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I
En
cuanto entré en mi departamento me di cuenta de que alguien había
estado allí. Detalles casi imperceptibles lo probaban. Un libro
abierto (yo jamás dejo los libros abiertos), una silla fuera de su
lugar habitual, un ángulo de la alfombra doblado, denunciaban
incuestionablemente una presencia extraña. La puerta del armario
también estaba abierta y, como conozco mis propios hábitos, me
resultaba difícil aceptar la responsabilidad de haberla dejado yo
sin cerrar.
Esos datos, sumados a las reiteradas llamadas telefónicas de los
últimos días, llamadas hechas sin duda para verificar si me
encontraba en casa, daban la certidumbre de que mis pasos eran
vigilados. Por otra parte, a todas horas se podía ver desde la
ventana a un hombre apostado en la esquina fingiendo esperar a
alguien. Corrí un par de centímetros el visillo y, en efecto, ahí
estaba el hombre con las manos metidas en los bolsillos de su
sobretodo de pelo de camello.
Yo
seguía yendo al banco normalmente y allí nadie había manifestado la
menor sospecha sobre mi persona. Tuve la seguridad de que la
vigilancia no provenía de mi lugar de trabajo sino de otra parte. Mi
decisión fue inmediata. Ordené una valija con bastante ropa de
abrigo y saqué el gabán que guardaba dentro de una bolsa de género
con cierre relámpago. El o los intrusos no habían revisado mi ropa
todavía, pero eso podía suceder en cualquier momento. Metí en la
valija los medicamentos que siempre debo tomar y, sin apagar las
luces, salí decidido a bajar los tres pisos por la escalera. Mi
automóvil estaba estacionado frente a la puerta. Salí a la carrera,
subí al auto y partí. En la esquina el semáforo estaba en rojo pero
a riesgo de chocar con un colectivo crucé la calle a toda velocidad.
Pocas cuadras después me pareció que un auto me seguía. Soy buen
conductor y una vez que tomé la Avenida Santa Fe eludí la presunta
persecución. Cerca de Retiro estacioné en un lugar prohibido y tomé
un taxímetro que me llevó a Plaza Constitución.
En
la estación de autobuses compré un boleto para las playas. No
saldríamos antes de cuarenta y cinco minutos y le pedí al vendedor
de pasajes que me dejara esperar en el ómnibus que permanecía con
las luces apagadas. Consintió. A la media hora empezaron a subir los
demás pasajeros: dos mujeres jóvenes con dos chicos; un anciano; una
pareja; un criollo con bombachas, botas y un enorme sombrero negro,
y por fin Belaúnde, que se sentó, como yo, sobre el pasillo, en el
asiento más cercano al mío. En seguida me dio conversación. Que
hasta dónde iba; que él era viajante de comercio; que se pasaba más
de la mitad de su vida en los ómnibus o en los trenes; que en
Chascomús podíamos compartir una mesa para comer un churrasco; que
se llamaba Samuel Belaúnde, y que por su trabajo había preferido no
casarse. Se quitó la campera de cuero que dejó en el asiento
contiguo y se envolvió. en una manta. En Florencio Varela dormía
como un bendito. Yo velaba. Una de las mujeres que viajaba con los
chicos me miró con demasiada insistencia. Fingí no advertirlo.
Belaúnde respondía a datos físicos comparables a los míos. Como yo,
tenía unos cuarenta años; como yo, tenía pelo castaño y ojos claros;
como yo, mediría un metro ochenta. “Pobre tipo —me dije—, como él,
empezaré a andar por el mundo como bola sin manija”. Pero no supe
con certeza a quién me había referido al decir “pobre tipo”.
Una luz tenue nos envolvía a los viajeros, en tanto que afuera, la
noche estaba decididamente oscura y sólo de vez en cuando se
vislumbraban las masas de árboles aun más oscuras que la noche.
En
Chascomús, Belaúnde se despertó en el preciso momento en que el
ómnibus se detenía frente a uno de esos híbridos comercios donde
sirven café con leche, parrilladas y sandwiches. Como estaba
convenido (o decidido por mi compañero de viaje), compartimos la
mesa. Se me ocurrió que ese hombre sería muy eficaz en su trabajo
porque desconocía el silencio oral. Pedimos —para ser preciso,
pidió, y sin consultarme— dos churrascos a punto, papas fritas a
caballo y medio litro de vino de la casa. Antes que el mozo nos
sirviera le dije a Belaúnde que iría un minuto hasta el ómnibus a
buscar unas pastillas que debía tomar y había olvidado llevar a la
mesa, todo lo cual era cierto. Pero al sacar el medicamento de mi
valija vi la campera de mi compañero. Metí la mano en uno de sus
bolsillos y encontré una cartera con documentos; tomé su cédula de
identidad y me la guardé. Regresé a la mesa. El hombre no dejaba
resquicios de silencio. Vivía en Flores, donde alquilaba un cuarto.
La familia era como la suya propia. Le lavaban la ropa. Mejor que en
cualquier hotel. La dueña de casa era una anciana que le llevaba el
desayuno a la cama, como a un hijo.
“Y
usted, a qué se dedica”, me preguntó. “Soy profesor en la
universidad”, mentí. “A la pucha”, comentó admirativamente. “Y qué
enseña”. “Filosofía”, volví a mentir con la intención de desalentar
su conversación. “Ah, bueno”, dijo como resignado. “Me hubiera
gustado estudiar derecho”, agregó. Por un instante, sólo por un
instante, mi mentira pareció silenciarIo. Dos minutos después me
comentaba su infrecuente capacidad para jugar al fútbol, pero,
admitía, la suerte no lo había ayudado para llegar a ser
profesional.
