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Sergio Ramírez

Castigo divino


 

Sergio Ramírez nació en Masatepe, Nicaragua, en 1942. En 1960 funda la revista Ventana y encabeza junto con Fernando Gordillo el movimiento literario del mismo nombre. En 1964 se gradúa de abogado en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Fue electo dos veces, en 1968 y en 1976, Secretario General de la Confederación de Universidades Centroamericanas (CSUCA), con sede en Costa Rica. En 1978 funda la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA).
Entre 1973 y 1975 reside en Berlín invitado por el programa de artistas residentes del Servicio de Intercambio Académico Alemán (DAAD).
En 1977 encabeza el grupo de los Doce, formado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles, en respaldo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en lucha contra el régimen de Somoza.
En 1979 integra la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Fue electo vicepresidente en 1984. Desde el gobierno, preside el Consejo Nacional de Educación y funda la Editorial Nueva Nicaragua en 1981.
Desde 1990 hasta 1995 se desempeña como diputado ante la Asamblea Nacional.
Entre sus libros figuran:
De Tropeles y Tropelías (1971), que recibió el Premio Latinoamericano de Cuento de la revista Imagen, de Caracas, Charles Atlas también muere (1976), ¿Te dio miedo la sangre? (1978) finalista del Premio Latinoamericano Rómulo Gallegos, Castigo Divino (1988) Premio Dashiell Hammett 1990, Clave de Sol (1993),Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon al mejor libro extranjero en 1998 en Francia, Margarita, está linda la mar, (Alfaguara, 1998),  Premio Internacional de Novela ALFAGUARA 1998 y en 2000 el Premio Latinoamericano de Novela José María Arguedas, otorgado por la Casa de las Américas, en La Habana, Catalina y Catalina (2001), Sombras nada más (2002), Mil y una muertes (2004), El reino animal (2006).

Es columnista de El País, de Madrid, La Jornada, de México, El Tiempo, de Bogotá, El Nacional de Caracas, Listín Diario, de Santo Domingo, La Opinión, de Los Ángeles, La Nación, de San José, El Tiempo, de Tegucigalpa, La Prensa Gráfica, de San Salvador, El Periódico, de Guatemala, y La Prensa, de Managua, entre otros.
Colaborador de
Letra Internacional, en Madrid, Nexos y Etcétera, de México. Miembro del Consejo Asesor de la revista El Gatopardo, Bogotá.
Dirige desde Managua la revista electrónica de ámbito cultural y literario Carátula.

Es miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua, y miembro correspondiente de la Real Academia Española.

En 1993 recibe la Orden de Caballero de las Artes y las Letras de Francia.

 

1

UNA ALGARABÍA DE PERROS EN LA NOCHE

 

Siendo aproximadamente las nueve de la noche del 18 de julio de 1932, Rosalío Usulutlán, de cuarenta y dos años de edad, divor­ciado, de oficio periodista y en tal calidad empleado como redac­tor principal del diario El Cronista, deja su asiento de luneta en el Teatro González al concluir la exhibición de estreno de la película de la Metro Goldwyn Mayer “Castigo Divino”, protagonizada en los roles es­telares por Charles Laughton y Maureen O'Sullivan.

Avanza entre el público hacia la puerta del foyer y cuando pasa de­bajo de la cortina de felpa roja que el polvo acumulado hace aún más pe­sada, siente que le tocan de manera juguetona el hombro; al volverse, se encuentra con su amigo Cosme Manzo, de cincuenta años de edad, sol­tero y comerciante en abarrotes, quien le sonríe con toda su dentura en la que relumbran, bajo el espeso bigote de guías engominadas, las chapas de oro macizo.

Manzo, llevándolo ahora abrazado, le abre paso con su sombrero de ancha badana roja y lo invita a dirigirse hacia la Casa Prío, situada a una cuadra de distancia del Teatro González, y también frente a la Plaza Je­rez, a fin de tomar juntos una cerveza Xolotlán, la primera cerveza de fabricación nacional, que acaba de ser puesta a la venta y de la cual Man­zo es distribuidor exclusivo para la ciudad; así como es distribuidor ex­clusivo de la Emulsión de Scott. El periodista, calándose su propio som­brero, acepta complacido la invitación.

Ya en el establecimiento, que recibe a esas horas su clientela habitual después de la función de cine, se encaminan hacia una mesa ubicada en un rincón cercano al mostrador, donde son atendidos personalmente por el propietario, el joven de veintinueve años Agustín Prío, cariñosamente apodado por sus parroquianos “El Capitán”. Esa mesa, sumamente te­mida, es el principal mentidero de León y se la conoce como “la mesa maldita”: allí sesiona regularmente la cofradía de la cual forman parte los dos recién llegados y que preside el Doctor Atanasio Salmerón, médico y cirujano, ausente esa noche pero a quien ya tendremos oportunidad de conocer ampliamente más tarde.

