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Inédito
3 - Moscas y
adoquines
La noche / se sostiene
por el milagro / de creer uno
que está / por encima.
Alberto Muñoz
Nadie duda hoy de que por falta de práctica, y por el abandono total
de tal arte perspicaz, ya es casi imposible matar dos moscas con un
mismo adoquín.
Pero, así y todo, la segunda mosca cada vez que observa un adoquín
ensangrentado es asaltada por un súbita paranoia. Comienza a volar
en círculos concéntricos y golpea, reiteradas veces, su cabeza
enfebrecida contra el vidrio de todos los ventanales que se
interpongan en su huida despavorida hacia la nada, y no hay
discurso, arenga o diatriba que pueda contenerla.
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[Nota: El refrán, al que aquí se hace una insoslayable referencia,
es muy popular en la ferias de viejo del Retiro y el Abasto: “matar
dos moscas con un mismo adoquín”.
Uno de los once sabios de Plaza Miserere sostiene que este dicho
anónimo es una deformación (deformidad precisa él, levantando el
dedito índice cuál febril monitor) de un adagio pergeñado por los
surrealistas, después de la primera gran guerra.
Aquí es necesario agregar que los surrealistas son un grupo
indeterminado de ingeniosos sujetos, reunidos por el arte, que
pretenden vérselas con el subconsciente.
Tales barbaridades fueron propagadas en estos pagos, a la vera del
arroyo Maldonado, de forma indiscriminada e irreflexiva, por los
franceses que, la verdad, han hecho otras cosas de verdadero mérito:
como la oposición a la segunda guerra del petróleo en Irak, y
cualquier pamplina de Voltaire. Algún ocurrente de Villa Ortúzar,
amigo de la chanza desmesurada, tradujo este hermoso refrán como:
matar dos pájaros de un mismo tiro, lo que acarreó un gran disgusto
a los pájaros en general y pingües ganancias a los insensibles
mercenarios de las armerías militares.]
7 - Romanos y
extranjeros
El necio no ve el
mismo árbol que ve el sabio.
William Blake
Por sus modos, sus vestidos, sus largos silencios, su manera
graciosa de fumar cigarros negros y sus costumbres extravagantes se
sospecha que Roma está atiborrada de extranjeros.
No es a causa del turismo, o por la quimera insensata del primer
mundo, o por el fervor del calcio, o por la Fontana di Trevi, es
porque los infinitos ganapanes que aguardan, sin hacer nada,
comienzan a preguntar naderías para matar el tiempo y, así, claro,
cualquier día de esos terminan en Roma.
Un alcalde romano, que demostró un ingenio desmesurado, intentó
difundir en sus discursos públicos, en los reportajes para la
televisión y antes de cortar las cintas en cuanta inauguración fuera
invitado, de modo subrepticio, la sutil paráfrasis preguntando cómo
se llega a Bari, para dar un coto a tal exageración.
Hasta ahora, esta estupenda y agudísima estratagema, digna del mejor
Italo Calvino, no ha dado los resultados anhelados por los italianos
de buen corazón.
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[Nota: Se versa en este texto exangüe, con un dejo de frenesí, sobre
los inciertos alcances de aquel famoso refrán: “Preguntando se llega
a Roma”, tan útil al momento de extraviarse en tierras extranjeras o
bárbaras que, infectadas de peligros, se presumen inhóspitas.
Los acalorados polemistas de siempre, ¡que nunca faltan!, hasta
entre los incontables hombres de genio que hojean estas páginas,
prefieren el infinitamente menos feliz: todos los caminos conducen a
Roma, para retrucar, luego, al estilo francés: Si vives en Roma, no
riñas con el Papa.
Quizás algún capcioso de Villa Ortúzar, con un toque de inocultable
malicia, recordará otro dicho condenatorio, que esbozó el agudo
Cicerón, y la historia se ha encargado de conservar con el único
objeto de iluminar estas glosas: “No hay lugar tan apartado donde no
llegue el capricho y la opresión de Roma”.]
