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"Si dejo de mirarlo." Y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto
rato. Estaban mis heridas.
Estaba el sol, también. A esa altura el sol es otro, no imaginable.
Correspondiendo, la sombra también es otra. Buscar reparo es meterse
en el hielo; buscar abrigo, ir a la hoguera. Así se muere, de dos
zarpazos, en la indiferencia de la montaña.
Sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas
hubieran seguido, estando: mi pierna rota, mi brazo roto, mis
costillas rotas, algo en el costado de la cara.
Y
estaba la sed. La sed valía por todo.
Alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso
como la muerte.
¿Por qué estaba solo? Una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran
mi compañía. Ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. Y el cóndor
esperando.
Pensé: estoy muerto. El dolor me desmintió.
Comprendí que me había desbarrancado, a no dudar por culpa de la
mula. Siempre nos odiamos. Habrá caído, de pura maldad, arrastrando
pedruscos, arrastrándome, el cañón saltaría de su lomo. Podía
jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de
despedida—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los
cóndores sobre algo cercano. Si podía alegrarme me alegré.
Sirvieron de señal, supongo, los cóndores.
Abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era
mi lengua. Un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a
pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero,
furtiva, encorvada, armada. Luchaba con los cóndores por la mula.
Dije:
—Por Dios...
No
me salió la voz.
Grité:
—Hermano, por el amor de Dios.
El
recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame.
Hay un ruidito: chac-chac. Es mi yesquero. Una pequeña llama surge,
veo al ser, veo un brillo en su frente calva. Se inclina a hacer
fuego. El fuego se levanta. Él solloza inclinado ante la llama.
Es
de día. El lugar resulta ser una cueva. Sigo atado —medicinalmente—
con tiras de cuero peludas. Unas rocas cierran la entrada. A cierta
hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. El personaje envuelto
en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de
mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mucho más que
yo.
¿Por qué me cuesta decir el hombre? Su emoción ante el fuego, su
cuidado por mí son bien humanos. Su calvicie habla de sangre blanca.
Algo me lo vuelve temible. Ante todo, su negativa a hablar.
Frente a él cambio. Yo, espontáneo, me vuelvo astuto. Corajudo, le
temo. Agradecido, me obliga al rencor.
Dos recuerdos más: días en que ahumó los pedazos de mula arrancados
a los cóndores, la papilla con que me alimentó. Al restablecerme
descubrí que era carne de la mula masticada por él.
Pasaron meses. Ceñudo, gigante, ojos celestes pegados a la nariz de
pico rojo, agazapado ante el fuego. Y yo queriendo hacerlo hablar
cuento historias, canto, hasta recito décimas, para nada. Sordomudo,
ni pensarlo. Cuántas veces no le hablé sobresaltándolo con el
sonido, haciéndole volver la espalda furioso. Mi batalla era
hablarle. La de él, callar. Como no pudo convencerme, una vez me
tiró una piedra. Pequeña, pero de efecto suficiente sobre mis
heridas. Acepté el silencio. Era renunciar a la amistad.
Español, decidí. Vasco, montañés. Desertor. O como yo, un desecho.
¿Qué me lo decía? Lo de vasco, su físico. Lo demás, sensaciones.
Llegué a pensar que mi uniforme le impedía hablarme. Gusano que
roía el imperio. Pero allá arriba, ¿qué era esto? Sonaba a nada. La
verdad para mí era que se negaba a lo humano. A pesar de que me
había salvado a costa de muchos trabajos éramos enemigos. Por eso,
por el silencio.
Pero ¿por qué quería callar?
Para dormir desaparecía en un rincón, supuse que la cueva hacía un
codo, después lo comprobé.
El
miedo —como si la montaña con toda su maldad se hubiera concentrado
en su persona— hizo que al mejorar me fingiera más débil de lo que
estaba. Cuando salía y todo ruido se extinguía —menos el viento y
los rumores de la altura— me atrevía a sentarme.
