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I
Usted entró en la florería y dejó sobre el mostrador
de cristal su pequeño paraguas de seda negra y fue directamente
hasta el invernáculo y preguntó con esa voz delicada y firme que
parecía venir desde muy lejos:
—¿No han llegado las begonias nuevas?
Ésta era la milésima vez que yo la veía, pero la
tercera del año. Usted, en realidad, no me había visto nunca sino
vagamente, y al preguntar al vendedor sobre tal o cual planta —sin
advertir al pronto que el hombre a quien abordaba me estaba
atendiendo— lo hacía con un aire anónimo y ajeno, antes de levantar
los ojos, mirarme y sonreír ante su propia descortesía con un
“¡ah!...” como si viera salir de la niebla un rostro vagamente
entrevisto en alguna otra parte. En su sonrisa había algo de
secretamente duro, de destruido. Este año yo la había visto tres
veces: la primera vestía usted un traje sastre negro con blusa negra
y pequeño cuello blanco; la segunda vez —llovía— un impermeable
incoloro, vítreo y transparente; la tercera, un traje parecido al de
ahora, sencillo, sobrio, personalísimo.
En su expresión había algo de duro, de destruido, de
secreto.
¡Dios mío, cuántos años habían pasado! ¡Cuántos años
—lo menos trece— habían pasado desde el primer encuentro!
Mirándola con asombro, yo pensaba: Sí, este modo de
llevar la cabeza, esta extrema finura de los miembros, esta
vivacidad nerviosa de la figura toda, son hermosos; pero no son
lo más hermoso. Lo más hermoso era lo que yo sabía. Lo más
hermoso estaba hondo, mucho más hondo; adentro, mucho más adentro...
Ahí estaba yo, mirándola, al cabo de tantos años.
Conmovido y cohibido como un pobre diablo. Y éramos, como el primer
día, dos extraños, y no íbamos a cambiar —con todo lo que sin duda
nos ligaba— una sola palabra.
Ésta era la milésima vez que yo la veía. O tal vez la
milésima tercera.
II
Yo no recuerdo cuándo fue la primera vez. Usted entró
en mi vida viniendo del tiempo. La primera idea que tengo de usted
es aquella impresión visual: bajaba usted por la calle Charcas,
costeando la plaza San Martín. Era un día brumoso, seguramente de
agosto o bien de septiembre, y venía usted con una chaqueta de
sport abierta, con las manos en los bolsillos, apresurada y
pensativa. Confieso que me quedé ahí parado, boquiabierto, como un
tonto con toda la sangre escapada del cuerpo. Después he pensado que
tal actitud se parecía a ese grabado tan vulgar de Dante Alighieri
cuando ve aparecer a Beatriz en uno de los puentes del Arno; yo no
sé en casa de qué pequeño burgués no he visto esa litografía que
representa al poeta con su casquete de orejeras plegadas y la larga
túnica caída, mientras se lleva la mano al pecho. Se parecía a eso.
Usted pasó y caminé, sin pensarlo, detrás de usted. No sé
exactamente, pero de esto deben de hacer unos trece años. Tampoco me
acuerdo de los detalles, de mi vuelta a casa ese día pero sí, en
cambio, de las veces que la vi después. Fueron muchas.
Yo no sabía de qué lado de la ciudad venía usted, ni
hacia qué lado iba. Yo era un estudiante de derecho, muy pobre. Mis
padres estaban en Río Negro y me mandaban muy poco dinero; mi padre
tenía una modesta carrera de ingeniería, mi madre sufría de grandes
anemias; nuestra casa fue siempre una casa muy triste. Mi padre
había sido un reconcentrado, con fuerte vocación de independencia.
Se negó siempre a depender de jefes, por lo cual, apenas graduado,
buscó sitio para ejercer la ingeniería en el interior del país.
Vivieron con mi madre —también silenciosa y suave y pálida— años
idílicos, y apenas tenían con qué pagar la casa y comer. Al fin,
cuando yo contaba dos o tres años, mi padre compró un pequeño
aserradero, que a mí me pareció gigantesco y tremendo por el fragor
de las sierras y lo vasto y alto del gran galpón principal. Yo lo
acompañaba todas las mañanas, casi al alba —todavía de noche en los
meses de invierno—, desde casa hasta el establecimiento. Había que
hacer un largo trayecto. Íbamos sin hablar. Él; con su paso largo,
fuerte; yo, tratando de imitar con infatigable esfuerzo el alcance
de esos pasos: por veces corriendo, por veces tropezando, quedándome
atrás, volviendo a la carrera, ¡qué trabajo! Atravesábamos un camino
de través, abierto entre frondosos sauces, a la orilla de un arroyo
que mostraba bajo el fluido cristal la vegetación del lecho tierno.
A veces mi padre me mandaba que trepara a los altos árboles y me
miraba sonriente sin dejar de caminar, y yo hacía ante él, sin
alientos, proezas extraordinarias. Algunos días, en verano, en mitad
de febrero, nos bañábamos al atardecer, de vuelta del aserradero, en
el arroyo de agua fresca. Esto me parecía la gloria. Abría mis
narices al olor del agua, al aire crepuscular y a la tibia
exhalación de tantas hojas apretadas por el calor; ésa era mi
embriaguez de criatura. Así fui creciendo, gozoso fruto pegado a los
dos troncos paternales. Cuando me separé de ellos creí que quitaba
de esa casa en ruinas un apuntalamiento moral necesario. Al poco
tiempo los acontecimientos me dieron la razón: mi padre comenzó a
perder dinero y mi madre a empeorar y empeorar. Sin embargo, yo no
podía dejar Buenos Aires, tenía una constante labor nocturna de
traductor, muy humilde, con lo que costeaba mis derechos de examen y
el alquiler de mi pieza: mi vida inmediata estaba urgida y
condicionada por esas obligaciones.
Yo no sabía hacia qué lado de la ciudad iba usted, ni
de qué lado venía. En las primeras horas de la tarde, al regresar
por la calle Florida, de la Facultad, la vi venir muchas veces, de
sur a norte. La recuerdo: traía el cabello suelto en la voluntariosa
cabeza, el sombrero doblado entre los dedos delgadísimos y el brazo
apretando unos libros contra el alto flanco izquierdo de su cuerpo.
Parecía totalmente ajena a lo que la rodeaba: al ruido de Buenos
Aires, al movimiento congestionado de la hora —salía mucha gente de
los Bancos y de las tiendas—, al color mismo del cielo, tan alto y
tan azul. (Alguna vez, al haber pasado usted, yo vi por las calles
transversales el verde de los árboles del bajo recortados sobre un
cielo incomparable.) Parecía no mirar nada; tan sólo seguir el
movimiento interior de quién sabe qué sueño, de quién sabe qué
aspiración, qué amor, qué codicia o qué odio. La expresión de su
semblante no era feliz. Había en usted cierto desdén, cierta
ostentación huraña del sueño que amamantaba.
Fue esa presa interior suya, esa terrible y orgullosa
intimidad, esa soberbia fría y reservada, lo que me arrebató
definitivamente hacia usted. Lo más secreto, solemne, sombrío y
grandioso del mundo me parecía escondido en ese duro, aristocrático
recogimiento; en ese celoso orgullo.
Un día supe cómo se llamaba usted. Su nombre estaba
vinculado a una de las familias más altivamente criollas, y el de su
marido —ese hombre cetrino y delgado, de expresión gris, a quien más
tarde me mostraron al azar de no sé qué acto— era todavía más
resonante y antiguo. El día que supe su nombre —¡piense que lo
averigüé tan fácilmente al salir usted de la librería inglesa de
Mitchell!— sentí que ya estaba mucho más próximo de su mundo y que
algo fuerte y neto —como es el no perder, al menos en la información
de los diarios, acto importante al que usted fuera— me pertenecía a
perpetuidad.
