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De Engranajes de Sangre, Editorial: Milena Caserola, Buenos
Aires, 2008
Cuando llegaron los hombres mi padre les abrió la puerta. No los
miró. No les habló durante algo así como diez minutos. No les prestó
atención. Cuando uno de ellos quiso hablar, hizo como que no lo
escuchaba. Se dirigió a la cocina y sacó la pava. Casi hervía. Mi
padre tenía un sentido aparte para darse cuenta del momento exacto
para sacar la pava. Tomaba mates unas treinta veces al día. Muchas
veces no hacía más que repetir las acciones. El agua se terminaba y
volvía a cargar la pava y a calentar el agua. Así una y otra vez.
Desde que mi madre no estaba, él acostumbraba a tener aquella
compañía.
Los dos hombres se sentaron alrededor de la mesa. Cada tanto se
miraban entre ellos. Parecían temer la reacción de mi padre. Al fin,
después de unos minutos él se sentó. Me observó detenidamente.
Quería decirme algo pero no se animó. Sólo hizo un gesto con su
cara. Chupó de la bombilla y miró a uno de los hombres:
—Hablá —dijo mi padre.
—Delante del niño no —respondió el hombre.
—El niño un día va a ser hombre...
—Pero...
—Hacela corta...
Los hombres me observaron. Mi padre chupó de la bombilla y volvió a
sugerir que se apuraran. Uno de los dos se decidió a hablar:
—Su padre debía algunos pesos. Era hora de que pagara. Nosotros no
queríamos que la cuestión terminara así. La traición se debe pagar
en vida, usted lo sabe Gamarra. Ahora quien debe pagar es usted, es
el hijo, le corresponde. Si no es usted, mañana será su pibe.
Alguien se tiene que hacer cargo. Para algo son familia.
Terminó de hablar. Él seguía sin mirarlo. Chupaba de la bombilla
mirando un punto muerto de la mesa. Las manchas de la mesa formaban
figuras extrañas. Parecía que estaba jugando con esas figuras. Las
apreciaba con detenimiento. Los hombres estaban impacientes.
—¿Gamarra, entendió?
Pero papá estaba mudo. Ahora jugaba con la bombilla. La daba vueltas
dentro del mate como si fuera una cuchara. Era extraño que hiciera
eso. Sabía que de esa manera el mate se lavaba.
De pronto salió del letargo:
—¿Y cómo murió?
La pregunta los tomó por sorpresa.
El mismo que había hablado antes dijo:
—Estuvimos buscándolo durante dos días.
Supimos que estaba acampando en las orillas del Pilcomayo y fuimos
hasta ahí. Él estaba esperando por nosotros. Lo perseguimos unos
kilómetros por el río hasta que cayó del cansancio. No quería
entregarse. Cuando lo fuimos a apresar se tiró al río. Nosotros
descargamos todos los cartuchos en el agua. Estuvimos un buen rato
esperando pero el cuerpo no aparecía. Finalmente en la otra orilla
vimos una figura que se perdía entre los juncos. Anduvimos tras él
unos kilómetros esperando que se muriera. Estaba herido y perdía
sangre. Al cruzar el último brazo del río lo agarramos. No querrá
saber más.
Mi padre continuaba mirando los dibujos de la mesa. Se levantó y los
hombres lo siguieron con la mirada. Agarró la yerba y volvió a
sentarse.
—¿Vieron la sangre ustedes? —preguntó.
—Nosotros lo matamos... Esta vez no se escapó —dijo uno de los
hombres.
—Pero, ¿vieron la sangre?...
—iSí, la vimos! Era roja —comentó en tono burlón.
Los hombres seguían sorprendidos por las preguntas. Yo también
estaba extrañado por el comportamiento. Creía que la muerte era lo
peor que podía pasarle a un hombre. Papá fue a la cocina y de una
lata sacó algo. Cuando volvió le tiró un fajo a uno de los hombres.
El tipo desenrolló el fajo y comenzó a contar los billetes. Los
vimos perder la vista en el papel. Contaban en voz alta. Terminaron
y nos observaron a ambos. Mi padre comentó:
—El agua está fría ya.
Los dos hombres se levantaron y dijeron que en dos días volverían a
buscar más plata. Si no pagábamos papá seguiría el mismo camino que
el abuelo. Habíamos pagado sólo una parte de la deuda. Antes de
salir uno de ellos me preguntó cómo me llamaba. Les dije mi nombre
completo: Salvador María Rosas Gamarra. El hombre sugirió que
quitase Rosas si no quería tener problemas.
—Salvador María Gamarra va a estar bien —agregó.
Antes de que se fueran mi padre les preguntó como lo habían matado y
el hombre no quiso intimar en detalles.
—Tengo derecho a saberlo —afirmó en un tono tranquilo papá.
El hombre dijo que cuando lo agarraron estaba herido en una pierna,
en el estómago y en un hombro y no sabían cómo había resistido.
Evitaron fusilarlo ya que había costado demasiado trabajo apresarlo.
