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José Bianco

Las ratas


 

José Bianco (1908 - 1986) escritor argentino, se desempeñó como colaborador, secretario y finalmente jefe de redacción de la revista Sur entre los años 1938 y 1961. Trabajó en la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), renunciando  en 1967 cuando fue intervenida durante la dictadura de Onganía.

Su La pequeña Gyaros, libro de relatos publicado en 1932, obtuvo el  premio Biblioteca del Jockey Club. En 1941 da origen a  Sombras suele vestir, obra incluida en  la Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, cuya página preliminar firmada por Borges afirma: “Como el cristal o como el aire, el estilo de Bianco es invisible. Las palabras, aunque armoniosas, no se interponen entre el autor y los lectores. Este es un modo de afirmar que su estilo es clásico [...] Las páginas de José Bianco nos confían casi imperceptiblemente, una historia que nuestra imaginación agradece y de la que no podemos descreer”.

Las Ratas, novela publicada en 1943, fue llevada al cine por Luis Saslavsky en 1963. En 1972 publica su última novela La pérdida del reino y en 1977 se edita la recopilación de sus ensayos bajo el título Ficción y Realidad.

Su obra, traducida al italiano, francés e inglés, ha sido publicada en los Estados Unidos, México, Venezuela,  España, Suiza e Italia.

Entre otros autores, José Bianco ha traducido a Henry James, Ambrose Bierce, Jean Paul Sartre, Tom Stoppard, Paul Valery, T.S.Elliot, Julien Benda, Samuel Beckett y Jean Genet.

Falleció el 24 de abril de 1986, en la ciudad de Buenos Aires, a causa de múltiples complicaciones pulmonares.

 

1

Nuestra casa estaba menos silenciosa que de costumbre. Algunos amigos de la familia nos visi­taban todas las tardes. Mi madre se mostraba muy locuaz con ellos, y las visitas, al salir, debían de creerla un poco frívola. O pensarían: "Se ve que Julio no era su hijo".

Julio se había suicidado.

Desde mi cuarto escuchaba la voz de mi madre mezclada a tantas voces extrañas. En ocasiones, cuando yo bajaba a saludar las visitas manifesta­ban estupor ante ciertos hechos no precisamente insólitos: que pudiese estrecharles la mano, respon­der a sus preguntas, ir al colegio, estudiar música, tener catorce años. "Ya es casi un hombre" , decían los amigos de mis padres. "¡Qué grande está, qué desenvuelto! ¡Qué consuelo para el pobre Heredia!" No bien aludían a la muerte de Julio y a punto de repetir después de esta frase, algunos sensatos lugares comunes sobre la caducidad de las cosas hu­manas y los designios inescrutables de la Providen­cia, que arrebata de nuestro lado a quienes con ma­yor éxito hubieran soportado la vida, esa terrible prueba, Isabel hablaba de temas ajenos al asunto, contestando con sonrisas inocentes a las miradas de turbación que provocaba su incoherencia.

Por la noche comíamos los cuatro en silencio, mis padres, Isabel y yo. Después de comer, yo acom­pañaba a Isabel hasta su casa. En la calle oscura, ba­jo el follaje indeciso de los árboles, hacía esfuerzos para adecuar mi paso al de ella, y por momentos, aguzando el oído, distinguía el ruido apenas percep­tible del bastón con el cual se ayudaba para cami­nar. A veces, sin soltarme del brazo, Isabel se dete­nía bruscamente y frotaba la contera de su bastón en las manchas frescas de algún plátano, que muda­ba de corteza. Eran caminatas bastante tediosas. Una noche le rogué a Isabel que intercediera ante mis padres para que no me mandaran al colegio (los cursos empezaban en el mes de abril) porque que­ría quedarme en casa a estudiar el piano. Otra no­che, Isabel se refirió conmigo a la muerte de Julio —por primera y única vez—. El hecho en sí, más que entristecerla, parecía suscitar su desconfianza, su aversión. "Es un acto que no lo representa", balbu­ceaba, como si Julio, al terminar voluntariamente sus días, se hubiera arrogado un privilegio inmere­cido. ¿Qué había querido demostrar con matarse? ¿Que era sensible, escrupuloso, capaz de pasiones profundas? ¿Que ella estuvo siempre equivocada? Ahora, mientras escribo estas páginas y recuerdo sus palabras de esa noche, la evoco a ella —y también a Julio—. Los veo formar una especie de Pietá mons­truosa, y a Isabel, malhumorada, perpleja, sin saber qué hacerse del cadáver del sobrino que le han colo­cado en el regazo, vacilando entre arrojarlo lejos de sí o abjurar de sus convicciones.

