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Claribel Terré Morel

La muerte está servida


 

Claribel Terré Morell nació en Sancti Spíritu, Cuba, 1963 y está hace años radicada en la Argentina.

Estudió periodismo en la Universidad de La Habana. Dirige el periódico cultural cubano-argentino Fresa y Chocolate de Argentina.

Entre sus obras se citan: Archivo de guerra para mujeres decentes; Cubana confesión, La muerte está servida y cuentos como “Perverso ojo cubano”, publicado por la Editorial Bohemia (Bs. As.).

 


III

Hasta 1950 mi vida fue bastante ordenada. Si bien ya he contado que poco después de terminar la II Guerra Mundial en 1945 me quedé sin dinero y comencé a viajar arreglándomelas como bien pudiera, podía perfectamente decir en qué países y en que fecha había estado: España, Francia, Estados Unidos, México, Cuba, Estados Unidos.

Después de 1951 todo cambió. Seguí siendo pobre, mas me había reconciliado con mi situación, y exhibía mi estado como si fuera una virtud. Así estaba cuando, a punto de cumplir los 50 años regresé a América latina para no abandonarla más. La vulnerabilidad de sus fronteras siempre me ha permitido estar una semana en un país y en la otra, en otro. Cuando los supuestos impedimentos de la edad me indicaban que debía hacer pie en algún lugar, yo, como Einstein decía que el tiempo era un ficción, continuaba de largo.

La marca de mi viaje inicial a Europa, treinta años atrás cruzando un océano y dejando atrás un mundo, dejó en mí la impronta que luego suscitó la idea de otros viajes, como si ésa fuera una señal que luego se repite. Aquella partida inicial hacia lo desconocido me marcó una necesidad de llegar a alguna parte donde probablemente nunca llegue.

 

 

ARGENTINA

“¿Cómo hacen el amor los erizos?”, me preguntó Rajiv, un hindú algo infantil que conocí en Cayo Hueso, que se convirtió en mi compañero de viaje, minutos antes de embarcarnos y dejar los Estados Unidos. Ni su aspecto ni su mirada me gustaban pero por mucho que lo intentaba no lograba quitármelo de encima . “No sé”, le contesté tratando de seguir leyendo un hermoso libro de Rilke con el que me había acomodado en cubierta dispuesto a terminarlo. “Piensa”, me dijo, y yo pensé y respondí: “Con dolor”. Rajiv comenzó a reírse de tal forma que su colección de caballitos marinos, estrellas y caracoles se le escurrió entre las manos y se dispersó por la cubierta del barco que mitad pasajeros, mitad carga, nos conducía a ambos hacia la Argentina.

De cierta manera era mi vuelta a los pagos, aunque yo me había propuesto no cruzar el Río de la Plata y visitar Uruguay. Cuando Rajiv se cansó tratando de encontrar lo que había perdido y regresó, tenía mala cara. En sus manos sólo guardaba unos pocos caracoles. Entonces fui yo el que le pregunté: “¿Cómo hacen el amor los erizos?”. Y el me respondió” “Con cuidado”.

Con cuidado, fue la última frase que escuché en Cuba cuando me obligaron a salir de la isla y con cuidado es la frase que he seguido escuchado durante tantos años y la que acabo de escuchar hace apenas unos segundos. Para mi extrema complacencia nunca le he hecho caso.

Tras casi un mes de navegación volví al Río de la Plata. Me había ido joven, rico en dinero y pobre en conocimiento, y volvía viejo, más pobre que una rata pobre y más rico que el más rico. Volvía tras haber pasado por tres universidades en tres países distintos y por centenares de pueblos, y tenía la firme intención de comenzar a recorrer toda la América latina.

 

Buenos Aires es una ciudad camaléonica. Por donde camines encuentras semejanza con cualquier capital europea; París, si estás en La Recoleta, Madrid, si estás en San Telmo, pero su puerto era igual a tantos otros que había visto en mi largo peregrinar, por eso busqué alojamiento en una pensión barata rodeada de pequeños boliches llenos de marineros de todas partes del mundo y de simples parroquianos. En 1951 Buenos Aires también era una ciudad moderna y traidora.

