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Fallecido a los cincuenta y nueve años, en plena y rica actividad
creadora, ese breve lapso le bastó a Vicente Fatone para
constituirse en uno de los más importantes filósofos argentinos,
notable docente de Filosofía e Historia de las religiones en la
U.B.A., rector y fundador de la Universidad Nacional del Sur (Bahía
Blanca), embajador argentino en la India durante 1958 y orientalista
por excelencia. Su labor como periodista, en la que predominó un
tono de lúdica exquisitez, tuvo como epicentro el desaparecido
diario El Mundo, en el que publicó ciento ochenta y dos
artículos misceláneos entre 1939 y 1947. No se puede pensar la labor
especulativa de Fatone sin que la acompañen los nombres de Plotino,
Meister Eckhardt, Angelus Silesius, Tauler o San Juan de la Cruz, en
la medida en que Fatone se reconocía incorporado a una tradición
singular y recortada: aquélla que elige la vía negativa que hace de
la nada el objetivo de una libertad suprema. Fatone definía la
experiencia religiosa con la fórmula del alemán Schleiermacher: el
sentimiento de dependencia absoluta; la mística, en cambio, la
define como la experiencia de la independencia absoluta. No es
gratuito que haya elegido el camino de la indagación mística aquel
que afirmó que “la libertad es la historia del pensamiento
argentino.” El retorno a lo hondo de un “sí mismo” es una de las
constantes del pensamiento de Fatone, cuya imagen privilegiada es,
precisamente, la del retorno: “Seres itinerantes, terminamos por
descubrir que todo viaje es un regreso: como el Simurg de la
alegoría persa, al fin del viaje nos encontramos con nosotros
mismos.”
Osvaldo
Gallone
POESÍA Y FILOSOFÍA
I.
LA ANTIGUA QUERELLA
Cuando se dispone a formular en La república sus acusaciones
contra los poetas, Platón le hace decir a su maestro Sócrates estas
palabras: "La querella entre la poesía y la filosofía es vieja." Lo
que Sócrates quiere, con esa aclaración, es disculparse: ¡no es él
quien inicia la querella! Y, para que no se interprete mal su
actitud, comienza por confesar el respeto que la poesía le merece y
el cariño que le inspira. La poesía era, ante todo, Homero.
Sócrates, como todos los atenienses, se había educado a través de
él. En su infancia y en su adolescencia, nada hubiera podido
objetarle. Las objeciones empezaron cuando empezó la gran lucha que
obligaba a no estimar a Homero más que a la verdad. El mismo
Sócrates lo dice. Y agrega que es una gran lucha, "una lucha más
grande de lo que pudiera creerse", ésta en la que se trata de
alcanzar a ser bueno, o no alcanzarlo. El joven que despierta a la
conciencia de ese problema ya no puede dejarse tentar ni siquiera
por la poesía. Ni siquiera por ella. Ése es el reconocimiento que
Sócrates hace de la altísima dignidad de lo que se dispone,
precisamente, a combatir. No hay que dejar que vengan a distraernos
—dice— ni la gloria, ni la riqueza, ni ninguna dignidad, ni la
poesía misma.
Sócrates continúa la querella que los otros filósofos habían
iniciado. Los poetas eran sabios. Heráclito había llamado a Homero
el más sabio de todos los helenos. ¿Quiénes se hubieran atrevido a
discutir eso? Ni aun el mismo Sócrates. Pero Heráclito había dicho,
también, que Homero hubiera merecido ser expulsado de las asambleas
y apaleado. ¿El más sabio de todos los helenos mereciendo ese doble
castigo, moral y físico? ¿Cómo hubiera podido justificar Heráclito
su paradoja? La justificó con una observación en la que está
enunciada la actitud general de Sócrates con respecto a los poetas y
a cuantos se creen sabios. Heráclito ya había dicho de Hesíodo (no
se atrevió a decirlo de Homero) que era un ignorante a pesar de ser
un sabio. "Creen que sabía todo lo que podía saberse de las cosas,
él, que no conocía el día y la noche..." La frase de Sócrates "lo
saben todo; sólo ignoran que no saben nada" acaso tenga su origen en
aquella actitud de Heráclito para con Hesíodo; es decir, en la
actitud de un filósofo para con un poeta. Y Sócrates, filósofo,
insiste en esa actitud, siguiendo también en esto a Heráclito.
