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Osvaldo Aguirre

El narrador de historias negras


 

Osvaldo Aguirre (1964) nació en  en Colón, Buenos Aires. Actualmente es el editor del suplemento de Cultura y periodista de la sección Policiales del diario La Capital, de Rosario.

A lo largo de su trayectoria literaria Aguirre a abordado la poesía en los libros Las vueltas del camino (1992) y Al fuego (1994); el relato en Velocidad y Resistencia (1995), Historias perdidas (1997) e Historia del crimen (1998-1999); la crónica en Los pasos de la memoria (1996) y la novela en  La deriva (1996) y Estrella del Norte (1998).

Ha participado también de las antologías Poesía en la fisura (1995), Los saqueos en Rosario. Crisis social, medios y violencia (1999) y Bonus track (2000).

 


a Pato      

Hizo la onda y se fue caminando. Caminando y tomando. Cada vez más loco. Era un día antes de Navidad, y tenía que pa­sar por la casa de los hijos, para saludarlos. Porque no iba a estar con ellos, sino con Mariano, un amigo: se había peleado con los suegros. Hizo la onda en casa de Aquaman, que en esa época te­nía la mejor merca de Rosario, y se fue caminando, tipo once, on­ce y media de la noche. Caminando desde Fisherton hasta Barrio Belgrano. Caminando y tomando.

Iba a pasar a saludar a los hijos. Pero estaba muy acelerado, ca­da vez más loco. Tenía una bolsita con veinte mogras para Maria­no. “Me voy a tomar otro saque —pensó—, como para hablar y des­pués irme, no quedarme ahí adentro.” Porque se había peleado con los suegros, y estaba duro, muy para delante. Iba por Circun­valación, caminando y tomando, y dobló por Nicaragua, sobre un terreno baldío de quince metros por diez. Y resulta que cuan­do mete la birome en la bolsita, para hacerse otro saque, lo en­candilan dos faros enormes. Era la ley.

“Entonces, cuando se prenden esas luces —dice—, me escondo en el baldío. Los tipos empiezan a buscarme, y yo con la bolsita, tomando.” Cada vez más loco. Era un baldío grande, como de veinticinco metros de largo, con arbolitos. Echado cuerpo a tie­rra, escuchaba que los tipos caminaban a su alrededor. Eran del Comando Radioeléctrico. Caminaban, iban y venían, y hacían gatillar sus armas: “tac, tac”, según recuerda. Y él permanecía es­condido entre los yuyos. Tapado, quieto, muerto. Re-loco. O ro­dando sobre arbustos y espinas, onda Vic Morrow en Combate. Rodando y tomando.

Los tipos iba y venían a su alrededor. Tac, tac: hacían gatillar sus armas. “Si salgo me matan —dice que pensó—, o voy en cana con la bolsita, un día antes de Navidad: un bajón.” Habría queri­do desaparecer cuando las luces lo encandilaron, pero se quedó ahí. Parecía un terreno enorme, como de cincuenta metros por veinticinco. Los tipos hicieron un par de tiros al aire. Eran del Co­mando Radioeléctrico. No los había visto llegar, porque la calle Nicaragua es oscura. Justo dobla por la esquina y cuando mete la birome en la bolsita los tipos prenden las luces, ¿entendés? Cuan­do iba para la casa de los hijos, caminando y tomando.

Se quedó quieto, muerto, cada vez más loco. Los tipos cami­naban y él se iba moviendo. Duro, muy acelerado. Pero los yuyos dejaban la huella, y ellos pegaban un par de tiros hacia el suelo. Entonces se mandaba por abajo de los yuyos, tipo túnel hacía, ¿viste? En un momento se mete detrás de un arbolito que había ahí, se esconde entre las raíces y se queda quieto. Quieto y toman­do. Y los tipos se van.

Seguía escondido, con la birome en la nariz, cuando volvie­ron. Eran del Comando, con refuerzos. Y perros adiestrados. Los tipos estaban asustados. “Este loco tiene un arma —habrán pensa­do, dice— y no nos vamos a arriesgar por un loco, un día antes de Navidad.” Pero él sentía que ellos se movían y tac, gatillaban sus armas, mientras los perros recorrían todo el terreno. Parecía un descampado de ochenta metros por cuarenta. Y él se arrastraba y rodaba sobre los yuyos. Fue una historia re-negra, dice. “Yo me arrastraba y encima tomaba, ¿entendés?” Cada dos por tres se da­ba un saque. “Estoy re-jugado”, dice que pensó.

