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III
Hasta 1950 mi vida fue bastante ordenada. Si bien ya he contado que
poco después de terminar la II Guerra Mundial en 1945 me quedé sin
dinero y comencé a viajar arreglándomelas como bien pudiera, podía
perfectamente decir en qué países y en que fecha había estado:
España, Francia, Estados Unidos, México, Cuba, Estados Unidos.
Después de 1951 todo cambió. Seguí siendo pobre, mas me había
reconciliado con mi situación, y exhibía mi estado como si fuera una
virtud. Así estaba cuando, a punto de cumplir los 50 años regresé a
América latina para no abandonarla más. La vulnerabilidad de sus
fronteras siempre me ha permitido estar una semana en un país y en
la otra, en otro. Cuando los supuestos impedimentos de la edad me
indicaban que debía hacer pie en algún lugar, yo, como Einstein
decía que el tiempo era un ficción, continuaba de largo.
La
marca de mi viaje inicial a Europa, treinta años atrás cruzando un
océano y dejando atrás un mundo, dejó en mí la impronta que luego
suscitó la idea de otros viajes, como si ésa fuera una señal que
luego se repite. Aquella partida inicial hacia lo desconocido me
marcó una necesidad de llegar a alguna parte donde probablemente
nunca llegue.
ARGENTINA
“¿Cómo hacen el amor los erizos?”, me preguntó Rajiv, un hindú algo
infantil que conocí en Cayo Hueso, que se convirtió en mi compañero
de viaje, minutos antes de embarcarnos y dejar los Estados Unidos.
Ni su aspecto ni su mirada me gustaban pero por mucho que lo
intentaba no lograba quitármelo de encima . “No sé”, le contesté
tratando de seguir leyendo un hermoso libro de Rilke con el que me
había acomodado en cubierta dispuesto a terminarlo. “Piensa”, me
dijo, y yo pensé y respondí: “Con dolor”. Rajiv comenzó a reírse de
tal forma que su colección de caballitos marinos, estrellas y
caracoles se le escurrió entre las manos y se dispersó por la
cubierta del barco que mitad pasajeros, mitad carga, nos conducía a
ambos hacia la Argentina.
De
cierta manera era mi vuelta a los pagos, aunque yo me había
propuesto no cruzar el Río de la Plata y visitar Uruguay. Cuando
Rajiv se cansó tratando de encontrar lo que había perdido y regresó,
tenía mala cara. En sus manos sólo guardaba unos pocos caracoles.
Entonces fui yo el que le pregunté: “¿Cómo hacen el amor los
erizos?”. Y el me respondió” “Con cuidado”.
Con cuidado, fue la última frase que escuché en Cuba cuando me
obligaron a salir de la isla y con cuidado es la frase que he
seguido escuchado durante tantos años y la que acabo de escuchar
hace apenas unos segundos. Para mi extrema complacencia nunca le he
hecho caso.
Tras casi un mes de navegación volví al Río de la Plata. Me había
ido joven, rico en dinero y pobre en conocimiento, y volvía viejo,
más pobre que una rata pobre y más rico que el más rico. Volvía tras
haber pasado por tres universidades en tres países distintos y por
centenares de pueblos, y tenía la firme intención de comenzar a
recorrer toda la América latina.
Buenos Aires es una ciudad camaléonica. Por donde camines encuentras
semejanza con cualquier capital europea; París, si estás en La
Recoleta, Madrid, si estás en San Telmo, pero su puerto era igual a
tantos otros que había visto en mi largo peregrinar, por eso busqué
alojamiento en una pensión barata rodeada de pequeños boliches
llenos de marineros de todas partes del mundo y de simples
parroquianos. En 1951 Buenos Aires también era una ciudad moderna y
traidora.
Traté de contactar con Jorge Luis Borges, quien era amigo de Pedro
Garfias desde que habían publicado un poema conjunto en Madrid.
