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a Pato
Hizo la onda y se fue caminando. Caminando y tomando. Cada vez más
loco. Era un día antes de Navidad, y tenía que pasar por la casa de
los hijos, para saludarlos. Porque no iba a estar con ellos, sino
con Mariano, un amigo: se había peleado con los suegros. Hizo la
onda en casa de Aquaman, que en esa época tenía la mejor merca de
Rosario, y se fue caminando, tipo once, once y media de la noche.
Caminando desde Fisherton hasta Barrio Belgrano. Caminando y
tomando.
Iba a pasar a saludar a los hijos. Pero estaba muy acelerado, cada
vez más loco. Tenía una bolsita con veinte mogras para Mariano. “Me
voy a tomar otro saque —pensó—, como para hablar y después irme, no
quedarme ahí adentro.” Porque se había peleado con los suegros, y
estaba duro, muy para delante. Iba por Circunvalación, caminando y
tomando, y dobló por Nicaragua, sobre un terreno baldío de quince
metros por diez. Y resulta que cuando mete la birome en la bolsita,
para hacerse otro saque, lo encandilan dos faros enormes. Era la
ley.
“Entonces, cuando se prenden esas luces —dice—, me escondo en el
baldío. Los tipos empiezan a buscarme, y yo con la bolsita,
tomando.” Cada vez más loco. Era un baldío grande, como de
veinticinco metros de largo, con arbolitos. Echado cuerpo a tierra,
escuchaba que los tipos caminaban a su alrededor. Eran del Comando
Radioeléctrico. Caminaban, iban y venían, y hacían gatillar sus
armas: “tac, tac”, según recuerda. Y él permanecía escondido entre
los yuyos. Tapado, quieto, muerto. Re-loco. O rodando sobre
arbustos y espinas, onda Vic Morrow en Combate. Rodando y
tomando.
Los tipos iba y venían a su alrededor. Tac, tac: hacían gatillar sus
armas. “Si salgo me matan —dice que pensó—, o voy en cana con la
bolsita, un día antes de Navidad: un bajón.” Habría querido
desaparecer cuando las luces lo encandilaron, pero se quedó ahí.
Parecía un terreno enorme, como de cincuenta metros por veinticinco.
Los tipos hicieron un par de tiros al aire. Eran del Comando
Radioeléctrico. No los había visto llegar, porque la calle Nicaragua
es oscura. Justo dobla por la esquina y cuando mete la birome en la
bolsita los tipos prenden las luces, ¿entendés? Cuando iba para la
casa de los hijos, caminando y tomando.
Se
quedó quieto, muerto, cada vez más loco. Los tipos caminaban y él
se iba moviendo. Duro, muy acelerado. Pero los yuyos dejaban la
huella, y ellos pegaban un par de tiros hacia el suelo. Entonces se
mandaba por abajo de los yuyos, tipo túnel hacía, ¿viste? En un
momento se mete detrás de un arbolito que había ahí, se esconde
entre las raíces y se queda quieto. Quieto y tomando. Y los tipos
se van.
Seguía escondido, con la birome en la nariz, cuando volvieron. Eran
del Comando, con refuerzos. Y perros adiestrados. Los tipos estaban
asustados. “Este loco tiene un arma —habrán pensado, dice— y no nos
vamos a arriesgar por un loco, un día antes de Navidad.” Pero él
sentía que ellos se movían y tac, gatillaban sus armas, mientras los
perros recorrían todo el terreno. Parecía un descampado de ochenta
metros por cuarenta. Y él se arrastraba y rodaba sobre los yuyos.
Fue una historia re-negra, dice. “Yo me arrastraba y encima tomaba,
¿entendés?” Cada dos por tres se daba un saque. “Estoy re-jugado”,
dice que pensó.
Entonces apareció el helicóptero. No era una alucinación: planeaba
sobre su cabeza, con unos reflectores que recortaban el terreno en
óvalos blancos. Y él se quedaba entre las raíces del arbolito,
quieto, muerto, y después se corría. Mientras los. tipos caminaban
y tac-tac y los perros pasaban casi a su lado. Parecía un campo de
ciento veinte metros por sesenta. El helicóptero tomaba altura y
después, al bajar, casi a ras del suelo, barría con sus reflectores
el terreno. Tipo tres y media, cuatro de la mañana, se perdió por el
lado de Villa Banana, para hacer otra pasada un rato antes del
amanecer.
