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Quedaba en un paraje de mosquitos, de maderas podridas, de río. Las
circunstancias me habían obligado a vivir en esa casa extraña.
Del piso habían desaparecido algunas tablas y se
abría un boquete de más de medio metro. Para no caerme dentro
caminaba por el medio de la pieza. Como yo vivía allí desde hacía
poco, no había tenido tiempo para los peligros.
Era un sitio bastante claro. La claridad se metía por
el boquete para iluminar una escalera que llevaba al sótano o lo que
fuere, quizá lleno de ratas y de resacas algo inmundas. Si hubiera
tenido ganas de limpiar habría bajado a sacar las carroñas o los
bichos vivos dejados por alguna creciente. Pero mi espíritu estaba
intranquilo y ni siquiera había limpiado la gran pieza en la que
estaba viviendo; hasta había dejado colgando como grandes hamacas
los telones desprendidos del techo, esos que ya no se hacen más, tan
inútiles, tan estremecedores cuando empiezan a soltarse.
No sé en qué pasaba mi vida entonces porque no me
acuerdo de ningún sentimiento intenso, excepto del amor por Enrique.
Pero no había tenido la energía de prohibirle que
bajara al misterioso sótano, tan fuertes eran mi cansancio y mis
ganas de despreocupación. Él, allí, seguramente se divertía como
sólo puede hacerlo un ser nuevo y asombradizo. Un día se me ocurrió
que, entre ratas y sucias formas de la vida, debía de haber atrapado
lombrices. Así que busqué a un hombre de la zona, especialista en
bichos repugnantes, para que se las sacara. Llegó vestido con un
overall blanco, muy limpio, como uniforme de médico. Me asomé al
boquete del piso y llamé a Enrique que andaba correteando abajo.
Asombrosamente, obedeció y subió alegre el tramo de escalera rota.
Con orgullo miré al hombre. Uno siempre magnifica cualquier señal de
inteligencia de los que ama.
Enrique estaba contentísimo. Vaya a saber qué
podredumbres, qué maravillas mefíticas lo tenían tan entusiasmado
allá abajo.
El hombre se dispuso a darle su remedio, pero me
advirtió que se sentiría mal.
Enrique era mi amigo. No, mi hijo. El que me quería
incondicionalmente y dependía de mí para todo. Yo, que tuve tanto
asco de tantas cosas, no lo tenía de sus patitas sucias ni de su
pelambre refregada en sitios contaminados. Le gustaba ensuciarse, yo
lo amaba, luego era necesario que lo dejara ensuciarse.
Enrique y yo nos queríamos con un amor que dolía. Era
una tumefacción en el alma. De tanto como tuve, de tanta gente, lo
único que me quedaba era Enrique. Pero eso único era una inmensidad.
Entonces, ¿por qué salí, dejándolo solo con el hombre del overall?
Por algo tan tonto y tan inexplicable como la llegada de El Petiso
Fatum, que me invitó a pasear.
Yo nunca paseo por pasear. Es como decidirse a perder
vida. Hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero
paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en
busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en
los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen
pequeños agujeros por donde entren muchas cosas que normalmente no
pueden entrar porque las almas están demasiado cerradas. Pero,
¿pasear porque sí? ¿Y con El Petiso Farum? Simpático y divertido en
las ocurrencias que nacen de noche, entre mucha gente, pero incapaz
de exprimirle las posibilidades a una flor. Pese a eso;
increíblemente, salí con El Petiso Fatum mientras a mi criatura le
hacían ingerir drogas dañinas.
Nos metimos por entre la maraña de un paisaje tan
húmedo que parecía despedir vapor, y llegamos a una casa rodeada de
plantas, de verde, de sombra. Una gran casa oculta y chorreada de
verdín, de esas que tienen imán porque están como saturadas de
maleficio. Producen un miedo muy atrayente. El Petiso estaba pasando
allí algunos días, no sé por qué ya que tenía su casa en la ciudad y
era apasionadamente ciudadano. Habíamos abierto la verja y estábamos
por llegar a la puerta, cuando oí una especie de llanto lejano.
