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De Así escriben los argentinos, antología, Ediciones Orión,
1975
Mi familia se embarcó para Europa, dispuesta a hacer un largo viaje
que habría de durar dos años, y yo, pobre de mí, entré pupilo a un
colegio de Buenos Aires. En aquella época cursaba los últimos años
del bachillerato. Mi madre, antes de irse, reanudó amistad con una
parienta suya que viejos disgustos habían alejado de nosotros. Yo
quedaba solo, abatido. Mi estado de ánimo era propicio para tomar en
cuenta las palabras de mi madre:
—Tu tía Amanda... ¿Tienes la dirección? Acuérdate, debes ir a
visitarla.
Y así fue como un día me presenté en Kensington House, pensión u
hotel de pocos huéspedes de la calle
Vicente López, un día y otro día, primero con bastante desconfianza,
después turbado y ansioso como no lo estuve nunca. Tía Amanda y Bebé
me cautivaban. Para mostrarse atentas con mi madre, supongo, desde
el principio me trataron con la mayor intimidad, y yo —debo decir
que nada me cuesta idealizar a las personas que me agradan— llegué
a sentir por ambas un singular entusiasmo. Creo haber sido, de
muchacho, espontáneo y afectivo; sin embargo, hasta entonces no
alcanzaba a comprender algunas frases hechas como "las veladas en
familia" o "las dulzuras del hogar". Pero cuando me sentí tan
melancólico en ese nuevo colegio, con sus altas paredes y sus aulas
frías, hostiles, comprendí muy bien el encanto de pasar algunas
tardes de invierno en una habitación abrigada y placentera,
conversando con dos personas que me tenían buena voluntad.
En mi atracción por tía Amanda y Bebé estaba incluido todo aquello
que de un modo u otro las rodeaba; sin duda, a mi entusiasmo no era
ajena la sala donde transcurría gran parte de su vida. A veces la
mucama de la pensión llevaba en una pala varios tizones encendidos;
hasta que los depositaba en la estufa, una estela de humo corría
por el aire. Yo pensaba en la sacristía del colegio, que los
alumnos atravesábamos poco después de levantarnos para oír misa de
seis y media. A esa hora de la mañana, una nube de incienso
desdibujaba el lavabo con sus largas toallas, desteñía el verde y
el violeta de las casullas bordadas en oro, pero no lograba
apaciguar la orden imperiosa que brotaba de las paredes: "Silentium".
Entonces este humo mezclado a nuestras voces que en la sala de mi
tía se disipaba a los pocos segundos de aparecer, adherido a las
curvas de un sofá Luis XV, se me antojaba un humo pecaminoso. Mi
prima Bebé solía quemar en un sahumador pastillas de benjuí. Las
cortinas, los retratos de familia, los adornos de porcelana y hasta
el obstinado reloj de la chimenea, que mientras daba una hora
marcaba la siguiente, parecían al igual que yo disfrutar de aquel
perfume, como esos ancianos que de cuando en cuando, en medio de la
conversación, sacan un pañuelo del bolsillo y lo huelen
devotamente. No sé cuántos años habían vivido mis parientas fuera
del país. Tampoco sé si eran ricas. Me inclino a suponer que no,
aunque había en ellas esa especie de velada autoridad que confiere
el hábito de la fortuna. Tenían, asimismo, un largo automóvil en el
que iban a Palermo, las mañanas de sol. Ah, cómo hubiera deseado
acompañarlas. No era posible. Mis estudios me obligaban a
permanecer en el colegio hasta muy entrada la tarde. Una vez por
semana, además de los domingos, gracias a un pedido especial de mi
familia conseguí que me permitieran volver a las diez. Entonces me
quedaba a comer con ellas. La mucama disponía los cubiertos en una
mesita redonda, y yo comía oprimido por el crujiente vestido de
seda oscura de mi tía y las gasas de colores que envolvían y
descubrían el cuerpo blando, delicado de Bebé.