Dueño de ese nombre, estaba mucho más tranquilo: las
corrientes oscuras y las sorpresas de la vida ya no me la podían
arrebatar de la ciudad sin dejar rastros. En mis manos estaba el
hilo de Ariadna.
Ariadna no la podía llamar, por más que necesitara
para mí bautizarla con un nombre mítico y de mi exclusivo uso;
habría sido cursi llamarla Ariadna. Una vez me puse a inventar
nombres: Catleya, Casandra; ¡qué ridiculez! Piense que yo tenía
entonces veintiséis años y que, por dentro ,era todavía muy
muchacho. Además, esos juegos cándidos son propios de los
solitarios; son como una especie de purgación del tremedal más
frívolo y a la vez más sublime del alma: importan una elevación de
otros sujetos humanos a una categoría divina. En el fondo, y
gravemente, yo la llamaba para mí por su verdadero nombre. De mis
juegos volvía pronto a esta seriedad.
Le contaré otras cosas. Yo vivía en una casa de
pensión de la calle 25 de Mayo al llegar a Tucumán. La casa de
pensión ocupaba uno de los departamentos del quinto piso en un
enorme falansterio de corredores anchos y sombríos. Haciendo cruz
había una vieja residencia británica —un club o no sé qué círculo—;
enfrente había un bar de mala vida. La calle 25 de Mayo semejaba
cualquier antigua calle típica de una ciudad americana: a los dos
lados de la calzada se multiplicaban los edificios de frente más
caprichoso, opuesto y contradictorio, se adivinaba la precipitación
ruda por hacer de las ganancias una materia resistente, permanente.
La calle Tucumán, perpendicular a nuestra puerta, bajaba, sórdida,
hacia el río: menos de cien metros de brusco declive. Todas esas
calles, pese a su aspecto equívoco y oscuro, a mí me gustaban mucho;
en ellas —sin concederme estación alguna en sus antros y cafés—
podía evadirme un poco de la monotonía de la ciudad.
La dueña de la pensión, la señora Ana, era una mujer
gruesa, de párpados posados y mirada soñolienta. Creo que era
oriunda de un país limítrofe y viuda de un afinador de pianos. Tenía
una criada paliducha y escuálida que la obedecía como un perro y
arreglaba los cuartos entre suspiros, resignada a un inquebrantable
mutismo. Pero ¡qué extraña resentida! Alguna vez, al salir muy
temprano para la Facultad, yo la sorprendí conversando con el
lechero junto al ascensor de servicio; me miró y bajó al suelo unos
ojos aparentemente mansos, pero secretamente blasfemantes.
En la casa vivía un corredor de elásticos de metal,
llamado Johnson, con su aspecto de obispo anglicano, y dos jóvenes
más: Jiménez y Anselmi. Jiménez era empleado de un ministerio y
Anselmi estudiaba Derecho. Jiménez y Anselmi tenían exactamente mi
edad; en lo que respecta a nuestras naturalezas, éramos muy
diferentes: Jiménez tenía un aspecto inaguantablemente
pretencioso —¿por qué eliminar este galicismo tan justo?—
con aquel cabello lacio y brillante que acababa en una punta
agresiva, y aquellos lentes de señorito, pero era en realidad un
tímido y lo que hacía con aquella actitud era salir al ataque antes
de ser agredido; a los extraños, este muchacho les parecía duro,
cortante, agrio; yo sabía que tenía el llanto fácil y un alma casi
femenina, sensible y escrupulosa. Jiménez era la fragilidad, la
finura; Anselmi era el impulsivo, el corpulento. Anselmi se lo
llevaba todo por delante; pero, éste, eso sí, sin ficción. Con su
estatura de hastial y sus gruesas manos, no podía estarse quieto y
parecía a cada rato estar dispuesto a ir a tomar la vida al asalto.
Cualquiera se adelantaría a deducir de este contraste un saldo
intelectual y espiritualmente favorable para Jiménez; no, la fuerza
de Anselmi, su impetuosidad, su coraje eran de la mejor pasta:
provenían de un fuerte despejo interior. Era muy inteligente y con
una gran capacidad de sumarse conocimientos y certezas. Yo lo
admiraba mucho por esta suma de riquezas visibles. Jiménez se sentía
un poco celoso de esta preferencia, la veía, la sentía, no se
refería nunca a ella. Esto era una señal de calidad. Además vivía en
la casa una muchacha de vida oscura, con aspecto marchito y cansado,
pero muy elegantemente vestida; esta muchacha tenía un aire de
distinción, algo nada vulgar en toda su apariencia, y no cambiaba
palabra con nosotros; la veíamos rara vez. En verdad, Anselmi,
Jiménez y yo éramos gente de poco confiar en cuanto a la amistad con
mujeres; los tres estábamos listos a dar el zarpazo y a comentarlo
luego solapada y jovialmente. Figuraba por último entre nuestros
vecinos de cuarto un viejo médico bohemio de apellido Dervil, que
había abandonado su profesión años atrás, en virtud de su decepción
filosófica de la ciencia; vivía como un soñador, pobre como las
ratas, pero rico de ideas, experiencias y cuentos, y a nosotros nos
gustaba conversar con él. A los hombres como éste, que no han
llegado en la vida a otra conclusión que a ser sinceros consigo
mismos, la sociedad los llama parásitos, o inmorales o locos. La
sociedad está siempre dispuesta a clasificar rotundamente a los que
arroja de sí, tal vez porque a lo que resentidamente aspira es a
encontrar al fin un nombre que cubra y justifique la informe masa de
su gregaria ficción.
Mi pieza era bastante amplia, razón por la cual
Jiménez y Anselmi vivían más en ella que en las suyas. Las suyas
eran verdaderas pocilgas interiores, y la mía, al menos tenía un
gran balcón sobre la calle Tucumán. Uno podía ver perfectamente el
río, los vapores lentamente remolcados por el canal del Río de la
Plata, los rieles de ferrocarril costero, toda aquella región, en
fin, tan provisoria y a la vez tan espaciosa, idéntica a la
fisonomía general de nuestro país, que se caracteriza por la
renovada desolación de una inacabable llanura. Yo tenía pocas cosas
en mi cuarto: la cama, algunos libros en una estantería de pino,
varios retratos de los escritores que leía en esa época, dos
aguafuertes francesas muy bellas, un enorme ropero, lleno de
carpetas con recortes de diarios y altos de ropa limpia con el
pequeño manojo de alhucemas. (Cada vez que venía Anselmi de la
calle, después de un día entero de trabajo abría la puerta del
ropero y sumergía un rato su cabeza en el interior: “Salgo un poco
al campo”, decía.) Mi apetito de cultura consumía toda clase de
libros en un gran desorden y en ediciones populares; en mi cuarto,
la Crítica de la razón pura servía en colaboración con el
Retrato del artista adolescente para sostener la lámpara rota
sobre la mesa de trabajo. Lo mejor de mi cuarto era una vieja
chimenea que tiraba a las mil maravillas. Los sábados me traían de
la carbonería de la esquina un montón de leña; ésta era la buena
noticia hebdomadaria. El peón que la traía era un italiano noblote,
de ojos azules, anarquista y lector de Lermontov; antes de irse,
curioseaba despectivamente mis libros; decía que no había leído más
que una obra en español y era el Dogma socialista del
argentino Esteban Echeverría. Jiménez le recomendaba libros absurdos
y él lo miraba sin decir nada, como significando: “Ya entrará usted
en las cosas serias.”
En fin, Buenos Aires no es una ciudad muy divertida.
