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Nacido en
España en 1906, Ismael Quiles se traslada a la Argentina en el año
1932, ya ordenado sacerdote jesuita, en virtud de que en su país
natal se habían suprimido las órdenes religiosas; y aquí desarrolla
toda su carrera filosófica y docente llegando a desempeñar los
cargos de decano en la Facultad de Filosofía y rector en la
Universidad de El Salvador. Su concepción filosófica es
esencialmente tomista, pero matizada de modo inequívoco por las
líneas existencialistas de Karl Jaspers y Martin Heidegger, y
especialmente influido por el existencialismo católico del filósofo
francés Gabriel Marcel. El punto de partida de su cosmovisión
filosófica es la existencia humana, con el acento puesto en la
experiencia trágica individual, “la cual puede ser el soporte para
las construcciones racionales y sistemáticas, que el hombre tiene
necesariamente que formarse para poseer una visión orgánica y
coherente del Universo.” Al existencialismo de cuño sartreano, le
opone una concepción personal que privilegia la interioridad en
desmedro de la presencia del “otro”: el in-sistencialismo: “Del
fondo de la angustia existencial surge un impulso para superar
nuestras limitaciones.” Siguiendo la estela de Vicente Fatone, se
interesó vivamente por la filosofía oriental y visitó Tokio, Taiwán,
Indonesia y la India en busca de sus fuentes originales: “No estamos
descontentos de la filosofía occidental, ni tenemos resentimiento
alguno como si hubiese defraudado nuestras esperanzas; alimentamos,
por el contrario, un extraordinario aprecio del esfuerzo cultural
realizado por Occidente. Sin embargo creemos que una búsqueda de la
sabiduría exige el análisis de la experiencia humana integral. Ésta
no ha sido agotada en Occidente.”
Osvaldo
Gallone
A) Estar
en soledad.
La
primera característica de esta actitud del filosofar consiste en que
el hombre viene a encontrarse en soledad. “Estar en soledad en el
mundo” es lo primero que hace falta para tomar la actitud
filosófica. Mientras uno anda sumergido en las preocupaciones
cotidianas, entre las cosas y los hombres, y como perdido en el
mundo, se halla en realidad fuera de sí mismo, alejado de sí mismo,
como enajenado o alienado. Para filosofar es necesario que el hombre
se encuentre separado del mundo, aislado del mundo siendo otro
respecto del mundo y por lo tanto en soledad respecto del mundo.
B)
Encontrarse a sí mismo.
Pero este
estar en soledad respecto del Mundo tiene el gran provecho,
condición indispensable para filosofar, de que el hombre se
encuentra a sí mismo, y que por así decirlo, puede estar consigo
mismo; por oposición a su actitud de estar perdido a sí mismo,
porque estaba con el mundo y fuera de sí. Era filósofo el que dijo:
“nunca estoy menos solo que cuando estoy solo”.
Y es de
notar —lo que confirma nuestra experiencia del estar en soledad y el
encontrarse a sí mismo como esencia fiel del filosofar—, que con
frecuencia, casi diríamos unánimemente, los filósofos describen el
filosofar como una “reflexión”, Reflectir es volver sobre sí mismo,
entrar dentro de sí mismo y encontrase a sí mismo. Por oposición a
distracción, que es estar tirado hacia afuera, atraído y controlado
por lo que no es el yo. El primer provecho de estar en soledad, es
que el hombre puede conocerse a sí mismo, puede darse cuenta de que
él existe, de que él es, y, sobre todo, puede escuchar toda la
inmensa habla interior que de él mismo brota, en una infinita gama
de exigencias, de deseos, de tendencias profundas, que él no puede
anular porque son su mismo ser, su mismo yo. Entonces podemos damos
cuenta de que somos y de lo que sentimos, como “yo”, como hombres
individuales. Hasta entonces hemos estado predominantemente
sumergidos en una vida común con los otros hombres y con el mundo,
con un sentir y pensar amorfo con el resto de los individuos y de
las cosas que nos rodean, sin tener conciencia perfecta de nuestra
propia personalidad, de nuestro propio ser, de nuestro propio yo,
en cuanto propio y diverso del mundo e irreductible frente al mundo.
