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Leo Maslíah
(1954), cantautor,
poeta y escritor uruguayo, nació en Montevideo en 1954.
Inicia su actuación en
el año 1978 en Uruguay como autor e intérprete de música popular, ha
editado más de veinte discos y ha compuesto y ejecutado música de
cámara y sinfónica en Uruguay y Argentina.
Publicó veintitrés
libros entre novelas, cuentos y obras de teatro, participando en
varias puestas en escena de obras propias y de otros directores. La
fundación Konex lo nominó en 1994 entre las cien mejores figuras de
las letras argentinas entre 1984 y 1994.
Bibliografía:
Hospital Vecinal (1983), Un detective... (1984),
Historia Transversal (1985), El show de José Fin (1987),
Tres obras de Teatro (1987), Pastor de cabras perfectas
(1991), El gentilhombre (1994), La décima pista
(1995), Ositos (1997), Líneas (1999), Servicio de
habitación (2002), Tres idiotas en busca de un imbécil
(2006), etc. |
Cuando tengo algún tiempo libre, suelo dedicárselo a los hados del
azar. Emprendo un paseo cuya dirección se va modificando de acuerdo
a algún criterio como, por ejemplo, mirar la última cifra de la
matrícula del último auto que se encuentre estacionado en cualquiera
de las dos aceras de la cuadra en la que estoy. Supongamos que
experimento una ligera preferencia por continuar mi camino en línea
recta, por esa calle. Entonces, si la última cifra de la matrícula
está entre el cero y el tres, continúo por esa calle. Si la cifra
está entre el cuatro y el seis, doblo a la izquierda. Y si está
entre el siete y el nueve, doblo a la derecha. Es claro que más de
una vez, vale decir, si el azar me lleva a pasar una y otra vez por
la misma cuadra, puede ocurrir que los vecinos me miren con
desconfianza. Para estos casos, dispongo de varias rutinas. A la que
utilizo con más frecuencia la denomino “relación pelo-sexo”. Esta
rutina diversifica mi conducta más que la basada en las cifras de
las matrículas. Aquí ya no hay solamente tres conductas posibles,
sino cinco. En efecto: si la primera persona visible (para mí) en la
cuadra es rubia o pelirroja y es mujer, me fijo si en esa cuadra hay
un quiosco. Si lo hay, compro una golosina y quedo exonerado de
seguir dando vuelta a la manzana, pudiendo llegar hasta la otra
cuadra, por la misma calle (tengo otras rutinas para el caso de que
esa calle muera en la esquina, pero las mismas exceden el propósito
del presente trabajo). Si no hay ningún quiosco, toco timbre en la
primera casa cuya puerta no sea de color marrón, y si me atienden,
pregunto por el doctor Magurno. Si no me atienden, hago que me
desmayo, y espero hasta que algún buen vecino llame a una ambulancia
que me traslade a otra parte (para empezar otro camino con idénticas
reglas a partir de allí, ni bien me hayan dado de alta diciéndome
tal vez que sólo se trató de un momentáneo bajón de presión), o
hasta que llueva, en cuyo caso contraigo para mis adentros la
obligación de regresar a casa y mirar dos horas la televisión, sin
encenderla.
Si me atienden y me dicen que ahí no hay ningún doctor Magurno,
quedo habilitado para doblar en la siguiente esquina en dirección
contraria a la de mi giro anterior (el que me llevó de vuelta al
mismo lugar). Nótese que en ambos casos (tanto recurriendo al
quiosco como tocando timbre en la casa), mi conducta, frente a los
curiosos, queda explicada dentro de los cánones habituales de la
civilización, puesto que pueden pensar “el tipo se había ido pero
volvió porque tuvo antojo de golosinas” o “el tipo estaba buscando
el número de puerta y no lo encontraba”.
Si no hay ninguna casa de puerta marrón, o si en esa cuadra
solamente hay edificios, empiezo a caminar por la misma calle pero
en sentido contrario, quedando liberado de la cuadra viciosa
(denomino así a las que, por la numeración de las matrículas de los
autos, y por tratarse de autos abandonados que pueden pasar días en
el mismo lugar, me conminan a un loop o “bucle” difícil de salvar).
Prosigo con mi explicación. Si la primera persona visible de la
cuadra es rubia o pelirroja y es hombre, bajo a la calzada y bailo
el “Apolo” de Stravinsky, de acuerdo a la coreografía de Constantin
Mikhailkov. Esto también puede ser asimilado por los curiosos como
una conducta civilizada, ya que toda civilización genera sus tipos
particulares de locura, y si llaman a una ambulancia para que me
encierre en un manicomio, tanto mejor, puesto que ya no necesito
recurrir a artificios casuales para saber lo que tengo que hacer:
habrá enfermeros que me instruyan sobre las rutinas a seguir todos
los días y a todas las horas. Pero si nadie me encierra, al
finalizar la coreografía, doy por terminado mi paseo y voy a lo de
mi tía Zephir a tomar té y a conversar sobre trivialidades.
Si la primera persona visible es de cabello negro o castaño y es
mujer, me tomo un colectivo que pare en esa cuadra, o en su defecto,
un taxi, y me bajo después de un recorrido de doce cuadras (o de
trece, si en la cuadra número doce, maldición, no hay parada). Si no
pasan colectivos ni taxis, hago auto-stop. Y si nadie me para, me
dirijo a la cuadra siguiente arrastrándome (si alguien me interroga
acerca del motivo, le miento diciéndole que se trata de una promesa
religiosa, cosa de permitirle, también en este caso, encuadrar mi
conducta dentro de parámetros civilizados).
Si la primera persona visible es de cabello negro o castaño y es
hombre, pierdo la memoria, y lo que haga de ahí en más dependerá de
los consejos de quienes me asistan, o de las reglas de conducta que
me dote a mí mismo a partir de entonces (recurrí a los oficios de un
hipnotizador para que me indujera, si este caso se presentara, a una
amnesia total).
Si la primera persona visible es canosa, calva o si no hay nadie
visible, aprovecho para tratar de robar, en el comercio o en la casa
que me parezca más desprotegida. Pero una vez hecho el acopio ajeno,
lo deposito en la vereda y trato de llamar la atención de algún
vecino de la cuadra, diciendo que alguien quería robar y al yo
sorprenderlo, huyó. De este modo, a veces percibo recompensas nada
despreciables. Y si me sorprenden con lo robado antes de haberlo
depositado, tanto mejor, pues de ahí en más será la policía y el
poder judicial quienes indiquen cuál será el modo en que deberé
emplear mí tiempo libre. Para finalizar, y sin querer exasperar al
lector con los detalles que devengan de los casos no contemplados en
lo expuesto, o con el resto de mi repertorio de rutinas, diré que
para el caso de tocar timbre en una casa preguntando por el doctor
Magurno, si me llegan a contestar “sí, enseguida”, tengo previsto
suicidarme. Pero es tan improbable esta circunstancia, que estoy
seguro de llegar a vivir muchos años más disfrutando plenamente de
mi tiempo libre, en perfecta armonía con el mundo civilizado.
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