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Textos de Filosofía argentinos

Ismael Quiles
Filosofar y vivir


 

Entre las obras del padre Ismael Quiles (España, 1906-Argentina, 1993) se pueden destacar Introducción a la filosofía;
Filosofía y religión;
Filosofía
y vida;
Persona, libertad y cultura; Plotino: el alma, la belleza y la contemplación;
Filosofar y vivir;
Aristóteles: vida, escritos y doctrina;
Qué es el yoga;
Sartre y su existencialismo;
Metafísica budista;
Más allá del existencialismo: filosofía in-sistencial.

 

 

 

 

Nacido en España en 1906, Ismael Quiles se traslada a la Argentina en el año 1932, ya ordenado sacerdote jesuita, en virtud de que en su país natal se habían suprimido las órdenes religiosas; y aquí desarrolla toda su carrera filosófica y docente llegando a desempeñar los cargos de decano en la Facultad de Filosofía y rector en la Universidad de El Salvador. Su concepción filosófica es esencialmente tomista, pero matizada de modo inequívoco por las líneas existencialistas de Karl Jaspers y Martin Heidegger, y especialmente influido por el existencialismo católico del filósofo francés Gabriel Marcel. El punto de partida de su cosmovisión filosófica es la existencia humana, con el acento puesto en la experiencia trágica individual, “la cual puede ser el soporte para las construcciones racionales y sistemáticas, que el hombre tiene necesariamente que formarse para poseer una visión orgánica y coherente del Universo.” Al existencialismo de cuño sartreano, le opone una concepción personal que privilegia la interioridad en desmedro de la presencia del “otro”: el in-sistencialismo: “Del fondo de la angustia existencial surge un impulso para superar nuestras limitaciones.” Siguiendo la estela de Vicente Fatone, se interesó vivamente por la filosofía oriental y visitó Tokio, Taiwán, Indonesia y la India en busca de sus fuentes originales: “No estamos descontentos de la filosofía occidental, ni tenemos resentimiento alguno como si hubiese defraudado nuestras esperanzas; alimentamos, por el contrario, un extraordinario aprecio del esfuerzo cultural realizado por Occidente. Sin embargo creemos que una búsqueda de la sabiduría exige el análisis de la experiencia humana integral. Ésta no ha sido agotada en Occidente.”

Osvaldo  Gallone


A) Estar en soledad.

La primera característica de esta actitud del filosofar consiste en que el hombre viene a encontrarse en soledad. “Estar en soledad en el mundo” es lo primero que hace falta para tomar la actitud filosófica. Mientras uno anda sumergido en las preocupaciones cotidianas, entre las cosas y los hombres, y como perdido en el mundo, se halla en realidad fuera de sí mismo, alejado de sí mismo, como enajenado o alienado. Para filosofar es necesario que el hombre se encuentre se­parado del mundo, aislado del mundo siendo otro respecto del mundo y por lo tanto en soledad respecto del mundo.

 

B) Encontrarse a sí mismo.

Pero este estar en soledad respecto del Mundo tiene el gran provecho, condición indispensable para filosofar, de que el hombre se encuentra a sí mismo, y que por así decirlo, puede estar consigo mis­mo; por oposición a su actitud de estar perdido a sí mismo, porque estaba con el mundo y fuera de sí. Era filósofo el que dijo: “nunca estoy menos solo que cuando estoy solo”.

Y es de notar —lo que confirma nuestra experiencia del estar en soledad y el encontrarse a sí mismo como esencia fiel del filosofar—, que con frecuencia, casi diríamos unánimemente, los filósofos des­criben el filosofar como una “reflexión”, Reflectir es volver sobre sí mismo, entrar dentro de sí mismo y encontrase a sí mismo. Por oposición a distracción, que es estar tirado hacia afuera, atraído y con­trolado por lo que no es el yo. El primer provecho de estar en soledad, es que el hombre puede conocerse a sí mismo, puede darse cuenta de que él existe, de que él es, y, sobre todo, puede escuchar toda la inmensa habla interior que de él mismo brota, en una infinita gama de exigencias, de deseos, de tendencias profundas, que él no puede anular porque son su mismo ser, su mismo yo. Entonces po­demos damos cuenta de que somos y de lo que sentimos, como “yo”, como hombres individuales. Hasta entonces hemos estado predominantemente sumergidos en una vida común con los otros hombres y con el mundo, con un sentir y pensar amorfo con el resto de los individuos y de las cosas que nos rodean, sin tener conciencia perfecta de nuestra propia per­sonalidad, de nuestro propio ser, de nues­tro propio yo, en cuanto propio y diverso del mundo e irreductible frente al mundo.