En la mesa maldita se examinan y certifican en cuanto a su autenti­cidad toda clase de historias de carácter escabroso, vr. y gr. adulterios, noviazgos burlados, abortos forzosos, preñeces arregladas a punta de pis­tola y amancebamientos clandestinos; se lleva cuenta puntual de los hijos nacidos de dañado ayuntamiento, de las viudas que abren sus puertas al filo de la medianoche y de las hazañas de sacristía de los curas barraga­nes; así como se registran de manera meticulosa otros escándalos en que también se ven envueltas las familias más importantes de la ciudad, entre ellos despojos de herederos, estafas, deudas remisas, falsificaciones, este­lionatos y quiebras fraudulentas.

El Capitán Prío saca las cervezas Xolotlán del refrigerador marca Kel­vinator que funciona con quemadores de kerosene, y entrecerrando los ojos debido a la molestia del humo del cigarrillo que pende de sus labios, las destapa junto al mostrador con gesto enérgico, utilizando el abridor que lleva permanentemente consigo prendido a su llavero.Y, como si buscara compensar la desventaja de su exigua estatura, se empina al ca­minar cuando trae las botellas a la mesa.

Se sienta, acomodando holgadamente los pies en el travesaño de la si­lleta, y comienza por felicitar a Rosalío Usulutlán debido a sus gacetillas de El Cronista de esa tarde, las cuales tocan temas de candente actualidad.

La primera de esas gacetillas ocupa el espacio principal de la primera página del periódico de cuatro hojas tamaño standard y se refiere a los debates en curso en el seno de la Junta Municipal sobre la firma de un nuevo contrato con la Compañía Aguadora Metropolitana, que suminis­tra el agua potable a la ciudad. Los dueños de la compañía están presio­nando el cambio de contratos movidos por el solo objeto de elevar las tarifas domiciliares, las cuales se volverían de esta manera prohibitivas para muchos bolsillos, privando a los hogares más pobres del vital líqui­do. Rosalío apoya con extremado ardor al bando de munícipes encabe­zado por el Alcalde, Doctor Onesífero Rizo, renuente a autorizar seme­jante aumento por caprichoso y extemporáneo, amén de ser leonino; y fustiga a los otros representantes edilicios, cuya inexplicable vacilación se torna repugnante a los intereses de la comuna.

Las otras dos gacetillas ocupan también la primera página. Una tiene que ver con la proliferación de zancudos anofeles en esta época de in­tensas lluvias, pues el invierno se ha presentado excepcionalmente copio­so; y se denuncia la incuria de las autoridades sanitarias, culpables de la alegre reproducción de los nocivos insectos, los cuales se sienten a sus anchas en las charcas putrefactas y corrientes de aguas sucias provenien­tes de cocinas y lavaderos que desembocan sin ningún estorbo en las ca­lles, aun en las más transitadas, a tal grado que de ser pollos los coleóp­teros, no faltarían los huevos; y de ser vacas, no habría escasez de leche. Semejante anomalía representa un grave peligro para los ciudadanos, pues a la picadura de los zancudos se debe la epidemia de fiebre perniciosa, grado agudo de la enfermedad palúdica, que ha cobrado ya varias vícti­mas fatales, especialmente entre niños y adolescentes.

La última de las gacetillas se refiere a la excesiva cantidad de perros vagabundos deambulando libremente por las vías públicas y otros para­jes concurridos, tales como mercados, atrios y plazas; importunan en puertas de boticas y mercerías a la clientela, así como a los pasajeros de trenes en los mismos andenes de la estación del Ferrocarril del Pacífico, y constituyen molestia especial para aurigas y automovilistas. Los polvos ama­rillos de Bayer importados por la Droguería Argüello han probado ser ineficaces, pese a lo cual los vecinos persisten en regarlos en los dinteles de las puertas y aceras, vanamente esperanzados en ahuyentar a los moles­tos animales y haciendo más bien un flaco servicio al ornato público.

Y por si fuera poco, se han presentado ya casos comprobados de ra­bia, debido a la mordedura de los susodichos canes. Se pide por lo tanto al Jefe de Policía, Capitán Edward Wayne USMC, que autorice, tal como ya los superiores de la Marina de Guerra de los Estados Unidos lo han hecho loablemente en el pasado, la adquisición de venenos en las boticas por parte de ciudadanos responsables; siendo la estricnina la más eficaz para estos fines entre los alcaloides letales.

Cuando el reloj del Sagrario da las diez de la noche, los amigos se des­piden y el periodista Rosalío Usulutlán toma el rumbo de la Calle Real para dirigirse hacia su domicilio en la Calle La Españolita del Barrio del Laborío. Vestido de blanco y en mangas de camisa, pues considera el saco una prenda más enojosa que práctica, el cuello cerrado por un bo­tón de cobre, silba por lo bajo mientras camina por la acera desierta y piensa otra vez en la película “Castigo Divino”.