Entonces apareció el helicóptero. No era una alucinación: planeaba sobre su cabeza, con unos reflectores que recortaban el terreno en óvalos blancos. Y él se quedaba entre las raíces del ar­bolito, quieto, muerto, y después se corría. Mientras los. tipos ca­minaban y tac-tac y los perros pasaban casi a su lado. Parecía un campo de ciento veinte metros por sesenta. El helicóptero toma­ba altura y después, al bajar, casi a ras del suelo, barría con sus re­flectores el terreno. Tipo tres y media, cuatro de la mañana, se perdió por el lado de Villa Banana, para hacer otra pasada un ra­to antes del amanecer.

A media mañana vinieron con un caballo para pisar todo el terreno. Después comenzaron a cortar los yuyos, con un tractor. y él estaba pegado al arbolito, con la birome en la nariz: “justo el pedazo en que me escondía —dice— no lo cortaron, porque estaba el árbol”. Los tipos caminaban a su alrededor, con los perros, y pegaban unos tiros al aire. El caballo iba y volvía al trote. No que­dó un solo yuyo en el campo. Pero se tuvieron que ir con las ma­nos vacías. Y a las dos de la tarde él pudo volver al mundo.

Salió deshidratado, picado por los yuyos, con espinas por to­dos lados. Loco, totalmente loco. No le quedaba más que un pol­villo de los veinte mogras. Llegó como un muerto en vida a la ca­sa de Mariano. No lo podía creer: a la vuelta de la casa de los hijos, a una cuadra, los del Comando habían prendido unas luces cuando él estaba por hacerse otro saque, para encarar, porque se había peleado con los suegros.

“Y zafé”, dice.

 

 

La historia más negra ocurrió cuando él terminaba su relación con Andrea. La chica que llevaba el pelo teñido de rojo, verde y violeta y que trabajaba en un bar del Bajo, un sótano donde po­nían Rolling Stones toda la noche y se juntaban viejos de cuarenta años a esnifar una merca de primera. Se la presentó a Aquaman, porque él ya no estaba afín para curtir con ella. Aquaman se en­ganchó, y fueron a la casa de un loco, Darío Bernardi, que se ha­bía ido a pasar el fin de semana a una quinta y le había dejado el lugar a Andrea.

Resulta que ese día viene Darío de la quinta, a buscar unas co­sas. Y medio se arma como una bronca, porque no lo quería mu­cho a Aquaman. La historia era que, en esa época, nadie quería a Aquaman: hacía rato que mandaba cualquiera con tal de conse­guir plata y transar en Villa La Lata una onda de roche, marihua­na o lo que fuera. Pero ese día hablan, se fuman un par de porros, los riegan con un frasco de talasa. “Bueno, te podés quedar”, pa­rece que dijo al final Darío. “Aunque a lo mejor vienen mis sue­gros. Son pescadores, se inundó la isla y se quedaron sin casa”, di­ce él, ahora, que dijo Darío. La mezcla de jarabe y fumo le pegaba bien, onda amor, paz y salven a las ballenas. “Quédense, pero por ahí vienen ellos”, dijo al final Darío.

Hasta ahí estaba todo bien. Decidieron alquilar Scarface en el video, encanutarse el fin de semana en la casa. “Voy a traer el fa­so”, dijo él. Porque tenía como medio kilo de faso en la casa de los viejos, en la heladera. Y sacó un cincuenta, para hacer unas ondas, para curtir con los chicos. Para vivir, ¿entendés? Agarró un bolso, metió el faso en una bolsita de nylon azul envuelta en una hoja de Solidaridad Socialista, y unos cien dólares para el via­je que pensaba hacer. En esa época valía cien dólares el lote. Cuando cien dólares eran como mil de ahora. Agarró entonces un bolso, los cien dólares y cinco pesos que tenía, un billete to­do destruido, lavado, que no sabe en qué momento se lo habían pasado. Tenía esos cinco pesos y los cien dólares, que no podía cambiar en ningún lado: viajaba el lunes siguiente a Buenos Ai­res a comprar un lote de faso.