Después me arrastré, gimiendo, comprendiendo que mi salud estaba
lejos, que debía entregarme al tiempo y a mi anfitrión si quería
vivir.
Entregarme, qué palabra. Entregarse es hablar, decir su nombre,
ponerse al tanto.
Cuando pude dar unos pasos vi su yacija, sus tesoros: el cañón,
correajes, restos de uniformes, de armas patriotas y españolas, el
arnés de la mula, herramientas de piedra.
Pasaba horas y horas solo. Él salía de caza. Comprendí que en
previsión del invierno. ¡El invierno! Fui herido en primavera, y ya
el frío no se aguantaba en el vivac, qué decir en las marchas. El
invierno. Me aferraba a la cueva como al vientre de mi madre. Morir
no es cosa rara. Pero en la montaña...
Vamos a la primera nevada.
El
frío en la cueva era de solemnidad.
Me
incorporé como cada vez que él salía. Qué mareos, me apoyé en la
roca. Flexioné como siempre las piernas y los brazos. Una pierna y
un brazo. Los otros eran un par de estacas. Había jurado poder más
que ellos y me pasaba las horas friccionándolos, obligándolos a
ceder. Resistían pero había progreso. Y ese progreso era mi idea
fija, el sentido de mis días.
La
luz distinta me hizo espiar el exterior. Vi la nevada reciente. Vi
las huellas.
Casi redondas. Un codo de diámetro. Con un pulgar aparte y el resto
indeciso. Bípedas, descalzas. A juzgar por el hundimiento de la
nieve el peso del dueño iba en proporción.
Me
puse a temblar como una liebre. Imaginé el olfato del monstruo, mi
debilidad. Imaginé a mi salvador afuera, a su merced. Estaba por
arrastrarme en busca del sable cuando las piedras de la entrada se
movieron. Retrocedí hacia el fuego dispuesto a incendiar la manta
como primera defensa; pero apenas vislumbré la mano envuelta en
tiras de lana que ya conocía volvió a primar la astucia, me eché al
suelo bajo la manta, fingí dormir.
Esta vez me estudió antes que al fuego. Es verdad, yo no estaba en
el sitio de siempre, pero era natural buscar calor con ese clima.
Quería asegurarse de algo a mi respecto. Su respiración era
contenida, no agitada. Él, que venía de ver las huellas, quería
cerciorarse de mi sueño. Sabía del monstruo. Sólo le preocupaba
saber si yo sabía.
Me
sacudió. Fingí despertar aunque mi pulso brincaba. Señaló mi
rincón. Señalé las brasas. En seguida, para no contagiarme su habla
por señas:
—Desde hoy pienso dormir cerca del fuego.
Hizo que no, las mechas grises que bordeaban su calva le barrían los
hombros. Arrancó la manta, la tiró a mi rincón.
Sigue un período en el que hubo algunos cambios. Mis piernas
empezaron a funcionar mejor, mi brazo respondía.
Era algo que él parecía estar esperando. Inició un trabajo de
herrería que al principio no entendí. Caños de fusil por pinzas,
piedras por yunques. Y el fuego, naturalmente. Y un fuelle que
había cosido con cueros ante mis ojos sin que me percatara de su
uso. Empecé a admirarlo.
Como esclavista en primer término. Yo había notado que las gentes
de montañas, las gentes de Europa, trabajaban como seres sin
corazón, todo el tiempo. Me tuvo con ese fuelle durante un millar
de horas. Se trataba de convertir mi cañón en otra cosa. Y lo logró.
Lo logramos. En un par de palas, de especies de palas.
Si
habremos paleado nieve.