“Debe prohibirse película a todas luces inconveniente” es el título de la gacetilla que va a escribir mañana con el objeto de prevenir a los lec­tores de los riesgos que entraña el argumento de la cinta, ya que con sólo concurrir al cine, personas sin escrúpulos pueden aleccionarse en el arte de la preparación de tósigos mortales; el joven aristocrático interpretado magistralmente por Charles Laughton se vale de refinados ardides para envenenar una tras otra a las más bellas jóvenes de la alta sociedad de Bos­ton, mientras registra en un diario secreto, que más tarde cae en manos de la policía, la lista de sus inocentes víctimas. Pero es ya tarde, el cia­nuro ha hecho su mortal trabajo y el ejemplo está dado en la pantalla. Y expresará también su repugnancia por el desenlace; el asesino Charles Laughton, antes de morir ejecutado en la silla eléctrica, se niega a recibir el auxilio espiritual del capellán del penal, riéndose por el contrario del sacerdote con carcajada siniestra.

Los relámpagos iluminan el cielo cargado de nubes negras en la lejanía. A lo largo de la Calle Real, las bujías brillan bajo los sombreretes de latón en lo alto de los rieles, sin que su luz macilenta alcance a dispersar las sombras en la extensa cuadra de portones, zaguanes y balcones cerra­dos, que se extiende desde la Casa Prío hasta la Iglesia de San Francisco: alumbrado público deficiente, que no pone a los ciudadanos honrados a salvo de los maleantes en las principales arterias de la ciudad. ¿A dónde va a parar, señores Munícipes, el dinero de los contribuyentes?

Sus reflexiones son interrumpidas por una algarabía de perros. El al­boroto ocurre en la Calle Real, pero los ladridos también resuenan de­trás de las puertas y zaguanes, como si todos los animales se hubieran despertado al mismo tiempo dentro de las casas cerradas, presas de un mismo temor. Unos pasos más adelante encuentra a un perro tendido so­bre la acera, que vomita y se debate entre convulsiones; y más allá des­cubre otro que se pega al dintel de una puerta, arrastrándose penosamen­te, con las patas traseras tiesas.

Cuando se acerca a la esquina de la Iglesia de San Francisco, alcanza a distinguir frente al consultorio del Doctor Juan de Dios Darbishire dos siluetas que riñen. Se arrima a la pared de la casa del Doctor Francisco Juárez Ayón, que hace esquina con el consultorio frente al atrio de la igle­sia, y reconoce en uno de los contendientes al propio Doctor Darbishire, a quien una hora antes había visto salir de la función de cine. La capa negra de ribetes rojos revoloteando a sus espaldas, agrede bastón en mano a un hombre de gruesa contextura, mientras jadeante lo llena de injurias. Dada la proverbial urbanidad y afabilidad de trato del viejo galeno, Ro­salío Usulutlán se sorprende de oír por primera vez semejantes expresio­nes de su boca.

El gordo, que con ademanes juguetones trata de arrebatarle el bastón al anciano, resbala accidentalmente y cae de rodillas; al ponerse en cua­tro pies queriendo incorporarse, el Doctor Darbishire aprovecha la oca­sión y le descarga sobre la espalda contundentes bastonazos que le arran­can quejas verdaderas. Es entonces cuando el periodista asegura haber es­cuchado venir desde las sombras una risa de burla; y al volverse lleno de sorpresa, advierte junto a uno de los cipreses del atrio de la iglesia a un hombre vestido de luto riguroso, que, apoyándose con ambas manos en el pomo de su bastón, vigila la escena de la golpiza con gestos inquietos y divertidos.

El Doctor Darbishire desvía por un momento su bastón, señalando, airado, a un perro que trabajosamente intenta subir las gradas en busca de la puerta del consultorio; momento que el gordo aprovecha para za­farse y correr a gatas con asombrosa agilidad, pese a su corpulencia; re­coge del suelo su canotier y se incorpora emprendiendo la huida en di­rección a un coche de caballos que con las riendas sueltas se ha ido ale­jando calle abajo.

El gordo logra dar alcance al carruaje, y sofrenando los caballos sube apresuradamente; y ya en el pescante, hace desde lejos señales al hombre de luto, quien tras abandonar sin ninguna prisa su puesto de observa­ción, camina con paso reposado hacia el coche. Al pasar delante del Doc­tor Darbishire, lo saluda con el bastón que blande con toda soltura.

El ya dicho Doctor Juan de Dios Darbishire, mayor de sesenta y tres años de edad, viudo de sus segundas nupcias y médico de profesión, ma­nifiesta ante el Juez Primero del Distrito del Crimen, el 19 de octubre de 1933, que no vio pasar a la persona indicada ni reparó en su saludo, pues se hallaba inclinado sobre el perro de su propiedad, de nombre Es­culapio, al cual envolvía en su capa para introducirlo al consultorio y practicarle allí diligencias urgentes que neutralizaran la acción del vene­no ingerido; diligencias que fracasaron, pues el perro falleció de todas maneras.

