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UNA ALGARABÍA DE PERROS EN LA NOCHE
Siendo aproximadamente las nueve de la noche del 18 de julio de
1932, Rosalío Usulutlán, de cuarenta y dos años de edad,
divorciado, de oficio periodista y en tal calidad empleado como
redactor principal del diario El Cronista, deja su asiento de
luneta en el Teatro González al concluir la exhibición de estreno de
la película de la Metro Goldwyn Mayer “Castigo Divino”,
protagonizada en los roles estelares por Charles Laughton y Maureen
O'Sullivan.
Avanza entre el público hacia la puerta del foyer y cuando pasa
debajo de la cortina de felpa roja que el polvo acumulado hace aún
más pesada, siente que le tocan de manera juguetona el hombro; al
volverse, se encuentra con su amigo Cosme Manzo, de cincuenta años
de edad, soltero y comerciante en abarrotes, quien le sonríe con
toda su dentura en la que relumbran, bajo el espeso bigote de guías
engominadas, las chapas de oro macizo.
Manzo, llevándolo ahora abrazado, le abre paso con su sombrero de
ancha badana roja y lo invita a dirigirse hacia la Casa Prío,
situada a una cuadra de distancia del Teatro González, y también
frente a la Plaza Jerez, a fin de tomar juntos una cerveza Xolotlán,
la primera cerveza de fabricación nacional, que acaba de ser puesta
a la venta y de la cual Manzo es distribuidor exclusivo para la
ciudad; así como es distribuidor exclusivo de la Emulsión de Scott.
El periodista, calándose su propio sombrero, acepta complacido la
invitación.
Ya en el establecimiento, que recibe a esas horas su clientela
habitual después de la función de cine, se encaminan hacia una mesa
ubicada en un rincón cercano al mostrador, donde son atendidos
personalmente por el propietario, el joven de veintinueve años
Agustín Prío, cariñosamente apodado por sus parroquianos “El
Capitán”. Esa mesa, sumamente temida, es el principal mentidero de
León y se la conoce como “la mesa maldita”: allí sesiona
regularmente la cofradía de la cual forman parte los dos recién
llegados y que preside el Doctor Atanasio Salmerón, médico y
cirujano, ausente esa noche pero a quien ya tendremos oportunidad de
conocer ampliamente más tarde.
En la mesa maldita se examinan y certifican en cuanto a su
autenticidad toda clase de historias de carácter escabroso, vr. y
gr. adulterios, noviazgos burlados, abortos forzosos, preñeces
arregladas a punta de pistola y amancebamientos clandestinos; se
lleva cuenta puntual de los hijos nacidos de dañado ayuntamiento, de
las viudas que abren sus puertas al filo de la medianoche y de las
hazañas de sacristía de los curas barraganes; así como se registran
de manera meticulosa otros escándalos en que también se ven
envueltas las familias más importantes de la ciudad, entre ellos
despojos de herederos, estafas, deudas remisas, falsificaciones,
estelionatos y quiebras fraudulentas.
El Capitán Prío saca las cervezas Xolotlán del refrigerador marca
Kelvinator que funciona con quemadores de kerosene, y entrecerrando
los ojos debido a la molestia del humo del cigarrillo que pende de
sus labios, las destapa junto al mostrador con gesto enérgico,
utilizando el abridor que lleva permanentemente consigo prendido a
su llavero.Y, como si buscara compensar la desventaja de su exigua
estatura, se empina al caminar cuando trae las botellas a la mesa.
Se sienta, acomodando holgadamente los pies en el travesaño de la
silleta, y comienza por felicitar a Rosalío Usulutlán debido a sus
gacetillas de El Cronista de esa tarde, las cuales tocan temas de
candente actualidad.
La primera de esas gacetillas ocupa el espacio principal de la
primera página del periódico de cuatro hojas tamaño standard y se
refiere a los debates en curso en el seno de la Junta Municipal
sobre la firma de un nuevo contrato con la Compañía Aguadora
Metropolitana, que suministra el agua potable a la ciudad. Los
dueños de la compañía están presionando el cambio de contratos
movidos por el solo objeto de elevar las tarifas domiciliares, las
cuales se volverían de esta manera prohibitivas para muchos
bolsillos, privando a los hogares más pobres del vital líquido.
Rosalío apoya con extremado ardor al bando de munícipes encabezado
por el Alcalde, Doctor Onesífero Rizo, renuente a autorizar
semejante aumento por caprichoso y extemporáneo, amén de ser
leonino; y fustiga a los otros representantes edilicios, cuya
inexplicable vacilación se torna repugnante a los intereses de la
comuna.
