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Patricio Pron

Nadadores muertos


 

Patricio Pron nació en Rosario en diciembre de 1975. Es periodista desde 1992 Y trabaja en varios medios gráficos, entre ellos La Capital de Rosario y El País de Montevideo. Fue premiado en numerosas ocasiones a nivel nacional e internacional. En 1998 publicó la novela Formas de morir, su primera novela. En los siguientes dos años publicó dos libros de cuentos, Hombres infames y Un elefante se vuela, además de otra media docena de libros para niños. En 2000 viajó a Europa como corresponsal del diario La Capital y recorrió Europa oriental, parte de los Balcanes y África del norte. En 2001 publica la novela Nadadores muertos, de la que presentamos los primeros capítulos. En los últimos tiempos vive entre Rosario y Göttingen, Alemania.

 

Nadadores muertos (Editorial Municipalidad de Rosario, 2001).

Tres días después de que todo comenzara, cuando P emergía triunfante del tanque cristalino, recordó un pequeño hecho.

La mañana de la partida se había entretenido duran­te el desayuno sumergiendo una galletita en el café. Ha­bitualmente la galletita se empapaba de la sustancia oscura y aromática y él, con el “timing” perfecto de un juga­dor entrenado, se la llevaba a la boca antes de que se di­solviera. Pero esa mañana, a poco de sumergir una galletita, ésta se quebró. Él quedó asombrado, mirando cómo uno de los pedazos flotaba hasta concentrarse en el líquido y luego se hundía en el fondo de la taza, don­de se disolvía en un sedimento grisáceo y sin sabor.

P se quedó mudo mirando la taza hasta comenzar a pensar que el pequeño acontecimiento era un anuncio de algo que le pasaría, una anticipación del futuro. Pensó incluso que ese futuro, negro como el café, había empe­zado ya a tragárselo a él, involuntaria víctima de un des­cuido o de una farsa.

Tomó la decisión de no pensar más en el asunto. Le parecía inconcebible que una cosa cotidiana, mínima, le provocara pensamientos tan negros. Era igualmente ri­dículo pensar que una persona como él, fría y calcula­dora, ligeramente cruel a la hora de hacer negocios, se angustiara por una galletita que se desbarranca al fondo de una taza.

Pero cuanto más se resistía a pensar en el asunto, ma­yor era la insistencia de la imagen en volver a su cabeza: la galletita empapada de líquido negro, hecha casi toda ella misma un líquido negro, hundiéndose hasta el fondo de la taza.

“Es extraño cómo son las acciones mínimas las que ofician de puente entre dos situaciones, entre dos he­chos”, había pensado al salir del tanque y recordar las circunstancias de su captura. “Es sumamente raro”, pen­só mientras algo en él, un rastro de su anterior concien­cia calculadora, le recordó el momento preciso en que su vida había cambiado. Entregándose al sueño en los brazos de Zoe, P recordó el momento mismo en que to­caron a su puerta.

 

 

 

Bajó a abrir. En el corto intervalo que le llevó ir de la co­cina ubicada en la planta superior de la casa a la entrada, el timbre volvió a sonar otras dos veces. Por fin, al llegar frente a la puerta, se detuvo y miró a través del orificio.

Levemente deformado, vio un rostro que se acerca­ba hacia la mirilla. El rostro se pegó al cristal y luego re­trocedió. Entonces P pudo tener un cuadro del conjunto.

Era un muchacho menudo, parado junto a una bici­cleta amarilla. P intuyó en él una cierta anormalidad, al­gún detalle impreciso que hacía parecer al muchacho desconcertante, fuera del tiempo y del lugar, pero no pu­do determinarlo a través de la mirilla. Entonces abrió la puerta.

Al abrir, la luz penetró hasta cegarlo y, con ella, la imagen del recién llegado. El muchacho tenía puesto un traje de baño antiguo, como los que P había visto en el museo de la ciudad. Llevaba unas calzas rayadas que le abrazaban el cuerpo hasta abajo de las rodillas y se le abrían a la altura del pecho en dos tiradores que le rodeaban los hombros. Vestido así parecía más delgado de lo que era, enfermo, pese a que sonreía, de una enferme­dad prolongada y dolorosa.