A
media mañana vinieron con un caballo para pisar todo el terreno.
Después comenzaron a cortar los yuyos, con un tractor. y él estaba
pegado al arbolito, con la birome en la nariz: “justo el pedazo en
que me escondía —dice— no lo cortaron, porque estaba el árbol”. Los
tipos caminaban a su alrededor, con los perros, y pegaban unos tiros
al aire. El caballo iba y volvía al trote. No quedó un solo yuyo en
el campo. Pero se tuvieron que ir con las manos vacías. Y a las dos
de la tarde él pudo volver al mundo.
Salió deshidratado, picado por los yuyos, con espinas por todos
lados. Loco, totalmente loco. No le quedaba más que un polvillo de
los veinte mogras. Llegó como un muerto en vida a la casa de
Mariano. No lo podía creer: a la vuelta de la casa de los hijos, a
una cuadra, los del Comando habían prendido unas luces cuando él
estaba por hacerse otro saque, para encarar, porque se había peleado
con los suegros.
“Y
zafé”, dice.
La
historia más negra ocurrió cuando él terminaba su relación con
Andrea. La chica que llevaba el pelo teñido de rojo, verde y violeta
y que trabajaba en un bar del Bajo, un sótano donde ponían Rolling
Stones toda la noche y se juntaban viejos de cuarenta años a esnifar
una merca de primera. Se la presentó a Aquaman, porque él ya no
estaba afín para curtir con ella. Aquaman se enganchó, y fueron a
la casa de un loco, Darío Bernardi, que se había ido a pasar el fin
de semana a una quinta y le había dejado el lugar a Andrea.
Resulta que ese día viene Darío de la quinta, a buscar unas cosas.
Y medio se arma como una bronca, porque no lo quería mucho a
Aquaman. La historia era que, en esa época, nadie quería a Aquaman:
hacía rato que mandaba cualquiera con tal de conseguir plata y
transar en Villa La Lata una onda de roche, marihuana o lo que
fuera. Pero ese día hablan, se fuman un par de porros, los riegan
con un frasco de talasa. “Bueno, te podés quedar”, parece que dijo
al final Darío. “Aunque a lo mejor vienen mis suegros. Son
pescadores, se inundó la isla y se quedaron sin casa”, dice él,
ahora, que dijo Darío. La mezcla de jarabe y fumo le pegaba bien,
onda amor, paz y salven a las ballenas. “Quédense, pero por ahí
vienen ellos”, dijo al final Darío.
Hasta ahí estaba todo bien. Decidieron alquilar Scarface en
el video, encanutarse el fin de semana en la casa. “Voy a traer el
faso”, dijo él. Porque tenía como medio kilo de faso en la casa de
los viejos, en la heladera. Y sacó un cincuenta, para hacer unas
ondas, para curtir con los chicos. Para vivir, ¿entendés? Agarró un
bolso, metió el faso en una bolsita de nylon azul envuelta en una
hoja de Solidaridad Socialista, y unos cien dólares para el
viaje que pensaba hacer. En esa época valía cien dólares el lote.
Cuando cien dólares eran como mil de ahora. Agarró entonces un
bolso, los cien dólares y cinco pesos que tenía, un billete todo
destruido, lavado, que no sabe en qué momento se lo habían pasado.
Tenía esos cinco pesos y los cien dólares, que no podía cambiar en
ningún lado: viajaba el lunes siguiente a Buenos Aires a comprar un
lote de faso.
Empezó a caminar, con el bolso, los cincuenta gramos y un gorrito en
la cabeza que decía “flash”. Hasta ahí estaba todo bien. Pero cuando
a la noche llegó a la casa de Darío Berdardi tuvo los primeros
indicios de la mano densa que se venía. “Caigo a buscar a los chicos
—dice—, y no están, viste.” ¿Qué pasaba? “Abren la puerta y salen
los suegros”, dice. Porque habían llegado los suegros de Darío. “Se
tuvieron que ir —le respondieron, cuando preguntó por Andrea y
Aquaman—, porque llegamos nosotros.” “Pero no —replicó él—, si
hablamos con el dueño y nos dijo que iban a venir ustedes, que nos
podíamos quedar, que estaba todo bien.” El tipo que lo atendió tenía
una pinta de milico que no se podía creer; y andaba con un perro
policía gigante. “Bueno —dijo él, mientras pensaba en los cincuenta
gramos de faso que llevaba encima—, voy a buscar a los chicos.
