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Aparecido en La Quetrófila, mayo de 2008.
La del casamiento era una loca de la estética, si hasta en la
tarjeta había puesto que nos vistamos formal de corto y no se qué
pringada más. Cuando me llegó la invitación vía correo argentino,
junto a ella un manuscrito especificando colores y telas que no
debía usar. Una demente, claro, pero era hija de mi vecino el que
siempre me anda comprando las tortas y no podía quedar mal con el
hacedor de mi sueldo. Baj, ella y su perfecta figura. Me hace mirar
la panza —mira que linda—, la mía es de felicidad y ella no tiene un
gramo de gloria, seguro. De la gloria que grito yo en las
situaciones especiales, al menos, no; porque me dijo uno que
anorgásmica y los rumores siempre tienen algo de verdad ¿no es
cierto? La cuestión es que me tenía que comprar un vestido especial
porque iba el Choclo y debería allí sorprenderse con mi beldad,
mirarme asombrado, extraviado por mis cualidades exóticas. Seria
difícil que de corto me reconociera grácil como una flor, bella como
un eclipse, candente, despampanante. ¿Mostrar las piernas? Blancas
como la leche al sol con sus manifestaciones: si son dos mapas
políticos plenos de miles de líneas divisorias. Una macana esto de
la flaca histérica con sus peticiones, tendría que usar medias con
lo poco que me gustan. Soy muy calurosa y me sacan sarpullidos, eso
sin contar la incomodidad trasera que producen en mí. Por eso uso
vestidito largo, ¿y mis accesorios? no me serían permitidos,
figuraba en el protocolo. Me indignaban sus sandeces. Pero va contra
mis creencias usar polleras por arriba de las rodillas, choca con
mi educación primaria. Me había dado cuenta, comparándome con las
demás, que no era normal tener hilvanados los muslos de verde agua y
no los mostraba salvo en ocasiones íntimas, de las que esperaba
obtener luego de esa noche. Elegir el vestido fue lo que desplomó mi
carácter jovial. La chica esta, chiquitita y entusiasta, con sus
huesitos saliéndole del pecho, esta chica del pelo planchado que
atendía el local de fiesta, se había confundido conmigo.
En las vidrieras todo luce lindo, estético, proporcionado. Ya en el
lugar las cosas cambian. La flaquita luego de pegarle una mirada a
mi cuerpo feliz de grasa y de colores exuberantes me dice:—¿Necesitás
algo?" —Claro que sí—le dije asintiendo con mi gran cabeza—, un
vestido corto para una tiesta de casamiento. Debe ser de una tela
liviana y sólo color rojo, negro, y/o pastel—. La prometida había
dado la negativa a los colores brillantes. Entonces me probé uno
que, con muy mala fe, me trajo la vendedora chiquitita. Lo miré con
mis trenzas de caballo rebotando en nervios suculentos. —Esto no me
entra ni en un brazo— le dije caudalosa. Hubo un ida y vuelta de
terribles ironías faciales, hasta que: —Probátelo— me dijo la
descarada. Y yo, ilusa, le hice caso, pensando que tal vez tendría
razón. Adentro del vestidor la liviana tela tapaba mi cara, mis
hombros, mas no bajaba a mis partes íntimas. Aunque trataba de
manejarla con los brazos, no bajaba, empujaba, estiraba la tela, me
movía en círculos. La balanceaba pero, dura, militante, no cedía.
Estaba atrapada, capturada por el vestido y la chiquitita dietética
preguntaba. —¿qué tal?— Ajjj, ¡vinagreta! Yo no le respondía porque
mi voz encapsulada no tenía fuerza. Tiraba, tiraba, hasta que
claro, era obvio lo que pasaría ante la locura de probarme esa cosa
diminuta... hizo crack fuerte, fuerte toda la costura del frente se
zafó y cayó en mi cuerpo, tajada, como el peor escote de la Coca
Sarly, el peor te digo. Se abrieron los mares de Moisés en mi cuerpo
mirá. Reí frente al espejo, sexy, candente, me acomodé. ¿Cómo te
queda? Y le mostré, guacha, cómo me quedaba. —Mirá.— le dije con mi
pelo largo enredado en el agujero de la manga. Mirá que lindo.
Estaba feliz yo, me entraba. —¿viste? ¿Me hacés precio? No podían
creer en el local, que me llevara el vestido con flor de agujero en
el pecho. E indudablemente me hizo precio porque la miré con cara de
zorra, y esas chicas si se agitan se mueren, no no no, no podía
sobreestimularse la daiet con sus dos gramos de peso corporal. Le
puse un pecho y ahí nomás me lo cobró a mitad de precio. Ahora, con
ese escote iría a la fiesta y el Choclo se sorprendería. A él le
gustan las tetas a la vista.
Y claro, la coqueta obsesiva que se casaba me dejó afuera apenas
entré. Me echó. No podía opacarla con mis bellas torres de babel, se
sentía amenazada. Sin embargo, el padre me alcanzó a casa con su
auto lindo, me pidió cinco tortas y el Choclo se quedó con una gran
y bondadosa impresión, eso es amor a primera vista. ¿Ves? El mundo
es tan simple.
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