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Elvira Orpheé
Sangre lujosa


 

Elvira Orphée nace en San Miguel de Tucumán en 1930. Estudió en la Facultad de filosofía y letras de la Universidad de Buenos Aires y realizó cursos de posgrado en La Sorbona. Prosista sin par, el imaginario extraño desarrollado en su narrativa la posicionan como una de las escritoras más originales del país.

Entre su obra se cuentan las novelas  Uno (1961), Aire tan dulce (1966), En el fondo (1972), La última conquista del ángel (1984), La muerte y los desencuentros (1990) y Basura y luna (1996); así como también los libros de relatos Dos veranos (1965), Su demonio preferido (1973), Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991).

Orphée recibe el Premio Municipal de Novela en 1967 y 1969.

 

De Aire tan dulce, Buenos Aires, Sudamericana, 1966.

 

La pieza en penumbra, las moscas doradas, como el más gran poeta del mundo podría hacer versos sobre esta morada.

Y nosotros tan baratos. La lujosa cordillera, las selvas tumefactas de serpientes, los vacíos suntuosos. ¡Y nosotros tan desadornados!

El rojo pelo se enreda alrededor de un dedo = lujo. Las grandes moscas tornasoladas, de alas polifóni­cas = lujo. El piso y los platos, sucios de gris suciedad uno, de restos sanguinolentos los otros = insípida, ruin, exigua suciedad. La mugre sobre terciopelo no la conocemos, la mugre sobre harapos está en otra parte. ¡Oh, desconocida mugre multicolor! ¿Cómo invocaríamos nuestra mugre? Propongo: Virgen de la democracia nueva, apártame de tu manto de confección, tierra te vela, aserrín te cubre, hollín te colorea, oh patrona de las cosas modestitas y mal hechas.

Y afuera el desborde.

La Veva enreda y desenreda el pelo en un dedo. El mozo en camisa se lleva los platos sucios.

Afuera es domingo. Uno de esos en que se va ca­minando por las calles desiertas, resbalosas de tristeza. Afuera, en las calles, no está el desborde. Empieza cuando las calles se acaban. Era también domingo el día que el único automóvil transeúnte se paró a mi lado, que alguien me interpeló y que Surquitos me consagró como compañero de sus farras. En las calles jóvenes, Dama insipidez, Dama impersonalidad, reina. Ni abigarradas ni miserables, melancólicas como un arrabal en otoño.

En algunas cosas estoy contra el lujo. Los amigos son un lujo. Mis fines de semana en la ciudad excluyen a Tito. Surquitos me espera. Si no me esperara sería igual, no es mi amigo, es un compañero que esporá­dicamente encuentro en el camino. Los amigos del alma están bien para los que no saben arreglárselas, para esos que' son duros como fierro fuera del fuego cuan­do los sacan de lo conocido, y que si no les dan las relaciones ya hechitas no saben qué decirle a lo que se presenta. Uno está disponible o no está. Y si no está disponible es un incapaz. Félix Gauna, dispuesto para lo que sea. Pero eso sí, provisto de acariciables efigies de la libertad. Un gran tomo encuadernado de páginas de Historia. Va a resultar que la Historia sirve para algo. Coloreadas páginas de gloria en un grueso ma­motreto, para ser arrancadas una a una, amorosamen­te. San Martín, la fragata no sé cuánto, esa admirable página violeta (y un poeta joven de la dulce Francia que elige en verso de suave fragancia como a la más bella la página rosa). No hay nada que hacerle, estoy inspirado hoy. Sean del color que sean, basta que den para mucho los billetes de banco con figuras de la His­toria.

¿Es que la Veva se va a dejar de joder alguna vez con su viene Miguel Toledo por fin? ¿Qué le importa si viene o si no viene?

—¿Y qué tanto te importa que venga? —Surquitos me ha sacado las palabras de la boca.

—Es el médico de alguien que... ¿Y por qué no me ha de interesar si se me da la gana?

—Las coloradas cuando se enojan son bravas.

—Cuando hacen otras cosas también.

—Ya pueden hablar todo lo que se les dé la gana. Ni les hago caso.

—Los únicos que les sacan ventaja a las coloradas son los maricas.

—Callate, estás borracho. Y además me das asco. ¿Cómo podés haber hecho eso? Después de eso no te puedo ver.

—¿Acaso yo tuve la culpa?

—Quién, entonces. Quisiera saber cuál de uste­des trajo a ese marica.

—Nadie lo trajo. Él le pidió a Marco Aurelio que lo presentara.

—Y en seguida le agarró tan fuerte el amor por vos que ahí no más se arrodilló.