Traté de contactar con Jorge Luis Borges, quien era amigo de Pedro Garfias desde que habían publicado un poema conjunto en Madrid. Garfia decía que Borges era un potencial suicida y gustaba de contar que cuando recién lo conoció éste ponía fecha tras fecha amenazando con suicidarse, lo que llegado el día nunca cumplía ante la risa de los demás, incluso de su propio padre, que cansados ya no le hacían caso. La costumbre parece que la siguió porque recuerdo haber leído por el 1983 en el diario La Nación de Buenos Aires un relato “Agosto 25, 1983”, en que profetizaba su suicidio para esa fecha exacta. Al preguntarle tiempo más tarde por qué no lo había hecho contestó lisamente: “Por cobardía”.

Garfias, que me había prestado el libro de Borges Las ruinas circulares (1940), acostumbrada a usar en sus conferencias la última parte de este cuento, que si mal no recuerdo dice así: “Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.

Luego, en medio de copas vacías y otras a medio llenar, cuando ya nuestros cuerpos no aceptaban más alcohol, Pedro se ponía a llorar con miedo de que el cuento de Borges fuera real y que llegado el momento uno no pudiera morirse en paz.

Durante varias semanas caminé las calles de Buenos Aires con la nota que Pedro Garfias le había escrito a Borges presentándome. Era una nota pequeñita escrita sobre una hoja de papel de envolver quesos que Pedro se había robado de un pequeño almacén mexicano y en la que escribió de prisa. “Éste es mi amigo Peyrallo, él sabe de laberintos más que tú. Pídele que te cuente de la Catedral de Chartres”. Al final le mandé la nota a Borges con un agregado estúpido. Debajo de la letra de Pedro escribí: “No tengo más tiempo”, y tiré la carta en el correo. No se si la recibió.

A Borges lo vi en otro de mis viajes a Buenos Aires.

Con el irónico, sarcástico y mujeriego poeta Oliverio Girondo y su esposa Norah Lange almorcé en un coqueto restaurante de La Recoleta una tarde en la que pude haber muerto de hambre si no fuera por su invitación. Para verlo invoqué a Pablo Neruda, de quien este también era muy amigo, y de Neruda hablamos un poco aunque también lo hicimos sobre Gómez de la Serna. Poco afecto al cotilleo estuve a punto de originar una situación incómoda al sacar de uno de mis bolsillos un cigarrillo y dejar caer el mensaje de Garfias a Borges. Yo ignoraba que la mujer de Oliverio, Norah Lange, había sido el gran amor de Borges, y que ésta lo había abandonado al enamorarse de Girondo. Por la cara de ambos algo me imaginé, y rápidamente cambié la conversación alejándola de la figura de Borges. Norah, que era una mujer muy bella con un hermoso cabello pelirrojo, supo romper el silencio que durante varios segundos se produjo para decir con innata coquetería que se le estaba cayendo el pelo y contarme que no era la primera vez que le ocurría. Dijo que de la pena cuando Oliverio se marchó a Europa se quedó completamente calva. Yo me reí, ella se rió y Girondo también y seguimos hablando de poesía y más poesía.

Sentados cómodamente después de un buen vino comenzamos a hablar de viajes y de nuestras respectivas estancias en Europa. Al bueno de Oliverio le gustaba definir a Europa como “algo podrido y exquisito, un Camembert con ataxia locomotriz”. Hablábamos en 1951, unos años después de que él hubiera publicado un relato llamado Interlunio que cuenta la llegada a Buenos Aires de un viejo y desencantado escritor europeo que huye de su pasado y se refugia en la poesía, un libro hermoso que ilustró con sus aguafuertes el gran pintor argentino Spilimbergo, y que él me trajo de regalo pidiéndome antes que no me sintiera ofendido si encontraba en él algo parecido a mi vida.

