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DE CÓMO NACEN LOS HOMBRES LIBRES
(I)
Cuando el Coronado logró que su
ejército de eunucos matara a todos los varones del reino, juzgó que
estaba exento para siempre de librepensadores, porque las mujeres
cumplirían todas las tareas necesarias a la vida de la nación.
No dudaba porque sólo quedaban
dos hombres sin castrar: él y el Alquimista, y él había renunciado
sin pesadumbre, por causas que ignoraba, a todo acto de amor, en
tanto el sabio lo era demasiado para apartarse de sus libros.
Sin embargo, después de unos
años se empezó a tener noticia de jóvenes airosos, surgidos en
actitud de rebeldía, cuyo nacimiento y crianza las madres habían
sabido ocultar con harta maña.
Menos preocupado por su cabeza
que por el fallo de su despotismo, el Coronado llamó al Sabio y le
preguntó cómo, sin la entrada de ningún extranjero, sin que mujer
alguna del reino hubiese ido más allá del muro, pudieron ser
engendrados estos sedicentes “hombres libres”.
El Alquimista dijo:
—No cometas la ligereza de
sospechar de las mujeres ni agraviarlas. Los hombres libres nacen
por generación espontánea.
Aunque esa opinión podía ser
reputada de subversiva, el Coronado contuvo su malestar porque al
Sabio todo se lo toleraba, incluso que estuviera equivocado y dijera
la verdad.
En realidad, el Sabio estaba al
tanto de esa licencia, pero ni siquiera él, con tal privilegio, se
había atrevido a pronunciar íntegramente la realidad ante el
Omnipotente, ya que, pese a su virilidad oculta, el Alquimista no
amaba el servicio de las armas.
DE CÓMO NACEN LOS HOMBRES LIBRES
(II)
Más adentro de la montaña, el
Señor de la Maza sometió a todos los hombres, pero el refinamiento
adquirido en su visita al Imperio Celeste lo indujo a conservar un
Hombre Libre.
No le temía ni mucho ni poco
porque era su prisionero y después de un tiempo hasta se atrevió a
exhibirlo al pueblo.
Este exceso de confianza lo puso
en una situación delicada, porque el prisionero, en su jaula, al
verse rodeado de multitud, intentó arengarla.
Un guardia decidido impidió el
discurso, pero ya la costumbre estaba sembrada; los ciudadanos
sometidos consiguieron insinuar que, en adelante, durante cada
festejo de cumpleaños del Señor de la Maza, se les permitiera ver en
la plaza al último de los Hombres Libres.
El Omnímodo fingió aceptar.
En su siguiente aniversario,
llevó al Hombre Libre en una cruz de leño.
Pero la gente, en silencio,
aguardaba algo más: que reanudara aquellas palabras interrumpidas en
la jaula, que les recordaban un lenguaje antiguo y perdido y los
hacía ilusionarse con un futuro.
El hombre en la cruz los miró
una vez, con tristeza, luego apartó la mirada y la encumbró, con
desesperación.
Sobre el silencio, alguien le
alcanzó una orden que parecía un ruego:
—Habla, te esperábamos.
El hombre en la cruz de palo
humilló la vista e hizo el gesto de hablar, y se pudo ver que su
lengua había sido cortada.
Cada hombre de la multitud, cada
mujer, sintió un desgarro, evidenció piedad y, en seguida,
prescindiendo del crucificado, desbordaron la plaza, llenos de furia
y jurando que a ellos nadie les mutilaría la boca, ni el Señor de la
Maza. Que no podría, contra todos no.
DE CÓMO EVOLUCIONAN LOS OFICIOS
DEL HOMBRE
La hija del verdugo era hermosa
y gentil. No ignoraba la actividad de su padre, sin discutirla ni
horrorizarse por ella, pues, como todos en la comarca, la
consideraba una profesión necesaria.
Sin embargo, nunca presenciaba
una ejecución, ni en familia se hablaba de las alternativas del
trabajo de papá.
Papá preparaba sus instrumentos
en el taller de la parte subterránea de la casa y la hija observó
que la cuerda era muy tosca. Dedujo que sus ásperas fibras, aparte
de cumplir su misión de quebrar el cuello o suspender la respiración
de los ajusticiados, seguramente con su roce inclemente los
lastimaba más de lo necesario.
También soportó con naturalidad
y resignación ese descubrimiento.
Hasta que supo que el verdugo
tendría que ahorcar a la hija del marqués, que había pecado contra
el honor de la familia y del rey. No quiso admitir la idea de mil
pequeñas lastimaduras en la blanca piel de la dama que, en secreto,
era su modelo y su ídolo.
Entonces, como un tributo, formó
una cuerda de seda, suavísima, y le pidió a su padre que la aceptara
como regalo, para celebrar la distinción que el rey le había
concedido encargándole la ejecución de la hija del marqués, con
preferencia sobre todos los otros verdugos oficiales.
El padre se sonrió discretamente
ante la ingenuidad de la joven, que le daba una cuerda de seda para
usar en vez de su fuerte cordel de cáñamo, pero la estiró entre sus
potentes brazos y comprobó que resistía.
La usó para el cuello de la hija
del marqués y satisfecho del resultado decidió incorporar el lazo de
seda a los instrumentos de su oficio, seguro de ganar otra ventaja
por encima de todos los demás colegas de su país y otros países.
Por lo cual, al volver al hogar,
declaró a la hija:
—Gracias, por tu ayuda.
Pero en lugar de sonreír con
acogimiento por el gesto, la joven sollozó.
El padre percibió que esas
lágrimas obedecían a una confusa causa, que no era la de una emoción
filial.
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