Mario Levrero (1940 - 2004), escritor, seudónimo de Jorge Mario Varlotta Levrero, nació en Montevideo, Uruguay. Además de la escritura, Levrero fue fotógrafo, librero, guionista de cómics, humorista y redactor jefe de revistas de ingenio. Estuvo a cargo de varios talleres de escritura, incluyendo talleres virtuales. Dirigió la colección literaria de los Flexes Terpines, que publica Cauce Editorial (Montevideo).

La literatura de Levrero ha sido clasificada como literatura de ciencia ficción y literatura fantástica, aunque muchas veces el propio autor, y sus propios lectores, no consentían esto. Ángel Rama lo colocó dentro de los escritores "raros", aquellos narradores inclasificables del Río de la Plata y que no responden al canon.

En contra del monopolio existente dentro del mundo de las editoriales, Mario Levrero creyó en la Internet para publicar sus textos. Por esta razón es posible encontrar sus escritos en este medio. También es posible visitar Letras Virtuales, el taller por internet que formó junto a Gabriela Onetto y del que participó activamente durante los últimos años de su vida.

 

Su obra

La Ciudad ,1970; La máquina de pensar en Gladys, 1970; Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, folletín, 1975 ; París, 1980; Manual de parapsicología, divulgación científica, 1980; El Lugar, 1982; Todo el tiempo, 1982; Aguas salobres, 1983; Caza de conejos, 1986; Los muertos, 1986; Santo Varón/I historieta, 1986; Fauna/Desplazamientos, 1987; Espacios libres, 1987; El sótano, 1988; Los profesionales, historieta, 1988; El alma de Gardel, 1996; El discurso vacío, 1996; Dejen todo en mis manos, 1998; Ya que estamos, 2001; Irrupciones I, 2001; Irrupciones II, 2001; Los carros de fuego, 2003; La novela luminosa, 2005.

 

 

I

La casa, al parecer, no había sido habitada ni abiertas sus puertas y ventanas durante muchos años.

El interior estaba en orden, aunque adecuado al gusto y las necesidades de los anteriores habitantes —equivalente, para mí, a un desorden—. Pero, quiero decir, no había objetos tirados en el suelo, y los mue­bles, en lugares que si bien podrían no ser los indi­cados para mi comodidad, no estorbaban el paso, ni ocupaban posiciones sin sentido (como suele ocurrir, al encontrar una mesa de luz con la puerta vuelta hacia la pared, o una remada colocada de tal modo junto a otro mueble que resulta imposible abrir sus cajones).

Quizás antes de entrar, en el momento de abrir la puerta, noté la humedad; las paredes y el techo goteaban, todas las cosas estaban húmedas, como cu­biertas de baba, el piso resbaloso. Y el aire enrareci­do, con olor a cerrado y a larga ausencia de seres humanos.

El tiempo no ayudaba; desde hacía unos días no se veía el sol, y caía sin tregua una fina llovizna y, de vez en cuando, un chaparrón muy fuerte. La casa no tenía ningún sistema de calefacción; me iba a ser imposible desalojar la humedad por el momento.

En la cocina había un viejo primus, pero nada de combustible; sólo unas botellas, con olor a querosene, amontonadas debajo de la pileta, detrás de una cortina de náilon.

Recordé que, no muy lejos de allí, había un alma­cén; me pareció que la primera medida sensata sería salir, aún bajo la lluvia y a pesar del cansancio, a comprar querosene para tratar de hacer andar el primus.

Pero luego pensé que quizás no valiera la pena; no podría secar la humedad ni siquiera de las cosas más necesarias, como la ropa de cama y la que tenía pues­ta; si bien me sería útil para preparar alguna bebida caliente, que necesitaba, esto no parecía compensar la caminata.

En principio abrí las ventanas, y lentamente comen­zó a circular un aire nuevo, aunque el olor a cerrado persistiría por algún tiempo; luego comencé a ordenar —o desordenar— las cosas, a fin de poder habitar aun­que en forma precaria, la casa.

Quité los colchones, que estaban doblados sobre las camas, y los amontoné en el suelo; luego, con algu­nas ropas que traía en las valijas, improvisé un lecho, sobre el elástico oxidado de una de las camas.

La noche se acercaba y tenía que encontrar la ma­nera de pasarla con un mínimo de comodidad; quizás al día siguiente brillara el sol, y todo me resultara más fácil.