La
otra acusación expresa importante, en la vieja querella, es la de
Jenófanes. Homero y Hesíodo han atribuido a los dioses todo lo que
entre los hombres sería objeto de oprobio y de vergüenza: robos,
adulterios, engaños. ¡Impíos, ignorantes que pretenden pasar por
sabios!... Y estos cargos, hechos a los poetas, serán después los
mismos que se les haga a los filósofos.
En
La república, Platón hace sostener a Sócrates la necesidad de
expulsar de la ciudad a los poetas. De una república se expulsa a
quienes significan un peligro, a quienes de alguna manera son sus
enemigos. ¡Los poetas, enemigos de la república! ¿Cómo se justifica
esa severa sanción ya dictada por los filósofos presocráticos? Un
ciudadano debe temer la esclavitud más que la muerte, dice Sócrates;
y las palabras de los poetas, cuanto más poéticas son, menos
convienen a los oídos de quienes deben vivir como hombres libres.
Los poetas son creadores de fantasmas, que alejan a los hombres de
la contemplación de las esencias, es decir, que los alejan de la
verdad. El poeta que describe la obra de un artesano es un imitador
de imitaciones, un copiador de copias; el artesano que construye su
obra está más cerca que él de las esencias, pues imita al Dios
creador que las crea; construye una obra que es copia de la obra
ideal. El poeta copia la copia hecha por el artesano. El orden es:
Dios; el artesano que lo imita; el poeta que imita al artesano. Los
poetas crean fantasmas y no cosas reales.
Por eso mismo, los poetas hablan de todo sin entender nada. ¿De qué
no han hablado? De medicina, de política, de guerras. ¿Y qué
remedios, qué leyes, qué teorías les debemos? En nada de cuanto
dijeron fueron útiles a los hombres. Los poetas imitativos eran, por
ello, hombres carentes de seriedad, que se entretuvieron en un juego
ocioso e inútil. Sus obras pueden encantar momentáneamente; pero su
encanto no es más duradero que el de esos rostros hermosos
simplemente por la juventud, que dejan de atraer las radas cuando la
juventud los abandona.
El
arte de esos poetas es el arte de charlatanees, semejante al de
quienes se complacen en el simple juego de palabras y también al de
los taumaturgos que ofrecen un juego de ilusiones que ni ellos
mismos creen. La poesía imitativa es el arte de la mentira y, por
ello, instrumento de la corrupción de los jóvenes.
Estamos hablando, aclara Sócrates en su requisitoria, como
fundadores de un estado, no como poetas. Y en tal calidad debemos
prescribir normas a los poetas imitativos, para que no eduquen a la
juventud en mentira, fuente de la injusticia. El poeta educa a los
hombres en la lamentación y las quejas fáciles, sin pudor y sin
coraje. Corónese a los poetas, vuélquense perfumes sobre su cabeza;
pero expúlseselos del estado. Sus obras sólo atañen a la parte de
nosotros mismos que más repugna a la sabiduría. Así como no son
veraces, no son saludables. La poesía es escuela de pasiones
nocivas, y fomenta esas pasiones debilitando la razón que ha de
gobernar a los hombres. A quienes— poetas o admiradores de la
poesía— sostengan lo contrario, Sócrates les pide que lo demuestren,
pero en prosa, como corresponde a toda demostración. Y lo que tienen
que demostrar es que la poesía además de agradable es útil al estado
y a la vida.
Y
si no pueden probarlo, lo que debemos hacer es lo que hacen aquellos
amantes que, a pesar de todo lo grata que es la pasión del amor, se
esfuerzan por apartarse de ella si advierten sus funestas
consecuencias. La pasión de la poesía, repite Sócrates, encantó mi
infancia; pero contra ese encantamiento hay que prevenirse cuando se
trata de .ser hombres libres. Y no se es hombre libre sino en el
ejercicio de la virtud. La poesía es escuela de corrupción porque —y
este argumento es de importancia capital en Sócrates— hace temer la
muerte. (Las citas, que abundan en el tercer libro de La
república, están destinadas a probar eso.) Los héroes
presentados por los poetas son, todos ellos, víctimas del amor a la
vida y del temor a la muerte. Sócrates sostenía que quien teme a la
muerte está perdido como hombre libre. La poesía, en definitiva, es
una aliada de la esclavitud.