Volvimos al ómnibus. A los cinco minutos Belaúnde dormía
plácidamente. La mujer que me miraba y yo éramos los únicos
pasajeros despiertos. Empecé a sentir una creciente inquietud. No
era posible que me hubieran seguido hasta el ómnibus, pero esa mujer
me miraba como para preocupar a cualquiera. Pensé en bajar en un
cruce y tomar allí otro ómnibus hasta la primera playa. No fue
necesario; afortunadamente las dos mujeres y los chicos bajaron
antes que yo me decidiera a hacerla. Por fin, muy cansado, me quedé
dormido envuelto en una manta.
Cuando me desperté había un nuevo pasajero. Estaba sentado detrás
de Belaúnde, de modo que me tenía a menos de un metro de distancia.
Era flaco y usaba unos anteojos negros que le ocultaban la mirada.
En dos de sus larguísimos dedos llevaba anillos con piedras de
colores estridentes. No disimulaba —cosa que podría haber hecho
ayudado por sus anteojos—: la dirección de su cara indicaba que
tenía su mirada fija en mí. Sentí una fría transpiración y me
deshice bruscamente de la manta. Me invadió la arbitraria certeza de
que ese hombre usaría un arma blanca. Sólo podría eludirlo amparado
por un golpe de suerte. El conductor anunció que habría una última
parada para tomar algo antes de finalizar el viaje. La luz del
amanecer daba al mundo y a todos nosotros un tono de perversa
irrealidad.
La
gente empezó a levantarse de sus asientos. Me adelanté hacia la
puerta de salida y cuando se detuvo el ómnibus fui el primero en
descender; detrás de mí, en fila india, los pasajeros bajaron y se
dirigieron dócilmente a la cafetería. Pasó a mi lado Belaúnde. “Qué.
¿No viene?”, me dijo. “Sí. Estiro un poco las piernas y voy”. Bajó
el hombre de los anteojos. Casi se detuvo a mi lado, giró la cabeza
y, luego de un instante de indecisión, entró también él.
Junto al ómnibus, un muchacho con boina y un grueso saco gris echaba
agua en el radiador de un Chevrolet. Me acerqué. “¿Habrá un
taxímetro por aquí?” “¿Un taxi?”, quiso confirmar sorprendido. “¿Ya
dónde quiere ir?” “A la primera bahía”, dije. “Eso, en un taxi, le
saldría seis o siete mil pesos”. “Pago diez”, respondí. “Lo llevo”.
Corrí hasta el ómnibus, tomé mi valija y me metí en el auto.
Partimos. Ya estaba más claro pero los pastos seguían cubiertos de
escarcha. Al hablar, el vapor que salía de las bocas acentuaba la
presencia de un frío intenso. Una leve brisa hacía rodar por la
carretera unas briznas semicongeladas que parecían vellones. Miré
para atrás. El hombre de los anteojos negros me veía huir,
resignado.
El
placer de haber burlado a mi seguidor y la tranquilidad que me
procuraba el haberme inscripto en el hotel con un documento ajeno
—lo cual, pensaba yo, me ponía al resguardo de cualquier
averiguación que se quisiera hacer sobre mi persona— duró muy poco.
Dormí, eso sí, unas cuatro horas al llegar al Brisas del mar.
Cuando me desperté me di una rápida ducha, me afeité y, bien
abrigado, bajé a tomar un desayuno un poco tardío en la terraza del
hotel, una especie de jardín de invierno tibio y soleado, a través
de cuyas generosas vidrieras podía ver la playa y el mar que a ella
llegaba con su serena, monótona reiteración de olas. Pedí un diario
y un café con leche con abundantes tostadas. Después de saborear el
desayuno me dispuse a leer las noticias del día. Había, además,
notas sobre problemas ecológicos (un tema que me apasiona), y en su
lectura me enfrasqué durante una buena media hora.
Después, tranquilo y meditando sobre el mal uso que los hombres
damos al planeta, me puse a contemplar la inmensidad del mar, y en
eso me encontraba mientras me prometía un largo paseo por la playa
cuando, de pronto, divisé al muchacho de la recepción conversando
con un hombre de pelo blanco que vestía una oscura tricota de tipo
marinero. El viejo parecía muy empeñado en hablar y señalaba el
hotel. Estarían como a cincuenta metros de distancia. El muchacho
parecía oír atentamente mientras el hombre mayor, excitado a juzgar
por sus ademanes que terminaban en señalar una y otra vez el hotel,
no paraba de hablar. Como ante una súbita resolución, se encaminaron
rápidamente hacia la terraza, quiero decir, hacia mí, en forma
decidida y como si se propusieran comprobar algo.
Comprendí que yo era el tema de su conversación. Que venían a
verificar mi presencia. No me fue difícil deducir que el viejo
formaría parte de algún grupo dedicado a localizarme. Sin demoras
me adelanté a sus propósitos. En la recepción no había nadie. Tomé
las llaves de mi cuarto que habían quedado sobre el mostrador y me
detuve escondido en la escalera que conducía a las habitaciones a
fin de poder oír cuanto dijeran el muchacho y el viejo. Tal cual. Se
detuvieron en la recepción. “Aquí está el libro de registros —dijo
el muchacho—. Como usted verá, tenemos dieciséis pasajeros. Los
tres últimos llegaron esta madrugada. No se crea que esto es una
mina de oro en invierno”. “Tiene razón; tres llegaron esta
madrugada”, respondió el viejo.