Por su parte, el testigo Rosalío Usulutlán, de edad, profesión y de­más generales antes descritas, en su declaración judicial del 17 de octubre de 1933, en la que relata de manera pormenorizada los hechos de esa no­che, a preguntas del Juez, afirma: que según su leal saber y entender, el hombre de contextura robusta que recibió los bastonazos en la calle es el Doctor Octavio Oviedo y Reyes, oriundo de esta ciudad de León, en­tonces pasante de derecho y ahora abogado y notario; a quien conoce y con quien tiene trato social. Y siempre a preguntas del Juez, manifiesta: que la persona que vigilaba el incidente desde el atrio de la iglesia; y des­pués saludó al pasar al Doctor Darbishire, es el Doctor Oliverio Casta­ñeda Palacios, natural de Guatemala, entonces también pasante de dere­cho y ahora abogado y notario, y a quien igualmente conoce y ha tratado.

Y para dar mayor seguridad a sus afirmaciones, sostiene el testigo que todos estos incidentes tuvo la oportunidad de relatárselos esa misma no­che al Bachiller Alí Vanegas, quien se encontraba estudiando a puertas abiertas en su pieza de la Calle Real, una cuadra más abajo, contiguo a la casa donde vivió Rubén Darío y donde tienen encadenado ahora al poe­ta loco Alfonso Cortés; y que al Bachiller Vanegas se le puede preguntar si es cierto que él le manifestó esa noche, como en verdad se lo manifes­tó, que los envenenadores de perros eran los susodichos Oviedo y Castañeda.

El Bachiller Alí Vanegas, presente en el recinto del Juzgado en su ca­lidad de secretario del Juez, sin hacer ningún comentario por encontrarse inhibido de intervenir, se limita a escribir la declaración en los pliegos de papel de oficio que después, debidamente cosidos con hilo, se agregarán al expediente; pero cuando le toca, a su turno, ser interrogado en calidad de testigo, el día 18 de octubre de 1933, habrá de confirmar en todas sus partes el dicho de Rosalío Usulutlán.

Apremiado por el Juez para que abunde en su información sobre la identidad del hombre de luto que vigilaba la escena de los bastonazos desde el atrio de la iglesia, el testigo Rosalío Usulutlán se afirma en su con­vencimiento de que se trataba, sin ningún género de dudas, de Oliverio Castañeda; pues aunque ciertamente reinaba la oscuridad y la luz de las bujías del alumbrado público era insuficiente, pudo comprobar sus fac­ciones a la claridad de uno de los relámpagos que se sucedían de conti­nuo esa noche en que amenazaba lluvia. Y que por su porte y catadura le resultaron de igual manera inconfundibles cuando lo vio alejarse por la Calle Real y saludar de paso al Doctor Darbishire, utilizando para ello el bastón pomo de conchanácar que lleva siempre consigo.

 

EN BUSCA DEL VENENO MORTAL

 

El perro Esculapio del Doctor Juan de Dios Darbishire fue la última víc­tima de la cacería desatada desde el atardecer del 18 de junio de 1932 por los pasantes de abogacía Oliverio Castañeda y Octavio Oviedo y Reyes, quienes utilizaron para tal propósito raciones de carne cocida, envene­nadas con estricnina. Así resulta comprobado plenamente a través de di­versas declaraciones testificales rendidas ante la autoridad del Juez Pri­mero del Distrito del Crimen de León.

La primera de esas declaraciones corresponde al Señor Alejandro Pe­reyra, de sesenta y dos años de edad, casado y militar en retiro, para aque­lla fecha secretario de la Jefatura de Policía de León a cargo del Capitán Morris Wayne, de los Cuerpos de Marina de los Estados Unidos. Pos­trado a consecuencia de un ataque de hemiplejia, testifica el 14 de octu­bre de 1933 en su lecho de enfermo:

 

Que siendo alrededor de las diez de la mañana de un día que cree recor­dar fue en el mes de junio de 1932, se presentaron al despacho del Ca­pitán Wayne los pasantes de abogacía Oliverio Castañeda Palacios y Oc­tavio Oviedo y Reyes, a quienes el deponente conocía como personas de carácter chusco y muy inclinados a la broma y al barullo; pero que, sin embargo, sabían comportarse en el trámite de los diferentes asuntos le­gales y de policía que los hacían acudir a menudo a la Jefatura.

