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De Aire tan dulce, Buenos Aires, Sudamericana, 1966.
La pieza en penumbra, las moscas doradas, como el más gran poeta del
mundo podría hacer versos sobre esta morada.
Y nosotros tan baratos. La lujosa cordillera, las selvas tumefactas
de serpientes, los vacíos suntuosos. ¡Y nosotros tan desadornados!
El rojo pelo se enreda alrededor de un dedo = lujo. Las grandes
moscas tornasoladas, de alas polifónicas = lujo. El piso y los
platos, sucios de gris suciedad uno, de restos sanguinolentos los
otros = insípida, ruin, exigua suciedad. La mugre sobre terciopelo
no la conocemos, la mugre sobre harapos está en otra parte. ¡Oh,
desconocida mugre multicolor! ¿Cómo invocaríamos nuestra mugre?
Propongo: Virgen de la democracia nueva, apártame de tu manto de
confección, tierra te vela, aserrín te cubre, hollín te colorea, oh
patrona de las cosas modestitas y mal hechas.
Y afuera el desborde.
La Veva enreda y desenreda el pelo en un dedo. El mozo en camisa se
lleva los platos sucios.
Afuera es domingo. Uno de esos en que se va caminando por las
calles desiertas, resbalosas de tristeza. Afuera, en las calles, no
está el desborde. Empieza cuando las calles se acaban. Era también
domingo el día que el único automóvil transeúnte se paró a mi lado,
que alguien me interpeló y que Surquitos me consagró como compañero
de sus farras. En las calles jóvenes, Dama insipidez, Dama
impersonalidad, reina. Ni abigarradas ni miserables, melancólicas
como un arrabal en otoño.
En algunas cosas estoy contra el lujo. Los amigos son un lujo. Mis
fines de semana en la ciudad excluyen a Tito. Surquitos me espera.
Si no me esperara sería igual, no es mi amigo, es un compañero que
esporádicamente encuentro en el camino. Los amigos del alma están
bien para los que no saben arreglárselas, para esos que' son duros
como fierro fuera del fuego cuando los sacan de lo conocido, y que
si no les dan las relaciones ya hechitas no saben qué decirle a lo
que se presenta. Uno está disponible o no está. Y si no está
disponible es un incapaz. Félix Gauna, dispuesto para lo que sea.
Pero eso sí, provisto de acariciables efigies de la libertad. Un
gran tomo encuadernado de páginas de Historia. Va a resultar que la
Historia sirve para algo. Coloreadas páginas de gloria en un grueso
mamotreto, para ser arrancadas una a una, amorosamente. San
Martín, la fragata no sé cuánto, esa admirable página violeta (y un
poeta joven de la dulce Francia que elige en verso de suave
fragancia como a la más bella la página rosa). No hay nada que
hacerle, estoy inspirado hoy. Sean del color que sean, basta que den
para mucho los billetes de banco con figuras de la Historia.
¿Es que
la Veva
se va a dejar de joder alguna vez con su viene Miguel Toledo por
fin? ¿Qué le importa si viene o si no viene?
—¿Y qué tanto te importa que venga? —Surquitos me ha sacado las
palabras de la boca.
—Es el médico de alguien que... ¿Y por qué no me ha de interesar si
se me da la gana?
—Las coloradas cuando se enojan son bravas.
—Cuando hacen otras cosas también.
—Ya pueden hablar todo lo que se les dé la gana. Ni les hago caso.
—Los únicos que les sacan ventaja a las coloradas son los maricas.
—Callate, estás borracho. Y además me das asco. ¿Cómo podés haber
hecho eso? Después de eso no te puedo ver.
—¿Acaso yo tuve la culpa?
—Quién, entonces. Quisiera saber cuál de ustedes trajo a ese
marica.
—Nadie lo trajo. Él le pidió a Marco Aurelio que lo presentara.
—Y en seguida le agarró tan fuerte el amor por vos que ahí no más se
arrodilló.
Surquitos le va a pegar a ésta si no se calla. Sonríe con la cara
mala.
—Y que ahí no más vos te tiraste en un sillón para más comodidad, y
que él te desabotonó como un sirvientito. Eso era, pobre chico, un
sirvientito.
—No digas pavadas. No sabes de qué hablás. Tiene una familia llena
de monseñores.