Los poetas son, además, impíos. Los viejos filósofos los condenaban
por su irreverencia hacia los dioses. Sócrates insiste en esa
acusación, larga y hasta tediosamente; o aprueba cuando esa
acusación es formulada por su interlocutor. ¿Qué atrocidades no
habían atribuido los poetas a los dioses? El "buen Hesíodo" contaba,
de Uranos y Cronos, una historia que no era ciertamente para niños.
Esos dioses de los poetas eran dioses cuyas empresas de ninguna
manera hubieran podido servir de modelo a los hombres: dioses de
odio pronto, de pasiones violentas; dioses, en fin, demasiado
humanos. ¿No había llegado a decir Esquilo que Dios había implantado
el crimen entre los hombres? A Dios hay que presentarlo tal cual es,
y no sujeto, como cualquier hombre, a las alternativas del bien y
del mal. Esos dioses que cambian constantemente de forma, como son
los de los poetas, y que parecen complacerse en engañamos, no pueden
ser los dioses del hombre libre. Dios —Dios, no los dioses— es
absolutamente simple y veraz en acciones y palabras: no cambia ni
engaña con fantasmas y ni siquiera con signos. (Cuando los poetas
atribuyan a los dioses la mentira y hasta el crimen —concluye el
filósofo—, nos enfadaremos; y si se trata de un poeta trágico, como
Esquilo, le negaremos el coro necesario para la representación de su
obra. Porque el filósofo aspira a que quienes han de gobernar el
estado se asemejen a los dioses cuanto la naturaleza humana lo
permite.)
Éstas son, en lo fundamental, las acusaciones del filósofo contra
los poetas. Dirigidas en un principio sólo a los poetas imitativos,
terminan por abarcarlos a todos. ¿Y cuáles eran las acusaciones del
poeta contra los filósofos? El poeta Aristófanes es quien las ha
formulado con más eficacia, en Las nubes, ataque directo a
Sócrates.
Las acusaciones del filósofo, aunque presentadas —y ampliadas— más
tarde por su discípulo, fueron contemporáneas a las acusaciones del
poeta Aristófanes. Sócrates debió ser una antítesis popular en la
Atenas que vio representar Las nubes. Se asegura que durante
la representación, para evitar que el público se distrajese tratando
de ubicarlo en las gradas, Sócrates se puso de pie, de manera que
todos pudiesen verlo. Ésa era su respuesta silenciosa al violento
ataque del poeta. También aquel día Sócrates bebió, con dignidad de
filósofo, la cicuta que le había preparado y le alcanzaba el poeta.
Las diosas de los sofistas —de Sócrates— son, para el poeta, las
Nubes. A ellas se les podía hacer la misma acusación que el Sócrates
platónico hacía a los poetas. Las Nubes son imitadoras: ofrecen
copias de copias, fantasmas: imitan copos de lana, centauros,
leopardos, lobos, toros, ciervos, mujeres; y sus discípulos, los
filósofos, son, como ellas, creadores de fantasmas.
Hombres que están como en las nubes, los filósofos hablan de todo
sin entender de nada, o, lo que es peor, sin creer en nada.
El
filósofo, en cuanto sofista, podía fingir la defensa de cualquier
causa o de cualquier posición. Sócrates confesaba no saber nada;
pero ¿de qué no hablaba? En el diálogo entre el razonamiento justo
y el injusto —este último, símbolo de la sofística—, Aristófanes
quiere mostrar precisamente todo lo que hay de fraude en las
argumentaciones de los filósofos, y cómo ese fraude es la causa de
la decadencia de Atenas.
Los filósofos son, además, para Aristófanes, charlatanes.