¿Puedo dejar el bolso?” Ya había andado bastante, y tenía un largo
camino hasta La Lata.
Hizo media cuadra y se detuvo. “Este tipo —pensó—, ¿no será ley?”
Porque tenía cara de milico, andaba con un perro policía. “Este
tipo, ¿no será milico?”, pensó. “Me revisa el bolso, encuentra los
cincuenta mogras.” Volvió, le dijo al suegro de Darío que había
olvidado los documentos, sacó el faso del bolso y se lo guardó en un
bolsillo del vaquero. Pero cuando quiso tomar un colectivo para ir a
la villa y buscar a Andrea y Aquaman no le quisieron cambiar los
cinco pesos. Ni en el primer coche— ni en los que siguieron. “No —le
decían; los choferes miraban el billete sin tocarlo—, este papel no
va.” “Este papel —él discutía, antes de bajar— me lo dieron
ustedes.” Caminó hasta Avenida Alberdi, y ahí subió como a otros
diez colectivos. Cada vez más nervioso, con el faso encima, la
historia del tipo ese que parecía ley —y no era, se enteró después
por Darío—, y Andrea y Aquaman que podían estar en cana. “Me tengo
que borrar —pensó—, porque esto viene mal.” Ya imaginaba algo así,
ya alucinaba una mano densa.
Paró un colectivo de la 107, Y aunque el chofer no le quiso cambiar
se mandó hacia la última hilera de asientos. “Yo tengo que viajar,
hermano”, le dijo. “El billete me lo dieron ustedes, es plata, tengo
cien dólares”, le gritó desde el último asiento. Y el tipo que no y
que no: “te tenés que bajar”. “No —él discutía—, que te vaya matar.”
El chofer paró frente a un kiosco, subieron dos o tres roperos y lo
hicieron bajar a empujones.
Desesperado, caminó otras dos cuadras y se cruzó con la ley: eran
tóxicos. Con los cincuenta encima, vio un auto que frenaba en la
oscuridad, sobre el cruce de un pasaje con la avenida: un Fiat color
crema, el auto de la ley. “Tengo que hacerme el boludo”, pensó.
Estaba muy nervioso. Y se puso a mirar las motos en el salón de
Honda Guerrero. Vio que unos tipos bajaban del Fiat, salían de las
sombras, y cruzaban la calle como para encarar. Los tóxicos lo
vieron totalmente loco, paranoico, lo sacaron enseguida, y
encararon. Uno se le tiró encima, lo aferró de un brazo: “parate
ahí —le dijo—, Drogas Peligrosas”. “No, yo estuve demasiado en
problemas”, le respondió, saltándose. Trataba de zafar hacia la
calle. “Dejen de romper las bolas, ¿quiénes son ustedes?”, les
dijo. “Ando con problemas, tengo que viajar.” Cualquier verso. “Somos
policías, de Drogas Peligrosas”, le decían. “Te vamos a revisar”:
los tipos se le tiraban encima. “Muéstrenme la placa —gritaba él—,
¿quiénes son ustedes?” Y sacó el faso del bolsillo del vaquero y
empezó a romperlo, a desparramarlo sobre una alcantarilla. Mientras
los tipos lo tiraban al suelo e intentaban esposarle las manos a la
espalda, él gritaba: “¡Policía! ¡Me quieren robar! ¡Ladrones!
¡Asesinos!”. Un auto aminoró su marcha, algunos rectángulos de luz
se definieron en los edificios de la avenida. “¡Llamen a la policía!
—gritaba— ¡Me están robando!” Pudo descartar casi todo el faso; los
tipos recuperaron tres capullos, y la tuquera que le había traído
Aquaman de Amsterdam,— cuando Aquaman estaba de gira con un grupo de
punk rock que habían formado en La Lata. Y lo esposaron, lo
llevaron en cana, lo mataron a golpes de la peor manera.