Quien observe su plano verá que, al norte y al oeste, la línea
exterior de la ciudad asume la forma del perfil de un niño. Ésta no
parece una semejanza fortuita: en esta ciudad que se presenta por
fuera como tan vieja a pesar de ser tan nueva, late el sentimiento
interior de un corazón huraño y adolescente. La metrópoli se
confunde muchas veces con el ánimo de un niño enojado, uno de esos
niños a quienes perturba e irrita en una forma casi animal la
presencia en su casa de personas extrañas. Buenos Aires me parecía
llena de violencia hacia los recién llegados; lejos de amamantarlos
y deleitarlos como otras ciudades del mundo, ella los recela al
principio, los maltrata, como la mujer casada con odio al marido que
la acaricia. Sí, la metrópoli esconde un poco la cara; lo que
entrega al no dilecto es su cuerpo monótono y como óseo. Nosotros,
sin embargo, la conocíamos bien; desde sus lodazales del bajo
Belgrano hasta el cándido libertinaje de la ribera en los lindes de
Avellaneda, sabíamos nuestra inconfesable topografía. Pero, como les
pasa a los hombres de infancia triste y solitaria, nos agitaba poco
la atracción del pecado; estábamos vueltos hacia la busca de almas.
Nuestra pesca era también—¡y cuánto!— de ideas, de inspiración;
buscábamos sin cesar un terreno donde ir a provocar nuestra
exaltación o a mezclarla con otras exaltaciones. Jiménez era, por
dentro, más pálido, más tímido, más parecido a mí; Anselmi era la
intrepidez personificada. Nuestro cuartel general era una pequeña
cervecería de la calle Lavalle. Antes y después de comer nos íbamos
allí a oír la orquesta suiza, los viejos valses y unos tangos que
parecían todavía más viejos a fuerza de ser tocados y tocados por
aquellos ejecutores decrépitos.
La cervecería era muy curiosa. Vale la pena
describirla. El salón era un gran rectángulo compuesto de dos
planos; el plano de arriba tomaba una cuarta parte del salón y
estaba limitado por una larga balaustrada cuyo extremo abierto era
la escalera que lo comunicaba con la planta baja. La planta baja
estaba llena de mesas entre pigmeas columnatas con plantas verdes; a
la derecha había una plataforma baja donde mal que mal se instalaba
la orquesta de los cuatro suizos. Algunos días, el mismo propietario
del establecimiento, un suizo bajo y macizo a quien le faltaba un
ojo, se veía obligado a animar a la mustia comunidad allí reunida y
subía a la plataforma para impulsar mediante excesivos ademanes el
ritmo de los cansados burgueses mal pagados para interpretar allí
Tanhäuser y Los maestros cantores. Una gran guirnalda de
orquídeas de papel ornaba las márgenes del sitio opuesto a la
orquesta donde estaba el mostrador. De la pared pendían ejemplares
demasiado viejos del Berliner Tageblatt y el ejemplar
del día del Deutsche La Plata Zeitung, así como revistas
escritas en los más inesperados idiomas. Y sobre las repisas,
alrededor de todo el salón, en la planta baja y en la alta, la
eterna profusión de jarras, jarrones germánicos, recipientes
grotescos y trofeos de caza comprados en quién sabe qué remates. Los
más diversos parroquianos alternaban en la cervecería con las
muchachas de equívoco vivir y los matrimonios de rostro sanguíneo y
narices de visibles capilares. Acudíamos a aquel sitio como se acude
al voluntario destierro: para conspirar, activa o pasivamente.
Nuestro tipo de concitación era aclararnos e intensificar en
nosotros nuestras propias ideas de rebeldía. ¿Cuáles? Toda clase,
toda clase de rebeldías. Lo importante era atesorar en nosotros un
capital de disconformismo, un crédito de oposición disponible...
En torno a la mesa con bocks y pretzel
se suscitaban las disputas más increíbles, los debates más
ambiciosos respecto al modo de componer un mundo torcido en el que
no nos resultaba cómodo vivir. Éramos alrededor de una docena. El
enfático y magro, hierático Letesón, que dirigía una pequeña revista
de literatura; Gómez, un aficionado a la pintura, vanguardista
frenético; Stigmann, el pequeño judío de cabeza vesánica, locuaz,
maldiciente, cínico, de tez grasienta, sucia, con aquella frente
magnífica y aquella enfermiza combatividad; Villegas, estudiante de
medicina a quien acompañaba siempre su amiga, una muchacha
hambrienta de veinte años, con ojos de judía perseguida; y aquel
bruto corpulento, con la cabeza al aire, vociferante, especialista
en teóricos golpes de Estado, un constitucional sedicente... La
sociedad, en fin, más heterogénea, acudía por las noches a la
cervecería. Casi siempre se unían migratoriamente al grupo rostros
nuevos. Villegas, Anselmi y yo éramos los especialistas en ideas
generales, los otros eran mentes un tanto confusas —con excepción de
Jiménez—, propensas a un pasivo y un tanto pueril lirismo. No se
imagina usted los desórdenes que armábamos.
Ya entonces comenzaba yo a tener una extraña
concepción de la vida. Había tenido una infancia muy bien
proporcionada con la tierra, con mi tierra, con mi paisaje
circunstante, que era el enigmático, secreto y profundo paisaje
argentino. De esa tierra había aprendido algunas lecciones; y esas
lecciones me parecían necesarias para avanzar con el cuerpo recto en
un medio donde tantas cosas proponen deformación o desmoralizadoras
facilidades. Pronto vi que esas lecciones eran generalmente
ignoradas, insospechadas; y que el mundo que vivía, actuaba,
negociaba y amaba en la metrópoli, era un mundo blando y confuso;
todo el país pugnaba de más en más, sin embargo, por parecerse a la
metrópoli. Era, pues, un país echado a dormir sobre la tierra. Había
que levantarlo. Ya algunos, hombres y mujeres, estarían sin duda
levantados. Había que buscarlos. Estas dos necesidades comenzaron a
ser la esperanza con que me despertaba cada mañana en un cuarto de
aquel viejo edificio de la calle 25 de Mayo.
¡Qué alegría me daba entonces el sentimiento del
futuro! Toda mi salud respiraba futuro. Yo sentía en el mundo una
felicidad sin fronteras. Mi respiración era la lenta y segura marcha
de la felicidad del planeta. A veces, cuando volvía a mi casa, me
daban ganas de abrazar a la patrona, de hacer preguntas insensatas a
la señorita vecina —con quien no había cambiado nunca más que los
habituales lacónicos saludos— y de pedirle al médico filósofo que
compartiera mis escasos dineros y juntos disfrutáramos de una tan
fugaz como jovial prosperidad... Me echaba en la cama, con la luz
prendida, boca arriba, las piernas cruzadas, las manos bajo la nuca,
y dejaba que pasara el tiempo, sonreía. ¡Es tan fácil —pensaba—
adueñarse del mundo, ser alguien en la literatura, en la vida culta,
en los salones, en la ciudad toda, dócil al vencedor! ¡Tan fácil!
Entraba de pronto Anselmi, exultante, enorme, con el
brazo en alto, blandiendo un paquete. “¡Queso de Catamarca!”,
gritaba. Yo me incorporaba de golpe en la cama, lo miraba.
Permanecíamos callados un instante, brillantes los ojos; luego, de
pronto, con un hurra, disparábamos, salvajes, hacia el comedor,
dejando las puertas abiertas, las lámparas temblando...
Éramos gente alegre, fuerte y ambiciosa.
Y sin embargo, yo estaba inquieto. En el fondo de mi
conciencia aquella felicidad me parecía, al rato de sentirla tan
intensamente, externa, adventicia, corriente que pasa y se lleva
nuestro gozo. Porque, esa vida en torno, ¿era una solución o era un
problema?
¿Era o no nuestra la grande, la no visible, la
todavía pendiente responsabilidad?
Sí, nuestra era; nuestra.