C) Estar
en soledad... “el mundo”
Pero este
estar en soledad tiene la característica no de un aislamiento
absoluto, de un solipsismo en que todo el mundo se pierde de vista,
sino precisamente es un sentirse en soledad por oposición al mundo,
o mejor dicho frente al mundo y respecto del mundo, con el cual sin
embargo tenemos mucho que ver. Es como separarse del mundo para
poder contemplar el mundo desde afuera de él y desde dentro del yo,
y poder de esta manera establecer mejor cuáles son los lazos que a
mí me unen necesariamente al mundo y cuáles son los que al mundo lo
atan a mí. Al estar en soledad frente al mundo, surgen estas dos
preguntas: ¿Qué soy yo en el mundo y para el mundo? y ¿Qué es el
mundo para mí? Y se formula de esta manera la pregunta profundamente
filosófica y tan propia del filosofar: ¿Qué significo yo en el
mundo? ¿Cuál es el puesto del hombre en el mundo?, pregunta que
supone una oposición entre el mundo y el yo y por lo tanto un
aislamiento entre el mundo y el yo; pero a la vez una relación
necesaria entre el yo y el mundo.
Podríamos
pues resumir, dándole el sentido que la anterior descripción le ha
prestado, lo que es el filosofar, hasta el presente, en la
expresión: Estar en soledad en el mundo.
D) El
sentimiento de la finitud, de la pequeñez, la insignificancia, la
incidencia, el vacío, la nada de mi ser.
Pero,
¿qué es lo que sentimos al “encontrarnos a nosotros mismos”, al
“estar en soledad en el mundo”?
El
complejo de sentimientos y de pensamientos que van surgiendo
espontáneamente de ese encuentro con nosotros mismos, de ese
contacto interior con nuestro “yo” no es nada alentador. Nos
sentimos en la mayor impotencia, como perdidos en el mundo; nos
invade inmediatamente una sensación tal de pequeñez, de
insignificancia, de insuficiencia, que nos llegamos a ver como
algo indiferente para el mundo, como algo que lo mismo da que sea o
no sea. ¿Qué pasaría si el avión se estrellase? Nada. Yo
desaparecería del mundo y todo seguiría igual. ¿Qué significado
tengo yo en el universo? Quedo, pues, con un sentimiento de
anonadación, de insignificancia tal que me parece que soy nada. Me
encuentro vacío en comparación de todo lo que concibo que uno
podría ser. Más aún, me encuentro impotente para llegar a conseguir
en mi soledad todo lo que sueño que podría llenarme. Vengo así a
sentir de una manera cruda que soy tan poca cosa, que apenas llego a
ser una aspiración, una tendencia hacia el ser; y aún esa poca cosa
la poseo tan inseguramente, que en cualquier momento la voy a
perder irremediablemente.
¿Cómo no
he de pensar en la nada de mi ser?
El
lenguaje humano de los psicólogos, de los ascetas, de los
moralistas, de los filósofos, de los teólogos y el mismo lenguaje
vulgar tiene una riqueza inagotable de vocabulario para expresar
cuán poca cosa es el hombre. Hoy es, pero mañana ya no existe.
Insuficiencia, insignificancia, limitación, impotencia,
imperfección, insatisfacción, fracaso, vaciedad, pequeñez,
temporalidad, acaso, infelicidad, soledad, muerte, finitud, nada.
Podría aumentarse sin dificultad el vocabulario de expresiones con
que venimos a decir en resumen lo que es el hombre cuando nos
ponemos a reflexionar ante su impotencia y sobre todo ante la
muerte.
E)
Rebelión contra la pequeñez, contra la insuficiencia y contra la
nada.
Pero al
sentír mi insignificancia y mi nada algo en mi interior se rebeló
enérgicamente. Aunque solo y aunque pequeño, yo no quiero ser nada
en el universo. He aquí la reacción espontánea, original,
incoercible de nuestro “yo” ante esa experiencia, de limitación y de
vacío que nos quiere agobiar. Y miramos afanosamente hacia afuera de
nuestro yo con intención de sopesar esta diferencia radical de
nuestro ser. No nos resignamos a vivir en la soledad radical porque
no nos bastamos a nosotros mismos. No nos resignamos a soportar
indefinidamente un estado de insuficiencia, de impotencia, de
limitación y de degradación que poco se diferencia de la nada. Es
inútil que a veces se nos quiera convencer de que permanezcamos en
nuestra insignificancia, en nuestro sin-sentido, en ser como nada.
Respondemos: “no quiero, no puedo”. No me resigno a ser un callejón
sin salida; a ser un fracaso nada más en el universo. Rebelión
profunda e incoercible, aun cuando a veces la pereza o la
desesperación nos aconseje dejar caer los brazos para que la
corriente nos lleve a la deriva sin rumbo, sin sentido, hacia la
muerte y hacia la nada.
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