|
De Así escriben los argentinos, antología, Ediciones Orión,
1975.
Ella llamó por la mañana a eso de las nueve. Es por el aviso, dijo
con una voz grave y temblorosa e insistió que necesitaba la pieza y
que pasaría a verme. Entonces creí mejor avisarle que mamá y yo
almorzábamos temprano y que la hora adecuada serían las dos de la
tarde porque había previsto una diligencia en Tribunales y yo
estaba sola para todo. Dijo que pasaría a las dos pero su voz
resultaba extraña a punto tal que no pude conciliar el sueño y me
quedé de espaldas en la cama que compartimos con mamá desde que
papá murió. Hubiera querido verla en seguida para comprobar si la
voz correspondía a la angustia mostrada, de modo que se lo conté a
mamá que llegó con el nescafé y las galletitas. Ella también parecía
intrigada pero dijo:
—El hecho de alquilar una pieza que nos sobra no es motivo para
complicación, Silvia.
Y yo le contesté:
—Acordate del caballero japonés, el funcionario de Toshiba. Decía
que la pieza era un juguete para él, pagaba con puntualidad y nos
traía flores y
bombones. Y un día quiso cortarse el cuello.
—Pero no lo hizo.
No todos los pensionistas pueden ser como Lina, la italiana que
ocupa la baulera sobre la cocina y que trabaja de enfermera durante
todo el día. Ella es una mujer ideal. Cuando llega del trabajo con
todas sus historias de abortos fallidos y de trepanaciones, las
tardes y la noche del domingo se interrumpen de un modo natural y
amable. Lina nos divierte con las desdichas de los otros y por
momentos parece que el tropel de hombres y mujeres que pelean por
sus vidas en el hospital, los amigos en la hora de visita, el mundo
todo irrumpe en nuestro piso.
Nosotras dos conservamos el piso con decoro. Es amplio y responde a
los términos del aviso que inventé una tarde, cinco años atrás,
cuando decidimos dar pensión. Casa de categoría, lujosa habitación
para caballero distinguido y apareció Renato, que llenó nuestra vida
durante un par de años; Renato que era delicado y humoral y que
cantaba acompañado por la guitarra española, regalo de su madre,
santa madre, como él decía, de quien nunca consiguió separarse.
Renato aún nos visita y hasta canta algunas canciones pero sin
guitarra. Y luego fue Arístides que era menos alegre pero cumplía
con nosotras y eso hasta el caballero japonés. Nunca una mujer;
solamente Lina en su baulera haciéndonos reír y riendo largamente,
con una risa aguda y fuerte que se oye desde el ascensor. Sólo Lina
porque nosotras pedíamos caballeros distinguidos. El mal del mundo
lo traen las mujeres y yo me hubiera muerto de vergüenza si por una
de mis imprevisiones mi madre hubiera tenido que alcanzar el
desayuno a una empleadita de comercio en camisón.
Pero la mujer del teléfono era otra cosa. Dijo, por favor, con una
voz profunda que despertó mi curiosidad y desde el momento en que
mi salud fue mala descubrí que la curiosidad es el sexto sentido del
enfermo y aquello que lo ayuda a mantenerse en mejores condiciones.
La curiosidad y la observación ponen alas a nuestras posibilidades
cuando estamos atados a la cama. Desde que rompí con Rolfi no he
dejado de sentirme mal. No es que lo quisiera demasiado pero a los
treinta y cuatro años y desde los treinta, uno se acostumbra a la
voz, a un horario, a un cierto cambio de preguntas y respuestas.