Surquitos le va a pegar a ésta si no se calla. Son­ríe con la cara mala.

—Y que ahí no más vos te tiraste en un sillón para más comodidad, y que él te desabotonó como un sir­vientito. Eso era, pobre chico, un sirvientito.

—No digas pavadas. No sabes de qué hablás. Tiene una familia llena de monseñores.

—No le hace, llena de monseñores pero muerta de hambre. Encima es feo y con los hombros caídos. En­cima esperó que no lo avergonzaras por unas cuantas monedas y es lo que hiciste. ¿No te podrías haber en­cerrado con él? Pero lo que te interesaba no era él, sino que te vieran todos. Mostrar cómo sos de macho. La próxima vez será con una botella para que sepamos que hasta una botella te calienta.

—Tu exquisita conversación enriquece nuestros es­píritus.

—Si te crees que me haces algo con tu ironía. . .

La Veva no se ha dado cuenta que desde la puerta alguien observa su belleza enfurecida. Surquitos hace un ademán grosero para cortar la discusión. Tiene suerte de que la Veva haya visto ahora una estrella, si no lo hubiera insultado hasta convertirlo en un trapo. Una estrella, es el efecto que le hace el hom­bre de la puerta. Se le acabaron la iniciativa, las pa­labras y hasta el color. ¿Por qué Miguel Ángel le pro­duce esa impresión? Él la mira como si lo hubiera deslumbrado:

—Me gustaría encontrar la comparación justa. Qué leona. No. Qué llama. Tampoco. Más bien nieve cuan­do sale el sol.

Esas son las pelotudeces que les gusta oír a las mu­jeres. Con razón las conquista tan fácil. Extraño que la Veva no lo haya conocido antes.

—Aunque ahora ya no. Ahora es más bien una mag­nolia... No, ya sé. Una chirimoya por dentro. Es­pléndida fruta con perfume de flor.

—Señores —dice Surquitos con voz llorosa—, yo también soy una chirimoya. Pero nadie me lo dirá nunca.

A éste la borrachera le cae siempre de golpe, y sos­pecho que ya desde el segundo vaso.

—Sentate, amor, sentate en el suelo que los otros sitios se están por poner movidos.

La Lucía ha mandado a alguna de sus chicas a esta amena reunión. Son buenas, se ocupan de Surquitos.

—Qué calor hace para ser septiembre.

La Veva en mi oído:

—¿Es un insulto que éste me diga chirimoya?

—Díganle al mozo que se lleve estas porquerías.

La Veva tiene el rojo pelo liso hasta las puntas, ahí se doblan. Las moscas tornasoladas, el mozo esmirria­do, pocas, tristes manchas en su camisa, modosita suciedad en las uñas. De afuera entran ráfagas de azahares exprimidos por el sol. En esta ciudad de cielo puro, de aire tibio, los hombres parecidos, difí­ciles de distinguir, cumplen sin pena sus horas de oficina y pasan las horas libres en cafés con billares o acompañados de pequeñas prostitutas que dicen co­sas soeces con tonada calma. Todas ostentan una per­manente quemada, pero algunas son pacientes y tie­nen los ojos azules.

—Es la forma de Beatriz de conquistar a los otros, decirles que está enamorada de mí.

El rojo pelo se inclina del lado de Miguel Ángel. Las orejas bajo el pelo oyen desesperadamente.

—¿Por que no la trae a Beatriz?

—Por una vez que la pierdo de vista. . .

—¿Y a Atalita Pons la conoce? ¿Cómo es?

—Un puro capricho es Atalita.

—Ya nos hemos arañado bastante hoy —es Sur­quitos el que habla quejándose-. No nos arañemos más. Seamos amigos. La Veva para mí. Che, mozo, ¿hay piezas?

—Para mí, para mí… ¿Qué es eso? —dice Marco Aurelio—. Aquí no hay propietarios.

—Vaya, tráigala a Beatriz Dietrich, sea bueno. ¿Quiere que yo...?

Es la Veva, suplicándole a Miguel Ángel.

—¿Qué, te da por ahí?

—¿Quiere que la vaya a buscar yo en el coche de Marco Aurelio?

—Vos siempre estás pidiendo algo. Ahora querés mi coche. El coche es de mi mujer y no te lo dejo.

—Marco Aurelio tiene el sentido de la familia. Don­de se sienta lo sagrado no se sienta lo profano.

—Pero yo sé cómo romperle la cabeza (por ser bien educada digo la cabeza) a lo sagrado de Marco Aurelioo. A mí de hoy en adelante no me vengas a pedir paquetitos. O sí, pedímelos, que te los haré pagar caros. Me voy a hacer rica a costa de vos. Mejor dicho a costa de tu mujer.