El
diálogo siguió, pero dejé de oírlo porque subí velozmente por la
escalera alfombrada. Entré en el cuarto. Por un momento estuve
indeciso. Por fin, me asomé a la ventana y vi desde allí que los
hombres regresaban a la playa. Mi suerte no era poca. Salían en la
creencia de que yo me encontraba fuera del hotel, lo cual aproveché
para meter mi ropa y otras pertenencias en la valija y bajar sin
perder un instante hasta la recepción, donde me encontré con el mozo
que me había servido el desayuno. “Me voy —le dije—. ¿Puede darme la
cuenta?”. “Tiene un día y el desayuno, ¿no?” “Sí”, respondí. Pagué y
salí. En la puerta del hotel tomé un taxi destartalado que me
condujo hasta la estación de autobuses. Los hechos se repetían.
La
costa aquí, ya se sabe, está conformada por una sucesión de bahías.
Cada una tiene su nombre, su playa, sus hoteles. No me sería
difícil, pues, despistar a mis seguidores y al mismo tiempo
continuar gozando por unos días de los beneficios del mar.
“Me persiguen —pensé—. Cuando están por alcanzarme, huyo y burlo a
mis perseguidores. Esto se repite una y otra vez, como una
interminable pesadilla”. Me pareció imprudente optar por la playa
más próxima a la del Brisas del Mar y acepté complacido un viaje de
una hora en el autobús. Al llegar a la llamada Santa Teresa decidí
albergarme en alguno de sus hoteles, preferentemente alguno que,
como el anterior, estuviera situado sobre la playa misma.
Siento un placer peculiar al recibir en la cara esa intensa
presencia del aire cargado de substancias tan diferentes de las que
se perciben en el campo. No sé si será la sal sumada al yodo, pero
uno va adquiriendo una especie de nutrición, de enriquecimiento al
respirar ese aire tan distinto del impreciso y perfumado —no
desestimable por cierto— aire del campo. A mí, el aire del mar me
resulta una verdadera fuente de bienestar, y aunque he leído
encontradas versiones acerca de sus virtudes y desventajas para la
salud de la piel, poco me importan las teorías que le niegan
beneficio.
Durante el viaje en ómnibus consideré la posibilidad de volver a
usar el documento de Belaúnde. Por fin decidí que la prudencia
aconsejaba desistir de esa alternativa. Mi apellido es, por otra
parte, tan corriente que garantiza el anonimato, por así decir. En
cambio “Belaúnde” no es tan difundido y mis seguidores podrían
localizarme con sólo consultar los libros de registro de los hoteles
ya que habían comprobado en el Brisas del mar que disponía de un
documento con ese nombre.
En
Santa Teresa me aseguraron que el hotel ideal de la zona era el Cruz
del Sur. A él me dirigí y tomé un cuarto con vista al mar. Un cuarto
amplio y bien calefaccionado. Ya en el vestíbulo se veían turistas y
gran actividad en el personal. Sin duda habría una buena cantidad de
pasajeros alojados y si bien es cierto que esa comprobación por un
lado me perturbaba, también lo es que la presencia de la gente jamás
me ha disgustado. En el mismo vestíbulo, un quiosco de periódicos y
libros me permitió abastecerme de tres o cuatro novelas policiales.
En
mi cuarto me dediqué a la lectura. Pedí que me llevaran un sandwich
y una cerveza y leí, dormité, arreglé mi ropa, contemplé el mar
desde la ventana mientras, en esa parte de uno que parece ajena y
discurre debajo de la atención que ponemos en hacer algunas cosas,
seguía tramando proyectos: primero, un viaje al Uruguay, y desde
Montevideo al lugar del mundo menos previsible para mis
perseguidores.
Hacia las ocho de la noche me puse mi grueso gabán, metí una boina
en el bolsillo y bajé. El hotel seguía muy animado con gente de
todas las edades. Salí confiadamente a la playa. No sé si se
agudizan los sentidos cuando a uno lo persiguen y lo asedian, o si
lo que se agudiza es el instinto de conservación, o si simplemente
hay momentos de mayor desaprensión ante el posible peligro. Lo
cierto es que salí, como decía, confiadamente, sin temor alguno,
con la certeza de que allí nadie se interesaba por mí. Caminé hasta
la cercana orilla del mar. Cuando salgo tengo la precaución de
llevar todo el dinero conmigo, lo cual no siempre resulta cómodo,
pero puede ocurrir que tenga que huir imprevistamente y no siempre
se va a dar la suerte que me acompañó en el Brisas del mar. Estaba
planeando que en La Plata me alojaría en el Rocha y me resultaba
curioso que mis días tuvieran que denominarse con nombres de
hoteles. Me encontraba, pues, en el Cruz del Sur. Di por terminado
el paseo después de gozar el aire y hasta el agua, porque me acerqué
a la orilla y cuando llegó una ola bordeada de espuma hundí mis
manos y llevé en ellas una buena cantidad de agua salada para
mojarme la cara. Esa noche no me sentía seguido por nadie y estaba
cerca del mar. En las otras causas posibles de pesares y placeres
—si es que hubiera habido de estos últimos— ya hacía tiempo que no
pensaba. Tal vez porque la sospecha de que me persiguieran y luego
su constatación me tenía dedicado a una huida que requería
imaginación, pero sobre todo una irrenunciable atención. De modo que
el agua del mar y el cielo intensamente oscuro, y las estrellas, y
la bondad del aire salado me hicieron pasar un momento de gran paz,
acaso de felicidad.