Recuerdo haberme reído con ganas y haber enarbolado, como tantas otras veces, mi condición de uruguayo. “Vos sos un uruguayo renegado”, dijo riéndose y yo asentí porque minutos antes le había comunicado mi decisión de evitar el Uruguay por un tiempo, no por falta de amor sino por cansancio, ocasión que aproveché para recitar un fragmento de un poema del propio Girondo que dice:

 

Cansado,

muy cansado

de este frío esqueleto,

tan púdico,

tan casto,

que cuando se desnude

no sabrá si es el mismo

que usé mientras vivía.

Cansado.

¡Sí!

 

Debo decir que los dos fueron muy amables conmigo, sobre todo él porque era un poeta conocido al que la gente aludía con respeto —había creado— y yo estaba limpio pero muy mal vestido. Cuando nos despedimos me quiso dar dinero, me dijo que era un préstamo pero yo me rehusé a aceptarlo.

Girondo me miró y me preguntó: “¿Y qué vas a hacer Félix cuando tengas hambre?”. Yo me sonreí y le respondí muy seguro de mí mismo: “Voy a mendigar”.

De Girondo siempre me han gustado sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, una obra que lo colocó en la vanguardia artística y que considero superior a Espantapájaros, publicada 10 años después, que obtuvo mayor repercusión no sólo por su calidad, que la tenía, sino también por su irreverente presentación. Girondo logró vender todos los ejemplares en pocos días y para ello utilizó una carroza funeraria guiada por serios lacayos que conducían un inmenso espantapájaros de dos metros de altura con galera, levita negra, pantalón rallado, monóculo y capa, por las calles de Buenos Aires dando publicidad al libro que luego era vendido por hermosas y poco vestidas señoritas, una manera de homenajear a quien fuera su maestro y amigo, Gómez de la Serna, que utilizaba métodos poco convencionales a la hora de dictar sus conferencias, alguna de las cuales dio vestido de torero o a lomo de un elefante con la cara pintada de negro en la palestra de un circo.

A Girondo le pregunté la dirección de Gómez de la Serna, quien se había marchado de Madrid en 1936 huyendo de la Guerra Civil casi en los mismos días que también lo hice yo. El animador de las famosas tertulias de Pombo y creador de las greguerías, desde entonces vivía en Buenos Aires. Amablemente Girondo me la apuntó en una pequeña hojita que arrancó de un pequeño cuaderno que llevaba consigo.

La casa de Gómez de la Serna quedaba en la calle Hipólito Irigoyen, donde dicen había imitado casi a la perfección su viejo estudio madrileño, pero nunca lo visité. Un día en el que había ganado cierta cantidad de dinero entré a un elegante comercio y compré una estilográfica con tinta roja que pensé llevarle de regalo, porque él tenía por costumbre escribir siempre usando ese color. Decía que era porque “la transfusión era más sincera”.

La estilográfica terminé regalándosela a Enrique Molina, otro gran poeta argentino de quien Octavio Paz escribió: “La poesía de Molina, como un cuchillo, nos describe, se hunde en la realidad”.

Molina fue marino en barcos mercantes y recorrió el mundo en la cubierta de un barco, que es una manera diferente de ver el mundo. Donde otros ven agua y tierra, el marinero poeta ve la vida. El único defecto que tenía Molina cuando yo lo conocí era que era demasiado afecto al surrealismo, un movimiento que ya encontraba viejo. Molina decía que la poesía existe sólo con el objetivo de cambiar la vida, que de no ser cierto esta premisa no era de ninguna manera poesía de lo que estábamos hablando.

 

Nos pasamos varias tardes bebiendo y hablando de mujeres en el café Florida que estaba en la calle Lavalle. La cicatriz en mi rostro que traía de mi paso por Cuba era muy visible, y él quiso saber en qué pelea de rufianes poetas me la habían hecho. Yo le dije que la culpa la tenía una mujer y ahí dejó de beber, puso las manos sobre la mesa y pidió que le contara. Al rato, las risas estentóreas de Medina y de otro gran poeta, Edgar Bayley, se escuchaban en todo el bar.

