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De Así escriben los argentinos, Editorial Orión, 1975.
Yo no soy el mono. Tengo ideas distintas, aunque se nos haya puesto,
siquiera al principio, en la misma situación.
Mi padre lo trajo, como a la palmera. A mi padre le sobran tierras,
le sobra dinero. Puso la palmerita y la hizo gozar de su favor
mientras permaneció joven y primorosa. Pero cuando se fue estirando,
estirando, se fastidió de ella, por desgarbada, barbuda y
polvorienta; por inadaptada, dice él. Porque la perdió de vista,
creo yo, pues no acostumbra llevar la mirada al cielo, al menos,
hacia el lado donde se erguía la palma. Suele mirar hacia la boca
del río, donde se forman las tormentas, en parte por afinidad de su
carácter con éstas y principalmente porque de las lluvias dependen,
para bien o para mal, las cosechas de sus plantaciones.
No cayó en la cuenta de que el monito tampoco se adaptaría, no sólo
por las características de un clima que no era el suyo de origen
(como en el caso de la palmera),sino porque le sería imposible
adaptarse a la familia, y él quería que fuese como un miembro de la
familia.
Quizás no andaba del todo desacertado, pues, favorecido por ciertas
concesiones y el trato, en lo que mi padre ocasionalmente se
mostraba intuitivo, el pequeño simio algo hacía por ganarse el lugar
que se le prometiera. No obstante, su sitio, en definitiva, fue la
copa de aquel árbol.
No con cordura empleaba mi padre la golosina, la fiesta o el
escarmiento; sobre todo, lo privaba de comida y de agua, y no se
esmeró por educarlo
regularmente, ni con bondad ni con rigor de maestro.
El mono huyó, para refugiarse en la palmera, como el hijo en la
adversidad vuelve a la madre.
Bajaba sólo para hurtar, o para recibir algún alimento que la
compasión de alguien le hubiese dejado al pie de su vivienda aérea.
Vivió solo, tal como se veía en su altura el hojaje raquítico de la
planta. Se puso huraño y meditabundo, torpe para todo lo que no
fuera rapiñar su sustento.
En uno de sus arranques temperamentales, sin causa, porque el
invernáculo anunciado nunca se construyó, mi padre hizo limpiar de
vegetales todo el sector del dilatado jardín, casi parque, donde se
estiraba lentamente, como un suspiro nostálgico, la palmera.
Cayeron palmera y mono, y el mono se escondió entre algunos cajones
y baúles hasta que los perros, enardecidos por la sangre de un pollo
que dio
degollado un trote agónico, se le echaron encima sin que nadie lo
impidiera.
* * *
Yo no soy el mono, pero también, por orden de mi padre, a causa de
infracciones leves, en la niñez muchas veces tuve prohibido el
acceso a la mesa. No tengo palmera; sin embargo, hice de mi casa una
palmera, mejor dicho, de las habitaciones y de las partes del
jardín que podían serlo, de un libro, un disco, algún amigo… Mi
palmera me ofrecía, en verdad, follaje más rico y acogedor, lo cual
me permitió establecer algunas diferencias con la situación del
mono.
O tal vez todo
dependiese, como en el caso del simio y de la palma, del lugar de
nacimiento y del ulterior destino inadecuado. No sé. Tal vez debí
nacer en otras tierras y tal vez no sea así. Es posible que yo no
debiera haber nacido en este tiempo. No quiero decir con ello que mi
alumbramiento hubo de producirse en
la Edad Media
ni en el mismo año que el de Dostoyevski. No. Tal vez yo tendría que
haber nacido en el siglo XXI o en el XXII. No tampoco porque crea
que entonces será más fácil y tolerable vivir, aunque es posible que
resulte. Para que de cierto modo algo se vuelva posible, ya que es
imposible que yo nazca transcurrida una centuria (se me gastó la
oportunidad), he querido, en la medida de mis fuerzas, y con mi
estilo, ser de alguna utilidad.
Cuando comprendí la inutilidad de la existencia del mono, pude
acercarme a lo que me pareció hacerse un destino útil, bien que no
para mí, sino para los demás. Su cabeza hueca me sugirió el
aprovechamiento de la mía. Quise hacer de ella, y fue sencillo
hacerlo, un nido de aves.
Mi cabeza se colmó de aves, voluntaria y gozosamente, de mi parte y
la de ellas. Gozaba, sí, por la felicidad del aposento firme, seguro
y abrigado que podía darles, y gozaba por algunas consecuencias y
derivaciones distintas. Por ejemplo, cuando hice mi aparición,
físicamente sombría, en el semialborozo —ese disimulo o
transfiguración del cálculo en las jugadoras— del té-canasta de mi
madre, y ella tuvo que decirme, retadora y con pérdida de aplomo,
que cómo hacía eso de ponerme a silbar en medio de la reunión de
señoras. Y yo apenas condescendí a
explicarle, con una sonrisa de lástima por su ignorancia, que no
era yo mismo quien silbaba (o cantaba), sino mis pájaros. No alcanzó
a mamá esa humilde maravilla; sin embargo, en aquella muchacha que
se iniciaba en las juntas de las 5 de la tarde, suscité el asombro
candoroso de quien presencia el tránsito de un dios musical,
tangible y perecedero.
* * *
No siempre fue así, sino apenas unos años, posiblemente unos meses.
Con el cambio he dudado un tanto que haciendo la felicidad de un
pájaro haré la
felicidad de los tiempos venideros. Si todos pusiéramos nuestra
cabeza al servicio del bien general —del bien—, acaso podría ser.
Pero nuestra cabeza, no sólo el sentimiento.
Yo puse la mía y tuvo gorriones y canarios, benteveos y calandrias,
dichosos.
También lo son ahora, a su manera, los buitres que han anidado en
ella. Sin embargo, mi buenaventura ha cesado. Son insaciablemente
voraces y han
afinado su pico para comer hasta el último trocito de mis sesos.
Ya en hueso mondo, aún me picotean, no diré con ensañamiento, pero
como si cumplieran con excesivo celo una obligación. Y aunque sus
picotazos fueran traviesos o de mero ejercicio, no perderían
intensidad como agentes del dolor. Como signo de la tortura que
padezco, expando un llanto histérico y desgarrado de fluir
constante.
Nada puedo contra ellos y nadie puede, pues persona alguna puede
verlos, como ninguna veía a los pájaros indoloros que me cantaban. Y
aquí estoy, con mi nido rebosante de buitres, que empeoran su abuso
de la hospitalidad con la crueldad de sus instintos. Aquí estoy,
escondido entre los baúles, a la espera de que alguno de los que
antaño dieron de comer al mono se compadezca de este acorralado y
azuce los perros.
Pero, pido, que nadie, al conocer mi historia, se deje ganar por el
horror;
que lo supere y que no desista, si alienta algún buen propósito de
poblar su cabeza de pájaros.
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