Finalmente resolví ir al almacén. No se me había ocurrido traer algo para comer, y empezaba a sentir hambre; y al tratar de encender la luz —porque en el interior de la casa se veía poco, aunque faltaba un buen rato para que cayera la noche— encontré que no había corriente eléctrica. Busqué una llave general, o una caja de tapones, pero no hallé nada; luego se me ocurrió que era muy probable que la compañía de electricidad hubiera cortado el suministro, por falta de pago, quizás mucho tiempo atrás. Al no encontrar, tampoco, velas o un farol, me puse entonces, más por costumbre que por protección real, el impermeable que me había quitado al entrar, y salí, dejando abier­tas puertas y ventanas, y comencé a caminar.

No estaba seguro de la ubicación del almacén; lue­go me di cuenta de que más bien no tenía mayor idea del lugar donde podría encontrarse. Había ido una sola vez, hacía años, y en compañía de otra persona —sin necesidad de prestarle especial atención al reco­rrido para fijarlo en la memoria; y, aunque lo hubiese hecho, probablemente ya lo habría olvidado.

Con todo, me sentí impulsado a caminar hacia la derecha, y a buscar con la vista una señal que desper­tara el recuerdo.

Había pocas casas, y no parecían estar habitables. Paredes descascaradas e incluso semiderruidas; jar­dines invadidos por altos pastos y plantas silvestres, y una desoladora ausencia de signos de vida humana.

Me sentí desanimado y pensé en volver; tanto los descampados que bordeaban el camino, como las ca­sas, y las bifurcaciones o los caminitos laterales, pare­cían iguales entre sí, sin ninguna particularidad que me invitara a la esperanza. Sin embargo seguí cami­nando, un poco por inercia, y también porque no quería volver, con el estómago vacío, a pasar una noche angustiosa en aquella casa húmeda y oscura.

Caía, en efecto, la noche; los contornos de las co­sas, ya un poco diluidos por el agua, iban perdiendo toda nitidez. Pensé que en algún momento, debido a la oscuridad que progresaba, se encendería un foco de luz en alguna parte. Allí encontraría un sitio para reponer fuerzas.

Pero pronto la oscuridad fue total, y el foco espe­rado no se encendió.

 

II

La situación fue empeorando.

La lluvia, que ya me había obligado a quitarme los lentes, ahora me entraba en los ojos, después de satu­rar las cejas. Mi pañuelo chorreaba agua, y me resul­taba imposible continuar secándome los ojos y la frente.

A menudo salía del camino, o metía los pies en charcos. Resolví quitarme zapatos y medias, que, empapados, servían sólo de estorbo. El impermeable tampoco tenía ya ninguna utilidad; el agua, con su persistencia, se colaba por todas partes, hasta en el interior de los bolsillos.

Luego intenté el regreso, dejando por completo de lado la idea del almacén; la única idea que cabía, en esas condiciones, era la de encontrar un refugio, esca­par a la lluvia lo más pronto posible. Pero la oscuri­dad, y los resbalones y las caídas —especialmente las que sufría al salirme del camino— me habían des­orientado, y seguía andando sin saber si me acercaba o me alejaba de la casa.

Anduve mucho tiempo así, no sé cuánto, tropezan­do y maldiciendo, moviéndome por la sola voluntad de las piernas, con ganas de tenderme en el camino y quedarme allí, en desesperada resignación. De pron­to, a lo lejos, divisé un par de luces en movimiento.

A causa de la distancia, de la lluvia, de las ondula­ciones del camino, dudaba de la dirección en que las luces se movían; a veces parecían alejarse. Pero pronto se hizo evidente que se acercaban y por fin el vehícu­lo, que resultó ser un viejo camión, estuvo a pocos metros: La luz de los faros me reveló que yo estaba muy al costado del camino, y era probable que el conductor no tuviera posibilidad de verme; corrí, moviendo con dificultad mis piernas insensibilizadas, y agité los brazos. El camión se detuvo.

Me aproximé a la ventanilla del conductor; no podía ver a quién me dirigía porque la cabina estaba a oscuras, y en ese momento apagaron los faros.

—Por favor —exclamé—. Permítame subir, lléveme a alguna parte.