Tener novio no me preocupó hasta que tuve treinta años cuando conocí
a Rolfi en la tienda de artículos de punto y él me contó que era
judío y me pidió el número de teléfono. Bien que hice sufrir a mamá
con el inconveniente de la religión hasta que conseguí explicarle
que nosotras éramos católicas de nombre y que no puede rechazarse a
un candidato porque el domingo de Ramos vaya a misa o no. De modo
que fueron cuatro años en compañía de Rolfi y casi estábamos
dispuestos a la boda cuando él llegó una tarde con el cuento de
Virginia, de su compromiso y de los altos valores morales a los que
no podía renunciar y yo lo eché. Ya para entonces el hígado y el
estómago me daban mucho trabajo como también la garganta y este
insomnio desdichado que me tiene en cama hasta el mediodía y aun
los dolores de cabeza que me devuelven a la cama por la tarde.
Entre una cosa y otra apenas tengo tiempo para envolverme el pelo en
los ruleros y mostrarme presentable. Y tan poca cosa me fastidia. He
optado por usar un gorro de lana de colores que me envuelve la
cabeza y que a la par de aspecto exótico me da comodidad. Pero ella
había dicho que estaría en casa a las dos y pensamos, con mamá, que
podríamos recibirla en el escritorio donde una vez hice funcionar
una oficina de alquileres. Renato me ayudó, lo recuerdo, pero la
oficina exigía ganas de vivir y yo no estaba segura de tenerlas, al
menos de vivir con tantas energías. Conseguí ofrecer un departamento
en la calle Pellegrini pero no llegué a tiempo para mostrarlo al
único matrimonio interesado, y los sujetos llamaron y dijeron un
montón de cosas y aunque traté de explicarles lo de mi estómago no
volvieron a llamar. Entonces resolví lo de la promoción para
artículos de perfumería y convencí a mamá de que me permitiera salir
con el muestrario a recorrer el radio establecido. Pero justamente
esa semana tuve anginas y llovió muy fuerte de modo que la valija
con las muestras quedó sobre la mesa y con tantas idas y venidas
mamá se persuadió a sí misma que dar pensión era una idea formidable
y allí estábamos.
No es fácil la
vida para dos mujeres solas en una ciudad como Buenos Aires donde la
gente ladra en vez de hablar. No es fácil en un país tan duro y con
la única prerrogativa de haber sido siempre gente bien y de mantener
un piso entero en Viamonte y Pellegrini, verdaderamente un piso
antiguo pero aún muy presentable, sobre todo en la parte del comedor
y la sala de recibo en la que aún conservamos las vitrinas y los
recuerdos que Amanda nos envía para Navidad desde California. He
notado que cuando la gente sabe que tenemos familia en California
nos mira con mejores ojos y siente alegría. Esa parte de la sala se
conserva intacta y cuando cada pensionista hace su entrada, a través
de la puerta de vidrios biselados, recibe su impresión. El aviso no
miente en aquello de la casa de categoría. Espero que ocurra lo
mismo hoy con la mujer que habló; y casi siento deseos de dejar la
cama para darme un buen baño caliente pero hace frío y mamá recién
accedió a encender la estufa y hay olor a querosén hasta tal punto
que el humito del sahumerio no consigue disiparlo. Así que puedo
estar tranquila un rato más y como mamá también demuestra curiosidad
acerca del llamado, conversamos. Mamá: sentada a los pies de la
cama, su grueso batón de pirineo gris y toda la modestia que no
heredé porque salí a mi padre; tengo el orgullo y la apostura de mi
padre aun cuando los últimos años de su vida las circunstancias se
ensañaron con él y desfiguraron su personalidad. Un militar que
siempre es importante en la Argentina
conserva el privilegio de serio en todas partes excepto en el hogar:
mamá y yo hacíamos con él nuestra santa voluntad, todavía más cuando
pidió el retiro y arrojó a la familia a esta mediocridad sin límites
en la que nos ahogamos hoy. Él nos llevó de la mano hasta su empleo
en los ferroviarios y el cambio no me pareció decente. Un piso en
Viamonte y Pellegrini no puede ser el habitáculo de un empleado
