La Nación,
Buenos Aires, 1946.
Cuando estuvo solo en el rincón del café, Óscar volvió a pensar en
la cabeza pálida del Tío Horacio en la camilla, que parecía haber
aceptado definitivamente la expresión de leve interés y cortesía con
que se enmascaraba al escuchar hablar a las personas y cosas que
habían estado o atravesado el sur de Buenos Aires, la zona
extranjera que se iniciaba en la calle Rivadavia, y a partir del
Carnaval de 1938. Tío Horacio alzaba las cejas y casi sonreía para
esperar el fin de aquellas conversaciones. Recordando su rostro
muerto, era nuevamente imposible adivinar en qué sentido y con qué
intención el odio y el desprecio actuaban sobre las imágenes y los
seres del barrio sur, cuál había sido la deformación obtenida, o
—tal vez no era más que esto— en qué tono de luz el odio y el
desprecio envolvían para tío Horario los paisajes proscritos del
sur.
El primer sábado del Carnaval del 38, tío Horacio y Perla pasearon
por Belgrano después de la comida; salieron del departamento y
caminaron despacio por Tacuarí y Piedras, tomados del brazo. Óscar
supo que habían ido a beber cerveza a un café alemán y que habían
conversado allí hasta pasada la medianoche. Cuando volvieron, ella
estuvo dando vueltas sin motivo por la casa, tarareando una música
de Albéniz, y casi en seguida se acostó. Tío Horacio quedó un rato
sentado junto a la mesa donde Óscar estudiaba. Parecía cansado, y se
quitó el cuello. Jugaba con el reloj, metiendo un dedo en el
bolsillo del chaleco, y miraba pensativo la mesa, en las pausas,
entre las preguntas distraídas. Óscar vio que sonreía suavemente, y
lo oyó reír un poco cuando se levantó y estuvo un rato de pie, las
piernas muy separadas, sacudiendo la cabeza. Después suspiró, hizo
la última pregunta sobre libros y exámenes y subió al dormitorio.
El domingo no salieron de casa; durante todo el día se movieron con
pesadez y silencio por el calor de la casa, mal vestidos, tendiendo
a los rincones frescos y semioscuros, donde marcaban su presencia
con gruesos diarios de la mañana, revistas y libros ajados, de fecha
antigua. Cuando Óscar se fue al anochecer, tío Horacio estaba solo
en el escritorio contando unas gotas de remedio. “Ella se quiere ir
y él no quiere presionarla hablándole de su enfermedad —pensó
Óscar—, o ella se quiere ir y él va a buscar la forma de presionarla
haciéndole saber, sin decirlo, que está otra vez enfermo.”
El lunes de Carnaval estuvieron todo el día juntos y afuera; Óscar
los vio de noche, nuevamente amigos; tío Horacio habló de muchas
cosas, un poco excitado y feliz, con sudor en la frente y un jadeo
al sonreír. El martes Óscar llegó a la calle Belgrano al anochecer;
tío Horacio estaba solo, junto a una ventana, la camisa desprendida,
los lentes colgando por una patilla de los dedos; y la quinta
edición de un diario junto a los pies descalzos. Se saludaron, y
Óscar no le vio más que sueño en la cara. Después no pudo comprender
—porque aquello representaba a un desconocido cualquiera y no tenía
relación alguna con tío Horacio— el encontrar encima de la carpeta
del comedor, cerca del vaso de leche y el sándwich de jamón que le
dejaba todas las noches Perla, una carta escrita con tinta muy azul,
desplegada, sujeta con el centro de mesa, con cuatro dobleces bien
marcados. La leche, el sándwich y la carta habían sido puestos allí
por tío Horacio, por el hombre que estaba junto a la ventana de la
otra habitación: quería enterarlo, sin preguntas, de que Perla se
había ido con perdones, olvido, felicidad y el irrenunciable derecho
a la realización de la propia vida. No volvieron a hablar de Perla;
cuando Óscar volvió en la madrugada, la carta no estaba en la mesa,
y tío Horacio continuaba espiando por la ventana la noche caliente
de Carnaval, todavía blando en la cara el gesto de bondadoso hastío
que habría de señalarlo hasta el final.