Garfia decía que Borges era un potencial suicida y gustaba de contar
que cuando recién lo conoció éste ponía fecha tras fecha amenazando
con suicidarse, lo que llegado el día nunca cumplía ante la risa de
los demás, incluso de su propio padre, que cansados ya no le hacían
caso. La costumbre parece que la siguió porque recuerdo haber leído
por el 1983 en el diario La Nación de Buenos Aires un relato
“Agosto 25, 1983”, en que profetizaba su suicidio para esa fecha
exacta. Al preguntarle tiempo más tarde por qué no lo había hecho
contestó lisamente: “Por cobardía”.
Garfias, que me había prestado el libro de Borges Las ruinas
circulares (1940), acostumbrada a usar en sus conferencias la
última parte de este cuento, que si mal no recuerdo dice así: “Por
un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió
que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus
trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su
carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin
combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que
él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.
Luego, en medio de copas vacías y otras a medio llenar, cuando ya
nuestros cuerpos no aceptaban más alcohol, Pedro se ponía a llorar
con miedo de que el cuento de Borges fuera real y que llegado el
momento uno no pudiera morirse en paz.
Durante varias semanas caminé las calles de Buenos Aires con la nota
que Pedro Garfias le había escrito a Borges presentándome. Era una
nota pequeñita escrita sobre una hoja de papel de envolver quesos
que Pedro se había robado de un pequeño almacén mexicano y en la que
escribió de prisa. “Éste es mi amigo Peyrallo, él sabe de laberintos
más que tú. Pídele que te cuente de la Catedral de Chartres”. Al
final le mandé la nota a Borges con un agregado estúpido. Debajo de
la letra de Pedro escribí: “No tengo más tiempo”, y tiré la carta en
el correo. No se si la recibió.
A
Borges lo vi en otro de mis viajes a Buenos Aires.
Con el irónico, sarcástico y mujeriego poeta Oliverio Girondo y su
esposa Norah Lange almorcé en un coqueto restaurante de La Recoleta
una tarde en la que pude haber muerto de hambre si no fuera por su
invitación. Para verlo invoqué a Pablo Neruda, de quien este también
era muy amigo, y de Neruda hablamos un poco aunque también lo
hicimos sobre Gómez de la Serna. Poco afecto al cotilleo estuve a
punto de originar una situación incómoda al sacar de uno de mis
bolsillos un cigarrillo y dejar caer el mensaje de Garfias a Borges.
Yo ignoraba que la mujer de Oliverio, Norah Lange, había sido el
gran amor de Borges, y que ésta lo había abandonado al enamorarse de
Girondo. Por la cara de ambos algo me imaginé, y rápidamente cambié
la conversación alejándola de la figura de Borges. Norah, que era
una mujer muy bella con un hermoso cabello pelirrojo, supo romper el
silencio que durante varios segundos se produjo para decir con
innata coquetería que se le estaba cayendo el pelo y contarme que no
era la primera vez que le ocurría. Dijo que de la pena cuando
Oliverio se marchó a Europa se quedó completamente calva. Yo me reí,
ella se rió y Girondo también y seguimos hablando de poesía y más
poesía.
Sentados cómodamente después de un buen vino comenzamos a hablar de
viajes y de nuestras respectivas estancias en Europa. Al bueno de
Oliverio le gustaba definir a Europa como “algo podrido y exquisito,
un Camembert con ataxia locomotriz”. Hablábamos en 1951, unos años
después de que él hubiera publicado un relato llamado Interlunio
que cuenta la llegada a Buenos Aires de un viejo y desencantado
escritor europeo que huye de su pasado y se refugia en la poesía, un
libro hermoso que ilustró con sus aguafuertes el gran pintor
argentino Spilimbergo, y que él me trajo de regalo pidiéndome antes
que no me sintiera ofendido si encontraba en él algo parecido a mi
vida.
Recuerdo haberme reído con ganas y haber enarbolado, como tantas
otras veces, mi condición de uruguayo. “Vos sos un uruguayo
renegado”, dijo riéndose y yo asentí porque minutos antes le había
comunicado mi decisión de evitar el Uruguay por un tiempo, no por
falta de amor sino por cansancio, ocasión que aproveché para recitar
un fragmento de un poema del propio Girondo que dice:
Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabrá si es el mismo
que usé mientras vivía.
Cansado.
¡Sí!