A Molina le gustaban las mujeres de piel negra y me preguntó si ésta lo era. Cuando le respondí que más bien era una mulata me pidió el nombre del prostíbulo en Guantánamo, por si alguna vez visitaba Cuba. Solemnemente juró que la buscaría para amarla, metido dentro de una armadura para evitar cualquier contratiempo.

 

EN TIERRAS DEL ORO VERDE

No sabía Enrique Molina que iba a hacerle caso fiel a sus palabras e iba a encaminar mis pasos hacia Misiones. Me fui como se fueran en 1903 Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, juntos, en busca de la selva, a las ruinas jesuíticas de San Ignacio Miní. Yo iba solo pero también iba con ellos. Tuve la buena suerte de que un camionero me llevara de compañero hasta Entre Ríos, de allí tomé otro camión y pasé por Corrientes, pero al llegar ya a la provincia de Misiones el transporte comenzó a escasear e hice la mayor parte del camino a pie. Cuando mis pies cansados se negaban a sostenerme hacía un alto, me tendía sobre la tierra y sacaba los libros de Quiroga, Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva (1919), El salvaje (1920), Anaconda (1921) y El desierto (1924), y me ponía leer. Lamentablemente de Lugones sólo pude comprar uno que no me sirvió de mucho. Y digo servir porque yo pretendía entender la selva sin haber entrado a ella.

No puedo explicar la belleza de un lugar como Misiones, ni siquiera describir cómo es su gente porque no lo lograría. Hay que vivir en el calor húmedo de esa tierra para entenderlos, y después de entenderlo, tratar de no morir angustiado por esa comprensión. En los libros de Quiroga está una vida descarnada y triste, una vida entre el peligro y la mansedumbre de los días en que la soledad es una y es mucha. La selva puede matar y lo hace, y para eso no necesita de sus víboras venenosas y de sus animales salvajes, la selva te mata metiéndose entre tus huesos y te mueres de hambre, o por el trabajo fatigoso, y también te mueres embrujado como le pasó a Quiroga y como le pasó a su primera mujer y a otros que conocían allá, como también me pudo pasar a mí, sólo que yo escapé antes.

Llegué a la quietud de San Ignacio de mañana, y en esa misma mañana me conchabé como hachador porque no encontré trabajo en la plantaciones de mate. No quería ser un hierbatero pegado a la tierra roja en busca del oro verde, pero necesitaba dinero y estaba cansado de comer pescado que sacaba de las fecundas aguas del río Paraná. Bastaba tender las redes que me había agenciado a cambio de una conferencia sobre Hemingway y El viejo y el mar que di en un pueblo de pescadores, los que dejé felices con la historia del hombre que se sobrepone a su destino, y las sacaba llena de bagres, patíes y unos peces dentudos y espinosos que se llaman tarariras.

San Ignacio era un pueblo tranquilo con algunos visitantes que como yo llegaban esporádicamente atraídos por las ruinas jesuíticas. Había mucha hambre y mucha penuria en todo los alrededores. Intenté dar algunas conferencia sobre Horacio Quiroga, pero no tuve éxito y comencé a levantarme durante casi una semana a las 4 de la mañana. Bajo el calor y las picadas de los mosquitos y el profundo escozor que producen las garrapatas corté leña hasta el anochecer hasta que mis manos se convirtieron en un solo callo amarillo. Evité dormir con los otros hacheros, demasiado taciturnos para mi gusto y pocos amigables con los extraños, e improvisé en un claro del monte enredado de vinales una cama bajo un toldo de arpillera al que cubría como podía con hojas y algunas de mis pocas ropas. Nada podría evitar que en mi soledad fuera presa fácil de una de las temibles víboras coral o de un yaguareté hambriento, ni siquiera las espinas de los vinales, filosas como puñales, pero si algún animal se me acercó, yo no me enteré o ellos huyeron ante la miseria de mi cuerpo.

Recorrí varias veces la que había sido la casa de Horacio Quiroga, lamentablemente abandonada a la muerte de su dueño. Y, con miedo a quedarme mudo, ante la ausencia de palabras recité de memoria algunos fragmentos de uno de sus cuentos. Me escucharon en silencio un niño y su gato, también una mujer que vestía pantalones, botas de montar y llevaba una pistola en la cintura, la misma que al escucharme contar el primer párrafo de “La gallina degollada”: “Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta…”, comenzó a reírse y se marchó ladeando la cabeza y repitiendo una única frase: “Otro escritor loco. Otro más”.