Quién sabe qué me impulsó a correr para acercarme al llanto. El
Petiso me siguió entre risas y comentarios que le quitaban el
aliento. Según él no se había oído nada. Y quizá tenía razón porque
debimos correr bastante hasta llegar a la casa donde parecía estar
el llanto.
Al revés de la que acabábamos de dejar, y aunque
estaba en un paraje lleno de verdor, era luminosa. La luminosidad
interna se distinguía por debajo de la rendija de la puerta.
Llamamos. Nadie contestó. Imposible entrar si no era por la puerta.
Las tapias de los costados no lo permitían. Saqué mis llaves y
empecé a probarlas. El Petiso se puso pálido.
—No se oye ningún llanto. ¿Te has vuelto ladrona y me
estás complicando? Me voy de aquí.
Pero se puso aun más pálido cuando oyó de repente el
llanto espantoso. Llanto, queja, alarido, todo eso era, más la
desesperación.
Fui siempre especialista en encontrar entradas
insuficientemente cerradas. Desde chica me he divertido en violar
casas de vecinos ausentes. Un único obstáculo tuve a veces; los
perros, tan defensores de lo que no les pertenece, tan del partido
de sus dueños, pobrecitos. Hasta he llegado a entrar en casas con
enfermos que ni se daban cuenta de que la familia los había dejado
solos; en casas con imágenes de Santa Teresita y rosarios gruesos,
negros y diabólicos; en casas llenas de jazmines del Paraguay que,
aunque no tienen un perfume exaltado, lo tienen, sí, extraño (casi
un no perfume, muy refinado). Y de repente, mientras hurgaba la
cerradura, me invadió el ansia de perfumes que siempre me ha
perseguido como si me señalara un camino.
Hablé para distraer a El Petiso, mientras seguía con
mi trabajo. Pero su cara trastornada rompió mi cháchara y me volvió
a la urgencia. Tenía que entrar en la casa. Lo había hecho antes en
tantas otras, atraída por sus extraños habitantes ausentes que
dejaban visibles sus ritos o por sus insólitos ensamblajes, ajenos a
las ordenanzas, rebeldes a cualquier prohibición opuesta a la
originalidad.
Por fin di con el resquicio que me permitió abrir.
Una casa rectangular y luminosa. Se entraba por un pasillo lindante
con los vidrios de la cocina que, a su vez, tenía ventanas hacia
otra calle. Y entonces volvimos a oír el quejido. ¿Quejido? Un
gemido rabioso, un aullido. Venía de afuera, de detrás de las
ventanas de la cocina que daban a la otra calle. Me precipité a
abrir una y algo huyó hacia abajo. El Petiso ya estaba junto a mí.
Me incliné a mirar y, con asombro, con desazón, casi con náusea,
descubrí lo que había afuera. La casa, al ras del suelo por donde
habíamos entrado, de este otro lado estaba sobre un terraplén
oblicuo de unos dos metros o más de elevación. Tirado en la calle
había un blando muñeco de trapo, bastante grande, con una pierna
doblada. A su lado aullaba el perro que quiso entrar en la casa
violada por mí o quiso algo que no comprendimos, quizá sólo ayuda.
En el balcón de la casa vecina, blanco y lleno de
sol, tres monjas cuchicheaban. Yo no apartaba los ojos de la calle.
—Está rabioso —dijo El Petiso en voz baja.
—Está hambriento.
—Y el hombre, borracho.
—No. Cuando yo me emborracho, Enrique no se pone a
aullar.
El Petiso me miró con curiosidad y quizá repugnancia.
—¿Te emborrachás?
—Sí. Sola y no en reuniones.
—¿Por qué has decaído tanto? ¿No te da pena?
Inútil contestarle. Era curiosidad de chismes, no de
vida. Mientras ahí abajo, en la calle, ¡qué desarticulado estaba ese
pobre hombre, qué pálido, qué vestido con bolsas en lugar de ropas,
como para que yo lo hubiese tomado por un muñeco de trapo! El
muchacho tirado y su perro, dos seres que se habían amado, que se
amaban seguramente todavía a pesar de la espantosa barrera entre
ellos. Porque no se podía dudar: sólo la muerte da actitudes tan
antinaturales como la que tenía el hombre caído.