Llegábamos a la puerta de su casa. Era una ca­sa de altos, lóbrega, en la calle Juncal. Yo estaba de­seando irme.

—Sí, es preferible que vuelvas —me dijo Isabel—. No quiero complicaciones con tu madre.

Me besó en la frente; agregó:

—Tu madre es una mujer extraordinaria. Debes ser afectuoso con ella, ayudarla en todo lo que puedas.

Por entonces no me gustaba oír hablar de mi madre. En una ocasión, al sorprenderla a solas des­pués de la muerte de Julio, la encontré tan abru­mada y deshecha, con esa expresión de falsa dul­zura que la tristeza pone en los rostros, que no pude hacer un gesto o articular una palabra de con­suelo. Ya se habían ido las visitas. Mi madre, que no necesitaba observar una cortesía minuciosa, ex­plícita, se restituía a su dolor, entraba en la norma­lidad. Y yo ajustaba mi conducta a la actitud de mi madre, trataba de "ser afectuoso con ella" facilitan­do su juego, apartándome de su camino, dirigiéndo­le estrictamente la palabra, con el cuidado de un actor que se esfuerza en no turbar la armonía del espectáculo y se limita a dar la réplica en el momen­to convenido. En ese drama de familia, me imagi­naba a mí mismo como un personaje secundario a quien le han confiado funciones de director escéni­co. Creía ser el único en conocer realmente la pie­za. Estaba en posesión de muchas circunstancias más o menos pequeñas, y de algún hecho, no tan pequeño, quizá decisivo, cuya importancia escapa­ba a los demás.

 

2

Estas páginas serán siempre inéditas. Sin em­bargo, para escribirlas necesito pensar en un lec­tor, en un hipotético lector, que se interese en los hechos que voy a relatar. Necesito tomar las cosas desde el principio.

Me llamo Delfín Heredia. En mí, como en todos los hombres, se acumulan tendencias heredadas. Por eso, al hacer en este capítulo una historia sucinta de mi familia, hablaré de otros Heredia que han nacido o muerto antes que yo, pero que aún subsisten en mí, puede decirse, bajo su forma más negativa. Hablaré de sus defectos, de mis defectos. Será una manera de condenar la raza para salvar al individuo, de librarme de unos y otros a la vez, de hacerlos morir —irrevocablemente—.

 

El primer Heredia que llegó a la Argentina ha­bía nacido en España y era portero de San Francis­co. Se sabe que el canónigo Agüero mantuvo estre­chas relaciones con la Tercera Orden. Durante la ti­ranía se refugió en el convento, antes de huir a Montevideo, y a la caída de Rosas, cuando lo nom­braron rector del colegio nacional, es posible que los franciscanos influyeran en él para que le otor­gase al hijo del portero un asiento gratis en las au­las de la calle Bolívar, y, más tarde, una beca en el colegio Pío Latino Americano (que los jesuitas ha­bían fundado en Roma) donde estudiaban los jóve­nes de arraigada vocación. Después de terminar el noviciado, y antes de ordenarse, los dotaban de me­dios suficientes para conocer el mundo. Delfín He­redia recibió, pues, esa doble cultura que importa la enseñanza jesuítica (gracias a la cual ha perdu­rado el humanismo en el siglo XIX) y el contacto con las ciudades europeas; mas esta esperanza del clero argentino sintió escrúpulos en la undécima hora, y regresó a su país sin haberse ordenado sa­cerdote.

Los franciscanos no tomaron a mal su defec­ción. Con su ayuda, Delfín Heredia ingresó en la Facultad de Derecho, se casó, tuvo dos hijos (Isa­bel y mi padre) y fue siempre un buen amigo de la gente de Iglesia —especialmente de los franciscanos, sus antiguos protectores, y de los dominicos—. Mu­chos hábitos pardos y capas negras desfilaron el día de su muerte por la casa de la calle Juncal, ante las copias de cuadros famosos que atestaban las paredes. Sin embargo, y quiero subrayar este deta­lle, Delfín Heredia era esencialmente un patriota, un argentino liberal, un discípulo del padre Agüe­ro y, a través de Agüero, de Rivadavia. En los últi­mos años, la Suprema Corte le había permitido el otium cum dignitate: durante esa época se atribu­yen a su pluma algunos de los sueltos anónimos más eficaces apoyando las iniciativas anticlerica­les de los gobiernos de Roca y Juárez Celman (los recursos de fuerza, la escuela laica, la ley de matri­monio civil) y poniendo en ridículo los ataques de que eran objeto en la prensa religiosa. Otra anéc­dota: antes de morir, cuando le administraban los santos óleos, Isabel tuvo que alisarle las mangas del camisón, que se le habían arrugado, para que no le vieran las insignias masónicas tatuadas en los an­tebrazos.

