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Marta Lynch

La pieza en alquiler

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Marta Lynch (Marta Lía Frigerio) (1925-1985) perteneció al notable grupo de escritoras argentinas de la generación del 50 y 60 (como Silvina Bullrich, Beatriz Guido, Sara Gallardo, entre otras).

Escribió varios best-sellers y fue muy popular y polémica en su tiempo. Alberto Girri la definió como una escritora "poco menos que única entre nosotros, por su ímpetu y destreza narrativa y por haber incorporado a nuestra literatura personajes como la señora Ordóñez o la Colorada Villanueva, acaso arquetípicos de nuestro medio".

Se licenció en literatura en la facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Se casó con el abogado Juan Manuel Lynch. Viajó y dio conferencias en Europa y en distintos países americanos: México, Cuba. Paraguay, Chile, Uruguay. Fue colaboradora de La Nación y de numerosos diarios y revistas.

Trabajó con Frondizi entre 1962 y 1964, en noviembre de 1972 viajó en el chárter que trajo de vuelta a Juan Perón, lo que no le impidió coquetear con Dictadura (1976-1983). No obstante reclamó por la aparición con vida del escritor Haroldo Conti.

La aterrorizó el deterioro físico e intelectual de la vejez y, tras una larga depresión, se suicidó en su habitación con arma de fuego.

Sus obras: La alfombra roja (1966), Al vencedor (1965), Los cuentos tristes (1966), La señora Ordóñez (1988), Cuentos de colores (1970), El cruce del río (1972), Un árbol lleno de manzanas (1974), Los dedos de la mano (1976), La penúltima versión de la Colorada Villanueva (1978), Los años de fuego (1980), Informe bajo llave (1983), No te duermas, no me dejes (1985, cuentos). 

 

 

De Así escriben los argentinos, antología, Ediciones Orión, 1975.

 

Ella llamó por la mañana a eso de las nueve. Es por el aviso, dijo con una voz grave y temblorosa e insistió que necesitaba la pieza y que pasaría a ver­me. Entonces creí mejor avisarle que mamá y yo al­morzábamos temprano y que la hora adecuada serían las dos de la tarde porque había previsto una dili­gencia en Tribunales y yo estaba sola para todo. Dijo que pasaría a las dos pero su voz resultaba extraña a punto tal que no pude conciliar el sueño y me que­dé de espaldas en la cama que compartimos con ma­má desde que papá murió. Hubiera querido verla en seguida para comprobar si la voz correspondía a la angustia mostrada, de modo que se lo conté a mamá que llegó con el nescafé y las galletitas. Ella también parecía intrigada pero dijo:

—El hecho de alquilar una pieza que nos sobra no es motivo para complicación, Silvia.

Y yo le contesté:

—Acordate del caballero japonés, el funcionario de Toshiba. Decía que la pieza era un juguete para él, pagaba con puntualidad y nos traía flores y
bom­bones. Y un día quiso cortarse el cuello.

—Pero no lo hizo.

No todos los pensionistas pueden ser como Lina, la italiana que ocupa la baulera sobre la cocina y que trabaja de enfermera durante todo el día. Ella es una mujer ideal. Cuando llega del trabajo con todas sus historias de abortos fallidos y de trepanaciones, las tardes y la noche del domingo se interrumpen de un modo natural y amable. Lina nos divierte con las desdichas de los otros y por momentos parece que el tropel de hombres y mujeres que pelean por sus vidas en el hospital, los amigos en la hora de visita, el mun­do todo irrumpe en nuestro piso.

Nosotras dos conservamos el piso con decoro. Es amplio y responde a los términos del aviso que inventé una tarde, cinco años atrás, cuando decidimos dar pensión. Casa de categoría, lujosa habitación para caballero distinguido y apareció Renato, que llenó nuestra vida durante un par de años; Renato que era delicado y humoral y que cantaba acompañado por la guitarra española, regalo de su madre, santa madre, como él decía, de quien nunca consiguió separarse. Renato aún nos visita y hasta canta algunas canciones pero sin guitarra. Y luego fue Arístides que era menos alegre pero cumplía con nosotras y eso hasta el caballero japonés. Nunca una mujer; solamente Lina en su baulera haciéndonos reír y riendo larga­mente, con una risa aguda y fuerte que se oye desde el ascensor. Sólo Lina porque nosotras pedíamos caba­lleros distinguidos. El mal del mundo lo traen las mujeres y yo me hubiera muerto de vergüenza si por una de mis imprevisiones mi madre hubiera tenido que alcanzar el desayuno a una empleadita de comer­cio en camisón.

