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“Ha llegado el momento de recordar al hombre que su ocupación
sobre la tierra no es la de vivir la vida sino la de vivir la lucha.
Y para luchar es necesario saber que el enemigo existe y que se
llama el Diablo.”
Ignacio B. Anzoátegui
I
Ignacio Braulio Anzoátegui fue poeta, activista intelectual del
nacionalismo católico, juez, ensayista, biógrafo burlón y aforista
vitriólico, quizás en ese orden. Y fue, ante todo, un creyente que
juzgaba a hombres y acontecimientos según la actitud demostrada ante
la fe y las sagradas escrituras. La fe de siempre, porque el Dios
sentimental erigido a imagen y semejanza del hombre moderno le
parecía una débil maqueta del verdadero. Quizás la Edad Media, época
a la que defendió y ensalzó, fuera el tiempo en el que le hubiera
gustado vivir, en tanto la imaginación social y la disposición
intelectual de Anzoátegui contienen a un cruzado. Su catolicismo era
tradicional y tradicionalista, muy lejano, opuesto en verdad, de las
renovaciones del dogma que el Concilio Vaticano II promovió en la
década de 1960 y que fuera objeto de su animadversión. Y ya en tren
de rechazos, también le repelían Lutero, Calvino, Mahoma, el
Sanedrín y Buda, e incluso Fray Bartolomé de las Casas, pues
Anzoátegui no era hombre de medias tintas.
Nació en La Plata, pero su familia llevaba siglos afincada en la
Provincia de Salta, sede de una aristocracia estancada en la época
de las aduanas secas; y si se remontan las ramas del árbol más allá
de América encontraríamos anzoáteguis en el país vasco. En un poema
dedicado a la fundación de la ciudad de Salta se la enaltece como
“aventura del catecismo y la espada, para gloria de una raza”. La
raza era la hispana y el catecismo, justificación y ennoblecimiento
de la espada. Se diría que su pluma asumía la forma de una cruz, o
de una pica clavada, porque Anzoátegui fue un autor belicoso que no
temía recurrir a las zonas más peligrosas del arsenal de la lengua.
Su estado mental era litigioso, como suele serlo el de los abogados,
que también lo fue, y por la Facultad de Derecho de la Universidad
de Buenos Aires, donde alguna vez llegaría ser profesor adjunto de
derecho civil.
La
característica de creyente dio confines a su obra e impulsó a sus
escaramuzas intelectuales. De esta primera asunción se desprenden su
preferencia por el revisionismo histórico y el nacionalismo
católico, tanto como su hispanismo atrabiliario y su feroz
antisemitismo. Un cristianismo que resulta ser, por momentos,
antediluviano, de los tiempos de maricastaña. De no ser por su gusto
por la paradoja y por su conformidad con formas modernas del
caudillaje, Anzoátegui hubiera merecido nacer mucho tiempo atrás,
cuando Cristo estaba en marcha, haciendo prosélitos y desembarcando
la buena nueva. El apolillamiento del mensaje divino por obra y
gracia del sacerdocio perezoso no le concernía, como tampoco era
suya la batalla por remozar la misa, el lenguaje y la ideología de
la Iglesia. “Peluqueros”: así estimaba a los obispos reunidos en
concilio por el Papa Juan XXIII, y a la clerecía “dialogante”
anteponía la iglesia militante. La fe custodiada por Anzoátegui era
la original, tan angustiada como entregada a la misericordia divina,
que sabe que también el diablo dispone de un lugar asignado en la
vida de la creación.
En
algunos pasajes y en algunos versos exponía una admiración casi
panteísta por la creación, a la cual imaginaba como un “complicado
parque de diversiones”, idea coherente con el Dios refulgente y
milagroso de la teología medieval, y no con el severo Dios de los
protestantes ni con el “Dios domador de circo” de los judíos. La
guerra de Anzoátegui oponía bloques espirituales uno contra el otro
—“el ruiseñor angélico contra el papagayo diabólico del paganismo”—
y la Biblia era su vara de medida. La idea al uso de “choque de
civilizaciones” ya estaba presente en los escritos de Anzoátegui,
entendiéndose que la civilización auténtica era la española y
ninguna otra, convicción que no le restaba fervor a la hora de
saludar, rememorar o defender a la Alemania nazi o la Italia
fascista, supuestos muros de contención del ateísmo: “es la guerra
del hombre redimido contra el hombre desesperado, del sueño
occidental contra la blasfemia oriental”. Lo dice en enero de 1946
durante una conferencia dada en la Escuela de Mandos de la Falange
Española. “Para equivocarse —decimos los antiliberales— es necesario
equivocarse apasionadamente, porque la pasión es la única
explicación del error”. No es seguro que el argumento le sirva a
Anzoátegui de excusa en su propio y magno juicio.