Y
él seguía gritando: “¡Testigos, por favor! ¡Me secuestran, me
quieren matar!”. Los tipos lo llevaron a los altos de la comisaría
tercera, lo mataron a golpes, lo hicieron de goma. “¿Cómo zafo de
esta?”, se preguntaba, tirado boca arriba en el calabozo. Le
sacaron la plata, los cien dólares que tenía, y lo pusieron en
bolas. De pronto abrieron la puerta y apareció un amigo, el Yimi;
había caído en otra movida. Y él seguía haciéndose al boludo. Antes,
de rodillas y en bolas, le habían dado una paliza entre tres o
cuatro, con patadas y bastonazos en la cabeza y la nuca, y golpes
todo el tiempo.
Llegó el Yimi y los pusieron frente a frente, pero no se hablaron.
y el loco descartó un porro. Al rato cayó uno de los canas, uno
medio colorado, alto, con la cara salpicada de granos. “Yo te
conozco —pensó él—. ¿De dónde?” El milico alzó el porro y le dijo:
“bueno, este te lo vamos a poner a vos, por pelotudo”. “¿Vos sos
vivo? —dijo el cana— Te vamos a poner más, te vamos a poner un kilo,
ahora.” “¿Cómo zafo? —pensaba él—. Estoy hasta las pelotas.” El
Yimi lo miró y dijo: “no, este faso es mío”. “Me hago cargo yo”,
dijo el Yimi. “No, no importa”, respondió el milico. “Se lo vamos a
poner a él”: el milico. ¿Qué pasaba? Tenía bronca porque él había
descartado todo por la alcantarilla, cincuenta gramos de un faso que
arrancaba la cabeza.
De
rodillas, en bolas, lo esposaron, lo mataron a golpes, lo hicieron
de goma y lo llevaron a un calabozo, donde le dieron otra paliza.
Eran tres o cuatro milicos; entre ellos, el colorado alto, de la
cara llena de granos. ¿De dónde lo conocía? En algún momento de esa
larga noche se acordó: era un cana que había tenido una bronca con
Aquaman, en la Villa Fanta, en Fisherton. “Lo habíamos denunciado
por apremios ilegales —dice, ahora—, y zafamos de casualidad: Fue
una historia re-grosa.” Esa noche, el tipo estaba en vigilante
pelotudo, y le había puesto un par de trompadas. Entonces, antes que
llevaran al Yimi a otro calabozo, lo apuntó: “vos sos tal y tal y
tal”, le dijo. Y ahí supo cómo zafar.
A!
día siguiente, cuando trajeron la jaula para llevarlo a Tribunales,
él estaba duro como una piedra, preparado para pelear. Otra vez no
lo iban a castigar. —El Griego, el famoso Griego de Drogas
Peligrosas, que no tenía nada que ver con el maneje, abrió la puerta
de la celda y le preguntó: “¿Vos qué estudiás, qué hacés? ¿Artes
marciales?”. “Vos sos muy nervioso”, le dijo el Griego. “Estás muy
duro”: el Griego, te acordás del Griego? Le habían pegado como para
matarlo, y entonces él se ponía en guardia, listo para pelear. “No
—le dijo al Griego—, pasa que ustedes son unos giles. Ni pegar
saben.” “Son unos botones de cuarta. Yo quería arreglar y me mataron
a piñas, por dos puchos”, le dijo.
En
el juzgado, antes de declarar, pidió un médico. “Este pibe está muy
golpeado —anotó el tipo, un viejo con una bata blanca que le llegaba
hasta los zapatos—, tiene hematomas en la nuca.” Entonces mandó una
de estar medio descompuesto. Y cuando el secretario del juez le
preguntó qué había pasado, supo que iba a zafar. “Mirá —contestó—,
no sé ni quién sos vos.” Cualquiera. “No sé si puedo hablar con
vos”, le dijo. “Porque si sos como los milicos —le dijo al
secretario— sos un asesino.” “No sé en quién confiar”, le dijo. Y
el secretario: “No, pibe, quedate tranquilo”. “Hablá”, pidió el
secretario. “Ahora estás amparado por el juzgado”: el secretario.
“Bueno”, dijo él. “Ese tipo, tal y tal y tal, me tiene bronca por
una historia”, empezó a largar el verso que se había inventado.
“Cada vez que lo encuentro amenaza con ponerme algo”, dijo. “Y me
lo crucé anoche y dijo que me iba a poner un kilo”: cualquier
verso. “Lo que yo tenía —dijo— no era mío, me lo pusieron ellos, ese
tipo, tal y tal y tal.”