 

Apalabré un trato con un vendedor de ramos generales. A mi regreso yo le daría toda mis ropas, incluso mi único par de zapatos, a cambio de dos botellas de una infernal grapa. Como aceptó, decidí visitar la ruinas de la reducción de los jesuitas y quedarme a dormir allí.

Nadie se prestó a acompañarme. Los pocos paisanos a los que intenté convencer hablaban del lugar con temor. “No se quede a dormir, señor —me dijeron— que la maldición le va a entrar”. Pero yo igual fui. Me adentré por un pequeño bosque hasta llegar a los restos de la reservación jesuita.

Sabía que la reducción había sido fundada en 1767 por misioneros de la compañía de Jesús y que ésta había sido una de las más prósperas hasta el momento en que los jesuitas fueron expulsados. Estando en Buenos Aires discutí con un conocido acerca del mito de estado o república jesuita. Ambos habíamos estado de acuerdo en que el miedo a la esclavitud había sido una de las causas de la aceptación entre los guaraníes de estas misiones, y nos habíamos deleitado conversando sobre la personalidad de Ignacio de Loyola, el fundador de la orden que, como yo y mi conocido, también había sido discípulo de la Sorbona.

Otros datos específicos me los proporcionó un maestro de la Capital que estaba de vacaciones en San Ignacio, con quien pude conversar largamente, a falta de otros interlocutores y que me prodigó un afecto sincero, a medida que le iba poniendo al corriente de quién era yo y qué era lo que había ido a hacer allí. A la vez que me contaba sobre las ventajas de cambiar el alcohol por el mate, la hierba considerada el oro verde en la Argentina, se complacía en advertirme que en el momento en que los jesuitas son expulsados, en la Reducción habían más de tres mil indios que convivían con muchos animales, 33.400 vacas, 1.409 caballos y más de 7.356 ovejas, entre otros.

Laureano Porto, que así se llamaba, provenía de una familia yerbatera con varias hectáreas dedicadas al cultivo del mate. Profundo conocedor de las características de este cultivo, supo también alabar a los jesuitas por haber dado a conocer su uso y se largó a una amena explicación sobre cómo se debe cebar un buen mate, explicación que obvio porque no creo de mucho interés si no se practica el mateado.

Cuando llegué a la Reducción, hoy Patrimonio de la Humanidad, no pude dejar de sorprenderme. Era un día hermoso. El sol alumbraba las viejas construcciones con delicadeza y hacía aún más penetrante el olor de los limoneros que crecían sin ayuda. Vi que a pesar de los siglos transcurridos, el aspecto de las ruinas no era tan terrible como me había imaginado y esto se debía no sólo a la pericia de sus antiguos constructores que sin utilizar argamasa alguna lograba un perfecto encastre de la piedra sobre la piedra sino también a que hacía muy poco tiempo habían concluido algunos trabajos de restauración.

La iglesia con sus 24 metros de largo y sus 74 de ancho sobresalía del resto del conjunto. En la Plaza Mayor me detuve largamente ante unos restos que evidentemente formaban parte de un reloj de sol. El colegio, los talleres y algunas de las casas donde vivían los indios permitían hacerse una idea bastante acertada de cómo era la vida en aquellos lejanos años, aunque las piedras usadas en la construcción, principalmente las que daban paso al portal de Acceso al Baptisterio estaban muy dañadas por el paso del tiempo.