Las otras dos gacetillas ocupan también la primera página. Una tiene
que ver con la proliferación de zancudos anofeles en esta época de
intensas lluvias, pues el invierno se ha presentado
excepcionalmente copioso; y se denuncia la incuria de las
autoridades sanitarias, culpables de la alegre reproducción de los
nocivos insectos, los cuales se sienten a sus anchas en las charcas
putrefactas y corrientes de aguas sucias provenientes de cocinas y
lavaderos que desembocan sin ningún estorbo en las calles, aun en
las más transitadas, a tal grado que de ser pollos los coleópteros,
no faltarían los huevos; y de ser vacas, no habría escasez de leche.
Semejante anomalía representa un grave peligro para los ciudadanos,
pues a la picadura de los zancudos se debe la epidemia de fiebre
perniciosa, grado agudo de la enfermedad palúdica, que ha cobrado ya
varias víctimas fatales, especialmente entre niños y adolescentes.
La última de las gacetillas se refiere a la excesiva cantidad de
perros vagabundos deambulando libremente por las vías públicas y
otros parajes concurridos, tales como mercados, atrios y plazas;
importunan en puertas de boticas y mercerías a la clientela, así
como a los pasajeros de trenes en los mismos andenes de la estación
del Ferrocarril del Pacífico, y constituyen molestia especial para
aurigas y automovilistas. Los polvos amarillos de Bayer importados
por la Droguería Argüello han probado ser ineficaces, pese a lo cual
los vecinos persisten en regarlos en los dinteles de las puertas y
aceras, vanamente esperanzados en ahuyentar a los molestos animales
y haciendo más bien un flaco servicio al ornato público.
Y por si fuera poco, se han presentado ya casos comprobados de
rabia, debido a la mordedura de los susodichos canes. Se pide por
lo tanto al Jefe de Policía, Capitán Edward Wayne USMC, que
autorice, tal como ya los superiores de la Marina de Guerra de los
Estados Unidos lo han hecho loablemente en el pasado, la adquisición
de venenos en las boticas por parte de ciudadanos responsables;
siendo la estricnina la más eficaz para estos fines entre los
alcaloides letales.
Cuando el reloj del Sagrario da las diez de la noche, los amigos se
despiden y el periodista Rosalío Usulutlán toma el rumbo de la
Calle Real para dirigirse hacia su domicilio en la Calle La
Españolita del Barrio del Laborío. Vestido de blanco y en mangas de
camisa, pues considera el saco una prenda más enojosa que práctica,
el cuello cerrado por un botón de cobre, silba por lo bajo mientras
camina por la acera desierta y piensa otra vez en la película
“Castigo Divino”.
“Debe prohibirse película a todas luces inconveniente” es el título
de la gacetilla que va a escribir mañana con el objeto de prevenir a
los lectores de los riesgos que entraña el argumento de la cinta,
ya que con sólo concurrir al cine, personas sin escrúpulos pueden
aleccionarse en el arte de la preparación de tósigos mortales; el
joven aristocrático interpretado magistralmente por Charles Laughton
se vale de refinados ardides para envenenar una tras otra a las más
bellas jóvenes de la alta sociedad de Boston, mientras registra en
un diario secreto, que más tarde cae en manos de la policía, la
lista de sus inocentes víctimas. Pero es ya tarde, el cianuro ha
hecho su mortal trabajo y el ejemplo está dado en la pantalla. Y
expresará también su repugnancia por el desenlace; el asesino
Charles Laughton, antes de morir ejecutado en la silla eléctrica, se
niega a recibir el auxilio espiritual del capellán del penal,
riéndose por el contrario del sacerdote con carcajada siniestra.
Los relámpagos iluminan el cielo cargado de nubes negras en la
lejanía. A lo largo de la Calle Real, las bujías brillan bajo los
sombreretes de latón en lo alto de los rieles, sin que su luz
macilenta alcance a dispersar las sombras en la extensa cuadra de
portones, zaguanes y balcones cerrados, que se extiende desde la
Casa Prío hasta la Iglesia de San Francisco: alumbrado público
deficiente, que no pone a los ciudadanos honrados a salvo de los
maleantes en las principales arterias de la ciudad. ¿A dónde va a
parar, señores Munícipes, el dinero de los contribuyentes?
Sus reflexiones son interrumpidas por una algarabía de perros. El
alboroto ocurre en la Calle Real, pero los ladridos también
resuenan detrás de las puertas y zaguanes, como si todos los
animales se hubieran despertado al mismo tiempo dentro de las casas
cerradas, presas de un mismo temor. Unos pasos más adelante
encuentra a un perro tendido sobre la acera, que vomita y se debate
entre convulsiones; y más allá descubre otro que se pega al dintel
de una puerta, arrastrándose penosamente, con las patas traseras
tiesas.