Mi abuelo dejó muchas deudas. La casa de la calle Juncal era de su hija mayor, Isabel, ya por en­tonces viuda de un comerciante llamado Urdániz. El hijo menor, Antonio, después de recibirse de abogado se había marchado a Europa, donde es­tudiaba pintura. Isabel lo instaba a regresar; con­siguió, en efecto, que volviera de Francia con un baúl lleno de lienzos, cuyo mérito, si se exceptúa un autorretrato, sólo pudieron apreciar las pare­des de un altillo de mi casa (porque allí quedaron siempre, colgados al revés). En Buenos Aires, si­guiendo los consejos de su hermana, se casó (yo nací de ese matrimonio) y obtuvo un puesto de fis­cal del crimen. Agregaré que Antonio Heredia, al volver de Europa, trajo consigo a un hijo natural.

Julio tenía diez años cuando se casó mi padre.

 

Estas circunstancias permitirán comprender la influencia que Isabel ha ejercido en mi familia. La imagen de Isabel no es fácil de evocar. Para dar una idea de su físico necesito describir su carác­ter, porque si bien el rostro de las personas que co­nocemos está formado de expresiones sucesivas que modifican los rasgos en donde por un instante se hospedan y los convierten en vehículos de algo que está detrás de ellos, haciéndolos invisibles en razón de la misma intensidad con que se los mira, hasta que ya no percibimos el brillo de unos ojos, la cur­va de una nariz, el rictus de una boca, sino candor, amargura, maldad, sensualidad, inteligencia, en Isabel aparecían reducidos al extremo estos sopor­tes materiales que nos alientan a reconstruir traba­josamente una fisonomía en la memoria. Sus ojos vigilaban desde el fondo de las órbitas, cernidas de venas azules, sobre las cuales se daba polvos de arroz; debían de ser claros, como los ojos de Julio: parecían oscuros. Es decir: los ojos eran claros, y la mirada, muy intensa, casi negra, contribuía a empalidecer un rostro de fantasma. Este fantasma le dio más de un sobresalto a su marido. El señor Urdániz, hasta el día en que murió, trató de no interponerse jamás en sus venerables correrías. No es extraño, porque en Isabel había ese natural imperio que inhi­be a las personas, esa fuerza de convicción que pres­cinde de los hechos y las palabras. A veces, cuando se resistía intrépidamente al buen sentido, yo que­daba avergonzado de no haber sabido penetrar sus argumentos o encontrarlos falaces o superficiales. Isabel tenía siempre razón cualesquiera que fuesen sus razones, estaba siempre en lo justo, en el fiel de la balanza, no en vano era una Heredia, y la hija de un hombre que llegó a presidir —por diecinueve días— el Tribunal Supremo. En casa de Isabel estaba el árbol genealógico de nuestra familia: cerca de la base se veía el escudo, sostenido por un Hércules. La estirpe de los Heredia, después de cubrir victo­riosamente la península española, originaba descu­bridores y conquistadores en América; un gajo de la rama cubana, de vuelta a Europa, atravesaba los Pirineos: en él figuraba José María de Heredia; en la rama argentina, mi abuelo. Una vez yo aludí al árbol genealógico. "Tu abuelo era hijo del portero de San Francisco", me contestaron. Era verdad, pe­ro nada podían las palabras de mi madre contra la nueva verdad que había surgido del mundo de Isa­bel, ese mundo afirmativo, temerario, allegado a la magia, donde las cosas parecían auténticas por el so­lo hecho de hallarse en él incluidas. Con los años he debido resignarme a que Los borrachos o La muerte de Adonis estuvieran en el Museo del Prado o en la Galería de los Oficios y no en casa de Isabel, pero confieso haber destruido esas copias empecinadas e infieles (nadie las quiso comprar) con el orgullo de un hombre que se libera de los bienes materia­les y hace del abandono de las riquezas su incalcu­lable riqueza.