—No le hace, llena de monseñores pero muerta de hambre. Encima es
feo y con los hombros caídos. Encima esperó que no lo avergonzaras
por unas cuantas monedas y es lo que hiciste. ¿No te podrías haber
encerrado con él? Pero lo que te interesaba no era él, sino que te
vieran todos. Mostrar cómo sos de macho. La próxima vez será con una
botella para que sepamos que hasta una botella te calienta.
—Tu exquisita conversación enriquece nuestros espíritus.
—Si te crees que me haces algo con tu ironía. . .
La Veva no se ha dado cuenta que desde la puerta alguien observa su
belleza enfurecida. Surquitos hace un ademán grosero para cortar la
discusión. Tiene suerte de que la Veva haya visto ahora una
estrella, si no lo hubiera insultado hasta convertirlo en un trapo.
Una estrella, es el efecto que le hace el hombre de la puerta. Se
le acabaron la iniciativa, las palabras y hasta el color. ¿Por qué
Miguel Ángel le produce esa impresión? Él la mira como si lo
hubiera deslumbrado:
—Me gustaría encontrar la comparación justa. Qué leona. No. Qué
llama. Tampoco. Más bien nieve cuando sale el sol.
Esas son las pelotudeces que les gusta oír a las mujeres. Con razón
las conquista tan fácil. Extraño que la Veva no lo haya conocido
antes.
—Aunque ahora ya no. Ahora es más bien una magnolia... No, ya sé.
Una chirimoya por dentro. Espléndida fruta con perfume de flor.
—Señores —dice Surquitos con voz llorosa—, yo también soy una
chirimoya. Pero nadie me lo dirá nunca.
A éste la borrachera le cae siempre de golpe, y sospecho que ya
desde el segundo vaso.
—Sentate, amor, sentate en el suelo que los otros sitios se están
por poner movidos.
La Lucía ha mandado a alguna de sus chicas a esta amena reunión. Son
buenas, se ocupan de Surquitos.
—Qué calor hace para ser septiembre.
La Veva en mi oído:
—¿Es un insulto que éste me diga chirimoya?
—Díganle al mozo que se lleve estas porquerías.
La Veva tiene el rojo pelo liso hasta las puntas, ahí se doblan. Las
moscas tornasoladas, el mozo esmirriado, pocas, tristes manchas en
su camisa, modosita suciedad en las uñas. De afuera entran ráfagas
de azahares exprimidos por el sol. En esta ciudad de cielo puro, de
aire tibio, los hombres parecidos, difíciles de distinguir, cumplen
sin pena sus horas de oficina y pasan las horas libres en cafés con
billares o acompañados de pequeñas prostitutas que dicen cosas
soeces con tonada calma. Todas ostentan una permanente quemada,
pero algunas son pacientes y tienen los ojos azules.
—Es la forma de Beatriz de conquistar a los otros, decirles que está
enamorada de mí.
El rojo pelo se inclina del lado de Miguel Ángel. Las orejas bajo el
pelo oyen desesperadamente.
—¿Por que no la trae a Beatriz?
—Por una vez que la pierdo de vista. . .
—¿Y a Atalita Pons la conoce? ¿Cómo es?
—Un puro capricho es Atalita.
—Ya nos hemos arañado bastante hoy —es Surquitos el que habla
quejándose-. No nos arañemos más. Seamos amigos. La Veva para mí.
Che, mozo, ¿hay piezas?
—Para mí, para mí… ¿Qué es eso? —dice Marco Aurelio—. Aquí no hay
propietarios.
—Vaya, tráigala a Beatriz Dietrich, sea bueno. ¿Quiere que yo...?
Es
la Veva,
suplicándole a Miguel Ángel.
—¿Qué, te da por ahí?
—¿Quiere que la vaya a buscar yo en el coche de Marco Aurelio?
—Vos siempre estás pidiendo algo. Ahora querés mi coche. El coche es
de mi mujer y no te lo dejo.
—Marco Aurelio tiene el sentido de la familia. Donde se sienta lo
sagrado no se sienta lo profano.
—Pero yo sé cómo romperle la cabeza (por ser bien educada digo la
cabeza) a lo sagrado de Marco Aurelioo. A mí de hoy en adelante no
me vengas a pedir paquetitos. O sí, pedímelos, que te los haré pagar
caros. Me voy a hacer rica a costa de vos. Mejor dicho a costa de tu
mujer.
Este almuerzo florece en medio de agradables conversaciones.
Surquitos ya no participa. Sólo la fea, la temblona, de casa de la
Lucía se ocupa de él...