 

Los indios y los jesuitas aprendieron a vivir juntos —no sé si a gusto, pero lo hicieron— y en San Ignacio cultivaron la tierra, criaron ganados y desarrollaron el comercio y las artesanías. La rica tierra misionera fue fértil y pródiga no sólo en yerba mate sino también en maíz, mandioca, batata dulce, caña de azúcar, legumbres, almidón y tabaco. A cada familia indígena los jesuitas les otorgaron una parcela de tierra para el cultivo que era denominada abá-mbaé o “propiedad del indio”, su explotación era controlada por los misioneros quienes vigilaban el trabajo de los guaraníes. La parte de las tierras pertenecientes a la colectividad era llamada Tupá-mbaé o “propiedad de Dios”. Los indios cultivaban por turnos esos terrenos comunales y lo que obtenían lo dedicaban a cubrir las necesidades de todos, pagar el tributo al Rey, y ayudar a los que no podían valerse por sí mismos. La ayuda incluso llegaba a los pueblos de los alrededores.

Los jesuitas, la mayoría con sólidos conocimientos de arquitectura, ingeniería, medicina, entre otras especialidades, crearon talleres donde los nativos aprendieron una serie de oficios y donde fabricaron desde vajilla hasta instrumentos musicales y donde también olvidaron las prácticas ancestrales de su cultura, entre las que la poligamia y la desnudez era bien aceptadas. Los misioneros desterraron sobre todo a los hechiceros y condenaron al olvido las practicas de hechicería, aunque mantuvieron viva la lengua guaraní y la presencia del cacique, a quien elegían democráticamente entre todos.

Para hacer comprensible sus enseñanzas, éstos también se valieron de diversas manifestaciones artísticas en las que incluyeron el canto, la pintura, el teatro, la escultura y la danza, además de enseñar a leer y a escribir a los niños.

En todo esto pensaba mientras caminaba por lo que fuera la Reducción y me volvía a detener en las largas hileras de viviendas indígenas con sus puertas y ventanas abiertas para siempre. Me quedé largo rato contemplando el barroquismo de los ángeles, las palomas y las flores sobre la piedra labrada y sobre las maderas, únicos sobrevivientes de un tiempo tan lejano, con un pesaroso sentimiento contradictorio que me hizo derramar algunas lágrimas que seguro habrían hecho reír a mi condiscípulo de la Sorbona, más interesado en saber el destino de las grandes riquezas en oro que se suponían atesoraban las misiones.

Cuando llegó la noche me tiré a dormir bajo un árbol. Pensé hacerlo dentro de una de las casas, pero desistí de la idea. Estaba muy cansado. Me dolían las piernas y de varias de las heridas que me había hecho durante la última parte de mi viaje salían gusanos blancos que yo me limitaba a retirar de mi cuerpo con una pequeña ramita. Me dormí cuando oscureció del todo arrebujado en una manta. No creo haberlo hecho durante mucho tiempo cuando me despertaron los aullidos desconsolados e intermitentes de un perro. No había visto ningún animal por los alrededores. Ni uno solo, ni un pájaro, ni una simple mariposa, o una pequeña hormiga. Era algo que me había llamado poderosamente la atención porque entre los barrizales con los que me tropezaba durante el camino sobresalían rastros de garras de diferentes tamaños. Me cansé de mirar en la oscuridad. Había luna pero no alumbraba demasiado. Nunca he sido un hombre cobarde, pero confieso que sentí miedo. El perro seguía aullando y el aullido sonaba cercano. Comencé a recordar el miedo de los viejos del pueblo cuando aullaban los perros presintiendo que a algunos de ellos le llegaba la muerte. Recordé mil y una leyenda sobre el poder que se les atribuye a las maldiciones indias. Destapé la primera botella de grapa que el almacenero me había fiado y me la tomé casi sin respirar. Abrí la segunda y no paré hasta terminarla. Tenía fiebre y temblaba. No estoy seguro de las horas que pasé en ese estado, tampoco recuerdo cómo ni cuándo regresé al pueblo. Lo único que recuerdo de aquella noche son varias manos que me acomodaban la improvisada frazada y que pasaban paños húmedos sobre mi frente.

Recobré el conocimiento tendido sobre unos trapos en casa del almacenero. Abrí los ojos y le di las gracias creyendo que éste, preocupado por mi tardanza, había ido en mi busca, pero él dijo que no tenía nada que agradecerle. Entonces miré a los dos hombres que también estaban en la habitación y que por sus rasgos bien podían ser descendientes de los primeros guaraníes, aquellos que poblaron la misión jesuita, pero éstos negaban con la cabeza.

