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Marián Lutzky

Historias normales de una chica rara de casamiento


 

Marián Lutzky (Buenos Aires, 1984), licenciada en Psicopedagogía, finalista en las Olimpiadas de poesía organizadas por la Asociación Argentina de Poetas (APA); mención de honor en género poesía en el concurso capitalino y provincial  “Urbano y suburbano 2003” Ediciones Baobab. Integrante de la revista literaria La Quetrofila.

 

Aparecido en La Quetrófila, mayo de 2008.

 

 

La del casamiento era una loca de la estética, si hasta en la tarjeta había puesto que nos vistamos formal de corto y no se qué pringada más. Cuando me llegó la invitación vía correo argentino, junto a ella un manuscrito especificando colores y telas que no debía usar. Una demente, claro, pero era hija de mi vecino el que siempre me anda comprando las tortas y no podía quedar mal con el hacedor de mi sueldo. Baj, ella y su perfecta figura. Me hace mirar la panza —mira que linda—, la mía es de felicidad y ella no tiene un gramo de gloria, seguro. De la gloria que grito yo en las situaciones especiales, al menos, no; porque me dijo uno que anorgásmica y los rumores siempre tienen algo de verdad ¿no es cierto? La cuestión es que me tenía que comprar un vestido especial porque iba el Choclo y debería allí sorprenderse con mi beldad, mirarme asombrado, extraviado por mis cualidades exóticas. Se­ria difícil que de corto me reconociera grácil como una flor, bella como un eclipse, candente, despampanante. ¿Mostrar las piernas? Blancas como la leche al sol con sus manifestaciones: si son dos mapas políticos plenos de miles de líneas divisorias. Una macana esto de la flaca histérica con sus peticiones, tendría que usar medias con lo poco que me gustan. Soy muy calurosa y me sacan sarpulli­dos, eso sin contar la incomodidad trasera que producen en mí. Por eso uso vestidito largo, ¿y mis accesorios? no me serían per­mitidos, figuraba en el protocolo. Me indignaban sus sandeces. Pero va contra mis creencias usar polleras por arriba de las rodi­llas, choca con mi educación primaria. Me había dado cuenta, comparándome con las demás, que no era normal tener hilvanados los muslos de verde agua y no los mostraba salvo en ocasiones íntimas, de las que esperaba obtener luego de esa noche. Elegir el vestido fue lo que desplomó mi carácter jovial. La chica esta, chiquitita y entusiasta, con sus huesitos saliéndole del pecho, esta chica del pelo planchado que atendía el local de fiesta, se había confundido conmigo.

En las vidrieras todo luce lindo, estético, proporcionado. Ya en el lugar las cosas cambian. La flaquita luego de pegarle una mirada a mi cuerpo feliz de grasa y de colores exuberantes me dice:—¿Ne­cesitás algo?" —Claro que sí—le dije asintiendo con mi gran cabeza—, un vestido corto para una tiesta de casamiento. Debe ser de una tela liviana y sólo color rojo, negro, y/o pastel—. La prometida había dado la negativa a los colores brillantes. Entonces me probé uno que, con muy mala fe, me trajo la vendedora chiquitita. Lo miré con mis trenzas de caballo rebotando en nervios suculentos. —Esto no me entra ni en un brazo— le dije caudalosa. Hubo un ida y vuelta de terribles ironías faciales, hasta que: —Probátelo— me dijo la desca­rada. Y yo, ilusa, le hice caso, pensando que tal vez tendría razón. Adentro del vestidor la liviana tela tapaba mi cara, mis hombros, mas no bajaba a mis partes íntimas. Aunque trataba de manejarla con los brazos, no bajaba, empujaba, estiraba la tela, me movía en círculos. La balanceaba pero, dura, militante, no cedía. Estaba atrapada, capturada por el vestido y la chiquitita dietética preguntaba. —¿qué tal?— Ajjj, ¡vinagreta! Yo no le respondía porque mi voz encap­sulada no tenía fuerza. Tiraba, tiraba, hasta que claro, era obvio lo que pasaría ante la locura de probarme esa cosa diminuta... hizo crack fuerte, fuerte toda la costura del frente se zafó y cayó en mi cuerpo, tajada, como el peor escote de la Coca Sarly, el peor te digo. Se abrieron los mares de Moisés en mi cuerpo mirá. Reí frente al espejo, sexy, candente, me acomodé. ¿Cómo te queda? Y le mostré, guacha, cómo me quedaba. —Mirá.— le dije con mi pelo largo enredado en el agujero de la manga. Mirá que lindo. Estaba feliz yo, me entraba. —¿viste? ¿Me hacés precio? No podían creer en el local, que me llevara el vestido con flor de agujero en el pecho. E indudablemente me hizo precio porque la miré con cara de zorra, y esas chicas si se agitan se mueren, no no no, no podía sobreesti­mularse la daiet con sus dos gramos de peso corporal. Le puse un pecho y ahí nomás me lo cobró a mitad de precio. Ahora, con ese escote iría a la fiesta y el Choclo se sorprendería. A él le gustan las tetas a la vista.

Y claro, la coqueta obsesiva que se casaba me dejó afuera apenas entré. Me echó. No podía opacarla con mis bellas torres de babel, se sentía amenazada. Sin embargo, el padre me alcanzó a casa con su auto lindo, me pidió cinco tortas y el Choclo se quedó con una gran y bondadosa impresión, eso es amor a primera vista. ¿Ves? El mundo es tan simple.

 

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