Empezó a caminar, con el bolso, los cincuenta gramos y un gorrito en la cabeza que decía “flash”. Hasta ahí estaba todo bien. Pero cuando a la noche llegó a la casa de Darío Berdardi tuvo los primeros indicios de la mano densa que se venía. “Caigo a buscar a los chicos —dice—, y no están, viste.” ¿Qué pasaba? “Abren la puerta y salen los suegros”, dice. Porque habían llegado los sue­gros de Darío. “Se tuvieron que ir —le respondieron, cuando pre­guntó por Andrea y Aquaman—, porque llegamos nosotros.” “Pe­ro no —replicó él—, si hablamos con el dueño y nos dijo que iban a venir ustedes, que nos podíamos quedar, que estaba todo bien.” El tipo que lo atendió tenía una pinta de milico que no se podía creer; y andaba con un perro policía gigante. “Bueno —dijo él, mientras pensaba en los cincuenta gramos de faso que llevaba encima—, voy a buscar a los chicos. ¿Puedo dejar el bolso?” Ya había andado bastante, y tenía un largo camino hasta La Lata.

Hizo media cuadra y se detuvo. “Este tipo —pensó—, ¿no será ley?” Porque tenía cara de milico, andaba con un perro policía. “Este tipo, ¿no será milico?”, pensó. “Me revisa el bolso, encuen­tra los cincuenta mogras.” Volvió, le dijo al suegro de Darío que había olvidado los documentos, sacó el faso del bolso y se lo guardó en un bolsillo del vaquero. Pero cuando quiso tomar un colectivo para ir a la villa y buscar a Andrea y Aquaman no le qui­sieron cambiar los cinco pesos. Ni en el primer coche— ni en los que siguieron. “No —le decían; los choferes miraban el billete sin tocarlo—, este papel no va.” “Este papel —él discutía, antes de ba­jar— me lo dieron ustedes.” Caminó hasta Avenida Alberdi, y ahí subió como a otros diez colectivos. Cada vez más nervioso, con el faso encima, la historia del tipo ese que parecía ley —y no era, se enteró después por Darío—, y Andrea y Aquaman que podían estar en cana. “Me tengo que borrar —pensó—, porque esto viene mal.” Ya imaginaba algo así, ya alucinaba una mano densa.

Paró un colectivo de la 107, Y aunque el chofer no le quiso cambiar se mandó hacia la última hilera de asientos. “Yo tengo que viajar, hermano”, le dijo. “El billete me lo dieron ustedes, es plata, tengo cien dólares”, le gritó desde el último asiento. Y el ti­po que no y que no: “te tenés que bajar”. “No —él discutía—, que te vaya matar.” El chofer paró frente a un kiosco, subieron dos o tres roperos y lo hicieron bajar a empujones.

Desesperado, caminó otras dos cuadras y se cruzó con la ley: eran tóxicos. Con los cincuenta encima, vio un auto que frenaba en la oscuridad, sobre el cruce de un pasaje con la avenida: un Fiat color crema, el auto de la ley. “Tengo que hacerme el bolu­do”, pensó. Estaba muy nervioso. Y se puso a mirar las motos en el salón de Honda Guerrero. Vio que unos tipos bajaban del Fiat, salían de las sombras, y cruzaban la calle como para encarar. Los tóxicos lo vieron totalmente loco, paranoico, lo sacaron ensegui­da, y encararon. Uno se le tiró encima, lo aferró de un brazo: “pa­rate ahí —le dijo—, Drogas Peligrosas”. “No, yo estuve demasiado en problemas”, le respondió, saltándose. Trataba de zafar hacia la calle. “Dejen de romper las bolas, ¿quiénes son ustedes?”, les di­jo. “Ando con problemas, tengo que viajar.” Cualquier verso. “Smos policías, de Drogas Peligrosas”, le decían. “Te vamos a revi­sar”: los tipos se le tiraban encima. “Muéstrenme la placa —gritaba él—, ¿quiénes son ustedes?” Y sacó el faso del bolsillo del vaquero y empezó a romperlo, a desparramarlo sobre una alcantarilla. Mientras los tipos lo tiraban al suelo e intentaban esposarle las manos a la espalda, él gritaba: “¡Policía! ¡Me quieren robar! ¡La­drones! ¡Asesinos!”. Un auto aminoró su marcha, algunos rectán­gulos de luz se definieron en los edificios de la avenida. “¡Llamen a la policía! —gritaba— ¡Me están robando!” Pudo descartar casi to­do el faso; los tipos recuperaron tres capullos, y la tuquera que le había traído Aquaman de Amsterdam,— cuando Aquaman estaba de gira con un grupo de punk rock que habían formado en La La­ta. Y lo esposaron, lo llevaron en cana, lo mataron a golpes de la peor manera.