El almacenero se rió:

—No, señor, los indios no tienen nada que ver. Usted lo que vio fueron los fantasmas del Padre Cataldino y el Padre Massera, los fundadores de San Ignacio Miní. A ellos les gusta vagar por la reservación, sobre todo al padre Massera. Usted no es el primero al que cuidan.

Yo me empecé a reír como un loco y no porque creyera en fantasmas porque si no eran alucinaciones lo que yo había visto tenía que convenir en que tenía muy mala suerte porque, amante como he sido siempre de la literatura, me hubiese gustado mil veces más haber conversado con el fantasma de Horacio Quiroga y no con el de los dos religiosos, por muy interesantes e históricos que éstos fueran.

 

Enojado con mi mala suerte decidí seguir camino y enfilar rumbo al sur. En medio de la selva la idea de visitar los hielos antárticos y el faro del fin del mundo comenzó a ocupar todos mis pensamientos, pero antes pasé por el impenetrable Chaco y luego me detuve en la provincia de Mendoza, desde donde crucé a Chile.

 

EN EL IMPENETRABLE

En un camión lleno de maderas salí de Misiones y entré en el Chaco. El paisaje era muy parecido al de Misiones y mi viaje se hacía extremadamente lento por la ausencia de caminos convencionales y el peligro de caminar a ciegas entre la selva, lo que me obligaba a retardar mi viaje en espera de providenciales compañeros de ruta.

Mientras pensaba en la muerte y en el absurdo paso del tiempo, no dejaba de recordar a Carilda Oliver Labra, a quien imaginaba en Cuba felizmente casada con Hugo Ania.

En uno de los pueblos por donde pasé me había vuelto a hacer de un libro que para mí era muy importante: Werther, de Goethe. Lo leía una y otra vez y casi me lo sabía de memoria lamentándome por las similitudes entre la vida del personaje, del propio Goethe y la mía. Si él había conocido a Carlota Buff y se enamoró de ella de inmediato, a pesar de que ella tenía novio, lo mismo me había pasado a mi con Carilda. Carlota también le dijo a Goethe que de ella sólo podía esperar amistad y él, como yo, fue obligado a marcharse lejos. Sólo que él escribió un gran libro inspirado en su historia con ella y yo apenas podía leer ese mismo libro sin sentir ganas de llorar. En mi inmensa desolación planeaba guerra ridículas contra las mujeres cuyo nombre empezara con C y me sentía enormemente cerca del gran alemán. Estoico, aguantaba las burlas que en mis ocasionales compañeros de viaje provocaba el verme leer un mismo libro una y otra vez y me consolaba sabiendo que no era yo el único que sentía tal placer.

Una noche comenté que Napoleón lo había leído siete veces. Luego, blandiendo mi gastado ejemplar ante los ojos analfabetos de los hombres y mujeres que allí estaban, dije que el gran Napoleón en persona le había dicho a Goethe en 1808 que su libro había sido su mejor compañía en los campos de batallas y que, pegado a su corazón lo llevaba cuando pisó por primera vez las pirámides de Egipto.

Mi explicación motivó un ataque de risa al que nadie fue ajeno y en el que más de un pantalón quedó empapado de orina. Ninguno de ellos sabía quién era Goethe y mucho menos habían oído hablar de Napoleón o de las pirámides de Egipto.

Paradójicamente este episodio levantó mi moral, y en el primer pueblo al que llegué le envié una carta a Carilda en la que sin pudor alguno robé un fragmento de las cartas del joven Werther y la firmé tomando su identidad: “Trato a este pobre corazón como a un niño enfermo, le concedo cuanto me pide. No se lo cuentes a nadie, que no faltaría quien dijese que con ello cometo un crimen. Tu Werther”.