A
veces pensaba en las huellas como en una alucinación. A veces oía
un ruido y saltaba a defenderme. Y veía como si ocurriera la escena
de mi sable quebrado como paja entre las manos de un oso, de un
mastodonte que se abalanza sobre mí, veía sus colmillos. Un día era
peludo, otro cubierto de escamas, otro un gigante que agarraba en
cada mano a un hombre y de un mordisco les rebanaba la cabeza. El
fuego era mi idea: brasas a los ojos para empezar, una antorcha en
seguida al hocico, al pecho, a la panza. Oía su alarido. Lo veía,
retrocediendo, encogido, las garras retraídas.
Y
nunca hablé de él.
Solo, sobando cueros, sacando tientos, cosiendo, ahumando carnes (mi
actividad era doméstica; no estaba bien visto que saliera),
pensaba. Imaginaba muchas cosas. La luz del día, cómo nos equilibra.
Yo vivía en penumbras. Imaginé que mi hombre había domesticado al
monstruo y lo hacía cazar para nosotros. Imaginé demasiado.
Pretextando el viento rodeé mi cama de piedras, quería tener
proyectiles a mano.
Cómo salté hacia ellos esa noche. Horrible, una voz me despertó.
Clamaba con mil ecos. El monstruo. No. Un resplandor sereno echaba
el rescoldo bajo las bóvedas oscuras. Todo tranquilo. Salvo esa
voz, esos ecos, salvo el idioma no de gente, en que flotaban
vocablos conocidos: María Luisa, Cayetano.
Mi
compañero soñaba en vascuence.
Me
acostumbré a tantas cosas en aquel tiempo que acostumbrarme a sus
sueños no fue un esfuerzo del otro mundo. Del otro mundo eran su
voz, su idioma, el resonar. Y el frío.
En
una de mis inspecciones descubrí un hueco tapado con pedrisca, y
muy sobado, el documento militar de Miguel Cayetano Echeverrigoitía,
nacido en Hornachuelos, Vizcaya, soldado del 4 de Infantería
Cazadores del Rey. Qué inteligente me sentí. Hasta llegué a reírme.
Yo, a su merced, me sentí por un instante su dueño.
Eso me despertó la locuacidad, caída hasta el monosílabo, y en
forma inesperada: conté chistes subidos. Nunca me divirtieron; en
los vivacs se oyen demasiados. Los repetí uno por uno. Mi intención
era despertar algo en él, no sabía bien qué. Risa. Eso, la risa;
Después de la palabra, es lo más humano (si se exceptúa la
traición). Sentí que una risa, una sonrisa, pueden ser aurora de una
palabra. Una palabra, y el murallón de su locura podía caer.
Lo
estoy viendo esa noche, en la luz rojiza, un hueso metido en la boca
como una flauta mientras sorbe la médula. Los chistes, no le hacen
gracia. Su respiración se agita. Lamento la posibilidad de haber
removido su lujuria. Callo, tristísimo.
Me
fijé fecha para hablarle del monstruo. “Mañana apenas amanezca.”
El
amanecer es la mentira más cruel de la montaña. Hasta parece
inocente; hasta bello.
No
hubo amanecer. Desperté sin luz. La nieve nos bloqueaba. Ni pensar
en las palas.
Sepultados.
Él
parecía tranquilo. Decidí estarlo también. Si había que morir que
fuera dignamente. Mi objeción: ya que era mi sino morir en la
montaña, por qué no antes, en el desfiladero, entre el cañón y la
herradura; por qué esta relación en la caverna, esta curación para
llegar a lo mismo. Bien. No había cóndores, y ya es algo. Había...
Me
sabía de memoria qué había. Provisiones, ahumadas; yuyos, colgados;
combustible, apilado. Mi vasco era hacendoso como un marino.
Siempre confié en salir de allí antes de que fuera necesario
consumir ciertas provisiones que ahumé durante el verano y el otoño.
Serpientes, por ejemplo, arrancadas por mi compañero a los cóndores
con pedradas como rayos. Las encaré con filosofía, considerando el
alimento a que debía mis fuerzas.
Empezó la convivencia que lleva al asesinato, la de dos tapiados.