En el tiempo de Belgrano, el hijo de Horacio, Walter, iba pocas
veces a visitarlos; pero cuando se mudaron a una pensión de Paraná y
Corrientes comenzó a llegar casi todas las noches demasiado bien
vestido, perfumado, con el largo pelo endurecido y brillante echado
hacia la nuca. Óscar lo oía taconear en el corredor y luego veía
aparecer su cara blanca, hecha de una materia exangüe y envejecida,
mucho más vieja que él, como si Walter la hubiese prestado para que
otro hombre la gastara en años rellenos de miserias, de mirar sin
nobleza y de estirar sonrisas falsas y vacilantes.
—Holaquetal —decía por encima de la lámpara la cara solitaria entre
la pared oscura y el traje negro. Saludaba a tío Horacio y comenzaba
a pasearse entre el balcón y la cama, contando historias de gentes
del teatro y la radio, del dinero que iba a ganar en la temporada,
de ganancias fabulosas en el hipódromo de La Plata. Construía el
esqueleto de su vida y Óscar, sobre los libros, lo iba rellenando y
cubriendo con magulladuras sin consuelo, caras abyectas, mujeres sin
sombrero, de largos trajes de colores deprimentes, que balbuceaban
sobre mesitas y bajo música, siempre bajo música de bandoneones o
trompetas, o poblando, cubiertas con salidas de baño, en horas de
siesta, el patio de la pensión.
La valla de la calle Rivadavia se levantó gracias a Walter. No se
animó a decirlo directamente al viejo; estaba detrás de tío Horacio
y habló dirigiéndose a Óscar, que se ponía la corbata frente al
espejo.
—Vi a Perla en un café de la Avenida. No me dijo nada especial, pero
está bien.
Después, en otras noches, supieron que Perla se había ido con un
hombre que tocaba la guitarra en un café español, y la cara oscura y
aceitosa del amante de Perla se hizo para Óscar inseparable del
recuerdo de la mujer. Tío Horacio no hizo comentarios, y no parecía
haberse enterado de la proximidad nocturna de Perla, cinco cuadras
al Sur. Óscar supo que había oído a Walter, porque en los paseos de
la noche, cuando salían a tomar un café liviano a alguna parte,
comenzó a llegar por Paraná hasta Rivadavia, donde se abría la Plaza
del Congreso y hacia donde miraba con curiosidad idéntica noche tras
noche; luego doblaba a la izquierda y continuaban conversando por
Rivadavia hacia el este. Casi todas las noches; por Paraná, por
Montevideo, por Talcahuano, por Libertad. Sin hablar nunca de
aquello, Óscar tuvo que enterarse de que la ciudad y el mundo de tío
Horacio terminaban en mojones infranqueables en la calle Rivadavia;
y todos los nombres de calles, negocios y lugares del barrio sur
fueron suprimidos y muy pronto olvidados. De manera que cuando
alguien los nombraba junto a él, tío Horacio parpadeaba y sonreía,
sin comprender, pero disimulando, esperando con paciencia que la
historia o los personajes cruzaran Rivadavia y él pudiera situarlos.
Así estaban en el año 38, y así siguieron en el 39, hasta el
principio de la guerra, golpeándose los dos sin violencia casi todas
las noches contra el muro de Rivadavia, sabiendo por Walter que la
avenida “estaba llena de gente gorda y el otro día andaba un
torero”. Sabían también que casi cada semana inauguraban un nuevo
café, con canciones y música; en todos ellos instalaba Óscar al
guitarrista junto a una Perla remozada y locuaz que bebía manzanilla
y golpeaba las palmas a compás. “Es por la guerra de España”,
comentaba Walter.