Zafó. A los tipos les abrieron una causa. “Y así fue como le
ganamos una a la yuta”, dice él ahora, y alza el puño izquierdo.
Lo
que pasó en la Villa Fanta fue algo increíble. Era la época en que
conoció a Aquaman, cuando andaba con Aquaman y los hongos. Y estaba
con toda una banda de Fisherton, instalado en una casa
impresionante, tipo residencial, que había alquilado Raúl Sacco en
la entrada de la villa. “El loco Raúl movía fumo —dice—, tenía uno
colombiano, los mejores fasos, conocía todas las líneas, gente re-concheta
y de mucha plata era amiga de él.”
Curtían en el mismo barrio, que era alucinante. Los vecinos siempre
desconfiaban, porque en la casa el rocanrol no terminaba nunca.
Caía gente, entraba gente. Había música todo el día, guitarras,
asado, porros gruesos como petardos, té de cugumelos, de chamico, lo
que se pidiera. Y una planta en el fondo como de tres metros de
alto. “Teníamos faso colombiano —dice—, que Raúl escondía en un
cuartito, en el fondo del terreno, porque siempre se lo robábamos
para fumar.”
Era la época de La Tablada. ¿Qué pasó? Un día Raúl salió, guardó el
faso, puso llave al cuartito, y se fue al centro, con unos porros.
De vez en cuando se cortaba para que no hubiera tanto bardo en la
casa. Pero la historia fue que llegó Aquaman con una novia, que era
Nora, la hija del comisario, con Andrea, con toda otra gente,
¿entendés?, a tomar sol. Había un jardín en la casa, que era un
chalet impresionante. Los locos encontraron todo cerrado y saltaron
el tapial. “Saltan el tapial —dice— a tomar sol y al rato cae el
Servicio de Inteligencia, el Side.”
Golpearon la puerta y dijeron: “estamos buscando tal y tal
dirección”. Tres puntos vestidos con campera de cierre terciado y
vaquero, de lentes oscuros, en un Chevy sin patente. “Somos del
Servicio de Inteligencia —dijeron—, no se asusten.” Aquaman se quedó
helado. “¿Quiénes son ustedes? No, acá no se puede entrar, el dueño
no está”, dice él que dijo Aquaman. Resulta que los puntos estaban
buscando realmente otra dirección. Caen de casualidad ahí.
Golpearon porque era por la zona, andaban buscando a un tipo. Tenían
que darle, él no sabe, una notificación, preguntarle algo, llevarlo
a alguna parte. Pero Aquaman se alucinó, cortó la planta y la tiró
por encima del tapial. La historia fue que la vecina vio que
pintaban todos esos vigilantes. La Federal, también, con un par de
tipos re-grosos. Con armas largas y cortas, vestidos de civil,
viste. Nora habló con los milicos, les dijo que era la hija de un
comisario, y los tipos se las tomaron. Pero la vecina vio todo el
maneje, y cuando Aquaman descartó la planta pensó que ocultaban
armas. Llamó a los de la diecisiete, viste. ¿Entendés? Justo cuando
el Side y la Federal se habían borrado. Claro, “que están tirando
armas”, supone él que pensó la vecina, “son todos terro”. Cualquier
delirio.
Entonces Aquaman trató de ubicar a Raúl, pero el loco había
desaparecido. “A la noche caigo yo —dice él— y estaban todos
alucinados: Raúl no aparecía.” Llegó con su camioneta, una Dodge
verde, grandota, y Aquaman le contó. “Loco”, dijo, dice él ahora. Le
contó todo lo que había pasado. En la casa estaban desesperados,
mientras fumaban los mejores fasos. “Loco, va a caer la ley en
cualquier momento: nos tienen rodeados”, decía Andrea. Y Aquaman,
que vivía perseguido y descubría policías en todas partes: “vieron
cuando descarté la planta, y no podemos ni abrir la puerta: estamos
hasta las pelotas”. Entonces él preguntó: “te fijaste si la planta
sigue donde la tiraste?”. “No —dijo Aquaman—, no me fijé, no me
atreví.” “Entonces —recuerda él que dijo— salto yo, la busco y la
escondo por ahí.” “Salto yo —dice ahora— y veo a toda la policía en
la casa de la vecina, vigilando la movida.”