ferroviario aun cuando papá fue jefe o algo así y todos sabíamos que
no tuvo alternativa en la elección porque en eso la revolución que
lo defenestró se mostró implacable. Pero siempre pensé que había que
defender el piso y nuestra manera de vivir, es decir, mamá y yo,
parapetadas detrás de estas altas celosías desde las que vemos las
vidrieras de
La Orquídea,
con sus plantas carnívoras, obscenas y carísimas. Debo admitir que
algunos fueron momentos agradables como el día de la llegada a casa
del caballero japonés. Mamá y yo habíamos puesto la mesa en el
comedor que no se usa porque ella, Lina y yo comemos, juntas, en la
antecocina. (A la americana como dicen ahora, quizá como Amanda en
California.) Mamá cocina para todos y allí nos reunimos de buen
modo, yo que recién consigo levantarme, la bata sobre el camisón, a
la una de la tarde, junto a mamá y Lina que regresa de sus
hospitales. Es una hora amable entre impresiones de la calle —las
pocas que se reciben desde aquí— y la radio que funciona noche y
día y ahora la televisión. Es una hora amable pero apenas terminamos
de comer ya me siento exhausta nuevamente y entonces es cuando
alcanzo a maldecir el recuerdo de mi padre porque aún no hemos
terminado con los trámites, los certificados y la jubilación. Hay
una horrible sucesión de impuestos, de fantásticas cargas a una
propiedad que nos pertenece a medias y por la que debo pelear a
brazo partido. Y es la hora de revancha de mamá que se instala
frente al televisor mientras salgo a enfrentarme con esa multitud
anodina de hombres y mujeres de oficina, seres absurdos con títulos
y horarios que se desplazan metódicamente de un edificio al otro, de
una ventanilla a la siguiente con implacable regularidad. Nunca se
oponen excepciones. Para cada circunstancia existe un folio, un
estante, una firma, una estampilla, sellos. Certifico que soy la
hija de mi padre o que mi padre fue enterrado o que la primera
hipoteca del piso data del año 1953 o que mi madre no volvió a
casarse. Siempre adelante. A veces hago un alto y bebo mi café
italiano que, fuera de la mirada de mamá, no me causa trastornos;
olvido mi estómago en tanto engullo las medialunas, de pie, entre un
conjunto de criaturas frenéticas que también beben su café, se
afanan como yo y me ignoran. El caballero japonés miró a su
alrededor encantado:
—Pero esto es un gran recibimiento —dijo.
Mamá bajó los ojos con placer. Sobre la mesa había colocado el
mantel de hilo de Bruselas y las copas de buena calidad. Le servimos
sidra. El hombre bebió poniéndose de pronto extrañamente parecido a
un mono. Bebió otra vez y por temor a mi estómago sólo lo acompañé
con la mirada.
—Bienvenido a casa —dijimos con mi madre, a dúo.
Fue un gran recibimiento y desde entonces el huésped pasaba las
tardes del domingo en nuestra compañía, nos hablaba de la empresa
que marchaba bien y del Japón que nadie puede visitar sin quedar
hechizado para siempre.
—La señorita Silvia debería conocer el Japón — decía.
Yo, con lo enferma que me sentía casi siempre, con mis obligaciones,
día y noche entre la cama de mamá y las oficinas. Sólo me queda como
evasión posible el rectángulo azul que envía Amanda cada dos o tres
semanas, las estampillas que marcan el cambio de imaginación en el
correo americano y sus vicisitudes relatadas con cierta reticencia:
estamos bien, tendré una nueva criatura para la primavera. Paco ha
llegado a los setecientos dólares. El japonés me regaló un hermoso
calendario que fue a descansar junto a los viejos formularios de la
inmobiliaria y las muestras de jabones. De ese modo las postales de
Amanda, y los papeles que se ponen amarillos y el vistoso
calendario con los jardines de Kioto marcan la presencia de aquella
habitación entre la sala y el comedor cerrados. Apenas si
conseguimos quitar un poco del olor a moho con el humo del sahumerio
pero aun así el olor siempre me ha parecido confortable,
tranquilizador, como esos olores melancólicos de las sábanas o de
los armarios.