Pero la guerra de España había terminado hacía mucho tiempo, y por
muchos meses la Avenida de Mayo fue para Óscar —y él pensaba que
también para tío Horacio— diez cuadras flanqueadas de cafés ruidosos
en la noche, con hombres y mujeres gordos tomando cerveza en las
aceras, mientras a la luz del día muchos toreros iban y venían con
paso apresurado. Y las pocas veces en que Óscar atravesó solo de
noche Rivadavia y vio una Avenida de Mayo reconocible, volvió sin
decir una palabra a tío Horacio y olvidó en seguida lo que había
mirado. Así que estaba seguro de que dentro de tío Horacio seguía
paralizada la visión fantástica del territorio perdido, donde Perla
conversaba y reía y donde era frecuente que hubiese una Perla en
cada café ruidoso, cerca de un torero, cerca de un hombre de pelo
retinto, inclinado encima de una guitarra.
La última vez que tío Horacio estuvo enfermo, el médico lo había
mirado con ojos desganados al ponerle la inyección. “No se sabe
cuánto —dijo después—. A lo mejor vive más que usted.” Óscar decía
que sí; pero Walter no quería creer y murmuraba con el cigarrillo en
la boca —la boca un poco torcida por el cigarrillo, el perfil alto,
tal como Óscar lo veía atrás de las ventanas de los cafés—: “Un día
nos da un susto.”
El susto llegó una noche en que salieron a caminar los tres, tío
Horacio en el medio, un sábado en el principio del verano. Tío
Horacio caminaba despacio, hablando, palabra por palabra, de la
organización de los productores de trigo de Canadá, y Óscar lo
vigilaba de reojo, mientras Walter, taconeando, los delgados hombros
hacia adelante, afirmaba, sacudiendo la cabeza donde el pequeño
sombrero mostraba el lado izquierdo del peinado brillante. Siempre
sacudía así la cabeza cuando tío Horacio comenzaba a repetir, en
tono familiar y sin énfasis, lo que había leído en libros y
revistas. Óscar pensaba en Walter, tomando mate en los atardeceres
de la pensión, entre los gritos y las perezas de las mujeres que
chancleteaban con sus batas manchadas de rouge, repitiendo
con voz seria los artículos que le había transmitido su padre unos
días antes sobre la distribución de productos en la posguerra, la
talla de diamantes y la ola de crímenes sexuales en los Estados
Unidos.
Tío Horacio iba hablando de Manitoba y reduciendo bushels a
kilos en la esquina de Talcahuano y Rivadavia y, sin interrumpirse,
sin un gesto de anuncio, sin nada que revelara que comprendía lo que
estaba haciendo, continuó andando y hablando, cruzó la valla
invisible de Rivadavia y llegó a la otra acera. Se detuvo un momento
para respirar con lentitud, y en seguida continuó andando despacio,
recorriendo la corta cuadra que llevaba a la Avenida de Mayo. Por
arriba y por atrás de tío Horacio, Óscar se miró con Walter y vio
cómo el otro le hacía una sonrisa, un signo de alegría, como si
acabara de enterarse de que su padre no estaba ya enfermo.
Durante las dos cuadras que caminaron por la avenida, tío Horacio
dijo que el único país digno de total respeto entre los que estaban
metidos en la guerra era la China. Dijo algunos nombres geográficos,
algunos nombres de generales y conductores y una profecía sobre el
futuro de Asia. Frente al tercer café con música, tío Horacio se
detuvo y miró sonriendo, hacia adentro. “Bueno —dijo—, vamos a tomar
algo.” Otra vez se miraron a sus espaldas y como Walter sonreía
ahora francamente, a punto de comentar lo que estaba sucediendo,
Óscar se tranquilizó e inició la entrada en el pequeño salón, donde
un aparato de música sonaba tocando Capricho árabe.