II
Fue el “niño terrible” de la derecha argentina. Caústico y
caprichoso, batallador y sarcástico, tajante e ingenioso,
intolerante e irreverente a la vez, se diría que redactaba con
estoque y al ritmo del sonsonete. Su idea de la crítica no supone la
disposición constructiva, muy por el contrario: “no respetar las
ideas ajenas sino cuando coinciden con las propias” era uno de sus
apotegmas, que no desentona con esta “florecilla espiritual” que le
servía a modo de máxima: “hoy mismo mandar a alguien al carajo”. Se
comprenderá que un talante en el cual confluyen la postura
beligerante, el empleo de la paradoja y una dosis de desparpajo haya
descollado en el arte de injuriar al adversario. Una vez localizado
el punto débil del afectado, Anzoátegui lo zahería con violentos
retruécanos o lo ridiculizaba a partir de un detalle vital,
refutándolo con mordacidad y malicia. Y a veces pegaba en el clavo y
otras veces era apenas ocurrente. El argumento de Anzoátegui es ad
hominem, y por eso sus ideas suelen acabar en exabrupto, y
viceversa. En tanto los retratados, o más bien condenados, eran
enemigos de su fe, una buena pizca de injusticia premeditada
interviene en el delineado de los prontuarios, que solían ser breves
y concisos. Cada “gran hombre de la historia” que comparecía ante el
tribunal de su conciencia estaba expuesto a escuchar un fallo
antojadizo, fundado en prejuicios abismalmente caprichosos o en la
normativa bíblica. Da la impresión de ser un centinela de la
cristiandad en estado de alerta existencial y predispuesto a
desenvainar, quizás el florete, que es el arma que conviene a un
estilista.
Se
desempeñó en la magistratura, entre 1937 y 1955, primero como
secretario de juzgado, luego como asesor de menores e incapaces, y
al fin como juez, en el fuero civil y en la Capital Federal. Había
escrito que “la tolerancia no es equilibrio, sino haraganería
humana”, y no vacilaba en tomar partido, en el entendimiento de que
únicamente su partido tenía razón, pues la Biblia no era para él
ficción sino verdad revelada. Y a los de enfrente, o se los
convierte o se los combate. El tono al que recurría era lírico si le
concernía la salvación, combativo cuando terciaba defender a la
cruz, burlón cuando hacía fintas en torno de un contemporáneo,
implacable al juzgar a los enemigos de otros tiempos, y bronco en
general. Se justificó a sí mismo: “a los personajes históricos los
tomo, sí, de la vida, pero al hacerlos míos, los hago ficticios”. No
tanto, pues los títeres que decapitaba actuaban sobre un tablado
político: “el circo es el mundo inhabitable que habitamos, circo que
los hijos de los payasos dirigen tranquilamente a sueldo de los
empresarios, olvidando que ellos son los hijos de los payasos”.
Aunque compartía con Gilbert K. Chesterton la imaginación paradojal
y con Friedrich Nietzsche el tono de furia sagrada, carecía del
espíritu de bonhomía y ecuanimidad del primero así como desconocía
el rango de problemas que abarajaba el filósofo alemán. El recurso a
la coloquialidad criolla o los rejuntes fantásticos por el cual
maestras normales, inmigrantes italianos y gorriones pueden ser
metidos en la misma bolsa a modo de descalificación transforma a sus
ensayos en obras ingeniosas y poco solemnes, pero sus temas son
siempre los mismos y, a fin de cuentas, monótonos. Su arsenal
lingüístico también termina por hastiar: hombrías de bien, señoríos,
valentías, hachas, espadas flamantes, revuelos de cuchillos, guantes
de hierro, varones entreverados, charreteras, fustas, cargas a
muerte, pistolas gatilladas, sin exceptuar a los regimientos de
ángeles lanzafuegos. Una vez escribió que “la rabia contenida es el
odio irredento”. La fábula parece hablar de él mismo.
III
“Sirvió para demostrar que se podía ser católico sin ser tonto”:
eso es lo que Anzoátegui dijo de la revista Criterio, en la
que colaboraba hacia 1930 y haciéndose de un nombre entre los
lectores de la prensa conservadora. Pero antes que la revista en sí
misma, y como rescoldo de su gestación, existían desde 1922 los
Cursos de Cultura Católica, a los que Anzoátegui rememoró al final
de su vida como baluartes contra la “heredosífilis liberal y la
chivatería masónica”. Los cursos eran fogoneados por Tomás Casares y
Atilio Dell’Oro Maini, y con ellos se pretendía dar forma a una
intelligentzia católica a fin de suplir la ausencia de un partido
político confesional, ambición siempre frustrada. La revista oficial
de los cursos se llamaba Ortodoxia, pero por ese tiempo
existían muchas otras publicaciones conservadoras, entre otras La
Fronda —casi perenne— y La Nueva República, donde
colaboraron los hermanos Irazusta, Ernesto Palacio y César Pico. Son
nombres que se repetirán y entrecruzarán en la historia intelectual
del conservadurismo, y cada uno abrirá diversos cauces a la revisión
de la historia argentina o incursionará, con suerte dispar, en
política. Ignacio Anzoátegui se integró al nacionalismo católico,
subæspecie “hispanista”.