Al día siguiente de las jornadas más ligeras y
alegres yo me encaminaba, al atardecer, hacia la cervecería, con el
paso reflexivo. Teníamos que hacer algo; debíamos hacer algo.
Solía quedarme esperando a los muchachos mientras agotaba a pequeños
tragos mi vaso de cerveza. Veía entrar a los clientes más pacíficos
y escuchaba una maltratada sinfonía. Soñaba con escribir dos o tres
libros buenos y con ver a mi país articularse y erguirse. Para eso,
para ambas cosas, era menester barrer antes, en el primer caso, con
una inercia íntima; en el segundo, con una inercia colectiva. ¿Cómo
podía yo ayudar esos dos triunfos? Pensaba, por largos cuartos de
hora. Entraba y salía gente. De tiempo en tiempo, alguna fisonomía,
alguna actitud atraían mi atención. Luego llegaba Anselmi, o bien
Jiménez. Me contaban cosas del mundo exterior, fútiles, y yo volvía
a reacomodarme a esa realidad. No crea usted que mi ensueño tenía un
cariz fatuo o egocéntrico. Era más bien una necesidad de compartir
cierta plenitud, de alcanzarla para hacerla común a mi alrededor, de
subir el tono de una vida circundante embotada y monótona.
Anselmi devoraba grandes trozos de pan negro con
manteca. Decía que esto lo compensaba de las pésimas viandas de la
pensión. (En realidad, su apetito no era en casa menos voraz.)
Cuando venía Julián Villegas, el estudiante de medicina, la muchacha
que lo acompañaba eternamente miraba con obstinada avidez el pan
negro untado con manteca. Villegas no permitía que nadie la
invitara. “Está a régimen”, declaraba autoritariamente; la muchacha
sonreía como un animal miedoso, con ojos estúpidos e inexpresivos.
Me acuerdo que en cierta ocasión nos hallábamos
reunidos todos los del grupo habitual. La cervecería estaba llena de
extranjeros y habían hecho tocar cuatro o cinco veces el Lieber
Augustin. En torno a la gran mesa redonda de madera, Anselmi
enarbolaba su teoría nacionalista. Jiménez sonreía con cierta sorna
de verle la cara a Stigmann, para quien el mundo no podía salvarse
sino mediante los principios de un socialismo ateo de perfil
bastante avanzado. Anselmi hablaba del sentido de la Reconquista de
Buenos Aires en la época de las invasiones inglesas y decía a gritos
que entonces se respiró en Buenos Aires, quizá por única vez, la
atmósfera de una verdadera unidad patriótica. Stigmann estalló en
una carcajada. “¡Fue una batalla doméstica —dijo—, ganada a fuerza
de pavas de agua caliente!” Anselmi calló un instante: “¡Infame
judío! —dijo después—. ¡Habría que aplastar a todos los de tu
especie!” Stigmann siguió riéndose. Repetía con insistente sorna: “
¡Una batalla doméstica...!” Anselmi se levantó, alzó en alto su
silla y la dejó caer sobre los hombros de Stigmann, que se apabulló
con una expresión descompuesta, mezcla de cinismo y furor. Dos
judíos alemanes que estaban allí se acercaron, sinuosos, cautelosos.
Anselmi esperó la reacción de Stigmann y todos esperamos la batalla
campal. Jiménez se levantó como un árbitro providencial. “Bueno
—dijo—, nada más. Que todo acabe aquí. No hemos venido a pelear.
Aquí se toleran todas las discrepancias.” Stigmann, con los ojos
bajos, se arreglaba la ropa. Al recibir el golpe se había levantado,
pero ahora estaba de nuevo en su asiento, mudo. Todos miramos a los
judíos alemanes que a su vez nos miraban, ahí, a dos pasos. “¿Qué
hay?”—los increpó Anselmi, todavía en pie. Los dos alemanes
afectaron no oír, desinteresarse de lo que allí pasaba, y
retrocedieron hacia su mesa.
Desde aquel día Stigmann no volvió a la cervecería y
las reuniones se hicieron sin condimento y monótonas, Anselmi andaba
siempre como un lobo con hambre que no encuentra a mano alimento
sabroso, tenía semanas de gran mutismo y tedio. Jiménez se burlaba
un poco de él, le llamaba “el titán desocupado” y se reía mucho de
esos paseos por la jaula del tigre aburrido.
En materia de amor yo era una especie de cazador
furtivo. Me contentaba con las presas que me deparaba el camino. El
camino era la red en que se envolvían de tiempo en tiempo algunas
muchachas de belleza variable, no siempre muy discretas ni siempre
muy avisadas. Las encontraba aquí o allá, en mis largas andanzas
crepusculares por el norte de la ciudad, y eran empleadas o
estudiantes. Por lo general despertaban en mí ardientes ilusiones,
no del todo confesables, y a los pocos días me hartaban
soberanamente. En la época en que sólo se desean hallazgos
conmovedores, aquellas señoritas calladas y modestas no estimulaban
gran cosa mis posibilidades de entusiasmo. La más hermosa fue una
irlandesita de veintidós años que caminaba con extrema gracia y
tenía un rostro de salud y unos ojos muy claros. Yo creí que iba a
poder practicar con ella mi inglés; pero ella se resistía, con ese
ánimo recalcitrante que tienen aquí algunos hijos de extranjeros,
decididos a ser criollos a toda costa. Tenía la piel demasiado
blanca para ser temperamentalmente interesante. Nos veíamos en un
cuarto alquilado, en una casa siniestra de la calle Lavalle; la
dueña nos cedía por dos horas, a poco precio, la habitación a la
calle de un burgués anodino, gordo y mercantil. El cuarto medía algo
así como dos metros por dos. Una tarde estábamos con Gladys allí y
oímos, con sobresalto, que alguien abría la puerta desde fuera:
apareció ante nuestros ojos la figura rosada y rolliza del legítimo
inquilino; se quedó parado, estupefacto, con un ramito de violetas
en la mano izquierda y la llave en la otra. Musitó unas palabras de
excusa y se fue. Al poco tiempo se me hizo imposible soportar los
silencios de Gladys, su ardor puramente carnal, su frialdad íntima,
su conformidad con todos los elementos mediocres de la vida.
Pasábamos unos domingos tristes, andando y andando sin decirnos
nada, a ella sólo le atraía el rito sexual consumado en silencio
como las bestias. Yo comencé a darme cuenta entonces que en lo
relativo a las relaciones humanas sólo una cosa me importaba y era
la comunicación, la comunión íntima con los seres de mi familia
espiritual. Allí donde no había comunicación fundamental, no podía
haber ningún contacto. Cuando se lo dije a Gladys, ella guardó
silencio, hizo un gesto de indiferencia y siguió comiendo, en el
salón de té de Blas Mango, bombones de chocolate. Los jacarandás
habían empezado a florecer a la orilla de la acera.
A partir de aquel episodio comencé a introducir en
mis experiencias de esa índole un imperativo de selección. Lo cual
no quiere decir que una cabeza deliciosa, algunas cualidades de
expresión, unos ojos extraños no me hicieran quebrar por algunas
semanas mis interiores votos de cautela.
Los domingos salíamos con algunas muchachas, íbamos a
Palermo, a las barrancas de Belgrano, al Tigre, en los trenes
atiborrados de turistas hebdomadarios. Durante el trayecto, desde
las ventanillas, veíamos el río, el río inmóvil, plano, taciturno y
extenso como el sueño del país adolescente. ¡Qué días de fiesta y
qué noches, a la entrada de los canales del Delta, echados en los
botes con las manos cruzadas detrás de la cabeza, viendo el alto
cielo nocturno, la veraniega calma, la disparada súbita de una
estrella, la titilante timidez de la polvareda cósmica!
No sabe usted hasta qué punto éramos jóvenes y
felices.