Todo era tan blanco de este lado de la casa, como en
un paisaje de Andalucía, como si del otro lado no hubiera tanta
cantidad de sombra, de verdín, de agua oscura.
De repente, ese dolor que se elevaba desde la calle
me dio en el pecho y me sofocó.
El muchacho tirado ¿de qué había muerto? ¿De hambre?
¿De caminar sin esperanzas? ¿De tanto amar? ¿Cómo no supo que junto
a él tenía el amor? ¿Qué necesidad de un ser humano para vivir el
amor más desgarrador?
—Las personas son nada más que el instrumento para el
cuerpo de otras personas —susurré.
El Petiso estaba descolorido, entendiendo sólo la
muerte, sin entender la separación.
—El amor que rompe las paredes está en otra parte.
Tenemos casas para resguardar el cuerpo, tenemos cuerpos para
resguardar quién sabe qué belleza desconocida. Pero la resguarda y
al mismo tiempo la comprime, la domina, la retiene —hablé con voz de
llanto—. ¿Quién es capaz de romper las paredes del cuerpo?
Ya había algunos curiosos mirando al muchacho caído.
Todos parecíamos paralizados. Nadie actuaba. Y en el balcón vecino,
tres monjas comentaban pacatas el espectáculo.
—Hagamos algo —les supliqué—. Quizás esté vivo
todavía.
—Es la voluntad del Señor —dijeron, indiferentes.
—Pero quizá no esté muerto sino por morir —y pensé:
de una enfermedad tan pobre que la obliga a transportarla por los
caminos y la intemperie.
Ellas siguieron en su impasibilidad de monjas. Es
la voluntad del Señor. Entonces, dulcemente, les aconsejé:
—¿Por qué no cambian de Señor?
Se persignaron y huyeron a la desbandada. Yo entré a
llamar a una de esas instituciones nuestras que tardan tanto para lo
urgente y no llegan nunca para lo demás. Luego salí de la casa.
Arrastré a El Petiso en la gran vuelta que se precisaba hacer para
llegar del lado sombra al lado Andalucía.
—¿Así que te emborrachás sola? —mientras corríamos.
—Sí. ¿No lo ves? —sin dejar de correr—. Estoy
borracha de rabia. Otras veces lo estoy de música y tantas de
eternidad. Entonces Enrique se echa a mi lado y participa de lo que
me pasa. Pero para que te quedés contento, a veces me emborracho con
dos vasos de vino con frutas.
Y mi voz sonaba entre los lamentos que se desgarraban
en el aire y volvían a nacer en algo más hondo que la garganta del
pobre animal desesperado. Sus ojos, fijos en algún zodíaco lejano,
pero con lagunas del llanto de la tierra, estaban atados al espectro
del muchacho que seguramente se despedía de él en ese momento en una
estratósfera del alma inalcanzable para nosotros. El muchacho ya se
iba, derivando por las regiones privadas de los muertos. El perro
quería irse con él, y su cuerpo imperante le cerraba el paso. La
corriente de su desesperación era por minutos más intensa. El
muchacho se iba empapando de desconocido; el perro de desdicha
irreversible.
De repente, la mirada del perro cambió de lugar y de
expresión. Me miró a mí, y el horror pareció traspasarle los límites
de los párpados.
—Dios, Dios —dije—. No abandones al perro. Lo
recogeré yo.
Y salí corriendo mientras El Petiso me gritaba.
¿Quién era él para llamarme? ¿Quién era para haberme hecho dejar a
Enrique solo? Era nada más que el hermano de El Alto Fatum.
Corrí hasta sentir estrellas de plata ante mis ojos,
y sus duras puntas clavadas en un costado del cuerpo. Corrí
abriéndome paso entre estrellas de dolor, ya viejas conocidas, pero
nunca tan brutalmente desafiadas.