P dudó, al recorrer su vestimenta con un vistazo rá­pido, entre asombrarse por su delgadez, por sus calzas tan fuera de moda, o por las patas de rana que llevaba. Con ese calzado, se sorprendió pensando, debía tener grandes dificultades para pedalear en la bicicleta.

Toda la escena le parecía tierna y ridícula a la vez. El mu­chacho le sonreía, parecía esperar una orden para comen­zar a hablar. Miraba con insistencia hacia su costado.

Impaciente, P preguntó:

—¿Sí?

Entonces escuchó una voz, que no provenía del mu­chacho sino de alguien situado a su costado, que dijo: —Buenos días punto.

Le pareció que la última palabra sobraba, pero se con­centró en mirar de dónde provenía la voz. Entonces des­cubrió que al lado y un poco más atrás del muchacho había otro ciclista. Estaba vestido igual que el primero, aunque parecía mayor. Unos largos mostachos negros y ligeramen­te ensortijados en las puntas, le adornaban la cara como si fueran una copia del manubrio de su bicicleta.

      Por pudor, P respondió luego de un instante de perplejidad:

      —Buenos días.

      —Punto —lo corrigió amablemente el muchacho­— dos puntos: tengo el agrado de comunicarle que el Club de Nadadores Muertos ha aceptado su solicitud de aso­ciación punto.

P quedó perplejo por un instante. No recordaba ha­ber enviado nunca una solicitud para pertenecer a nin­gún club de nadadores. No tenía, por otra parte, ningún interés en una actividad tan poco rentable como la nata­ción, cuyo ejercicio no podía brindarle tantas ganancias como las que él consideraba necesarias.

—No extendí ninguna solicitud para pertenecer a ningún club de nadadores —respondió.

—Punto —volvió a corregirlo suavemente el mucha­cho— dos puntos: por eso mismo el Club la ha acepta­do punto. Es obvio que coma, de haberla enviado coma, el Club no la hubiera aceptado jamás punto.

Perplejo, P respondió:

—Debe tratarse de un error, y no puedo perder más tiempo. Adiós.

Entonces intentó cerrar la puerta, pero escuchó la voz del muchacho que decía:

—¿Usted no es P signos de pregunta?

—Sí —respondió P, vacilando.

—Pues aquí dice dos puntos: señor P aceptado pun­to —dijo el muchacho, extendiéndole una hoja. Se tra­taba de un simple papel manuscrito, en donde la inicial parecía borrosa. P la miró con detenimiento y luego di­jo, devolviéndole el papel:

—Esta no es una P, sino una B.

—Se equivoca dos puntos: esta es una P punto —di­jo el muchacho mientras le extendía el papel al ciclista de mostachos.

—Sin dudas punto. Es una P punto —dijo éste.

—Entonces su Club cometió un error —respondió P, súbitamente furioso por el contratiempo.

      —No hay error —dijo el de los mostachos— punto. La dirigencia del Club coma, y particularmente la comi­sión encargada de la aprobación de las solicitudes no en­viadas coma, no cometen jamás errores punto. Eso es al­go impensable punto.

—No puede ser —dijo el muchacho, saliéndose del acotado libreto que parecía estar representando junto a su “partenaire”, que lo miró de forma reprobatoria.

—Es probable que usted haya enviado su solicitud hace ya mucho tiempo punto —dijo el de los mosta­chos—. Es cierto que en general las solicitudes son apro­badas con algún retraso punto —se sonrojó—. Muchas personas no reciben la notificación de su aceptación si­no unos pocos días antes de su muerte coma, o incluso mientras están postrados en una cama de hospital co­ma, agonizando punto. Pero eso no revela negligencia de parte de la dirigencia del Club coma, sino que es una exi­gencia puntual del Estatuto punto.

—No creo que yo haya enviado nada —dijo severa­mente P.