Y él seguía gritando: “¡Testigos, por favor! ¡Me secuestran, me quieren matar!”. Los tipos lo llevaron a los altos de la comisaría tercera, lo mataron a golpes, lo hicieron de goma. “¿Cómo zafo de esta?”, se preguntaba, tirado boca arriba en el calabozo. Le sa­caron la plata, los cien dólares que tenía, y lo pusieron en bolas. De pronto abrieron la puerta y apareció un amigo, el Yimi; había caído en otra movida. Y él seguía haciéndose al boludo. Antes, de rodillas y en bolas, le habían dado una paliza entre tres o cuatro, con patadas y bastonazos en la cabeza y la nuca, y golpes todo el tiempo.

Llegó el Yimi y los pusieron frente a frente, pero no se habla­ron. y el loco descartó un porro. Al rato cayó uno de los canas, uno medio colorado, alto, con la cara salpicada de granos. “Yo te conozco —pensó él—. ¿De dónde?” El milico alzó el porro y le di­jo: “bueno, este te lo vamos a poner a vos, por pelotudo”. “¿Vos sos vivo? —dijo el cana— Te vamos a poner más, te vamos a poner un kilo, ahora.” “¿Cómo zafo? —pensaba él—. Estoy hasta las pelo­tas.” El Yimi lo miró y dijo: “no, este faso es mío”. “Me hago car­go yo”, dijo el Yimi. “No, no importa”, respondió el milico. “Se lo vamos a poner a él”: el milico. ¿Qué pasaba? Tenía bronca por­que él había descartado todo por la alcantarilla, cincuenta gramos de un faso que arrancaba la cabeza.

De rodillas, en bolas, lo esposaron, lo mataron a golpes, lo hi­cieron de goma y lo llevaron a un calabozo, donde le dieron otra paliza. Eran tres o cuatro milicos; entre ellos, el colorado alto, de la cara llena de granos. ¿De dónde lo conocía? En algún momen­to de esa larga noche se acordó: era un cana que había tenido una bronca con Aquaman, en la Villa Fanta, en Fisherton. “Lo había­mos denunciado por apremios ilegales —dice, ahora—, y zafamos de casualidad: Fue una historia re-grosa.” Esa noche, el tipo esta­ba en vigilante pelotudo, y le había puesto un par de trompadas. Entonces, antes que llevaran al Yimi a otro calabozo, lo apuntó: “vos sos tal y tal y tal”, le dijo. Y ahí supo cómo zafar.

A! día siguiente, cuando trajeron la jaula para llevarlo a Tribu­nales, él estaba duro como una piedra, preparado para pelear. Otra vez no lo iban a castigar. —El Griego, el famoso Griego de Drogas Peligrosas, que no tenía nada que ver con el maneje, abrió la puerta de la celda y le preguntó: “¿Vos qué estudiás, qué hacés? ¿Artes marciales?”. “Vos sos muy nervioso”, le dijo el Griego. “Es­tás muy duro”: el Griego, te acordás del Griego? Le habían pega­do como para matarlo, y entonces él se ponía en guardia, listo pa­ra pelear. “No —le dijo al Griego—, pasa que ustedes son unos giles. Ni pegar saben.” “Son unos botones de cuarta. Yo quería arreglar y me mataron a piñas, por dos puchos”, le dijo.

En el juzgado, antes de declarar, pidió un médico. “Este pibe está muy golpeado —anotó el tipo, un viejo con una bata blanca que le llegaba hasta los zapatos—, tiene hematomas en la nuca.” Entonces mandó una de estar medio descompuesto. Y cuando el secretario del juez le preguntó qué había pasado, supo que iba a zafar. “Mirá —contestó—, no sé ni quién sos vos.” Cualquiera. “No sé si puedo hablar con vos”, le dijo. “Porque si sos como los mi­licos —le dijo al secretario— sos un asesino.” “No sé en quién con­fiar”, le dijo. Y el secretario: “No, pibe, quedate tranquilo”. “Ha­blá”, pidió el secretario. “Ahora estás amparado por el juzgado”: el secretario. “Bueno”, dijo él. “Ese tipo, tal y tal y tal, me tiene bronca por una historia”, empezó a largar el verso que se había inventado. “Cada vez que lo encuen­tro amenaza con ponerme algo”, dijo. “Y me lo crucé anoche y di­jo que me iba a poner un kilo”: cualquier verso. “Lo que yo tenía —dijo— no era mío, me lo pusieron ellos, ese tipo, tal y tal y tal.”