Debo decir que los dos fueron muy amables conmigo, sobre todo él
porque era un poeta conocido al que la gente aludía con respeto
—había creado— y yo estaba limpio pero muy mal vestido. Cuando nos
despedimos me quiso dar dinero, me dijo que era un préstamo pero yo
me rehusé a aceptarlo.
Girondo me miró y me preguntó: “¿Y qué vas a hacer Félix cuando
tengas hambre?”. Yo me sonreí y le respondí muy seguro de mí mismo:
“Voy a mendigar”.
De
Girondo siempre me han gustado sus Veinte poemas para ser leídos
en el tranvía, una obra que lo colocó en la vanguardia artística
y que considero superior a Espantapájaros, publicada 10 años
después, que obtuvo mayor repercusión no sólo por su calidad, que la
tenía, sino también por su irreverente presentación. Girondo logró
vender todos los ejemplares en pocos días y para ello utilizó una
carroza funeraria guiada por serios lacayos que conducían un inmenso
espantapájaros de dos metros de altura con galera, levita negra,
pantalón rallado, monóculo y capa, por las calles de Buenos Aires
dando publicidad al libro que luego era vendido por hermosas y poco
vestidas señoritas, una manera de homenajear a quien fuera su
maestro y amigo, Gómez de la Serna, que utilizaba métodos poco
convencionales a la hora de dictar sus conferencias, alguna de las
cuales dio vestido de torero o a lomo de un elefante con la cara
pintada de negro en la palestra de un circo.
A
Girondo le pregunté la dirección de Gómez de la Serna, quien se
había marchado de Madrid en 1936 huyendo de la Guerra Civil casi en
los mismos días que también lo hice yo. El animador de las famosas
tertulias de Pombo y creador de las greguerías, desde entonces vivía
en Buenos Aires. Amablemente Girondo me la apuntó en una pequeña
hojita que arrancó de un pequeño cuaderno que llevaba consigo.
La
casa de Gómez de la Serna quedaba en la calle Hipólito Irigoyen,
donde dicen había imitado casi a la perfección su viejo estudio
madrileño, pero nunca lo visité. Un día en el que había ganado
cierta cantidad de dinero entré a un elegante comercio y compré una
estilográfica con tinta roja que pensé llevarle de regalo, porque él
tenía por costumbre escribir siempre usando ese color. Decía que era
porque “la transfusión era más sincera”.
La
estilográfica terminé regalándosela a Enrique Molina, otro gran
poeta argentino de quien Octavio Paz escribió: “La poesía de Molina,
como un cuchillo, nos describe, se hunde en la realidad”.
Molina fue marino en barcos mercantes y recorrió el mundo en la
cubierta de un barco, que es una manera diferente de ver el mundo.
Donde otros ven agua y tierra, el marinero poeta ve la vida. El
único defecto que tenía Molina cuando yo lo conocí era que era
demasiado afecto al surrealismo, un movimiento que ya encontraba
viejo. Molina decía que la poesía existe sólo con el objetivo de
cambiar la vida, que de no ser cierto esta premisa no era de ninguna
manera poesía de lo que estábamos hablando.
Nos pasamos varias tardes bebiendo y hablando de mujeres en el café
Florida que estaba en la calle Lavalle. La cicatriz en mi rostro que
traía de mi paso por Cuba era muy visible, y él quiso saber en qué
pelea de rufianes poetas me la habían hecho. Yo le dije que la culpa
la tenía una mujer y ahí dejó de beber, puso las manos sobre la mesa
y pidió que le contara. Al rato, las risas estentóreas de Medina y
de otro gran poeta, Edgar Bayley, se escuchaban en todo el bar.
A
Molina le gustaban las mujeres de piel negra y me preguntó si ésta
lo era. Cuando le respondí que más bien era una mulata me pidió el
nombre del prostíbulo en Guantánamo, por si alguna vez visitaba
Cuba. Solemnemente juró que la buscaría para amarla, metido dentro
de una armadura para evitar cualquier contratiempo.