—Quizás cuando usted era un niño punto —sugirió el muchacho con una sonrisa.

—Lo cierto es que ha sido aprobado para pertene­cer al Club y no puede rechazar el acompañarnos pun­to —interrumpió el de los mostachos.

—Sí puedo —dijo P en tono desafiante.

Entonces el muchachito rompió a llorar. Aunque in­tentaba taparse el rostro con el brazo, sus gemidos reve­laban que estaba llorando desconsoladamente, con un llanto que crecía en intensidad hasta parecer una sirena de barco.

—Tiene que venir punto —le dijo el de los mosta­chos—. No fuimos enviados a recorrer este barrio in­mundo durante días sólo para que usted nos diga que no tiene ganas de hacerse cargo de su responsabilidad. Punto —dijo, remediando su error.

Pero de inmediato, al ver que P iba a cerrar la puer­ta, cambió radicalmente de tono y empezó a lloriquear junto con el muchacho.

—Por favor punto —dijo entre llantos—. Si no nos acompaña nos van a echar punto. ¡Y nuestra madre es­tá tan enferma signos de admiración!

—¿Son hermanos? —preguntó P.

—Sí —dijo el muchachito—— punto. Nueve hermanos somos.

—Punto —lo corrigió el de los mostachos, secándo­se el rostro con una mano.

P se conmovió con su llanto. Entornó levemente los ojos e intentó sonreír para darles ánimo, y les dijo:

—Bueno, bueno: voy a ir a su Club de Nadadores Muertos, pero sólo para aclarar este malentendido.

—Muchas gracias coma, muchas gracias coma, muchas gracias punto —empezaron a gritar los dos al unísono.

En ese momento P recordó que no tenía la dirección del Club.

      —Necesito la dirección para llegar —dijo.

—Eso es un secreto punto —respondió el de los mos­tachos—. Por otro lado coma, no tiene de qué preocupar­se punto. Viajará con nosotros punto. Suba al manubrio de la bicicleta de mi hermano punto —le ordenó.

P subió con cierta dificultad a la bicicleta. Luego de pedalear un par de metros, el muchachito dijo:

—Le voy a hacer una confesión punto. Ahora entien­do por qué usted fue admitido en el Club dos puntos: tiene bajo ese traje un cuerpo de nadador punto.

—Gracias —respondió tímidamente P, agarrándose con fuerza del manubrio al tiempo que miraba hacia ade­lante.

 

 

 

Viajaron un par de horas.

A P el viaje le pareció inusualmente largo, aunque luego supuso que había perdido la noción del tiempo. La ciudad no era tan grande, no era ese amasijo de barrios por los que nunca había pasado. Era, pensaba, más peque­ña, la suma de tres o cuatro barrios distinguidos, calles de restaurantes y cines. Un selecto número de esquinas que se podían recorrer de punta a punta en menos de una hora, incluso andando en bicicleta.

Durante el viaje se cayó innumerables veces del ma­nubrio, falto de práctica. Las manos, los brazos e inclu­so el rostro se le llenaron de raspones. En cada una de esas caídas, el muchacho —P supo que se llamaba Pací­fico— sonreía con indulgencia y se inclinaba para to­marlo de un brazo y subirlo otra vez al manubrio.

—No es nada coma, no es nada punto —repetía ca­da vez, como si P fuera un niño al que hubiera que con­solar.

—¿Falta mucho? —preguntaba P muy a su pesar. —Ya llegamos punto —decía Pacífico.

—Falta una cuadra punto —agregaba el de los mos­tachos.

Pero, cada vez que las bicicletas recorrían otra cuadra sin detenerse, P volvía a preguntar.

—¿Falta mucho? —repetía.

—Ya llegamos punto —decía Pacífico.

—Falta una cuadra punto —agregaba el de los mostachos.

Luego de unas cuadras de idéntica respuesta, final­mente P se impacientó y respondió:

—Me dijo cuatro cuadras atrás que faltaba una cua­dra, ¿acaso es un chiste?