Pero la mujer del teléfono era otra cosa. Dijo, por favor, con una voz profunda que despertó mi curio­sidad y desde el momento en que mi salud fue mala descubrí que la curiosidad es el sexto sentido del enfermo y aquello que lo ayuda a mantenerse en me­jores condiciones. La curiosidad y la observación ponen alas a nuestras posibilidades cuando estamos atados a la cama. Desde que rompí con Rolfi no he dejado de sentirme mal. No es que lo quisiera dema­siado pero a los treinta y cuatro años y desde los treinta, uno se acostumbra a la voz, a un horario, a un cierto cambio de preguntas y respuestas. Tener novio no me preocupó hasta que tuve treinta años cuando conocí a Rolfi en la tienda de artículos de punto y él me contó que era judío y me pidió el núme­ro de teléfono. Bien que hice sufrir a mamá con el inconveniente de la religión hasta que conseguí explicarle que nosotras éramos católicas de nombre y que no puede rechazarse a un candidato porque el domingo de Ramos vaya a misa o no. De modo que fueron cuatro años en compañía de Rolfi y casi estábamos dispuestos a la boda cuando él llegó una tarde con el cuento de Virginia, de su compromiso y de los altos valores morales a los que no podía renunciar y yo lo eché. Ya para entonces el hígado y el estómago me daban mucho trabajo como también la garganta y este in­somnio desdichado que me tiene en cama hasta el mediodía y aun los dolores de cabeza que me devuel­ven a la cama por la tarde. Entre una cosa y otra apenas tengo tiempo para envolverme el pelo en los ruleros y mostrarme presentable. Y tan poca cosa me fastidia. He optado por usar un gorro de lana de colores que me envuelve la cabeza y que a la par de aspecto exótico me da comodidad. Pero ella había dicho que estaría en casa a las dos y pensamos, con mamá, que podríamos recibirla en el escritorio donde una vez hice funcionar una oficina de alquileres. Re­nato me ayudó, lo recuerdo, pero la oficina exigía ganas de vivir y yo no estaba segura de tenerlas, al menos de vivir con tantas energías. Conseguí ofrecer un departamento en la calle Pellegrini pero no llegué a tiempo para mostrarlo al único matrimonio inte­resado, y los sujetos llamaron y dijeron un montón de cosas y aunque traté de explicarles lo de mi estó­mago no volvieron a llamar. Entonces resolví lo de la promoción para artículos de perfumería y convencí a mamá de que me permitiera salir con el muestrario a recorrer el radio establecido. Pero justamente esa se­mana tuve anginas y llovió muy fuerte de modo que la valija con las muestras quedó sobre la mesa y con tantas idas y venidas mamá se persuadió a sí misma que dar pensión era una idea formidable y allí está­bamos.