Criterio
apareció el 8 de marzo de 1928, y se presentaba como una revista
literaria y de ideas dedicada a restaurar “la disciplina cristiana
en la vida individual y colectiva”. El director era Dell‘Oro Maini y
lo secundaban Tomás Casares, Faustino Legón y Emiliano Mac Donagh.
Allí publicaron Francisco Bernárdez, Jorge Luis Borges, Julio
Irazusta, Ernesto Palacio y Manuel Gálvez, y entre los ilustradores
sobresalía Juan Antonio Ballester Peña. Pero en enero de 1930 una
parte del grupo se escinde y funda Número, dirigida al
comienzo por Julio Fingerit y luego por un triunvirato conformado
por Osvaldo Dondo, Mario Mendioroz e Ignacio Anzoátegui. Era,
naturalmente, una revista católica, pero quizás menos dogmática que
Criterio. Se incluyeron ilustraciones de Héctor Basaldúa y de
Norah Borges. La revista desapareció con el número 24, de diciembre
de 1931, y no sin antes dar a conocer esos obituarios descarnados
que Anzoátegui luego recolectaría en Vidas de muertos.
La
generación de hombres argentinos que se dejó llevar por estos
afluentes creía que el mundo del liberalismo estaba caduco, y que
amanecía un “nuevo orden”. No eran los únicos. La “mano fuerte”
dejaba de ser un excéntrico requisito político de los
latinoamericanos, y Benito Mussolini, Adolf Hitler y Miguel Primo de
Rivera ya se habían encaramado en lo más alto, y por las malas. A su
vez, los intelectuales conservadores se remozaban y daban batalla en
dos frentes, contra liberales y contra izquierdistas. Anzoátegui
creía en “el mando ganado por derecho de mando y en la obligación de
mandar que tienen los hombres que saben mandar”, y en la
aristocracia, que sería “una virtud de la sangre que se transmite
por la sangre o que se conquista por el sacrificio de la sangre”. En
otras palabras, es un atributo de los pueblos —o de tiempos—
guerreros. Luego del 6 de septiembre de 1930 buena parte de esos
hombres adquirirían renombre y ascenderían a la función pública
junto al General José Uriburu (“todo un señor”), aún cuando el
pragmatismo posterior del presidente Agustín P. Justo decepcionara a
los idealistas del golpe de estado. También Anzoátegui asumió
funciones en el nuevo gobierno. Fue secretario de la presidencia del
Consejo Nacional de Educación, donde redactó el Digesto de
Instrucción Primaria, y luego secretario de la intervención nacional
al gobierno de la Provincia de Corrientes. Asimismo, fue
Subsecretario de Cultura de la Nación. Escribió: “una revolución es
un acto de cirugía política donde el bisturí es la espada y donde la
decisión de facto de un cirujano audaz suple la indecisión de
derecho de los críticos solemnes y enchisterados”. Y agregó: “nada
más antipatriótico que la legalidad en las situaciones de urgencia”.
Durante medio siglo Anzoátegui publicó en diversas publicaciones de
la derecha conservadora, entre ellas Sol y Luna, dirigida por
Mario Amadeo, a la que se integró en 1938. En esa revista, y en
1940, se publicó la siguiente y curiosa proclama, redactada por
Anzoátegui: “Acción Monárquica se propone instaurar en la Argentina
la monarquía absoluta hereditaria. La monarquía no es el gobierno de
un hombre imbécil que tiene un hijo imbécil; es el gobierno de un
hombre digno que tiene un hijo digno. Acción Monárquica no pretende
levantar un trono y llamar para ocuparlo al representante de una
familia más o menos degenerada: pretende preparar el advenimiento de
un dictador capaz de engendrar un hijo dictador”. La alcurnia debía
importarle, pues todavía en 1962, y prologando una antología de
Manuel Gálvez, enfatizó su pertenencia a la “aristocracia
americana”, y esto sin mencionar las guirnaldillas que aquí y allá
dedicó a la reyecía de tiempos idos. Ese panfleto tenía un tono
burlón, pues si verdaderamente pretendían un gobierno católico,
monárquico y corporativo, a la usanza gallega, se tuvieron que
conformar con Juan Domingo Perón. Es lo que había.