—No estoy segura de la conveniencia —dijo mamá—. Una mujer es muy
complicada casi siempre, puede recibir visitas, llamadas fuera de
momento, traernos dolores de cabeza.
—Quiero escuchar su historia —confesé—. Su voz era muy trágica.
Mamá levantó ligeramente las cortinas para ver la calle. Yo prefiero
mantener la habitación en penumbras porque eso me ayuda a descansar
y me aparta a la vez de tantas cosas indeseables. Y bien: puedo
vivir perfectamente sin las vidrieras de Mario Camuyrano, sin los
autobuses que chillan al frenar y sin la gente que toma café y
whisky en la esquina. Puedo vivir mejor en mi reino de dos plazas si
mantengo la habitación en penumbras, bien abrigada en el invierno
como ahora, y sombreada y fresca en el verano. Mamá y yo conocemos
nuestro olor común y he descubierto que en estado de vigilia la vida
es mucho más amable. Pero el timbre musical de la puerta de la
entrada se estremeció con cierto vigor y nosotras nos miramos,
aterradas.
—Dijo a las dos.
Mamá me alcanzó los pantalones de franela, el pulóver de angora y el
gorro gris para ocultar el pelo todavía sin peinar
—Pasate el rouge por los labios —susurró escurriéndose hacia la
cocina. Y la escala musical volvió a sonar. Ella se mostraba
impaciente y algo impuntual o bien estaba realmente afligida y
necesitaba cerciorarse de que la habitación para huésped
distinguido era real.
Por fortuna estaba el humo del sahumerio no bien se transponía el
umbral, y la ventana del escritorio sólo entornada. Hasta podría
creer que habíamos trabajado allí un momento antes. Cuando abrí la
puerta apenas si los vi. Pero la voz era la misma. Llevaba un sacón
a cuadros y un gran cuello de piel. El hombre era muy joven.
—Yo hablé con usted esta mañana, por el aviso de la habitación —dijo
la mujer del teléfono.
Fue entonces sonreír, confirmar su frase y hacerme a un lado no sin
antes reprocharle esa anticipación de casi media hora que me tomaba
de sorpresa y a la que atribuía mi aspecto deplorable. Sin embargo
era el de costumbre aunque ella no podía saberlo y la mentira me
daba gran elasticidad.
Disculpé a mi madre asegurando que en el escritorio podríamos hablar
en paz. Él era un hombre alto y rubio y parecía mudo; su gran cara
inexpresiva se recortó contra el papel de la pared. La pared tenía
manchas gigantescas.
—Estamos
refaccionando la casa —dije—, pero ustedes saben que en el país es
en vano intentar nada que no sea gastar enormes sumas de dinero. Los
obreros vienen cuando quieren o cuando se les promete beneficios
realmente estrafalarios. Yo entiendo algo de este negocio de las
casas; he trabajado aquí precisamente con uno de mis huéspedes
anteriores, un muchacho que fue un consuelo para mamá, que es viuda
desde hace ya diez años, y para mí, que rompí un noviazgo. Ese
muchacho, digo, me enseñó mucho del negocio inmobiliario pero desde
hace un tiempo sufro terribles dolores de cabeza. Algunos médicos me
han dicho que es consecuencia de las tensiones pasadas, una
depresión, aunque tengo un espíritu siempre de primera ¿cómo
podríamos darnos vuelta dos mujeres solas?, digo dos mujeres porque
Lina apenas si puede estar en casa, pobre, con su trabajo en el
hospital y los pacientes de las inyecciones. También sé poner
inyecciones si es preciso, pero la medicina no se hizo para mí. Hay
que tener buenas piernas, buen pulso, sangre fría. Siempre fui muy
delicada. Sí, señor, mi padre decía: Esta chica nos dará un buen
susto y la verdad es que no se equivocó. A veces quisiera estar con
mi hermana en California, tengo una hermana cuatro años mayor,
casada con un técnico de la Westinghouse
y dos niños preciosos, aquí están, ésta es la última postal que
recibimos para el cumpleaños de mamá, el primero de marzo.