Cuando se acerca a la esquina de la Iglesia de San Francisco,
alcanza a distinguir frente al consultorio del Doctor Juan de Dios
Darbishire dos siluetas que riñen. Se arrima a la pared de la casa
del Doctor Francisco Juárez Ayón, que hace esquina con el
consultorio frente al atrio de la iglesia, y reconoce en uno de los
contendientes al propio Doctor Darbishire, a quien una hora antes
había visto salir de la función de cine. La capa negra de ribetes
rojos revoloteando a sus espaldas, agrede bastón en mano a un hombre
de gruesa contextura, mientras jadeante lo llena de injurias. Dada
la proverbial urbanidad y afabilidad de trato del viejo galeno,
Rosalío Usulutlán se sorprende de oír por primera vez semejantes
expresiones de su boca.
El gordo, que con ademanes juguetones trata de arrebatarle el bastón
al anciano, resbala accidentalmente y cae de rodillas; al ponerse en
cuatro pies queriendo incorporarse, el Doctor Darbishire aprovecha
la ocasión y le descarga sobre la espalda contundentes bastonazos
que le arrancan quejas verdaderas. Es entonces cuando el periodista
asegura haber escuchado venir desde las sombras una risa de burla;
y al volverse lleno de sorpresa, advierte junto a uno de los
cipreses del atrio de la iglesia a un hombre vestido de luto
riguroso, que, apoyándose con ambas manos en el pomo de su bastón,
vigila la escena de la golpiza con gestos inquietos y divertidos.
El Doctor Darbishire desvía por un momento su bastón, señalando,
airado, a un perro que trabajosamente intenta subir las gradas en
busca de la puerta del consultorio; momento que el gordo aprovecha
para zafarse y correr a gatas con asombrosa agilidad, pese a su
corpulencia; recoge del suelo su canotier y se incorpora
emprendiendo la huida en dirección a un coche de caballos que con
las riendas sueltas se ha ido alejando calle abajo.
El gordo logra dar alcance al carruaje, y sofrenando los caballos
sube apresuradamente; y ya en el pescante, hace desde lejos señales
al hombre de luto, quien tras abandonar sin ninguna prisa su puesto
de observación, camina con paso reposado hacia el coche. Al pasar
delante del Doctor Darbishire, lo saluda con el bastón que blande
con toda soltura.
El ya dicho Doctor Juan de Dios Darbishire, mayor de sesenta y tres
años de edad, viudo de sus segundas nupcias y médico de profesión,
manifiesta ante el Juez Primero del Distrito del Crimen, el 19 de
octubre de 1933, que no vio pasar a la persona indicada ni reparó en
su saludo, pues se hallaba inclinado sobre el perro de su propiedad,
de nombre Esculapio, al cual envolvía en su capa para introducirlo
al consultorio y practicarle allí diligencias urgentes que
neutralizaran la acción del veneno ingerido; diligencias que
fracasaron, pues el perro falleció de todas maneras.
Por su parte, el testigo Rosalío Usulutlán, de edad, profesión y
demás generales antes descritas, en su declaración judicial del 17
de octubre de 1933, en la que relata de manera pormenorizada los
hechos de esa noche, a preguntas del Juez, afirma: que según su
leal saber y entender, el hombre de contextura robusta que recibió
los bastonazos en la calle es el Doctor Octavio Oviedo y Reyes,
oriundo de esta ciudad de León, entonces pasante de derecho y ahora
abogado y notario; a quien conoce y con quien tiene trato social. Y
siempre a preguntas del Juez, manifiesta: que la persona que
vigilaba el incidente desde el atrio de la iglesia; y después
saludó al pasar al Doctor Darbishire, es el Doctor Oliverio
Castañeda Palacios, natural de Guatemala, entonces también pasante
de derecho y ahora abogado y notario, y a quien igualmente conoce y
ha tratado.
Y para dar mayor seguridad a sus afirmaciones, sostiene el testigo
que todos estos incidentes tuvo la oportunidad de relatárselos esa
misma noche al Bachiller Alí Vanegas, quien se encontraba
estudiando a puertas abiertas en su pieza de la Calle Real, una
cuadra más abajo, contiguo a la casa donde vivió Rubén Darío y donde
tienen encadenado ahora al poeta loco Alfonso Cortés; y que al
Bachiller Vanegas se le puede preguntar si es cierto que él le
manifestó esa noche, como en verdad se lo manifestó, que los
envenenadores de perros eran los susodichos Oviedo y Castañeda.