Charlatanes de "vaciedades sublimes"; así llaman las mismas Nubes a
sus discípulos. Charlatanes "pálidos y descalzos". A los filósofos,
molinos de palabras, sólo les interesa triunfar en las disputas
verbales. Son los sacerdotes de lo inútil. Como los charlatanes,
como quienes peroran en las plazas públicas, carecen de la virtud de
la modestia: unen, a su charlatanería, la jactancia. En todo eso
educaba Sócrates a los jóvenes. Después de hacer que el joven cuya
educación le ha encomendado el ingenuo Estrepsíades escuche la
disputa entre los dos razonamientos, Sócrates promete devolverlo
hecho un perfecto sofista.
La
acusación de impiedad, formulada por el poeta contra el filósofo,
tenía más fáciles fundamentos. Muchas veces se la había formulado y
se la seguiría formulando. El filósofo no reconoce más dioses que
el Caos, las Nubes y la Lengua. Todos los demás son para él pura
ficción. Sócrates instruye así en Las nubes a Estrepsíades:
"—Es preciso que sepas que los dioses ya no tienen curso entre
nosotros." Estrepsíades pregunta asombrado: "—¿Zeus Olímpico no es
Dios? ..." Y la respuesta de Sócrates es "—¿Qué Zeus? ¡Tú bromeas!
No hay tal Zeus." El filósofo es el gran negador de los dioses.
¿Cómo no ver en él, entonces, a un corruptor de la juventud?
"La locura tuya y la de Atenas, que alimenta al Corruptor de la
juventud." Ésas son las palabras que el razonamiento justo dirige al
injusto en la obra de Aristófanes. La nostalgia de la antigua
educación, sentida y expresada por el razonamiento justo, contrasta
con el desenfado del razonamiento injusto. Los sofistas, los
filósofos, estaban educando a los atenienses de manera distinta a
como habían sido educados los héroes que supieron pelear en Maratón.
Sócrates, los filósofos, eran enemigos de la patria, por corruptores
de la juventud. Era necesario, por ello, librar de tales "monstruos"
a la patria. Fidípides, el joven cuya educación ha sido encomendada
a Sócrates, termina por apalear a su propio padre, haciendo seguida
esta reflexión: "Desde que Sócrates me ha hecho abandonar mis
aficiones predilectas, y me ha acostumbrado a los pensamientos
sutiles, a los discursos y las meditaciones, me siento capaz de
probar que he obrado bien maltratando a mi padre." E intenta,
efectivamente, probarlo.
La
escena final, en que el padre del joven se decide a incendiar la
escuela de los filósofos, resume las actuaciones del poeta.
Estrepsíades se lamenta de su necedad al negar a los dioses de
acuerdo con las enseñanzas de Sócrates; pide que se le perdone el
haber cedido a la fascinación de la charlatanería de los sofistas. Y
al prender fuego a la escuela, cuando le preguntan: "¿Qué haces?",
contesta: "Disputo sobre sutilezas con las vigas del techo. ¿quién
os manda ultrajar los dioses y mirar la luna?" Sus palabras finales,
mientras presencia la devastación de la escuela de los filósofos
son: "Paguen así todas sus culpas, y principalmente su impiedad."
Las acusaciones del poeta contra el filósofo son, pues, las mismas
del filósofo contra el poeta. Por lo menos, si no es total y si no
está formulada en los casos con el mismo lenguaje, la
correspondencia entre ellas es visible.