EN
TIERRAS DEL ORO VERDE
No
sabía Enrique Molina que iba a hacerle caso fiel a sus palabras e
iba a encaminar mis pasos hacia Misiones. Me fui como se fueran en
1903 Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, juntos, en busca de la
selva, a las ruinas jesuíticas de San Ignacio Miní. Yo iba solo pero
también iba con ellos. Tuve la buena suerte de que un camionero me
llevara de compañero hasta Entre Ríos, de allí tomé otro camión y
pasé por Corrientes, pero al llegar ya a la provincia de Misiones el
transporte comenzó a escasear e hice la mayor parte del camino a
pie. Cuando mis pies cansados se negaban a sostenerme hacía un alto,
me tendía sobre la tierra y sacaba los libros de Quiroga, Cuentos
de amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva
(1919), El salvaje (1920), Anaconda (1921) y El
desierto (1924), y me ponía leer. Lamentablemente de Lugones
sólo pude comprar uno que no me sirvió de mucho. Y digo servir
porque yo pretendía entender la selva sin haber entrado a ella.
No
puedo explicar la belleza de un lugar como Misiones, ni siquiera
describir cómo es su gente porque no lo lograría. Hay que vivir en
el calor húmedo de esa tierra para entenderlos, y después de
entenderlo, tratar de no morir angustiado por esa comprensión. En
los libros de Quiroga está una vida descarnada y triste, una vida
entre el peligro y la mansedumbre de los días en que la soledad es
una y es mucha. La selva puede matar y lo hace, y para eso no
necesita de sus víboras venenosas y de sus animales salvajes, la
selva te mata metiéndose entre tus huesos y te mueres de hambre, o
por el trabajo fatigoso, y también te mueres embrujado como le pasó
a Quiroga y como le pasó a su primera mujer y a otros que conocían
allá, como también me pudo pasar a mí, sólo que yo escapé antes.
Llegué a la quietud de San Ignacio de mañana, y en esa misma mañana
me conchabé como hachador porque no encontré trabajo en la
plantaciones de mate. No quería ser un hierbatero pegado a la tierra
roja en busca del oro verde, pero necesitaba dinero y estaba cansado
de comer pescado que sacaba de las fecundas aguas del río Paraná.
Bastaba tender las redes que me había agenciado a cambio de una
conferencia sobre Hemingway y El viejo y el mar que di en un
pueblo de pescadores, los que dejé felices con la historia del
hombre que se sobrepone a su destino, y las sacaba llena de bagres,
patíes y unos peces dentudos y espinosos que se llaman tarariras.
San Ignacio era un pueblo tranquilo con algunos visitantes que como
yo llegaban esporádicamente atraídos por las ruinas jesuíticas.
Había mucha hambre y mucha penuria en todo los alrededores. Intenté
dar algunas conferencia sobre Horacio Quiroga, pero no tuve éxito y
comencé a levantarme durante casi una semana a las 4 de la mañana.
Bajo el calor y las picadas de los mosquitos y el profundo escozor
que producen las garrapatas corté leña hasta el anochecer hasta que
mis manos se convirtieron en un solo callo amarillo. Evité dormir
con los otros hacheros, demasiado taciturnos para mi gusto y pocos
amigables con los extraños, e improvisé en un claro del monte
enredado de vinales una cama bajo un toldo de arpillera al que
cubría como podía con hojas y algunas de mis pocas ropas. Nada
podría evitar que en mi soledad fuera presa fácil de una de las
temibles víboras coral o de un yaguareté hambriento, ni siquiera las
espinas de los vinales, filosas como puñales, pero si algún animal
se me acercó, yo no me enteré o ellos huyeron ante la miseria de mi
cuerpo.
Recorrí varias veces la que había sido la casa de Horacio Quiroga,
lamentablemente abandonada a la muerte de su dueño. Y, con miedo a
quedarme mudo, ante la ausencia de palabras recité de memoria
algunos fragmentos de uno de sus cuentos. Me escucharon en silencio
un niño y su gato, también una mujer que vestía pantalones, botas de
montar y llevaba una pistola en la cintura, la misma que al
escucharme contar el primer párrafo de “La gallina degollada”: “Todo
el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos
idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los
labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca
abierta…”, comenzó a reírse y se marchó ladeando la cabeza y
repitiendo una única frase: “Otro escritor loco. Otro más”.