No hubo una respuesta inmediata; me pareció oír una discusión, aunque el ruido del motor —que el chofer mantenía acelerado— no me permitía escuchar las palabras. Al fin, se oyó una gruesa voz:

—¡Subal

Sonó como una orden.

Me costó alcanzar la otra puerta; en un principio había pensado en dar la vuelta por detrás, pero temí que el camión arrancara sin darme tiempo a subir. Tuve también una duda sobre si debía viajar en la cabina, donde era posible que no hubiese espacio, ya que además del conductor viajaba por lo menos otra persona. Pero sin detenerme a pensarlo di la vuelta por delante y busqué la manija de la portezuela, que ubiqué con cierta dificultad; desde adentro no se hizo ningún esfuerzo por ayudarme. Al fin conseguí abrir y trepé penosamente hasta el asiento demasiado alto.

Como en muchos camiones, no había ningún tipo de estribo y, para subir, era; necesario apoyar un pie en la rueda.

La voz murmuró algo así como que no tenía toda la noche por delante y que podía haber subido con mayor rapidez; el camión arrancó antes de que yo tuviera tiempo de cerrar la portezuela.

Dentro de la cabina, la escasa luz de los focos que reflejaba el camino permitía ver algo; así me enteré de que junto al conductor iba una mujer, pero no pude distinguir mucho de las facciones de ninguno de ellos. El camionero tenía espesos bigotes, y una nariz bastante grande; el rostro de la mujer estaba más en sombra. Apenas pude ver el pelo, que le caía sobre la cara.

—¡Está chorreando agua! —exclamó la mujer sin mi­rarme, después de un breve silencio que también me resultaba agresivo. Luego habló con el camionero, en otro tono—. Yo te dije que no debíamos dejarlo subir.

El hombre permaneció mudo; ella, en cambio, si­guió murmurando, aunque sin dirigirse a ninguno de nosotros en particular. Pensé que debía decir algo, y aproveché un respiro de la mujer para explicar que no conocía la zona, que había salido a hacer una compra y que la noche me había sorprendido sin haber podido encontrar el almacén; pero mi historia no pareció despertar el menor interés, y la dejé morir, haciéndose más agresivo el silencio.

Pronto mi atención fue reclamada por un extraño movimiento de la mujer, lento y continuo. Con sor­presa tuve que reconocer que se estaba deslizando, pacientemente, hacia mi lado.

En un principio creí que trataba de acomodarse, y me apreté todo lo que pude contra la portezuela. Como respuesta obtuve, de inmediato, un violento y agudo pellizcón en el brazo derecho, que me hizo retorcer en silencio.

Mientras tanto, seguía parloteando contra mí, des­cribiendo todos los daños que mi ropa mojada le cau­saba al tapizado del asiento (que, por otra parte, me pareció en muy malas condiciones; un resorte se me clavaba en la espalda y otro en una nalga, y cuando trataba de cambiar de posición siempre aparecía un nuevo resorte para mortificarme).

Y mientras hablaba arrimó su pierna desnuda con­tra la mía y la frotó levemente, a pesar de que mis pantalones estaban empapados. Yo la observé de reojo, pero ella aparentaba mantener su actitud agresiva, murmurando y sin mirar hacia mi lado.

Aparte de causarme asombro, y una cierta inquie­tud, este comportamiento me llevaba a una primera actitud de rechazo hacia ella; me vi sin saber qué hacer. Por un lado creía que mi respuesta a sus pro­vocaciones (una aproximación, una caricia), significa­ba una falta de respeto por el camionero, quien, según ella misma, había resuelto admitirme en el camión. Por otro lado, un franco rechazo podría llevar su mal humor, aparente o no, a un grado tal que el hombre se viera obligado a hacerme bajar, para complacerla, o para no tener que soportarla más.

Por un instante, se me ocurrió que la relación entre ellos podría no ser, como uno tendía a suponer en un primer momento, de índole amorosa; sin embargo, de no existir ésta —o una relación meramente conyugal ­no veía motivo para que el camión fuera propiedad común —como parecía serlo, por el hecho de que el ­camionero podía decidir mi presencia en él, y la mujer protestar por la misma causa (aparte de su preocupación por el tapizado)—; pensé incluso en una relación laboral, pero me pareció una idea estú­pida.

Ella proseguía sus manejos; ahora me apretaba, de vez en cuando, la rodilla con la mano, e insistía en pegarse contra mi costado. En otras condiciones, se me habría despertado el deseo; en ese momento, por el contrario, comenzaron a dominarme el temor y la angustia.

