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Nadadores muertos (Editorial Municipalidad de Rosario, 2001).
Tres días después de que todo comenzara, cuando P
emergía triunfante del tanque cristalino, recordó un pequeño hecho.
La mañana de la partida se había entretenido durante el desayuno
sumergiendo una galletita en el café. Habitualmente la galletita se
empapaba de la sustancia oscura y aromática y él, con el “timing”
perfecto de un jugador entrenado, se la llevaba a la boca antes de
que se disolviera. Pero esa mañana, a poco de sumergir una
galletita, ésta se quebró. Él quedó asombrado, mirando cómo uno de
los pedazos flotaba hasta concentrarse en el líquido y luego se
hundía en el fondo de la taza, donde se disolvía en un sedimento
grisáceo y sin sabor.
P se quedó mudo mirando la taza hasta comenzar a pensar que el
pequeño acontecimiento era un anuncio de algo que le pasaría, una
anticipación del futuro. Pensó incluso que ese futuro, negro como el
café, había empezado ya a tragárselo a él, involuntaria víctima de
un descuido o de una farsa.
Tomó la decisión de no pensar más en el asunto. Le parecía
inconcebible que una cosa cotidiana, mínima, le provocara
pensamientos tan negros. Era igualmente ridículo pensar que una
persona como él, fría y calculadora, ligeramente cruel a la hora de
hacer negocios, se angustiara por una galletita que se desbarranca
al fondo de una taza.
Pero cuanto más se resistía a pensar en el asunto, mayor era la
insistencia de la imagen en volver a su cabeza: la galletita
empapada de líquido negro, hecha casi toda ella misma un líquido
negro, hundiéndose hasta el fondo de la taza.
“Es extraño cómo son las acciones mínimas las que ofician de puente
entre dos situaciones, entre dos hechos”, había pensado al salir
del tanque y recordar las circunstancias de su captura. “Es
sumamente raro”, pensó mientras algo en él, un rastro de su
anterior conciencia calculadora, le recordó el momento preciso en
que su vida había cambiado. Entregándose al sueño en los brazos de
Zoe, P recordó el momento mismo en que tocaron a su puerta.
Bajó a abrir. En el corto intervalo que le llevó ir de la cocina
ubicada en la planta superior de la casa a la entrada, el timbre
volvió a sonar otras dos veces. Por fin, al llegar frente a la
puerta, se detuvo y miró a través del orificio.
Levemente deformado, vio un rostro que se acercaba hacia la
mirilla. El rostro se pegó al cristal y luego retrocedió. Entonces
P pudo tener un cuadro del conjunto.
Era un muchacho menudo, parado junto a una bicicleta amarilla. P
intuyó en él una cierta anormalidad, algún detalle impreciso que
hacía parecer al muchacho desconcertante, fuera del tiempo y del
lugar, pero no pudo determinarlo a través de la mirilla. Entonces
abrió la puerta.
Al abrir, la luz penetró hasta cegarlo y, con ella, la imagen del
recién llegado. El muchacho tenía puesto un traje de baño antiguo,
como los que P había visto en el museo de la ciudad. Llevaba unas
calzas rayadas que le abrazaban el cuerpo hasta abajo de las
rodillas y se le abrían a la altura del pecho en dos tiradores que
le rodeaban los hombros. Vestido así parecía más delgado de lo que
era, enfermo, pese a que sonreía, de una enfermedad prolongada y
dolorosa.
P dudó, al recorrer su vestimenta con un vistazo rápido, entre
asombrarse por su delgadez, por sus calzas tan fuera de moda, o por
las patas de rana que llevaba. Con ese calzado, se sorprendió
pensando, debía tener grandes dificultades para pedalear en la
bicicleta.
Toda la escena le parecía tierna y ridícula a la vez. El muchacho
le sonreía, parecía esperar una orden para comenzar a hablar.
Miraba con insistencia hacia su costado.
Impaciente, P preguntó:
—¿Sí?
Entonces escuchó una voz, que no provenía del muchacho sino de
alguien situado a su costado, que dijo: —Buenos días punto.
Le pareció que la última palabra sobraba, pero se concentró en
mirar de dónde provenía la voz. Entonces descubrió que al lado y un
poco más atrás del muchacho había otro ciclista. Estaba vestido
igual que el primero, aunque parecía mayor. Unos largos mostachos
negros y ligeramente ensortijados en las puntas, le adornaban la
cara como si fueran una copia del manubrio de su bicicleta.
Por pudor, P respondió luego de un instante de perplejidad:
—Buenos días.
—Punto —lo corrigió amablemente el muchacho— dos puntos:
tengo el agrado de comunicarle que el Club de Nadadores Muertos ha
aceptado su solicitud de asociación punto.
P quedó perplejo por un instante. No recordaba haber enviado nunca
una solicitud para pertenecer a ningún club de nadadores. No tenía,
por otra parte, ningún interés en una actividad tan poco rentable
como la natación, cuyo ejercicio no podía brindarle tantas
ganancias como las que él consideraba necesarias.