Caminé hacia el hotel lentamente para prolongar la sensación de
bienestar. Ya en el bar pensaba, creo, en qué hotel de Montevideo
me convendría instalarme por un par de días, antes del “viaje
grande”. No en el Victoria-Plaza, en cualquiera menos en el
Victoria.
Mientras bebía mi whisky observaba a los turistas que habían ocupado
las pocas mesas bajas contiguas al bar. En una se encontraba una
joven pareja que parecía haber perdido el habla y caído en un estado
de mutua contemplación. Tres muchachas ocupaban otra de las mesas y
ofrecían una especie de fiesta de colores y de despreocupada
alegría. Por último un grupo de gente mayor conversaba
desordenadamente. De pronto me vi observando el mundo como desde un
escondite, o como un animal estremecidamente alerta para evitar ser
matado por otro más hábil o más fuerte. Pensé que yo era responsable
del peligro que me envolvía. Yo había buscado esa zona de tinieblas
que en realidad no era más que una. isla limitada por mi propia
piel. Yo era el creador de mi miedo, era cierto, pero poco me
importaban en esos momentos las causas y las responsabilidades. Me
dije que no era un cobarde y que lo cierto era que si no me gustaba
la idea de que me mataran como a un animal, menos me cautivaba la de
que estuvieran tratando sigilosamente de cazar a un hombre.
Eso pensaba cuando otra vez y en forma repentina recuperé un
verdadero sentimiento de pavor. Una persona, en apariencia una
mujer, entró por la puerta giratoria. La vi por el espejo. Tenía un
formidable tapado de piel, pantalones, y la cara cubierta por uno
de esos pasamontañas que dejan solo los ojos y la boca descubiertos.
Bien podría ser un hombre, consideré aterrado. Ya me estaba
ocultando favorecido por una columna cuando se quitó el
pasamontañas, dejó liberado un increíble pelo rojizo, y aparecieron
sus pequeños ojos brillantes, cada vez más risueños a medida que se
acercaba al bar y se iba quitando el tapado. Me dije, al verla tan
femenina, tan incuestionablemente mujer, que solo un estado de
tensión como el que yo venía padeciendo podía haberme hecho
sospechar una impostura. Por otra parte, recapacité, mi apreciación
era muy poco aguda: ¿por qué por ser una mujer no podía estar
dedicada a mi búsqueda? ¿Acaso la que tanto me había inquietado en
el ómnibus no era también una mujer? Se sentó al bar luego de dejar
el tapado, los guantes y el pasamontañas sobre un sillón. Pidió un
whisky. “Con mucha agua fría, como siempre”, dijo. Y antes que se lo
llevaran me preguntó cuándo había llegado al hotel. “Hoy”, contesté
mirando sus ojos muy luminosos, sus dientes muy blancos.
Yo
había estado en paz y después de abismarme por un instante en el
terror recuperaba la calma, pero jamás me había sentido más
distante de un propósito de aventura amorosa como en ese momento. A
medida que conversábamos mis apreciaciones se hacían más inseguras:
no sabía si era de una gran belleza o si la belleza era lo que menos
importaba en ella. “Vivo en una casa muy grande, a pocos metros de
aquí. La alquilo todos los años en esta época. Cuando estoy sola
vengo a comer al hotel, no sin antes pasar por el bar”.
Se
llamaba Marcia. Comimos juntos. Mientras el camarero abría la
botella de vino recordé que había dejado su tapado y su pasamontañas
en el bar y me propuse ir a buscarlos. Me detuvo: que no me
preocupara, que siempre quedaban al cuidado del barman. Me contó que
pasaba muchos meses del año en esa bahía. Le mentí que debía
reponerme de un problema de salud y que no volvería a Buenos Aires
por varias semanas. Sabía mucho más que yo de literatura policial y
sus juicios me revelaron aspectos que solo jamás habría sido capaz
de descubrir. Le importó que yo tuviera una memoria eficaz para los
detalles de no pocos de los argumentos que comentamos.
Me
invitó a tomar el café en su casa. Oímos música, seguimos charlando
y a las doce me despedí. Al salir vi sobre la mesa el tapado de piel
y el pasamontañas. En la calle hacía mucho frío. Pasé junto al hotel
pero volví a la playa; no me animaba a entrar. Tenía un miedo
incontrolable de encontrarme con algún perseguidor. Tampoco me animé
a quedarme en la playa. Volví aterrado. Ya en la cama intenté
inútilmente leer. Poco después me quedé dormido.
El
segundo día del Cruz del Sur amaneció espléndido, plácido, frío, con
un mar manso y un cielo altísimo y sin nubes. Desayuné en mi
cuarto. Me sentía confuso y menos seguro que el día anterior.
Observaba la playa desde la ventana y me acercaba cautelosamente a
la puerta del cuarto ante el menor ruido que llegara desde el
pasillo. Por un momento tuve la convicción de que debía aprontar mi
valija y salir precipitadamente de ese hotel.
Mi
plan era preciso. Después de cuatro días en las bahías viajaría a La
Plata. De allí cruzaría a Colonia en el yate de un italiano, un tal
Monelli, que se dedicaba al contrabando y a “cruzar gente”. El
domingo veinte podría contar con él. Ya en el Uruguay me sería fácil
llegar a Montevideo, donde no tendría dificultades en conseguir una
tarjeta de turista. Después, el “viaje largo” a Europa, donde
estaría a salvo.