Nada nos sacaba de nuestro ritmo, nada alteraba en
nosotros el ilusorio cálculo de un magno destino, nuestra vida era
como una aspiración capaz de materializarse en cualquier instante,
pero que, por un moroso deleite, prolongaba todavía su abstracto
proceso.
III
No es fácil desentrañar de la historia de una
juventud sus pasiones cardinales. La propia extensión y maraña del
general incendio que entonces se vive, propone al observador el
aspecto de una escala cromática en que todos los tonos parecen
asumir alternativamente primordial intensidad. Tan serio es en esa
época del vivir una teoría, como una emoción, como un rapto
irreflexivo de la voluntad; lo que importa es no estarse quieto.
Como todas las probabilidades son igualmente posibles, el
adolescente se cuida poco de escoger en el programa de preferencias,
opta por preferir mucho y rechazar mucho, sin adjudicar a la
elección carácter de permanencia. Hay juventudes, sin embargo, que
sienten muy temprano el sitio exacto del alma en que unas pasiones
van a morir y otras a sobrevivir; tienen muy claro en el alma un
campo sacro, un camposanto, al que van a sentir irse
acogiendo definitivamente ciertos entusiasmos, ciertas propensiones
sobrantes. Así, por aquellos días sentí yo que los goces de tipo
peculiarmente solitario, de naturaleza individual y egoísta, iban de
más en más muriendo en mí, y que ya no me quedaba vivo en el corazón
más que la necesidad de hacer repercutir en alguien, en otras
criaturas, prójimos, semejantes, mis propias pasiones. Nada podía
guardarlo para mí mismo, todo necesitaba compartirlo.
En aquellos días de adolescencia había comenzado mi
viaje hacia mi propia tierra. Me bastaba con recorrer las calles
adyacentes a mi casa para descubrir a mi paso diferentes notas de un
canto de espirituales promesas. Aunque la vida me atraía con
violencia hacia los frutos carnosos del goce, yo me entregaba,
cándida y pindáricamente, a cultivarme brotes místicos. Arranques
sombríos de mutismo y ensueño se alternaban en mí, a la sazón, con
crueldades y arbitrariedades que repartía alrededor. Mi nombre
—Martín Tregua— distinguía de pronto a un joven borrascoso y
vehemente, de pronto a un iluso sentimental, de pronto a un triste a
quien los más cercanos amigos, las muchachas halladas al azar,
encontraban repentinamente áspero, retirado, sensible y a la vez
ajeno. Pero mi disponibilidad humana era total, y en el fondo esos
raptos duros no eran más que defensas. Mi frío menosprecio repentino
se esfumaba del todo ante cualquiera de las formas de una natural
riqueza, apareciera ella en un corazón como en un rostro, como en el
lento decaer de una tarde.
A veces salía a andar con Anselmi: íbamos a la
Facultad y nos asqueaba una vez el monótono perorar de comerciales
profesores, otra el vacío de unidad, la falta de amistad viril y
espíritu de heroísmo visible en los estudiantes. Al regresar a casa
pasábamos frente a la iglesia de Las Catalinas, en cuyo Cristo de
mampostería señalaba con su reposo una paloma viva la caridad
apostólica del brazo. In hoc signo vinces. Pero nos hacía
falta creer en la vida. En la mesa, después de la comida, contábamos
al doctor Dervil y a Jiménez nuestros desengaños. Jiménez sonreía
con burlona suficiencia, desde lo alto de su aristocracia, y nos
decía que éramos los líricos burlados de Weimar, dos pobres
misioneros sin trabajo, y que no debíamos aportar más por la
Facultad... Nos rebelaban más que todo el carnerismo y la traición.
El doctor Dervil fumaba sin hablar, pensativo, jugando con un
minúsculo rebaño de migas de pan entre sus dedos decrépitos y
amarillentos. Mientras Anselmi, furibundo, contestaba a Jiménez con
gruesos denuestos, yo miraba los dedos del médico y pensaba que
nadie de familiar y de amigo los cruzaría, un día, sobre su cuerpo
yacente, que la vida es una traición común, y que tal vez los únicos
fieles viven en el mundo de los muertos.
Por esa época había comenzado yo a escribir algunas
novelas cortas, algunos trozos poemáticos, bastante amanerados y
especiosos, que Jiménez y Anselmi aprobaban con entusiasmo. Solíamos
tomar la calle Viamonte y bajar hasta el puerto para leerlos,
discutirlos o reformarlos en algunos de los cafés desde donde se
siente el olor del agua y del alquitrán. Yo dudaba: ¿les parecería
buena mi obra por sí misma o por lo escaso y desordenado de sus
lecturas? Yo me inspiraba en moldes europeos modernísimos, y
aquellos ritmos frescos y vehementes debían parecerles a mis dos
amigos la invención misma de la literatura. Me hacían ellos todo
género de preguntas: ¿tenía yo una imaginación rica por mero don
intuitivo, o un trabajoso y diligente razonar acumulaba despacio los
materiales de la fantasía?
Yo trataba de convencerlos de que mi imaginación era
muy pequeña y se defendía bastante mal en aquellos ejercicios
primerizos.
Después de las conversaciones literarias paseábamos
hasta la medianoche por la orilla del río. Leíamos los lindos
letreros en las proas: Endurance — Belfast, Vinga —
Bergen; Aurora — Helsingfors... Nos reíamos a carcajadas de
cualquier cosa y luego volvíamos contentos a la ciudad.
Desde la costa, veíamos elevarse la masa compacta de
gigantescos edificios; primero, las grandes casas cerealistas, luego
los Bancos, los falansterios, las residencias. Vistos desde el río,
los edificios parecían levantar una sólida colina. ¡Ah, Buenos
Aires; ciudad muda y gran extensión de piedra blanca; roca nueva y
tantas almas!
Muchas veces, pasada la medianoche, en los largos
veranos —¡dulces noches de octubre, albas de enero!— Jiménez y yo
nos quedábamos en mi cuarto corrigiendo originales, leyendo en voz
alta los párrafos rectificados, llenos de una especie de furor de
perfección. Y después de trabajar seriamente durante dos, tres
horas, arrojábamos sobre la mesa los papeles, salíamos al balcón,
nos reíamos de nosotros mismos como gente que juega en la tierra y
tiene abierto en el cielo un crédito de fasto y de gloria.
Una noche entró en mi cuarto el doctor Dervil. Era en
febrero y hacía calor. Venía a fumar un cigarro fuerte. Se sentó
frente a mí. Me miró sin decir nada. Me preguntó después por Jiménez
y por Anselmi. Le dije que sólo los había visto por la tarde. Aspiró
y luego arrojó una considerable bocanada de aquel humo insoportable.
—Ustedes son unos buscadores de almas —dijo, como
quien acaba de llegar a una conclusión después de pensarlo mucho.
Lo éramos. Realmente lo éramos. Día tras día
andábamos en esa requisa original. Yo no sé si hubiera sido fácil
decir qué clase de almas buscábamos. No lo creo. Nosotros lo
sabíamos sin saber quizá decirlo. No necesitábamos comunicárnoslo,
era un lenguaje secreto y compartido.
En el país enorme y aparentemente despoblado de
naturalezas auténticas, toda nuestra fuerza disponible nos llevaba a
querer enhebrar entre sí los eslabones de la gran cadena humana en
que el rostro íntimo del país se hiciera orgánico, sensible.
El doctor Dervil nos había visto andar en esos
andares y tenía, también él, el instinto de lo que nosotros
buscábamos. Pero una vida toda de escepticismo y amarga displicencia
lo hacía sonreírse de semejante aventura.
—Éste es un país que no tiene cura —dijo—. Es un país
perdido.
Se quedó pensando.
—A lo más podrá ser una buena colonia. Y no hay nada
más subalterno, estúpido, adormecido y pegajoso que el espíritu
colonial. Una larga sumisión vestida de prosperidad.