Apalabré un trato con un vendedor de ramos generales. A mi regreso
yo le daría toda mis ropas, incluso mi único par de zapatos, a
cambio de dos botellas de una infernal grapa. Como aceptó, decidí
visitar la ruinas de la reducción de los jesuitas y quedarme a
dormir allí.
Nadie se prestó a acompañarme. Los pocos paisanos a los que intenté
convencer hablaban del lugar con temor. “No se quede a dormir, señor
—me dijeron— que la maldición le va a entrar”. Pero yo igual fui. Me
adentré por un pequeño bosque hasta llegar a los restos de la
reservación jesuita.
Sabía que la reducción había sido fundada en 1767 por misioneros de
la compañía de Jesús y que ésta había sido una de las más prósperas
hasta el momento en que los jesuitas fueron expulsados. Estando en
Buenos Aires discutí con un conocido acerca del mito de estado o
república jesuita. Ambos habíamos estado de acuerdo en que el miedo
a la esclavitud había sido una de las causas de la aceptación entre
los guaraníes de estas misiones, y nos habíamos deleitado
conversando sobre la personalidad de Ignacio de Loyola, el fundador
de la orden que, como yo y mi conocido, también había sido discípulo
de la Sorbona.
Otros datos específicos me los proporcionó un maestro de la Capital
que estaba de vacaciones en San Ignacio, con quien pude conversar
largamente, a falta de otros interlocutores y que me prodigó un
afecto sincero, a medida que le iba poniendo al corriente de quién
era yo y qué era lo que había ido a hacer allí. A la vez que me
contaba sobre las ventajas de cambiar el alcohol por el mate, la
hierba considerada el oro verde en la Argentina, se complacía en
advertirme que en el momento en que los jesuitas son expulsados, en
la Reducción habían más de tres mil indios que convivían con muchos
animales, 33.400 vacas, 1.409 caballos y más de 7.356 ovejas, entre
otros.
Laureano Porto, que así se llamaba, provenía de una familia
yerbatera con varias hectáreas dedicadas al cultivo del mate.
Profundo conocedor de las características de este cultivo, supo
también alabar a los jesuitas por haber dado a conocer su uso y se
largó a una amena explicación sobre cómo se debe cebar un buen mate,
explicación que obvio porque no creo de mucho interés si no se
practica el mateado.
Cuando llegué a la Reducción, hoy Patrimonio de la Humanidad, no
pude dejar de sorprenderme. Era un día hermoso. El sol alumbraba las
viejas construcciones con delicadeza y hacía aún más penetrante el
olor de los limoneros que crecían sin ayuda. Vi que a pesar de los
siglos transcurridos, el aspecto de las ruinas no era tan terrible
como me había imaginado y esto se debía no sólo a la pericia de sus
antiguos constructores que sin utilizar argamasa alguna lograba un
perfecto encastre de la piedra sobre la piedra sino también a que
hacía muy poco tiempo habían concluido algunos trabajos de
restauración.
La
iglesia con sus 24 metros de largo y sus 74 de ancho sobresalía del
resto del conjunto. En la Plaza Mayor me detuve largamente ante unos
restos que evidentemente formaban parte de un reloj de sol. El
colegio, los talleres y algunas de las casas donde vivían los indios
permitían hacerse una idea bastante acertada de cómo era la vida en
aquellos lejanos años, aunque las piedras usadas en la construcción,
principalmente las que daban paso al portal de Acceso al Baptisterio
estaban muy dañadas por el paso del tiempo.
Los indios y los jesuitas aprendieron a vivir juntos —no sé si a
gusto, pero lo hicieron— y en San Ignacio cultivaron la tierra,
criaron ganados y desarrollaron el comercio y las artesanías. La
rica tierra misionera fue fértil y pródiga no sólo en yerba mate
sino también en maíz, mandioca, batata dulce, caña de azúcar,
legumbres, almidón y tabaco. A cada familia indígena los jesuitas
les otorgaron una parcela de tierra para el cultivo que era
denominada abá-mbaé o “propiedad del indio”, su explotación era
controlada por los misioneros quienes vigilaban el trabajo de los
guaraníes. La parte de las tierras pertenecientes a la colectividad
era llamada Tupá-mbaé o “propiedad de Dios”. Los indios cultivaban
por turnos esos terrenos comunales y lo que obtenían lo dedicaban a
cubrir las necesidades de todos, pagar el tributo al Rey, y ayudar a
los que no podían valerse por sí mismos. La ayuda incluso llegaba a
los pueblos de los alrededores.