Que encontrándose ausente del despacho el Capitán Wayne, y mien­tras lo aguardaban, los visitantes trabaron conversación con el declaran­te; y que entre distintos temas tocaron el de las alzas en las tarifas do­miciliares del agua potable, asunto que tenía agitada a la ciudadanía; así como el que se refiere a la proliferación de perros vagabundos, dando la razón el declarante al reclamo del diario El Cronista sobre la necesi­dad de autorizar el uso de venenos a ciudadanos responsables; y fue en este punto de la conversación que aprovecharon para revelarle el motivo de su visita, que era solicitar del Capitán Wayne una orden a fin de que se les vendiera, en una de las boticas de la ciudad, un frasco de estricnina que utilizarían para eliminar perros por su cuenta.

Que por tratarse de personas de reconocida probidad y confianza, el declarante se creyó autorizado a acceder a la petición sin tener que es­perar la llegada del Capitán Wayne; y procedió, por tanto, a entregarles un frasco de estricnina casi lleno que su superior guardaba en la gaveta de su escritorio, de tamaño y presentación igual a los que se expenden en las boticas; por lo que no hubo necesidad de extenderles ninguna orden.

 

El Doctor David Argüello, de profesión farmacéutico, casado y de cincuenta y dos años de edad, propietario y regente de la Droguería Ar­güello establecida en la Calle del Comercio; y quien tiene su domicilio en los interiores de la ya dicha droguería, afirma en su declaración del 19 de octubre de 1933 que, a la vista de una autorización suscrita por el Jefe de Policía, que conserva en sus archivos y puede mostrar, vendió a Oviedo y Castañeda un frasquito de 1/8 de onza, lleno y sellado, con­teniendo 30 gramos de estricnina, suficientes para la preparación de vein­te raciones mortales para igual número de perros, de 1 1/2 gramos cada una; y describe el frasquito como igual a los tubos de envase de las píl­doras rosadas del Doctor Ross, de propiedades laxantes.

El Juez de la causa, intrigado por la dualidad de estos datos, y deter­minado a averiguar si efectivamente la pareja de envenenadores de perros recibió estricnina en dos fechas diferentes, procede a interrogar sobre el particular al propio Octavio Oviedo y Reyes, casado, de veintisiete años de edad, de profesión abogado, y con domicilio en el Barrio San Juan del cuadro central de la ciudad.

El testigo, conocido popularmente como el “Globo Oviedo”, respon­de al Juez en el curso de su extensa declaración testifical rendida el 17 de octubre de 1933, que fue solamente en esa fecha, el 18 de junio de 1932, cuando Pereyra los remitió a la Droguería Argüello con la orden una vez que el Capitán Wayne la hubo firmado a su regreso al despacho, la única vez que obtuvieron estricnina de parte de las autoridades de policía; no existiendo ninguna otra oportunidad en que se les entregara directamen­te veneno de la gaveta de un escritorio; por lo cual estima que la afirma­ción de Pereyra, con la que es confrontado, se debe a una confusión de memoria de aquél. Por otra parte, la orden escrita entregada posterior­mente al Juez por el Doctor David Argüello, y que fue agregada al ex­pediente, muestra la fecha 18 de junio de 1932.

La noche del 26 de septiembre de 1933, cuando aún no se ha iniciado el proceso judicial en el que llegaría a figurar como testigo, el Globo Oviedo es citado por Cosme Manzo a comparecer delante los concurren­tes de la mesa maldita; y se presenta a la Casa Prío apenas sale de la fun­ción de cine en el Teatro González, adonde asiste por regla, cualquiera sea la película, salvo razones de fuerza mayor.

El propósito del Doctor Atanasio Salmerón, quien como ya hemos explicado preside la mesa, es interrogar concienzudamente al Globo Oviedo sobre los hechos de aquel día de la cacería de perros en las ca­lles; información que por razones que ya se nos darán a conocer más tar­de se dispone anotar en su libreta cortesía de la Casa Squibb. Y el Glo­bo Oviedo, bajo el efecto de los tragos de Ron Campeón que liga con Kola Shaler, la bebida tonificante de los convalecientes, relata con gran­des alardes los pormenores de la aventura, sin sospechar las intenciones del interrogatorio.

Aquella mañana del 18 de junio de 1932, vistiendo solamente cami­sola y calzoncillos, apoyado sobre la mesa sin mantel donde quedan los restos de su copioso desayuno, el Globo Oviedo lee El Cronista de la tarde anterior, que según la costumbre establecida por la dirección cir­cula con la fecha del día siguiente. Yelba, su esposa, como todas las ma­ñanas, lo está recriminando desde lejos por haber comido demasiado, mientras riega las plantas del patio.

El Globo Oviedo, también como todas las mañanas, toma su vaso de sal de uvas Picott para alivio de los malestares gástricos que ya empiezan a castigarlo; y poniendo el vaso, vuelve a la gacetilla que trata de los pe­rros vagabundos. Sólo piensa en la jauría del Doctor Darbishire, el an­ciano médico graduado en la Sorbona, que desde la muerte de su segun­da esposa vive sin más compañía que su tropa de alsacianos en su con­sultorio de la Calle Real. Y la idea de envenenarlos se clava como una espina juguetona en su cabeza.