Engolosinado, dos días después le envíe otra:

“Ya me conoce y me quiere la gente humilde de estos lugares: sobre todo los niños. Cuando al principio me acercaba a ella, le dirigía amistosamente tal o cual pregunta, había quien, recelando que quería divertirme a su costa, me volvía la espalda sin pizca de urbanidad. No me desanimaba esto, pero me hacía pensar con insistencia en una cosa que antes de ahora he observado, y es que los que ocupan cierta posición social se mantienen siempre impasibles, a cierta distancia de las clases inferiores del pueblo, como si temieran mancharse con su contacto, habiendo también calaveras y bufones que fingen acercarse a esta pobre gente, cuando su verdadero objeto es hacerle sentir con más fuerza el peso de la voluntad.

“Bien sé que no somos iguales ni podemos serlo; pero, en mi opinión, el que cree preciso vivir alejado de lo que se llama pueblo para que éste le respete, es tan despreciable como el mandria que se oculta de sus enemigos por temor de que le venzan.”

Sabiendo como sabía que era improbable recibir una respuesta de ella, no porque no lo hiciera. —me escribía con alguna regularidad— sino porque pronto me marcharía de aquel pueblo y de los otros pueblos que encontrara en mi camino, me dediqué con afán a buscar los medios que me permitieran obtener algo de dinero para poder viajar sin depender de la benevolencia de los pocos camioneros que se dignaban a pasar por las casi inexistentes rutas. Aunque seguía proponiendo conferencias en cada lugar al que llegaba, muy pocas veces quienes podían pagar aceptaban mi ofrecimiento y yo terminaba hablando por un plato de comida. No me molestaba hacerlo. En el Chaco también tuve el más extraño público. Hubo veces en que entre los jornaleros que me escuchaban se paseaban pequeñas mulitas, algunos pecaríes y hasta un puma interrumpió una de mis presentaciones con la conseguida desbandada.

Una tarde me miré en un espejo y no me reconocí. Mi rostro estaba casi negro. Sin darme cuenta, los largos días expuesto a la resolana terrible y los más de 40 grados de calor típicos de las zonas calientes de la Argentina habían ido cambiando mis facciones. Fue extraño mirarme y no reconocerme. Comencé a extrañar una buena cama y un clima más amable. Sobre todo porque sentía la ausencia del agua. Siempre tenía sed.

Salir del Chaco no me fue fácil, fui avanzando de pueblo en pueblo y pasando de trabajo en trabajo en los que permanecía por muy breve tiempo, a veces porque no aguantaba la dureza de la faena y otras porque me echaban. Fui cortador de caña, me empleé en la cosecha del algodón, recogí maíz y hasta mozo en un bar, puesto en el que duré bastante porque comía bien, tenía una buena cama, un público ansioso por escucharme y hermosas mujeres a quien mirar de cerca, casi todas rubias, casi todas con ojos claros, descendientes de europeos o ellas mismas europeas. Algunas, a pesar de su pobreza, eran muy inteligentes.

En la frontera entre el Chaco y Santiago del Estero encontré la suerte en la figura de un emigrado alemán, al que primero miré de muy mala gana creyéndolo nazi. Cuando me convencí de que no lo era, acepté su invitación a acompañarlo hasta Mendoza, una de las zonas argentinas que colinda con Chile.

Fue un viaje largo y placentero. El alemán que comerciaba ropa se detenía en cada uno de los pueblos, ocasión que yo aprovechaba para dar alguna que otra conferencia. Poco a poco comencé a tener dinero, no era mucho y la mitad lo gastaba en los bares de los pueblos, pero tenía mis monedas.

Aunque seguía pensando con viajar hasta el fin del mundo, decidí cruzar a Chile. En la frontera me dirigí a un puesto de postales y compré una con la imagen del monumento al Cristo Redentor. Me había acabado de enterar que el libro de Carilda, Biografía lírica de sor Juana Inés de la Cruz, había sido seleccionado para representar a Cuba en un concurso auspiciado por el Ateneo Americano de Washington, en homenaje al tricentenario del nacimiento de la escritora mexicana y le escribí: “Mañana pasaré junto a Él. Me detendré y no le diré que te quiero porque sobra. Pero le diré que tú lo quieres, aunque sobre, Carilda mía”.

 

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