Su compañero lo ahogó en el río. Lo sumergió con las dos manos en el
cuello, y mientras clavaba los dedos, lo mantenía con fuerza en el
agua. Se desesperó y pataleó hasta que finalmente se dio por
vencido. Terminado el relato los hombres se alejaron.
Mi padre entró primero a la casa pero yo me quedé mirando cómo se
perdían las dos figuras en el horizonte. Los árboles se mezclaban
con sus cuerpos y en un punto se hacía imposible distinguirlos. El
horizonte terminó deformándose y no se pudo ver nada más.
La tarde caía desganada. Entré y papá estaba sentado mirando un
punto muerto de la mesa. Chupaba de la bombilla. El hecho de que
hubiesen matado al abuelo no había cambiado nada. Me senté a su lado
pero tampoco levantó la vista. Quería decirle algo, unas palabras.
Aquello parecía inútil con él. Se paró y fue hacia la pieza.
Encendió la luz y cerró la puerta.
Estuve pensando largo rato si el abuelo habría sufrido. Estuve
pensando si habría sentido dolor cuando las balas atravesaban su
cuerpo. Cuando atravesaban el agua y se enterraban en su pierna, en
su estómago y en su hombro. Pensé que tal vez el agua hacía menos
dolorosos los golpes o los disparos porque de ser así, quería que mi
muerte fuese bajo el agua. Me molestaba la idea de sufrir para
morir. Por eso no quería imaginar al abuelo ahogándose aunque fue
inevitable. Recordé la vez que había visto a unos hombres carnear un
chancho en el matadero. Era desesperante. El chancho no se dejaba
atrapar. Era salvaje y corría de un lado a otro embistiendo todo.
Cuando lo atraparon su cabeza estaba ensangrentada y parecía
atontado. Se movía como un epiléptico. El matarife le pegó con un
martillo en el lomo y el animal cayó rendido. El tipo esperó unos
minutos, cansado por la tarea, y luego con el martillo golpeó en la
cabeza del chancho de donde manaron sangre y sesos. Fue sólo un
golpe. El matarife se sentó a descansar sobre el cuerpo sin vida del
animal. Más tarde le ataron las patas y lo abrieron al medio. Así
habría sido la desesperación del abuelo, como la del chancho huyendo
para que no lo mataran.
Puse la pava a calentar y tiré la yerba vieja. Saqué la nueva y me
quedé a esperar el agua. En la pieza donde estaba mi padre había
silencio, más de lo habitual. Papá siempre ponía la radio para
dormir.
Tal vez no durmiera y sólo estaría pensando. Yo no sabía si él
quería al abuelo. Nunca había hecho ninguna mención de ello. La pava
comenzó a silbar. Tomé el primer mate imaginando al abuelo correr
por las orillas del río. El abuelo siempre había sido un verdadero
problema para nosotros pero yo lo quería. Él pensaba en mí. Siempre
traía cosas raras de su vagabundeo. Mi padre le había dicho muchas
veces que terminaría mal. Nunca sospechó que él mismo tendría que
hacerse cargo de sus deudas. Nunca sospechó que él mismo no podría
hacerse cargo ni siquiera de nosotros. Tampoco había imaginado que
las vacas morirían una a una por el frío. Ni que la cosecha sería un
fracaso.
Chupé de la bombilla un par de veces más. La casa seguía silenciosa.
Afuera había entrado la noche y la luz de las estrellas caía sin
interferencias. Chupé de la bombilla y escuché un golpe en la pieza
de mi padre. Cuando abrí la puerta él estaba sentado en el suelo.
Del tirante del techo colgaba una soga que se movía de un lado a
otro con suavidad. En el piso había tirado un banquito de madera. La
cuerda era gruesa y estaba cortada. El extremo cortado estaba atado
a la cama. Mi padre yacía sentado en el suelo con la cabeza entre
las piernas. A mí me pareció que lloraba.
—¿Papá, estás bien?
—Sí, hijo. Estoy...
Salí de la pieza. Fui hasta la mesa y tomé un mate. Estaba frío. Mi
padre salió detrás de mí y llevó la pava a la cocina. Prendió la
hornalla. Yo miré hacia la pieza y vi la cuerda moverse. Se
balanceaba con lentitud.
El sonido de la pava silbando despertó a mi padre. Se sentó en la
mesa, a mi lado, y chupó de la bombilla. Estuvo sin darme un mate
durante un buen rato. Afuera todo estaba tranquilo. No hizo falta
prender la luz porque la luna iluminaba bien. Cada tanto se oía el
graznido de algún pájaro nocturno. Me parecía extraño que tres días
antes había estado mirando al abuelo a los ojos. Escuchando su voz
quebrada decir que iría al monte por un tatú.
—¿Hijo, querés dormir conmigo? —preguntó mi padre.
—Si, papá —respondí.
Cuando entramos en la pieza él se paró en la cama y desató la cuerda
que colgaba del tirante. Yo lo ayudé a desatar el extremo que estaba
atado a la cama. Tal vez los dos hombres no volviesen.
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