IV
En
1976 redactó estos versos a modo de homenaje: “Mientras la
oligarquía andaba a cuatro patas / pordioseando una libra y
empeñando el laurel / usted iba llenando los atrios de alpargatas /
y enseñando a los hombres a cumplir su papel / por eso en su memoria
yo me saco el sombrero y le llamo señor”. Es lo más parecido a un
arrepentimiento tardío. Se refería a Hipólito Yrigoyen.
V
Los enemigos de Anzoátegui eran legión: los liberales, los masones,
los franceses, el progresismo, los ingleses —de quienes admira su
irreductibilidad—, los protestantes, el romanticismo, los judíos, el
Concilio Vaticano, la época moderna en general, los homosexuales,
los anticonceptivos y no se excluyen los veraneantes pues, meditando
los dilemas tardíos de la España franquista, escribió que “el
turista es el agente de las enfermedades venéreas que minan el
espíritu de una nación”. Y a cada cual le tocó jugar un papel
villano y disoluto en su teatro de la historia ideal; de allí que
los juicios históricos y geopolíticos de Anzoátegui parezcan
gruñidos lanzados a contrapelo de los acontecimientos. O bien son
las condenas que un católico asesta a granel y a modo de ensayo
general de un juicio final, o son los brulotes de un temperamento
recalcitrante que no soporta su incapacidad para superponer su
ucronía política sobre la realidad del mundo. De modo que cada época
se corresponde con ascensos y caídas de la fe, y en cada una de
ellas vivieron hombres de mando, santos, traidores y meros pánfilos.
Roma fue un modelo político para la antigüedad, es decir un imperio,
y España —una vez expulsados los moros— lo habría sido para la época
moderna: “los árabes habían civilizado España para Mahoma y España
quería barbarizarse para Cristo”. La Edad Media declinó porque “los
caballeros se habían convertido en cortesanos y los pobres en
esclavos de los ricos”, lo que supone acusar a la buena vida y el
afán de lucro de estropear el retablo. Los acontecimientos que se
llevaron puesta a la Edad Media no pertenecerían a la historia de la
libertad pues “los reyes no se pierden por tiránicos; se pierden por
flojos, por no ser efectivamente reyes”, lo que le permite disentir
con el lugar común convenido acerca de la independencia americana:
“no fue América la que renegó de España, fue la metrópoli la que
renegó del Imperio”. Y el culpable de la cesación, faltaba más,
fueron los muchachos roussonianos, según lo especificó ante un
público madrileño y falangista: “nosotros seguíamos soñando con la
conquista de El Dorado y ustedes habían empezado a soñar con la
conquista de los Derechos del Hombre”. Cree incluso que para la
época de las invasiones inglesas Buenos Aires era la avanzadilla del
imperio y que estaba protegida de las tentaciones por el “Santo
Tribunal de la Inquisición”. Ignacio Anzoátegui era ultramontano.
Dijo de sí mismo: “Soy más papista que el Papa”.
La
Reforma fue un cuartelazo de curas y el Renacimiento, un aquelarre
colorinche; la Revolución Francesa es la “anti-Inmaculada” y
Napoleón era un badulaque prepotente, en tanto Don Juan Manuel de
Rosas, un césar olímpico; Francia siempre habría estado en contra de
Europa y, puesto que afiliada al judaísmo, también ha sido casera de
herejes; la supresión del velo de las mujeres árabes en la Turquía
moderna significó concederles “categoría de sufragistas recién
salidas de un harén”; la rebelión romántica no fue otra cosa que un
ataque epiléptico y la civilización moderna no vale más que los
adelantos sanitarios que trae aparejada, para no hablar de la
píldora anticonceptiva: “mil veces más digno es el preservativo, que
no exige la inicua complicidad de la mujer”. Apenas restaría un
vigía en Occidente y es el generalísimo Francisco Franco Bahamonde,
pero la esperanza de Anzoátegui en un “destino manifiesto” para la
raza ibérica es una apuesta a la irrealidad. Por entonces, España
era un paria hambriento y Hollywood apenas prestaba una desleída
atención a toreros y gitanas. Y los laureles ofrecidos a la “bravura
de Germania” y a las “algaradas carlistas” que nos salvarían de la
“media luna de la hoz manejada desde los infiernos siberianos” no
pasan de ser bravatas de cenáculo o bien partisanismo demoníaco. En
fin, en el siglo XX la añoranza no puede orientar a la política y
Franco fue uno de los primeros en despabilarse. Todo —la decadencia
y la grandeza de hombres y naciones— lo medía según la vara de la
eternidad cristiana, y por ello el paganismo mismo y primigenio no
habría sido otra cosa que un intento de reconquistar la armonía
perdida por el camino de la belleza. Darwin y su teoría de la
evolución le proponen un problema mayor, así resuelto: “prefiero
descender de Eva, que era una criatura perfecta, a descender de una
ameba, que es un bicho asqueroso y plebeyo”.