El Bachiller Alí Vanegas, presente en el recinto del Juzgado en su
calidad de secretario del Juez, sin hacer ningún comentario por
encontrarse inhibido de intervenir, se limita a escribir la
declaración en los pliegos de papel de oficio que después,
debidamente cosidos con hilo, se agregarán al expediente; pero
cuando le toca, a su turno, ser interrogado en calidad de testigo,
el día 18 de octubre de 1933, habrá de confirmar en todas sus partes
el dicho de Rosalío Usulutlán.
Apremiado por el Juez para que abunde en su información sobre la
identidad del hombre de luto que vigilaba la escena de los
bastonazos desde el atrio de la iglesia, el testigo Rosalío
Usulutlán se afirma en su convencimiento de que se trataba, sin
ningún género de dudas, de Oliverio Castañeda; pues aunque
ciertamente reinaba la oscuridad y la luz de las bujías del
alumbrado público era insuficiente, pudo comprobar sus facciones a
la claridad de uno de los relámpagos que se sucedían de continuo
esa noche en que amenazaba lluvia. Y que por su porte y catadura le
resultaron de igual manera inconfundibles cuando lo vio alejarse por
la Calle Real y saludar de paso al Doctor Darbishire, utilizando
para ello el bastón pomo de conchanácar que lleva siempre consigo.
2
EN BUSCA DEL VENENO MORTAL
El perro Esculapio del Doctor Juan de Dios Darbishire fue la última
víctima de la cacería desatada desde el atardecer del 18 de junio
de 1932 por los pasantes de abogacía Oliverio Castañeda y Octavio
Oviedo y Reyes, quienes utilizaron para tal propósito raciones de
carne cocida, envenenadas con estricnina. Así resulta comprobado
plenamente a través de diversas declaraciones testificales rendidas
ante la autoridad del Juez Primero del Distrito del Crimen de León.
La primera de esas
declaraciones corresponde al Señor Alejandro Pereyra, de sesenta y
dos años de edad, casado y militar en retiro, para aquella fecha
secretario de la Jefatura de Policía de León a cargo del Capitán
Morris Wayne, de los Cuerpos de Marina de los Estados Unidos.
Postrado a consecuencia de un ataque de hemiplejia, testifica el 14
de octubre de 1933 en su lecho de enfermo:
Que siendo alrededor de las diez de la mañana de un día que cree
recordar fue en el mes de junio de 1932, se presentaron al despacho
del Capitán Wayne los pasantes de abogacía Oliverio Castañeda
Palacios y Octavio Oviedo y Reyes, a quienes el deponente conocía
como personas de carácter chusco y muy inclinados a la broma y al
barullo; pero que, sin embargo, sabían comportarse en el trámite de
los diferentes asuntos legales y de policía que los hacían acudir a
menudo a la Jefatura.
Que encontrándose ausente del despacho el Capitán Wayne, y mientras
lo aguardaban, los visitantes trabaron conversación con el
declarante; y que entre distintos temas tocaron el de las alzas en
las tarifas domiciliares del agua potable, asunto que tenía agitada
a la ciudadanía; así como el que se refiere a la proliferación de
perros vagabundos, dando la razón el declarante al reclamo del
diario El Cronista sobre la necesidad de autorizar el uso de
venenos a ciudadanos responsables; y fue en este punto de la
conversación que aprovecharon para revelarle el motivo de su visita,
que era solicitar del Capitán Wayne una orden a fin de que se les
vendiera, en una de las boticas de la ciudad, un frasco de
estricnina que utilizarían para eliminar perros por su cuenta.
Que por tratarse de personas de reconocida probidad y confianza, el
declarante se creyó autorizado a acceder a la petición sin tener que
esperar la llegada del Capitán Wayne; y procedió, por tanto, a
entregarles un frasco de estricnina casi lleno que su superior
guardaba en la gaveta de su escritorio, de tamaño y presentación
igual a los que se expenden en las boticas; por lo que no hubo
necesidad de extenderles ninguna orden.
El Doctor David
Argüello, de profesión farmacéutico, casado y de cincuenta y dos
años de edad, propietario y regente de la Droguería Argüello
establecida en la Calle del Comercio; y quien tiene su domicilio en
los interiores de la ya dicha droguería, afirma en su declaración
del 19 de octubre de 1933 que, a la vista de una autorización
suscrita por el Jefe de Policía, que conserva en sus archivos y
puede mostrar, vendió a Oviedo y Castañeda un frasquito de 1/8 de
onza, lleno y sellado, conteniendo 30 gramos de estricnina,
suficientes para la preparación de veinte raciones mortales para
igual número de perros, de 1 1/2 gramos cada una; y describe el
frasquito como igual a los tubos de envase de las píldoras rosadas
del Doctor Ross, de propiedades laxantes.