Por las noches trataba de dormir. Pensaba con angustia que a la
mañana siguiente me sería forzoso levantarme a las seis, y esta
perspectiva me llevaba a buscar desesperadamente el sueño, a
mantenerme inmóvil, con los párpados bajos, sin ocupar la
imaginación. Todo era en vano, no perdía la lucidez, perdía la
conciencia física de mi cuerpo; creía sentirlo reducirse poco a
poco hasta llegar a transformarse en algo muy pequeño, casi
inmaterial… y al volver en mí, me encontraba murmurando palabras
entrecortadas acerca del pelo castaño claro de Bebé, o de sus manos
suaves que me acariciaban con cualquier pretexto. A todo esto, el
alba comenzaba a insinuar las camas de hierro. Acá y allá iban
surgiendo rectas finas y planos tenues, como esfumados por la
niebla.
En el internado nos cuidábamos muy bien de confiarnos los unos a
los otros. Aunque había solidaridad entre los estudiantes, lo
concerniente a la vida privada de cada uno, a sus familias o a los
seres queridos con los cuales estábamos ligados fuera del colegio,
permanecía en un ámbito secreto, amurallado de silencio
inexpugnable a los extraños. Con cierto fervor no exento de avaricia
cada cual guardaba para sí ese tesoro que formaban los recuerdos de
su madre, de sus hermanas o de su novia, por temor a suscitar las
burlas o indiscreciones de los demás. Yo, que mantenía con mis
compañeros relaciones superficiales, me hice muy amigo de Jaime
Meredith, un muchacho inglés. Cuando su padre compró un campo en el
norte del país, Jaime se vio trasladado de una aldea inglesa, en las
inmediaciones de Nantwich, a una finca de la frontera boliviana.
Carreteras apacibles, bohardillas con visillos de linón que asoman
entre las tejas descoloridas, mucho verde, suave, difuso, tamizado
por la distancia, levemente tocado de gris. Y un buen día, como
quien alza un telón de teatro y baja otro, Jaime se enfrentó con
paisaje desmesurado y bárbaro. Al césped húmedo y a los paseos en
sulky vio sucederse los coyas envueltos en ponchos de colores
violentos, los ríos fragosos, al pie de las montañas, que se
desbordan al comenzar la estación.
Hablaba en un castellano balbuciente, entreverado de giros de
provincia que él subrayaba con su marcado acento inglés. Cuando
entró al colegio fue el motivo de todas las bromas, hasta que una
vez mis puños salieron en defensa de ese muchacho desteñido, de
mirada transparente y ojeras casi blancas, sonrosadas por las
pecas. Más tarde, cuando supe que era enfermo y presencié uno de
aquellos extraños ataques que padecía, después de los cuales quedaba
rígido en el suelo, los ojos apagados y los labios orlados de
espuma, concebí por él un afecto lleno de compasión y de buenos
deseos. Nos hicimos amigos: en los recreos, durante el estudio y
sobre todo por las noches, antes de dormirnos, conversábamos
largamente, en voz muy baja, por temor a que nos sorprendieran.
En la atmósfera un poco enrarecida de los dormitorios, no bien
escuchábamos la confiada respiración de los demás compañeros que se
dormían en seguida, yo le contaba a Jaime mil detalles concernientes
a tía Amanda y a Bebé. De vez en cuando nos obligaba a callar la
silueta del padre inspector que caminaba por el pasillo, entre la
hilera de camas, las manos unidas atrás y la cabeza echada hacia
delante. El ruido de sus pasos se alejaba lentamente y mi voz, hasta
entonces casi imperceptible, comenzaba de nuevo con modulaciones
roncas que yo me esforzaba en dominar. El egoísmo de mi tía, su
indiferencia para con Bebé, las frases, las actitudes, los
pormenores de que estaban colmados sus vidas, iban adquiriendo,
dichos a media voz, una intensidad y un dramatismo inesperados.
Jaime me obligaba a volver sobre mis palabras. Yo lo sentía agitarse
en la cama revuelta y escuchaba su voz cadenciosa que me hacía muy
despacio una pregunta pueril. Yo le respondía:
—Jugaba con el collar. Era un collar de cuentas verdes, dispuesto
en tres hileras desiguales. Ella lo hacía correr entre los dedos,
alrededor del cuello.
Poco sabían mis parientas de este ser que yo mezclaba a sus vidas.