12 - Tigres y
manchas
Un tigre en sala de auxilio
primero ladrón después cuervo sin aire después fardo
qué poco saben los médicos de zoología
de preciosos carnívoros en celo...
Daniel Muxica
No por simple coquetería sino, además, por un pragmático sentido
común, un tigre concurrió a la tintorería a quitarse de modo
efectivo una mancha reciente que, en cierto modo, desentona y va en
detrimento de la solemnidad de su traje real de asesino.
La mancha, estrafalaria y pintoresca, más que causar temor infiere,
en el talante del tigre, un carácter bufo que tienta de risa a
cualquiera de modo casi instantáneo.
El tintorero oriental, al percibir la gravedad del momento por los
movimientos enérgicos de la cola del tigre, se negó a atenderlo y a
ser cómplice de tales enjuagues cosméticos francamente inmorales.
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[Nota: Versamos en este punto sobre el malentendido popular,
difundido desaprensivamente desde los altos de las colinas del
Parque Lezama: “Qué le hace una mancha más al tigre”. Pues le debe
hacer bastante dado que, el tigre, sólo es poseedor de una serie
indeterminada de rayas; más grandes, más chicas, pero simples rayas.
El felino que exhibe un rosario de manchas sobre su lomo no es otro
que el jaguareté, tan difundido por América, en menoscabo de los
tigres (rayados) que jamás pusieron una zarpa sobre este continente,
salvo en la artificialidad de los zoos o en las coquetas revistas de
la Nathional Geographic que desbordan los puestos de diarios
de Villa Ortúzar.
En cuanto al asunto del Felis tigris los amigables africanos
sostienen, ¡con cuánto tino!: “No censures a Dios por haber creado
al tigre, agradécele más bien por no haberle dado alas”.
En tanto, los guajiros cubanos sostienen: “Al tigre muerto todos le
mienten la madre”.
Una nota de color, al respecto de la caterva de equívocos felinos,
la aporta el deporte, ya que el conjunto representativo de la
Argentina, en una disciplina deportiva denominada rugby, se
autodenomina “pumas” y venera, pontifica y exhibe, como ícono
oficial, un jaguareté.]
14 - Perros y
hortelanos
Si recoges a un perro hambriento
y lo haces feliz no te morderá.
Esta es la diferencia principal entre un perro y un hombre.
Mark Twain
Un perro de gran prosapia, jactancioso y descomedido, se lavaba los
dientes frente al agua quieta de un estanque.
La espuma del dentífrico le salía a borbotones de la boca, a más
limpísima.
Al admirar su reflejo en el agua el perro se pensó rabioso.
De inmediato saltó al estanque, tratándose de ahogar, antes de que
el hortelano le matase a palos para curarle la rabia.
Furioso, pero consecuente, el can se bebió todo el río.
El pueblo, que vivía casi exclusivamente de la pesca, pronto
desfalleció de hambre y se despobló por completo.
También el hortelano, dueño de tal perro pertinaz, se fundió.
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[Nota: Sobre este texto, indudablemente, los mordaces y filosos
críticos de Colegiales prefieren guardar un cauto silencio,
prosiguiendo con sus intrincadísimas disputas, sus profusos
dossier’s y la febril elaboración de cierto canon consagratorio.
¿Por extrañamiento? ¿Por desorientación? Tal vez.
Este texto, coligen dos imprudentes escribas de Liniers, es una
libérrima interpretación del refrán: “Como el perro del hortelano:
no come ni deja comer”, interferido, eso sí, por algún cuento de
Esopo, más algún que otro anónimo medieval veneciano y un koan
olvidado.
O viceversa.
¿Qué sale de todo ello? se preguntará usted, amable lector de Villa
Ortúzar...
Pues... una obra sin lugar a dudas singular: ¡singularísima! mi
viejo.]
15 - Hierros y
cuchillos
Cuando al caracol / se le hace una crítica /
vuelve al interior / de su teoría.
Paul Claudel
Cada vez que la mujer del herrero se topa con un sencillo y sutil
cuchillo de palo, mientras asea la infinita y pesadísima vajilla de
su hogar, se tienta y larga a reírse, profiriendo tremendas
risotadas, hasta llegar a saltársele las lágrimas.