El Juez de la causa, intrigado por la dualidad de estos datos, y
determinado a averiguar si efectivamente la pareja de envenenadores
de perros recibió estricnina en dos fechas diferentes, procede a
interrogar sobre el particular al propio Octavio Oviedo y Reyes,
casado, de veintisiete años de edad, de profesión abogado, y con
domicilio en el Barrio San Juan del cuadro central de la ciudad.
El testigo, conocido popularmente como el “Globo Oviedo”, responde
al Juez en el curso de su extensa declaración testifical rendida el
17 de octubre de 1933, que fue solamente en esa fecha, el 18 de
junio de 1932, cuando Pereyra los remitió a la Droguería Argüello
con la orden una vez que el Capitán Wayne la hubo firmado a su
regreso al despacho, la única vez que obtuvieron estricnina de parte
de las autoridades de policía; no existiendo ninguna otra
oportunidad en que se les entregara directamente veneno de la
gaveta de un escritorio; por lo cual estima que la afirmación de
Pereyra, con la que es confrontado, se debe a una confusión de
memoria de aquél. Por otra parte, la orden escrita entregada
posteriormente al Juez por el Doctor David Argüello, y que fue
agregada al expediente, muestra la fecha 18 de junio de 1932.
La noche del 26 de septiembre de 1933, cuando aún no se ha iniciado
el proceso judicial en el que llegaría a figurar como testigo, el
Globo Oviedo es citado por Cosme Manzo a comparecer delante los
concurrentes de la mesa maldita; y se presenta a la Casa Prío
apenas sale de la función de cine en el Teatro González, adonde
asiste por regla, cualquiera sea la película, salvo razones de
fuerza mayor.
El propósito del Doctor Atanasio Salmerón, quien como ya hemos
explicado preside la mesa, es interrogar concienzudamente al Globo
Oviedo sobre los hechos de aquel día de la cacería de perros en las
calles; información que por razones que ya se nos darán a conocer
más tarde se dispone anotar en su libreta cortesía de la Casa
Squibb. Y el Globo Oviedo, bajo el efecto de los tragos de Ron
Campeón que liga con Kola Shaler, la bebida tonificante de los
convalecientes, relata con grandes alardes los pormenores de la
aventura, sin sospechar las intenciones del interrogatorio.
Aquella mañana del 18 de junio de 1932, vistiendo solamente
camisola y calzoncillos, apoyado sobre la mesa sin mantel donde
quedan los restos de su copioso desayuno, el Globo Oviedo lee El
Cronista de la tarde anterior, que según la costumbre establecida
por la dirección circula con la fecha del día siguiente. Yelba, su
esposa, como todas las mañanas, lo está recriminando desde lejos
por haber comido demasiado, mientras riega las plantas del patio.
El Globo Oviedo, también como todas las mañanas, toma su vaso de sal
de uvas Picott para alivio de los malestares gástricos que ya
empiezan a castigarlo; y poniendo el vaso, vuelve a la gacetilla que
trata de los perros vagabundos. Sólo piensa en la jauría del Doctor
Darbishire, el anciano médico graduado en la Sorbona, que desde la
muerte de su segunda esposa vive sin más compañía que su tropa de
alsacianos en su consultorio de la Calle Real. Y la idea de
envenenarlos se clava como una espina juguetona en su cabeza.
Al llegar las nueve de la mañana, en su traje de cáñamo carmelita,
corbata de lazo pintas verdes y canotier en sesgo sobre los
abundantes rizos embadurnados de brillantina, el Globo Oviedo sale
de su casa en el Barrio San Juan para dirigirse al Hotel
Metropolitano en busca de Oliverio Castañeda, con quien debe iniciar
ese día el repaso para el examen final de la carrera.
El Hotel Metropolitano dista unas cuantas cuadras desde su
domicilio, y esta mañana se siente con ánimos para hacer el
trayecto a pie. En el camino, se sorprende de no encontrar tantos
perros como la noticia alarmante de El Cronista señala; pero no deja
de acariciar su proyecto de diezmar la familia canina del Doctor
Darbishire.