Los jesuitas, la mayoría con sólidos conocimientos de arquitectura,
ingeniería, medicina, entre otras especialidades, crearon talleres
donde los nativos aprendieron una serie de oficios y donde
fabricaron desde vajilla hasta instrumentos musicales y donde
también olvidaron las prácticas ancestrales de su cultura, entre las
que la poligamia y la desnudez era bien aceptadas. Los misioneros
desterraron sobre todo a los hechiceros y condenaron al olvido las
practicas de hechicería, aunque mantuvieron viva la lengua guaraní y
la presencia del cacique, a quien elegían democráticamente entre
todos.
Para hacer comprensible sus enseñanzas, éstos también se valieron de
diversas manifestaciones artísticas en las que incluyeron el canto,
la pintura, el teatro, la escultura y la danza, además de enseñar a
leer y a escribir a los niños.
En
todo esto pensaba mientras caminaba por lo que fuera la Reducción y
me volvía a detener en las largas hileras de viviendas indígenas con
sus puertas y ventanas abiertas para siempre. Me quedé largo rato
contemplando el barroquismo de los ángeles, las palomas y las flores
sobre la piedra labrada y sobre las maderas, únicos sobrevivientes
de un tiempo tan lejano, con un pesaroso sentimiento contradictorio
que me hizo derramar algunas lágrimas que seguro habrían hecho reír
a mi condiscípulo de la Sorbona, más interesado en saber el destino
de las grandes riquezas en oro que se suponían atesoraban las
misiones.
Cuando llegó la noche me tiré a dormir bajo un árbol. Pensé hacerlo
dentro de una de las casas, pero desistí de la idea. Estaba muy
cansado. Me dolían las piernas y de varias de las heridas que me
había hecho durante la última parte de mi viaje salían gusanos
blancos que yo me limitaba a retirar de mi cuerpo con una pequeña
ramita. Me dormí cuando oscureció del todo arrebujado en una manta.
No creo haberlo hecho durante mucho tiempo cuando me despertaron los
aullidos desconsolados e intermitentes de un perro. No había visto
ningún animal por los alrededores. Ni uno solo, ni un pájaro, ni una
simple mariposa, o una pequeña hormiga. Era algo que me había
llamado poderosamente la atención porque entre los barrizales con
los que me tropezaba durante el camino sobresalían rastros de garras
de diferentes tamaños. Me cansé de mirar en la oscuridad. Había luna
pero no alumbraba demasiado. Nunca he sido un hombre cobarde, pero
confieso que sentí miedo. El perro seguía aullando y el aullido
sonaba cercano. Comencé a recordar el miedo de los viejos del pueblo
cuando aullaban los perros presintiendo que a algunos de ellos le
llegaba la muerte. Recordé mil y una leyenda sobre el poder que se
les atribuye a las maldiciones indias. Destapé la primera botella de
grapa que el almacenero me había fiado y me la tomé casi sin
respirar. Abrí la segunda y no paré hasta terminarla. Tenía fiebre y
temblaba. No estoy seguro de las horas que pasé en ese estado,
tampoco recuerdo cómo ni cuándo regresé al pueblo. Lo único que
recuerdo de aquella noche son varias manos que me acomodaban la
improvisada frazada y que pasaban paños húmedos sobre mi frente.
Recobré el conocimiento tendido sobre unos trapos en casa del
almacenero. Abrí los ojos y le di las gracias creyendo que éste,
preocupado por mi tardanza, había ido en mi busca, pero él dijo que
no tenía nada que agradecerle. Entonces miré a los dos hombres que
también estaban en la habitación y que por sus rasgos bien podían
ser descendientes de los primeros guaraníes, aquellos que poblaron
la misión jesuita, pero éstos negaban con la cabeza.