El
sentido de la historia es teocentrista —y etnocéntrico— y por eso la
conquista de América fue, necesariamente, un caso de redención
espiritual equivalente a una cruzada. Para la época, Ezequiel
Martínez Estrada y Héctor A. Murena, también ellos intérpretes del
destino de la nación argentina y de América entera, desgranaban un
rosario menos mítico y más desesperado. Por el contrario, para
Anzoátegui la espada, la cruz, el heroísmo y la asunción de la
muerte inevitable fueron los cuatro puntos cardinales de los
conquistadores. En fin, la sumatoria de elogios al desembarco
español se vuelve empalagosa. Un detalle que resalta y desentona en
este cuadro concierne a la patria del “Gran Almirante”, pues
Cristóforo Colombo era italiano —incluso, criptojudío— y sucede que
los italianos no eran más que “una plaga que Sarmiento trajo al
país” y contaminante de la sangre pura de Hispania. Se consuela
enfatizando que los hermanos Pinzón eran, ellos sí, españoles de
ley. Los conquistadores fueron, naturalmente, héroes, y conste que
el primer Anzoátegui de América había llegado a estas playas junto a
Pedro de Mendoza.
Una vez desanudado el cordón umbilical con España, cada uno de los
añicos americanos se forjó una “nacionalidad”, a la cual Anzoátegui
juzga indispensable e irrenunciable pues “la geografía es un
destino, como antes lo habían sido el castillo o las chozas en que
moraban los siervos de la gleba”. De allí en más, los organizadores
del país, todos ellos liberales, se habrían ocupado de arruinarlo.
La batalla de Caseros fue el parteaguas, el momento en que el país
se “mancó”. Inmediatamente antes, Juan Manuel de Rosas “tenía el
estilo militar y gozoso de los hombres que saben morir de frente
cuando la patria pide que se muera por un valor cualquiera”. El
hombre añora los tiempos de los caudillos fuertes y del grito de
guerra: “la patria, para ser patria, debe tener fiebre”. No importa
que el voto universal haya sido fruto de la conquista, el regateo o
la dádiva, para Anzoátegui los argentinos “conservamos todavía —a
pesar de la escuela pública y la radiotelefonía— el orgullo de
creernos un pueblo y no tan sólo un electorado”. Por cierto, el
profesor Anzoátegui había dictado Instrucción Cívica en el Colegio
Manuel Belgrano e Historia en el Liceo Normal nº 4 de Señoritas.
Ignacio Anzoátegui creía en la jerarquía natural de las clases
sociales, y en los derechos y obligaciones que se corresponderían
con cada una de ellas; entre otros, el de mandar para las clases
aristocráticas. Las declinaciones y elevaciones de clase conducen a
la inferiorización de unos y a la cursilería de los otros. El voto
no es el sello de calidad de la política: “el pueblo sabía elegir a
sus conductores cuando éstos eran, no sus amos, sino sus servidores,
cuando el pueblo no era el montón electoral sino la montonera”.
Palabras publicadas en 1953, cuando el General Perón era el
presidente y el país ya había tenido suficiente de conservadores. Su
defensa del pueblo contra el clasismo aristocrático no pasa de ser
una reivindicación de la jerarquía: “desconociendo a la multitud
como hecho se desconoce a los mejores el derecho de gobernar, porque
se desconoce la necesidad de que exista una clase gobernada por
aquéllos”. Es en ese año, y en sus Monólogos con Lady Grace, cuando
Anzoátegui concede que su clase social quizás carezca de derecho al
mando pues sus prohombres fueron momificándose en herbarios
fotográficos, cuando no en pequeños bustos de tintero antiguo: “y un
álbum no es un título suficiente para gobernar”.
VI
El
poeta Anzoátegui recurría a formas tradicionales de composición y la
temática era, en general, de índole religiosa. El prosista, en
cambio, era contemporáneo, y sus ensayos, espinosos como dardos. La
mayoría de éstos fue dispersado entre revistas literarias y
políticas del mundo nacionalista, pero también en PBT, Caras y
Caretas, Leoplán, Tía Vicenta y en El Hogar; en tanto
otros fueron reunidos en libro. Vidas de muertos, el primero,
se publicó en 1934, y una década después apareció Vidas de
payasos ilustres, que debe ser leído en espejo con el anterior.