Tío Horacio pidió tres cervezas, miró un poco alrededor y comenzó a
hablar de la industrialización de los países coloniales. En una
pausa Walter dijo: “Hay poca gente esta noche. Si cruzamos
enfrente...” Pero tío Horacio siguió hablando, con la cara distraída
y bondadosa. Cuando trajeron la cerveza estuvo un rato inclinado,
con el vaso apoyado en la boca, sin beber, inmóvil, los ojos bajos,
Óscar miró a Walter, que examinaba el fondo del salón, arreglándose
los puños salientes de la camisa; no pudo encontrarle los ojos y se
echó hacia atrás, observando a tío Horacio y esperando. Esperó hasta
que él bebió un trago, dejó el vaso sobre la mesa y se apoyó en el
respaldo de la silla, la boca abierta para hablar, y comenzó a
resbalar en el asiento. Walter dio un salto, se puso atrás de su
padre y trató de levantarlo, tomándolo de las axilas. Entre el mozo
y un hombre que se acercó a la mesa, Óscar se inclinó para aflojar
el nudo de la corbata del viejo. Vio que la cabeza giraba con
trabajo, se inclinaba hacia un hombro y volvía a levantarse.
Entonces Walter gritó:
“Hacete una corrida y traé las gotas”.
Óscar salió corriendo del café, consiguió un taxi y viajó a Paraná y
Corrientes a buscar el remedio; no quería pensar en nada, solamente
recordaba a tío Horacio cruzando la calle Rivadavia y preguntando
con voz paciente, sin presionar, seguro de que él mismo podría dar
en seguida la respuesta exacta: “¿Y cuál es el secreto de la fuerza
de los agricultores canadienses?”.
Óscar dijo al chofer que esperara y subió corriendo la escalera. No
había nadie en el vestíbulo; empezaba la buena estación y era
sábado, todos debían haber salido. Entró en la pieza y vio a Perla
sentada en la cama, un brazo muy separado del cuerpo, con la mano
hundida en la colcha, el pecho bastante más saliente que cuando
vivía en Belgrano, tal vez más gorda en todo, muy pintada. La mujer
sonrió, inclinando la cabeza como las niñas; era el gesto de siempre
para tío Horacio, el gesto de ganar discusiones, hacerse perdonar,
llevarlo a la cama.
—¿Cómo le va? —dijo ella, y bajó la cabeza, sin dejar la sonrisa,
hasta casi tocarse el hombro con la mejilla.
Óscar no le contestó nada y por un momento se olvidó del remedio,
del coche que esperaba, de tío Horacio resbalando en la silla. Se
sacó el sombrero y se apoyó en la mesa, frente a ella, mirándola.
Después también él sonrió, porque Perla dijo:
—¿Qué le pasa? ¿Se asombra de verme, verdad? Parece que no se
alegrase mucho —empezó a levantar la cabeza—. ¿Horacio salió? Yo
quería verlo...
Óscar volvió a ponerse el sombrero, fue a buscar el frasquito al
botiquín, y mientras lo revolvía le habló:
—Está ahí, en un café de la Avenida, con un ataque.
La oyó levantarse, caminar de un lado a otro y asegurar varias veces
que era imposible. Repetía: “Tan luego ahora”; y Óscar no supo lo
que quería decir. Encontró el frasco y le dijo:
—Tengo un automóvil esperando para ir al café. Si quiere venir, se
apura.
En el primer viaje en taxi no hablaron; Óscar estaba con el cuerpo
inclinado, mirando la calle por encima del brazo del chofer, con el
frasquito apretado entre las rodillas. Cuando llegaron al café, el
aparato de música tocaba un pasodoble, y la mesa estaba vacía, con
un mozo de pie, al lado, comentando con alguien de una mesa vecina,
mientras movía sin sentido la servilleta.
—Ya se lo llevaron —dijo el mozo—. Seguía peor, y de aquí mismo
llamamos y se lo llevaron. No sé adonde. Lo habrán llevado a
Esmeralda al 66. Le voy a preguntar al patrón si sabe.
El patrón no sabía, pero hablaron en la calle con el vigilante, y
les dijo que habían llevado a tío Horacio a Esmeralda 66.