No es fácil la vida para dos mujeres solas en una ciudad como Buenos Aires donde la gente ladra en vez de hablar. No es fácil en un país tan duro y con la única prerrogativa de haber sido siempre gente bien y de mantener un piso entero en Viamonte y Pellegrini, verdaderamente un piso antiguo pero aún muy presentable, sobre todo en la parte del comedor y la sala de recibo en la que aún conservamos las vitrinas y los recuerdos que Amanda nos envía para Navidad desde California. He notado que cuando la gente sabe que tenemos familia en California nos mira con mejores ojos y siente alegría. Esa parte de la sala se conserva intacta y cuando cada pensionista hace su entrada, a través de la puerta de vidrios bise­lados, recibe su impresión. El aviso no miente en aquello de la casa de categoría. Espero que ocurra lo mismo hoy con la mujer que habló; y casi siento de­seos de dejar la cama para darme un buen baño caliente pero hace frío y mamá recién accedió a encen­der la estufa y hay olor a querosén hasta tal punto que el humito del sahumerio no consigue disiparlo. Así que puedo estar tranquila un rato más y como mamá también demuestra curiosidad acerca del llama­do, conversamos. Mamá: sentada a los pies de la cama, su grueso batón de pirineo gris y toda la modestia que no heredé porque salí a mi padre; tengo el orgullo y la apostura de mi padre aun cuando los últimos años de su vida las circunstancias se ensañaron con él y desfiguraron su personalidad. Un militar que siempre es importante en la Argentina conserva el privilegio de serio en todas partes excepto en el hogar: mamá y yo hacíamos con él nuestra santa voluntad, todavía más cuando pidió el retiro y arrojó a la familia a esta mediocridad sin límites en la que nos ahogamos hoy. Él nos llevó de la mano hasta su empleo en los ferroviarios y el cambio no me pareció decente. Un piso en Viamonte y Pellegrini no puede ser el habi­táculo de un empleado ferroviario aun cuando papá fue jefe o algo así y todos sabíamos que no tuvo alternativa en la elección porque en eso la revolución que lo defenestró se mostró implacable. Pero siempre pensé que había que defender el piso y nuestra manera de vivir, es decir, mamá y yo, parapetadas detrás de estas altas celosías desde las que vemos las vidrie­ras de La Orquídea, con sus plantas carnívoras, obscenas y carísimas. Debo admitir que algunos fue­ron momentos agradables como el día de la llegada a casa del caballero japonés. Mamá y yo habíamos puesto la mesa en el comedor que no se usa porque ella, Lina y yo comemos, juntas, en la antecocina. (A la americana como dicen ahora, quizá como Aman­da en California.) Mamá cocina para todos y allí nos reunimos de buen modo, yo que recién consigo levan­tarme, la bata sobre el camisón, a la una de la tarde, junto a mamá y Lina que regresa de sus hospitales. Es una hora amable entre impresiones de la calle —las pocas que se reciben desde aquí— y la radio que fun­ciona noche y día y ahora la televisión. Es una hora amable pero apenas terminamos de comer ya me siento exhausta nuevamente y entonces es cuando alcanzo a maldecir el recuerdo de mi padre porque aún no hemos terminado con los trámites, los certifi­cados y la jubilación. Hay una horrible sucesión de impuestos, de fantásticas cargas a una propiedad que nos pertenece a medias y por la que debo pelear a brazo partido. Y es la hora de revancha de mamá que se instala frente al televisor mientras salgo a enfren­tarme con esa multitud anodina de hombres y mujeres de oficina, seres absurdos con títulos y horarios que se desplazan metódicamente de un edificio al otro, de una ventanilla a la siguiente con implacable regu­laridad. Nunca se oponen excepciones. Para cada cir­cunstancia existe un folio, un estante, una firma, una estampilla, sellos. Certifico que soy la hija de mi padre o que mi padre fue enterrado o que la pri­mera hipoteca del piso data del año 1953 o que mi madre no volvió a casarse. Siempre adelante. A veces hago un alto y bebo mi café italiano que, fuera de la mirada de mamá, no me causa trastornos; olvido mi estómago en tanto engullo las medialunas, de pie, entre un conjunto de criaturas frenéticas que también beben su café, se afanan como yo y me ignoran. El caballero japonés miró a su alrededor encantado:

—Pero esto es un gran recibimiento —dijo.

Mamá bajó los ojos con placer. Sobre la mesa había colocado el mantel de hilo de Bruselas y las copas de buena calidad. Le servimos sidra. El hombre bebió poniéndose de pronto extrañamente parecido a un mono. Bebió otra vez y por temor a mi estómago sólo lo acompañé con la mirada.

—Bienvenido a casa —dijimos con mi madre, a dúo.

Fue un gran recibimiento y desde entonces el hués­ped pasaba las tardes del domingo en nuestra compa­ñía, nos hablaba de la empresa que marchaba bien y del Japón que nadie puede visitar sin quedar hechi­zado para siempre.