—No —le dije—. Está usted equivocado. Es natural que
un hombre de su edad piense así porque usted pertenece a la peor
generación de esta tierra (a la generación más desgraciada, quiero
decir), porque ustedes han asistido al declinar de la dignidad
política del país, a su adormecimiento social después de la buena
digestión. Pero el caso nuestro es otro. El caso nuestro es
diferente; nosotros pertenecemos al subsuelo de la nación, somos
como el corazón del atleta, y si el corazón del atleta anda
normalmente o anda mal no lo sabe el médico, el hombre de afuera,
tan bien como el corazón mismo.
—El corazón no sabe nada —dijo él—. El corazón es una
víscera.
—El corazón sabe, doctor. El corazón sabe tanto que,
cuando está enfermo, el hombre que lo lleva adentro está volteado, y
cuando el corazón funciona bien, el hombre ve las cosas con coraje.
Esto tal vez sea un poco pueril, pero lo cierto es que hay un motor
magnífico en nuestra generación, un aparato moral nuevo, y eso usted
no puede comprenderlo bien.
—Qui vivra verra
—dijo el doctor—. A ustedes no les han ofrecido
todavía un precio para que se vendan.
—Ésa es una afirmación —repliqué— bastante torpe e
indigna de usted, doctor. Los hombres de mi generación traemos las
manos limpias, y a muchos nos enterrarán con ellas así. Lo que
importa en una generación es que su fe sea tan grande que pueda
engendrar unos cuantos mártires, unos cuantos sacrificados. La
generación de usted no ha producido ninguno; por eso son ustedes
escépticos y fríos en el razonar.
Me miró fijamente.
—No se trata de una generación; es cosa de los años.
Ya verá usted cuando arrastre unos huesos parecidos a los míos cómo
se sentirá de pesimista y de cansado.
—Espero que a algunos nos enterrarán antes de eso, y
entonces habremos tal vez fertilizado el suelo en vez de habernos
quedado a presenciar nuestro propio pudrirnos en vida.
El doctor Dervil fumó, callado. Comprendí que había
sido duro con él; me levanté, fui hacia donde estaba y le puse mis
manos en los hombros.
—No haga caso —le dije alegremente—. En el fondo de
usted y en el fondo de mí hay algo bastante sano y es en eso en lo
que tengo esperanza.
Se quedó pensativo, fumando, con sus gruesas manos
cubiertas de pecas puestas sobre las rodillas y el viejo busto
erguido contra el respaldo de la silla. En aquel momento y en el
fondo de sí, yo creo que sentía cierto calor, una ligerísima ilusión
como si él, que no había tenido nunca hijos, advirtiera de pronto
ante sí la posibilidad de ser prolongado, no por una juventud de su
familia carnal, pero sí por los gajos tiernos de su familia
nacional, moral.
Lo invité a salir. Subimos por la calle 25 de Mayo
hasta Córdoba, y yo le mostré ese pedacito de ciudad, esa cuadra en
la que se confundían los elementos de la arquitectura más
heterogénea. Había una casa construida como un palacio medieval,
había —en la esquina— una especie de vieja residencia embozada tras
la galería de vidrios azules y blancos, había una casa de pensión
metida hacia adentro en la acera, con jardincillo al frente; había
un oscuro mesón yugoslavo: “Esto —le dije, señalándole esa
heterogeneidad— tendremos que hacer alguna vez que se parezca a
algo, a algo único, verdadero, sólido, definido. A algo nuestro.
Esta ciudad se desvirtúa cada vez más en sí misma. Urge matar en
ella a los deformadores.” El doctor se sonrió francamente y me
palmeó de buen humor.
¡Buscadores de almas! Cada tarde, cada día, cada
noche: buscadores de almas. ¡Cándidos buscadores de almas! Cada
tarde, cada día, cada noche la misma juvenil obstinación.
(Me gustaría contarle punto por punto los sitios que
visitábamos, las gentes que encontrábamos, las cosas que
preguntábamos y decíamos. Habíamos establecido en la ciudad
diferentes cantones, sitios donde vivían algunos personajes extraños
cuya rareza nos parecía fértil. Uno de ellos era la señorita alemana
Tilly Maneklein, que había sido en su país actriz de cinematógrafo y
que miraba las cosas argentinas con ojos extrañamente inteligentes,
otro era un muchacho solitario de extraordinaria memoria, culto
hasta lo asombroso, huésped de un hotel de marineros de la calle
Bouchard, pero que no parecía poder comunicar a nada congruente y
definido su enorme acumulación de sabiduría; otro era aquel grabador
de Palermo, cuyas ventanas se abrían sobre las vías del ferrocarril
y que tejía, como Penélope, sucesivas ilustraciones para Baudelaire,
para los Evangelios; otros eran tal o cual inquieto, tal o cual
espíritu esotérico, tal o cual personaje oscuro y subterráneo, tal o
cual perseguido, tal o cual exaltado. Algunas veces buscábamos los
rasgos más íntimos, más ocultos del pueblo: tal o cual expresión de
nobleza interior y poesía humana, los rasgos de la ambición en
marcha, ese vaho de plenitud que el país levantaba como un nacional
rumor en las caras de sus hombres felices y elementales... Todo esto
es difícil de decir, tal vez fácil de comprender. Yo estoy seguro de
que, en una forma u otra, usted lo ha buscado también a su
alrededor. La cosa más dramática del mundo es esa busca, en los
otros, de la justificación de lo que en nuestro fuero secreto
llevamos de más desconsolado y de mejor.)
El doctor me invitó a beber una copa de cerveza y
entramos en uno de aquellos cafetines con piano vertical y coros
gangosos.
IV
Yo sé que no le parecerá a usted raro que le diga que
un buen día Anselmi y yo no volvimos a la Facultad. Ni siquiera nos
lo propusimos mutua y explícitamente: dejamos de ir, en forma
natural, comandados por un invencible asco subterráneo y también
porque no nos interesaba en el fondo una enseñanza pragmática y
utilitaria, fría, sin ciencia, sin espíritu. Pensamos que algún día
se abriría paso la verdad y que ése sería el primer día de gloria
para la juventud de esta tierra, a la que un negro período aluvial
había traído retroceso y desmedro. Pensábamos, en realidad, volver
algo más adelante a nuestros estudios si el horizonte mostraba algún
síntoma de mejora. En verdad, lo que perseguíamos —¡Dios Santo!— no
era una carrera profesional cualquiera, sino una cosa mucho más
general y abstracta, mucho más extensa y considerable, un más alto
estado de justicia en el territorio moral del país.
Pero ¿cómo ir hacia eso? ¿Cómo, cómo? Por lo pronto
había que defender la actitud interior, había que proteger la
semilla, contra todo y a costa de todo.
Aquel año murió mi madre. Fue un terrible
sufrimiento. Adquirí ante mí mismo la imagen de un pigmeo luchando
con las tinieblas. Durante meses casi me arrastré de dolor a lo
largo de la costumbre y de los días. Después me fui levantando, poco
a poco, en una suerte de convalecencia del alma, y abrí mis manos
agarrotadas y volví a acariciar tímidamente las formas de la vida.
V
Por aquel entonces la vi a usted, creo que por
primera vez.
Fue un deslumbramiento. ¡Aquella gran dignidad y
aquella cabeza aristocrática compitiendo una señorial supremacía con
el aire de la tarde! Debía de tener, exactamente como yo,
veinticinco años. Usted doblaba por la calle Florida, a la altura de
Charcas, hacia el norte, frente a la plaza San Martín, bello golfo
de sombra en el atardecer de septiembre.
