la mujer, era
exagerado, ya que si bien el camionero me había recogido, aún en
contra de la opinión de ella, era éste su deber como conductor, y
como ser humano, y no tenía derecho a tratarme con brusquedad —como
lo hizo en un principio, cuando me costaba subir—, ni a ignorar con
tanta falta de cortesía mi explicación acerca de por qué me
encontraba allí, en el camino, en medio de la lluvia y de la noche,
o a mantener ese obstinado silencio agresivo.
Este razonamiento, no tan nítido como aquí lo expreso, y cargado de
emociones muy intensas, un poco exageradas, se perdía entre las
imágenes del sueño, que iban por otro lado, separadas, y de pronto
subían a la superficie, pasando a un primer plano. Me encontraba
otra vez en la casa, en una de las piezas, haciendo el amor con la
mujer del camionero, tendidos en el suelo. La pieza estaba vacía,
sin un solo mueble, las paredes desnudas. El sueño no me resultaba
grato; no había una carga de erotismo que lo acompañara. Mi forma de
hacer el amor era distraída, preocupado por mis pensamientos en
torno a ellos (y, curiosamente, pensaba en ella como en otra
persona, como considerando un problema abstracto, a pesar de que,
al mismo tiempo, tenía plena conciencia de que era ella la mujer con
quien estaba acostado) y miraba pasar gente por el corredor, frente
a la puerta, en ese constante ir y venir.
Algunos asomaban la cabeza y seguían de largo, otros se quedaban
observándonos gravemente durante unos instantes, pero nadie hacía
demostraciones de picardía, o desaprobación; más bien se nos
examinaba con curiosidad y reserva, a veces como si se tratara de un
fenómeno científico.
III
Al abrir los ojos comprobé que ya había salido el sol.
Observé a mis compañeros de viaje. La mujer dormía, la cabeza
apoyada en el hombro del camionero. Era joven; sin ver sus ojos no
me habría atrevido a determinar la edad, pero era seguro que no
pasaba los treinta. Su pelo era muy negro, y el cuerpo pequeño y
bien formado.
El camionero seguía impasible al volante, sin dar muestras de
fatiga, los ojos fijos en el camino, con expresión seria y
concentrada, aunque no desagradable. Tenía ojos grandes y saltones,
y la piel curtida; su pelo también era negro, pero más brillante que
el de la mujer. No le di más de treinta y cinco años; es posible que
llegara a los cuarenta y no los representara, aunque, en verdad,
nunca tuve mayor habilidad para calcular la edad de la gente.
Hice algún movimiento exagerado para mostrar que ya estaba
despierto, confiando que, con la luz del día, se hiciera más
comunicativo. Extraje un peine del bolsillo de la campera y me
peiné; luego me pasé las manos por la cara, tratando de despejarme.
Pero nada alteró la actitud del hombre, que siguió impasible, fiel
al volante y al camino.
La mujer despertó rato más tarde, cuando el sol nos daba de frente,
en los ojos. El paisaje era para mí desconocido, aunque no esperaba
por ese lado ninguna sorpresa. He viajado poco, y es raro que
reconozca los lugares por donde paso, quizás porque los paisajes se
parecen en todas partes (o, si lo pienso mejor, porque al viajar
nunca me fijo en los detalles; más bien acostumbro a posar la vista
cerca del vehículo que me transporta, y veo los postes, los
alambrados, los árboles o el borde de la carretera, confundidos en
rápida sucesión; esto me resulta más interesante que observar los
detalles, me permite pensar con mayor libertad, o tal vez no pensar
en nada).
La mujer tampoco me prestó atención. Se limitó a alisarse el pelo
con las manos y a echar una rápida mirada hacia mi lado, como para
comprobar que yo estaba aún allí. Y luego se dedicó a hacerle mimos
al camionero, y a hablarle en tono cariñoso, refiriéndose en general
a un cansancio —que el hombre no demostraba— y a lo terrible de
tener que viajar tantas horas detrás del volante.
Quise encender un cigarrillo, pero el paquete se había mojado, y
estaban todos echados a perder. Hice una bola con la cajilla, en
forma evidente, y la arrojé afuera, con la esperanza de que el
camionero me convidara con tabaco. Pero tampoco en esta ocasión se
sintió aludido, aunque varias veces lo había visto fumar. Resignado,
me puse a mirar por la ventanilla.
Al cabo de un rato me aclaré la garganta y pregunté si faltaba
mucho para llegar a alguna parte, y si por la carretera pasaba algún
ómnibus, que pudiera llevarme a mi destino. Reconozco que mis
preguntas fueron bastante imprecisas, pero el silencio que hasta ese
momento habían mantenido mis acompañantes no me permitía ser más
exacto. Me molestó la carcajada que lanzó el camionero y que fue
seguida, con cierto retraso, por una risa tonta de la mujer.
—¡El señor quiere saber si falta mucho para llegar a alguna parte!
—exclamó el hombre, en tono de burla, y volvió a reír, sin darme
respuesta.
La mujer comentó que sería interesante saber cómo podrían decirme si
un ómnibus me llevaría a mi destino, si no tenía la menor idea de a
dónde quería ir.
Esto dio motivo a que siguieran conversando entre ellos, en un tono
más ameno, que hasta les permitía sonreír de vez en cuando. Yo
seguía sin respuesta y no me animaba a insistir, porque de repetir
la pregunta tendría que haberme mostrado agresivo, indicando que si
yo no sabía dónde me encontraba, y si ellos ignoraban mi destino, se
debía pura y exclusivamente a su falta de cortesía, por no haber
entablado conversación conmigo.