—La señorita Silvia debería conocer el Japón — decía.

Yo, con lo enferma que me sentía casi siempre, con mis obligaciones, día y noche entre la cama de mamá y las oficinas. Sólo me queda como evasión posible el rectángulo azul que envía Amanda cada dos o tres semanas, las estampillas que marcan el cambio de imaginación en el correo americano y sus vicisitudes relatadas con cierta reticencia: estamos bien, tendré una nueva criatura para la primavera. Paco ha llegado a los setecientos dólares. El japonés me regaló un hermoso calendario que fue a descansar junto a los viejos formularios de la inmobiliaria y las muestras de jabones. De ese modo las postales de Amanda, y los papeles que se ponen amarillos y el vistoso calen­dario con los jardines de Kioto marcan la presencia de aquella habitación entre la sala y el comedor cerrados. Apenas si conseguimos quitar un poco del olor a moho con el humo del sahumerio pero aun así el olor siempre me ha parecido confortable, tranqui­lizador, como esos olores melancólicos de las sábanas o de los armarios.

—No estoy segura de la conveniencia —dijo ma­má—. Una mujer es muy complicada casi siempre, puede recibir visitas, llamadas fuera de momento, traernos dolores de cabeza.

—Quiero escuchar su historia —confesé—. Su voz era muy trágica.

Mamá levantó ligeramente las cortinas para ver la calle. Yo prefiero mantener la habitación en penum­bras porque eso me ayuda a descansar y me aparta a la vez de tantas cosas indeseables. Y bien: puedo vivir perfectamente sin las vidrieras de Mario Ca­muyrano, sin los autobuses que chillan al frenar y sin la gente que toma café y whisky en la esquina. Puedo vivir mejor en mi reino de dos plazas si mantengo la habitación en penumbras, bien abrigada en el invierno como ahora, y sombreada y fresca en el verano. Mamá y yo conocemos nuestro olor común y he descubierto que en estado de vigilia la vida es mucho más amable. Pero el timbre musical de la puerta de la entrada se estremeció con cierto vigor y nosotras nos miramos, aterradas.

—Dijo a las dos.

Mamá me alcanzó los pantalones de franela, el pulóver de angora y el gorro gris para ocultar el pelo todavía sin peinar

—Pasate el rouge por los labios —susurró escu­rriéndose hacia la cocina. Y la escala musical volvió a sonar. Ella se mostraba impaciente y algo impuntual o bien estaba realmente afligida y necesitaba cercio­rarse de que la habitación para huésped distinguido era real.

Por fortuna estaba el humo del sahumerio no bien se transponía el umbral, y la ventana del escritorio sólo entornada. Hasta podría creer que habíamos trabajado allí un momento antes. Cuando abrí la puer­ta apenas si los vi. Pero la voz era la misma. Llevaba un sacón a cuadros y un gran cuello de piel. El hombre era muy joven.

—Yo hablé con usted esta mañana, por el aviso de la habitación —dijo la mujer del teléfono.

Fue entonces sonreír, confirmar su frase y hacerme a un lado no sin antes reprocharle esa anticipación de casi media hora que me tomaba de sorpresa y a la que atribuía mi aspecto deplorable. Sin embargo era el de costumbre aunque ella no podía saberlo y la mentira me daba gran elasticidad.

Disculpé a mi madre asegurando que en el escritorio podríamos hablar en paz. Él era un hombre alto y rubio y parecía mudo; su gran cara inexpresiva se recortó contra el papel de la pared. La pared tenía manchas gigantescas.