Me pareció la representación de la mujer que yo no
había visto nunca, de la más posible de soñar y de la más imposible
de ver: tenía el cuerpo delicado y esbelto, sin fragilidad; las
piernas largas, el pie ligerísimamente grande en el más elegante
zapato de gamuza negra con una simple hebilla de níquel; la blusa
abierta en el cuello mórbido y sportivo; una gran melena
larga, esponjosa, suelta, cabello de un tono levemente opaco; las
cejas finas en ligero ángulo y negras; los ojos muy claros; y la
boca —Dios mío— entreabierta (igual que la había de ver ya siempre),
como si buscara en el aire nutrición para una joven ansiedad.
La seguí. De pronto la alzó un automóvil particular.
Yo tenía en el bolsillo muy poco dinero —creo que unos centavos,
pues debía de ser fin de mes— y no pude echarme detrás en un
taxímetro. Volví a casa enajenado, entré directamente en mi cuarto,
fui al balcón, respiré el aire de la noche y miré con ojos nuevos
esa ciudad que ahora sabía que la contenía a usted. Me parecía una
metrópoli extraña y desconocida, enriquecida, magnificada. Yo, que
había buscado en las fisonomías y en las almas la expresión de una
dignidad, acababa de encontrar ese rostro, ese gesto, esa expresión.
Estaba transido; hasta moverme me costaba, de puro miedo a
desacomodar tan maravillosa imagen.
No hablé ni una palabra de usted. Comí tarde, cuando
todos los demás estaban en los postres. Flotaba siempre una
atmósfera familiar en aquel modesto comedor de casa burguesa, con
los anacrónicos cuadros de caza comprados en algún bric à brac
y la mesa de trinchar y el aparador, viejos de mil años.
Anselmi y el doctor Dervil se habían trenzado en una
discusión terrible sobre lo viejo y lo nuevo en materia de
filosofía.
El viejo médico era un cartesiano dogmático, como es
lógico, y Anselmi coqueteaba, por puro espíritu de contradicción,
con la teología pascaliana.
Ingerí sin decir nada mi modesta ensalada de lechuga
con limón y aceite y mi plato de carne fría. Anselmi tenía la parte
del león y Dervil la parte del tigre sabio, que responde con
agresiones hábiles sin exponer ímpetu ni cuerpo. La dueña de la
pensión, Jiménez —parsimonioso, orgulloso, atildado— y el flaco
comerciante Johnson devoraban aburridos el pastel habitual. El rumor
de la discusión les servía de inofensivo acompañamiento. La otra
habitante de la casa, la señorita un tanto misteriosa, salía rara
vez de su cuarto donde le llevaban la comida.
A aquella hora había en la casa un gran silencio.
—A mí, la razón, la razón crítica, la razón mecánica
no me importa nada —decía Anselmi—. Usted puede ser un excelente
dialéctico y dejarme malditamente frío. A mí lo único que me importa
es la parte de fuego de que un espíritu se alimenta; en ese fuego
arde un poco la razón, pero arden más otras cosas: la sensibilidad,
el temperamento, la conciencia. Para mí la raison de los
franceses es una lógica inválida que se presenta con el aire
petulante de un instrumento frío y todopoderoso. Cuando yo era
chico, en mi barrio, en San José de Flores, nos reuníamos una
pandilla de muchachos en nuestro cuartel general cerca de la
iglesia; uno de la pandilla era una especie de sacerdote infalible.
Cuando teníamos una duda, una cuestión de conciencia, se lo
preguntábamos, lo rodeábamos. Él se quedaba serio, se ponía a pensar
y luego comunicaba un juicio solemne. Todos sabíamos que tenía
razón, pero nunca le llevábamos el apunte. Gracias a no llevarle el
apunte teníamos, por la noche, cosas que contarnos: aventuras,
insensateces, experiencias, hechos, sorpresas. Ya entonces empezó a
ser para mí la razón, un rígido y estúpido escamoteo de la vida. La
razón es el uniforme de parada de la estupidez.
—Mi querido amigo —decía el doctor Dervil,
disponiéndose a argüir con toda calma—, la razón es la que le ayuda
a usted a levantar esos andamiajes razonables. El cogito.
Toda esa existencia suya libre de ataduras no la ha vivido usted más
que porque la ha pensado. Si no la hubiera pensado, no habría dejado
para usted lo esencial, eso que recuerda ahora, y habría sido un
vegetar indiferenciado.
—Yo no digo eso —dijo Anselmi—. No me preste usted
cualquier absurdo. Lo que yo digo es que lo específico de esa vida
mejor, era una cosa de vivir y no una cosa de pensar; lo específico
de esa buena vida era el mismo vivirla y no su razón de ser.
Y a lo que voy es a que el vivir tiene otras puertas de salida
extremadamente diferentes a las salidas que propone la razón que son
siempre salidas falsas.
—¿Por ejemplo? —preguntó el doctor—. No le entiendo.
—Las salidas por la pasión, las salidas por el
heroísmo, las salidas por el absurdo, las salidas por una ascética,
las salidas por la aniquilación de sí. Al lado de esos raptos, las
salidas que la razón propone son estúpidas y mediocres. ¡Las salidas
racionales! ¡Bah!
Se rió abundantemente.
—Es usted una criatura —dijo el doctor—. Ha salido en
la aventura juvenil, pero no ha vuelto de ella. Las vueltas son las
de la razón.
—Prefiero no volver. ¿Para qué volver?
—Se vuelve siempre. Eso es lo terrible. Quiéralo o
no, a la vuelta de todos sus caminos estará ahí, inflexible,
insobrepasable, la razón. Porque la razón es la medida del hombre y
a la postre todas las desmesuras se compensan en ese solo eje del
que somos dueños y que nos pertenece. Sabe usted; que nos
pertenece (repitió la palabra recalcándola), per-te-ne-ce. Todo
lo demás es romanticismo o abstracción, no nos pertenece y está
fuera de nuestras manos. ¡Pobre de aquel que no viva racionalmente!
¡Pobre del llevado de los otros vientos, por hermosos y fuertes que
parezcan!
Anselmi se calló. Luego dijo:
—¡A buena parte le ha llevado a usted la razón!
Fue una grosería y el médico la sintió en carne viva.
Pero no dijo nada. Siguió jugando con la caja de fósforos,
impertérrito.
—¿No ve? —insistió Anselmi—. No dice nada. No
protesta. No me insulta ni se indigna conmigo. Se acoge a los
“dictados de la razón”. ¡Qué poca cosa!
El médico levantó los ojos y lo miró con calma y
piedad.
Se oyeron, en la pequeña iglesia cercana, en la calle
de abajo, las campanadas de las diez. Jiménez, irónico, levantó el
tenedor y señaló con las puntas hacia el lado de Anselmi.
—Éste —dijo— hace siempre literatura. No hay que
discutirle sino con conciencia de eso, doctor.
—¡Qué imbécil! —dijo Anselmi—. Cuando aquí el único
literato cien por cien es él. —Fingió un tono de ridículo
amaneramiento—. El exquisito, el delicado..
—Hace siempre literatura —continuó Jiménez,
aparentando no oírlo—. Es de esos que hablan tan bien de Dios que
sienten necesidad de ir a contemporizar con el diablo por si se han
excedido...
La dueña de casa y el comerciante Johnson festejaron
la ocurrencia. Jiménez bajó de golpe la cabeza para dejar pasar el
pan que le tiraba el otro.
—¡Pobre hombre! —dijo Anselmi. Estaba irritado,
furioso.
Todos nos reímos.
—Yo también he sido condiscípulo de él y lo conozco
—dijo Jiménez.
—¡Si no fuera porque el conocimiento —dijo Anselmi—
es la facultad que te falta!
Así siguió por un rato la sobremesa de aquella noche.