No es que me hubiese costado gran trabajo mostrarme desagradable,
porque ya me tenían harto; pero la verdad es que me sentía cómodo en
el camión —o por lo menos seguro—, aunque ya no lo necesitara en la
misma medida que la noche anterior. Por otra parte, caminar por la
carretera me habría resultado beneficioso para desentumecerme y
secarme el cuerpo y la ropa; pero temía quedar aislado, sin
encontrar medios para regresar. Hasta el momento no nos habíamos
cruzado con ningún otro vehículo, ni con el menor signo de actividad
humana.
Y debo confesar que me atraía la mujer; no me refiero al atractivo
físico, que sin duda era importante, sino más bien a su extraño
comportamiento durante la noche, esa curiosa dualidad para conmigo.
En ese momento no tenía ojos más que para el camionero, y su
actitud hacia mí, entre burlona y despreciativa, me pareció más
auténtica que el enojo anterior, o su intención de despertarme el
deseo.
De pronto, sin que mediara ninguna señal previa de advertencia, el
camionero detuvo el vehículo y dijo:
—Aquí termina el viaje.
Nada había cambiado en el paisaje. Nada hacía suponer que habíamos
llegado a destino. Deduje entonces que el viaje había terminado
nada más que para mí, y me dispuse a bajar. Así era, sin duda,
porque el motor seguía en marcha, y ninguno de ellos parecía pensar
en descender. Tomé mis zapatos y mis calcetines, que había dejado
en el piso de la cabina, así como el impermeable, abrí la portezuela
y, antes de saltar fuera, dije alguna palabra de agradecimiento que
de inmediato me pareció ridícula.
Cerré con fuerza la portezuela y me quedé junto al camión, esperando
que partiera. Comencé a sentir un olor desagradable y particular. Al
mismo tiempo noté que el salto me había lastimado los pies, y un
largo dolor me iba subiendo por las piernas, resentidas por el
entumecimiento debido al frío pasado y a la inmovilidad a que habían
estado condenadas durante horas.
La puerta se volvió a abrir y la mujer bajó apresuradamente.
—¡Ahí la tiene! —me gritó el camionero, asomando su gran cabeza por
la ventanilla de nuestro lado, para lo cual tuvo que tirarse a lo
largo del asiento—. Si no estuviera cumpliendo una delicada misión
oficial, en la cual llevo, por otra parte, bastante retraso por
culpa de ustedes, y si el reglamento no lo prohibiera expresamente,
estén seguros de que no se librarían de una buena paliza —y movía
sus espesas cejas, como disfrutando de la idea—. Pero si me bajo,
ustedes echarían a correr y perdería mucho tiempo tratando de
alcanzarlos, aunque no les quepa la menor duda de que los
alcanzaría, tarde o temprano. Creo —agregó, con una sonrisa maligna,
pero dulcificando, falsamente, el tono— que de todos modos tendrán
su castigo, y mucho más terrible del que yo pueda propinarles.
Mientras tanto —me miró con ojos profundos y temibles, más saltones
que nunca— puede seguir manoseándola, todo lo que quiera. Es
divertido, ¿verdad?
Lanzó una carcajada sin alegría.
—Tiene una carne dura, maciza, elástica, propia para ser manoseada y
pellizcada —prosiguió—. ¡Y las piernas! Las piernas están cubiertas
por un vello áspero y fino, que produce en la mano un cosquilleo
especial. —Su cara había perdido la dureza de las horas anteriores
y parecía casi simpática al hacer la descripción, aunque los ojos
seguían siendo duros y crueles. Apretó los gruesos labios y torció
hacia abajo las comisuras.— Ya perdí bastante tiempo con ustedes —y
por encima del ruido del motor, después de soltar el freno, y
mientras comenzaba a alejarse, gritó—: ¡Cerdosl
Me quedé clavado allí donde estaba, confuso e incómodo. No había
tenido oportunidad de abrir la boca para intentar una mínima
defensa; de todos modos, de haberla tenido, no lo hubiese hecho,
para no acusar a la mujer —cosa que, inevitablemente, habría
sucedido al explicarme—; tampoco el camionero hubiera estado
obligado a creerme; por el contrario, lo más probable es que
considerara mi explicación como una forma cobarde de descargar mi
culpa sobre ella, y esto quizás le hubiese encendido aún más la
furia, hasta el punto de hacerle olvidar ese reglamento y el atraso
que llevaba (según él, por culpa nuestra, aunque por mi parte no le
hice perder más de cinco minutos, sin contar todo el que perdió él
por su propia voluntad al endilgarnos el estúpido discurso final).
Al mirar alejarse el camión descubrí con sorpresa cuál era su carga,
y el origen del olor que había detectado momentos antes: ni más ni
menos que un inmenso montón de basura, resultado sin duda de
recolecciones domiciliarias, una montaña de materias en
descomposición.
Me pregunté el por qué de tan largo viaje transportando esa
porquería, que podía haberse quemado en algún lugar próximo al de la
recolección; ninguna utilidad que pudiera obtenerse de esos residuos
—cosa muy dudosa, por otra parte— habría justificado los gastos de
transporte.
De todos modos el camionero tomaba muy en serio su trabajo, lo que
me hizo pensar que alguna importancia habría de tener; me extrañó
también lo estricto del reglamento y del horario.
El camión fue tragado por una subida de la carretera que lo cubrió
definitivamente, luego de alcanzar la parte más alta; me alivió
sentir que ya no lo vería, aunque temí que en cualquier momento
diera la vuelta y el hombre tratara de tomarse la venganza
anunciada.
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