Justamente cuando tuvo que partir el caballero japonés que ocupó la
pieza durante ocho meses y que era una bellísima persona. Daba gusto
compartir la casa con una persona semejante, con una exquisita
conversación y tan puntual en los pagos que a menudo debíamos
rogarle que aguardara a fin de mes para abonar. Cuatro años estuve
de novia y recién ahora puedo levantar la cabeza de tanta
preocupación, no es que sufriera demasiado, pero mi novio, digo, el
que era mi novio, profesaba la religión judía y su familia, sus
padres y amigos eran tan distintos. Mi madre mucho que lo lamentó,
la pobre, y también Lina, que vivió en Italia parte del fascismo, me
llenaba de consejos. Pero no era eso un obstáculo, verdaderamente
no, sino que para unas vacaciones él conoció a una muchacha empleada
en un mercado o algo parecido o se enfermó, el motivo valedero fue
su enfermedad nerviosa. ¿Se han fijado ustedes que el gran flagelo
de la época son los nervios maltratados por la vida que llevamos?
Una barbaridad cómo es que se contrae el hábito de los barbitúricos,
hasta yo debo tomar píldoras y eso que estoy mucho mejor ahora
aunque no puedo salir a trabajar, es tan difícil en Buenos Aires con
los militares y las revoluciones y luego de la herencia de Perón,
de modo que prefiero sacrificar una parte de la casa que es
hermosa, sí señor, ustedes ven que es una gran casa de real
categoría, sacrificar no está bien expresado, diríamos compartir
para sobrellevar los gastos, diríamos los once mil pesos que pido
por la habitación, casi nada, un chiche para mamá y yo pero también
ayudan en el caso de que aún tarde un par de meses en recuperarme
del todo.
Ambos me miraban y de pronto sentí, que aquella doble presencia
llenaba el escritorio como una niebla densa y pegajosa. Llenaban el
espacio de vida de las dos a tres de la tarde aun cuando el hombre
parecía de piedra y ella se mostraba tan nerviosa que pestañeaba
sin cesar, casi llorando. Sobre el gran cuello de piel emergía su
cara delgada y más bien larga, una cara trágica rematada en dos
bandas de pelo negro y despeinado. Tenía la nariz fina y aguileña,
el rictus de la risa marcado a uno y otro lado de su boca, los ojos
sombreados y grandísimos. El hombre se mostraba reticente y después
aprendí que esa era su manera especial de oponerse. Se miraban.
Descubrí también que me había adelantado a ellos con mi propia
historia y maldije aquel temperamento que me hacía obsesiva y
lenguaraz. No había tenido motivos para hablar de Rolfi ni de mi
depresión nerviosa: sólo del caballero japonés o de Renato para que
ellos supieran que mi madre y yo conservábamos recursos, gente que
se ocupaba de nosotras, que éramos hábiles y efectivas para dirigir
nuestra vida. Sólo el caballero japonés. Pero la mujer estaba más
afligida que yo.
—Sé que el aviso fue muy preciso —dijo en voz tan baja que casi no
se oía—, pero el caso escapa de lo cotidiano, señorita...
—Silvia —aclaré.
—Señorita Silvia —y agregó—, el señor Ballester necesita un sitio al
cual yo pueda tener acceso. Debió creer en mi cara de estupor.
—Oh, por Dios. El señor Ballester y yo vivimos una situación
difícil. Hace años.
Era una situación reciente porque se miraban como náufragos.
Ovillada en una cama en la semioscuridad, rizándose el cabello, una
aprende muchas cosas. Yo descubría ahora que la situación era fresca
todavía, podía ver los bordes de la herida, oler la sangre entre los
vapores del sahumerio. Pero decidí darles la oportunidad y acepté.