El
almacenero se rió:
—No, señor, los indios no tienen nada que ver. Usted lo que vio
fueron los fantasmas del Padre Cataldino y el Padre Massera, los
fundadores de San Ignacio Miní. A ellos les gusta vagar por la
reservación, sobre todo al padre Massera. Usted no es el primero al
que cuidan.
Yo
me empecé a reír como un loco y no porque creyera en fantasmas
porque si no eran alucinaciones lo que yo había visto tenía que
convenir en que tenía muy mala suerte porque, amante como he sido
siempre de la literatura, me hubiese gustado mil veces más haber
conversado con el fantasma de Horacio Quiroga y no con el de los dos
religiosos, por muy interesantes e históricos que éstos fueran.
Enojado con mi mala suerte decidí seguir camino y enfilar rumbo al
sur. En medio de la selva la idea de visitar los hielos antárticos y
el faro del fin del mundo comenzó a ocupar todos mis pensamientos,
pero antes pasé por el impenetrable Chaco y luego me detuve en la
provincia de Mendoza, desde donde crucé a Chile.
EN
EL IMPENETRABLE
En
un camión lleno de maderas salí de Misiones y entré en el Chaco. El
paisaje era muy parecido al de Misiones y mi viaje se hacía
extremadamente lento por la ausencia de caminos convencionales y el
peligro de caminar a ciegas entre la selva, lo que me obligaba a
retardar mi viaje en espera de providenciales compañeros de ruta.
Mientras pensaba en la muerte y en el absurdo paso del tiempo, no
dejaba de recordar a Carilda Oliver Labra, a quien imaginaba en Cuba
felizmente casada con Hugo Ania.
En
uno de los pueblos por donde pasé me había vuelto a hacer de un
libro que para mí era muy importante: Werther, de Goethe. Lo
leía una y otra vez y casi me lo sabía de memoria lamentándome por
las similitudes entre la vida del personaje, del propio Goethe y la
mía. Si él había conocido a Carlota Buff y se enamoró de ella de
inmediato, a pesar de que ella tenía novio, lo mismo me había pasado
a mi con Carilda. Carlota también le dijo a Goethe que de ella sólo
podía esperar amistad y él, como yo, fue obligado a marcharse lejos.
Sólo que él escribió un gran libro inspirado en su historia con ella
y yo apenas podía leer ese mismo libro sin sentir ganas de llorar.
En mi inmensa desolación planeaba guerra ridículas contra las
mujeres cuyo nombre empezara con C y me sentía enormemente cerca del
gran alemán. Estoico, aguantaba las burlas que en mis ocasionales
compañeros de viaje provocaba el verme leer un mismo libro una y
otra vez y me consolaba sabiendo que no era yo el único que sentía
tal placer.
Una noche comenté que Napoleón lo había leído siete veces. Luego,
blandiendo mi gastado ejemplar ante los ojos analfabetos de los
hombres y mujeres que allí estaban, dije que el gran Napoleón en
persona le había dicho a Goethe en 1808 que su libro había sido su
mejor compañía en los campos de batallas y que, pegado a su corazón
lo llevaba cuando pisó por primera vez las pirámides de Egipto.
Mi
explicación motivó un ataque de risa al que nadie fue ajeno y en el
que más de un pantalón quedó empapado de orina. Ninguno de ellos
sabía quién era Goethe y mucho menos habían oído hablar de Napoleón
o de las pirámides de Egipto.
Paradójicamente este episodio levantó mi moral, y en el primer
pueblo al que llegué le envié una carta a Carilda en la que sin
pudor alguno robé un fragmento de las cartas del joven Werther y la
firmé tomando su identidad: “Trato a este pobre corazón como a un
niño enfermo, le concedo cuanto me pide. No se lo cuentes a nadie,
que no faltaría quien dijese que con ello cometo un crimen. Tu
Werther”.
Engolosinado, dos días después le envíe otra:
“Ya me conoce y me quiere la gente humilde de estos lugares: sobre
todo los niños. Cuando al principio me acercaba a ella, le dirigía
amistosamente tal o cual pregunta, había quien, recelando que quería
divertirme a su costa, me volvía la espalda sin pizca de urbanidad.