En
la Apología, Platón recoge las acusaciones del poeta, y hace
que Sócrates las resuma. Se lo acusaba de investigar las cosas de lo
alto y las subterránea no creer en los dioses; de defender como
buenas malas causas; de corromper a la juventud. Cargos triviales
—agrega— que ordinariamente se formulan contra los filósofos. Son
los poetas quienes así lo acusan. Ahí está Meleto, poeta, afrontando
el riesgo de calumnia. Y Sócrates no se olvida de aludir “ al autor
de comedias". Toda esa calumnia acaso no fuese más que una expresión
de resentimiento, pues Sócrates recuerda que, cuando el oráculo lo
declaró el más sabio de los helenos, se puso a interrogar primero a
los hombres de estado y luego a los poetas, para comprobar que "a
título de poetas se creían los más sabios en muchas otras materias,
si bien nada entendían”
La
antigua querella resultaba muy extraña. No había acusaciones a las
que se replicase con otras. Eran las mismas acusaciones, formuladas
por los poetas contra los filósofos y por los filósofos contra los
poetas. Eso significa que los poetas y los filósofos combatían lo
mismo. ¿No es Aristófanes un enemigo de los creadores de fantasmas,
de los ignorantes, de los charlatanes, de los impíos, de los
corruptores de la juventud? ¿No es Sócrates un enemigo, también, de
los creadores de fantasmas, de los ignorantes, de los charlatanes:
los impíos, de los corruptores de la juventud? ¿Platón no se limita
a repetir —a plagiar— a Aristófanes, presentando como novedades
acusaciones que eran viejas y que estaban dirigidas no a los poetas
sino a los filósofos? Estas acusaciones del poeta contra los
filósofos: y del filósofo contra los poetas, además de ser las
mismas, están fundadas del mismo modo: (tanto el poeta como el
filósofo formulan sus acusaciones en nombre de la moral. Y, para que
sean más impresionantes, el poeta elige al más grande de los
filósofos: Sócrates, y el filósofo al más grande de los poetas:
Homero.
Pero, igualmente, el poeta y el filósofo incurren en el mismo vicio
que combaten. Platón se contradice —hace contradecirse a Sócrates— y
también se contradice Aristófanes. Platón, después de condenar las
mentiras de Homero, termina por defender la doctrina de la "mentira
patriótica". ¡Es la mentira, y no la verdad, la encargada de salvar
en última instancia su República! La mentira es el privilegio que
Platón concede a quienes han de regir su estado ideal. La mentira
—dice— es un medicamento que debe ser usado por los médicos, no por
los profanos; si a alguien le corresponde mentir, es a quienes
gobiernan; ellos son quienes pueden y deben mentir, para engañar a
los enemigos o a los mismos ciudadanos, cuando el interés de la
República lo exija. Esto es lo que expresamente concluye el filósofo
que parecía haber venido enseñando la salvación a través de la
verdad. Las mentiras de los poetas no eran condenables en cuanto
mentiras, entonces; eran condenables en cuanto no eran patrióticas.
Un poeta era un mal ciudadano, simplemente porque mentía sin
distinguir la mentira nociva de la mentira saludable. Pero ¿por qué
reprocharles que no hubiesen sido legisladores, en vez de
agradecérselo?; ¿y por qué reprocharles que, alejándose de la
contemplación de las esencias eternas, fuesen copiadores de copias,
si luego se concluiría que había un bien alcanzable sin necesidad de
aquella contemplación, y mediante el simple recurso a la mentira,
recurso al que precisamente echaban mano los poetas?
Acusador del engaño poético, el filósofo introduce el engaño
filosófico, y termina por contradecirse. Pero también el poeta,
acusador del engaño filosófico, termina por contradecirse. "Paguen
todas sus culpas, y especialmente su impiedad", era la acusación
final de Aristófanes contra los filósofos. Pero esa acusación era
contradictoria con la conducta del poeta. Aristófanes era quien
había ido más lejos en la impiedad. El trágico Eurípides, que
parecía haberse unido a los sofistas llegó a decir: "los dioses...
si es que existen". Mereció por ello, como Sócrates — a quien llegó
a suponerse inspirador de obras de Eurípides —, las más violentas
acusaciones de Aristófanes. Pero éste, que parecía seguir creyendo
en la existencia de los dioses, los convirtió en seres demasiado
humanos. Hermes, el dios que hacía posible la comunicación entre los
dioses y entre éstos y los hombres, es, en las obras del poeta
defensor de la piedad, un correveidile venal: el campesino trigeo
puede sobornarlo con la dádiva de una simple torta. No tiene
nostalgia de su antigua grandeza, sino de sus vulgares banquetes de
"intestinos asados". Dionysos, el mismo Dionysos exaltado en Las
bacantes por el sofista Eurípides; es, en Las ranas del
poeta el defensor de la piedad, un dios miserable que se burla hasta
de su propio sacerdote (¡que estaba allí, entre espectadores,
asistiendo a la representación de la comedia!). El altísimo Zeus es
un simple Zeus vapuleado y con ese epíteto lo invoca Jantias,
compañero de Dionysos en el viaje de descenso a los infiernos.