De comienzos de los años cincuenta es Conversaciones con Lady
Grace, cuyo tono argumentativo es notoriamente menos agresivo
que el de sus antecesores. De tumbo en tumba y Allá lejos
y aquí mismo, que fueron a imprenta a mediados de los años
sesenta, son montajes de aforismos. De su devoción por España, el
hispanismo y el franquismo dejó testimonio en libros y folletos:
Tres ensayos españoles, Genio y figura de España, Extremos del
mundo, Olas y alas de España y Manifiesto a las juventudes de la
Falange, publicados entre 1938 y 1948, casi todos en Madrid,
donde era más apreciado que en Buenos Aires. Se le otorgaron algunos
honores: el tercer premio de la Comisión Nacional de Cultura, de
1938, por Tres ensayos españoles; y antes, en 1933, le había
sido concedido el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires por
Georgina Arnhem y yo.
Una serie de epístolas a una dama de nacionalidad inglesa no exentas
de delicadeza y cortesía constituyen los Monólogos con Lady Grace,
editado por EMECÉ en 1953. Es un llamado a la conversión de su
silenciosa interlocutora, protestante ella, una correspondencia
aleccionadora en torno a valores que deben ser defendidos: las
fronteras, Occidente, las multitudes, el clasicismo, la libertad, la
buena educación, el amor, el alma, la arquitectura y la vida; y
también la niñez, los gentiles, el ángel de la guarda y la
intimidad, defensas éstas más logradas. Menos convicción parece
poner en una defensa resignada del matrimonio, cuyo eventual fracaso
sería responsabilidad femenina: “ningún hombre se casa ya mal
marido, se hace mal marido, y en la mayor parte de los casos lo hace
su mujer”, idea solidaria con su convicción de que el hombre es el
protector “natural”. Todo el libro es un manual de conservadurismo
—del que no se exceptúan algunos puazos lanzados a su propia clase
social— aromatizado de galantería antigua, un tanto melosa y, en el
fondo, misógina.
Vidas de payasos ilustres,
publicado por primera vez en Madrid en 1948 y luego en Buenos Aires,
en 1954, resulta ser la correlación biográfica internacional de
Vidas de muertos —que contenía casi exclusivamente próceres
argentinos— pero los camafeos de ultramar tienen menos gracia y
agudeza que sus contrapartes nacionales. La recolección de payasos
se inicia con Sócrates, a quien sopapea tratándolo de mulato, obeso
y abortero. Anzoátegui, naturalmente, se sentía más próximo a los
sofistas. Siguen Poncio Pilatos, Francisco I, Calvino y Fray
Bartolomé de Las Casas, quien “por protestador, sirve al
protestantismo”. Corneille era índice de la decadencia francesa y
Voltaire, un viejo baboso y pervertido, un “empresario de sí mismo”,
y encima quien sustituyó el espíritu por el “esprit”: una
prestidigitación. De Robinson Crusoe dice que es “un Anti-Zarathustra
que vive en un manual de economía de Stuart Mill”. Después de
ajustar cuentas con Carlos III —“mariquete empolvado”— arremete
contra los relatos de Johann Christian Andersen porque esa niñez “no
es la del niño sino la del huérfano”. Rudyard Kipling le resulta
insoportable, en tanto Tolstoi —“plutócrata ensoberbecido”— tenía
una cara “imperdonable”. A cada cual, un epitafio. La editorial se
llamaba Theoria y sólo daba a conocer autores nacionalistas, en
tanto las ilustraciones del libro pertenecen a Ariel Fernández
Dirube y parecen extraídas de un manual escolar.
En
1966 Anzoátegui participó de la revista Azul y Blanco,
dirigida por Marcelo Sánchez Sorondo, en cuyas cercanías actuaba un
joven llamado Juan Manuel Abal Medina. Al año siguiente se integró
al Movimiento de la Revolución Nacional, comandado por el General
Carlos Augusto Caro y por Sánchez Sorondo. Es en estas
circunstancias cuando da a conocer sus dos libros de aforismos,
De tumbo en tumba y Allá lejos y aquí mismo, que
contienen opiniones enmarañadas sobre personajes, santos, políticos
y mujeres, unidos por el azar o el antojo antes que por cadenas
causales. Es un picoteo en la historia de Occidente, y justamente
“Martín Pescador” fue uno de los seudónimos que alguna vez usó. Pero
el contexto político argentino había cambiado mucho desde la década
del treinta: el país era una bomba de explosión retardada y todas
las palabras públicas venían con espoleta adosada. Justamente, De
tumbo en tumba incluye un prólogo titulado “fe de erratas”, en
el cual Anzoátegui solicita ser juzgado por sus propios prejuicios,
“a capricho limpio”.