—¿Cómo estaba? —preguntó Perla.
—No sé —dijo el vigilante—. Estaba mal. Cuando yo llegué se desmayó
del todo.
Siguieron en otro coche hasta la Asistencia Pública, y en este
segundo viaje Perla mostró un pañuelo en la mano y comenzó a llorar,
la cabeza otra vez inclinada, como si hubiera cerca alguien a quien
pedir alguna cosa.
En la Asistencia Pública los dejaron entrar en seguida, los guiaron
por un corredor, caminaron por un laberinto hecho de bastidores y
entraron después en una sala grande, donde Walter estaba
tironeándose desconcertadamente de los puños de la camisa, y tío
Horacio estaba muerto, acostado en una camilla.
En el último viaje de la noche Perla estuvo arrinconada en el
asiento, la mano larga abierta contra el pañuelo que le tapaba la
cara. El automóvil iba a poca velocidad por Esmeralda, y cuando ella
bajó la mano en una bocacalle, Óscar le vio los ojos enrojecidos y
la nariz hinchada; la boca, pintada y bien hecha, con un poco de
vello bajo la nariz, seguía tranquila, avanzando un poquito, con el
gesto que le servía a Óscar para identificarla cuando la recordaba,
igual a la boca de los retratos que tío Horacio había tenido
escondidos en un cajón del escritorio.
—Me echaron como si yo fuera... —empezó a rezongar la mujer.
—No; la echaron como a todo el mundo. No había nada que hacer allí.
—Yo quería estar.
Óscar prefería soportar el ruido que hacía cuando lloraba a
escucharla hablar. Perla volvió a recostarse en el asiento, sin
llorar ahora, la mano enrulando el pañuelo en la falda. Óscar
recordaba la cabeza de tío Horacio en la camilla y a Walter dando
vueltas alrededor, con el perfume del cosmético, el traje de
compadrito, los blancos puños de la camisa escondiéndole las
muñecas, repitiendo, deteniéndose para hacer inútilmente otra frase,
las mismas palabras que había dicho Perla: “Tan luego ahora...”
Suspiraba, movía nerviosamente los labios como para echar una mosca,
y continuaba arrastrando el estribillo alrededor de la camilla: “Tan
luego ahora”. La enfermera escribía de pie en un rincón, y el médico
se secaba las manos en el otro lado de la sala.
—Oiga —dijo Perla—. ¿Usted tomó las disposiciones?
Él la miró en silencio y, a la luz que entraba cortándoles las
caras, la vio temblar de rabia.
—Ah —dijo Óscar un rato después—, ese animal de Walter se va a
ocupar de todo.
—Pobre Walter —dijo ella—. Se quedó muy afectado.
Óscar se volvió a mirar la calle, pensando: “disposiciones” y
“afectado”... “Además está gorda como una vaca.”
—Usted siempre el mismo —dijo ella con amargura y debilidad—. Parece
que no le importa mucho. En cambio, Walter...
—Puede ser —dijo Óscar—. Tiene razón; a Walter, sí.
Hizo detener el coche en Paraná y Corrientes, mientras ella sacudía
la cabeza y repetía el ruido del llanto. Óscar esperó un momento y
después le dijo que él se bajaba allí, pero que si ella quería
seguir podía darle dinero para el taxi. Ella dijo que no y bajó, y
mientras Óscar pagaba al chofer estuvo esperando recostada en la
pared, más gorda que antes, metida en la sombra con su vestido
claro; quedaron luego mirándose en silencio, y él sintió el perfume
que venía en olas sin fuerza desde el pecho de Perla, que subía y
bajaba junto al portal vacío.
Después Óscar entró en el café y fue a buscar el rincón solitario,
pensando en cuál sería la frase que tal vez hubiese esperado la
mujer, parada e inmóvil, frente a él, hasta que se separaron sin
hablar, y pudo verla de espaldas, alejándose hacia la Avenida, hacia
el muro invisible de Rivadavia, de regreso al sur.
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