Oliverio Castañeda, de negro riguroso y bastón en mano, lo espera ya
en la puerta de la pieza que desde su llegada a la ciudad habita
junto con su esposa en el Hotel Metropolitano, y juntos atraviesan
la calle para andar la cuadra hasta la Universidad, a fin de buscar
allí en la Biblioteca algunos códigos y libros de consulta
necesarios para iniciar el repaso; lo cual les hace pasar frente a
la casa de la familia Contreras.
En ese momento Don Carmen Contreras sale a la puerta esquinera que
da acceso a la sala de su casa, sosteniendo El Cronista en su mano.
Sin intención de detenerse, lo saludan; pero es él, Don Carmen,
quien con un ademán del periódico, los llama.
Cruzan la calle y en la acera de la Tienda “La Fama” esperan a que
se les acerque, reuniéndose los tres a conversar debajo de la gran
botella de agua medicinal Vichy-Celestins recortada en madera y
sujeta por dos cadenas al alero.
—Estos polvos —Oliverio Castañeda apunta con el bastón la suela de
su zapato que se ha impregnado de amarillo—, ¿sirven para algo?
—No sirven para nada, amigo —Don Carmen mueve la cabeza con
desconsuelo.
—No hay como el veneno, como dice allí —se apresura el Globo Oviedo
a señalar con los labios el periódico que Don Carmen tiene en la
mano.
—¿Este periódico? Este periódico sólo de mentiras habla —Don Carmen
les muestra el periódico, suspirando impotente—; ahora la han
agarrado conmigo. ¿Acaso quieren que la Aguadora quiebre y nos
muramos de sed? Las tarifas ya no me ajustan.
—Yo lo voy a ayudar en eso, no se preocupe —Oliverio Castañeda
cambia de mano el bastón y rodea por los hombros a Don Carmen—. Yo
voy a hablar con Rosalío, ya se lo prometí a Usted. Rosalío es buena
gente.
El Globo Oviedo no ha leído el artículo contra las tarifas de la
Compañía Aguadora, y no opina. Sólo piensa en los perros, y en la
forma más eficaz de eliminarlos, dadas las molestias constantes que
causan a los indefensos ciudadanos, quienes estorbados por las
díscolas manadas en plena vía pública se ven expuestos a la
mordedura imprevista de tales canes.
—En lugar de estos polvos, Don Carmen —el Globo Oviedo raspa las
suelas de sus zapatos contra la cuneta—, Usted, que es persona de
respeto, debería solicitar autorización para el uso de venenos. Así
los perros no importunarían a la clientela de su tienda.
—Tiene razón, amigo —suspira Don Carmen—; viera cómo joden también
cuando voy en mi carro con el Ingeniero a las pilas de agua a
revisar las bombas.
—Joden más que Chalío Usulutlán en El Cronista —ríe Castañeda
chocando las manos para celebrarse, el bastón prensado bajo la
axila.
Don Carmen ríe también, pero sin entusiasmo; el periódico parece
estorbarle en la mano.
—Nosotros podríamos hacemos cargo de los perros de la pila de agua
—el Globo Oviedo se sopla la cara con el canotier—. Si conseguimos
el veneno, claro está.
Don Carmen lo miró con sumo interés. El Globo Oviedo recuerda el
falso brillo de ironía en sus ojos saltones bajo las cejas
despeinadas; la nariz aguileña distendiéndose inquieta, como si
olfateara antes de responder con un sarcasmo; los labios delgados
que parecían prepararse para deslizar una finura, pero que sólo iban
a soltar frases temerosas, de manera atropellada. Un hombre
apocado, a pesar de sus reales, les dirá el Globo Oviedo a los
circunstantes de la mesa maldita; y su boca se llena de desprecio
como si retuviera una buchada de Ron Campeón.
—Si ustedes consiguen el veneno, yo pongo la carne —Don Carmen baja
la vista, apenado—. Aquí en mi casa se cocinarían las raciones.
—No tienen que ser cocinadas las raciones —Oliverio Castañeda, que
parecía empezar a aburrirse, sacó del bolsillo su reloj de leontina
para aflicción del Globo Oviedo—. En Guatemala llamamos bocados a la
carne envenenada para perros. Pero se les pone cruda.
—Aquí se acostumbra dárselas cocida —tartamudeó Don Carmen,
atribulado por no poder alcanzar a explicarles la razón de aquella
diferencia tan sustancial de costumbres.
—La carne es la carne, cruda o cocida —Oliverio Castañeda bajó la
voz, invitándolos a acercarse para compartir su picardía—. ¿Cómo le
gusta a Usted la carne, Don Carmen? La celeste carne, que decía
Rubén Darío.