Al llegar las nueve de la mañana, en su traje de cáñamo carmelita, corba­ta de lazo pintas verdes y canotier en sesgo sobre los abundantes rizos emba­durnados de brillantina, el Globo Oviedo sale de su casa en el Barrio San Juan para dirigirse al Hotel Metropolitano en busca de Oliverio Castañeda, con quien debe iniciar ese día el repaso para el examen final de la carrera.

El Hotel Metropolitano dista unas cuantas cuadras desde su domici­lio, y esta mañana se siente con ánimos para hacer el trayecto a pie. En el camino, se sorprende de no encontrar tantos perros como la noticia alarmante de El Cronista señala; pero no deja de acariciar su proyecto de diezmar la familia canina del Doctor Darbishire.

Oliverio Castañeda, de negro riguroso y bastón en mano, lo espera ya en la puerta de la pieza que desde su llegada a la ciudad habita junto con su esposa en el Hotel Metropolitano, y juntos atraviesan la calle para andar la cuadra hasta la Universidad, a fin de buscar allí en la Biblioteca algunos códigos y libros de consulta necesarios para iniciar el repaso; lo cual les hace pasar frente a la casa de la familia Contreras.

En ese momento Don Carmen Contreras sale a la puerta esquinera que da acceso a la sala de su casa, sosteniendo El Cronista en su mano. Sin intención de detenerse, lo saludan; pero es él, Don Carmen, quien con un ademán del periódico, los llama.

Cruzan la calle y en la acera de la Tienda “La Fama” esperan a que se les acerque, reuniéndose los tres a conversar debajo de la gran botella de agua medicinal Vichy-Celestins recortada en madera y sujeta por dos cadenas al alero.

—Estos polvos —Oliverio Castañeda apunta con el bastón la suela de su zapato que se ha impregnado de amarillo—, ¿sirven para algo?

—No sirven para nada, amigo —Don Carmen mueve la cabeza con desconsuelo.

—No hay como el veneno, como dice allí —se apresura el Globo Oviedo a señalar con los labios el periódico que Don Carmen tiene en la mano.

—¿Este periódico? Este periódico sólo de mentiras habla —Don Car­men les muestra el periódico, suspirando impotente—; ahora la han aga­rrado conmigo. ¿Acaso quieren que la Aguadora quiebre y nos muramos de sed? Las tarifas ya no me ajustan.

—Yo lo voy a ayudar en eso, no se preocupe —Oliverio Castañeda cambia de mano el bastón y rodea por los hombros a Don Carmen—. Yo voy a hablar con Rosalío, ya se lo prometí a Usted. Rosalío es buena gente.

El Globo Oviedo no ha leído el artículo contra las tarifas de la Com­pañía Aguadora, y no opina. Sólo piensa en los perros, y en la forma más eficaz de eliminarlos, dadas las molestias constantes que causan a los indefensos ciudadanos, quienes estorbados por las díscolas manadas en plena vía pública se ven expuestos a la mordedura imprevista de tales canes.

—En lugar de estos polvos, Don Carmen —el Globo Oviedo raspa las suelas de sus zapatos contra la cuneta—, Usted, que es persona de res­peto, debería solicitar autorización para el uso de venenos. Así los pe­rros no importunarían a la clientela de su tienda.

—Tiene razón, amigo —suspira Don Carmen—; viera cómo joden también cuando voy en mi carro con el Ingeniero a las pilas de agua a revisar las bombas.

—Joden más que Chalío Usulutlán en El Cronista —ríe Castañeda chocando las manos para celebrarse, el bastón prensado bajo la axila.

Don Carmen ríe también, pero sin entusiasmo; el periódico parece es­torbarle en la mano.

—Nosotros podríamos hacemos cargo de los perros de la pila de agua —el Globo Oviedo se sopla la cara con el canotier—. Si conseguimos el veneno, claro está.

Don Carmen lo miró con sumo interés. El Globo Oviedo recuerda el falso brillo de ironía en sus ojos saltones bajo las cejas despeinadas; la nariz aguileña distendiéndose inquieta, como si olfateara antes de res­ponder con un sarcasmo; los labios delgados que parecían prepararse para deslizar una finura, pero que sólo iban a soltar frases temerosas, de ma­nera atropellada. Un hombre apocado, a pesar de sus reales, les dirá el Globo Oviedo a los circunstantes de la mesa maldita; y su boca se llena de desprecio como si retuviera una buchada de Ron Campeón.

—Si ustedes consiguen el veneno, yo pongo la carne —Don Carmen baja la vista, apenado—. Aquí en mi casa se cocinarían las raciones.

—No tienen que ser cocinadas las raciones —Oliverio Castañeda, que parecía empezar a aburrirse, sacó del bolsillo su reloj de leontina para aflicción del Globo Oviedo—. En Guatemala llamamos bocados a la car­ne envenenada para perros. Pero se les pone cruda.