Isabel dejó muchas cartas y cuadernos —que abundan en reflexiones morales y párrafos copia­dos de sus lecturas—. Tenía, quizás, algunas dotes de escritor (de escritor de segundo orden) y un diletan­tismo intelectual que la inducía a prestar momen­táneamente su entusiasmo a proposiciones contradictorias. Por ejemplo, entre sus papeles, en un legajo donde ha puesto de su puño y letra Hyacint­he Loyson, encuentro el borrador de una carta muy laboriosa que le escribe al padre Jacinto[1]. "No pue­do admitir que su matrimonio sea cristiano —le di­ce Isabel al eminente apóstata—. Sólo hay matrimo­nio cristiano, a imagen del que vincula a Cristo con su Iglesia, cuando el hombre o la mujer no se han comprometido ante Dios por un voto solemne a no contraerlo. Usted se había comprometido, estimado amigo, y después ha traicionado su voto, ha caído en los más funestos errores de Lutero. ¡Ah, que tristeza! La iglesia católica prescribe el celibato de sus ministros fundándose en razones tan sabias, tan indiscutibles", etcétera. En el legajo, a continuación de la carta, encuentro un recibo de la casa Coni, de la misma fecha, e infiero que Isabel pagó la nueva edición de un librito titulado Observaciones sobre el inconveniente del celibato de los clérigos (Buenos Aires, 1890) impreso por primera vez en Londres y consignado a nombre de doña Melchora Sarratea, que las autoridades eclesiásticas de 1816 no dejaron introducir en el país. ¿No es curioso que cada idea suscitara en Isabel una reivindicación simultánea de la idea opuesta, y que rindiera homenaje —por secreto que fuese, como en este caso— al mismo principio que parecía desechar? Pero así se explica que impusiera su opinión  una mujer en cierto sentido tan ecuánime, pues llevaba la independencia de criterio al extremo de no compartir, en el fondo, sus propias opininiones[2]. Sin embargo, yo no le hacía justicia cuando era chico y me tocaba acompañarla hasta su casa. Isabel, que padecía de insomnio por aquella época, recibía a cualquier hora de la noche: la puerta de calle que­daba entreabierta, la escalera iluminada; un porte­ro, apostado en la cancel, ejercitaba su profesional inactividad. Había unos cuantos viejos noctámbu­los, antiguos amigos del señor Urdániz, que pasa­ban a visitarla después de terminar sus partidas en el club. Este homenaje póstumo a Urdániz, en la persona de sus amigos, tenía la virtud de asombrar a mi madre. Muchas veces le he oído decir: "Pensar que nunca se ocupó del pobre señor cuando vivía, a no ser para mortificarlo". Después, como dándo­se a sí misma la explicación, agregaba con suavi­dad: "Es el fruto del remordimiento".

 

Mi madre quedó huérfana muy joven. Estaba interna en un colegio de monjas cuando Isabel la llevó a vivir consigo. Transcurrieron varios años. De pronto, Isabel empezó a contemplar un posible regreso de su hermano a Buenos Aires. Antonio, como todos los Heredia, tenía un don plástico na­da común. Esas copias que había en su casa (se necesitaba conocer mucha pintura para distinguir­las de los originales) las había hecho Delfín Here­dia en su juventud. Antonio había heredado el temperamento artístico de la familia. Pintaba, como hubiera podido escribir o componer música. Tenía condiciones, muchas condiciones. Ahí esta­ba el quid, precisamente: por eso no llegaría a ser un verdadero pintor. En sus cuadros intentaba de­cirlo todo: cuando un artista intenta decirlo todo, acaba muy a menudo por omitir lo fundamental; no toma partido, corre el peligro de diluirse, de perderse. A su hermano le faltaban límites. Le fal­taba, asimismo, esa candorosa estupidez que per­mite realizar una obra de arte después de conce­birla. Era demasiado inteligente. Ello no quería significar que los artistas fuesen obligatoriamente estúpidos. Pero confundir afición con vocación, jugarse el porvenir a una sola carta, y a una carta mediocre... Menos mal que su hermano podía vol­ver al país, trabajar. Ella le prestaría siempre su apoyo.

—Antes que Antonio llegase a Buenos Aires, yo estaba segura de que habría de casarme con él.