Entré en mi extraña casa. Yo no vi el espectro de
Enrique, como vio el perro el del muchacho, alejarse translúcido o
centelleante hacia los parajes de la disolución. Lo vi simplemente
muerto, enroscado alrededor de un dolor insoportable. Me eché a su
lado. Enrique, Enrique, mi amigo, mi criatura, te has muerto para
dejarme toda la libertad. Me lo contó la mirada de horror del otro
perro. Me dijo: la tristeza es ahora el pulso de Enrique, en eso lo
ha convertido tu abandono. ¡No! ¡No! quise contestarle. Le contesté
que no, Enrique, con los ojos, con todas las mataduras del alma. Te
dejé esta tarde a que te las arreglaras solo con tu enfermedad, pero
no sospeché que te morirías. No fue esta tarde cuando en realidad te
dejé solo, fueron todas las veces que te abandoné antes, hasta casi
olvidarte. Quizá creíste que volvía a abandonarte. El otro perro lo
sabía; a eso se refería su horror al mirarme.
Semejante a agua opaca y profunda se había vuelto el
bello color dorado de los ojos de Enrique. Junto a él, echada, y
casi sin darme cuenta, la barrera que nos separaba ahora, como a
esos dos pobrecitos de la calle, se deshizo y dejó de ser barrera.
Tuve una náusea, una sola, y no caí muerta porque ya había caído
antes de morir. Ya en el suelo estaba muerta. En seguida vi luces
titilantes en horizontes muy oscuros, sentí esa inmensa sensación de
felicidad que da volar en sueños, aunque lo hiciera por cielos
intermitentemente alumbrados, y después me encontré en este sitio.
Todavía tengo recuerdos de la tierra, pero ya algo me
golpea magnéticamente la cabeza para que no recuerde más que alguna
vez hablé con palabras, tuve la posibilidad de hacer algo con mis
manos y amé a Enrique en su desvalimiento de animal.
Estamos de nuevo juntos; Enrique y yo, él con su
cuerpo, igual a lo que era; yo con mi cuerpo, igual a lo que fue.
Enrique me quiere, me habla con palabras y yo contesto con extraños
sonidos, desagotados de significación para él, porque ya no puedo
hablar más con palabras. Me tiro en el suelo, a sus pies, y me quedo
en postura de esfinge, y él, desde el sitial donde está sentado, se
inclina a acariciarme el lomo desnudo. Me concede su tiempo perdido,
nada más, porque ya se le desencadenó el torrente de cieno que en la
tierra nos lleva compulsivamente hacia otro ser de nuestra especie y
nos obliga a descuidar a todos los Enrique del mundo. Sí, Enrique,
te dejé muchas veces solo allá en la tierra, no a causa de El
Petiso, con su borboteante insignificancia, sino a causa de El Alto
Fatum, su hermano, que me proporcionaba la risa y andanadas de
sensaciones. Pero no supe nunca que te estremecías como un astro
(igual que yo ahora) con cada latido de abandono. Te dejé muchas
veces solo a causa de El Alto Fatum, que al fin y al cabo no tenía
más que risa, inferioridad, mugre y un cuerpo que podía acoplarse al
mío.
No
entiendo este mundo en el que estamos ahora ni entiendo su cielo —si
es cielo esa especie de pesadilla que veo aquí—. Me desespera que no
comprendas lo que te dicen los escasos sonidos de mi garganta, que
no haya flores blancas de exaltado perfume, sino sólo vegetales con
olor amoniacal. Pero quizá dentro de poco algo cambie. Ya los
recuerdos de lo que fue antes empiezan a flotar como una tenue
columna sobre mi cabeza. En las nieblas que veo ahora —que tus ojos
no pueden distinguir— hay figuras que se parecen a la mía, y me
pongo a aullar de miedo por lo que te rodea y no ves. Enrique, que
te enamoraste de un cuerpo semejante al tuyo en este enervante,
extraño mundo, y que me abandonas a causa de él, antes de que pierda
del todo la memoria de lo que fue, te suplico que no me dejes como
te dejaba yo, con tanta soledad, con tanta hambre, durante tantos
días. Que no me dejes por un cuerpo de tu misma especie, esos que
nunca traen el amor sino la desgracia.
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