—No punto —dijo asombrado el de los mostachos—. Es que entonces faltaba una cuadra para llegar punto. —¿Y cuántas faltan ahora? —preguntó receloso.

—Una cuadra punto —contestó el de los mostachos. P intentó bajarse de la bicicleta, furioso con todo ese insensato desvarío, pero se cayó de espaldas al piso. Rodó uno o dos metros y se detuvo junto a la calzada con un rui­do sordo.

Cuando descubrió que se había raspado parte del cue­llo y la espalda, se levantó lleno de ira y avanzó hacia el de los mostachos —que había detenido su bicicleta— con los puños cerrados.

—No me tome más el pelo o lo mato —lo amenazó, tomándolo de uno de los tiradores.

—No le tomo el pelo punto —dijo asustado el de los mostachos—. Es lo que debemos decir punto. Está en nuestro contrato dos puntos: siempre que nos preguntan cuánto falta para llegar al Club debemos responder: “Fal­ta una cuadra” punto.

—¿Por qué? —preguntó P sin soltarle el tirador.

—Porque en el Estatuto del Club se establece que és­te debe estar a una cuadra de la casa de cada uno de sus asociados punto —respondió el de los mostachos—. Aunque le parezca extraño coma, el Club necesita esa proximidad punto. El Club es el epicentro de la vida de sus socios coma, por lo que tiene que estar situado en un punto en el que quede ni más ni menos que a una cua­dra de la casa de todos sus socios punto. Por eso nuestra respuesta no es falsa coma, sino apenas literal punto.

P soltó con violencia el tirador y el de los mostachos emitió un gemido de dolor. Luego volvió a subirse al ma­nubrio de la bicicleta de Pacífico entre interjecciones de cansancio. Lo molestaba lo ridículo de la situación, aun­que ahora entendía que había en ella una lógica.

Cayó una o dos veces más en la siguiente hora de via­je. Pero, cuando empezaba a hallar el equilibrio preciso para no hacerlo, una frenada brusca y sin aviso de la bicicleta lo arrojó de ella.

P se levantó y miró a su alrededor. Había caído en la boca gris de un pasillo en extremo simple, muy distinto de lo que P esperaba de un Club de Nadadores Muertos.

Miró a Pacífico, quien dijo:

—Lo que usted debe hacer ahora es simplemente se­guir el pasillo punto. Al final de él encontrará el Club punto.

P iba a empezar a caminar cuando sintió una punta­da en el pecho. Miró hacia atrás y vio al muchacho pa­rado junto a su bicicleta, tal como lo había visto la primera vez. Aunque le parecía raro, no podía negar que, a pesar de haber pasado apenas unas horas juntos, se había en­cariñado con él tanto como si lo conociera desde hacía años.

—¿Volveremos a vernos? —preguntó.

—No punto —respondió Pacífico, visiblemente tris­te—. El Estatuto del Club prohíbe que los asociados vuelvan a ver a los emisarios punto. Este es uno de los puntos fundamentales del Estatuto coma, y como tal debe ser respetado como si fuera la palabra santa de nuestra san­ta madre punto. Pese a eso coma, yo lo veré a usted en La Prueba punto. Pero usted no podrá verme punto. Adiós punto final.

Pacífico estiró su mano pequeña y fría y rozó la de P. Luego se dio media vuelta y empezó a pedalear. P no pu­do disimular su tristeza ni tampoco Pacífico. Pero aun así entendió que ambos estaban obligados: P a deshacer el error alrededor de la solicitud de ingreso al Club, Pa­cífico a continuar recogiendo asociados.

Estaba a punto de llorar, cuando escuchó la voz del hermano de Pacífico, a quien había olvidado. El hombre estaba ya reclinado sobre su bicicleta y, arreglándose los mostachos, dijo:

—Ténganos en cuenta para lo que guste coma, se­ñor P punto. Cuando necesite algo llámenos punto. So­mos Pacífico y Atlántico Sosa coma, los Hermanos Sosa a sus órdenes punto.

Entonces comenzó a pedalear detrás de su hermano.

 

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