Este almuerzo florece en medio de agradables con­versaciones. Surquitos ya no participa. Sólo la fea, la temblona, de casa de la Lucía se ocupa de él...

—Eso no es para ustedes —dice Miguel Ángel, re­probando a las mujeres-o Esos paquetitos tienen por objeto acelerar las ideas... pero sólo si se tienen ideas.

Miralo Veva, miralo, que ahí no más se va a caer muerto con tu mirada.
¿Te ha dejado de parecer una estrella? Peleas, palabras. Hasta la respiración se me apresura en la nariz, la nariz seca de un perro.

La Veva habla con la morenita. La otra, lánguida, perezosa, dice no y no moviendo la cabeza apenas. Miguel Ángel ya ha visto a la morenita. Las luces de la Veva se apagan, nacen las luces de la morenita, se reflejan en los ojos de Miguel Ángel.

—A Beatriz Dietrich no la puedo ir a buscar yo, chirimoya. No te olvidés que es una chica de buena familia y que no se puede caer a su casa así como así. Ella no sale sin dar explicaciones.

—Las dará cuando sale, porque lo que es cuando vuelve...

La Veva habla de nuevo con la morenita. Se acer­can a mí. Hablan en voz baja pero yo oigo todo, veo todo.

—... que vos ni yo no somos dignas de ir a buscarla a su respetable casa.

Surquitos debe de haber conseguido su pieza, ya no lo veo. Palito tampoco está. Yo tengo el brazo so­bre una permanente quemada. Se parece a mi madre esta mujer, tiene miedo, mira humilde. No puedo de­jar la mano sobre su permanente quemada, me re­pugna.

—Se te va a torcer el tabique de la nariz de tanto —dice Miguel Ángel, y me lo dice a mí.

—Que yo sepa no nos hemos criado juntos.

—Desgraciadamente para mí. Sería mucho más jo­ven.

Me hace reír. Que me tutee, bah, y yo a él. Porque para todos estos somos menos que mier­da, ¿sabés? —sigo oyendo a la Veva.

La morenita la escucha, está menos lánguida.

—O vos o yo. Con cualquiera de las dos que quiera irse hay que hacérselo pagar. Que la mande a buscar a Beatriz Dietrich o nada.

Brillo untuoso en la frente de Marco Aurelio.

—Vení, Veva. Vení a mi lado. Dejate ya de pelear.

—¿Sabes qué? Te vas vos con tu coche ya que yo no lo puedo usar. Te llevás a una de las chicas, te quedás un poco lejos de la casa para que no te vean, y ella se baja a buscar a Beatriz. Después vos la traés diciéndole que Miguel Ángel te manda.

—Pero yo no tengo ningún interés en que venga.

—¿No te gustaría que nos viera juntos? —le dice la morenita a Miguel Ángel con una languidez que parece que se va a morir.

—No sabía que tenías esas intenciones... Si te em­peñás que venga, por mí.

La morenita se acerca a Miguel Ángel, una sonrisa dormida en la cara.

—Que venga.

¿Atalita tiene esa languidez? La Veva pensó lo mismo.

—Ésta se parece a un puro capricho ¿no es cierto? Miguel Ángel sonríe.

—Se parecen, es cierto. Cuando le diga a ella que cualquiera puede tenerla se ahogará de rabia.

 

—Cualquiera no, corazón, algunos solamente. Los que saben qué es delicadeza.

Ahora que Marco Aurelio se ha ido con mi humil­de tipa de la permanente quemada, ¿qué le importa a la Veva adularlo a Miguel Ángel? Ya salió con la suya.

—Decime, vos, chirimoya, ¿quién te crees que sos para tratar a todo el mundo como a la suela de tus zapatos?

—¿Quién soy? Una que tiene por ustedes el mismo respeto que por la suela de sus zapatos. .. y que no dirá a nadie, si no se lo merece, una palabra hiriente.

—No le des tanta importancia —dice la morenita, prendida a Miguel Ángel.

¿Ésa se prende a todos? No. Aquí hay gato ence­rrado.

¿A quién prefiere Miguel Ángel? Me parece que no tiene preferencias. 

—¿Es tan linda como dicen Beatriz Dietrich?

—Depende de gustos. Hay bellezas que cansan. To­das las bellezas cansan. A mí por lo menos.

—¿La belleza de Atalita Pons lo cansaría?

—Inútil hablar de cosas hipotéticas.

—¿Es muy amiga de Beatriz Dietrich?