— Vayan donde el yanki, que les den la orden para comprar el
veneno. Aquí está, aquí está —Don Carmen, aparentando no haber
oído, buscó su cartera y lleno de azoramiento extrajo un billete de
cinco córdobas—. Díganle a Wayne que van de parte mía.
El Globo Oviedo no vaciló en agarrar el billete, casi se lo quitó de
la mano. Y su papada tiembla de risa al recordar la cara de disgusto
que puso Oliverio Castañeda, ofendido porque él hubiera aceptado el
dinero.
—Cuando consigan la estricnina, yo quiero ir con ustedes a matar los
perros de la pila de agua —se guardó la cartera Don Carmen.
Oliverio Castañeda hizo una reverencia, y se tocó con los dedos el
ala del sombrero en señal de despedida. Siguieron su camino sin
hablar, temeroso el Globo Oviedo de que Castañeda no quisiera
interesarse más en el asunto de la adquisición del veneno; pero, al
llegar a la esquina, fue él quien le señaló con el bastón el rumbo
de la Plaza Jerez. Y se dirigieron a la Jefatura de Policía.
Como ya vimos, el Globo Oviedo hubo de comparecer el 17 de octubre
de 1933 al Juzgado del Distrito del Crimen para rendir su
declaración, la cual abarca diferentes hechos a los que ya iremos
refiriéndonos en adelante; por el momento, cabe sólo ocuparnos de la
cacería de perros del 18 de junio de 1932. Los curiosos que llenan
completamente el recinto se empujan contra la silleta que ocupa
frente al escritorio del Juez, y pasan la voz a quienes se han
quedado forzadamente en los corredores y no pueden escuchar los
pormenores de su relato. Suda copiosamente como si lo acabaran de
bañar con todo y ropa; y, presa de intenso nerviosismo, no muestra
nada del alegre aplomo de que hiciera gala semanas antes en la mesa
maldita.
A las preguntas del Juez, y mientras bebe constantemente de un vaso
de agua que los mismos curiosos se encargan de llenarle, responde:
Afirma el declarante que una vez obtenido el veneno en la Droguería
Argüello ya no se dedicaron al repaso del examen de grado como
tenían previsto, sino que regresaron a su casa de habitación en el
Barrio San Juan, a fin de preparar las raciones envenenadas;
ausentándose Castañeda el tiempo suficiente para ir hasta la casa de
la familia Contreras en busca de la carne prometida por Don Carmen.
Que una vez vaciado el contenido del frasco sobre un vidrio quitado
a una retratera de la sala, el declarante separó con una navaja las
porciones, resultando un total de veinte; las cuales fueron untadas
con la misma navaja a los bocados de carne, operación que se hizo
en el fondo del patio, lejos de la cocina, para que no resultara
ningún alimento contaminado. Cada uno de los bocados fue amarrado
con hilo, para que pudieran ser manipulados sin temor de llenarse
de veneno las manos; y que el hilo para esa finalidad lo tomó de una
garrucha que halló en la gaveta de la máquina de coser de su esposa.
Que una vez listas las veinte raciones envenenadas, puede afirmar,
sin lugar a equivocarse, que no sobró absolutamente nada de la
estricnina contenida en el tubo, el cual lanzó ya vacío al
excusado, con su propia mano, para evitar que sus niños se
apoderaran del mismo ya que son muy traviesos.
Que su intención era empezar temprano la cacería, pero Castañeda lo
retuvo bajo el alegato de que no era conveniente que la gente de la
sociedad los vieran envenenando perros a plena luz del día, pues los
iban a tomar por vagos, por mucho que El Cronista reservara esa
tarea para personas respetables; siendo de esta misma opinión su
señora esposa, quien constantemente estuvo dirigiéndole cuchufletas
mientras se procedía a la preparación de las raciones, y se negó a
colaborar en nada.
Agrega, por otra parte, que Castañeda había vuelto con la razón de
que Don Carmen insistía en acompañarlos, noticia que le extrañó y le
molestó, pues no había tomado en serio sus palabras de la mañana; y
el hecho de que fuera a andar con ellos, no dejaba de ser una
perturbación para sus planes.
Afirma que Castañeda lo tranquilizó en cuanto a la presencia de Don
Carmen, asegurándole que sólo iba a acompañarlos a matar los perros
del vecindario de la pila de agua, tal como les había manifestado en
la mañana. Y le expresó, además, a manera de chanza, que si El
Cronista reclamaba confiar el uso del veneno a personas de
reconocida honorabilidad, nada mejor que la compañía de Don Carmen
en esa primera etapa para certificar la moralidad de la cacería;
interviniendo en ese punto, otra vez, su señora esposa para decir
que no era a Don Carmen a quien iban a aplazar si los examinadores
los veían de mequetrefes en la calle, en lugar de estar estudiando.