Envueltos en pieles, pegados al fuego conservado en un pozo,
vivíamos. Las cabezas empaquetadas en tiras de uniformes de todos
los regimientos, escarchadas, sin mostrar los ojos; las piernas y
los pies en mandiles rellenos de paja y pelo de cabra. Afuera el
viento era, no sé, la montaña vuelta aire, dando tumbos. Nosotros en
su vientre éramos amebas listas a ser evacuadas hacia la nada.
Gusano del imperio, gusano de la libertad, retorciéndonos todavía un
momento, ¿por cuánto? ¿para qué?
Y
sin hablar.
Él
mandaba. Era dueño de casa. Nada que objetar. Qué se come, qué se
bebe, qué se fabrica, cuándo se hace ejercicio, todo, todo, mudo.
¿Qué se bebe? Ah, sí. Cada comida se completaba con una tisana. La
mía, descubrí, era para mí solo. Amarga, de las raíces de un vegetal
negruzco.
Tardé en notar que era narcótica. Empecé a dormir mucho. Despertaba
pesado, soñaba, andaba todo el día adormilado. Mejor así, pensé.
Hasta los clamores de "¡María Luisa, Cayetano!" pasaban sin
despertarme.
Dormido estaría la noche que el monstruo entró en la cueva. Dormido
las horas que tardó en cavar la nieve exterior, los días que le
llevó llegar a la entrada, dormido cuando se abrió paso removiendo
las rocas. El viento no apagó el fuego. No nos mató de frío. Porque
una mano estaba lista para rodear el rescoldo con piedras, para
cerrar la abertura desde dentro, para dejar salir y cerrar otra
vez. La mano de un cómplice del monstruo.
Noté los cambios al otro día, luz por los resquicios, el parapeto
que rodeaba el fuego, las piedras de la entrada puestas de otro
modo. Y cierto olor.
Mi
despertar era vigilado con tal atención que comprendí: vida o
muerte. Decidí ser imbécil. Exulté:
—¡Ah! ¡Se derritió la nieve afuera!
La
alianza de don Miguel Cayetano Echeverrigoitía con un monstruo de
especie desconocida era bastante para borrar los efectos de su
narcótico. Encaucé mi exaltación. Inclinado sobre las piedras que
entrechocaba desde semanas atrás para lograr algo parecido a un
hacha, obligué a mi sistema nervioso a entrar en la regularidad de
los golpes. La percepción de mi compañero podía notar el cambio.
Supe, como si lo viera escrito con letras sobre el muro, que mi
muerte había sido decretada, que dependía de mi capacidad de
disimulo. Que mi hacha, los cueros que sobé y cosí, las carnes que
ahumé, mis propias carnes, ahumadas, servirían para la
supervivencia del que me había salvado, porque el despotismo del
invierno estaba a punto de descubrirme su secreto. De ese
descubrimiento dependía mi vida. Decidí demorarlo. Sería el más
idiota de los idiotas.
Pero como la curiosidad es común a los idiotas y a los otros, no
quise beber la tisana. Conté para ello con el pudor de mi compañero,
que apenas uno iba hacia el pozo preparado junto a un
correspondiente montón de arenisca, volvía la espalda. Allí fue a
parar el té, Y su humo no difirió de otros habituales al sitio.
Fingí la mayor somnolencia. Me eché a dormir. Y dormí, como todas
las noches siguientes. Porque del monstruo no hubo más noticias.
Hasta hacer olvidar que existía. Hasta hacer pensar en otra
alucinación.
Olvidar, no del todo. La excavación que lo condujo hasta nuestra
puerta fue mantenida a pala viva por los dos. Era para morirse de
cansancio. Y la inmensidad blanca era para morirse de pesar. Y no
preguntar qué milagro había abierto esa brecha era casi, casi,
suicidio.
Hice un comentario sobre la buena suerte que nos había deparado ese
"derretimiento". Desperté la más feroz, atenta de las miradas.