Busqué excusas para mantener la indiferencia; sur­gió la idea de que la mujer debía de ser fea, desagra­dable (la voz, sin embargo, sonaba cálida y joven); me dije que una mujer hermosa no necesitaría la dependencia que significa viajar en su camión para entablar relación con un hombre; a menos que el ca­mionero —si era en verdad su marido— fuera tan celo­so que no la abandonara en ningún momento, y ella estuviera obligada a aprovechar determinadas situa­ciones.

Sin querer resolví el conflicto, o al menos lo poster­gué, refugiándome en el sueño. Me dio tan buen re­sultado —quiero decir que cesaron las provocaciones, y también las ofensas— que cada vez que despertaba fingía continuar durmiendo, hasta que me volvía a dormir realmente.

Al despertar atendía, esperando escuchar alguna cosa de importancia para mí; pero creo que en ningún momento despegaron los labios.

El agotamiento, y la tensión nerviosa —presente y pasada— hacían que en mi mente se mezclaran pen­samientos e imágenes en desorden; y esta mezcla que reinaba en el sueño se prolongaba, en forma confusa, al despertar.

Soñaba que estaba en la casa; pero era mucho más grande y tenía infinidad de piezas, todas habitadas por extraños. Había gran bullicio, y un interminable ir y venir por los corredores. Pasaban junto a mí, ignorándome; yo estaba convencido de que me había vuelto invisible. Me ponía a veces en el camino de alguien, pero no me llevaban por delante, sino que me sorteaban, aunque haciendo parecer el rodeo ca­sual, o distraído, sin fijar nunca la vista en mí.

En forma paralela seguía pensando en el problema de la mujer y el camionero; se me ocurría que ese sentimiento de respeto, o gratitud, que me impedía responder a los reclamos eróticos de la mujer, era exagerado, ya que si bien el camionero me había reco­gido, aún en contra de la opinión de ella, era éste su deber como conductor, y como ser humano, y no tenía derecho a tratarme con brusquedad —como lo hizo en un principio, cuando me costaba subir—, ni a ignorar con tanta falta de cortesía mi explicación acerca de por qué me encontraba allí, en el camino, en medio de la lluvia y de la noche, o a mantener ese obstinado silencio agresivo.

Este razonamiento, no tan nítido como aquí lo ex­preso, y cargado de emociones muy intensas, un poco exageradas, se perdía entre las imágenes del sueño, que iban por otro lado, separadas, y de pronto subían a la superficie, pasando a un primer plano. Me encon­traba otra vez en la casa, en una de las piezas, hacien­do el amor con la mujer del camionero, tendidos en el suelo. La pieza estaba vacía, sin un solo mueble, las paredes desnudas. El sueño no me resultaba grato; no había una carga de erotismo que lo acompañara. Mi forma de hacer el amor era distraída, preocupado por mis pensamientos en torno a ellos (y, curiosamen­te, pensaba en ella como en otra persona, como con­siderando un problema abstracto, a pesar de que, al mismo tiempo, tenía plena conciencia de que era ella la mujer con quien estaba acostado) y miraba pasar gente por el corredor, frente a la puerta, en ese cons­tante ir y venir.

Algunos asomaban la cabeza y seguían de largo, otros se quedaban observándonos gravemente durante unos instantes, pero nadie hacía demostraciones de picardía, o desaprobación; más bien se nos examinaba con curiosidad y reserva, a veces como si se tratara de un fenómeno científico.

 

III

 

Al abrir los ojos comprobé que ya había salido el sol.

Observé a mis compañeros de viaje. La mujer dor­mía, la cabeza apoyada en el hombro del camionero. Era joven; sin ver sus ojos no me habría atrevido a determinar la edad, pero era seguro que no pasaba los treinta. Su pelo era muy negro, y el cuerpo peque­ño y bien formado.

El camionero seguía impasible al volante, sin dar muestras de fatiga, los ojos fijos en el camino, con expresión seria y concentrada, aunque no desagrada­ble. Tenía ojos grandes y saltones, y la piel curtida; su pelo también era negro, pero más brillante que el de la mujer. No le di más de treinta y cinco años; es posible que llegara a los cuarenta y no los representa­ra, aunque, en verdad, nunca tuve mayor habilidad para calcular la edad de la gente.