Continúa relatando el declarante que a eso de las seis de la tarde
Don Carmen llegó a bordo de su automóvil, un Packard color negro, y
los tres juntos se dirigieron a depositar el veneno en los
alrededores de la pila de agua. Don Carmen iba personalmente al
volante y se mostró en esa ocasión excepcionalmente contento y
dicharachero; y cuando a cada bocado que lanzaban veía que algún
perro atrapaba el pedacito de carne envenenada entre las fauces,
soltaba la rueda, se restregaba las manos y se reía sabrosamente por
lo bajo.
Que cuando terminaron la operación de la pila de agua, y antes de
dejarlos otra vez en la puerta de la casa del declarante, Don Carmen
les pidió que no se olvidaran de echarle una ración al perro de Don
Macario Carrillo, un filarmónico que vivía a cuatro puertas de su
casa de habitación hacia el oriente, pues se cagaba a menudo en la
acera de la Tienda “La Fama” y siempre había que estar echándole
aserrín a los excrementos. Que a ese perro se le dio efectivamente
veneno de primero, como a las ocho y cuarto de la noche, llamándolo
con morisquetas desde el zaguán hasta el fondo del corredor donde
se encontraba tranquilamente sentado.
Que fue como a las ocho de la noche que abordaron el coche de
caballos del padre del dicente para llevar a cabo su correría
final, el cual ellos mismos uncieron en la cochera, transportando
las raciones restantes, que a esa hora eran unas quince, en un
cajoncito de pino de los que sirven para embalar jabón “La
Estrella”, y trotando por distintas calles, como si dieran un paseo,
se dedicaron a lanzar con mano subrepticia los bocados de carne
envenenada a los perros que se encontraban por el camino,
provocando la mortandad mayor en la Calle Real, ya al final.
Que dejaron el consultorio del Doctor Darbishire de último
calculando arrimar a la Iglesia de San Francisco a las diez de la
noche, hora en que el Doctor Darbishire ya estaría acostado. Que
sólo les quedaba para entonces una ración disponible, la cual
administraron al único perro alsaciano que encontraron en la puerta
del consultorio; aunque, por lo general, eran varios los perros que
hacían guardia en la puerta durante toda la noche, de los muchos de
que es propietario el mencionado Doctor Darbishire.
Que el declarante se bajó del coche llevando el trozo de carne
envenenada suspendido del hilo; y con las debidas precauciones se
acercó a la acera, no fuera el perro a tratar de morderlo pues es de
una raza muy brava; y haciendo uso de miles de mimos y melosidades
logró al fin que se acercara a recoger el bocado fatal, el cual se
comió pacíficamente.
Y ya se preparaba a regresar al coche, cuando de improviso apareció
en la calle el Doctor Darbishire, al que creían hacía ratos dormido
en su aposento; y todo fue ver al declarante en actitud sospechosa,
y notar que su perro se estaba comiendo el bocado, para colegir que
se trataba de un envenenamiento; razón por la cual reaccionó con tan
desacostumbrada violencia.
—Me resbalé, y el viejo hijueputa me agarró duro a bastonazos —el
Globo Oviedo blande el aire como si golpeara con un bastón. Después,
se tira al piso, protegiéndose con grandes alardes la cabeza.
—¿Y Oliverio Castañeda, te defendió? —el Doctor Salmerón hace
tronar, despacio, los dedos de cada mano.
—Se bajó a toda carrera del coche, y se fue a refugiar detrás de un
ciprés en el atrio de la iglesia, el muy cochón —el Globo Oviedo
sigue recogido en el suelo, aguantando el castigo de los bastonazos.
—Y decís que fueron veinte perros los envenenados —el Doctor
Salmerón moja el dedo en saliva y vuelve las páginas de la libreta
de la Casa Squibb.
—Veinte, ya le di la lista —el Globo Oviedo resuella, como si
estuviera recuperándose de la carrera que emprendió hasta el coche
huyendo de los bastonazos—; malbaratamos las raciones antes de
llegar al consultorio. Pero de todos modos, sólo estaba un perro.
Se comió la última que quedaba.
—Del veneno no sobró nada, entonces —el Doctor Salmerón deja a un
lado el lápiz y desenrosca su pluma fuente. Escribe ahora con
premura, como si extendiera una receta.
—Ni para un remedio. Veinte dosis, veinte perros out en home —el
Globo Oviedo lanza un aullido; y al imitar los estertores de un
perro envenenado, hace traquetear la silla.
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