En Cádiz, una de ellas aseguró, desternillándose de risa:
—¡Joder!, que hay gansos sueltos por ahí.
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[Nota: Por una práctica corporativa escandalosa, los herradores de
Belgrano, tratan de difundir, en vano, el dicho eslavo: “La rana vio
que herraban al buey y levantó la pata”.
Los obreros, capataces y delegados de la industria metalúrgica en
general reniegan del refrán del que aquí tanto se alardea: “En casa
de herrero cuchillo de palo”, pues entienden, de modo evidente
aunque con un candor extemporáneo para tal forja de sujetos, que la
propalación de estos supuestos, por toda la cuenca del arroyo Vega,
se constituye en un atentado directo contra sus fuentes de trabajo.
Por su parte, los carpinteros, encoladores y ebanistas de Villa
Ortúzar, cómplices quizás de la divulgación de estos dislates,
guardan un sospechoso mutismo general, al respecto de estos asuntos
y otras arbitrariedades parecidas, lindantes con la perogrullada.
Los chatarreros de Devoto prefieren el laudatorio requiebro,
atribuido a los tenaces tenaceros escandinavos: “Los hijos del
herrero no le temen a las chispas”.]
20 - Buen
cazador y liebre
Matar al animal
requiere un animal / sin sombra...
Susana Villalba
Cada tantas liebres el buen cazador se detiene, de súbito, se acoda
sobre su escopeta y deja volar sus pensamientos con total libertad.
Partiendo del origen de las especies llega, siempre, a la inexorable
conclusión de que ganaría más matando homínidos, por incuestionables
razones ecologistas, en el ejército yanqui que siempre está a punto
de liberar algún país del planeta de la amenaza cierta de la
independencia de pensamiento y de la peste del iluminismo.
La liebre, que es una pacifista nata, tiende a cruzarse de nuevo en
su camino y rompe estas y otras ensoñaciones del mismo tenor, cosa
que pone, por cierto, de muy mal humor al buen cazador.
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[Nota: Aquí se vindica el difícil artificio de exculpar al charlatán
afuereño ante un más que evidente fracaso, que se trata de
atemperar, sin ningún escrúpulo. Un tibio lamento melindroso,
resumido en la sentencia que suele proferir todo el populus de la
estación de trenes de Chacarita, mientras se da a sorber unos
moscatos o unas desaprensivas garnachas: “Hasta al buen cazador se
le escapa la liebre”. Algunos bailarines de salsa, asiduos del museo
del ámbar de Santo Domingo, acotarían al respecto: “Bala que zumba,
no mata”.
Ahora bien, hete ahí la liebre, mensurada desde el rabo hasta su
orejas: ¿la misma del eleata famoso?, ¿la pretenciosa de Lewis
Caroll?, ¿alguna ignota de Esopo o Samaniego? o, ¿debe figurarse uno
cualquier conejo o mamífero roedor de modo indeterminado?
La caza de éstas y otras bestezuelas del mismo género solía ser muy
difundida en la campiña de Villa Ortúzar y, al parecer, por suerte
para la progenie de las liebres y los conejos, los asiduos a tales
deportes son bastantes desatinados en cuanto al arte de acertar en
el blanco.]
27 - Pólvora y
chimango
“Hay ineptos
entusiastas.
Gente muy peligrosa.”
Georg Lichtenberg
Un método infalible de inteligencia militar ha sido develado hoy
para el dominio público: los chimangos.
Los ingeniosos coroneles de inteligencia sueltan tres chimangos
entrenados en el teatro de operaciones y éstos, inexorables o
temerarios, se abalanzan sobre los polvorines enemigos.
Convencidos de ser los nuevos kamikazes, los chimangos componen dos
o tres versos, antes de caer en picada sobre el armamento rival.
Nadie ha logrado convencerlos, hasta la fecha, de que sus mustios
poemas no riman ni a palos.