 

C) Estar en soledad... “el mundo”

 

Pero este estar en soledad tiene la característica no de un aislamiento absoluto, de un solipsismo en que todo el mundo se pierde de vista, sino precisamente es un sentirse en soledad por oposición al mundo, o mejor dicho frente al mundo y res­pecto del mundo, con el cual sin embargo tenemos mucho que ver. Es como separarse del mundo para poder contemplar el mundo desde afuera de él y desde den­tro del yo, y poder de esta manera esta­blecer mejor cuáles son los lazos que a mí me unen necesariamente al mundo y cuá­les son los que al mundo lo atan a mí. Al estar en soledad frente al mundo, surgen estas dos preguntas: ¿Qué soy yo en el mundo y para el mundo? y ¿Qué es el mundo para mí? Y se formula de esta manera la pregunta profundamente filo­sófica y tan propia del filosofar: ¿Qué significo yo en el mundo? ¿Cuál es el puesto del hombre en el mundo?, pregun­ta que supone una oposición entre el mundo y el yo y por lo tanto un aislamiento entre el mundo y el yo; pero a la vez una relación necesaria entre el yo y el mundo.

Podríamos pues resumir, dándole el sentido que la anterior descripción le ha prestado, lo que es el filosofar, hasta el presente, en la expresión: Estar en sole­dad en el mundo.

 

D) El sentimiento de la finitud, de la pequeñez, la insignificancia, la incidencia, el vacío, la nada de mi ser.

Pero, ¿qué es lo que sentimos al “encontrarnos a nosotros mismos”, al “estar en soledad en el mundo”?

El complejo de sentimientos y de pen­samientos que van surgiendo espontánea­mente de ese encuentro con nosotros mis­mos, de ese contacto interior con nuestro “yo” no es nada alentador. Nos sentimos en la mayor impotencia, como perdidos en el mundo; nos invade inmediatamente una sensación tal de pequeñez, de insig­nificancia, de insuficiencia, que nos lle­gamos a ver como algo indiferente para el mundo, como algo que lo mismo da que sea o no sea. ¿Qué pasaría si el avión se estrellase? Nada. Yo desaparecería del mundo y todo seguiría igual. ¿Qué signi­ficado tengo yo en el universo? Quedo, pues, con un sentimiento de anonadación, de insignificancia tal que me parece que soy nada. Me encuentro vacío en compa­ración de todo lo que concibo que uno podría ser. Más aún, me encuentro impo­tente para llegar a conseguir en mi sole­dad todo lo que sueño que podría llenar­me. Vengo así a sentir de una manera cruda que soy tan poca cosa, que apenas llego a ser una aspiración, una tendencia hacia el ser; y aún esa poca cosa la poseo tan inseguramente, que en cualquier momen­to la voy a perder irremediablemente.

¿Cómo no he de pensar en la nada de mi ser?

El lenguaje humano de los psicólogos, de los ascetas, de los moralistas, de los filósofos, de los teólogos y el mismo len­guaje vulgar tiene una riqueza inagota­ble de vocabulario para expresar cuán poca cosa es el hombre. Hoy es, pero ma­ñana ya no existe. Insuficiencia, insigni­ficancia, limitación, impotencia, imper­fección, insatisfacción, fracaso, vaciedad, pequeñez, temporalidad, acaso, infelici­dad, soledad, muerte, finitud, nada. Po­dría aumentarse sin dificultad el vocabu­lario de expresiones con que venimos a decir en resumen lo que es el hombre cuando nos ponemos a reflexionar ante su impotencia y sobre todo ante la muerte.

 

E) Rebelión contra la pequeñez, contra la  insuficiencia y contra la nada.

Pero al sentír mi insignificancia y mi nada algo en mi interior se rebeló enér­gicamente. Aunque solo y aunque peque­ño, yo no quiero ser nada en el universo. He aquí la reacción espontánea, original, incoercible de nuestro “yo” ante esa experiencia, de limitación y de vacío que nos quiere agobiar. Y miramos afanosamente hacia afuera de nuestro yo con intención de sopesar esta diferencia radical de nuestro ser. No nos resignamos a vivir en la soledad radical porque no nos bastamos a nosotros mismos. No nos resignamos a soportar indefinidamente un estado de insuficiencia, de impotencia, de limitación y de degradación que poco se diferencia de la nada. Es inútil que a veces se nos quiera convencer de que permanezcamos en nuestra insignificancia, en nuestro sin-sentido, en ser como nada. Respondemos: “no quiero, no puedo”. No me resigno a ser un callejón sin salida; a ser un fracaso nada más en el universo. Rebelión profunda e incoercible, aun cuando a veces la pereza o la desesperación nos aconseje dejar caer los brazos para que la corriente nos lleve a la deriva sin rumbo, sin sentido, hacia la muerte y hacia la nada.

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