—Estamos refaccionando la casa —dije—, pero ustedes saben que en el país es en vano intentar nada que no sea gastar enormes sumas de dinero. Los obre­ros vienen cuando quieren o cuando se les promete beneficios realmente estrafalarios. Yo entiendo algo de este negocio de las casas; he trabajado aquí pre­cisamente con uno de mis huéspedes anteriores, un muchacho que fue un consuelo para mamá, que es viuda desde hace ya diez años, y para mí, que rompí un noviazgo. Ese muchacho, digo, me enseñó mucho del negocio inmobiliario pero desde hace un tiempo sufro terribles dolores de cabeza. Algunos médicos me han dicho que es consecuencia de las tensiones pasadas, una depresión, aunque tengo un espíritu siempre de primera ¿cómo podríamos darnos vuelta dos mujeres solas?, digo dos mujeres porque Lina apenas si puede estar en casa, pobre, con su trabajo en el hospital y los pacientes de las inyecciones. Tam­bién sé poner inyecciones si es preciso, pero la medi­cina no se hizo para mí. Hay que tener buenas piernas, buen pulso, sangre fría. Siempre fui muy delicada. Sí, señor, mi padre decía: Esta chica nos dará un buen susto y la verdad es que no se equivocó. A veces qui­siera estar con mi hermana en California, tengo una hermana cuatro años mayor, casada con un técnico de la Westinghouse y dos niños preciosos, aquí están, ésta es la última postal que recibimos para el cumple­años de mamá, el primero de marzo. Justamente cuando tuvo que partir el caballero japonés que ocupó la pieza durante ocho meses y que era una bellísima persona. Daba gusto compartir la casa con una per­sona semejante, con una exquisita conversación y tan puntual en los pagos que a menudo debíamos rogarle que aguardara a fin de mes para abonar. Cuatro años estuve de novia y recién ahora puedo levantar la cabeza de tanta preocupación, no es que sufriera demasiado, pero mi novio, digo, el que era mi novio, profesaba la religión judía y su familia, sus padres y amigos eran tan distintos. Mi madre mucho que lo lamentó, la pobre, y también Lina, que vivió en Italia parte del fascismo, me llenaba de consejos. Pero no era eso un obstáculo, verdaderamente no, sino que para unas vacaciones él conoció a una muchacha empleada en un mercado o algo parecido o se enfermó, el motivo valedero fue su enfermedad nerviosa. ¿Se han fijado ustedes que el gran flagelo de la época son los nervios maltratados por la vida que llevamos? Una barbaridad cómo es que se contrae el hábito de los barbitúricos, hasta yo debo tomar píldoras y eso que estoy mucho mejor ahora aunque no puedo salir a trabajar, es tan difícil en Buenos Aires con los militares y las revo­luciones y luego de la herencia de Perón, de modo que prefiero sacrificar una parte de la casa que es her­mosa, sí señor, ustedes ven que es una gran casa de real categoría, sacrificar no está bien expresado, diríamos compartir para sobrellevar los gastos, diría­mos los once mil pesos que pido por la habitación, casi nada, un chiche para mamá y yo pero también ayudan en el caso de que aún tarde un par de meses en recuperarme del todo.

Ambos me miraban y de pronto sentí, que aquella doble presencia llenaba el escritorio como una niebla densa y pegajosa. Llenaban el espacio de vida de las dos a tres de la tarde aun cuando el hombre parecía de piedra y ella se mostraba tan nerviosa que pes­tañeaba sin cesar, casi llorando. Sobre el gran cuello de piel emergía su cara delgada y más bien larga, una cara trágica rematada en dos bandas de pelo negro y despeinado. Tenía la nariz fina y aguileña, el rictus de la risa marcado a uno y otro lado de su boca, los ojos sombreados y grandísimos. El hombre se mostra­ba reticente y después aprendí que esa era su manera especial de oponerse. Se miraban. Descubrí también que me había adelantado a ellos con mi propia historia y maldije aquel temperamento que me hacía obsesiva y lenguaraz. No había tenido motivos para hablar de Rolfi ni de mi depresión nerviosa: sólo del caballero japonés o de Renato para que ellos supieran que mi madre y yo conservábamos recursos, gente que se ocupaba de nosotras, que éramos hábiles y efectivas para dirigir nuestra vida. Sólo el caballero japonés. Pero la mujer estaba más afligida que yo.

—Sé que el aviso fue muy preciso —dijo en voz tan baja que casi no se oía—, pero el caso escapa de lo cotidiano, señorita...

—Silvia —aclaré.