—¿Qué sé yo? ¿Acaso soy su niñero?

—Pero ha de saber si las dos se conocen mucho.

—Creo que se conocen desde que gateaban... Pero a vos ¿qué te importa tanto si se conocen o dejan de conocerse?

La morenita se prende de nuevo, de golpe, a Mi­guel Ángel. Una risa en la puerta. Beatriz Dietrich. Ha entrado primero. Cómo se ríe, muestra todos los dientes, es una carcajada hasta la garganta. Largas piernas, ojos verdes. La misma descripción que se podría hacer de la Veva. Y no se parecen nada. Como para creer en la filiación de las cédulas de identidad. Malsana la Veva, amazona la otra. Se acerca a la mo­renita con su gran carcajada y le descruza suave­mente los brazos sobre el cuello de Miguel Ángel.

—No la dejés —dice él.

La morenita vuelve a abrazarlo, Beatriz a sacarle los brazos. La morenita hace todo dócilmente.

—Si estás buscando la forma de que te rompa el alma, seguí. Yo soy dueño de hacer lo que se me da la gana —toma de la mano a la morenita—. Vení, debe de haber una pieza libre.

Beatriz no dice ¿para esto me has hecho venir? Va detrás de ellos. Un forcejeo en la puerta.

—Qué lástima —dice Marco Aurelio—, qué belleza desperdiciada.

Un grito. La morenita vuelve a entrar con susto en los ojos. La puerta entreabierta permite ver los gol­pes de Miguel Ángel sobre Beatriz. Ella lo tironea. La Veva mira como si estuviera en el cine. Marco Aure­lio se ha levantado. Los golpes son crueles. Basta, gritan las representantes de la Lucía. ¿Por qué bas­ta?, pregunta la Veva, no es cosa nuestra, ¿se hace una apuesta a quién gana? Hecha, digo. Es algo que no se me había ocurrido, esto de darle una tunda a una tipa que te jode la paciencia. A la próxima virgen se la aplico. Beatriz viene a parar a mis pies. Qué bien le quedan los golpes, ahora habría que acariciar­la. Marco Aurelio la levanta. Se miran a los ojos. Yo creía que Beatriz ya no veía nada fuera de la burla de Miguel Ángel, pero ve los ojos de Marco. Él tantea con la mano detrás de la espalda sobre la mesa. Hasta que toca una botella. Beatriz se levanta y retrocede, él la sigue. Están casi junto a Miguel Ángel. Ahora Marco Aurelio pone la botella en la mano de ella que no ha dejado de mirarlo. Miguel Ángel les vuelve la espalda, abrazado a la morenita. La morenita tiene los brazos colgando junto al cuerpo, como si no qui­siera nunca más abrazar a nadie. En la cara llena de sangre de Beatriz aparecen de nuevo los radiantes dientes blancos. La carcajada termina junto con el terrible botellazo en la cabeza de Miguel Ángel. Qué matadero. Esto se está volviendo lujoso. Las muje­res salen una tras de otra gritando. El mozo llega, ve, y los talones no le bastan para rajarse. Aparece Sur­quitos a medio vestir. Nadie hace nada. Beatriz tiene un pañuelo en la cara. Marco Aurelio la saca de la mano con una calma de aplauso. Ahí está el patrón, muerto de miedo. La Veva no se ha movido. Dice yo lo curo, llévenlo a una pieza, quiero alcohol y toallas. Dice no se lo lleven, lo mismo da aquí. Él intenta le­vantarse. Miguel Ángel no se ha desmayado, está sólo atontado. La de la permanente quemada mira desde la puerta, mete nada más que la cabeza. Llegan las toallas. La Veva se acerca a Miguel Ángel, le echa media botella de alcohol encima, sin secarle el que se le va para los ojos. Le envuelve la cabeza con una toalla, dice tiene un hermano médico, llámenlo, que lo lleve él a la asistencia pública si se precisa. Viene hacia mí, dice qué asco. Yo creo que lo mismo sería asqueroso ver correr un líquido blanco en lugar de uno rojo si ese líquido estuviera dentro de una per­sona. Roja o blanca, la sangre no es asquerosa por el color ni el olor sino por el misterio. Y yo que quería conocerla a Beatriz Dietrich, dice la Veva, mañana me le presento a felicitar la. Pero no podés ir a su casa, dice la morenita. ¿Qué estropajo sos vos también? ¿Qué crees que me lo va a impedir?, ¿la nobleza de su familia? Y ahora, caminito amigo, yo también me voy. Yo voy detrás de ella, tan lujosa.

 

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