No me desanimaba esto, pero me hacía pensar con insistencia en una
cosa que antes de ahora he observado, y es que los que ocupan cierta
posición social se mantienen siempre impasibles, a cierta distancia
de las clases inferiores del pueblo, como si temieran mancharse con
su contacto, habiendo también calaveras y bufones que fingen
acercarse a esta pobre gente, cuando su verdadero objeto es hacerle
sentir con más fuerza el peso de la voluntad.
“Bien sé que no somos iguales ni podemos serlo; pero, en mi opinión,
el que cree preciso vivir alejado de lo que se llama pueblo para que
éste le respete, es tan despreciable como el mandria que se oculta
de sus enemigos por temor de que le venzan.”
Sabiendo como sabía que era improbable recibir una respuesta de
ella, no porque no lo hiciera. —me escribía con alguna regularidad—
sino porque pronto me marcharía de aquel pueblo y de los otros
pueblos que encontrara en mi camino, me dediqué con afán a buscar
los medios que me permitieran obtener algo de dinero para poder
viajar sin depender de la benevolencia de los pocos camioneros que
se dignaban a pasar por las casi inexistentes rutas. Aunque seguía
proponiendo conferencias en cada lugar al que llegaba, muy pocas
veces quienes podían pagar aceptaban mi ofrecimiento y yo terminaba
hablando por un plato de comida. No me molestaba hacerlo. En el
Chaco también tuve el más extraño público. Hubo veces en que entre
los jornaleros que me escuchaban se paseaban pequeñas mulitas,
algunos pecaríes y hasta un puma interrumpió una de mis
presentaciones con la conseguida desbandada.
Una tarde me miré en un espejo y no me reconocí. Mi rostro estaba
casi negro. Sin darme cuenta, los largos días expuesto a la resolana
terrible y los más de 40 grados de calor típicos de las zonas
calientes de la Argentina habían ido cambiando mis facciones. Fue
extraño mirarme y no reconocerme. Comencé a extrañar una buena cama
y un clima más amable. Sobre todo porque sentía la ausencia del
agua. Siempre tenía sed.
Salir del Chaco no me fue fácil, fui avanzando de pueblo en pueblo y
pasando de trabajo en trabajo en los que permanecía por muy breve
tiempo, a veces porque no aguantaba la dureza de la faena y otras
porque me echaban. Fui cortador de caña, me empleé en la cosecha del
algodón, recogí maíz y hasta mozo en un bar, puesto en el que duré
bastante porque comía bien, tenía una buena cama, un público ansioso
por escucharme y hermosas mujeres a quien mirar de cerca, casi todas
rubias, casi todas con ojos claros, descendientes de europeos o
ellas mismas europeas. Algunas, a pesar de su pobreza, eran muy
inteligentes.
En
la frontera entre el Chaco y Santiago del Estero encontré la suerte
en la figura de un emigrado alemán, al que primero miré de muy mala
gana creyéndolo nazi. Cuando me convencí de que no lo era, acepté su
invitación a acompañarlo hasta Mendoza, una de las zonas argentinas
que colinda con Chile.
Fue un viaje largo y placentero. El alemán que comerciaba ropa se
detenía en cada uno de los pueblos, ocasión que yo aprovechaba para
dar alguna que otra conferencia. Poco a poco comencé a tener dinero,
no era mucho y la mitad lo gastaba en los bares de los pueblos, pero
tenía mis monedas.
Aunque seguía pensando con viajar hasta el fin del mundo, decidí
cruzar a Chile. En la frontera me dirigí a un puesto de postales y
compré una con la imagen del monumento al Cristo Redentor. Me había
acabado de enterar que el libro de Carilda, Biografía lírica de
sor Juana Inés de la Cruz, había sido seleccionado para
representar a Cuba en un concurso auspiciado por el Ateneo Americano
de Washington, en homenaje al tricentenario del nacimiento de la
escritora mexicana y le escribí: “Mañana pasaré junto a Él. Me
detendré y no le diré que te quiero porque sobra. Pero le diré que
tú lo quieres, aunque sobre, Carilda mía”.
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