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Nicolás Correa

Disparos en el agua


 

Nicolás Correa
(Morón, provincia de Buenos Aires 1983) escritor. En el 2005 ganó el Primer Premio de Castilla con el relato “El viento empujando”. Tiene editados los libros de cuentos Made in China, por la editorial El Escriba, y Engranajes de sangre, por la editorial Milena Caserola. En noviembre de 2010 saldrá publicada una pieza teatral titulada La obra, que fue seleccionada para integrar la antología Dramaturgos en construcción II (Centro Cultural Rojas), compilada por Cecilia Propato. En marzo de 2010 saldrá publicado Prisiones Terrestres(cuentos, Editorial de la Universidad de La Plata) y en abril Oeste (novela, editorial Ananké).

Nicolás Correa ha participado de diferentes revistas literarias como: Oliverio, Los asesinos tímidos, Lilith, No-Retornable, La peste, Autores de Argentina, Cafetín, Como Loca Mala y otras. Actualmente es director de la revista literaria y de interés cultural Gatillo y coordinador del Grupo Interdisciplinario Cruce. Administra el blog: www.engranajesdesangre.
blogspot.com.

 

 

 

De Engranajes de Sangre, Editorial: Milena Caserola, Buenos Aires, 2008

 

 

Cuando llegaron los hombres mi padre les abrió la puerta. No los miró. No les habló durante algo así como diez minutos. No les prestó atención. Cuando uno de ellos quiso hablar, hizo como que no lo escuchaba. Se dirigió a la cocina y sacó la pava. Casi hervía. Mi padre tenía un sentido aparte para darse cuenta del momento exacto para sacar la pava. Tomaba mates unas treinta veces al día. Muchas veces no hacía más que repetir las acciones. El agua se terminaba y volvía a cargar la pava y a calentar el agua. Así una y otra vez. Desde que mi madre no estaba, él acostumbraba a tener aquella compañía.

Los dos hombres se sentaron alrededor de la mesa. Cada tanto se miraban entre ellos. Parecían temer la reacción de mi padre. Al fin, después de unos minutos él se sentó. Me observó detenidamente. Quería decirme algo pero no se animó. Sólo hizo un gesto con su cara. Chupó de la bombilla y miró a uno de los hombres:

—Hablá —dijo mi padre.

—Delante del niño no —respondió el hombre.

—El niño un día va a ser hombre...

—Pero...

—Hacela corta...

Los hombres me observaron. Mi padre chupó de la bombilla y volvió a sugerir que se apuraran. Uno de los dos se decidió a hablar:

—Su padre debía algunos pesos. Era hora de que pagara. Nosotros no queríamos que la cuestión terminara así. La traición se debe pagar en vida, usted lo sabe Gamarra. Ahora quien debe pagar es usted, es el hijo, le corresponde. Si no es usted, mañana será su pibe. Alguien se tiene que hacer cargo. Para algo son familia.

Terminó de hablar. Él seguía sin mirarlo. Chupaba de la bombilla mirando un punto muerto de la mesa. Las manchas de la mesa formaban figuras extrañas. Parecía que estaba jugando con esas figuras. Las apreciaba con detenimiento. Los hombres estaban impacientes.

—¿Gamarra, entendió?

Pero papá estaba mudo. Ahora jugaba con la bombilla. La daba vueltas dentro del mate como si fuera una cuchara. Era extraño que hiciera eso. Sabía que de esa manera el mate se lavaba.

De pronto salió del letargo:

—¿Y cómo murió?

La pregunta los tomó por sorpresa.

El mismo que había hablado antes dijo:

—Estuvimos buscándolo durante dos días.

Supimos que estaba acampando en las orillas del Pilcomayo y fuimos hasta ahí. Él estaba esperando por nosotros. Lo perseguimos unos kilómetros por el río hasta que cayó del cansancio. No quería entregarse. Cuando lo fuimos a apresar se tiró al río. Nosotros descargamos todos los cartuchos en el agua. Estuvimos un buen rato esperando pero el cuerpo no aparecía. Finalmente en la otra orilla vimos una figura que se perdía entre los juncos. Anduvimos tras él unos kilómetros esperando que se muriera. Estaba herido y perdía sangre. Al cruzar el último brazo del río lo agarramos. No querrá saber más.

Mi padre continuaba mirando los dibujos de la mesa. Se levantó y los hombres lo siguieron con la mirada. Agarró la yerba y volvió a sentarse.

—¿Vieron la sangre ustedes? —preguntó.

—Nosotros lo matamos... Esta vez no se escapó —dijo uno de los hombres.

—Pero, ¿vieron la sangre?...

—iSí, la vimos! Era roja —comentó en tono burlón.

Los hombres seguían sorprendidos por las preguntas. Yo también estaba extrañado por el comportamiento. Creía que la muerte era lo peor que podía pasarle a un hombre. Papá fue a la cocina y de una lata sacó algo. Cuando volvió le tiró un fajo a uno de los hombres. El tipo desenrolló el fajo y comenzó a contar los billetes. Los vimos perder la vista en el papel. Contaban en voz alta. Terminaron y nos observaron a ambos. Mi padre comentó:

—El agua está fría ya.

Los dos hombres se levantaron y dijeron que en dos días volverían a buscar más plata. Si no pagábamos papá seguiría el mismo camino que el abuelo. Habíamos pagado sólo una parte de la deuda. Antes de salir uno de ellos me preguntó cómo me llamaba. Les dije mi nombre completo: Salvador María Rosas Gamarra. El hombre sugirió que quitase Rosas si no quería tener problemas.