Bajé. Estaba inquieto. Hasta la mirada del quiosquero, a quien
saludé tal vez demasiado efusivamente, como si lo conociera de años,
me pareció sospechosa. Junto a la recepción había un toilette. Entré
y en el espejo vi mi rostro emaciado, descompuesto de miedo.
Alguien llegó detrás de mí y me quedé inmóvil, con los ojos
cerrados, tomado de las canillas del lavabo y esperando un ataque
por la espalda. Un muchacho, de pronto, me preguntó si no me sentía
bien. Le dije que sí, que me había golpeado un pie pero que ya
estaba mejor; le agradecí y salí simulando renquear. Estaba
aterrado; no me gustaba la idea de que me mataran por la espalda, y
menos con un arma blanca, pero sentí mi miedo como una afrentosa
vergüenza.
Ya
en la playa caminé apresuradamente para alejarme del hotel. Anduve
un largo rato bajo el peso del gabán. Me había alejado como medio
kilómetro cuando advertí que nada me daba más miedo que la soledad
del espacio abierto. Vi con pavor el hotel lejano. Hubiera querido
correr hasta llegar a mi cuarto, pero también la idea de estar solo,
encerrado, me aterraba. ¿En el bar? ¿En la casa de Marcia? ¿Cerca
del quiosquero? ¿En el comedor? Todo era igual. Mi terror consistía
en estar conmigo mismo. Me encaminé hacia el hotel sin aliento, sin
consuelo. Tenía miedo de las gaviotas que volaban sobre mi cabeza.
No
fui al hotel. Fui a la casa de Marcia. Ella misma me recibió. Me
disculpé. Quería invitarla a comer. Claro que sí; estaría a las
nueve en el bar. Hacía mucho frío. Estaba cansado, humillado,
avergonzado. Caminé hacia el Cruz del Sur como quien va hacia el
cadalso. Yo no tenía la costumbre de la trasgresión, entonces, el
haber trasgredido, digamos, por primera vez, me producía una
experiencia también nueva del castigo, y así cada día descubría una
legión de perseguidores que se ocultaban detrás de cada sombra,
detrás de cada mata, de cada inocente montículo que la arena
acababa de ordenar en esa zona poblada de pinos y fresnos.
Entré en mi cuarto y oí un extraño ruido en el baño. Sin encender
la luz me tiré boca abajo en la cama como cuando era chico, y casi
sin el sentimiento del miedo me decidí a llorar hasta que me mataran
los perseguidores ocultos.
Después, resignadamente abrí la puerta del baño. Un pequeño chorro
de agua caía en forma irregular sobre la porcelana blanca. Nada
envilece más que el miedo; nada provoca más el sentimiento de
autocompasión.
A
las nueve y cuarto llegó Marcia al bar. Dejó, como siempre, su
tapado y su pasamontañas sobre un sillón cercano. Me dijo que la
habían llamado de Buenos Aires y que al día siguiente partiría.
Debíamos vernos allá. “Por supuesto”, mentí sin convicción. Tal vez
o seguramente, jamás volvería a Buenos Aires. Mi ciudad me estaba
vedada para siempre. Sentí que acaso otra vez se me negaba la
posibilidad del amor. En cierto plano de mi ser, quizás en el mismo
en que se radica la detestable autocompasión, entendí que no volver
a ver a esa mujer era para mí una nueva confirmación de la vacuidad
de mi vida.
Al
cabo de un rato, sin pensar nada, sentí simplemente el placer de su
compañía. Puedo asegurar que también ella parecía encontrarse a
gusto a mi lado. Bebíamos en ese estado de serena participación que
no requiere palabras, y durante ese silencio Marcia y yo bordeamos,
me inclino a creerlo, esa casi siempre lejana zona de la felicidad.
Un
hombre alto, de pelo muy negro y piel muy blanca, se acercó al bar.
Al pasar a nuestro lado nos miró más que con insistencia con notorio
atrevimiento. Mi amiga se sonrió y, tras manifestar con un
inequívoco gesto su azoramiento, “Ha de ser un extranjero —comentó—;
nosotros no miramos a la gente con tal desparpajo”. Lo que para ella
había sido algo trivial y un poco ridículo, para mí fue una
conmoción. El hombre se apoyó en el mostrador a menos de tres metros
de donde estábamos. A partir de ese momento la serenidad se
convirtió en el desasosiego que durante la tarde me había
trastornado. Con un sobrehumano esfuerzo conseguí dominarme. El
hombre de pelo negro pidió algo de beber; estaba inmóvil con la
mirada fija en el espejo frontal con cuyo auxilio nos observaba sin
darnos tregua.
Fuimos a comer. Yo tenía un insoportable calor pero no podía
quitarme el gabán. Los numerosos espejos denunciaban la vigilancia
del recién llegado. Nos sentamos en la única mesa desocupada que se
encontraba cerca de la puerta. Si el hombre nos sigue, calculé
rápidamente, tendrá que sentarse a no menos de quince metros de
nosotros. Eso ocurrió. Pocos minutos después, mientras ordenábamos
nuestra comida, entró en el comedor. Marcia me hablaba de un viaje
con sus padres, durante su infancia. En cuanto un mozo se acercó al
perseguidor y le entregó el menú, interrumpí abruptamente a mi amiga
y le pedí que me disculpara.
Fui al bar, recogí las prendas de Marcia, entré en el toilette y
salí con el rostro cubierto por el pasamontañas y su tapado de piel
sobre los hombros. La puerta giratoria pareció un inamovible muro
de plomo. Caminé rápidamente hacia la casa de Marcia. La noche
cerrada y el frío que mantenían la calle desierta fueron mis
aliados. Al llegar a la casa, después de atravesar el jardín, en el
umbral, dejé el tapado y el pasamontañas. Escribí las siguientes
palabras en una tarjeta de mi médico que encontré en la billetera:
“Tuve que huir. Gracias por su amistad”. No firmé. Taché el nombre
ajeno que figuraba en la tarjeta y que, ya dije, pertenecía a mi
médico.