Zafó. A los tipos les abrieron una causa. “Y así fue como le ga­namos una a la yuta”, dice él ahora, y alza el puño izquierdo.

 

Lo que pasó en la Villa Fanta fue algo increíble. Era la época en que conoció a Aquaman, cuando andaba con Aquaman y los hongos. Y estaba con toda una banda de Fisherton, instalado en una casa impresionante, tipo residencial, que había alquilado Raúl Sacco en la entrada de la villa. “El loco Raúl movía fumo —dice—, tenía uno colombiano, los mejores fasos, conocía todas las líneas, gente re-concheta y de mucha plata era amiga de él.”

Curtían en el mismo barrio, que era alucinante. Los vecinos siempre desconfiaban, porque en la casa el rocanrol no termina­ba nunca. Caía gente, entraba gente. Había música todo el día, guitarras, asado, porros gruesos como petardos, té de cugumelos, de chamico, lo que se pidiera. Y una planta en el fondo como de tres metros de alto. “Teníamos faso colombiano —dice—, que Raúl escondía en un cuartito, en el fondo del terreno, porque siempre se lo robábamos para fumar.”

Era la época de La Tablada. ¿Qué pasó? Un día Raúl salió, guardó el faso, puso llave al cuartito, y se fue al centro, con unos porros. De vez en cuando se cortaba para que no hubiera tanto bardo en la casa. Pero la historia fue que llegó Aquaman con una novia, que era Nora, la hija del comisario, con Andrea, con toda otra gente, ¿entendés?, a tomar sol. Había un jardín en la casa, que era un chalet impresionante. Los locos encontraron todo ce­rrado y saltaron el tapial. “Saltan el tapial —dice— a tomar sol y al rato cae el Servicio de Inteligencia, el Side.”

Golpearon la puerta y dijeron: “estamos buscando tal y tal di­rección”. Tres puntos vestidos con campera de cierre terciado y vaquero, de lentes oscuros, en un Chevy sin patente. “Somos del Servicio de Inteligencia —dijeron—, no se asusten.” Aquaman se quedó helado. “¿Quiénes son ustedes? No, acá no se puede entrar, el dueño no está”, dice él que dijo Aquaman. Resulta que los pun­tos estaban buscando realmente otra dirección. Caen de casuali­dad ahí. Golpearon porque era por la zona, andaban buscando a un tipo. Tenían que darle, él no sabe, una notificación, preguntar­le algo, llevarlo a alguna parte. Pero Aquaman se alucinó, cortó la planta y la tiró por encima del tapial. La historia fue que la veci­na vio que pintaban todos esos vigilantes. La Federal, también, con un par de tipos re-grosos. Con armas largas y cortas, vestidos de civil, viste. Nora habló con los milicos, les dijo que era la hija de un comisario, y los tipos se las tomaron. Pero la vecina vio to­do el maneje, y cuando Aquaman descartó la planta pensó que ocultaban armas. Llamó a los de la diecisiete, viste. ¿Entendés? Justo cuando el Side y la Federal se habían borrado. Claro, “que están tirando armas”, supone él que pensó la vecina, “son todos terro”. Cualquier delirio.

Entonces Aquaman trató de ubicar a Raúl, pero el loco había desaparecido. “A la noche caigo yo —dice él— y estaban todos alu­cinados: Raúl no aparecía.” Llegó con su camioneta, una Dodge verde, grandota, y Aquaman le contó. “Loco”, dijo, dice él ahora. Le contó todo lo que había pasado. En la casa estaban desespera­dos, mientras fumaban los mejores fasos. “Loco, va a caer la ley en cualquier momento: nos tienen rodeados”, decía Andrea. Y Aquaman, que vivía perseguido y descubría policías en todas par­tes: “vieron cuando descarté la planta, y no podemos ni abrir la puerta: estamos hasta las pelotas”. Entonces él preguntó: “te fi­jaste si la planta sigue donde la tiraste?”. “No —dijo Aquaman—, no me fijé, no me atreví.” “Entonces —recuerda él que dijo— salto yo, la busco y la escondo por ahí.” “Salto yo —dice ahora— y veo a to­da la policía en la casa de la vecina, vigilando la movida.”