—Salvador María Gamarra va a estar bien —agregó.

Antes de que se fueran mi padre les preguntó como lo habían matado y el hombre no quiso intimar en detalles.

—Tengo derecho a saberlo —afirmó en un tono tranquilo papá.

El hombre dijo que cuando lo agarraron estaba herido en una pierna, en el estómago y en un hombro y no sabían cómo había resistido. Evitaron fusilarlo ya que había costado demasiado trabajo apresarlo. Su compañero lo ahogó en el río. Lo sumergió con las dos manos en el cuello, y mientras clavaba los dedos, lo mantenía con fuerza en el agua. Se desesperó y pataleó hasta que finalmente se dio por vencido. Terminado el relato los hombres se alejaron.

Mi padre entró primero a la casa pero yo me quedé mirando cómo se perdían las dos figuras en el horizonte. Los árboles se mezclaban con sus cuerpos y en un punto se hacía imposible distinguirlos. El horizonte terminó deformándose y no se pudo ver nada más.

La tarde caía desganada. Entré y papá estaba sentado mirando un punto muerto de la mesa. Chupaba de la bombilla. El hecho de que hubiesen matado al abuelo no había cambiado nada. Me senté a su lado pero tampoco levantó la vista. Quería decirle algo, unas palabras. Aquello parecía inútil con él. Se paró y fue hacia la pieza. Encendió la luz y cerró la puerta.

Estuve pensando largo rato si el abuelo habría sufrido. Estuve pensando si habría sentido dolor cuando las balas atravesaban su cuerpo. Cuando atravesaban el agua y se enterraban en su pierna, en su estómago y en su hombro. Pensé que tal vez el agua hacía menos dolorosos los golpes o los disparos porque de ser así, quería que mi muerte fuese bajo el agua. Me molestaba la idea de sufrir para morir. Por eso no quería imaginar al abuelo ahogándose aunque fue inevitable. Recordé la vez que había visto a unos hombres carnear un chancho en el matadero. Era desesperante. El chancho no se dejaba atrapar. Era salvaje y corría de un lado a otro embistiendo todo. Cuando lo atraparon su cabeza estaba ensangrentada y parecía atontado. Se movía como un epiléptico. El matarife le pegó con un martillo en el lomo y el animal cayó rendido. El tipo esperó unos minutos, cansado por la tarea, y luego con el martillo golpeó en la cabeza del chancho de donde manaron sangre y sesos. Fue sólo un golpe. El matarife se sentó a descansar sobre el cuerpo sin vida del animal. Más tarde le ataron las patas y lo abrieron al medio. Así habría sido la desesperación del abuelo, como la del chancho huyendo para que no lo mataran.

Puse la pava a calentar y tiré la yerba vieja. Saqué la nueva y me quedé a esperar el agua. En la pieza donde estaba mi padre había silencio, más de lo habitual. Papá siempre ponía la radio para dormir.

Tal vez no durmiera y sólo estaría pensando. Yo no sabía si él quería al abuelo. Nunca había hecho ninguna mención de ello. La pava comenzó a silbar. Tomé el primer mate imaginando al abuelo correr por las orillas del río. El abuelo siempre había sido un verdadero problema para nosotros pero yo lo quería. Él pensaba en mí. Siempre traía cosas raras de su vagabundeo. Mi padre le había dicho muchas veces que terminaría mal. Nunca sospechó que él mismo tendría que hacerse cargo de sus deudas. Nunca sospechó que él mismo no podría hacerse cargo ni siquiera de nosotros. Tampoco había imaginado que las vacas morirían una a una por el frío. Ni que la cosecha sería un fracaso.

 

Chupé de la bombilla un par de veces más. La casa seguía silenciosa. Afuera había entrado la noche y la luz de las estrellas caía sin interferencias. Chupé de la bombilla y escuché un golpe en la pieza de mi padre. Cuando abrí la puerta él estaba sentado en el suelo. Del tirante del techo colgaba una soga que se movía de un lado a otro con suavidad. En el piso había tirado un banquito de madera. La cuerda era gruesa y estaba cortada. El extremo cortado estaba atado a la cama. Mi padre yacía sentado en el suelo con la cabeza entre las piernas. A mí me pareció que lloraba.

—¿Papá, estás bien?

—Sí, hijo. Estoy...

Salí de la pieza. Fui hasta la mesa y tomé un mate. Estaba frío. Mi padre salió detrás de mí y llevó la pava a la cocina. Prendió la hornalla. Yo miré hacia la pieza y vi la cuerda moverse. Se balanceaba con lentitud.

El sonido de la pava silbando despertó a mi padre. Se sentó en la mesa, a mi lado, y chupó de la bombilla. Estuvo sin darme un mate durante un buen rato. Afuera todo estaba tranquilo. No hizo falta prender la luz porque la luna iluminaba bien. Cada tanto se oía el graznido de algún pájaro nocturno. Me parecía extraño que tres días antes había estado mirando al abuelo a los ojos. Escuchando su voz quebrada decir que iría al monte por un tatú.

—¿Hijo, querés dormir conmigo? —preguntó mi padre.

—Si, papá —respondí.

Cuando entramos en la pieza él se paró en la cama y desató la cuerda que colgaba del tirante. Yo lo ayudé a desatar el extremo que estaba atado a la cama. Tal vez los dos hombres no volviesen.

 

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