A
las once partió el autobús con destino a la siguiente bahía. Era un
viaje de una hora. Decidí que al llegar , como estaba planeado para
unos días después, tomaría un auto de alquiler que estuviera
dispuesto a llevarme a La Plata. Lo conseguí. Le pedí que no
condujera a mucha velocidad.
De
a poco, el aire de mar se fue convirtiendo en un aire confusamente
perfumado. Al rato, un penetrante olor a zorrino entró por los
ventiletes del automóvil. Es un olor que siempre me ha gustado.
Prueba que uno está en medio del campo.
Esta madrugada llegué a La Plata. Me desayuné en un café donde dos
hombres silenciosos y grises jugaban al billar. Allí esperé que
abrieran los demás comercios. Tenía que comprar una valija y algo de
ropa. También debía ir a una farmacia: necesitaba medicamentos, un
cepillo de dientes, lo necesario para afeitarme. A las diez de la
mañana llegué al hotel. Es el Rocha. Me gusta porque tiene una digna
vejez. Se parece al Carrasco de Montevideo, aunque es más modesto.
Los pasillos y los cuartos están alfombrados, los baños son
amplios, relucientes, y tienen inmensas toallas blancas. Ha de
gustarme también porque evoca ciertas cosas de mi infancia y, como
todos, tengo nostalgia de esa época de la vida. De esta ciudad me
gusta además que las calles tengan números en lugar de nombres, y
los tilos, y el bosque, y el museo. Pero no saldré a caminar.
Almorcé en el cuarto y pasé toda la tarde con el auxilio de unas
novelas policiales que compré esta mañana. Ahora he pedido un whisky
porque son las ocho y media de la noche. He olvidado el miedo. Me
siento, podría asegurar, como si repentinamente y para siempre
hubiera dejado de estar escandalizado por ese sentimiento.
En
cuanto me traigan el whisky dejaré de escribir y seguiré leyendo.
También durante la mañana compré la libreta en la que escribo estas
líneas. Golpean la puerta. “Adelante”, digo.
II
Pero no era el camarero. Era yo. Debo decir que su sorpresa fue
evidente pero sólo se notó en su mirada. Tal vez confluyeron en él
simultáneamente demasiadas presunciones, dudas, comprobaciones y
otro tipo de sutiles entreveros entre la inteligencia, imaginación y
otros planos que obran dentro de los hombres para que se
sobresaltara, o para que manifestase algún modo de conmoción.
Quien hubiera visto la escena y no conociera la situación habría
pensado que mi llegada era natural, esperada. Lo único que podría
haberse interpretado como algo extraño era el hecho de que se
quedara tendido en la cama, sin inmutarse. Por fin me invitó a que
me sentara en el sillón que señaló con un pausado gesto. Creo haber
percibido que se sentía feliz de volver a verme. A mí no me faltaban
razones para que me estremeciera ese encuentro.
Golpearon la puerta. Entonces, esta vez con un gesto terminante, me
indicó que entrara en el baño. “Adelante”, dijo después. El camarero
dejó una bandeja. “Traiga una botella; ese whisky déjelo, pero
traiga una botella, y una jarra con agua bien fría, como siempre”,
agregó remedándome irónicamente “Perdón —dijo el camarero— creí
haber entendido...” “Una botella”, interrumpió con amabilidad
Jiménez. Salí del baño y bebí un sorbo. Lo necesitaba. Le pasé el
vaso. Por supuesto, no me había quitado los guantes. Le pregunté si
tenía armas y me contestó que no. “En cambio, usted viene a
matarme”, dijo. “Mi misión es recuperar el dinero y no dejar
testigos”, le contesté. Hubo un momento de silencio. Después le
pregunté dónde estaban los dólares y cuántos eran. “Unos
cuatrocientos mil. Están bajo el forro de mi gabán, cuidadosamente
distribuidos y asegurados en fajos regulares con costuras que los
mantienen en su sitio”, dijo sonriendo. “No pesan demasiado”,
agregó.
Nuevamente golpearon la puerta y yo volví a entrar en el baño. El
camarero dejó la botella y una jarra. “Deberemos seguir tomando del
mismo vaso —comentó Jiménez—; será bueno para usted que no
encuentren dos vasos usados”. Me senté en el sillón.
Era cierto que yo tenía que obtener el dinero. También era cierto
que el plan consistía en eliminar a Jiménez. Durante días venía
tratando de que se creara una situación ideal para que eso fuera
posible sin mayores riesgos. Planteadas así las cosas, lo razonable
hubiera sido que estuviéramos en un estado de dramática tensión.
Sin embargo, aunque ya supiera dónde estaba el dinero, aunque en mi
cartera tuviera el revólver con silenciador que debía servirme para
concretar el trabajo, aunque no hubiese la menor posibilidad de que
me vincularan con ese asesinato que debía producirse, tanto Jiménez
como yo estábamos no en la más dramática sino en la más ridícula de
las situaciones. Él, descalzo, con pantalones azules y una camisa
blanca, recostado en una cama. Yo, con guantes, bebiendo de su vaso,
sentada en un sillón. Por otra parte, aunque Jiménez no lo sabía, yo
tenía un cuarto en el Rocha, dos pisos debajo del suyo, de modo que
parecía, por lo menos para mí, una visita entre vecinos un tanto
peculiares más que el final de una fría e implacable persecución que
debía concluir con un homicidio y la recuperación de cuatrocientos
mil dólares.