—Eso no es para ustedes —dice Miguel Ángel, reprobando a las
mujeres-o Esos paquetitos tienen por objeto acelerar las ideas...
pero sólo si se tienen ideas.
Miralo Veva, miralo, que ahí no más se va a caer muerto con tu
mirada.
¿Te ha dejado de parecer una estrella? Peleas, palabras. Hasta la
respiración se me apresura en la nariz, la nariz seca de un perro.
La Veva habla con la morenita. La otra, lánguida, perezosa, dice no
y no moviendo la cabeza apenas. Miguel Ángel ya ha visto a la
morenita. Las luces de la Veva se apagan, nacen las luces de la
morenita, se reflejan en los ojos de Miguel Ángel.
—A Beatriz Dietrich no la puedo ir a buscar yo, chirimoya. No te
olvidés que es una chica de buena familia y que no se puede caer a
su casa así como así. Ella no sale sin dar explicaciones.
—Las dará cuando sale, porque lo que es cuando vuelve...
La Veva habla de nuevo con la morenita. Se acercan a mí. Hablan en
voz baja pero yo oigo todo, veo todo.
—... que vos ni yo no somos dignas de ir a buscarla a su respetable
casa.
Surquitos debe de haber conseguido su pieza, ya no lo veo. Palito
tampoco está. Yo tengo el brazo sobre una permanente quemada. Se
parece a mi madre esta mujer, tiene miedo, mira humilde. No puedo
dejar la mano sobre su permanente quemada, me repugna.
—Se te va a torcer el tabique de la nariz de tanto —dice Miguel
Ángel, y me lo dice a mí.
—Que yo sepa no nos hemos criado juntos.
—Desgraciadamente para mí. Sería mucho más joven.
Me hace reír. Que me tutee, bah, y yo a él. Porque para todos estos
somos menos que mierda, ¿sabés? —sigo oyendo a la Veva.
La morenita la escucha, está menos lánguida.
—O vos o yo. Con cualquiera de las dos que quiera irse hay que
hacérselo pagar. Que la mande a buscar a Beatriz Dietrich o nada.
Brillo untuoso en la frente de Marco Aurelio.
—Vení, Veva. Vení a mi lado. Dejate ya de pelear.
—¿Sabes qué? Te vas vos con tu coche ya que yo no lo puedo usar. Te
llevás a una de las chicas, te quedás un poco lejos de la casa para
que no te vean, y ella se baja a buscar a Beatriz. Después vos la
traés diciéndole que Miguel Ángel te manda.
—Pero yo no tengo ningún interés en que venga.
—¿No te gustaría que nos viera juntos? —le dice la morenita a Miguel
Ángel con una languidez que parece que se va a morir.
—No sabía que tenías esas intenciones... Si te empeñás que venga,
por mí.
La morenita se acerca a Miguel Ángel, una sonrisa dormida en la
cara.
—Que venga.
¿Atalita tiene esa languidez? La Veva pensó lo mismo.
—Ésta se parece a un puro capricho ¿no es cierto? Miguel Ángel
sonríe.
—Se parecen, es cierto. Cuando le diga a ella que cualquiera puede
tenerla se ahogará de rabia.
—Cualquiera no, corazón, algunos solamente. Los que saben qué es
delicadeza.
Ahora que
Marco Aurelio se ha ido con mi humilde tipa de la permanente
quemada, ¿qué le importa a
la Veva
adularlo a Miguel Ángel? Ya salió con la suya.
—Decime, vos, chirimoya, ¿quién te crees que sos para tratar a todo
el mundo como a la suela de tus zapatos?
—¿Quién soy? Una que tiene por ustedes el mismo respeto que por la
suela de sus zapatos. .. y que no dirá a nadie, si no se lo merece,
una palabra hiriente.
—No le des tanta importancia —dice la morenita, prendida a Miguel
Ángel.
¿Ésa se prende a todos? No. Aquí hay gato encerrado.
¿A quién prefiere Miguel Ángel? Me parece que no tiene
preferencias.
—¿Es tan linda como dicen Beatriz Dietrich?
—Depende de gustos. Hay bellezas que cansan. Todas las bellezas
cansan. A mí por lo menos.
—¿La belleza de Atalita Pons lo cansaría?
—Inútil hablar de cosas hipotéticas.
—¿Es muy amiga de Beatriz Dietrich?
—¿Qué sé yo? ¿Acaso soy su niñero?
—Pero ha de saber si las dos se conocen mucho.
