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Juan Carlos Onetti

La mano


 

Juan Carlos Onetti (1909/1994) escritor uruguayo, nació en el Barrio Sur de Montevideo el 1 de julio de 1909.

Abandonó el secundario y trabajó como cartero, vendedor y mozo. En 1929, cuando participaba de la revista La Tijera, intenta viajar a la Unión Soviética para conocer el país donde se estaba gestando el socialismo.

Se casa, viaja a la Argentina y trabaja en Crítica (1930). La Prensa publica su cuento “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo” (1933) y La Nación “El obstáculo” (1935) y “El posible Baldi” (1936). Los niños en el bosque y la novela Tiempo de abrazar, ambas de 1935, se publican en 1974.

En Buenos Aires trabaja en Vea y Lea e Ímpetu y aparece El pozo (1939) con 500 ejemplares que se reeditarán en 1965. Su relato “Convalescencia” gana un concurso en 1940.

Trabaja en Reuter (1941/55). Tierra de nadie (1941) es premiada y La Nación publica el cuento “Un sueño realizado”.

La vida breve (1950) es la novela fundacional de Santa María, ciudad donde se desarrollarían la mayoría de sus novelas.

A pesar de su devoción por Arlt, se vincula a la revista Sur de Victoria Ocampo. En 1957 aparece El infierno tan temido. Es Premio Nacional de Literatura (1959/60) y en 1963 se traduce al inglés Jacob y el Otro, que obtuviera el segundo premio entre más de 3000 trabajos en un concurso.

En 1967 es segundo de Vargas Llosa en el Premio Rómulo Gallegos y el triunfador reclama para él un justo reconocimiento. En 1975 se radica en Madrid. Cuando ya no importe (1993) es la última novela y su testamento literario

Se ha erigido en uno de los referentes de la literatura latinoamericana. Roa Bastos, Arguedas, García Márquez, Carlos Fuentes y Juan Rulfo tienen palabras de reconocimiento para él.

Entre otros, recibió el premio Cervantes (1980) y Cortázar lo define como el más grande novelista latinoamericano. La afirmación exime de calificativos. Murió en Madrid el 30 de mayo de 1994.

 

 

A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio:

—La leprosa.

Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile.

No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.

Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. “Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico”.

Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.

Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.

Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.

Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.

Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando.

 

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