Jiménez conseguía siempre dejarme perpleja. Ese hombre hostigado por
el miedo que intencionada y arteramente le habíamos despertado y
fomentado era, por ejemplo, capaz de demorar el cuidado de su
amenazada vida para agradecer mi amistad escribiendo una tarjeta. No
comprendía mi presencia en su cuarto de hotel; sabía, sí, que yo
estaba en ese lugar para matarlo pero, por sobre todas las cosas,
estaba feliz de verme y no lo ocultaba. De esa situación paradojal
solo quedaba indemne e iluminada su sorprendente humanidad. Por lo
que a mí respecta, ante su actitud me sentía conmovida y no
precisamente cómoda aunque tal vez también confusamente feliz.
Le
conté todo. Como él bien sabía, en el asalto al banco habían
participado sólo tres personas: Mauro, que dirigía la operación;
Jiménez, como entregador, y Bazterrica, quien resultó muerto en el
asalto mismo por el balazo de un policía vestido de civil. Mauro
logró huir. Jiménez había regresado a su escritorio del banco sin
que nadie sospechara su intervención.
El
dinero tomado de la única caja que pudo abrirse en el subsuelo del
edificio había quedado en manos de la policía o de Jiménez. En todo
caso, las noticias periodísticas daban por desaparecido el dinero,
pero eso podía ser cierto o una estratagema policial para
desorientar a los asaltantes con el propósito de localizarlos. Para
Mauro no existían más que dos sospechosos: la policía y Jiménez.
Unos días después del asalto Jiménez le había asegurado a Mauro que
cuando mataron a Bazterrica la policía se había apoderado del bolso
con el dinero. “Pero a Mauro —dije— le quedó la duda de que hubiera
sido usted, que conoce hasta los menores recovecos del banco, quien
se hubiese quedado con el bolso”.
“Sí —confirmó Jiménez—, escondí el bolso en una hornacina donde hace
unos años se guardaba una manguera de incendio y después, día a día,
fui sacando el dinero. El bolso ha de estar todavía en la
hornacina” .
Seguí mi relato. “Por esa duda Mauro nos contrató a mí y a un rufián
a quien le conseguimos unos documentos falsos a nombre de Samuel
Belaúnde. Usted le robó uno de esos documentos y con él se inscribió
en el Brisas del mar y aquí en el Rocha” .
Cuando nombré a Belaúnde advertí que Jiménez se sobresaltaba. Pero
se recompuso inmediatamente y con cierto desconsuelo dijo: “Para qué
habré leído tantas novelas policiales”.
“El tal Belaúnde —proseguí—, quien en estos momentos debe estar
preguntándose dónde estoy porque para seguirlo a usted no pude
esperarlo, era el hombre de sobretodo claro que apostamos en la
esquina de su casa durante noches enteras. Y cuando usted huyó
dejando las luces de su departamento encendidas (siempre
consideramos que no las apagaría si decidía huir de noche), Belaúnde
y yo lo seguimos en un automóvil. Primero hasta Retiro, después
hasta Constitución. Belaúnde dejó el sobretodo en nuestro auto y
tomó un pasaje en su mismo ómnibus. Yo, por mi parte, tenía por
obligación seguir al ómnibus hasta que usted lo abandonara y luego
seguir tras sus talones, cosa que hice. Así llegué al Brisas del mar
donde permanecí oculta. Después lo seguí hasta el Cruz del Sur.
Allí, en esa bahía, alquilé la casa que usted conoció y volví a
reunirme con Belaúnde. No podíamos deshacemos de usted en un
pequeño pueblo sin arriesgamos demasiado”.
Encendimos otro cigarrillo y volvimos a servimos de beber. Jiménez
hizo todos los gestos con cierto desgano y como alguien que recibía
acusaciones justas pero formuladas sin demasiada severidad.
“Usted, me imagino —continué—, durmió o leyó todo el día en el Cruz
del Sur. En cambio yo, después de alquilar la casa —cosa que
concreté en la mañana—, fui al bar del hotel cada dos o tres horas.
Dejaba el tapado en el mismo sillón (jamás se me ocurrió que usted
lo usaría para huir), lo dejaba, digo, para identificarme, para
aparecer como una frecuentadora del bar. Usted sabe, en los hoteles,
los empleados reconocen a cualquiera con pocas visitas al bar. Nadie
cuidaba mi tapado, pero después de mi tercera visita se sabía que
era mi tapado. Cuando nos encontramos en el bar, mientras
seguramente Belaúnde —que tiene una capacidad de sueño increíble—
estaría durmiendo en la casa alquilada, entre otras cosas porque no
podía dejarse ver por usted, yo ya era una “parroquiana” conocida
por los mozos del bar.
“Él y yo, quiero decir, Belaúnde y yo éramos los autores de las
llamadas telefónicas a su casa. Varias veces por día, cuando
sabíamos que estaba usted, marcábamos su número y cuando usted
respondía cortábamos la comunicación. Lo asediábamos. Teníamos claro
que si usted estaba en poder del dinero era preciso despertar su
miedo, y que si huía, tendríamos garantizado que usted estaba en
poder del fruto del asalto.