 

Mi madre me dice estas palabras. Ahora, des­pués de tantos años, aprovecho los raros momen­tos de intimidad que tengo con ella para hacerle preguntas sobre el pasado. Mi curiosidad la com­place. Yo insisto:

—Debió serte penoso unirte a un hombre que apenas conocías.

—En que era penoso descubría mi deber. Quizás esta certeza me la inculcaron las monjas. Además, yo tomé el partido de Julio. En eso, tu padre se mantuvo firme. Volvió de Francia, es cierto, pero trajo a su hijo. En los primeros tiempos de casados, tu padre y yo seguimos viviendo con Isabel. A Julio lo internaron en un colegio de Ramos Mejía, lo más lejos posible de nosotros. Entre semana, cuando yo iba a visitarlo, lo sorprendía en los recreos comple­tamente solo. Todavía no hablaba bien español, ni siquiera podía decir su propio nombre. Yo le ense­ñé a pronunciar la jota. Quería que lo llamaran Ju­lio, como si fuera argentino. Los domingos, después del almuerzo, íbamos al Casino. Ocupábamos siem­pre los primeros asientos. El prestidigitador le sa­caba a Julio palomas de la oreja o ristras de bara­jas. Éramos felices.

—A mí nunca me llevaste al circo.

—¡Pobre Julio! —continúa mi madre—. Sé que ustedes no se parecían. Julio tenía otros ojos, otra voz, otras aficiones. ¿Hay algo más distinto de un hom­bre de ciencia que un artista? Entre la biología y la música ¿existe alguna relación? Sin embargo yo las relaciono, y tu piano, por ejemplo, ese piano en que estudias con tanto encarnizamiento, a veces, sin sa­ber por qué, me trae a la memoria la imagen de sus ratas. El parecido no es físico, no es intelectual. Coinciden en algo más profundo: en el carácter.

Yo alego que mi carácter no se parece al de Julio.

—A Julio se le pudo creer egoísta —contesta mi madre— pero era abnegado, sensible, no soportaba el dolor ajeno. Aún ahora, para hacer su elogio, es­toy pensando en tus cualidades... Cuando Julio mu­rió, me sentía culpable de su muerte. En nuestra última entrevista le dije cosas malignas, y estúpi­das, inexactas. Le dije que era idéntico a Isabel.

—Déjala en paz, pobre Isabel.

Mi madre no hace caso de la interrupción:

—Después que Julio murió, me sentía culpable, sola. Por entonces Isabel me preguntó si no me molestaría que tocases nuevamente el piano. Me dijo que trabajabas en casa de Claudio Núñez, pe­ro habías conversado con ella: ambos, de común acuerdo, habían decidido que abandonaras tus otros estudios para dedicarte a la música. Le con­testé que el ruido del piano no me molestaba. Era falso; enseguida que le dije estas palabras, empe­cé a escuchar el silencio del piano. Por la noche, recordando las obras que tocabas entonces, me atormentaba la idea de volver a oírlas. Pero al día siguiente llegó el sonido del piano, menos agresi­vo de lo que yo esperaba. Tocabas ejercicios, esca­las, arpegios. Y había, en el llamado del piano, un deseo manifiesto de confortarme. Tuve la sensa­ción de que te dirigías a mí, que me decías algo muy íntimo de la única manera en que podías de­círmelo. Empecé a observarte con más atención, a reparar en ese parecido con Julio de que te habla­ba. Empecé a sentirme menos sola.

Mi madre se ha ido exaltando poco a poco. La encuentro envejecida, gastada. Pienso que tiene la presión arterial muy alta, pienso en su salud. Ade­más, ha pasado mucho tiempo. Sus palabras, que en otra época me hubieran hecho feliz, llegan de­masiado tarde. Mi madre insiste en que estos re­cuerdos han perdido sobre ella todo poder nocivo, quiere seguir hablando. Pero yo la obligo a callar.


 


[1] Está incluida en el volumen  Du sacerdoce au mariage (Rieder, París, 1927).

[2] Isabel discrepaba con el padre Jacinto a propósito de si éste había o no contraído un matrimonio cristiano, pero nunca le negó su ayuda pecuniaria. Albert Hountin, en el segundo de los tres volúmenes de su erudita apología (Le Pére Hyacinthe, réformateur catholique, París 1922), la menciona entre los “benefactores anónimos que sostuvieron generosamente la primera iglesia católico-galicana de París”.

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