“No, la planta no está”, dijo él, al volver a la casa, dice ahora. “Guardémonos, cerrá todo”, recuerda que dijo. Cuando saltó pa­ra ver, los tipos lo enfocaron con cámaras de fotos. “Desaparezca­mos porque cae la ley en cualquier momento”, dijo. Tra-tra-tra, positivo: los seguían con cámaras de fotos. “Voy a poner en mar­cha la camioneta —dijo él—o Cuando escuchen el motor, salgan ra­jando.” Fue, cruzó agazapado el jardín y subió sin hacer ruido a la cabina. Los otros seguían adentro, encerrados con los mejores fasos. Se asomó por la ventanilla. Todo el procedimiento estaba preparado: había policías en los árboles, en los techos, en la calle. Pero los tipos no habían notado su salida, y por un momento se quedó acostado en el asiento. Vio que se desplegaban en abanico, que saltaban el cerco del jardín y pensó: “loco, ¿qué hago?”. “¿Les aviso? ¿No les aviso? ¿Zafo yo?”, dice que pensó. “No —se dijo­— no los puedo cagar.”

Bajó de la camioneta y encaró a los policías: “¿Qué buscan?”, preguntó. Los tipos no podían entrar a la casa porque no tenían una orden de allanamiento, y los locos se habían encerrado. “No —le dijeron, queremos hablar con el dueño.” “Esto es un allana­miento, policía”, le dijeron. “¿Vos quién sos?”, le preguntaron. “Nada que ver —les dijo—, yo estoy trabajando.” Les dijo: “soy el albañil, vine de Alberdi, estoy esperando para que me paguen”. “Ah —le dijeron—, buscamos al dueño.” “No está, lo estoy esperan­do, no hay nadie”, dijo él. “Bueno —dijeron—, a ver.” Los policías ocupaban el jardín, la calle, el patio de la vecina. “Allá se escapa uno”, gritaron de pronto. Mentiras. Los tipos se metieron, tiraron abajo una puerta y los llevaron a todos en cana.

Les metieron picana, viste, de todo. En la diecisiete: Córdoba y Donado. Los únicos que zafaron fueron él y Nora, porque era la hija de un comisario. Los picanearon a todos, los mataron a golpes. Nadie podía decir nada, porque aparte se habían fumado todo el faso, el otro loco no aparecía y no pudieron abrir el cuar­to donde estaba el pedazo, porque no tenían la llave o porque no se dieron cuenta, ya no se acuerda. Resulta que cuando le tocaba pasar a él, lo trajeron a Raúl del cogote. Había entrado con un po­rro encendido a la casa, sin saber que lo esperaba toda la policía. “Eh, manga de locos”, gritaba, mientras avanzaba por el jardín. Y estaba toda la ley. “Ah, ¿sí? —dice él que dijeron los policías—, ve­ní para acá.” “Ahí aparece el tipo que mencioné antes —dice—, el colorado que reconocí en la otra caída.”

Raúl se hizo cargo de ese porro y ellos zafaron. Hicieron jui­cio por apremios ilegales. Zafaron, ¿entendés? El día que fue a de­clarar, con el hijo de puta del juez Flotta, encontró en el pasillo del juzgado a la vieja que los había botoneado. Encaró y le dijo: “señora, ¿usted sabe lo que me hizo?” Si ella daba el sí iban has­ta las pelotas. Le dijo: “Yo trabajaba en esa casa, tengo hijos”. La habían tomado de testigo. “Ahora tengo una causa, voy preso”, le dijo. En el pasillo del juzgado: “¿Usted sabe lo que hizo?”, “No, hijo”, decía la vieja. Antes de la declaración: “yo creí que ustedes eran terroristas, que tenían armas”, dijo la vieja. “Bueno, ahora, cuando entre, dígalo”, le pidió. Que usted no vio nada, que no tenemos nada que ver.” “Entonces la vieja se sensibiliza —dice ahora él—, cambia toda la declaración y zafamos todos.” “Yo soy obrero —dice—, estaba trabajando, tengo hijos.” “No sabe lo que está haciendo, no sabe el problema en que me metió”, dice, y se ríe a carcajadas.

 

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