—Señorita Silvia —y agregó—, el señor Ballester necesita un sitio al cual yo pueda tener acceso. Debió creer en mi cara de estupor.

—Oh, por Dios. El señor Ballester y yo vivimos una situación difícil. Hace años.

Era una situación reciente porque se miraban como náufragos. Ovillada en una cama en la semioscuridad, rizándose el cabello, una aprende muchas cosas. Yo descubría ahora que la situación era fresca todavía, podía ver los bordes de la herida, oler la sangre entre los vapores del sahumerio. Pero decidí darles la opor­tunidad y acepté.

—Una vieja situación que por ahora es insoluble —dijo—, él no tiene padres, ni hermanos, su padre vive en Bolivia. Yo soy su única familia. Comienza a trabajar a las siete de la tarde y ustedes no sufrirán molestia alguna porque nos moveremos como duendes. Regresa ya de madrugada y duerme la mitad de la mañana. Todo consiste en que se me permita acom­pañarlo un par de horas, cada día.

—Bueno está que ustedes comprendan lo insólito de la situación. Mi madre y yo decidimos hace tiempo alquilar la pieza a un hombre, a una persona de sexo masculino, de categoría, un hombre discreto que no trajera dolores de cabeza ni nos pusiera en evidencia frente a la familia que todavía nos visita. Los amigos. Todo el mundo cree que el huésped elegido es un pa­riente lejano de mamá. Ustedes saben; a menudo hay que sacrificarlo todo a la forma. Un pariente lejano, sobre todo los domingos, cuando viene tía Te­resa, la única sobreviviente de mi padre que era militar, familia de militares todos aunque después tuvieron que consentir a un cargo en los ferrocarriles. De tal modo, una pareja…

—Oh, no. No vendré a la hora de visitas, sólo un par de horas para poder ayudarlo en sus trabajos. Sé que es transitorio, en algunos meses más habremos salido de esto y le aseguro que no molestaremos más.

¿Por qué la dejaba suplicar? Era ella la que llevaba todo el peso de aquella escena atroz que me conmovía y que a la vez me atraía enormemente. ¿Por qué permanecía silencioso, repudiando casi lo que la veía hacer? Sin embargo todo se refería a él; en cierto modo la mujer se empequeñecía, suplicaba por él. Ner­viosamente tomé el hilo con todas las fuerzas de que era capaz.

—Si usted me certifica que no habrá complicacio­nes, que de veras no existe la posibilidad...

—Oh, no, se lo aseguro. Sólo es un mal momento; pasará.

Después hizo un gesto incomprensible y mirando hacia atrás en esta historia sé que aquella mueca de obstinada adoración fue el principio. Sacudió la cabeza delicada dentro del cuello de piel; ellos se miraban abstrayéndose.

—Nos queremos mucho, si usted supiera —dijo.

Me pareció algo ridícula cuando el contraluz marcó con fuerza el rictus de la risa en sus mejillas. Pero de pronto pasó hacia una conversación fluida sobre los inconvenientes de la vida diaria, de cómo había encarecido todo en Buenos Aires y de tantas dificul­tades por las que se atraviesa. Si ahora yo mezclaba a Rolfi en la conversación el tema aparecería forzado. Quizá más tarde. Y entonces les conté acerca de Amanda y disculpé a mamá que seguramente escu­chaba, la oreja apoyada en la puerta de la antecocina. Tendría que luchar con mamá para recibirlos pero lo haría; de algún modo no era posible haberse aso­mado a un mundo misterioso de miradas y mensajes y volverse atrás.

Fijé el precio de la pieza y elogié con generosidad su buena luz, la disposición de los muebles y la ventaja de poder moverse sin perturbar el orden de la casa.