—No extendí ninguna solicitud para pertenecer a ningún club de
nadadores —respondió.
—Punto —volvió a corregirlo suavemente el muchacho— dos puntos: por
eso mismo el Club la ha aceptado punto. Es obvio que coma, de
haberla enviado coma, el Club no la hubiera aceptado jamás punto.
Perplejo, P respondió:
—Debe tratarse de un error, y no puedo perder más tiempo. Adiós.
Entonces intentó cerrar la puerta, pero escuchó la voz del muchacho
que decía:
—¿Usted no es P signos de pregunta?
—Sí —respondió P, vacilando.
—Pues aquí dice dos puntos: señor P aceptado punto —dijo el
muchacho, extendiéndole una hoja. Se trataba de un simple papel
manuscrito, en donde la inicial parecía borrosa. P la miró con
detenimiento y luego dijo, devolviéndole el papel:
—Esta no es una P, sino una B.
—Se equivoca dos puntos: esta es una P punto —dijo el muchacho
mientras le extendía el papel al ciclista de mostachos.
—Sin dudas punto. Es una P punto —dijo éste.
—Entonces su Club cometió un error —respondió P, súbitamente furioso
por el contratiempo.
—No hay error —dijo el de los mostachos— punto. La dirigencia
del Club coma, y particularmente la comisión encargada de la
aprobación de las solicitudes no enviadas coma, no cometen jamás
errores punto. Eso es algo impensable punto.
—No puede ser —dijo el muchacho, saliéndose del acotado libreto que
parecía estar representando junto a su “partenaire”, que lo miró de
forma reprobatoria.
—Es probable que usted haya enviado su solicitud hace ya mucho
tiempo punto —dijo el de los mostachos—. Es cierto que en general
las solicitudes son aprobadas con algún retraso punto —se sonrojó—.
Muchas personas no reciben la notificación de su aceptación sino
unos pocos días antes de su muerte coma, o incluso mientras están
postrados en una cama de hospital coma, agonizando punto. Pero eso
no revela negligencia de parte de la dirigencia del Club coma, sino
que es una exigencia puntual del Estatuto punto.
—No creo que yo haya enviado nada —dijo severamente P.
—Quizás cuando usted era un niño punto —sugirió el muchacho con una
sonrisa.
—Lo cierto es que ha sido aprobado para pertenecer al Club y no
puede rechazar el acompañarnos punto —interrumpió el de los
mostachos.
—Sí puedo —dijo P en tono desafiante.
Entonces el muchachito rompió a llorar. Aunque intentaba taparse el
rostro con el brazo, sus gemidos revelaban que estaba llorando
desconsoladamente, con un llanto que crecía en intensidad hasta
parecer una sirena de barco.
—Tiene que venir punto —le dijo el de los mostachos—. No fuimos
enviados a recorrer este barrio inmundo durante días sólo para que
usted nos diga que no tiene ganas de hacerse cargo de su
responsabilidad. Punto —dijo, remediando su error.
Pero de inmediato, al ver que P iba a cerrar la puerta, cambió
radicalmente de tono y empezó a lloriquear junto con el muchacho.
—Por favor punto —dijo entre llantos—. Si no nos acompaña nos van a
echar punto. ¡Y nuestra madre está tan enferma signos de
admiración!
—¿Son hermanos? —preguntó P.
—Sí —dijo el muchachito—— punto. Nueve hermanos somos.
—Punto —lo corrigió el de los mostachos, secándose el rostro con
una mano.
P se conmovió con su llanto. Entornó levemente los ojos e intentó
sonreír para darles ánimo, y les dijo:
—Bueno, bueno: voy a ir a su Club de Nadadores Muertos, pero sólo
para aclarar este malentendido.
—Muchas gracias coma, muchas gracias coma, muchas gracias punto
—empezaron a gritar los dos al unísono.
En ese momento P recordó que no tenía la dirección del Club.
—Necesito la dirección para llegar —dijo.
—Eso es un secreto punto —respondió el de los mostachos—. Por otro
lado coma, no tiene de qué preocuparse punto. Viajará con nosotros
punto. Suba al manubrio de la bicicleta de mi hermano punto —le
ordenó.
P subió con cierta dificultad a la bicicleta. Luego de pedalear un
par de metros, el muchachito dijo:
—Le voy a hacer una confesión punto. Ahora entiendo por qué usted
fue admitido en el Club dos puntos: tiene bajo ese traje un cuerpo
de nadador punto.
—Gracias —respondió tímidamente P, agarrándose con fuerza del
manubrio al tiempo que miraba hacia adelante.
Viajaron un par de horas.
A P el viaje le pareció inusualmente largo, aunque luego supuso que
había perdido la noción del tiempo. La ciudad no era tan grande, no
era ese amasijo de barrios por los que nunca había pasado. Era,
pensaba, más pequeña, la suma de tres o cuatro barrios
distinguidos, calles de restaurantes y cines. Un selecto número de
esquinas que se podían recorrer de punta a punta en menos de una
hora, incluso andando en bicicleta.