Hice algún movimiento exagerado para mostrar que ya estaba despierto, confiando que, con la luz del día, se hiciera más comunicativo. Extraje un peine del bolsillo de la campera y me peiné; luego me pasé las manos por la cara, tratando de despejarme. Pero nada alteró la actitud del hombre, que siguió impasible, fiel al volante y al camino.

La mujer despertó rato más tarde, cuando el sol nos daba de frente, en los ojos. El paisaje era para mí desconocido, aunque no esperaba por ese lado ningu­na sorpresa. He viajado poco, y es raro que reconozca los lugares por donde paso, quizás porque los paisajes se parecen en todas partes (o, si lo pienso mejor, por­que al viajar nunca me fijo en los detalles; más bien acostumbro a posar la vista cerca del vehículo que me transporta, y veo los postes, los alambrados, los árboles o el borde de la carretera, confundidos en rápida sucesión; esto me resulta más interesante que obser­var los detalles, me permite pensar con mayor liber­tad, o tal vez no pensar en nada).

La mujer tampoco me prestó atención. Se limitó a alisarse el pelo con las manos y a echar una rápida mirada hacia mi lado, como para comprobar que yo estaba aún allí. Y luego se dedicó a hacerle mimos al camionero, y a hablarle en tono cariñoso, refiriéndose en general a un cansancio —que el hombre no demos­traba— y a lo terrible de tener que viajar tantas horas detrás del volante.

Quise encender un cigarrillo, pero el paquete se había mojado, y estaban todos echados a perder. Hice una bola con la cajilla, en forma evidente, y la arrojé afuera, con la esperanza de que el camionero me con­vidara con tabaco. Pero tampoco en esta ocasión se sintió aludido, aunque varias veces lo había visto fumar. Resignado, me puse a mirar por la ventanilla.

Al cabo de un rato me aclaré la garganta y pregun­té si faltaba mucho para llegar a alguna parte, y si por la carretera pasaba algún ómnibus, que pudiera llevarme a mi destino. Reconozco que mis preguntas fueron bastante imprecisas, pero el silencio que hasta ese momento habían mantenido mis acompañantes no me permitía ser más exacto. Me molestó la carcajada que lanzó el camionero y que fue seguida, con cierto retraso, por una risa tonta de la mujer.

—¡El señor quiere saber si falta mucho para llegar a alguna parte! —exclamó el hombre, en tono de burla, y volvió a reír, sin darme respuesta.

La mujer comentó que sería interesante saber cómo podrían decirme si un ómnibus me llevaría a mi des­tino, si no tenía la menor idea de a dónde quería ir.

Esto dio motivo a que siguieran conversando entre ellos, en un tono más ameno, que hasta les permitía sonreír de vez en cuando. Yo seguía sin respuesta y no me animaba a insistir, porque de repetir la pregun­ta tendría que haberme mostrado agresivo, indicando que si yo no sabía dónde me encontraba, y si ellos ignoraban mi destino, se debía pura y exclusivamente a su falta de cortesía, por no haber entablado conver­sación conmigo.

No es que me hubiese costado gran trabajo mostrar­me desagradable, porque ya me tenían harto; pero la verdad es que me sentía cómodo en el camión —o por lo menos seguro—, aunque ya no lo necesitara en la misma medida que la noche anterior. Por otra parte, caminar por la carretera me habría resultado beneficioso para desentumecerme y secarme el cuerpo y la ropa; pero temía quedar aislado, sin encontrar medios para regresar. Hasta el momento no nos ha­bíamos cruzado con ningún otro vehículo, ni con el menor signo de actividad humana.

Y debo confesar que me atraía la mujer; no me refiero al atractivo físico, que sin duda era importante, sino más bien a su extraño comportamiento durante la noche, esa curiosa dualidad para conmigo.

En ese momento no tenía ojos más que para el ca­mionero, y su actitud hacia mí, entre burlona y des­preciativa, me pareció más auténtica que el enojo anterior, o su intención de despertarme el deseo.

De pronto, sin que mediara ninguna señal previa de advertencia, el camionero detuvo el vehículo y dijo:

—Aquí termina el viaje.