Inclinado sobre mi pala parecía inocente. Mi despreciable condición
de hombre de llanura podía explicar esa falla y otras.
¿Dije que la curiosidad es común a muchos? Sí. También a los
monstruos.
Mi
hombre se había fabricado algo parecido a raquetas para los pies.
Se las arreglaba para salir sin alejarse, cosa que una gran nevada
no lo cortara de la cueva. Es decir que yo volvía a pasar mis horas
solo. Con qué alivio.
Solo estaba pues puliendo mi hacha, cuando me sentí observado. Los
pelos se me pusieron lentamente de punta. Seguí en mi tarea. Pensé
que el vasco, en un giro de su locura, había resuelto matarme. O
bien...
Como para agregar combustible a la brasa hice un ademán y espié.
Algo, fuera de las piedras, pispeaba hacia el interior. Algo que
cubría más resquicios de luz que los que cubriría un hombre, aun con
pieles, aun con turbante. Una gran sombra.
Traje las antorchas. Traje un fusil con bayoneta que había junto a
la cama del vasco. Traje la pala y la llené de brasas. Me rodeé de
piedras.
Desapareció. La triste luz de afuera volvió a entrar por las
junturas.
Decidí: terminemos esa vida de rata; a pelear; a pelear.
Y
pensé. El pensamiento, como a muchos, me volvió escéptico. Así
matara al monstruo, y matara a mi bienhechor, ¿qué podría hacer en
el invierno en aquel sitio? Había que esperar al deshielo antes de
intentar cualquier partida.
Bien. Esperaría.
Ahora llega la noche en que entró el monstruo. En que la ráfaga de
frío me despertó. En que vi su silueta encaminarse al rincón del
vasco.
Me
incorporé, el grito de alarma sofocado por el sonido de una voz, la
de mi compañero, en una orden breve. Después... que Dios me
perdone, aquellos gruñidos, qué puedo decir de ellos. Qué puedo
decir de la luna cuando iluminó al gigantesco ser en su retirada,
las mamas colgando sobre el vientre, sí, preñado. Era una hembra.
De
la vida a partir de esa noche diré: armas en mano, espaldas al
muro, comíamos sin hablar, sin un gesto. El secreto era más fuerte
que toda alianza. Y cobré simpatía por aquel que no quería volver al
mundo de la palabra, el gran desterrado, que había cedido a la
compasión por un semejante para su vergüenza. Así la cosa.
Así la cosa hasta el deshielo.
Así hasta el sonido de la caballería, de un clarín, en un
desfiladero, abajo.
Salté, frenético, moví los brazos. Después vi la ban dera, roja y
oro. La bandera del rey.
Algo me agarró por los hombros. No el monstruo, aunque lo parecía
por la fuerza. Mi compañero, los ojillos como vidrios al sol, me
pone un papel en la mano, su matrícula. Me empuja, desbarrancándome,
igual que mi mula.
Así caí inconsciente entre las tropas del rey, gusanos de la
libertad, yo, gusano del imperio. Así se rompió otra vez mi pierna.
Así me transformé en Miguel Cayetano Echeverrigoitía, natural de
Vizcaya, vestido de pieles, mudo por razones de prudencia, no sordo
según notaron y comentaron mis compañeros.
Atado sobre una mula, entablillado exhausto supe que los
precipicios, barrancos, cavernas, paredones, empezaban a quedar
atrás. Sólo eso pedía.
Entonces fue el alarido. El más extraño, el más terrible. Resonó
allá arriba. Golpeó en los abismos, botó, rebotó.
Mis compañeros andaluces se miraron temblando.
Un
artillero aragonés murmuró:
—El irrintzi...
Había oído mencionar aquello: el grito de los vascos.
Las sospechas empezaron después. Por el momento quedaron mudos.
—¿Qué celebra? —preguntó un joven a mi lado.
Y
yo, para mí, mudo:
—Celebra una raza nueva.
Me
reí, con carcajada espantosa. Pero todos me tenían por loco.
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