Quizás sea mucho pedir: los momentos hilarantes del libro naufragan
entre denuestos y barbaridades que terminan por arruinar el día y el
estómago del lector. Anzoátegui evitaba el eufemismo y creía en su
derecho personal al insulto, que acaba siendo menos un arte del
carajeo que un catálogo de desprecios. Y un índex: Víctor Hugo es el
matón de su propia musa; Kafka, un petimetre de la angustia;
Martínez Estrada, una estatua aficionada a hacer declaraciones; los
positivistas, unos pajarones; la Enciclopedia, la ortopedia aplicada
al pensamiento; y así sucesivamente. No todos resultan ser
pecadores, y se esmera en la defensa de Camilo José Cela, Dálmiro
Sáenz, Graham Greene, Rafael Alberti y José María Rosa, además de
confesar su preferencia por Juan Filloy, Leopoldo Marechal y el
padre Leonardo Castellani. Y por Sara Gallardo.
Su
continua obsesión por las variantes de la corrupción de la carne
asombra, y también harta: adúlteros, garçonnières, prostitutas,
casas de citas, onanistas, queridas, lesbianas, mariconerías,
cortesanas, cornudismos, mujerzuelas, sifilíticos, damiselas,
eunuquismos, amantazgos, blenocracias y trafalgarismos homosexuales,
para no hablar de las lolitas, a quienes considera mujeres en estado
de “putefacción”. Íncubos y súcubos salían al paso de Anzoátegui,
poniéndole sobre aviso que existe al menos un mandamiento divino
difícil de cumplir. No carece de opiniones sobre estrellas de cine,
interés de largo aliento quizás, pues en un tiempo se dedicó a la
crítica cinematográfica. Le gustaban Sofía Loren, Audrey Hepburn,
Marilyn Monroe y Claudia Cardinale; no así Brigitte Bardot, quizás
porque era francesa. La preferencia por mujeres voluptuosas o
inermes es coherente con su desprecio por el feminismo, cuya
existencia estaría explicada a partir de “la despreocupación
femenina por la cama matrimonial”. La publicación del libro también
corrió por cuenta de la Editorial Theoria, en 1966, en tanto
Sudestada editó Allá lejos y aquí mismo, en 1968, con foto de
Anzoátegui en tapa, y con cara de pocos amigos. Y en aquel entonces
la Argentina era gobernada por un dictador católico, dañino y tonto.
VII
Todo Anzoátegui —el estilo, los temas, los odios— ya está en
Vidas de muertos, el primero de sus ensayos, y el mejor. Cuando
lo publicó tenía menos de treinta años, y ninguno de sus libros
posteriores pudo superar a esta obra de juventud. Se diría que la
confirmaron, al igual que lo haría una réplica. Almafuerte o José
Mármol, Amado Nervo o Bernardino Rivadavia, los hombres de la
historia que con tanto fervor Anzoátegui vituperó carecen
actualmente de lectores o defensores, algunos más y otros menos. Eso
no le hace mella al libro, que los ha sobrevivido y hasta concedido
un último halo de resplandor histórico. Son necrológicas escritas
sin anestesia o un santoral negativo poblado de réprobos y herejes,
sin faltar los meramente zopencos. Es, además, un ejercicio brusco e
impiadoso de crítica literaria. Y aunque muchas veces los juicios
estéticos de Anzoátegui se anclen —por todo fundamento— en el
capricho personal, también resultan ser un rechazo polémico y zumbón
de las formas de leer de su época.
Fue el único libro de Ignacio Anzoátegui en ser reeditado varias
veces. Tor lo editó en 1934; Ediciones Buenos Aires lo reeditó en
1940, con dibujo de Héctor Basaldúa en tapa; en 1954 la casa editora
sería Theoria, que volvió a imprimirlo en 1978. El libro incluía
varios dibujos ya publicados en la revista Número, con firma
de Basaldúa, quien anteriormente había ilustrado el primer libro de
Anzoátegui, Romances y Jitanjáforas, de 1932, y lo haría un
año después nuevamente con La niña del ángel. La cuarta
edición incorporó otros tres “muertos” a la galería de cera del
autor: Bernardino Rivadavia, Francisco de Paula Bucarelli y José
Ingenieros, a los que aplica el mismo tratamiento que antaño dedicó
a los otros, es decir más de lo mismo, y aún más. En el nuevo
prólogo Anzoátegui califica a Vidas de muertos como un “libro
gorila del ‘30, gorila nacionalista”, y declara no abjurar de sus
opiniones, a las que agrega esta vez elogios a Mussolini, augurios
de renacimiento fascista y nazi, y reiteraciones misóginas.
