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Antonio Di Benedetto

De cómo nacen los hombres libres
De cómo evolucionan los oficios del hombre


 

Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922 - Buenos Aires, 1986) Fue escritor, periodista y guionista cinematográfico.

Figuran entre sus obras: El conventillo (1943, relatos, inédito); Mundo animal (1953, primera obra publicada); El Pentágono (1955); Zama (1955, traducida al alemán en 1967, con Premio “Italia-América Latina”); El juicio de Dios (1957, llevada al cine bajo el título de Los inocentes, con premio al mejor argumento por el Instituto Nacional de Cinematografía de Buenos Aires); El cariño de los tontos (1961, cuentos); El silenciero (1963, novela galardonada con el Premio de novela de la Subsecretaría de Cultura de la Nación); Los suicidas (1967, novela inédita con primera mención del Concurso de novela Primera Plana, de Editorial Sudamericana); Absurdos (1978, cuentos); Cuentos del exilio (1983); Sombras, nada más... (1985, novela).

En 1969 el gobierno italiano lo nombró Caballero de la Orden del Mérito y en 1971 recibió la Medalla de Oro de la Alianza Francesa.

En 1976 fue secuestrado por el ejército y deambuló por diversos centros de detención clandestinos. En 1977 se exilió en España. De regreso en Argentina, en 1984, fue nombrado miembro de número de la Academia Argentina de Letras y recibió el Premio Konex de Platino al mejor novelista.

En 1986 recibió el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y después de su muerte fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo.

 

DE CÓMO NACEN LOS HOMBRES LIBRES (I)

Cuando el Coronado logró que su ejército de eunucos matara a todos los varones del reino, juzgó que estaba exento para siempre de librepensadores, porque las mujeres cumplirían todas las tareas necesarias a la vida de la nación.

No dudaba porque sólo quedaban dos hombres sin castrar: él y el Alquimista, y él había renunciado sin pesadumbre, por causas que ignoraba, a todo acto de amor, en tanto el sabio lo era demasiado para apartarse de sus libros.

Sin embargo, después de unos años se empezó a tener noticia de jóvenes airosos, surgidos en actitud de rebeldía, cuyo nacimiento y crianza las madres habían sabido ocultar con harta maña.

Menos preocupado por su cabeza que por el fallo de su despotismo, el Coronado llamó al Sabio y le preguntó cómo, sin la entrada de ningún extranjero, sin que mujer alguna del reino hubiese ido más allá del muro, pudieron ser engendrados estos sedicentes “hombres libres”.

El Alquimista dijo:

—No cometas la ligereza de sospechar de las mujeres ni agraviarlas. Los hombres libres nacen por generación espontánea.

Aunque esa opinión podía ser reputada de subversiva, el Coronado contuvo su malestar porque al Sabio todo se lo toleraba, incluso que estuviera equivocado y dijera la verdad.

En realidad, el Sabio estaba al tanto de esa licencia, pero ni siquiera él, con tal privilegio, se había atrevido a pronunciar íntegramente la realidad ante el Omnipotente, ya que, pese a su virilidad oculta, el Alquimista no amaba el servicio de las armas.

 

 

DE CÓMO NACEN LOS HOMBRES LIBRES (II)

Más adentro de la montaña, el Señor de la Maza sometió a todos los hombres, pero el refinamiento adquirido en su visita al Imperio Celeste lo indujo a conservar un Hombre Libre.

No le temía ni mucho ni poco porque era su prisionero y después de un tiempo hasta se atrevió a exhibirlo al pueblo.

Este exceso de confianza lo puso en una situación delicada, porque el prisionero, en su jaula, al verse rodeado de multitud, intentó arengarla.

Un guardia decidido impidió el discurso, pero ya la costumbre estaba sembrada; los ciudadanos sometidos consiguieron insinuar que, en adelante, durante cada festejo de cumpleaños del Señor de la Maza, se les permitiera ver en la plaza al último de los Hombres Libres.

El Omnímodo fingió aceptar.

En su siguiente aniversario, llevó al Hombre Libre en una cruz de leño.

Pero la gente, en silencio, aguardaba algo más: que reanudara aquellas palabras interrumpidas en la jaula, que les recordaban un lenguaje antiguo y perdido y los hacía ilusionarse con un futuro.

El hombre en la cruz los miró una vez, con tristeza, luego apartó la mirada y la encumbró, con desesperación.

Sobre el silencio, alguien le alcanzó una orden que parecía un ruego:

—Habla, te esperábamos.

El hombre en la cruz de palo humilló la vista e hizo el gesto de hablar, y se pudo ver que su lengua había sido cortada.

Cada hombre de la multitud, cada mujer, sintió un desgarro, evidenció piedad y, en seguida, prescindiendo del crucificado, desbordaron la plaza, llenos de furia y jurando que a ellos nadie les mutilaría la boca, ni el Señor de la Maza. Que no podría, contra todos no.

 

 

DE CÓMO EVOLUCIONAN LOS OFICIOS DEL HOMBRE
 

La hija del verdugo era hermosa y gentil. No ignoraba la actividad de su padre, sin discutirla ni horrorizarse por ella, pues, como todos en la comarca, la consideraba una profesión necesaria.

Sin embargo, nunca presenciaba una ejecución, ni en familia se hablaba de las alternativas del trabajo de papá.

Papá preparaba sus instrumentos en el taller de la parte subterránea de la casa y la hija observó que la cuerda era muy tosca. Dedujo que sus ásperas fibras, aparte de cumplir su misión de quebrar el cuello o suspender la respiración de los ajusticiados, seguramente con su roce inclemente los lastimaba más de lo necesario.

También soportó con naturalidad y resignación ese descubrimiento.

Hasta que supo que el verdugo tendría que ahorcar a la hija del marqués, que había pecado contra el honor de la familia y del rey. No quiso admitir la idea de mil pequeñas lastimaduras en la blanca piel de la dama que, en secreto, era su modelo y su ídolo.

Entonces, como un tributo, formó una cuerda de seda, suavísima, y le pidió a su padre que la aceptara como regalo, para celebrar la distinción que el rey le había concedido encargándole la ejecución de la hija del marqués, con preferencia sobre todos los otros verdugos oficiales.

El padre se sonrió discretamente ante la ingenuidad de la joven, que le daba una cuerda de seda para usar en vez de su fuerte cordel de cáñamo, pero la estiró entre sus potentes brazos y comprobó que resistía.

La usó para el cuello de la hija del marqués y satisfecho del resultado decidió incorporar el lazo de seda a los instrumentos de su oficio, seguro de ganar otra ventaja por encima de todos los demás colegas de su país y otros países.

Por lo cual, al volver al hogar, declaró a la hija:

—Gracias, por tu ayuda.

Pero en lugar de sonreír con acogimiento por el gesto, la joven sollozó.

El padre percibió que esas lágrimas obedecían a una confusa causa, que no era la de una emoción filial.

 

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