Hasta sería jactarme si dijera que a mí mismo me asignaban
importancia. Tía Amanda, con su reserva habitual, apenas me tomaba
en cuenta. Bebé me trataba como a un animalito doméstico que la
divertía en sus ratos desocupados. Le gustaba pellizcarme las
mejillas, zamarrearme el pelo, y me prodigaba esa ternura y
coquetería instintiva de las mujeres bonitas. Al mirarla, yo
recordaba una flor, una de esas rosas blancas, muy abiertas, que uno
se abstiene de tocar por temor a deshojarlas, pero al fin, cuando se
atreve a rozarla con los dedos, comprueba que en sus pétalos
consistentes no existe tal fragilidad. Algunas tardes yo la solía
encontrar recostada, con un libro abierto sobre las faldas. Tenía
los labios más pintados que de costumbre, fumaba. Echaba la cabeza
hacia atrás, con expresión soñadora, y después exhalaba el humo muy
despacio, entre los dientes, como si quisiera retenerlo al mismo
tiempo. Yo le hablaba de mis proyectos, de mis estudios, de la vida
de colegio, de Jaime Meredith... Bebé me escuchaba sumisa y de vez
en cuando me dedicaba, una sonrisa llena de benevolencia. Pero yo,
con cierta perspicacia impropia de mi juventud, creía notarla un
poco distraída.
Otras tardes venían algunas amigas a visitarla. Tía Amanda se
sentaba can su tejido cerca de la chimenea, y ellas formaban una
rueda, dejándome apartado de la conversación. Ya jugaba a un
solitario sobre la mesita: me encontraba como un espectador a quien
sólo le está permitido escuchar desde su butaca. Y esas tardes,
después de escucharlos, hubiera llorado de buena gana mientras
barajaba los naipes franceses con un sentimiento inexplicable de
humillación, mientras veía desfilar las damas, un poco atónitas, de
corazón y de pique, los reyes negros y los valet rojos que me
contemplaban con sus bigotes retorcidos y su aire dolorido y
ridículo. Por lo general pasaba inadvertido entre esos señores
atildados, de voces roncas, que olían agradablemente a tabaco y Agua
Colonia Imperial. En una ocasión, sin embargo, uno de ellos le hizo
a Bebé una pregunta en francés. No pude comprender lo que decía,
pero tuve la seguridad de que sus palabras aludían a mí. Bebé se
limitó a torcer los labios, y prosiguieron hablando con los demás.
Cuando yo le contaba a Jaime lo sucedido esas tardes, no confesaba
el papel deslucido que me tocaba representar. Modificaba los hechos
para no herir su orgullo, o el mío, o vaya a saber por qué,
asignándome un lugar preponderante en la conversación. En mis
ingenuas versiones, Bebé y yo figurábamos sosteniendo un animado
diálogo que los demás festejaban ruidosamente. Y me atribuía las
réplicas más agudas, las frases de mayor efecto, y las ojos de mi
amigo adquirían un brillo intenso, húmedo, y sus pestañas
cenicientas se agitaban ansiosas al seguir el hilo de mis palabras.
Hablábamos de Bebé infinitamente, con melancólica ternura. Bebé,
que aparecía como en algunos retratos de mujeres inglesas pintadas
por maestros flamencos, los cabellos voluntariosos, con reflejos
castaños, de los que se desprendía una extraña voluptuosidad, los
labios entreabiertos, el cutis ardiente. Su imagen llenaba todo el
colegio, parecía flotar en el silencio del estudio, en el interior
sombrío de la iglesia, en las reticentes penumbras de los
dormitorios.
Las visitas de aquel señor que se había referido a mí una tarde,
conversando con Bebé, se fueron haciendo cada vez más asiduas en
Kensington House. A mis insistentes preguntas, Bebé respondía con
desgano, como si le costara prestar atención. Pude enterarme de que
no era francés, como yo creía, sino argentino. Estaba de paso en
Buenos Aires y ocupaba un cargo importante en nuestra embajada en
París. Casi día por medio yo lo veía entrar en la sala de mi tía,
dejar el sombrero y el bastón sobre una silla y sentarse en el sofá.
Entonces mi prima preparaba el té, un té especial que sacaba de una
caja guardada en el armario; lo servía en unas bonitas tazas de
porcelana blanca, dentro de las cuales el té adquiría matices
rosados y tenues.
Comencé a evitarlo. Me fastidiaba, sobre todo, verlo sentarse en el
sofá Luís XV, a la derecha de Bebé. No había llegado aún, y yo
presentía su persona en el cuidado que ponía mi prima en ordenar la
habitación y en el rojo excesivo con que acentuaba sus labios. Sin
embargo, no me atrevía a contárselo a Jaime. Mentía espontáneamente,
y los detalles se entrelazaban unos con otros dando lugar a
construcciones amargas e ilusas con las que inútilmente pretendía
engañarme.