Vidas de muertos
fue copartícipe de una ofensiva antiliberal, puesto que el orden
político nacido luego de la Primera Guerra Mundial fue puesto en
cuestión —y bombardeado— desde distintos frentes. El fascismo se
publicitaba a sí mismo a modo de antídoto, pero también anarquistas
y marxistas promovían la remoción del orden social, e incluso lo
hacían los militantes de la fe, de cuando se la pronunciaba y
escribía con acento, que pretendían volver el mundo “a las fuentes”.
Anzoátegui se hacía eco de las tensiones intelectuales y políticas
de entreguerras a la vez que decapitaba a ídolos locales “con pies
de barro”, confluyendo entonces en ese parteaguas intelectual
conocido como revisionismo histórico, entonces en su despertar. La
cursilería, la “asquerosidad romántica” y el liberalismo son tres
crímenes aquí juzgados, y se hace escarnio —no sin cierta justicia—
de las composiciones en verso que ya en su época eran anacrónicas.
Pero cualquiera podría hoy poner tranquilamente en la picota a los
propios versos del autor.
Anzoátegui demolió numerosos bustos pero no se privó de enfatizar
las señas faciales, haciendo honor a la cachada fisonómica, al
gabinete lombrosiano, o al racismo puro y duro. Sarmiento era el
hombre “con cara de vieja”, Edison tenía cara de “abuela
anabaptista” y Schopenhauer, de pesimista; ciertos católicos ponen
cara de “bobería”; Francia es la “madama pintarrajosa”; Almafuerte
se parecía a Sarmiento “pero no tenía jeta de mulato”; Rivadavia
tenía por boca “un bife de lomo y pelo crespo”; Luis XIV parecía una
“señorona bombonófaga”, y los Borbones ibéricos eran anatómicamente
“unos flanes de grasa”. La forma elegida, es decir la efigie o
lápida tallada —y desfigurada— con puñal, tenía un antecedente local
inmediato: la revista de vanguardia Martín Fierro. Desde su
primer número, de febrero de 1924 y hasta 1927, la revista publicó
obituarios burlones (de seres idos, de contemporáneos, propios),
bajo los títulos fúnebres de cementerio, nichos, fosa común,
mausoleo colonial y epitafios. Pero el sayo de lapidario le cabe
exclusivamente a él, que elevó esa disposición intelectual al rango
de obra de arte, además de haberle sido fiel durante mucho tiempo,
pues a las “vidas de payasos” añadiría los aforismos de los años
sesenta, donde los bosquejos de personajes son tan breves y concisos
que tienta bautizarlos como “vidas de muertitos”.
VIII
Anzoátegui era antisemita, y de los peores: “cuando a mí me
preguntan ¿usted es nazi?, yo contesto invariablemente, sí, soy nazi
en el peor sentido de la palabra”. Admiraba a Hitler, tanto que en
marzo de 1945 renunció a la subsecretaría nacional de cultura por
causa de la declaración de guerra de Argentina a Alemania. La mayor
parte del repertorio antisemita está encapsulado en sus dos libros
de aforismos de la década de 1960, pero ya antes había muescas de
aversión en sus escritos, y también antes, a mediados de los años
cuarenta, había publicado en revistas dirigidas por el Padre Julio
Meinvielle, notorio enemigo del pueblo judío, o Hugo Wast, que
alguna vez fuera Director de la Biblioteca Nacional. Asimismo,
escribió para Cabildo, revista que no escatimaba el argumento
racista. No vale la pena buscar razones en sus palabras: son vómitos
que arrastran consigo paranoia política, racismo de clase alta,
prepotencia de niño bien de Liga Patriótica, ridiculeces de panfleto
y pasquín, horror ante el diálogo ecuménico, catolicismo de
inquisición e índex, y todo sazonado con misoginia, repulsión
ideológica e invectivas lanzadas contra otros pueblos, trátese de
italianos o de esquimales. Cada aforismo dedicado al judaísmo es más
abyecto que el anterior y al autor no le es ajeno un talento de
agitador de pogromos. Escribió: “para Dios el fin justifica los
medios”. Se creía educado y sensible, pero algo bestial late en su
pensamiento, algo caínita.
IX
Ignacio B. Anzoátegui había nacido el 25 de julio de 1905, en
democracia, régimen del cual descreyó y contra el cual escribió. Su
convicción de que todos los regímenes de gobierno —monarquía,
aristocracia, democracia— nacen de la autocracia no varió nunca. A
comienzos de la década de 1970 concedió que la crisis argentina
podría llegar a exigir de una salida electoral, “pero con la
condición de que ella sea intrínsecamente transitoria, hasta que al
país se le presente la coyuntura de elegir un dictador valiente,
honrado y pintón”. Unos años antes había escrito que “el valor sin
el aditamento del terror carece de la debida eficacia”. Anzoátegui
murió el 2 de abril de 1978, en Buenos Aires, bajo una dictadura.
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