Sócrates, víctima más tarde de las acusaciones iniciadas por el
poeta, se resolvería a beber la cicuta; y el dios Dionysos, que
interroga a Heracles en busca del camino más corto para descender al
infierno, la rechaza porque "con la cicuta se le hielan a uno las
piernas". Aristófanes, poeta, fue el gran impío que aceleró el
proceso de desdivinización de los dioses.
Pero hay otras contradicciones. Aristófanes no perdona al poeta
Meleto, que habría de ser casualmente acusador del filósofo: lo
junta con las meretrices, en Las Ranas. Platón había sido
atacado, también por los poetas, y hasta desde la escena; como al
maestro, se le acusó de hablar de lo que ignoraba, y de hablar
estúpidamente aunque prometiese la sabiduría. Platón se muestra
implacable con los poetas; ¡pero rinde a todos ellos su homenaje en
la figura del más mordaz de los detractores de la filosofía:
Aristófanes! ("Las gracias, que buscaban para sí mismas un templo
imperecedero, lo encontraron en los labios de Aristófanes." Su otro
gran homenaje a los poetas había sido cantar a la poetisa Safo y
declararla la décima musa.)
Platón había querido ser poeta. Se dice que aspiraba a competir con
Homero, el poeta tantas veces llamado el más sabio de los helenos. Y
ensayó la poesía y hasta habría compuesto una tragedia: él, que
reprocharía a la tragedia el que regase y diese vida a todo aquello
que hubiera sido preferible ver agostarse para siempre. Bajo la
influencia del teatro concibió sus diálogos Aristóteles le acusaría,
más tarde, de haber poetizado, entendiendo acusarle de no haber
sabido mantenerse filosofo siempre. (También Aristóteles dijo que
los poetas mienten mucho.)
Podríamos preguntamos si el Platón filósofo hubiese sido posible sin
el Platón poeta. O de otra manera —que es como formula la pregunta
Nietzsche—, si el filósofo Platón hubiera sido posible sin el poeta
Aristófanes. Releamos las palabras de Nietzsche: "Nada ha hecho
soñar tanto con motivo de la misteriosa naturaleza de esfinge de
Platón, como este pequeño hecho, felizmente recordado: bajo la
almohada de su lecho de muerte no se encontró 'biblia', nada que
fuera egipcio, ni pitagórico, ni platónico, pero se encontró un
Aristófanes. ¿Cómo habría soportado la vida Platón —una vida griega
a la cual había dicho que no—, sin un Aristófanes?"
Creadores de fantasmas, ignorantes, charlatanes, corruptores de la
juventud, impíos. Ésas eran las acusaciones de la poesía a la
filosofía, y por ello Estrepsíades, criatura de Aristófanes,
incendia "el pensadero", como llamaba a la escuela de Sócrates, para
librar de filósofos —de monstruos— a la ciudad. Pero ésas eran
también acusaciones de Platón —criatura de Sócrates— a la poesía; y
también por ello —exactamente por ello— se lo puede comprobar
releyendo los pasajes de La república contra los poetas— el
filósofo expulsa de la ciudad a los poetas.
La
actitud de Sócrates y la de Aristófanes no son tan contrapuestas
como la "vieja querella" podría hacer pensar. Sócrates, refiriéndose
a sí mismo, pronunciado la jactanciosa frase: "Dios me puso sobre
vuestra ciudad como un tábano sobre un noble potro para picarlo y
tenerlo despierto." ¿Y no hubiera podido, hasta con más razón, decir
eso de sí mismo Aristofanes? Sócrates, empeñado en mostrar que
quienes se creían sabios nada sabían, ¿está muy lejos de Aristófanes,
empeñado en mostrar particularizadamente lo mismo? Ni los
pretendidos sabios eran sabios; ni los pretendidos salvadores de la
patria, salvadores patria; ni los pretendidos maestros de la
juventud, maestros de la juventud. Eso es todo Aristófanes. Sócrates
y Aristófanes se disputaban lo mismo: ser considerados la conciencia
reflexiva de Atenas.
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