“Nada fue demasiado difícil. Entramos en su casa y dejamos
evidencias de haberlo hecho. Rápidamente obró en usted el miedo. De
haber seguido yendo al banco, donde nadie jamás puso en duda su
honestidad, hubiera sido un hombre con bastante dinero y hasta el
mismo Mauro habría terminado por creer en su inocencia. Solo los
necios creen que no hay crímenes perfectos. Todos los que jamás
fueron descubiertos lo son”.
“El suyo será perfecto —dijo Jiménez—; después de matarme huirá de
aquí con mi gabán como yo huí con su tapado. No dejará de ser casi
literaria la simetría”.
“No sea tonto —le dije con marcado disgusto—; sirva whisky y deme
otro cigarrillo”.
Jiménez no desconocía que lo más atractivo del género policial es
que permite al lector inventar una serie de soluciones no
necesariamente menos agudas que la que propone el autor. “Esta
situación —dijo Jiménez— vista como lo que es, un hecho policial,
ofrece múltiples finales. Ya hemos hablado de esto en el Cruz del
Sur. Le propongo que analicemos los posibles desenlaces que
tenemos”.
Yo
nunca he matado a nadie. Una cosa es tratar de recuperar un dinero
robado del cual obtendría una tercera parte y otra tener que matar a
alguien para obtener ese dinero. La tesis de Mauro era muy simple.
Cuando la policía detuviera a Jiménez éste acabaría por confesar
quién había sido su cómplice, de modo que sólo con su muerte se
garantizaría el secreto.
La
“diversión”, por así llamarla, que representaba el análisis de dos
buenos lectores de novelas policiales servía, entre otras cosas,
para demorar el horror de un final en el que Jiménez y yo debíamos
jugar papeles extremos.
Acepté la proposición. Los posibles finales eran varios.
Que yo lo matara y saliera del Rocha con su gabán sobre mis hombros.
De esa solución surgían nuevas posibilidades. Dividir el dinero con
Mauro y Belaúnde de acuerdo con lo convenido. Podía suceder también
que una vez entregado el dinero, Mauro y Belaúnde se aliaran para
despojarme de mi parte del botín. También podía ocurrir que Mauro
nos eliminara a Belaúnde y mí. Lo cierto es que después de haber
eliminado a Jiménez, yo sería una enemiga endeble: no es lo mismo
ser acusado de robar que de robar y matar. No había que desestimar
que después de eliminar a Jiménez, yo huyera con todo el dinero y
burlara a Mauro y a Belaúnde.
Cabía la posibilidad de negociar con Jiménez y dividirnos dinero.
Para mí era una buena solución porque sin haber matado a nadie me
quedaría con una cantidad mayor de dinero. En ese caso tal vez yo
también tendría que huir a Europa.
Jiménez inevitablemente tenía que morir o desaparecer en Europa. Yo
podía darle una parte del dinero para su huida y argüir ante Mauro
haber encontrado el gabán con, por ejemplo, doscientos mil dólares,
pero que Jiménez no había regresado al Rocha y le había perdido la
pista. En ese caso Jiménez tomaría una parte del dinero para huir.
Esa posibilidad no era del todo descartable porque no tendría ante
Mauro, ni ante mí, el peso de haber matado a Jiménez. Tampoco era
imposible, porque Mauro desconocía la cantidad exacta obtenida en el
asalto.
“Acaso —propuse— usted podría aprovecharse de un descuido mío,
arrebatarme mi arma y matarme”. “No sería necesario arrebatarle
nada —dijo Jiménez—, porque como usted verá le mentí; yo también
tengo un arma con silenciador —y al decir esas palabras sacó el
revólver que ocultaba bajo sus almohadas—. Pero no se alarme,
Marcia, no la usaría jamás contra nadie —y al decir eso arrojó el
revólver hacia el pie de la cama de modo que quedara cerca de mis
manos—. Lo que sí podríamos considerar —agregó no sin un dejo de
sorna— es la posibilidad de que yo me suicidara luego de escribir
una confesión de haber participado en el asalto con Mauro y
Bazterrica. Eso le evitaría a usted su tarea y le permitiría
quedarse con todo el dinero porque podría haberme perdido la pista
antes de mi llegada al Rocha”.
La
libreta fue encontrada en la cómoda de un cuarto del Rocha en agosto
de 19... Sin duda los textos de Jiménez y de Marcia responden
fundamentalmente a su compartida manía de la literatura policial.
Hoy se encuentra en el escritorio del dueño del hotel y sus páginas
han empezado a amarillear. Hay un breve agregado con letra distinta
de la de los protagonistas; dice así:
“No apareció ningún cadáver en el cuarto. Cuando me entregaron esta
libreta hallada en el que ocupó Jiménez, comprendí que mi deber era
entregarla a la policía; sin embargo, decidí no hacerlo. Tanto
Marcia como el hombre me parecieron, más que delincuentes, dos
personas acorraladas.
“Revisé los periódicos. Leandro Jiménez llegó al Rocha a los treinta
y seis días de haberse producido el atraco al banco. Todo lo contado
en estas páginas parece ser rigurosamente cierto. Jiménez robó al
banco y después a sus cómplices, con lo cual duplicó su riesgo.
Tengo la personal impresión de que con esas trasgresiones violó y
volvió a violar su naturaleza. Más tarde se encontró en la
encrucijada del miedo y se le abrió otra salida. Aspiro a que haya
optado por ella. En cierto modo me he hecho cómplice de mi propia
presunción. Preferí, entre todas, la hipótesis de que hubieran huido
juntos. No por aliarme a un fácil final feliz que nadie sabrá si lo
ha sido, sino por evitar el éxito del miedo, ese abominable percance
del corazón”.
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