Omití decir, naturalmente, que desde la cama yo veía el abrir y cerrar de la puerta, sus siluetas si pene­traban en el cuarto de baño y los resplandores del ventanal si se lo abría. ¿Quiénes eran ellos? ¿Un par de actores? ¿Una mujer comprometida? ¿Un enfermo mental? Miré las manos de la mujer que estaban libres de alianzas. En el anular de la mano izquierda —sólo una banda de oro cincelada con un par de piedras azules. Las manos de él eran blancas y cuidadas: largas manos de niño. Me parecía algo colegial: su blaizer de lana azul y el pantalón de franela, la corbata de rayas escolares y su pelo espeso y rojo que bajaba detrás de las orejas y a un lado de la frente hasta los ojos. Pero era rígido también como si el alegre colegial hubiera perdido la capacidad de risa y estuviese en cambio dispuesto a un salto por sorpresa. Un triste niño viejo; con larga experiencia de la vida. Desdeñaba mi casa, estoy segura, los fríos ojos azules descubrían la vejez de la valija, las mues­tras y el calendario japonés con dos meses de atraso en las fechas. Rechazaba mis elogios y los esfuerzos de su compañera para caerme bien. Hablábamos del agua caliente y les ofrecí el desayuno servido por mi madre si lo creían necesario.

—Somos como una familia unida. Por las tardes del domingo nuestros huéspedes anteriores nos acompa­ñaban.

—También trabajo los domingos —dijo él hablando por primera vez.

—¡Ah! —repliqué decepcionada—, lo siento mucho.

—No molestaremos —insistió la mujer—, y le agra­dezco con todo corazón que quiera aceptar estas condiciones.

Me hizo sentir amable e importante. Después de mucho tiempo yo era un dios dispensador de buena­ventura, de mí dependía que aquellos dos pudieran verse o no, quedarse o ir a dar a la calle. Ninguna casa de pensión —al fin eso es lo que era la mía— ­aceptaría un arreglo semejante. Se trataba de una visita de mujer o de convertir la casa en un hotel de citas. Ellos me alertaban acerca de la cita dando una versión confusa, algo dramática de la situación. Pero fornicarían en mi casa, eso era seguro. Y por eso ella suplicaba; desde su sillón me miraba con sus grandes ojos desesperados y se volvía hacia el amigo implorándole colaboración; luego trasladaba su ruego hasta mis propios ojos que devoraban la escena y la expresión era diferente: déjame ayudarlo, me decían, necesita un lugar, dormir, debo ayudarlo si es que quiero fornicar. Mientras mamá cocinaba, Rolfi y yo lo habíamos hecho un par de veces en el sillón de la sala ahora cerrada. Fue duro e incómodo. Yo pensaba todo el tiempo que el viejo sillón iba a derrumbarse y que me dolían los huesos apretados contra la este­rilla. Rolfi era lento y poco convincente. Aun así lo apreté con aflicción hasta que el asunto terminó. Luego insistimos una tarde de verano y el día de mi cumpleaños. Rolfi me pidió que me encontrara con él fuera de la casa y se lo prometí encantada. Pero fue entonces cuando surgió lo de la chica del mercado o su enfermedad o ambas cosas a la vez y sobrevino la ruptura. Habían sido unas extrañas relaciones que dejaron como lastre mucha sed, los atroces dolores de cabeza y mi apego por aquel piso de Viamonte. Encontré que estaba hablando de Rolfi, explicándoles de nuevo su condición de judío y lo excelente de aquella extraña familia que celebraba el día del Perdón y el Bar Misvah. Omití decirles lo bondadosos que habían sido todos conmigo a pesar del profundo odio que yo les profesaba. Aquel odio no me había dejado hacer el amor en paz; no era la silla ni la sala ni la proxi­midad de mamá; mamá no hubiera entrado nunca sin hacer ruido. Era la familia de Rolfi la que yo tenía atragantada. Y luego la compañía de alquileres con la ayuda de Renato, que adoraba a mamá como a su madre pero que había espaciado sus visitas hasta des­aparecer llevándose consigo los sellos de goma y los papeles con membrete. Y luego el caballero japonés con los bombones. Había mucho que decir de todos ellos. Me gustaban los detalles psicológicos, las inda­gaciones en el ser humano, las conjeturas. El doctor Strum, por ejemplo, un viejo profesor que vivía en el cuarto piso: a fuerza de observarlo y de reflexionar acerca de él descubrí que era un funcionario alemán, de la Segunda Guerra, un alto refugiado.

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