¡Engañarme! ¿Acaso era posible? Persistía en mí el recuerdo de esas
tardes fatídicas en que me alejaba de Kensington House para ir a
sentarme en un banco de la plaza, desde donde alcanzaba a divisar el
resplandor amarillo que surgía de la ventana de Bebé. Adivinaba la
curva audaz de la pantalla, iluminando la seda gastada del sofá. Y
allí sentados, muy cerca uno del otro, Bebé y ese hombre de modales
atrayentes, con las sienes blancas y el semblante fatigado y
juvenil.
Tiempo después, al ir a visitarlas, me sorprendió el desorden
inusitado del departamento. Pequeños triángulos de polvo y de pelusa
aparecían en los rincones donde los muebles, retirados de su sitio,
exhibían ante mis ojos el impudor de sus cajones, vacíos, forrados
en papeles de color rosa. En la sala había salido a relucir todo el
equipaje de mi tía, y Bebé andaba de un lado para otro, sorteando
valijas y cajas de sombreros, mientras acomodaba diferentes objetos.
Al pasar, como en los primeros tiempos, hundía la mano en mis
cabellos y con sus uñas demasiado largas me arañaba la cabeza. En
fin, todo lo supe, y quedé silencioso por un largo rato, observando
los tickets desteñidos de los baúles, sintiendo una oscura
admiración por mi persona insignificante que de pronto era abatida
por una desgracia de tal magnitud. Mi tía Amanda me decía:
—Cuando estemos en París, Carlos Horacio, no dejes de escribirnos.
Jaime me esperaba como todas las noches para iniciar un diálogo
sobrecargado de Bebé y escuchar de mis labios esos cuadros que yo,
utilizando y combinando recuerdos falaces, trazaba maquinalmente.
Pero a mí ya todo me parecía inútil. ¿A qué continuar? La realidad
se imponía a mi inteligencia, una realidad que despejaba mi ensueño
como esos vientos fríos que disuelven las nieblas matinales. A la
primera pregunta contesté como si Bebé careciera de importancia.
Casi de espaldas, a punto de meterme en la cama, respondí por lo
bajo con una voz nítida y breve:
—Bebé se va a Europa pasado mañana. Se casa con el diplomático.
Y caí rendido por el sueño.
Me despertaron los gemidos de Jaime, sus violentas convulsiones.
Los muchachos, medio desnudos, se agrupaban a nuestro alrededor, los
jesuitas lo sujetaban con fuerza, y el intenso olor de la valeriana
parecía envolvernos a todos. Era una crisis, una de sus crisis
periódicas, pero de la cual no salía con la asombrosa facilidad de
otras veces. La fiebre, en lugar de ceder, fue aumentando en los
días sucesivos. Telegrafiaron a su padre, lo apartaron de nosotros,
lo llevaron a la enfermería, donde nos estaba vedada la entrada. Al
cabo de una semana, el hermano Nicasio nos confesó que había
muerto.
He aquí el término de mi relato, de este relato que temo dejar
inconcluso y al cual me esfuerzo, inútilmente, en prestar cierto
sentido. ¿ Es que puede una persona, sin saberlo, llegar a pesar
tanto en la vida de otra? ¿ Es acaso posible que a gran distancia,
sin proponérselo, pueda su influencia trabajar secretamente en un
desconocido?
Desde tu balcón de la rue Royale, hasta donde sube, incansable, el
tumulto de los bulevares, tú permaneces ajena a todo, suave y dócil
Bebé. Nada sabes. Quizá nada tengas que saber. Es posible que no se
trate sino de coincidencias, de hechos aislados que uno se empeña
morbosamente en vincular. ¿A qué pensar otra cosa? Ante nuestros
ojos se extiende un velo pintado de colores inofensivos con el cual
nos hemos familiarizado. No intentemos descorrerlo. En torno a
nosotros, junto al horizonte, la vida nos impone un límite preciso,
más allá del cual todo es vaguedad y misterio. Respetemos el
límite, si no queremos lanzarnos extraviados, por senderos que no
tienen fin.
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