Durante el viaje se cayó innumerables veces del manubrio, falto de
práctica. Las manos, los brazos e incluso el rostro se le llenaron
de raspones. En cada una de esas caídas, el muchacho —P supo que se
llamaba Pacífico— sonreía con indulgencia y se inclinaba para
tomarlo de un brazo y subirlo otra vez al manubrio.
—No es nada coma, no es nada punto —repetía cada vez, como si P
fuera un niño al que hubiera que consolar.
—¿Falta mucho? —preguntaba P muy a su pesar. —Ya llegamos punto
—decía Pacífico.
—Falta una cuadra punto —agregaba el de los mostachos.
Pero, cada vez que las bicicletas recorrían otra cuadra sin
detenerse, P volvía a preguntar.
—¿Falta mucho? —repetía.
—Ya llegamos punto —decía Pacífico.
—Falta una cuadra punto —agregaba el de los mostachos.
Luego de unas cuadras de idéntica respuesta, finalmente P se
impacientó y respondió:
—Me dijo cuatro cuadras atrás que faltaba una cuadra, ¿acaso es un
chiste?
—No punto —dijo asombrado el de los mostachos—. Es que entonces
faltaba una cuadra para llegar punto. —¿Y cuántas faltan ahora?
—preguntó receloso.
—Una cuadra punto —contestó el de los mostachos. P intentó bajarse
de la bicicleta, furioso con todo ese insensato desvarío, pero se
cayó de espaldas al piso. Rodó uno o dos metros y se detuvo junto a
la calzada con un ruido sordo.
Cuando descubrió que se había raspado parte del cuello y la
espalda, se levantó lleno de ira y avanzó hacia el de los mostachos
—que había detenido su bicicleta— con los puños cerrados.
—No me tome más el pelo o lo mato —lo amenazó, tomándolo de uno de
los tiradores.
—No le tomo el pelo punto —dijo asustado el de los mostachos—. Es lo
que debemos decir punto. Está en nuestro contrato dos puntos:
siempre que nos preguntan cuánto falta para llegar al Club debemos
responder: “Falta una cuadra” punto.
—¿Por qué? —preguntó P sin soltarle el tirador.
—Porque en el Estatuto del Club se establece que éste debe estar a
una cuadra de la casa de cada uno de sus asociados punto —respondió
el de los mostachos—. Aunque le parezca extraño coma, el Club
necesita esa proximidad punto. El Club es el epicentro de la vida de
sus socios coma, por lo que tiene que estar situado en un punto en
el que quede ni más ni menos que a una cuadra de la casa de todos
sus socios punto. Por eso nuestra respuesta no es falsa coma, sino
apenas literal punto.
P soltó con violencia el tirador y el de los mostachos emitió un
gemido de dolor. Luego volvió a subirse al manubrio de la bicicleta
de Pacífico entre interjecciones de cansancio. Lo molestaba lo
ridículo de la situación, aunque ahora entendía que había en ella
una lógica.
Cayó una o dos veces más en la siguiente hora de viaje. Pero,
cuando empezaba a hallar el equilibrio preciso para no hacerlo, una
frenada brusca y sin aviso de la bicicleta lo arrojó de ella.
P se levantó y miró a su alrededor. Había caído en la boca gris de
un pasillo en extremo simple, muy distinto de lo que P esperaba de
un Club de Nadadores Muertos.
Miró a Pacífico, quien dijo:
—Lo que usted debe hacer ahora es simplemente seguir el pasillo
punto. Al final de él encontrará el Club punto.
P iba a empezar a caminar cuando sintió una puntada en el pecho.
Miró hacia atrás y vio al muchacho parado junto a su bicicleta, tal
como lo había visto la primera vez. Aunque le parecía raro, no podía
negar que, a pesar de haber pasado apenas unas horas juntos, se
había encariñado con él tanto como si lo conociera desde hacía
años.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó.
—No punto —respondió Pacífico, visiblemente triste—. El Estatuto
del Club prohíbe que los asociados vuelvan a ver a los emisarios
punto. Este es uno de los puntos fundamentales del Estatuto coma, y
como tal debe ser respetado como si fuera la palabra santa de
nuestra santa madre punto. Pese a eso coma, yo lo veré a usted en
La Prueba punto. Pero usted no podrá verme punto. Adiós punto final.
Pacífico estiró su mano pequeña y fría y rozó la de P. Luego se dio
media vuelta y empezó a pedalear. P no pudo disimular su tristeza
ni tampoco Pacífico. Pero aun así entendió que ambos estaban
obligados: P a deshacer el error alrededor de la solicitud de
ingreso al Club, Pacífico a continuar recogiendo asociados.
Estaba a punto de llorar, cuando escuchó la voz del hermano de
Pacífico, a quien había olvidado. El hombre estaba ya reclinado
sobre su bicicleta y, arreglándose los mostachos, dijo:
—Ténganos en cuenta para lo que guste coma, señor P punto. Cuando
necesite algo llámenos punto. Somos Pacífico y Atlántico Sosa coma,
los Hermanos Sosa a sus órdenes punto.
Entonces comenzó a pedalear detrás de su hermano.
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