Nada había cambiado en el paisaje. Nada hacía suponer que habíamos llegado a destino. Deduje enton­ces que el viaje había terminado nada más que para mí, y me dispuse a bajar. Así era, sin duda, porque el motor seguía en marcha, y ninguno de ellos parecía pensar en descender. Tomé mis zapatos y mis calceti­nes, que había dejado en el piso de la cabina, así como el impermeable, abrí la portezuela y, antes de saltar fuera, dije alguna palabra de agradecimiento que de inmediato me pareció ridícula.

Cerré con fuerza la portezuela y me quedé junto al camión, esperando que partiera. Comencé a sentir un olor desagradable y particular. Al mismo tiempo noté que el salto me había lastimado los pies, y un largo dolor me iba subiendo por las piernas, resentidas por el entumecimiento debido al frío pasado y a la inmovilidad a que habían estado condenadas durante horas.

La puerta se volvió a abrir y la mujer bajó apresu­radamente.

—¡Ahí la tiene! —me gritó el camionero, asomando su gran cabeza por la ventanilla de nuestro lado, para lo cual tuvo que tirarse a lo largo del asiento—. Si no estuviera cumpliendo una delicada misión oficial, en la cual llevo, por otra parte, bastante retraso por cul­pa de ustedes, y si el reglamento no lo prohibiera expresamente, estén seguros de que no se librarían de una buena paliza —y movía sus espesas cejas, como disfrutando de la idea—. Pero si me bajo, ustedes echa­rían a correr y perdería mucho tiempo tratando de alcanzarlos, aunque no les quepa la menor duda de que los alcanzaría, tarde o temprano. Creo —agregó, con una sonrisa maligna, pero dulcificando, falsamen­te, el tono— que de todos modos tendrán su castigo, y mucho más terrible del que yo pueda propinarles. Mientras tanto —me miró con ojos profundos y temi­bles, más saltones que nunca— puede seguir mano­seándola, todo lo que quiera. Es divertido, ¿verdad?

Lanzó una carcajada sin alegría.

—Tiene una carne dura, maciza, elástica, propia para ser manoseada y pellizcada —prosiguió—. ¡Y las piernas! Las piernas están cubiertas por un vello áspe­ro y fino, que produce en la mano un cosquilleo espe­cial. —Su cara había perdido la dureza de las horas anteriores y parecía casi simpática al hacer la descrip­ción, aunque los ojos seguían siendo duros y crueles. Apretó los gruesos labios y torció hacia abajo las co­misuras.— Ya perdí bastante tiempo con ustedes —y por encima del ruido del motor, después de soltar el freno, y mientras comenzaba a alejarse, gritó—: ¡Cerdosl

Me quedé clavado allí donde estaba, confuso e incómodo. No había tenido oportunidad de abrir la boca para intentar una mínima defensa; de todos modos, de haberla tenido, no lo hubiese hecho, para no acu­sar a la mujer —cosa que, inevitablemente, habría sucedido al explicarme—; tampoco el camionero hu­biera estado obligado a creerme; por el contrario, lo más probable es que considerara mi explicación como una forma cobarde de descargar mi culpa sobre ella, y esto quizás le hubiese encendido aún más la furia, hasta el punto de hacerle olvidar ese reglamento y el atraso que llevaba (según él, por culpa nuestra, aunque por mi parte no le hice perder más de cinco minutos, sin contar todo el que perdió él por su propia voluntad al endilgarnos el estúpido discurso final).

Al mirar alejarse el camión descubrí con sorpresa cuál era su carga, y el origen del olor que había de­tectado momentos antes: ni más ni menos que un inmenso montón de basura, resultado sin duda de re­colecciones domiciliarias, una montaña de materias en descomposición.

Me pregunté el por qué de tan largo viaje trans­portando esa porquería, que podía haberse quemado en algún lugar próximo al de la recolección; ninguna utilidad que pudiera obtenerse de esos residuos —cosa muy dudosa, por otra parte— habría justificado los gastos de transporte.

De todos modos el camionero tomaba muy en serio su trabajo, lo que me hizo pensar que alguna impor­tancia habría de tener; me extrañó también lo estricto del reglamento y del horario.

El camión fue tragado por una subida de la carretera que lo cubrió definitivamente, luego de alcanzar la parte más alta; me alivió sentir que ya no lo vería, aunque temí que en cualquier momento diera la vuel­ta y el hombre tratara de tomarse la venganza anun­ciada.

  ir arriba