“No, la planta no está”, dijo él, al volver a la casa, dice ahora.
“Guardémonos, cerrá todo”, recuerda que dijo. Cuando saltó para
ver, los tipos lo enfocaron con cámaras de fotos. “Desaparezcamos
porque cae la ley en cualquier momento”, dijo. Tra-tra-tra,
positivo: los seguían con cámaras de fotos. “Voy a poner en marcha
la camioneta —dijo él—o Cuando escuchen el motor, salgan rajando.”
Fue, cruzó agazapado el jardín y subió sin hacer ruido a la cabina.
Los otros seguían adentro, encerrados con los mejores fasos. Se
asomó por la ventanilla. Todo el procedimiento estaba preparado:
había policías en los árboles, en los techos, en la calle. Pero los
tipos no habían notado su salida, y por un momento se quedó acostado
en el asiento. Vio que se desplegaban en abanico, que saltaban el
cerco del jardín y pensó: “loco, ¿qué hago?”. “¿Les aviso? ¿No les
aviso? ¿Zafo yo?”, dice que pensó. “No —se dijo— no los puedo
cagar.”
Bajó de la camioneta y encaró a los policías: “¿Qué buscan?”,
preguntó. Los tipos no podían entrar a la casa porque no tenían una
orden de allanamiento, y los locos se habían encerrado. “No —le
dijeron, queremos hablar con el dueño.” “Esto es un allanamiento,
policía”, le dijeron. “¿Vos quién sos?”, le preguntaron. “Nada que
ver —les dijo—, yo estoy trabajando.” Les dijo: “soy el albañil,
vine de Alberdi, estoy esperando para que me paguen”. “Ah —le
dijeron—, buscamos al dueño.” “No está, lo estoy esperando, no hay
nadie”, dijo él. “Bueno —dijeron—, a ver.” Los policías ocupaban el
jardín, la calle, el patio de la vecina. “Allá se escapa uno”,
gritaron de pronto. Mentiras. Los tipos se metieron, tiraron abajo
una puerta y los llevaron a todos en cana.
Les metieron picana, viste, de todo. En la diecisiete: Córdoba y
Donado. Los únicos que zafaron fueron él y Nora, porque era la hija
de un comisario. Los picanearon a todos, los mataron a golpes. Nadie
podía decir nada, porque aparte se habían fumado todo el faso, el
otro loco no aparecía y no pudieron abrir el cuarto donde estaba el
pedazo, porque no tenían la llave o porque no se dieron cuenta, ya
no se acuerda. Resulta que cuando le tocaba pasar a él, lo trajeron
a Raúl del cogote. Había entrado con un porro encendido a la casa,
sin saber que lo esperaba toda la policía. “Eh, manga de locos”,
gritaba, mientras avanzaba por el jardín. Y estaba toda la ley. “Ah,
¿sí? —dice él que dijeron los policías—, vení para acá.” “Ahí
aparece el tipo que mencioné antes —dice—, el colorado que reconocí
en la otra caída.”
Raúl se hizo cargo de ese porro y ellos zafaron. Hicieron juicio
por apremios ilegales. Zafaron, ¿entendés? El día que fue a
declarar, con el hijo de puta del juez Flotta, encontró en el
pasillo del juzgado a la vieja que los había botoneado. Encaró y le
dijo: “señora, ¿usted sabe lo que me hizo?” Si ella daba el sí iban
hasta las pelotas. Le dijo: “Yo trabajaba en esa casa, tengo
hijos”. La habían tomado de testigo. “Ahora tengo una causa, voy
preso”, le dijo. En el pasillo del juzgado: “¿Usted sabe lo que
hizo?”, “No, hijo”, decía la vieja. Antes de la declaración: “yo
creí que ustedes eran terroristas, que tenían armas”, dijo la vieja.
“Bueno, ahora, cuando entre, dígalo”, le pidió. “Que
usted no vio nada, que no tenemos nada que ver.” “Entonces la vieja
se sensibiliza —dice ahora él—, cambia toda la declaración y zafamos
todos.” “Yo soy obrero —dice—, estaba trabajando, tengo hijos.” “No
sabe lo que está haciendo, no sabe el problema en que me metió”,
dice, y se ríe a carcajadas.
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