—Aquí se acostumbra dárselas cocida —tartamudeó Don Carmen, atribulado por no poder alcanzar a explicarles la razón de aquella dife­rencia tan sustancial de costumbres.

—La carne es la carne, cruda o cocida —Oliverio Castañeda bajó la voz, invitándolos a acercarse para compartir su picardía—. ¿Cómo le gus­ta a Usted la carne, Don Carmen? La celeste carne, que decía Rubén Darío.

— Vayan donde el yanki, que les den la orden para comprar el ve­neno. Aquí está, aquí está —Don Carmen, aparentando no haber oído, buscó su cartera y lleno de azoramiento extrajo un billete de cinco cór­dobas—. Díganle a Wayne que van de parte mía.

El Globo Oviedo no vaciló en agarrar el billete, casi se lo quitó de la mano. Y su papada tiembla de risa al recordar la cara de disgusto que puso Oliverio Castañeda, ofendido porque él hubiera aceptado el dinero.

—Cuando consigan la estricnina, yo quiero ir con ustedes a matar los perros de la pila de agua —se guardó la cartera Don Carmen.

Oliverio Castañeda hizo una reverencia, y se tocó con los dedos el ala del sombrero en señal de despedida. Siguieron su camino sin hablar, temeroso el Globo Oviedo de que Castañeda no quisiera interesarse más en el asunto de la adquisición del veneno; pero, al llegar a la esquina, fue él quien le señaló con el bastón el rumbo de la Plaza Jerez. Y se dirigie­ron a la Jefatura de Policía.

Como ya vimos, el Globo Oviedo hubo de comparecer el 17 de oc­tubre de 1933 al Juzgado del Distrito del Crimen para rendir su decla­ración, la cual abarca diferentes hechos a los que ya iremos refiriéndonos en adelante; por el momento, cabe sólo ocuparnos de la cacería de pe­rros del 18 de junio de 1932. Los curiosos que llenan completamente el recinto se empujan contra la silleta que ocupa frente al escritorio del Juez, y pasan la voz a quienes se han quedado forzadamente en los corredores y no pueden escuchar los pormenores de su relato. Suda copiosamente como si lo acabaran de bañar con todo y ropa; y, presa de intenso ner­viosismo, no muestra nada del alegre aplomo de que hiciera gala semanas antes en la mesa maldita.

A las preguntas del Juez, y mientras bebe constantemente de un vaso de agua que los mismos curiosos se encargan de llenarle, responde:

 

Afirma el declarante que una vez obtenido el veneno en la Droguería Ar­güello ya no se dedicaron al repaso del examen de grado como tenían pre­visto, sino que regresaron a su casa de habitación en el Barrio San Juan, a fin de preparar las raciones envenenadas; ausentándose Castañeda el tiempo suficiente para ir hasta la casa de la familia Contreras en busca de la carne prometida por Don Carmen.

Que una vez vaciado el contenido del frasco sobre un vidrio quitado a una retratera de la sala, el declarante separó con una navaja las porcio­nes, resultando un total de veinte; las cuales fueron untadas con la mis­ma navaja a los bocados de carne, operación que se hizo en el fondo del patio, lejos de la cocina, para que no resultara ningún alimento contami­nado. Cada uno de los bocados fue amarrado con hilo, para que pudie­ran ser manipulados sin temor de llenarse de veneno las manos; y que el hilo para esa finalidad lo tomó de una garrucha que halló en la gaveta de la máquina de coser de su esposa. Que una vez listas las veinte raciones envenenadas, puede afirmar, sin lugar a equivocarse, que no sobró abso­lutamente nada de la estricnina contenida en el tubo, el cual lanzó ya va­cío al excusado, con su propia mano, para evitar que sus niños se apo­deraran del mismo ya que son muy traviesos.

Que su intención era empezar temprano la cacería, pero Castañeda lo retuvo bajo el alegato de que no era conveniente que la gente de la sociedad los vieran envenenando perros a plena luz del día, pues los iban a tomar por vagos, por mucho que El Cronista reservara esa tarea para personas respetables; siendo de esta misma opinión su señora esposa, quien constantemente estuvo dirigiéndole cuchufletas mientras se proce­día a la preparación de las raciones, y se negó a colaborar en nada.

Agrega, por otra parte, que Castañeda había vuelto con la razón de que Don Carmen insistía en acompañarlos, noticia que le extrañó y le molestó, pues no había tomado en serio sus palabras de la mañana; y el hecho de que fuera a andar con ellos, no dejaba de ser una perturbación para sus planes.