—Una vieja situación que por ahora es insoluble —dijo—, él no tiene
padres, ni hermanos, su padre vive en Bolivia. Yo soy su única
familia. Comienza a trabajar a las siete de la tarde y ustedes no
sufrirán molestia alguna porque nos moveremos como duendes. Regresa
ya de madrugada y duerme la mitad de la mañana. Todo consiste en que
se me permita acompañarlo un par de horas, cada día.
—Bueno está que ustedes comprendan lo insólito de la situación. Mi
madre y yo decidimos hace tiempo alquilar la pieza a un hombre, a
una persona de sexo masculino, de categoría, un hombre discreto que
no trajera dolores de cabeza ni nos pusiera en evidencia frente a la
familia que todavía nos visita. Los amigos. Todo el mundo cree que
el huésped elegido es un pariente lejano de mamá. Ustedes saben; a
menudo hay que sacrificarlo todo a la forma. Un pariente lejano,
sobre todo los domingos, cuando viene tía Teresa, la única
sobreviviente de mi padre que era militar, familia de militares
todos aunque después tuvieron que consentir a un cargo en los
ferrocarriles. De tal modo, una pareja…
—Oh, no. No vendré a la hora de visitas, sólo un par de horas para
poder ayudarlo en sus trabajos. Sé que es transitorio, en algunos
meses más habremos salido de esto y le aseguro que no molestaremos
más.
¿Por qué la dejaba suplicar? Era ella la que llevaba todo el peso de
aquella escena atroz que me conmovía y que a la vez me atraía
enormemente. ¿Por qué permanecía silencioso, repudiando casi lo que
la veía hacer? Sin embargo todo se refería a él; en cierto modo la
mujer se empequeñecía, suplicaba por él. Nerviosamente tomé el hilo
con todas las fuerzas de que era capaz.
—Si usted me certifica que no habrá complicaciones, que de veras no
existe la posibilidad...
—Oh, no, se lo aseguro. Sólo es un mal momento; pasará.
Después hizo un gesto incomprensible y mirando hacia atrás en esta
historia sé que aquella mueca de obstinada adoración fue el
principio. Sacudió la cabeza delicada dentro del cuello de piel;
ellos se miraban abstrayéndose.
—Nos queremos mucho, si usted supiera —dijo.
Me pareció algo ridícula cuando el contraluz marcó con fuerza el
rictus de la risa en sus mejillas. Pero de pronto pasó hacia una
conversación fluida sobre los inconvenientes de la vida diaria, de
cómo había encarecido todo en Buenos Aires y de tantas dificultades
por las que se atraviesa. Si ahora yo mezclaba a Rolfi en la
conversación el tema aparecería forzado. Quizá más tarde. Y entonces
les conté acerca de Amanda y disculpé a mamá que seguramente
escuchaba, la oreja apoyada en la puerta de la antecocina. Tendría
que luchar con mamá para recibirlos pero lo haría; de algún modo no
era posible haberse asomado a un mundo misterioso de miradas y
mensajes y volverse atrás.
Fijé el precio de la pieza y elogié con generosidad su buena luz, la
disposición de los muebles y la ventaja de poder moverse sin
perturbar el orden de la casa.
Omití decir,
naturalmente, que desde la cama yo veía el abrir y cerrar de la
puerta, sus siluetas si penetraban en el cuarto de baño y los
resplandores del ventanal si se lo abría. ¿Quiénes eran ellos? ¿Un
par de actores? ¿Una mujer comprometida? ¿Un enfermo mental? Miré
las manos de la mujer que estaban libres de alianzas. En el anular
de la mano izquierda —sólo una banda de oro cincelada con un par de
piedras azules. Las manos de él eran blancas y cuidadas: largas
manos de niño. Me parecía algo colegial: su blaizer de lana azul y
el pantalón de franela, la
corbata
de rayas escolares y su pelo espeso y rojo que bajaba detrás de las
orejas y a un lado de la frente hasta los ojos. Pero era rígido
también como si el alegre colegial hubiera perdido la capacidad de
risa y estuviese en cambio dispuesto a un salto por sorpresa. Un
triste niño viejo; con larga experiencia de la vida. Desdeñaba mi
casa, estoy segura, los fríos ojos azules descubrían la vejez de la
valija, las muestras y el calendario japonés con dos meses de
atraso en las fechas. Rechazaba mis elogios y los esfuerzos de su
compañera para caerme bien. Hablábamos del agua caliente y les
ofrecí el desayuno servido por mi madre si lo creían necesario.