—Creo que se conocen desde que gateaban... Pero a vos ¿qué te
importa tanto si se conocen o dejan de conocerse?
La morenita se prende de nuevo, de golpe, a Miguel Ángel. Una risa
en la puerta. Beatriz Dietrich. Ha entrado primero. Cómo se ríe,
muestra todos los dientes, es una carcajada hasta la garganta.
Largas piernas, ojos verdes. La misma descripción que se podría
hacer de la Veva. Y no se parecen nada. Como para creer en la
filiación de las cédulas de identidad. Malsana la Veva, amazona la
otra. Se acerca a la morenita con su gran carcajada y le descruza
suavemente los brazos sobre el cuello de Miguel Ángel.
—No la dejés —dice él.
La morenita vuelve a abrazarlo, Beatriz a sacarle los brazos. La
morenita hace todo dócilmente.
—Si estás buscando la forma de que te rompa el alma, seguí. Yo soy
dueño de hacer lo que se me da la gana —toma de la mano a la
morenita—. Vení, debe de haber una pieza libre.
Beatriz no dice ¿para esto me has hecho venir? Va detrás de ellos.
Un forcejeo en la puerta.
—Qué lástima —dice Marco Aurelio—, qué belleza desperdiciada.
Un grito. La morenita vuelve a entrar con susto en los ojos. La
puerta entreabierta permite ver los golpes de Miguel Ángel sobre
Beatriz. Ella lo tironea. La Veva mira como si estuviera en el cine.
Marco Aurelio se ha levantado. Los golpes son crueles. Basta,
gritan las representantes de la Lucía. ¿Por qué basta?, pregunta la
Veva, no es cosa nuestra, ¿se hace una apuesta a quién gana? Hecha,
digo. Es algo que no se me había ocurrido, esto de darle una tunda a
una tipa que te jode la paciencia. A la próxima virgen se la aplico.
Beatriz viene a parar a mis pies. Qué bien le quedan los golpes,
ahora habría que acariciarla. Marco Aurelio la levanta. Se miran a
los ojos. Yo creía que Beatriz ya no veía nada fuera de la burla de
Miguel Ángel, pero ve los ojos de Marco. Él tantea con la mano
detrás de la espalda sobre la mesa. Hasta que toca una botella.
Beatriz se levanta y retrocede, él la sigue. Están casi junto a
Miguel Ángel. Ahora Marco Aurelio pone la botella en la mano de ella
que no ha dejado de mirarlo. Miguel Ángel les vuelve la espalda,
abrazado a la morenita. La morenita tiene los brazos colgando junto
al cuerpo, como si no quisiera nunca más abrazar a nadie. En la
cara llena de sangre de Beatriz aparecen de nuevo los radiantes
dientes blancos. La carcajada termina junto con el terrible
botellazo en la cabeza de Miguel Ángel. Qué matadero. Esto se está
volviendo lujoso. Las mujeres salen una tras de otra gritando. El
mozo llega, ve, y los talones no le bastan para rajarse. Aparece
Surquitos a medio vestir. Nadie hace nada. Beatriz tiene un pañuelo
en la cara. Marco Aurelio la saca de la mano con una calma de
aplauso. Ahí está el patrón, muerto de miedo. La Veva no se ha
movido. Dice yo lo curo, llévenlo a una pieza, quiero alcohol y
toallas. Dice no se lo lleven, lo mismo da aquí. Él intenta
levantarse. Miguel Ángel no se ha desmayado, está sólo atontado. La
de la permanente quemada mira desde la puerta, mete nada más que la
cabeza. Llegan las toallas. La Veva se acerca a Miguel Ángel, le
echa media botella de alcohol encima, sin secarle el que se le va
para los ojos. Le envuelve la cabeza con una toalla, dice tiene un
hermano médico, llámenlo, que lo lleve él a la asistencia pública si
se precisa. Viene hacia mí, dice qué asco. Yo creo que lo mismo
sería asqueroso ver correr un líquido blanco en lugar de uno rojo si
ese líquido estuviera dentro de una persona. Roja o blanca, la
sangre no es asquerosa por el color ni el olor sino por el misterio.
Y yo que quería conocerla a Beatriz Dietrich, dice la Veva, mañana
me le presento a felicitar la. Pero no podés ir a su casa, dice la
morenita. ¿Qué estropajo sos vos también? ¿Qué crees que me lo va a
impedir?, ¿la nobleza de su familia? Y ahora, caminito amigo, yo
también me voy. Yo voy detrás de ella, tan lujosa.
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