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[Nota: Perdularios estudiosos de Palermo Viejo dedicados a la
letras, sostienen que el refrán que aquí nos convoca a la glosa
poética: “Gastar pólvora en chimangos”, fue traído por los
conquistadores, a América, junto con la viruela, la sífilis, la
Iglesia Católica, las vacas, los recaudadores de impuestos y los
verbos de conjugación irregular, pero en su forma precedente, mucho
más corta de ingenio: “Gastar la pólvora en salvas”.
De cuándo se comenzó a tirársele tiros a los pobrecitos chimangos no
se sabe con exactitud, pero sostienen —éstos mismo sabios— que
seguramente habrá sido después de que, por culpa de un general
perínclito llamado Roca, se fueron acabando nuestros hermanos
indios. Eso sí, los chimangos, pájaros de gran corazón, en estos
momentos recurren a la Corte de la Haya en defensa de sus derechos.
En Villa Ortúzar, de los bellos poemas, compuestos por los kamikazes
de la flota imperial, antes de lanzarse sobre las naves enemigas
durante la segunda gran guerra, no hablamos ni mu.
Luego, era Groucho Marx quien sostenía que inteligencia y militar
son términos contradictorios.]
31 - Agujas y
pajares
“Debajo de
esas nubes desgarradas
hay una casa en llamas
en donde los amantes transmutaban en oro de eternidad...”
Olga Orozco
Dos enamorados, recostados en un pajar, semidesnudos, casi de
inmediato dan con una aguja con alguna parte de sus cuerpos
sudorosos.
Entretenidos, en intercambiar pronta y salvajemente sus jugos, la
ignoran por completo.
La pobrecita aguja, desencajada y sin salir de su asombro, sólo
atina a extraviarse de nuevo en aquel inútil y aspaventoso mar
amarillo.
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[Nota: Particular y excéntrica, aunque neo-romántica, apología del
refrán: “Buscar una aguja en el pajar”.
Seguramente que si en tal apologética hubiese puesto manos a la obra
algún literato de auténtico genio, allende Villa Ortúzar, como el
tal Samaniego, el resultado hubiese sido bien otro.
Pero esto es con lo que contamos, por ahora, en las pampas porteñas
y costas del Río de la Plata, para la prosecución de estos
manuscritos de valía escueta.
¡Qué se le va a hacer!]
36 -Tuertos y
ciegos
“Paracelso
decía que uno de sus cabellos era más sabio
que todas las universidades.”
Paracelso citado por Legendre
(en Traité de l’opinión, uo Mémoire pour servir
à l’ histoire de l’
espirit humain)
Seducido por unos irrefrenables y desmedidos delirios de grandeza,
un político tuerto se largó a conocer el lejano país de los ciegos.
Ni bien bajo del avión, en el coqueto aeropuerto de la República de
los Ciegos, fue detenido y pasó varias semanas tratando de engañar a
los incipientes demócratas de este país reunidos en el Comité
Central de Migraciones que, para hacer honor a la verdad, alardean
de una previsible y excelente memoria.
*******
[Nota: Sugestivamente aquí no se hace ningún tipo de referencia al
ingenioso y sagaz refrán “Soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que
quería”, sino a otro bien distinto, ramplón y falto de gracia, “En
el país de los ciegos el tuerto es rey”.
Un cocinero griego, al respecto de estas chacotas, nos dijo: “Un
ciego, recostándose en una pared, dijo: ‘Aquí acaba el mundo’”.
Ahora bien, no se avanza de modo alguno en las bufonadas populares y
nada logramos sacar en limpio de la suerte corrida por los ciegos,
en el país de los tuertos, ni sobre como la administración del
tuerto, ungido rey, ha logrado finalmente fracasar en la
implantación de un capitalismo más humano.
No debería sorprendernos, tampoco, de que todo quede a merced del
albedrío del lector que podrá imaginar, como siempre, lo que le
venga en gana, y esto, en todo caso, es lo mejor que puede sucederle
a cierto tipo de textos que dos o tres noctámbulos desaprensivos de
Villa Ortúzar denominan, de modo temerario, “literatura de hoy”].
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