—Somos como una familia unida. Por las tardes del domingo nuestros
huéspedes anteriores nos acompañaban.
—También trabajo los domingos —dijo él hablando por primera vez.
—¡Ah! —repliqué decepcionada—, lo siento mucho.
—No molestaremos —insistió la mujer—, y le agradezco con todo
corazón que quiera aceptar estas condiciones.
Me hizo sentir amable e importante. Después de mucho tiempo yo era
un dios dispensador de buenaventura, de mí dependía que aquellos
dos pudieran verse o no, quedarse o ir a dar a la calle. Ninguna
casa de pensión —al fin eso es lo que era la mía— aceptaría un
arreglo semejante. Se trataba de una visita de mujer o de convertir
la casa en un hotel de citas. Ellos me alertaban acerca de la cita
dando una versión confusa, algo dramática de la situación. Pero
fornicarían en mi casa, eso era seguro. Y por eso ella suplicaba;
desde su sillón me miraba con sus grandes ojos desesperados y se
volvía hacia el amigo implorándole colaboración; luego trasladaba su
ruego hasta mis propios ojos que devoraban la escena y la expresión
era diferente: déjame ayudarlo, me decían, necesita un lugar,
dormir, debo ayudarlo si es que quiero fornicar. Mientras mamá
cocinaba, Rolfi y yo lo habíamos hecho un par de veces en el sillón
de la sala ahora cerrada. Fue duro e incómodo. Yo pensaba todo el
tiempo que el viejo sillón iba a derrumbarse y que me dolían los
huesos apretados contra la esterilla. Rolfi era lento y poco
convincente. Aun así lo apreté con aflicción hasta que el asunto
terminó. Luego insistimos una tarde de verano y el día de mi
cumpleaños. Rolfi me pidió que me encontrara con él fuera de la casa
y se lo prometí encantada. Pero fue entonces cuando surgió lo de la
chica del mercado o su enfermedad o ambas cosas a la vez y sobrevino
la ruptura. Habían sido unas extrañas relaciones que dejaron como
lastre mucha sed, los atroces dolores de cabeza y mi apego por aquel
piso de Viamonte. Encontré que estaba hablando de Rolfi,
explicándoles de nuevo su condición de judío y lo excelente de
aquella extraña familia que celebraba el día del Perdón y el Bar
Misvah. Omití decirles lo bondadosos que habían sido todos conmigo a
pesar del profundo odio que yo les profesaba. Aquel odio no me había
dejado hacer el amor en paz; no era la silla ni la sala ni la
proximidad de mamá; mamá no hubiera entrado nunca sin hacer ruido.
Era la familia de Rolfi la que yo tenía atragantada. Y luego la
compañía de alquileres con la ayuda de Renato, que adoraba a mamá
como a su madre pero que había espaciado sus visitas hasta
desaparecer llevándose consigo los sellos de goma y los papeles con
membrete. Y luego el caballero japonés con los bombones. Había mucho
que decir de todos ellos. Me gustaban los detalles psicológicos, las
indagaciones en el ser humano, las conjeturas. El doctor Strum, por
ejemplo, un viejo profesor que vivía en el cuarto piso: a fuerza de
observarlo y de reflexionar acerca de él descubrí que era un
funcionario alemán, de la Segunda Guerra, un alto refugiado.
ir a la segunda parte
ir arriba
|