Afirma que Castañeda lo tranquilizó en cuanto a la presencia de Don Carmen, asegurándole que sólo iba a acompañarlos a matar los perros del vecindario de la pila de agua, tal como les había manifestado en la mañana. Y le expresó, además, a manera de chanza, que si El Cronista reclamaba confiar el uso del veneno a personas de reconocida honorabi­lidad, nada mejor que la compañía de Don Carmen en esa primera etapa para certificar la moralidad de la cacería; interviniendo en ese punto, otra vez, su señora esposa para decir que no era a Don Carmen a quien iban a aplazar si los examinadores los veían de mequetrefes en la calle, en lu­gar de estar estudiando.

Continúa relatando el declarante que a eso de las seis de la tarde Don Carmen llegó a bordo de su automóvil, un Packard color negro, y los tres juntos se dirigieron a depositar el veneno en los alrededores de la pila de agua. Don Carmen iba personalmente al volante y se mostró en esa ocasión excepcionalmente contento y dicharachero; y cuando a cada bocado que lanzaban veía que algún perro atrapaba el pedacito de carne envenenada entre las fauces, soltaba la rueda, se restregaba las manos y se reía sabrosamente por lo bajo.

Que cuando terminaron la operación de la pila de agua, y antes de dejarlos otra vez en la puerta de la casa del declarante, Don Carmen les pidió que no se olvidaran de echarle una ración al perro de Don Macario Carrillo, un filarmónico que vivía a cuatro puertas de su casa de habita­ción hacia el oriente, pues se cagaba a menudo en la acera de la Tienda “La Fama” y siempre había que estar echándole aserrín a los excremen­tos. Que a ese perro se le dio efectivamente veneno de primero, como a las ocho y cuarto de la noche, llamándolo con morisquetas desde el za­guán hasta el fondo del corredor donde se encontraba tranquilamente sentado.

Que fue como a las ocho de la noche que abordaron el coche de ca­ballos del padre del dicente para llevar a cabo su correría final, el cual ellos mismos uncieron en la cochera, transportando las raciones restan­tes, que a esa hora eran unas quince, en un cajoncito de pino de los que sirven para embalar jabón “La Estrella”, y trotando por distintas calles, como si dieran un paseo, se dedicaron a lanzar con mano subrepticia los bocados de carne envenenada a los perros que se encontraban por el ca­mino, provocando la mortandad mayor en la Calle Real, ya al final.

Que dejaron el consultorio del Doctor Darbishire de último calcu­lando arrimar a la Iglesia de San Francisco a las diez de la noche, hora en que el Doctor Darbishire ya estaría acostado. Que sólo les quedaba para entonces una ración disponible, la cual administraron al único pe­rro alsaciano que encontraron en la puerta del consultorio; aunque, por lo general, eran varios los perros que hacían guardia en la puerta durante toda la noche, de los muchos de que es propietario el mencionado Doc­tor Darbishire.

Que el declarante se bajó del coche llevando el trozo de carne enve­nenada suspendido del hilo; y con las debidas precauciones se acercó a la acera, no fuera el perro a tratar de morderlo pues es de una raza muy brava; y haciendo uso de miles de mimos y melosidades logró al fin que se acercara a recoger el bocado fatal, el cual se comió pacíficamente.

Y ya se preparaba a regresar al coche, cuando de improviso apareció en la calle el Doctor Darbishire, al que creían hacía ratos dormido en su aposento; y todo fue ver al declarante en actitud sospechosa, y notar que su perro se estaba comiendo el bocado, para colegir que se trataba de un envenenamiento; razón por la cual reaccionó con tan desacostumbrada violencia.

 

—Me resbalé, y el viejo hijueputa me agarró duro a bastonazos —el Globo Oviedo blande el aire como si golpeara con un bastón. Después, se tira al piso, protegiéndose con grandes alardes la cabeza.

—¿Y Oliverio Castañeda, te defendió? —el Doctor Salmerón hace tronar, despacio, los dedos de cada mano.

—Se bajó a toda carrera del coche, y se fue a refugiar detrás de un ciprés en el atrio de la iglesia, el muy cochón —el Globo Oviedo sigue recogido en el suelo, aguantando el castigo de los bastonazos.

—Y decís que fueron veinte perros los envenenados —el Doctor Sal­merón moja el dedo en saliva y vuelve las páginas de la libreta de la Casa Squibb.

—Veinte, ya le di la lista —el Globo Oviedo resuella, como si estu­viera recuperándose de la carrera que emprendió hasta el coche huyendo de los bastonazos—; malbaratamos las raciones antes de llegar al consul­torio. Pero de todos modos, sólo estaba un perro. Se comió la última que quedaba.

—Del veneno no sobró nada, entonces —el Doctor Salmerón deja a un lado el lápiz y desenrosca su pluma fuente. Escribe ahora con pre­mura, como si extendiera una receta.

—Ni para un remedio. Veinte dosis, veinte perros out en home —el Globo Oviedo lanza un aullido; y al imitar los estertores de un perro en­venenado, hace traquetear la silla.

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