La recuerdo porque esa conversación, como una lluvia, caía en mí
sobre la imagen de usted, caía sobre esa imagen; y la imagen, como
un suelo resistente, la soportaba sin filtrarla. Al fin dejamos
todos el comedor, salimos a los balcones de la casa, a la gran calma
nocturna. Por la calle 25 de Mayo pasaban gentes de mar,
inmigrantes, mujeres de dudoso vivir, jóvenes a la caza de vicios,
extranjeros.
Anselmi y Jiménez jugaban como cachorros violentos,
diciéndose cosas increíbles.
¿Qué me importaba a mí todo eso? La ciudad tenía otra
dimensión y esa dimensión era de su tamaño, del tamaño de usted. De
pronto los dos me increparon duramente. ¿En qué estaba pensando? Me
conocían demasiado y les extrañaba verme ausente de la risa y el
juego. Jiménez se volvió hacia Anselmi: “Dale una inyección de
ciencia infusa” —le dijo, mordaz. Yo me reía sin contestar. “¡Qué
aburrimiento!”, decía Anselmi. Sus ojos miraban con desolación el
espacio sin aventuras posibles.
Un chico pasó a la carrera pregonando la última
edición de uno de los diarios de la noche.
VI
Cada vez nos aferrábamos más a nuestra condición de
bestias jóvenes, ruidosas y sin memoria.
Casi no había día en que no arrastráramos por los
bulevares del centro de la ciudad nuestro entusiasmo, nuestra
inquietud, nuestro desorden y nuestra curiosidad. Barajábamos
literaturas, literaturas de aquí y de allá, y la recitación de los
viejos versos del modesto clasicismo argentino se mezclaba en
nuestro caos a las estrofas de fray Luis o al Paumanok de
Whitman o al Alastor de vena solitaria. Descendiente de
romanos, Anselmi recitaba con énfasis caricaturesco algún soneto de
Petrarca y nosotros le hacíamos bronco coro al pasar por entre las
mesas, en los cafés de arrabal, donde los burgueses maduros nos
miraban con perplejo y agraviado rigor:
Piangete, donne, e con voi pianga Amore;
Piangete, amanti, per ciascun paese;
Poi chè murto colui che tutto intese
In farvi, mentre visse al mondo, onore...
Lloraban su modesta canción los barrios de pequeños
burgueses y estudiantes, los barrios del sur, con su colonial
aliento todavía latente y sus balaustradas sin pretensión y sus
viejos zaguanes demasiado anchos y sus baldosas de un rojizo
desteñido y sus grandes cuartos de techo bajo con olor a humedad y
muebles de caoba. Reían los barrios jóvenes, hacia el centro,
lujosos y desaprensivos. Cerraban los señoriales del norte, en su
arrogante mutismo, la boca del dolor o de la risa, inexpresivos y
tristes como la riqueza misma. Pero todos los hilábamos nosotros,
como un solo orden dócil, en la animación de aquellas jiras
joviales. Del país sólo veíamos el gesto promisorio con que detrás
del equívoco comercio nos llamaba a la confidencia y la sinceridad.
Estábamos prontos a abrir a la ciudad, a su quieto cosmopolitismo,
un crédito sin límites.
Sin embargo, sin embargo...
Aquel país no era el país. Aquel país que
veíamos no era el país que queríamos. Aquel país que tocábamos no
era el país que esperábamos. Debajo de la púrpura queríamos ver el
sayal. El sayal es lo que está cerca de la piel y la piel es lo que
está cerca de la sangre. En el país, la púrpura mentía.
Salíamos a la calle y veíamos la púrpura; íbamos a
los teatros, a las conferencias, a los conciertos: veíamos la
púrpura; conocíamos, en este mundo, a muchos hombres, a muchas
mujeres y tocábamos la púrpura. En el gobierno estaba la púrpura y
en la calle estaba la púrpura. Púrpura, púrpura; las palabras eran
púrpura; los actos eran púrpura.
Pero un país nuevo —pensábamos— no debe aficionarse a
la púrpura. Un país nuevo es un estado de ferviente rebeldía. Un
país nuevo debe ser sobrio, claro, limpio de palabra, seguro de sí y
exacto como la fundamental juventud. Un país joven que se aficiona a
la púrpura está pronto a degradarse por dentro.
No, no queríamos esa púrpura. Nos asqueaba esa
púrpura. Nos asqueaba. No nos dejaba dormir.
De noche, en la alta noche, durante el insomnio del
alba pensábamos, obsesos, en el país ahogado por esa púrpura, en el
país anterior, ignorado y sacrificado; en el país doliente que
levanta los ojos de una expectación sin queja al digno cielo
austral; que está en silencio, en lo más profundo, como cereal
madurante en la troj, en lo más mínimo y recóndito de la geografía
nacional.
Noche y día el mismo pensamiento, la misma
preocupación.
En medio de nuestras risas, gritos, charlas, de
pronto, alguno de los tres se callaba. Permanecíamos, entonces,
atentos a ese silencio.
Era como si los tres dijéramos la misma frase, la
misma interior oración:
—¿Cuándo vendrá a la superficie el país profundo, el
sano, el que existe puesto que creemos en él? Ese país, ése, ¿cuándo
vendrá?
Nos quedábamos un rato inmóviles, perplejos, como
bestias tristes.
Los ángeles de la tarde movilizaban despacio sus
nubes claras en el techo tranquilo de la capital.
Teníamos unos amigos ricos —los Gómez— que nos
invitaban alguna noche a visitarlos. Vivían en una casa, claro está,
de aire púrpura, señorial, vieja y austera. Allí todo era solemne.
El jefe de la familia había sido ministro de Estado y era un hombre
de rostro dispéptico, un hombre seco, aseverador y dogmático; debía
de tener un alma de degollador. Alto, cargado de hombros, lento de
movimientos, se desplazaba con pesadez. Se dedicaba a escribir
páginas de historia que nadie leía, que a nadie importaban, de las
que nada se deducía más que un denso, académico y plúmbeo
aburrimiento, más o menos cada treinta de esas páginas le valían
distinciones peculiares, o una condecoración extranjera o un título
más de académico correspondiente. Estimulaba en sus hijos el amor
propio, la vanidad, el menosprecio, el coraje primario y la injuria
xenófoba. Eso creía él que era el patriotismo.
Este hombre nos parecía representativo de algo que se
pudría en el vivir de la nacionalidad, y lo odiábamos cordialmente.
Entre nosotros le llamábamos “El purpurado”. Y si pisábamos alguna
vez su casa era por no herir a los hijos, antiguos compañeros de
colegio que no tenían la culpa de ser brutos, ignorantes y
maleducados; en el fondo de ellos, intacta, pese a todos los
esfuerzos familiares, brillaba una vaga bondad.
En el gran vestíbulo sombrío de estilo Renacimiento
italiano donde se mezclaba sobre las macizas mesas la más curiosa
convocación de piezas criollas: retratos, boleadoras espuelas de
plata, rastras y divisas patrias cubiertas de polvo—, el viejo nos
endilgaba, entre café y café, su concepción de la historia.
Soportábamos sin pestañar la lección de usura patria: había que ser
duros, había que ser compadres, había que ser conservadores, había
que ser “guardianes de la tradición a sable limpio”, había que
mostrar los dientes a diestro y siniestro. ¡Cuidado con el
extranjero!, era su mote.
Yo, que tenía sobre mis hombros ocho generaciones de
argentinos, lo escuchaba, sin un gesto, sonriendo por dentro.
Anselmi y Jiménez se miraban entre sí: ninguno de los dos se atrevía
a creer que aquella especie de apóstol imbuido de sacra furia había
construido su casa a fuerza de defender pleitos de extranjeros y de
cobrarlos a precio de oro y de sonreírles a peso de oro... Yo los
miraba sonriendo por dentro. Sabía lo que pensaban: “Contra esto hay
que luchar.”
Y el tocar la mentira, el localizarla, el descubrirla
donde estaba y aislarla, nos daba, sí, una alegría.
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